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el reto de un maníaco


Los atentados en Noruega demuestran una vez más el peligro que representa la propaganda que fomenta el odio.
[Tim Rutten] Hace dieciséis años fui uno de los periodistas encargados por el Times de cubrir el atentado de Oklahoma City. Fue una de esas historias espeluznantes que resaltan en una memoria que ahora se remonta a más de cuatro décadas, en parte debido a que mi misión era escribir todos los días sobre los niños masacrados en la guardería debajo de la cual Timothy McVeigh hizo explotar su potente coche bomba.
Una de las cosas que recuerdo con particular claridad es la paralizante conciencia de que, al llegar el fin de semana, simplemente no tenía más adjetivos para usar en la descripción de esos pequeños cuerpos. La otra fue el horror que sentimos varios de nosotros en la sala de prensa cuando nos dimos cuenta de que conocíamos la fuente de inspiración de la atrocidad de McVeigh. Poco antes del atentado, habíamos intercambiado impresiones sobre una repugnante y popular novela sobre la extrema derecha y dentro del movimiento miliciano que florecía entonces. Se titulaba ‘The Turner Diaries’ y había sido escrita por el líder de una de esas organizaciones de nacionalistas blancos que provenían de la fragmentación del movimiento neo-nazi estadounidense.
Es una historia sobre cómo unos guerrilleros racistas derrocan al gobierno y desencadenan una guerra racial en la que exterminan a todos los negros y judíos, junto con la "raza de traidores" que son colgados de las farolas del alumbrado público durante "el día de la cuerda." Uno de los acontecimientos clave en esa guerra imaginaria es el exitoso ataque del protagonista contra la sede del FBI con un coche bomba lleno de fertilizantes de exactamente el mismo tipo que había preparado McVeigh. La novela contiene detalladas instrucciones para construir una bomba de ese tipo, y en el coche del terrorista se encontraron fragmentos fotocopiados del libro cuando fue detenido. Más tarde nos enteramos de que McVeigh dormía con un ejemplar de ‘The Turner Diaries’ debajo de la almohada.
Todo esto se viene poderosamente a la mente cuando pensamos en el atentado con bomba y la masacre cometida por Anders Behring Breivik, un ultraderechista noruego obsesionado con su odio hacia los inmigrantes musulmanes. Su bomba, el ataque contra edificios oficiales y el asesinato de aquellos que Breivik consideraba traidores a la pureza de la identidad noruega podría haber sido arrancada de ‘The Turner Diaries’, que ahora está disponible en la red.
Sabemos por su propio manifiesto -con párrafos enteros plagiados del Unabomber- que Breivik leía y admiraba las páginas web anti-musulmanas de los estadounidenses Robert Spencer y Pamela Geller. Se inspiró en sitios europeos que fomentan la llamada teoría de la conspiración euro-árabe, que pretende revelar un acuerdo secreto entre burócratas europeos y musulmanes para entregar Europa al mahometismo a cambio de petróleo.
Si se lee con un poco más de atención los desvaríos de Breivik, se descubren ecos de discursos odiosos todavía más antiguos, entre ellos el libro del neo-fascista estadounidense Francis Parker Yockey, cuya ‘Proclamación de Londres’ de 1949 anticipa gran parte de la retórica anti-musulmana de hoy. Sus obras están disponibles en la red
A esta altura debería estar claro que la difusión de teorías de odio representan un reto particular para las sociedades abiertas en esta nueva época, cuando su contagio se puede expandir con nada más que un click de ratón. Esta porquería se agudiza en las regiones más profundas de la red, una constante atracción para los descontentos y los engañados. Como muestra el ejemplo de Breivik, todos podemos sufrir un incidente megalómano: en Oslo como en Oklahoma City.
La censura -el equivalente intelectual de la detención preventiva- es una tentación constante, pero debe ser rechazada. No tiene sentido quemar la sociedad abierta con el fin de salvarla.
Pero está claro que nuestras ideas corrientes de tolerancia son peligrosamente flácidas. Ya no será suficiente, como señaló una vez Isaac Berlin, con encogernos de hombros y decir: yo creo en la bondad y tú crees en los campos de concentración, dejémoslo ahí. Eso no es tolerancia; eso es un tipo de indiferencia en la que el respeto por la libertad de expresión es más un alibi que un valor.
Si la libertad de expresión es suficientemente importante como para protegerla, tenemos que tomarla en serio, especialmente cuando es odiosa. Meterse en esta basura es como nadar en el alcantarillado y casi siempre terriblemente tedioso. Oslo, sin embargo, nos recuerda que esta propaganda no puede ser ignorada. Debe ser identificada, refutada y denunciada. Los que intentan introducir estas ideas en nuestros intercambios cívicos para su propio beneficio, deben ser confrontados directamente.
Ahora más que nunca, la sociedad abierta debe ser una sociedad vigilante.
10 de agosto de 2011
27 de julio de 2011
©los angeles times
cc traducción mQh

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