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criminal sin huellas digitales


La sorprendente historia de cómo un delincuente y paramilitar borró sus huellas digitales, asumió la identidad de otros y pagó para que le desaparecieran sus antecedentes en el DAS, la Fiscalía y la Dijín.
Colombia. La escena parece sacada de una cruel historia de terror criolla. En el pabellón de los condenados a muerte por los paramilitares esperan seis campesinos cuyo ’delito’ era no tener antecedentes penales. Antes de morir, los escogieron como los obligados donantes de sus huellas digitales, en un experimento que buscaba borrar la historia criminal de los paramilitares que las recibirían.
Los hechos ocurrieron en una vereda perdida en los Llanos Orientales, cuando el Bloque Centauros tenía cierto control del territorio. Pedro Julio Rueda Ríos, uno de los que recibió esas nuevas huellas y hoy está en una cárcel de Tolima, le contó la historia a SEMANA.
En la misma improvisada sala, uno a uno eran anestesiados los criminales que se prestaron como conejillos de Indias convencidos de que así podían limpiar su prontuario. "Se hacía el corte profundo hasta encontrar los tendones, que es debajo de la piel, luego sigue una carne. No sé cómo decirlo, no soy médico. Allí se ponían las huellas de la otra persona", cuenta sin mayor asomo de humanidad. "Como se mataban de tres a cuatro personas por día, no había mucha diferencia en decir necesitamos seis u ocho para quitarles las huellas y experimentar... Yo me ofrecí porque ya tenía tres órdenes de captura y me serviría intentarlo", comenta tratando de justificarse.
Según Rueda Ríos, colocaban las huellas recién extirpadas en un líquido y rápidamente se hacía el procedimiento. Pero el experimento fue fallido, su cuerpo las rechazó, tuvieron que hacerle quemaduras profundas en todos los dedos, aguantar que lo tuvieran que atender hasta en sus necesidades más básicas y esperar "de cinco a seis meses para volver a coger un fusil".
Corría 2003, y aunque no había cumplido su cometido, desde ese momento quedó marcada su historia. Dos años después decidió desertar, aburrido de ser sepulturero y patrullero de los paras -"no es nada lo que pagan y muchas las maldades que toca ver"-, y volvió a su actividad original de ladrón, en la cual se considera todo un profesional.
Comenzó a sus 25 años, en 1998, robando motos en Ibagué y Bogotá. Pero su habilidad y su falta de escrúpulos pronto lo llevaron a las grandes ligas de robos a bancos, casas de cambio y residencias lujosas. Así protagonizó atracos a bancos en Girardot y Barrancabermeja, de donde salieron las órdenes de captura con su fotografía -tomada de los videos de seguridad- y su identificación gracias al trabajo de los investigadores. Pero después del frustrado trasplante que lo dejó sin huellas, ahora podía ser cualquier persona. Igual nadie le podía probar plenamente su identidad, y siempre lo podía negar.
Se hizo experto en apropiarse de identidades ajenas. "Buscaba conocidos o personas pobres de más o menos la edad y les decía, présteme su nombre. Le explicaba que yo mandaba a hacer todo y les daba iniciando tres o cinco millones de pesos. Si es una persona realmente humilde, pobre, entonces no hay problema. Para ellos es un futuro completo". Así, asegura, comenzó a ’chapearse’, como se dice en el argot criminal. Con la foto de él, pero los datos de la otra persona, buscaba expertos que le hacían todo el ’kit’, como él lo llama: cédula, pasado judicial, licencia de conducción, carné de EPS, y así tramitaba la licencia de porte de armas y con algún contacto las compraba ’legalmente’ en Indumil.
"Lo más duro es en los retenes. Por eso hay que andar armado para que se concentren en los papeles del arma, que están en regla, y no le ponen mucha atención a lo demás", comenta. Fueron al menos seis identidades en esos años "porque uno no sabe la gente cuándo cambia (refiriéndose a los dueños de la identidad), lo mete a uno en problemas y termina uno pagando por el del nombre verdadero. Míreme a mí, yo venía de ser soldado profesional y luego trabajé en una empresa de vigilancia, y cambié eso para convertirme en delincuente".
Pero al buscar armas más especializadas, le exigían más requisitos. "Quería una pistola Jericó con mira infrarroja, pero como no es común que la autoricen a civiles me recomendaron usar el nombre de un policía". Y sin saberlo, un agente que hoy presta servicio en Manizales quedó por cuenta y gracia de este delincuente con un clon.
A mediados del año pasado, Rueda Ríos viajaba con esa nueva identidad. Paró en la plaza de Espinal, Tolima, y alguien que lo vio armado llamó a la Policía. Él trató de hacer el mismo show de siempre pero le falló. Los agentes lo condujeron a la estación y sospecharon aún más cuando fueron a verificar las huellas. Pidieron la información a la Registraduría de la persona que figuraba en la cédula y al poco rato llegó la foto del verdadero dueño de esa identidad.
Pese a esto, durante meses lo investigaron con el nombre falso, pues no había cómo saber quién era. "Me sacaron muestras de la lengua, del pie, una placa dental y nada concordaba", dice.
Aun así, temiendo que descubrieran su verdadera identidad mientras estaba en la cárcel, activó su red de contactos para mantener su nombre original limpio en los archivos de las autoridades. Buscó al que él llama su contacto en Paloquemao, quien es el mismo que le suministraba documentos falsos, para que le ayudara a borrar sus antecedentes. "El caso mío me valió 14 millones en el DAS, 16 millones en la Fiscalía y 14 millones en la Dijín", esto se hizo a finales del año pasado. Efectivamente, en la búsqueda hecha en la Fiscalía hasta el cierre de esta edición no había aparecido ningún registro de Rueda Ríos, y en las otras entidades no suministraron la información.
No tuvo forma de parar el proceso por falsedad en documento y porte ilegal de armas que lo tenía tras las rejas. Cuando hizo las cuentas de lo que pagaría de prisión por esos delitos con una identidad falsa y sin posibilidad de rebaja de penas, fue cuando cayó en la cuenta de que para él resultaba mejor negocio confesar los delitos de sus órdenes de captura, buscar una rebaja y limpiar su verdadera identidad. Con porfiada confianza en sus cálculos concluye "era seguro que me condenaban con mi identidad falsa y nadie me iba a dar rebajas. Tenía que pagar unos cinco años. Si confieso los delitos pasados seguro me dan una condena más alta pero con las rebajas se traduce en lo mismo y ya limpio mi verdadero nombre".

21 de septiembre de 2009
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