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esclavitud de nanas


[Lena H. Sun] Alexandra Santacruz se apretujó contra la ventana de la cocina una noche reciente de primavera y miró ansiosamente por la ventana hacia la calle. Había hecho todo lo posible para estar lista, metiendo cuidadosamente sus pertenencias en cuatro bolsas de plástico y escondiéndolas en el tacho de basura detrás de la casa en Falls Church.
Dos horas después de que Alexandra comenzara su vigilia, justo pasadas las ocho de la noche, un furgón granate se detuvo frente a ella. Comenzaba el trabajo de los pasajeros que descendieron del furgón. Estaban ahí para rescatarla. La mujer, de 24 años, quería desesperadamente dejar su trabajo, pero sus empleadores la habían amenazado con llamar a la policía si lo hacía.
Dos abogados de la organización CASA, de Maryland, un grupo de defensa de los derechos de los inmigrantes, golpearon a la puerta y se enfrentaron a su pasmada patrona. Tenían experiencia en este tipo de intercambios, ahora una rutina entre sus labores, y estaban preparados para hacer frente a las acusaciones y desmentidos que seguirían.
A los pocos minutos, Alexandra salió de la casa, con un enorme perro de peluche en sus brazos. "¡Estoy feliz!", gritó.
Durante casi dos años, había trabajado ochenta horas a la semana, cocinando, limpiando y ocupándose de un bebé en casa de un funcionario ecuatoriano de la Organización de Estados Americanos. Por su trabajo, dijeron sus abogados, recibía algo más de 2 dólares por hora. Había trabajado para la misma familia en Ecuador, pero apenas llegó, dijo, su patrón le retuvo el pasaporte. No tenía dinero y tenía miedo de que si se iba, perdería su visado y la policía la detendría.
Historias como la de Alexandra son cada vez más frecuentes entre las miles de mujeres que son reclutadas cada año en países pobres para trabajar como empleadas de puertas adentro, según agentes de policía y grupos de apoyo. Hoy, un creciente número de organizaciones se están ocupando de las empleadas domésticas maltratadas, ayudándolas a dejar a sus patrones y procurándoles viviendas provisorias y asesoría legal.
En casos como el de Alexandra Santacruz, las trabajadoras sufren años de explotación. En otros, son víctimas del tráfico, obligadas a transformarse en esclavas modernas.
Hace tres años, en Silver Spring, una chica de Camerún, de 14 años, fue hecha esclava por una pareja de su país. Nunca le pagaron, y el hombre abusaba sexualmente de ella. Una criada de Bangladesh de un diplomático de Baraini, en Nueva York, a la que no se le pagó ni dejó salir nunca del apartamento, debió ser finalmente rescatada por la policía, de acuerdo a su denuncia. Una criada india de un diplomático en Potomac dijo que fue maltratada mental y físicamente y que le pagaron 100 dólares por 4 mil 500 horas de trabajo durante un período de 11 meses. (Dos centavos por hora).
Los principales destinos de esas trabajadoras en Estados Unidos son Washington y Nueva York, donde hay grandes comunidades de inmigrantes y donde se ubican las sedes de organizaciones internacionales, cuyos funcionarios extranjeros pueden traer sus criados con visados especiales. En muchos casos, las trabajadoras son ocultadas a la vista pública, y viven prácticamente encerradas.
"La gente no concibe que haya esclavitud aquí en nuestras propias ciudades, al alero del Capitolio del país", dijo Joy Zarembka, gerente ejecutivo de Break the Chain Campaign, un grupo sin fines de lucro del área, que se ocupa únicamente de las empleadas domésticas.
Un informe de la CIA de 2004 estima que entre 14.500 y 17.500 personas son reclutadas o transportadas a Estados Unidos cada año, engañadas u obligadas para ser explotadas sexualmente o para trabajos forzados. Pero precisar la cantidad es imposible, porque ninguna agencia federal o nacional se ocupa de los casos.
