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mortífero legado en libia


Hassan Nahassi murió la misma noche en que se suponía que no debía pasarle nada. Lo mató uno de sus hijos cuando celebraba la captura de un hijo de Gadafi. 


[C.J. Chivers] Misurata, Libia. Era el 20 de octubre. Un hombre de edad mediana convertido en comandante rebelde, Nahassi había vuelto en la tarde a su casa desde el frente de guerra en Sirte para darse un respiro. Quería descansar con su esposa e hijos.
Entonces oyeron la noticia. Muatassim al-Gadafi, un hijo del coronel Moamar al-Gadafi, había sido capturado en el frente que Nahassi había dejado sólo horas antes.
Muatassim era aborrecido y temido. La noticia de su captura provocó euforia en las filas de sus enemigos. En los alrededores de Misurata los paramilitares empezaron a disparar contra el cielo nocturno, celebrando un hito histórico en el lento e inevitable desmembramiento del clan Gadafi.
En casa de  Nahassi, su  hijo Sadiq, de catorce años, preguntó si podía disparar una ráfaga. “Por favor, padre”, suplicó el hijo. “Necesito el rifle, necesito el Kalash”.
Nahassi, contó su familia, había pasado toda su vida trabajando en las grandes acerías de la ciudad. La cautela era parte de su vida. Pero esta noche, sintiéndose cerca de la victoria, se ablandó.
Cogió un rifle, llevó al chico al antejardín, insertó un cargador, introdujo un cartucho y puso el arma en modo automático. Le alcanzó el arma a su hijo. “Y yo disparé al aire”, dijo Sadiq.
El hermano de Sadiq, Alí, de doce años, estaba durmiendo dentro. Los tiros lo despertaron y salió de casa. Preguntó si también podía disparar.
En los segundos siguientes, la familia Nahassi cambió para siempre.
Alí no estaba habituado al golpe de un rifle, o el modo en que, cuando se dispara, levanta la boca. Apretó el gatillo, pero tenía el arma cogida muy suavemente.
“Con el primer disparo, el cañón se sacudió y lo golpeó detrás de su oreja izquierda”, contó Sadiq. “Estaba mareado y cayéndose y mi padre se lanzó contra él”. Pero entonces Alí giró sobre sí mismo. El rifle siguió disparando. Su boca osciló en el aire, arrojando balas a medida que se movía. Una bala atravesó el hombro de Sadiq. Varias más impactaron en el abdomen y pecho de Nahassi.
Herido mortalmente, el padre se derrumbó en el suelo. Media hora después, Hassan Nahassi fue declarado muerto.
Este año Libia ha proporcionado un interminable flujo de historias tristes. Pero lo que le pasó a la familia Nahassi sirvió como otra penosa viñeta del sangriento coste de una revolución. Enmarcó los persistentes peligros y elusivas soluciones de una población que derrocó a su gobernante y se apoderó de las armas de los militares, pero que ahora no sabe cómo crear orden o seguridad, o qué hacer con las armas.
Durante las varias semanas de duelo, la reacción de la familia Nahassi frente al accidente capta la amplia ambivalencia en Libia sobre cómo quitar las armas a una población que no siempre se comporta de manera responsable.
Las armas, dicen muchos libios, los liberaron. Y frente a un futuro incierto y todavía frescos los recuerdos de la persecución, casi nadie está seguro en cuanto a entregar las armas, incluso aunque reconocen que gran parte del arsenal del gobernante depuesto debería ser retirado de circulación.
El primo de Sadiq, Abdullah Kamal bin Hameda, 22, que debido al accidente del parricidio se ha convertido en uno de los encargados de la familia Nahassi, lo dijo de este modo: los adultos han puesto las armas fuera del alcance de los niños. Pero no las entregarán.
“Es estos momentos es difícil deshacerse de las armas, porque todavía no puedo distinguir entre amigos y enemigos”, dijo Hameda. “Cuando tengamos un nuevo gobierno que sea fuerte y en el que confiemos, entonces entregaremos las armas. Pero no ahora, no al CNT”.
El CNT, o el Consejo Nacional de Transición, es el gobierno interino libio que muchos libios han aceptado como las únicas autoridades temporales.
Hameda estudiaba microbiología. Dijo que estaba ansioso por volver a la vida civil, y dejar atrás la guerra. También dijo que mantendría una pequeña armería en su casa, donde ya guarda cinco rifles automáticos requisados a las derrotadas tropas libias, hasta saber qué va a pasar.
“Mi casa es como una base militar”, dijo.
Las armas de fuego militares –rifles de asalto y ametralladoras- son sólo una parte de la historia. En Misurata, como en toda Libia, muchas otras armas de guerra modernas han desaparecido en incontables alijos: granadas de mano, morteros, ametralladoras anti-aéreas, misiles buscadores de calor, proyectiles antitanque e incontables municiones convencionales, prácticamente de todos los  tipos.
Los últimos meses de vida de Nahassi ofrecen un retrato de toda una clase de libios que fueron transformados por la guerra.
Hasta el momento en que la rebelión cambió su trayectoria, era un calvo y pulcro tecnócrata, un jefe de planta por formación y experiencia. Le gustaba afeitarse bien y las corbatas rojas.
Cuando la población de la ciudad protestó contra el régimen de Gadafi en febrero, se incorporó a una célula local de paramilitares y empezó a ayudar a recuperar Misurata del ejército de su propio país.
Y cuando las tropas libias fueron obligadas a retirarse, las facciones se separaron y formaron sus propias organizaciones. Nahassi, acostumbrado a cargos de responsabilidad, se convirtió en comandante con una milicia paramilitar propia.
La milicia tenía más de cien hombres y una flotilla de camiones blindados. Persiguieron a las tropas libias en el este, oeste y sur.
Para entonces muchos ya no reconocían a Nahassi en su nuevo aspecto. Ya no llevaba corbatas rojas ni tenía las mejillas pulcramente afeitadas. Llevaba  sombrero de selva, uniforme de camuflaje y una larga barba canosa. Se había convertido, como llamaba la gente de Misurata a los combatientes, en uno de los leones de la ciudad.
Cuando murió en los últimos instantes de la rebelión, dejó una vida que había dedicado a construir durante décadas, incluyendo a su hijo menor, Alí, un niño que, hace unos días, estaba sentado en un rincón de la sala de estar de su casa.
En la entrada al patio, los impactos de las balas disparadas por el niño mostraban grietas y agujeros en la puerta y en las paredes de cemento.
Dentro, Alí estaba sentado sin decir nada, la mirada inteligente pero triste, con un celular en la mano con una foto de su padre en la pantalla tomada poco antes de su muerte.
Hameda le apartó y luego sirvió té verde.
Tras lo ocurrido en esta casa, dijo, esperaba que Misurata, y Libia, hubiera aprendido la lección. Libia necesitaba las armas, pero no esto.
“Ahora la gente tiene más cuidado”, dijo. “Ya no disparan al aire como antes. Aprendieron de sus errores”.
Interrogado sobre cuándo volverían las armas a las depósitos, solo pudo exhalar ruidosamente, y encogerse de hombros.
“No muy pronto”, dijo. “Estamos esperando para ver qué gobierno tendremos”.
15 de diciembre de 2011
7 de diciembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

 

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