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respuesta equivocada


Nada puede justificar o excusar la terrible ola de violentos disturbios que han sacudido a Londres y otras ciudades británicas a principios de mes. Trabajadores de los barrios conflictivos fueron sus principales víctimas. El apoyo público a la coexistencia étnica y racial también sufrió un golpe devastador, y tememos que permanente. Editorial del NYT.
Los perpetradores deben ser castigados, la policía debe mejorar sus técnicas de control de disturbios, y el gobierno del primer ministro David Cameron debe hacer todo lo que esté a su alcance para hacer que episodios como esos sean menos probables en el futuro. Tenemos más confianza de que ocurran las dos primeras cosas antes que la tercera.
Cameron, un producto de las clases altas y grandes escuelas de Gran Bretaña, acusó de los saqueos e incendios a la combinación de decadencia moral nacional, malos padres y subculturas perversas en el centro de la ciudad.
¿Atribuirá similar responsabilidad -esta vez en la cultura de los condominios acomodados- en los recientes escándalos por las escuchas ilegales de un tabloide en Gran Bretaña o los mayúsculos abusos de las cuentas de gastos por parte de miembros del Parlamento?
Los delitos son delitos según quién los cometa. Y el deber del gobierno es proteger a los ciudadanos respetuosos de la ley, no someterlos a sermones simplistas y divisivos que es incapaz de distinguir entre delincuentes, víctimas e indefensos familiares y transeúntes.
Las miles de personas que fueron arrestadas el fin de semana por saqueo y otros delitos más violentos, deberían recibir los castigos que prescriban las leyes. Pero Cameron no se contenta con ello. Ha propuesto que el gobierno suspenda las prestaciones sociales incluso a infractores de menor cuantía y desalojarlos -y, en una repugnante forma de castigo colectivo, quizá también a sus familias- de las viviendas sociales del estado en las que viven uno de cada seis británicos.
También llamó a bloquear el acceso a redes sociales como Twitter durante futuros disturbios. Y se ha felicitado de las durísimas sentencias que están dictando algunos jueces incluso por faltas menores.
Esas propuestas draconianas a menudo cuentan con el apoyo público en los traumatizados momentos después de los disturbios. Pero Cameron y sus socios liberal demócratas de la coalición deberían saberlo mejor. Corren el riesgo de provocar un daño permanente al ya decaído tejido social de Gran Bretaña.
Hacer más pobre a la gente pobre no hará menos probable la ocurrencia del robo. Dejarlos a ellos o sus familias sin casa, no fomentará el respeto por la ley. Tratar de cerrar internet en los vecindarios sería una vergonzosa violación de las libertades civiles y una amenaza a la seguridad pública, negando información en tiempo real vital para los aterrorizados residentes.
Las abandonadas zonas urbanas de Gran Bretaña necesitan una atención constructiva del gobierno de Cameron, no solamente castigos. Las desatinadas políticas de austeridad de su gobierno han redundado en menos empleo en el sector público y menos servicios sociales. Se recortará incluso el presupuesto de la policía. En general, los pobres dependen más del gobierno que los ricos, así que son los más afectados.
Lo que realmente necesita la erosionada economía británica es un estímulo a corto plazo, no más recortes en el presupuesto. Desgraciadamente, no hay ningún indicio de que Cameron lo sepa. Pero, como mínimo, las cargas deben ser distribuidas más equitativamente entre ricos y pobres -no como recompensa, sino porque es correcto.
El juego limpio es uno de esos valores británicos tradicionales que hemos admirado siempre. Y un valor que tememos que se encuentre en peligro.
19 de agosto de 2011
17 de agosto de 2011
©new york times
cc traducción mQh

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