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sed de venganza en kirkuk


Mientras los militantes iraquíes huyen, sus familias se convierten en blancos de ajustes de cuentas.
[Jack Healy y Omar al-Jawoshy] Kirkuk, Iraq. Incluso sus padres admitían que Faras Awad era un asesino. Como líder insurgente en esta ciudad al norte de Iraq, en los años que siguieron a la invasión estadounidense secuestró a mujeres y ejecutó a civiles. Entonces desapareció -para escapar de la ley, de sus enemigos y de la recompensa de cincuenta mil dólares que ofrecían por su cabeza.
Una cartelera publicitaria en Kirkuk muestra a individuos "buscados por secuestro y asesinato", incluyendo a Farad Awad, el segundo por la izquierda, cuyo hermano fue asesinado aparentemente como venganza por los crímenes de Farad.
Pero alguien tenía que pagar. A fines del año pasado, el hermano menor de Faras, Yousef, fue secuestrado, ejecutado de un tiro en la cabeza y su cuerpo arrojado a un sitio eriazo. La policía lo describió como un salvaje acto de venganza -un hermano que muere por los pecados del otro.
Los líderes tribales dicen que decenas de otros familiares de insurgentes han sido atacados y asesinados en los últimos años a medida que los iraquíes se volvían contra al Qaeda y otras organizaciones militantes. Algunas familias de los insurgentes también han sido expulsadas de sus casas y pueblos, acusadas de ser cómplices de los crímenes cometidos por sus parientes o simplemente culpables por asociación.
Los ataques representan una pequeña fracción de la violencia general, pero ilustran uno de los grandes problemas de Iraq en momentos en que trata de romper el círculo vicioso de asesinatos y venganza. A medida que Iraq trata de convertirse en un país más estable, basado en el imperio de la ley antes que en códigos de sangre, sus líderes tratan de convencer a los iraquíes de que depositen su fe en el viciado y a veces poco efectivo sistema jurídico. "Este es el problema en Iraq", dijo Zuhair al-Chalabi, asesor para la reconciliación nacional en Iraq, que pasa sus días tratando de mediar en riñas de honor entre milicias y tribus rivales. "Los iraquíes deben olvidar sus heridas. Tiempo. Necesitamos tiempo."
Pero no todo el mundo es igualmente paciente. "La ley y los tribunales no nos ayudan ", dijo Jasim al-Ajili, musulmán chií de la norteña ciudad de Baquba, que perdió dos sobrinos a manos de al Qaeda. Dijo que había identificado al responsable de los asesinatos y estaba preparando su venganza.
"Lo detendré, lo secuestraré, grabaré su confesión", dijo. "Luego, si la justicia no hace nada, lo mataré."
Las familias asociadas a los combatientes extranjeros y nacionales de al Qaeda, que mataron a decenas de miles de iraquíes e inclinaron al país hacia el caos, despiertan pocas simpatías. Las esposas y viudas de los militantes son parias. Sus hijos no son reconocidos legalmente por el gobierno iraquí.
En zonas rurales de la provincia de Diyala, al nordeste de Iraq, reclutadores de la causa encontraron suelo fértil en las filas de sunníes jóvenes y pobres. Decenas de miembros de la tribu de un jeque local, Yousef al-Hilan, se unieron a al Qaeda. Hicieron volar coches; montaron puestos de control desde donde disparaban y asesinaban a conductores chiíes; y controlaban pueblos enteros.
Ahora, calculaba el jeque Hilan, cerca de la mitad de sus familias habían sido asesinadas o desplazadas por ataques de represalia.
"Tuvimos muchas familias cuyos hijos se incorporaron a al Qaeda", dijo el jeque Hilan, que perdió a cuatro hijos en asesinatos por venganza. "Todo el dolor cayó sobre ellos. La gente quiere venganza. Irrumpirán en la casa y matarán a todo el mundo. Hasta que sacien su sed de venganza."
Un concejal de la provincia de Diyala dijo que los asesinatos por venganza eran casi el cinco por ciento de todos los asesinatos cometidos en los últimos dos años.
Los asesinatos y ataques reflejan culturas tribales profundamente enraizadas que permiten, e incluso exigen, duros ajustes de cuentas, en los que la sangre se paga con sangre. Kareem Mohammed Abu Hatem contó que su casa, su coche y una pequeña tienda en el pueblo de Bohruz fueron incendiados como venganza por el trabajo de su hijastro para al Qaeda. Los culpables no fueron nunca habidos, lo que hace imposible verificar su versión.
