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inmigrantes abandonan libia


Nigeria sufre el impacto de los desplazamientos en Libia. Decenas de libios cruzan la frontera hacia Nigeria.
[Adam Nossiter] Niamey, Nigeria. Para decenas de miles de nigerianos, la caída del coronel Muamar al Gadafi ha sido una catástrofe económica, zambulléndolos repentinamente en el precario universo de su país natal, uno de los más pobres y más dependientes del planeta -después de vivir en el mundo de los buenos salarios en Libia.
De acuerdo al gobierno nigeriano, desde marzo, más de doscientos mil nigerianos han huido del conflicto, atravesando penosamente el desierto libio, país donde estaban ganando salarios asombrosos impensables en Nigeria, como sastres, guardias de seguridad, cocineros y choferes.
La mayor parte de los que huyeron se encuentran ahora en la indigencia, hambrientos y, junto con miles de familias que dependen de remesas desde Libia, sin perspectivas. Funcionarios en Nigeria calculan que al menos doscientas personas siguen llegando diariamente, y probablemente lo hacen cruzando los porosos cruces fronterizos. El gobierno admite que no tiene recursos para ayudarlos y está suplicando ayuda a donantes extranjeros, como hizo cuando un puñado de gadafistas cruzaron la frontera.
Para junio, el desplazamiento forzado había hecho un hoyo de ochenta millones de dólares en la economía nigeriana, declaró aquí el gobierno. Esa cifra ha crecido desde entonces, y es desastroso en un país sobre el que el Banco Mundial dice que más del sesenta por ciento de sus habitantes viven en pobreza extrema, donde el hambre acecha cuando no llegan las lluvias y donde la mitad del presupuesto nacional ha provenido en años anteriores de donantes.
Repentinamente, los emigrantes que habían proporcionado fuerza de trabajo a Libia -y, en el camino, entrado al mundo de las vacaciones pagadas, horas extras y coche de la compañía-, terminaron viviendo en un mundo en el que los vagabundos mutilados se reúnen en los cruces de calles y se puede comprar comida en rudimentarias chozas con techos de hojalata. La transición, después de un extenuante y a veces mortal viaje de un mes a través del hirviente Sahara, ha sido difícil.
Para tener la posibilidad de ganar salarios diez veces más altos que en Nigeria, valía la pena aguantar la persecución y los prejuicios en un país dominado por los árabes donde los africanos eran tratados como ciudadanos de segunda clase.
"Esa vida es algo que no puedes tener en Nigeria", dijo Abubakar Hassan, que trabajaba como cocinero para una multinacional en Trípoli antes de huir del conflicto en Libia y emprender el peligroso viaje por el desierto. "En realidad, fue excelente."
Dos hombres murieron en el camión, repleto hasta los topes de bolsas y pasajeros, que sacó de Libia a Hassan y otros y siguió su ruta a través de las ardientes arenas. "Treinta días de sufrimiento", dijo, recordando la sed, el hambre, el calor y la indigencia.
Llevaba un camisa blanca de buena hechura con la palabra Armani bordada. Como decenas de otros en un centro de ayuda a orillas de Niamey, la capital de adobe de Nigeria, lleva más de cinco meses sin trabajo. En el centro, la desesperación domina los ánimos.
"Tener trabajo es el sueño de todo el mundo aquí", dijo, mirando alrededor en la sofocante habitación en la que los hombres se habían hacinado para recibir asesoría.
Adamou Hamani, un ex funcionario de seguridad ambiental, de veintinueve años, que trabajaba haciendo inspecciones de sitios en obras en Libia con una paga de unos seiscientos dólares al mes, dijo que había dejado sin ningún resultado su currículum en seis diferentes compañías en Nigeria. Como la seguridad laboral no es una prioridad en este mísero país, "ni siquiera entienden lo que hago", dijo. "Estoy empantanado. No tengo planes. No tengo idea de lo que voy a hacer."
Otros hablaron de comidas saltadas, aunque nunca pasaron hambre en Libia. "Es muy difícil encontrar comida suficiente para comer", dijo Mamadou Issa, que trabajaba como tapicero en Trípoli, pero está sin trabajo desde hace seis meses. "Ojalá encuentre usted algo para comer antes de dormir", dijo.
El sastre Hassan Jibo, que tuvo que vender su ropa para llegar a Nigeria, dijo: "Es difícil. A veces tenemos suficiente para comer, a veces no."
Fuera de la capital, en el arruinado campo, la repentina interrupción de las remesas de Libia ha sido todavía más doloroso. Gran parte de la población sobrevive en la agricultura de subsistencia. En el periodo previo a la cosecha, lo que los nigerianos llaman "la brecha", el dinero de Libia es crítico.
"Ahora estamos en la brecha, y no hay nada", dijo Abibatou Wane, director de la oficina en Nigeria de la Organización Internacional para las Migraciones. "Es un problema que no ha sido resuelto. ¿Cómo lo vamos a solucionar?"
Un asociado de la OIM que viaja entre las aldeas habló de la desesperación de la gente. "Tan pronto como llegas en coche, la gente se reúne alrededor de ti porque piensan que traes ayuda", dijo el asociado, Boubacar Seybou, desde la ciudad de Abala. "Las transferencias monetarias de esos emigrantes son el recurso económico de esas familias."
Durante la entrevista, el funcionario de gobierno que la supervisaba, suplicó por ayuda del exterior.
"Esta es una situación que clama a la conciencia: necesitamos sesenta millones de dólares", dijo Abdelkader Agaly, jefe de gabinete del primer ministro. "Los dos millones de dólares que hemos distribuido no representan absolutamente nada."
Se han distribuido algunos sacos gratuitos de granos -varios en el centro de ayuda de Niamey se quejaron de que los sacos se habían acabado para cuando llegaron ellos- y se han fijado los precios de los artículos básicos. Pero Agaly sugirió que eso era mínimo. "Es verdad, lo que hemos hecho es muy poco."
La presión sobre la frágil economía de Nigeria es "muy fuerte", dijo.
"En términos económicos, esto es un desastre. Está causando una recesión económica. Todo un sector de nuestra economía se está derrumbando."
En el centro de ayuda, los hombres expresaron indignación por lo que dijeron que era la falta de ayuda del gobierno.
"Pensábamos que el gobierno nos ayudaría", dijo Hassan, el cocinero. "Hasta el momento, no ha hecho nada."
Hassan Salah, ex guardia de seguridad en una compañía de perfumes en Trípoli, dijo: "El gobierno no ha hecho nada, nada. Desde que volví no he trabajado ni un solo día."
Agaly hizo una advertencia a Occidente: los miles de jóvenes desesperados que ahora inundan su país, podrían representar un seductor objetivo de reclutamiento en una región donde hay presencia, según dijo, de "fuerzas malignas" -las sucursales norteafricanas de al Qaeda ya han hecho incursiones aquí.
"No es fácil", dijo Ali Jibo, otro sastre que huyó de Libia. "Me fui para tener una vida mejor. Libia es un país rico. Aquí hay pobreza. La gente sufre. Los jóvenes sufren."
[Issa Ousseini contribuyó al reportaje.]
29 de septiembre de 2011
27 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer
 

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