Blogia
mQh

quiero ser torero


[Geoffrey Gray] Unos días en una de las pocas escuelas de tauromaquia de Estados Unidos.
Sale de la rampa como una flecha, y se da una vuelta por el ruedo imponiéndose, bramando que lo controla todo. Se lo ve peludo, desesperado y fastidiado. Entonces carga directamente contra nosotros -que nos protegemos detrás de una barrera de madera al borde del ruedo-, levantando polvo y clavando sus dos puntudos cuernos en la madera astillada.
Ni modo. Ni modo. No pienso salir ahí fuera a molestar a ese enfadado animal de 150 kilos, no con esta falsa espada de madera y este trozo de franela roja.
Pero las puertas de acero del ruedo están cerradas. Las paredes de piedra son demasiado altas como para saltar por encima. Si sólo pudiera razonar con él -no te haré nada si tú no me haces nada-, entonces podría volver a casa sin un estampado de pezuña entre mis ojos.
Luego estoy allá fuera, solo con la capa. Me está mirando directamente -en realidad es una vaquita, sólo para ensayar, no es un toro de verdad. De todos modos, no se ve como si estuviera contenta.
"Dandi, ahora está bien, acércate a ella". La voz es de Coleman Cooney, mi mentor en tauromaquia. "Más cerca", insiste. "Ahora, ¡toque!"
Un toque es una sacudida de la capa del matador, y Cooney es el dueño y fundador de la Academia de Tauromaquia de California, una de las pocas escuelas de tauromaquia de Estados Unidos. Cuando sus estudiantes han avanzado más allá de las movidas básicas, o pasos, los lleva a este rancho en el Valle de las Palmas, Baja California, a unos 50 kilómetros al sur de la ciudad fronteriza de Tecate, para practicar con animales de verdad.
A mi nivel de maestría, el objetivo no es matar ni hacerle daño a nada, sino ensayar los pases y entender de qué se trata cuando los matadores están en el ruedo.
La escuela empieza en la entrada de gravilla del rancho de Cooney, en Alpine, California, un pueblo de montaña a unos 50 kilómetros al este de San Diego. El año pasado se inscribieron 175 alumnos en la escuela de Cooney, para aprender el difícil y controvertido arte del toreo. Cooney, 48, ahora guionista, vivió como expatriado en España durante casi una década, recogiendo uvas en los viñedos y convirtiéndose en un aficionado práctico (un fanático serio de la tauromaquia) aprendiendo las movidas de la capa del matador en ranchos ganaderos. De vuelta en Estados Unidos, fundó la escuela de su nombre hace nueve años.
Aunque las corridas de toros son ilegales en Estados Unidos (excepto los eventos no letales, sin derramamiento de sangre, en algunos estados), y aunque California también prohíbe el fomento o publicidad de las corridas, no es ilegal enseñar sus movidas y tradiciones. Cooney pone en escena el componente del animal vivo de sus clases, en México. Los estudiantes avanzados pueden pagar extra allá por la oportunidad de matar a un toro.
Con los años, las sociedades protectoras de animales han montado campañas para cerrarlo. Los grupos de derechos animales han enviado espías con cámaras de video. Wayne Pacelle, presidente de la Sociedad Protectora de Animales de Estados Unidos, dice que la escuela de Cooney está a un "peldaño" de la crueldad con los animales. "Esta no es una actividad que deba ser fomentada por una escuela, menos enseñada por una escuela", dice Pacelle. "Queremos que paren con ese absurdo".
Cooney dice que los opositores han convertido la experiencia en todavía más atractiva para los que buscan sensaciones. "Creo que nuestros estudiantes están cansados de todos esos dedos que revolotean frente a sus narices", me dijo unos días antes de que llegara a su casa para una clase de fin de semana en enero. "La idea de hacer algo tan controvertido como la tauromaquia, se convierte en atractiva".
Los estudiantes, por supuesto, no empiezan retando a esos toros gigantes de más de mil kilos de ondulados músculos que atacan a los matadores con toda la percha de cuernos afilados como una hoja de afeitar. El animal al que tuve que hacer frente era una vaquilla, una hembra predispuesta genéticamente a la agresividad por las razas usadas por los ganaderos para producir toros de lidia valientes y lucrativos. Prácticas como la mía ayuda a determinar cuáles vacas prometen producir vástagos más agresivos.
La práctica empezó el viernes noche. Llegué a una cancha de béisbol detrás de mi hotel sin lujos para recoger mis bártulos, una capa de intenso fucsia y amarillo, una capa más pequeña, llamada muleta, roja como la sangre, y un par de cuernos de toro para simular los movimientos de un toro vivo. Con otros tres estudiantes, que habían estado todos antes en la academia, me dirigí hacia lo desconocido, donde un letrero de neón destella con anuncios de comida rápida y los focos de los coches y camiones que pasan resoplando por la autopista iluminan débilmente nuestra sesión.
Santiago González, 38, nuestro instructor, es amable y elegante con las capas. Pintor de brocha gorda en San Diego, fue el primer estudiante de la academia de Cooney y ahora torea como aficionado en México. "Piense en esto como en una terapia", me dijo.
Todos parecían tener una razón diferente para estar en la academia de tauromaquia. Jerry Roach, 62, ex dueño de un club nocturno, dijo que había empezado a venir a la academia en 2001. "Me mantiene joven", dijo.
Aleco Bravo, 38, actor, dijo que se estaba relacionando con su padre, al que nunca tuvo tiempo de conocer: Jaime Bravo, un famoso y vistoso matador mexicano que murió en un accidente automovilístico en 1970. "Supongo que puedes decir que estoy tratando de entenderlo", dijo Bravo.
Mark Finguerra, 37, graduado de Yale y guionista, de Nueva York se enganchó cuando estaba investigando para un guión de cine sobre una cerrada cofradía de aficionados a las corridas en Estados Unidos y que ahora espera convertirse en un torero amateur. En este viaje tratará de matar a su primer toro. Confiesa que está nervioso. "Aparte de insectos", dice, "nunca he matado nada en mi vida".
González enciende un cigarrillo y habla sobre la postura propia de un matador: el pecho levantado, las caderas hacia atrás, la ingle hacia fuera -símbolos del valor de un matador. Los animales, dice, se aprovechan de los débiles.
"Eres un príncipe", dice González, golpeándose el pecho. "Eres el rey. Eres un matador. Duermes con diez mujeres cada noche y cortas orejas en todas partes".