Poco después de la invasión de 2003, árabes de barga larga, acentos extranjeros y una inclinación por las arengas justicieras llegaron al pueblo de Ahmed Mustafa en Diyala e instaron a los jóvenes a luchar contra los invasores estadounidenses. El hijo mayor de Mustafa, Waleed, quedó encandilado, y se marchó con los combatientes.
Cuando empezaron a aparecer en las calles los cuerpos decapitados de iraquíes, Mustafa pidió a su hijo que dejara la organización. Entonces, contó Mustafa, recibió una carta que le advertía que "te cortaremos la lengua y te mataremos". En 2007, su hijo de diecisiete fue asesinado cuando salía de la granja familiar. Al año siguiente, su otro hijo fue asesinado a balazos cuando hacía las compras con su madre.
Temiendo por su vida, Mustafa y su esposa se mudaron a una aldea donde no conocían prácticamente a nadie. "Soy inocente", dice.
Sin embargo, teme que pueda ser el siguiente.
Para la familia Awad en Kirkuk, la historia de sus dos hijos mayores se interpretaba como la de Caín y Abel en la edad de al Qaeda.
Faras, el hijo mayor, nació en 1981, y Yousef, un año más tarde. Los niños crecieron en una remota granja de hortalizas y melones a unos 32 kilómetros al sur de Kirkuk, fuera del alcance de las promesas de su riqueza petrolífera. De niños eran observantes, y rezaban y ayunaban juntos, contó su padre. Faras llegó a ser un joven ídolo del fútbol y culturista; Yousef ahorraba el dinero que ganaba como obrero de la construcción.
Después de la invasión, la familia empezó a oír rumores de que Faras se había unido a la insurgencia. Yousef trató de convencer a su hermano de que volviera a la agricultura, y sus parientes le dieron un ultimátum: o renuncias, o te marchas. Se marchó.
"Fue su opción", dijo su madre, Khomaysa. "Nos preguntábamos: ¿Qué le dijeron que lo hizo dejar a su familia? Eso no lo pudo entender."
Sus padres repudiaban a Faras ante cualquiera que preguntara, pero los soldados todavía allanaban su casa después de atentados o balaceras. Empezaron a recibir llamadas amenazantes, en las que les decían que Faras tenía que comportarse, sino lo pagaría su familia.
"No es nuestro hijo", dijo el padre de Faras, Awad al-Hail Abdullah. "Le dije al gobierno: ‘Maténlo, secuéstrenlo, deténganlo. Ya no somos responsables de lo que hace."
Funcionarios de seguridad dijeron que Faras emergió como un líder de niveles inferiores de la insurgencia en Kirkuk, quizás la ciudad iraquí más furiosamente disputada, donde las tensiones étnicas entre árabes, kurdos, turcomanos y cristianos estallan frecuentemente en actos de violencia. Aunque en los últimos años se han reducido los asesinatos, la policía observó un reciente repunte en atentados que atribuyen a un influjo de militantes provenientes de la norteña ciudad de Mosul, de Diyala al este y de zonas musulmanas sunníes de Samarra y Kikrit justo al norte de Bagdad.
Funcionarios de seguridad dijeron que Faras se unió a la organización insurgente Ansar al-Sunnah, asociada a la rama iraquí de al Qaeda. Funcionarios de seguridad dijeron que Faras estuvo implicado en atentados con bomba y secuestros de kurdos.
En estos momentos es el criminal más buscado de Kirkuk.
El 29 de noviembre su hermano menor Yousef estaba trabajando en unas obras en Kirkuk cuando varios hombres lo cogieron y metieron en una furgoneta blanca. Dos semanas después su cuerpo fue encontrado en un sitio eriazo, metido en un saco de harina. Había sido torturado y ejecutado de un tiro en la cabeza.
El jefe de la policía de Kirkuk, el general Turhan Abdul-Rahman Yousef, y un líder tribal familiarizado con el caso confirmaron independientemente la versión de la familia y dijeron que Yousef no tenía relación alguna con grupos militantes. Los dos dijeron que creían que el asesinato de uno de los hermanos era en venganza por las acciones del otro.
La familia enterró a Yousef cerca de la granja y trató de olvidar a Faras. Pero es difícil. Sus ojos te miran desde las carteleras en todo Kirkuk, junto con las palabras: "Buscado por secuestro y asesinato."
[Durain Adnan contribuyó desde Iraq a este reportaje.]
5 de junio de 2011
4 de junio de 2011
©new york times
cc traducción mQh

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