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el malo de la película


[Manohla Dargis] Una cariñosa aproximación a los malos del cine: gángsteres, asesinos a sueldo, pistoleros.
Lee Marvin cruzó la pantalla como un tiburón a punto de engullirse a alguien. Alto y delgado, con unos hombros que parecían tan anchos como sus caderas y el pelo tan plateado como una bala, parecía haber nacido para la velocidad. Pasaba de un género a otro, destacándose en las películas de gángsteres y vaqueros. El romanticismo no era su fuerte. Te podía hacer reír, a veces inquietamente, pero son sus papeles como malo los que se quedan en tu memoria. Son malos espantosos, a veces seductoramente espantosos, porque sus puñetazos y vueltas de cuchillo parecen propinados, no en el fragor de la violencia, sino en su frialdad.
Marvin hizo gran parte de sus mejores actuaciones en los años sesenta; fue pasado por alto por directores de Nueva York que pudieron haberlo inmortalizado para las generaciones futuras. Murió a los 63 en 1987, de un ataque al corazón. Para el público más joven, especialmente para los que creen que la historia del cine empieza con Steven Spielberg y George Lucas, Marvin puede ser un signo de interrogación ("¿Quién?", me preguntó un joven amigo). No he podido encontrar ninguna caja de DVD con sus películas, aunque aparece en algunas colecciones de John Wayne haciendo papeles secundarios y como contraste cómico. Varios de estos títulos, especialmente el melancólico western de John Ford, ‘El hombre que mató a Liberty Valence' [The Man Who Shot Liberty Valence] (1962), están incluidos en la excelente serie ‘Lee Marvin: The Coolest Lethal Weapon', que se inaugura hoy en el Walter Reade Theater, por gentileza de la Film Society del Lincoln Center.
Es más frío que el frío en la clásica horterada de Don Siegel, de 1964, ‘Código del hampa' [The Killers], donde es un asesino a sueldo intelectualmente curioso, y en el thriller maravillosamente fracturado de John Boorman,‘A quemarropa' [Point Blank], de1967. En ‘Código del hampa', el asesino a sueldo se convierte en detective porque no puede entender por qué una de sus víctimas (John Cassavetes) no huye cuando tiene la oportunidad. (Más tarde, cuando una mujer trata de convencerlo de que no la mate, el asesino a sueldo la dice: "Señora, simplemente no tengo tiempo"). El impresionante reparto incluye a Ronald Reagan, con un merengue de pelo lustroso; Angie Dickinson, como la más guapa de los venenos y el fabuloso Clu Gulager. Marvin, que llegó borracho al primer día del rodaje, se hizo con la película, en todos los sentidos.
La bebida jugó un papel recurrente en Marvin, entre bastidores y en la pantalla: recibió sus ruidosas claves de un verdadero motero llamado Wino Willie en ‘Salvaje' [The Wild One] e infunde verdadero dolor al papel del trágico alcohólico Ira Hayes, uno de los dos portabanderas de Iwo Jima, en el drama televisivo ‘The American', de John Frankenheimer, de 1960. En 1966 recibió el Oscar al mejor actor por sus papeles duales en el agotador y nada gracioso western ‘Cat Ballou, la tigresa del Oeste' [Cat Ballou], incluyendo el de un pistolero tan empapado en alcohol que se emborrachaba hasta su caballo. (Al aceptar la estatuilla, bromeó diciendo que el caballo merecía la mitad de los elogios). Sin embargo, ni su comedia patéticamente anticuada, hecha cuando los borrachos terminales todavía hacían reír, pudo disimular su actuación graciosamente gestual, la manera en que se pasa la película tambaleándose, sin llegar a caer.
Era un espécimen físico notable. Nacido en Nueva York en 1924, hijo de un editor de publicidad y moda, asistió a varias escuelas primarias antes de enrolarse con los marines. En 1944, el año que cumplió veinte, era un francotirador en el frente del Pacífico, donde, en Saipan, una bala le cercenó un nervio. Pasó trece meses recuperándose en un hospital y recibió la medalla del Corazón Púrpura. Décadas más tarde, en la última gran película que hizo -la superproducción de Samuel Fuller sobre la Segunda Guerra Mundial, ‘Uno rojo: división de choque' [The Big Red One] (1980)-, el sargento Marvin dirige a un grupo de jóvenes soldados que tenían más o menos la misma edad que él cuando se metió a la guerra de verdad. En esta actuación, ni la ternura ni el odio parecen fingidos.