Fue una visión grata, aunque un poco difícil de recordar mientras movíamos las capas rosadas en el aire, frente a vacas imaginarias. González nos atacó con un par de cuervos, resoplando, mientras Bravo se agachaba sobre él, agarrando las presillas de la faja, imitando el trasero del imaginario animal.
Finguerra, preparándose para matar, pasó el resto de la noche ensayando una estocada al corazón de una carretilla, un artilugio con cuernos de tubos de plástico y repuestos que Cooney fabricó con un cochecito de bebé. Para matar al animal en el ruedo usaría un estoque, un puñal de acero curvo.
A la mañana siguiente hicimos un espectacular viaje de dos horas a través de las rocosas colinas de la costa y los polvorientos valles de la cordillera de la Laguna, hacia el Valle de las Palmas, la ubicación del rancho ganadero Santa Alicia.
Mis antebrazos estaban tiesos y adoloridos. La práctica había sido agotador. La muleta es tan pesada como una toalla mojada y no es fácil de blandir. Coger el palillo, la espiga de madera que la sostiene, y la espada que la mantiene plana, llamada ayuda, es como agarrar las llaves del coche, un celular y un iPod en una sola mano.
Había pases que recordar, demasiados: lances por derecha; verónicas por la derecha o izquierda; pases largos. En el ruedo, nos ubicamos rápidamente en nuestras posiciones detrás de los protectores de madera, o burladeros. El cielo estaba despejado y el sol, arriba y fuerte. Jorge Guerra, un amigo de González, empezó a rasguear unas canciones de flamenco en su guitarra clásica.
Mi vaquilla era la número 44 y me dio pánico. No me podía mover. Entonces sentí que González me empujaba. Cualquier movimiento repentino te convierte en blanco, así que traté de no moverme y le mandé un mensaje mental: "Si no me haces nada, yo tampoco te haré nada".
Pero no me oía.
Eché la muleta hacia delante, tratando de provocarla.
Nada. No se movió.
"Más cerca".
De nuevo, avancé un poco más. Nada.
"Acércate a ella".
A un metro ochenta, quizás a dos metros. Le di otro toque a la muleta y movió las orejas. Estaba lista.
De lo que pasó después sólo recuerdo fragmentos: el animal bajó la cabeza y se lanzó directamente contra mí (a último minuto dejé la capa ahí, y ella embestía en realidad contra la tela). Traté de no moverme ni de huir. Estiré la muleta tan lejos de mi cintura como posible.
Cuando al final me eché a correr, hubo algunos aplausos simbólicos. Puede haber sido González, que gritó: "¡Qué bien! ¡Qué bien!" Me sonrojé y sonreí. Todo el asunto duró un minuto, quizás menos.
Me sentía extrañamente realizado. Tan realizado que creo que no lo volveré a hacer en mi vida.
La finale del día ocurrió momentos después. El toro de Finguerra era de color crema, pesaba unos 225 kilos y arremetió contra las puertas de metal de la rampa con sus cuernos de unas siete pulgadas de largo.
Finguerra llevaba botas que había hecho en España para la ocasión y una camisa recién almidonada. Después de unos pases, había manchas de tierra y sangre en su camisa. El toro se había apoderado de la función, pisando la muleta y arrebatándola de las manos de Finguerra. Sin una capa a la vista, el toro lo embistió a él, arrojándolo al suelo, parándose encima de él y escarbando su cuerpo con sus cuernos. Finguerra fue espolvoreado una y otra vez. Al final, dejó de lado la espada de madera y cogió el estoque. Pronto el toro yacía muerto.
Esa noche Finguerra cocinó filetes con el toro en la parrilla de Cooney y dijo que comer la tierna carne del animal y saber que necesitaba la experiencia eliminaba todo sentimiento de culpa que pudiera haber tenido. Si quería ser torero, tendría que clavar más espadas en más toros, mucho más -y a un precio, porque lidiar toros como pasatiempo no es barato. Para su primera muerte, le pagó al ranchero 600 dólares.
No tenía problemas a la hora de justificar su compra, considerando todos los otros hobbies caros que podría tener. "Imagínate que un partido de golf en Pebble Beach cuesta 500 dólares", dijo.

10 de marzo de 2006
©new york times
©traducción mQh
rss

0 comentarios