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no al oleoducto keystone xl


Hay mejores modos de crear empleo, sin poner en peligro el medioambiente.Editorial NYT.
A menos que se recupere la sensatez, parece cada vez más probable que el Departamento de Estado apruebe el oleoducto Keystone XL, que transportaría un ácido y grueso crudo desde el norte de Alberta, en Canadá, hasta las refinerías en la Costa del Golfo de Tejas. Eso sería un error.
En agosto el Departamento de Estado, que tiene autoridad en el asunto porque el oleoducto atraviesa fronteras internacionales, emitió su declaración final sobre el impacto medioambiental del proyecto. Concluyó que Keystone XL no tendría un "impacto significativo" sobre los recursos hídricos y terrestres a lo largo de su trayecto. Nosotros, y muchos otros, no lo creemos.
Un oleoducto existente que transporta petróleo de arenas alquitranadas -de propiedad de TransCanada, el operador de Keystone XL- fue cerrado para reparaciones después de que sufriera -en Dakota del Norte y Kansas en mayo pasado- dos filtraciones. Es una de las razones por las que Dave Heineman, el gobernador republicano de Nebraska, ha pedido que el nuevo oleoducto pase por otro lugar. Teme que una filtración pueda contaminar el Acuífero Ogallala, una fuente crucial de agua debajo de las Grandes Llanuras.
Desgraciadamente, el Departamento de Estado parece haber sido convencido por los partidarios del oleoducto, que afirman que el oleoducto ayudará a que Estados Unidos reduzca su dependencia del petróleo de fuentes políticamente difíciles en Oriente Medio. Esto tampoco lo creemos.
Lo que los partidarios del oleoducto -incluyendo a los cabilderos del petróleo y a los republicanos de la Cámara que han tratado de forzar una decisión favorable- no mencionan es que gran parte del petróleo de arenas alquitranadas que serían refinadas en la Costa del Golfo está destinado a la exportación. Seis compañías ya han reservado tres cuartos del petróleo. Cinco de ellas son extranjeras y el modelo de gestión de la compañía estadounidense -Valero- está orientado hacia la exportación.
El informe tampoco reconoce que aunque las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por la producción de arenas alquitranadas se han reducido en las últimas dos décadas, la extracción y producción de petróleo de arenas alquitranadas todavía causan muchas más emisiones que el crudo convencional.
Tenemos gran simpatía por un argumento: que la construcción del oleoducto crearía empleos en momentos de enorme incertidumbre económica. TransCanada declaró que el oleoducto de tres mil 600 kilómetros crearía veinte mil nuevos empleos en Estados Unidos. El Departamento de Estado concluye que la cifra real debe estar más cercana a los seis mil empleos.
Cualquiera sea el cálculo correcto, debería estar claro, de acuerdo a muchos estudios, que la mejor esperanza para la creación de empleos a largo plazo provendrá del desarrollo de fuentes energéticas alternativas renovables. Algunos de los más ruidosos partidarios de Keystone XL están decididos a terminar con el apoyo oficial a las nuevas compañías que están desarrollando tecnologías de energía limpia.
Además de eso, no creemos que los beneficios de Keystone XL superen ni los seguros daños ni riesgos potenciales: el desmonte de la selva boreal canadiense, la carga extra de carbón en la atmósfera y la amenaza a las fuentes de agua del Midwest.
También existe la interrogante mayor de si este país debe continuar haciendo lo de siempre -esto es, sucumbiendo al status quo político y a los intereses de las grandes compañías del petróleo- o si enfrentará en serio la realidad del cambio climático. Nuevamente instamos a la secretaria de Estado, Hillary Rodham Clinton, a decir no a Keystone XL.
[La foto viene de aquí.]
23 de octubre de 2011
2 de octubre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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