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en una cárcel de zimbabue


La prueba de fuego de un periodista. Primera entrega.
[Barry Bearak] Harare, Zimbabue. Nunca antes me habían detenido y las perspectivas de estar en prisión en Zimbabue, uno de los países más pobres y represivos del planeta, parecían especialmente lúgubres: las celdas sucias y atiborradas, la posibilidad de que te golpearan. Pero me dije a mí mismo lo que he dicho repetidas veces a mis dos hijos: La vida es una recopilación de experiencias. Disfrutas de las buenas, y aprendes de las malas.
Me acusaron del delito de "cometer periodismo". Uno de mis captores, el inspector de detective Dani Rangwani, describió mi delito como algo despreciable, casi siseando las palabras: "Usted ha estado recogiendo, procesando y difundiendo noticias".
Y me habían pillado con las manos en la masa, con mis apuntes dispersos sobre mi escritorio, mis mensajes de textos en mi celular, mis artículos guardados en Microsoft Word en un ordenador portátil abierto.
En un momento, veintiún policías y detectives se arremolinaron en mi cuarto en un pequeño motel en Harare, la capital. Chocaban entre ellos mientras revisaban el cuarto, algunos arrodillándose, otros en la punta de los pies, buscando evidencias en armarios y gavetas. La puerta era custodiada por hombres con rifles.
Encontraron inmediatamente mis dos pasaportes de Estados Unidos, amplia evidencia de subterfugio. Uno contenía papeles que indicaban que yo era un periodista; el otro, el que tenía mi visa, decía que había entrado al país como turista.
"¿Eres realmente periodista?", me preguntaron.
"Sí", respondí.
"¿Y no estás acreditado en Zimbabue?"
"No, no lo estoy".
Yo estaba preocupado porque me habían ayudado algunos zimbabuenses. Los mensajes que habíamos intercambiado estaban en el celular. Imaginaba que por mal que las pasara yo, las cosas serían indudablemente peores para esos otros, esos amigos.
Uno de los polis cogió el teléfono. "Estás en serios problemas", me advirtió. Su tono era amenazante, pero también tenía un extraño rictus en su sonrisa que interpreté como una invitación.
"¿Me puedes ayudar?", susurré.
Su pulgar derecho se movía diestramente sobre el teclado del celular, pero entonces lo deslizó hacia un lado y empezó a pasarlo sobre el índice, lo que en el lenguaje de los signos representa el lubricante universal de la palma engrasada. En cuestión de minutos, negocié una visita a los servicios y le dejé cien dólares en mi neceser.
Luego nos pusimos hombro con hombro. "¿Qué es esto?", me preguntaba acusadoramente mientras pasaba los mensajes. Cuando yo asentía, los borraba.
El cuarto atiborrado estaba caliente. Me sentía en la cárcel. Necesitaba aire fresco, pero cuando avancé hacia la puerta, el detective Jasper Musademba, un hombre corpulento de chaqueta y corbata, me paró. Había sido el más agresivo de todos. "Si tratas de salir...", dijo severo, dejando la frase sin terminar. Convirtió su mano en una pistola y apretó el gatillo.
"¿Me matará?", pregunté.
"Ah", observó sarcástico. "Has visto esa película".

Limbo Electoral
Vine a Zimbabue para cubrir las elecciones del 29 de marzo, tiempos cruciales en un país conflictivo. La historia estaba tomando un cortés giro contra excéntricos como el presidente. Robert Mugabe, el eterno camaleón político que ha dirigido el país desde su independencia de Gran Bretaña en 1980, parecía al borde de la derrota.
Día tras día Zimbabue languidecía en un peculiar limbo. Mientras el gobierno se negaba a dar a conocer los resultados de elección presidencial, los totales ya habían sido publicados en todos los colegios electorales y había fuertes razones para creer que Mugabe, el presidente de 84 años, había sufrido un inesperado soponcio.
Esto debe haber sido un shock para el ‘viejo’, como lo llaman los zimbabuenses, sobre todo porque se considera a sí mismo padre de su pueblo. Fuentes fidedignas me dijeron que el rechazo primero deprimió al presidente Mugabe y lo dejó dispuesto a ceder.
Su poder había florecido mediante una metódica crueldad, incluyendo el asesinato de miles de personas en el bastión disidente de Matabeleland. Mientras él y sus amiguetes adquirían lujosas mansiones y gigantescas cuentas bancarias, empujó al país a una desastrosa ruina económica, en el que el principal motor fue una mal concebida expropiación de las productivas fincas de terratenientes blancos.
A Mugabe, que posee la genuina buena fe de un héroe libertador, le gusta presentarse como uno de los grandes defensores de la libertad. Mantener un barniz de democracia es importante para su imagen. Los grupos civiles pueden reunirse provisto que sus propuestas no lleguen a las masas. Los tribunales pueden funcionar si Mugabe conserva el derecho de anular las decisiones inconvenientes. Se pueden realizar elecciones si los rivales políticos sobreviven las palizas y encarcelamientos y las torturas -y los resultados pueden ser fiablemente manipulados.
El 3 de abril, el día que me arrestaron, mis métodos de observación de estos mecanismos pasaron curiosamente de ser externos a internos. Mi propia libertad dependía de esas pizcas de libertades cívicas todavía permitidas a la ciudadanía -y de los numerosos valientes que prosiguen sin doblegarse ante la implacable intimidación.
El barniz de libertad que Mugabe permite a la prensa se aplica del modo más tenue posible. Aunque se permiten algunos semanarios independientes, el estado controla el único diario y canal de televisión. Normalmente se niega la entrada al país a la mayoría de los periodistas occidentales.
Yo venía por primera vez a África. Mi mujer, Celia Dugger, y yo, llegamos en enero como jefes de despacho del New York Times en Johanesburgo. Con las elecciones inminentes en Zimbabue, hice dos viajes a Harare, tomando cada vez las habituales precauciones de seguridad. Dejé en casa mis credenciales y ordenador portátil, entré al país como turista y entrevisté a gente sólo a puertas cerradas. Por la noche destruía mis apuntes después de enviarlos por e-mail a mí mismo en un cibercafé. Escribía mis artículos sólo cuando volvía a Johanesburgo.
Pero las elecciones presidenciales presentaban nuevas complicaciones. Había que enviar artículos todos los días. Yo tenía que trabajar abiertamente en las calles, luego volver a mi cuarto con una conexión inalámbrica fiable para transmitir desde mi portátil. Con el tiempo, periodistas normalmente cautos empezaron a tomar riesgos que ridiculizaban su anterior prudencia, anunciando sus nombres y afiliaciones en ruedas de prensa de la oposición.
La necesidad entumeció mi propia prudencia. Mis artículos requerían continuas actualizaciones para la página web del Time, así que tenía que estar en el centro de Harare, con una mochila a mi espalda, dictando citas desde mi libreta de apuntes y deletreando nombres en la débil conexión del celular. Al principio yo había pedido que no colocaran mi nombre en los artículos. Pero otros periodistas fueron menos precavidos en cuanto revelar su identidad en el papel. Finalmente hice lo mismo.
Estaba alojando en el York Lodge, una serie de ocho cabañas distribuidas en un encantador terreno de matorrales y un jardín. A los 58, después de 33 años como periodista, me gusta pensar que puedo detectar los problemas, que estoy siempre alerta al peligro como si fuera un explorador de caballería de frontera que se pone tenso al sonido de un canto de ave sospechoso.
Pero la policía había estado en el motel durante 45 minutos y yo no me había enterado. Estaba actualizando otro post para la página web cuando salí del cuarto a tomar aire fresco a eso de las cuatro de la tarde. Maria Phiri, una alta e hirsuta detective con pendientes de aro y un vestido rojo, me llamó: "¡Eh, tú!" Me quedé pasmado.
Varios hombres corrieron hacia mí. Su primera pregunta me hizo tambalear.
"¿Quién eres tú?"