CASA de Maryland y Break the Chain calculan que reciben en Washington un total de 45 a 50 nuevos casos de empleadas domésticas cada año.
Las que trabajan para diplomáticos o funcionarios de organizaciones internacionales deben hacer frente a la amenaza agregada de perder sus visados si abandonan sus trabajos.
"Realmente es un dilema draconiano", dijo Carol Pier, el autor de un informe de Human Rights Watch de 2001 sobre las trabajadoras domésticas. "Seguir viviendo en una situación de explotación o dejar a tu patrón y denunciarlo o perder tu condición de inmigrante legal".
Para CASA, que ha rescatado a más de 100 trabajadoras domésticas en los últimos seis años, la llamada de Alexandra puso en movimiento un plan de acción. Silvia Navas, de CASA, revisó los detalles de su situación con llamadas secretas. Quedaron de encontrarse en un McDonald unas semanas antes del rescate y fijaron una fecha y una hora.
Minutos después, Alexandra puso sus bolsas en el furgón esa noche, el equipo de CASA se dirigió hacia una casa de la ciudad a una segunda operación. Germania Velasco, de 34, brincó al furgón y abrazó a Alexandra, a la que conocía porque los patrones de ambas trabajan para la OEA.
"Estoy siendo rescatada!", dijo, jadeando, contándole por su celular a una amiga que estaba bien, que la estaban rescatando.
En la casa, la patrona de Alexandra, Verónica Peña, y su marido, le estaban gritando a Navas y al abogado de CASA, Jayesh Rathod. Navas contó que la señora Peña dijo que "todo el mundo lo hace", refiriéndose a los bajos salarios que se pagan por la ayuda doméstica. Navas dijo que le había replicado, "Es por eso que estamos aquí".
Peña, segunda secretaria de la delegación ecuatoriana ante la OEA, dijo que no tenía autorización de su gobierno para hacer comentarios.
Alexandra Santacruz y Germania Velasco llegaron a Estados Unidos con visados que les permitían viajar con sus empleadores. Como muchas otras, firmaron contratos que luego los empleadores ignoraron, según el abogado Victor Glasberg. Alexandra dijo que no le dieron tiempo para leer el contrato ni le dieron una copia. El contrato de Germania Velasco decía que se la pagaría 6 dólares la hora, casi tres veces más de lo que finalmente le pagaron, según Glasberg.
Quiere que le paguen los salarios atrasados -calcula que le deben alrededor de 20 mil dólares por 20 meses de trabajo, y que a Germania Velasco le deben 28 mil dólares por casi dos años de trabajo. Según la ley federal del salario, las mujeres podrían cobrar dos veces ese importe si sus empleadores les pagaron menos de lo normal a sabiendas.
El empleador de Alexandra Santacruz, Efraín Baus, primer secretario de la misma misión ante la OEA, se negó a dar comentarios. En una carta reciente a Glasberg, su abogado, Samuel G. McTyre, dijo que Baus y su esposa "muy probablemente" se avendrían si el asunto se mantenía privado. Observó que la pareja estaba asombrada de la denuncia de la Santacruz y dijo que "ella conocía los términos y condiciones de su empleo... y los había aceptado durante dos años sin quejarse ni una sola vez". Negó enfáticamente haberle retenido el pasaporte.
Debido a que lo que se juega es mucho, dicen los abogados, las trabajadoras domésticas son a menudo puestas bajo presión para que no busquen compensación. La carta del abogado de Baus, por ejemplo, menciona que la denuncia de Alexandra Santacruz "puede o no" afectar los trabajos de sus parientes en casa de otros miembros de la familia Baus y amigos en Ecuador.
Creía Que Era La Hija Mayor
Joy Zarembka, 32, agrega la pasión a su trabajo. Es la hija de una empleada doméstica de Kenia. Y hace algunos años se enteró de que una empleada de puertas adentro en el barrio de su padre en Gaithersburg no recibió un centavo en cinco años de la pareja de Camerún para la que trabajaba, según las actas del sumario.
