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invasores de tonga dejan iraq


Tropas de Tonga terminan su misión en Iraq. El contingente de cincuenta y cinco hombres del Pacífico Sur es el último país de la coalición norteamericana que abandona el país.
[Tina Susman] Bagdad, Iraq. Un grito de guerra del Pacífico Sur tronó a través del palacio de un dictador muerto en un país desértico.
"Aye, aye! Aye, aye!"
Tres hileras de hombres, de espaldas anchas y gruesos muslos, mandíbulas apretadas y rostros de bronce, golpearon el suelo con sus pies y dieron un puñetazo en el aire, mientras sus cantos guturales rebotaban entre el suelo de mármol y el cielo abovedado.
En los anales de las ceremonias de despedida, la que se hizo para las tropas de Tonga se ubica sin duda entre las más conmovedoras. El contingente de cincuenta y cinco hombres se convirtió el jueves en el último miembro de la coalición norteamericana en terminar su misión en Iraq.
De todos los miembros de la coalición, los isleños del Pacífico Sur pueden haber parecido en realidad los que menos a gusto se sentían en Iraq, donde el clima, la geografía y la comida les eran todos extraños. En lugar de las suaves temperaturas en casa, el cortante frío y el sofocante calor de Iraq. En lugar de los arrecifes de coral y playas tropicales, Iraq ofrecía una seca desolación. En lugar de pescado asado en hojas, cerdo asado, mandioca y ñame, Iraq significaba comida de cafetería americana.
"Pero nosotros nos adaptamos a cualquier comida", bromeó el capitán Carl Tu’iavi, en referencia a la dudosa distinción de Tonga de ser uno de los países con más sobrepeso del mundo. "Si vamos a China, nos adaptamos al arroz; si vamos a Bangladesh, comemos comida picante".
Mientras hablaba, las tropas de Tonga se preparaban para hacerse camino en una enorme tarta rectangular glaseada para reproducir la bandera de Tonga: una tela roja, a excepción de una esquina blanca con una cruz roja en el centro.
Pocos soldados esperaban viajar a Iraq cuando se enrolaron en los Servicios de Defensa, las fuerzas armadas de Tonga. El país, cuyas fuerzas armadas las forman apenas unos cientos de personas, es rara vez escenario de conflictos. Vivió un estallido de disturbios en la capital, Nuku’alofa, en 2006, y ha participado en las operaciones de paz de Naciones Unidas en las Islas Salomón. En 1972 expulsó a un hombre de negocios de Nevada y sus acompañantes por izar su bandera sobre un atolón de Tonga y tratar de fundar una utopía libertaria.
Interrogado sobre cuál era el principal problema de Tonga ahora, el soldado raso Mavae Taufe hizo una pausa.
"Hmm. No mucho", dijo.
Los tonganos recibieron algunas de las misiones más disparatadas en Iraq. En junio de 2004, 45 de sus marines se unieron a fuerzas estadounidenses en la provincia de Anbar, un bastión subversivo al oeste de Bagdad, que era la región más peligrosa en Iraq en esa época.
Desde el año pasado, sus tareas los llevaron a ambientes más confortables: como guardias del imponente Palacio Al Faw, en el pasado la guarida de Saddam Hussein, en el complejo bagdadí que ha sido adoptado como cuartel de las fuerzas armadas de Estados Unidos en Iraq.
Los tonganos se establecieron como imponentes guardianes, gritando "¡Hmphs! y otros gritos ininteligibles cuando los visitantes entraban a terrenos estrictamente controlados.
"Cuando pasa la guardia, te sientes seguro. No son extranjeros",dijo el suboficial Avo Zaytouninan, un reservista de la Armada estadounidense estacionado en Port Hueneme. "Es como ver a un poli de tu pueblo. Ves pasar su coche y te sientes seguro".
En la ceremonia del jueves, se entonaron los himnos de Iraq, Tongo y Estados Unidos, se rezó y un soldado tocó la corneta.
El segundo comandante en Iraq, el teniente general de ejército Lloyd J. Austin III, ofreció un conmovedor tributo a las tropas de las "islas amistosas", como llamó el capitán James Cook a Tonga cuando arribó allá en 1773.
"Vamos a extrañar su moral, que en realidad es contagiosa", dijo Austin mientras los soldados de Tonga se mantenían firme, con sus boinas negras apenas inclinadas sobre sus cabezas.
Es parte del carácter de los tonganos, dijo el soldado raso Taufa.
"La cultura de la gente es realmente amistosa", dijo. "Es como si siempre quieres quisieras acceder a un favor que te pide alguien".
Luego las boinas y armas fueron dejadas a un lado. Era la hora del sipi tau, o el canto de guerra, con sus ululatos, gritos, gruñidos y golpazos.
Después, las voces de los hombres se unieron en perfecta armonía, como un coro de iglesia, para cantar una canción de despedida compuesta por uno de ellos. Cuando la canción se acercaba a su fin, el pequeño contingente de hombres grandes se despidieron al unísono y se bambolearon de atrás para adelante, como palmeras meciéndose en la brisa polinésica.

6 de diciembre de 2008
©los angeles times
cc traducción mQh

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