País sin Ley
Dos periodistas fueron detenidos en la York Lodge; otros dos fueron avisados antes de que volvieran de terreno. El otro desafortunado era Stephen Bevan, 45, un hábil periodista autónomo británico que trabaja para el Sunday Telegraph.
Nos subieron a una camioneta para llevarnos a la Comisaría Central de Policía de Harare, un enorme complejo de la era colonial conocido coloquialmente como Ley y Orden. La evidente alegría de los detectives por nuestra captura se vio pronto temperada por la llegada de una familiar e implacable enemiga, Beatrice Mtetwa, la más importante abogado de derechos humanos del país.
Es una mujer impresionante, con gafas rectangulares y un peinado recortado cuidadosamente afro.
"No existe el delito de ‘comisión de periodismo’, con o sin credenciales", nos informó en privado con su exagerado y leguleyo estilo. No lo sabíamos, y nos alivió bastante. De hecho, la ley había sido modificada en enero. Ahora era ilegal pretender falsamente tener credenciales, y ni Stephen ni yo habíamos hecho eso.
Pero la señorita Mtetwa también explicó las siniestras realidades de su afligido país: "Últimamente no hay ley en Zimbabue. Vuestros gobiernos no pueden ejercer presión; los británicos y los estadounidenses tienen muy poca influencia. La policía les retendrá tanto tiempo como quieran". Ella es presidente de la asociación de abogados de su país. El año pasado, unos policías la golpearon con sus porras.
Su colega, Alec Muchadehama, pasó hace poco un tiempo la Cárcel Central de Harare que ahora se erguía ante nosotros. "Este es una de las peores cárceles", nos dijo gravemente. "Tendréis que apoyaros uno al otro".
En realidad, la mente humana es buena para estas cosas. No toma demasiado tiempo pensar en personas muy admiradas que han sido encarceladas injustamente en cárceles del mundo. Yo conocía a una docena de líderes civiles de Zimbabue que me habían contado horribles historias sobre el tiempo que pasaron en prisión. Algunos fueron golpeados, a menudo en sus torsos y en la palma de sus pies. Otros fueron simplemente dejados en celdas repugnantes.
Logré llamar a Celia con un teléfono prestado. Mi mujer sabe cómo estar al mismo tiempo emocionalmente acongojada y serenamente práctica. Ya estaba pensando en cómo sacarme de la cárcel; al mismo tiempo, se estaba preparando para continuar desde Johanesburgo con la cobertura de Zimbabue para el diario.
"No te preocupes, me acostumbraré al calabozo", le dijo, tratando de sonar como un tipo rudo. Agregué un chiste de periodista: "Realmente, cualquier cosa es mejor que tener que escribir cuatro artículos al día para la página web".
Poco después de medianoche, el detective Musademba nos escoltó a Stephen y a mí a la cárcel. La electricidad ya no funciona en todas las alas de ese complejo destartalado. Los pasillos estaban totalmente desiertos. No se oía más que el crujido de nuestros zapatos y el goteo intermitente de las tuberías descubiertas.
En esos momentos espantosos, me sentí escalofriantemente privado de mis sentidos, excepto el olfato. A medida que avanzábamos, el hedor a orina de la cárcel se hacía cada vez peor.

2 de junio de 2008
27 de abril de 2008
©new york times
cc traducción mQh
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