Tras su recuperación, estudió para fontanero antes de iniciarse en el teatro. Actuó intermitentemente en Broadway, y frecuentemente en televisión. Su primer éxito en la gran pantalla lo tuvo con un pequeño rol en una película de 1951, ‘You'are in the Navy Now', y pronto empezó a especializarse en depravados. Vale la pena citar en extenso a Bosley Crowther, comentando ‘Salvaje', de 1953, en el New York Times: "Y como el segundo alfa de una manada de lobos, al que Lee Marvin retrata como un glandular psicópata o un drogadicto o algo fantásticamente malo, inyecta a esta película, brevemente, un atisbo de absoluta y desatada monstruosidad, disfrutando del privilegio de intimidar a otros en una sociedad justa". No estoy segura sobre eso de la sociedad justa, dada su población, pero que es fantásticamente malvado, lo es.
La serie de Walter Reade no incluye ‘Salvaje', quizás porque es tan familiar, pero es asombroso ver a Marvin manteniéndose incólume contra la nueva fuerza en el cine: Marlon Brando. Con su lasciva risa y depravados ademanes que le dan el crispante aire de una marioneta sin cuerdas, Marvin, canoso y de voz grave, parece como un tipo práctico y rudo.
Acompañado por su pandilla de matones luciendo sus chaquetas de moteros y bonitas gorras, su boca de peluche sobresaliendo sugerentemente, el guapo Brando casi parece remilgado. En comparación, Marvin se ve sucio en cuerpo y alma; tiene los bordes romos, como todo el mundo.
Su personaje está tratando de hacerlo más fácil en el clásico negro de Fritz Lang, ‘Los sobornados' [The Big Heat], que fue también estrenado en 1953 y, felizmente, es parte de la serie. Esta es la película en la que Marvin da vida brutalmente al novio malvado, arrojando un pote de café hirviendo en la cara de su chica (Gloria Graham), dejándola con terribles cicatrices. Décadas antes, James Cagney había metido un pomelo en la boca del amigo de su novia. En esos días, los canallas del cine alimentaban a los perros con sus presas, pero hay todavía algo espantosamente salvaje en el fervor con que Marvin actúa en esta escena, como si el personaje sintiera placer sexual con su violencia. Parte de esto se debe a Lang, un sádico de la pantalla, pero es Marvin el que aparece con los labios húmedos.
Hay poca blandura y un montón de sombras en uno de sus mejores papeles de canalla, un codicioso pistolero en el magnífico western de Budd Boetticher, ‘Tras la pista de los asesinos' [Seven Men From Now]. La primera en una serie de películas de vaqueros que hizo Boetticher con Randolph Scott, esta película casi perfecta le da a Marvin amplias oportunidades para demostrar lo que puede hacer, sea desmontando a un hombre con su brutal psicología o practicando su desenfundada. Hay vigor en esta personificación, así como un dejo de dandismo, especialmente en el pañuelo verde que lleva al cuello. Marvin lleva pañuelos de seda parecidos en ‘Salvaje' y en ‘Los comancheros' [The Comancheros] (1961), un trabajoso western donde le roba el espectáculo a John Wayne durante los diez minutos en que se manda la parte en la pantalla.
Esos pañuelos son encantadoras florituras. Quizás le gustaba cómo se veía con ellos, o quizás no estaba orgulloso de su cuello. O quizás este rudo profesional, que sobrevivió la Segunda Guerra Mundial y le pagaron generosamente para continuar con la guerra en la gran pantalla, quería mostrar un aspecto de él que no era inmediatamente aparente. Hace girar sus armas con elegancia, sin pestañear siquiera, en el entretenido western de Richard Brooks, ‘Los profesionales' [The Professionals] (1966). En la vida real, Marvin había sido un tipo bueno, con sus párpados caídos y una voz que sonaba como si la hubieran despojado de toda dulzura, parecía destinado a las canalladas.
Lo estaba, ciertamente. Pero sus mejores canallas no eran los tipos repulsivos de historietas, ni los sádicos que matan por la excitación que les produce. Eran por lo general hombres complejos, interesados, temperamentales, sí (mirad la impaciencia con que cruza la escuela de ciegos en ‘Código del hampa'), pero también ágiles y a veces tan divertidos como la arena. En los años setenta, durante una guerra en tribunales infernalmente larga que se arrastró durante casi una década, se hizo más famoso por ser el acusado en la primera prueba legal de la pensión alimenticia (espoloneando la venta de camisetas con el lema ‘Free Lee Marvin') que por cualquiera de sus roles en esa época. Todavía tenía papeles que valían la pena y actuaciones jugosas, incluyendo la ponzoñosa sátira de Michael Ritchie, ‘Carnicería humana' [Prime Cut] (1972) y, por supuesto, Uno rojo: división de choque'. Parece adecuado que, después de treinta años de personajes toscos, pobres diablos, chivatos y payasos, hiciera de héroe.
‘Lee Marvin: The Coolest Lethal Weapon', una completa retrospectiva de la Film Society del Lincoln Center, durará hasta el 24 de mayo en el Walter Reade Theater, 165 West 65th Street, Lincoln Center, 212 496-3809, filmlinc.com

16 de mayo de 2007
11 de mayo de 2007
©new york times
©traducción mQh
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