Joy veía a menudo a la adolescente y pensaba que era la hija mayor. "En retrospectiva, ahora recuerdo la tristeza de sus ojos", dijo. El padre de Joy contactó con CASA, que puso sobre aviso a la ley.
La indignación la llevó en el 2000 a trabajar para una coalición de grupos de defensa de los trabajadores, de derechos humanos y religiosos que más tarde se transformarían en la campaña Break the Chain. Desde entonces, el grupo ha ayudado a más de 100 trabajadoras domésticas.
"Nos cuesta poco pagar un salario normal, especialmente cuando lo comparas con los salarios de los abusadores", dijo Joy Zarembka.
Hasta hace poco, Break the Chain y CASA eran los únicos grupos en el área de Washington que ayudaba a las empleadas domésticas. Pero el crecimiento del problema ha espoloneado la creación de nuevos grupos y nuevas iniciativas. Con fondos privados, por ejemplo, la organización sin fines de lucro Project House International está planeando comprar dos casas para dar alojamiento a víctimas del tráfico de esclavos.
Además, un reciente énfasis en la lucha contra el tráfico, incluyendo una ley federal del 2000, ha liberado fondos federales para ello -más de 90 millones de dólares el último año fiscal. Con esos fondos, Break the Chain y otros grupos Ayuda, de Washington, y Boat People SOS, de Falls Church, han comenzado a preparar a agentes de policía, trabajadores sociales, enfermeras, intérpretes y otros para reconocer signos de una trabajadora que puede estar siendo explotada o atrapada.
En los seminarios de formación, Joy enseña a hacer las preguntas claves:
"¿Te dejan salir?"
"¿Te han golpeado o han abusado de ti sexualmente?"
"¿Te han amenazado?"
"¿Tienes tu pasaporte?"
"¿Te han pagado por tu trabajo?"

Un Empleador Desaparecido
Fue un buen samaritano quien puso en contacto a Kurinah Muka con Joy y Break the Chain. Kurinah ha sido empleada de puertas adentro en una torre de pisos de Alexandria durante un período a la vez tedioso y cruel. Era golpeada por la mujer que la empleó, que la obligaba a trabajar 19 horas al día, le permitía comer -los restos de la comida de la familia- sólo una vez al día, dijo. Por los casi dos meses que trabajó, no se le pagó nunca, dijo. Kurinah describió su terrible experiencia en una declaración escrita para los funcionarios de Inmigración, que más tarde investigaron y, según testigos, corroboraron la denuncia.
Kurinah proviene de una pobre aldea agrícola de Indonesia. El ingreso mensual de su marido, como chofer de camión, era de casi 75 dólares. Ella ganaba 70 centavos al día trabajando en una granja arrocera.
Cuando un reclutador de una agencia de empleo se apareció en septiembre de 1999 buscando criadas para extranjeros, Kurinah se inscribió, dejando atrás a sus dos hijos.
Dijo que durante tres meses ella y alrededor de 300 mujeres fueron retenidas en un campo con guardias para impedir que escaparan. Dormían en dormitorios con otras 20 mujeres, se les enseñaba el vocabulario árabe para la cocina y la limpieza y se les decía que obedecieran a sus empleadores. Dijo que fue obligada a firmar un contrato que le prometía 800 dólares al mes, aunque le dijeron que su salario real sería de 200 a 300 dólares.
Cuando llegó al Aeropuerto Internacional de Dulles, en 2000, fue recibida por su empleador, un diplomático de la embajada de los Emiratos Árabes Unidos en Washington. Le dijo a Kurinah que trabajaría para una mujer que se llamaba a sí misma Princesa Halla, que más tarde le contó que el diplomático era el padre de su hijo de cinco años y de su hijita, de 8 meses, dijo Kurinah.
