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fantasías fiscales europeas


Los europeos deben apartarse de las políticas austeras que están causando la recesión, no aliviándola. Deben estimular la demanda en las economías más fuertes, como Alemania, y posponer las políticas de austeridad en las más frágiles.
Los presidentes de Europa creen que pueden evitar el desastre económico sin emprender acciones de verdad. Siguen pretendiendo que no tendrán que pedir a los contribuyentes que ayuden a reforzar sus bancos frágiles, que dosis cada vez más grandes de austeridad permitirán que economías débiles como la griega paguen sus deudas, y que Europa puede continuar cosechando los beneficios de la unión sin las responsabilidades compartidas de una mayor unión fiscal.
Nadie más cree en esto. No lo creen los mercados crediticios, que han subido las tasas de interés sobre la deuda soberana. No lo cree el Fondo Monetario Internacional, que ha advertido en repetidas ocasiones que los principales bancos están descapitalizados. Y no lo cree la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, que la semana pasada pronosticó un crecimiento negativo en el próximo trimestre para Alemania, Francia e Italia, las tres economías más importantes de la zona del euro.
El temor inmediato es que uno o más importantes bancos europeos puedan quebrar. La confianza está cayendo en picado debido a que tienen cuantiosas obligaciones griegas, españolas e italianas. Una quiebra bancaria importante también podría dañar a la economía estadounidense, lo que ayuda a explicar los urgentes llamados de Washington la semana pasada de que Europa proponga una estrategia de recuperación y crecimiento. El secretario de Hacienda, Timothy Geithner, se reunió con los ministros de economía europeos para hablar sobre cuál podría ser esa estrategia. Pero de momento la canciller Angela Merkel (Alemania), el presidente Nicolás Sarkozy (Francia) y el primer ministro Silvio Berlusconi (Italia) no han mostrado el liderazgo político que se necesita para forjar una solución de largo plazo.
Entretanto, el mundo real persiste en inmiscuirse en las fantasías políticas europeas. La sana apariencia de los balances de bancos importantes desaparece cuando se tienen en cuenta los futuros saneamientos y las moras parciales. Se debe apartar capital para esta contingencia, y gran parte de este tiene que provenir de fondos públicos. A cambio, los gobiernos deben exigir participación en los beneficios futuros y regulaciones más estrictas.
Países como Italia y España ya encuentran imposible financiar su deuda sin compras de emergencia del Banco Central Europeo, que es la única solución a corto plazo. Emitir bonos europeos puede ser un paso en la buena dirección ya que Europa como un todo puede tomar prestado mucho más barato que sus países deudores.
Más importante, los presidentes europeos deben apartarse de las políticas austeras que están causando la recesión, no aliviándola. Deben estimular la demanda en las economías más fuertes, como Alemania, y posponer las políticas de austeridad en las más frágiles. Una razón por la que Grecia continúa fracasando en cuanto a lograr sus objetivos de déficit es que la recesión está reduciendo los ingresos fiscales casi tan rápidamente como el gobierno rebaja drásticamente el gasto. Ahora Italia, cuyas tasas de crecimiento la han situado detrás de Europa durante una década, está siendo obligada a ingerir el mismo y pésimo remedio.
Impulsar el crecimiento exige no solamente políticas monetarias y fiscales más fáciles, sino una continua presión para reformar los mercados laborales y la privatización de compañías públicas ineficientes. También exigirá una coordinación más centralizada de la política fiscal para los diecisiete países de la zona del euro. Sin embargo, la mayoría de ellos todavía le dan largas a la necesidad de implementar las modestas reformas que sus presidentes acordaron introducir en julio.
No hay tiempo que perder. La deuda y el colapso del sistema bancario en Europa este otoño podría fracturar el euro y empujar al planeta hacia una nueva recesión.
12 de septiembre de 2011
10 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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