"Mi vida era miserable trabajando para Halla", escribió Kurinah, que trabajaba desde las 5 hasta la 1 de la mañana todos los días.
Halla le prohibió bañarse porque "no quería mis microbios en la ducha", escribió Kurinah. A menudo, Halla la golpeaba y le daba patadas con sus botas y zapatos.
Una vez, Halla observó un rasguño en la nariz de la bebita. "Sacó un cuchillo de un cajón" y me lo puso demostrativamente en la garganta, como si fuera a rebanármela", escribió. "Mientras hacía esto, me miraba y me decía que si volvía a encontrar un rasguño en la niña, me mataría".
Halla requisó su pasaporte y le dijo que una "gente mala" le haría daño si se le ocurría dejar el trabajo, según la declaración de Kurinah. Dijo que pensaba que agentes del gobierno la perseguirían.
"Lloraba todas las noches", dijo Kurinah, con la cara húmeda por sus lágrimas a medida que recordaba en un inglés que aprendió sola. "Rezaba cinco veces al día".
Alcanzó el punto límite cuando Halla "me jaló del cabello, y ahí es cuando ella me rasguñó los brazos y me rajó con las uñas", sacándole sangre, dijo.
Pocos días después, Kurinah se escapó hacia un edificio cercano y se sentó en el vestíbulo hasta que un inquilino compasivo la hizo entrar a su apartamento. Para poder comunicarse con ella su hija bajó de la web un diccionario indonesio. Break the Chain la ayudó a obtener el estatus de inmigración especial para víctimas del tráfico de esclavos.
Funcionarios de inmigración del Departamento de Seguridad Nacional dijeron que habían logrado identificar al diplomático, pero que había retornado a los Emiratos Árabes Unidos, según un investigador que dijo que no estaba autorizado a ser citado por su nombre. No pudieron localizar a Halla, que usaba varios apodos, dijo el investigador. Abdula Alsabusi, un vocero de la embajada de los EAU en Washington, dijo que el diplomático se había jubilado y que la embajada no podía localizarle.
El Washington Post tampoco ha logrado ubicar a Halla o al diplomático.
Finalmente, Muka encontró una habitación para compartir en un apartamento con tres mujeres indonesias y trabaja como nana para una familia americana. Según las condiciones de su visado, no puede dejar Estados Unidos en los próximos dos años, de modo que llama a sus hijos todos los sábados por la noche.

¿Quién Paga la Impunidad?
Incluso cuando los agentes de policía se enteran de estos malos tratos, pueden tener que hacer frente a serios obstáculos si el empleador es un diplomático, ya que muchos tienen completa inmunidad, lo que quiere decir que normalmente no pueden ser detenidos, ni procesados ni demandados. Los grupos de apoyo calculan que un tercio de la esclavitud nacional implica a diplomáticos con inmunidad.
Así fue en el caso de una mujer india de 44 años que trabajó por casi cerca de un año como criada de un importante diplomático asiático en Washington. Durante su estancia en la casa del diplomático en Potomac, dijo la mujer, fue maltratada psicológicamente y a veces físicamente por la esposa del diplomático, a la que se dirigía como Madam.
La mujer, que se negó a ser identificada por temor de que la patrona se vengue, dijo que trabajaba de 16 a 18 horas al día, siete días a la semana. Dijo que el diplomático giró 100 dólares a su familia en India, el equivalente de 18 centavos por hora.
"Esta Madam me daba muchos problemas", dijo la criada en una entrevista reciente. "No hacía nada malo pero ella me gritaba todo el tiempo, diciéndome palabras muy feas, muchas palabras feas".
La criada buscó refugio en la iglesia de San Rafael, de Potomac, y el coordinador de servicios sociales de la iglesia puso la historia de la mujer en un diario de vida. Uno de los días se describía cómo la señora la había jalado de los pelos y "me dio un puñetazo en la frente... también gritándome e insultándome".
Finalmente, la criada, después de haber caído enferma, huyó de la casa del diplomático, pero el empleador retenía su pasaporte y pertenencias, según Break the Chain. El grupo dijo que la mujer tenía fundamentos para reclamar el pago de los salarios atrasados, pero que el diplomático gozaba de inmunidad. Después de meses de negociaciones con el Departamento de Estado y la embajada, el grupo recuperó su pasaporte y pertenencias.
Con la ayuda de un amigo, la criada negoció con la embajada un acuerdo monetario el pasado año, pero las partes se comprometieron a mantener en secreto la cantidad transada, según el grupo de apoyo.
Chaumtoli Huq, un abogado de Nueva York que ganó un acuerdo para una criada de Bangladesh que trabajaba para un diplomático de Baraini ante Naciones Unidas, afirma que la inmunidad diplomática no debería tener precedencia sobre la prohibición constitucional de la esclavitud y de la servidumbre.
"¿Por qué debe la trabajadora, la más humilde entre las humildes, cargar con el peso de la inmunidad?", dijo ella.

Tratando De No Pensar En Ello
Los casos de servidumbre doméstica son difíciles de llevar a juicio, dicen funcionarios de Justicia, porque las víctimas tienen miedo de ir a la policía y los delitos toman lugar detrás de puertas cerradas. Pero en Maryland, la oficina del fiscal en Greenbelt ha procesado seis casos de trabajadoras domésticas en los últimos cuatro años, todos en el condado de Montgomery.
Una pareja, Louisa Satia y su marido, Kevin Nanji, fueron ambos condenados por un juez federal de Greenbelt a nueve años de prisión por la esclavitud de una chica de 14 años de Camerún en Silver Spring. La pareja introdujo a la niña clandestinamente en Estados Unidos en enero de 1997, según las actas del sumario y entrevistas. Le prometieron enviarla a la escuela a cambio de su trabajo. En lugar de eso, fue obligada a cocinar, cuidar de los niños y limpiar. Durante tres años, ni le pagaron ni la enviaron a la escuela.
Nanji abusó sexualmente de ella, según la sentencia. Se ponía un pantalón de chándal y vaqueros en la cama para hacerle más difícil la tarea de desnudarla. "Yo esperaba que él se fuera a dormir antes de irme a la cama", dijo la trabajadora, ahora de 21, que habló a condición de preservar el anonimato, porque no quiere que sus amigos sepan que fue abusada sexualmente.
Quería escapar, pero no tenía ni dinero ni pasaporte. Satia le advirtió repetidas veces que la policía la expulsaría porque no tenía "papeles", según las actas.
Casi tres años después de su llegada a Estados Unidos, la víspera del Día de Acción de Gracias, escapó, descalza y sin abrigo. Dijo que le había pedido a una mujer del vecindario que le diera zapatos. "Me dio unas chancletas negras", recordó.
Corrió hacia un Kmart cercano y se ocultó en el lavabo de señoras antes de llamar a una conocida de Nanji, que le encontró alojamiento temporal. CASA fue en su ayuda después de enterarse de su caso a través de otra trabajadora doméstica de Camerún.
Las autoridades pudieron iniciar un juicio porque los investigadores de Inmigración encontraron testigos y saldos bancarios y de viaje que apoyaban su caso, dijo el fiscal Mythili Raman.
"Trato de no pensar" en lo que ha pasado, dijo la chica. Ahora trabaja como dependienta de media jornada en un Office Depot. No ha recibido nada de los 105 mil 306 dólares en salarios atrasados exigidos por el juez a la pareja. Está pensando en estudiar para enfermera geriátrica. Pero primero quiere sacar el diploma equivalente a la secundaria, un substituto de la educación que le fue prometida pero que nunca recibió.



Bobbye Pratt contribuyó a este reportaje.
3 mayo 2004 ©
washington post ©traducción mQh"

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