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enemigos íntimos


[Ned Parker] En Bagdad, un suní en un enclave chií descubre que las viejas amistades se pueden evaporar, dejando sólo el deseo de venganza.
Bagdad, Iraq. Cuando hace unos días un amigo del viejo vecindario llamó al amanecer a Abu Ali para contarle que su casa había sido destruida, el sunní de edad mediana se confesó a sí mismo que eso lo había puesto feliz.
Se volvió hacia su mujer en la cama y le dijo que los norteamericanos habían arrasado su casa en el barrio de Washash y matado a algunos miembros de la milicia chií que los habían expulsado en siempre pasado.
Eran personas con las que habían sido vecinos durante años, gente a la que saludaba todos los días.
Gente que había asesinado a su hijo adolescente hace tres meses, dejándole con un agujero de bala en un ojo y en la frente.
"Dios se vengó en nuestro nombre", respondió su esposa, chií.
Pensó en el amigo que lo había llamado para darle la noticia. Se llamaba Sattar, y, como los hombres que mataron a su hijo, era miembro de la milicia Ejército Mahdi de Muqtada Sáder.
Volvió a pensar en la conversación.
"Estos son los que me robaron mi casa y mataron a mi hijo", soltó en el auricular Abu Ali, que no quiere que se use su nombre.
Su amigo contraatacó: "¿Qué me dices de las mujeres y niños que había allí?"
"Es la voluntad de Dios", respondió. "Se lo merecían".
Se dijeron adiós. Para ellos era normal hablar, y Sattar volvería a llamar para darle más información sobre los daños.
Los dos hombres habían sido amigos durante diez años, y todavía eran amigos, pese a la amistad de Sattar con los vecinos que habían echado a Abu Ali de su casa. Sattar siguió siendo leal porque Abu Ali lo había defendido cuando los propios hermanos de Sattar trataron de engañarlo para hacerse con el dinero. Sin embargo, Abu Ali pensaba que su amigo se asustaba demasiado fácilmente y nunca lo ayudaría en tiempos de peligro.
Si amistad muestra la naturaleza demasiado íntima de la guerra en Iraq, una guerra en la que tus enemigos son a menudo personas a las que has conocido de toda la vida; en la que tus vecinos a menudo son los responsables de crímenes cometidos contra ti; en la que toda falta, toda fechoría, toda injusticia queda registrada y el deseo de venganza es profundo.

Se Extiende la Segregación
Mientras el general de ejército David H. Petraeus y el presidente Bush alaban los logros del plan de seguridad de Bagdad y saludan el inicio del retorno a la normalidad, la capital iraquí ha sido invadida por al menos 171 mil personas desplazadas, incluyendo a Abu Ali. Muchos sunníes y chiíes se han retirado a barrios prácticamente enclaustrados por murallas anti-explosiones y alambres de púa para protegerse de la secta religiosa rival.
Incluso comandantes norteamericanos reconocen que en Iraq no es fácil reparar los daños causados por la guerra civil del país, y no será fácil que la gente vuelva a sus vidas anteriores. Dicen que pase lo que pase en Bagdad, será diferente al pasado.
La mañana que destruyeron su casa, los amigos empezaron a visitar a Abu Ali a las ocho de la mañana, en Ghazaliya, donde había vivido por un año. Todo el mundo le preguntó lo mismo: ¿Lo indemnizarían los norteamericanos?
Al mediodía, los canales de noticias por cable empezaron a pasar el video de una cuadra hecha polvo. Sólo entonces empezó a llorar su mujer. Vecinos de Washash dijeron que habían matado a civiles inocentes, pero los militares norteamericanos dijeron que los combatientes les habían disparado desde los tejados. La policía calculó en catorce el número de bajas.
A Abu Ali no le importaba siquiera que su casa ya no existiera. La asociaba con su hijo muerto, Ali.
"Todo es un mal recuerdo", dijo.
Había vivido en una tranquilla calle secundaria en Washash. Era asequible para lo que él ganaba con su pequeña tienda de textiles donde hacía ropa de mujeres. Incluso se llevaba bien con el Ejército Mahdi. Algunos de sus vecinos se habían unido a la milicia y les pagaba de buena gana tres dólares al mes por la protección del barrio.
"Era un buen arreglo", dijo.

Mezquita Atacada
Entonces, en febrero de 2006, el atentado contra la Mezquita Dorada chií de Samarra cambió todo. La milicia empezó a atacar a sunníes, y Abu Ali fue siendo testigo cuando sus amigos y conocidos empezaron a desaparecer. Un maestro de árabe de la escuela secundaria Dakar estaba parado en la puerta cuando unos hombres en un coche lo acribillaron a balazos.
"Era un hombre muy viejo. Incluso enseñaba a gente más joven que yo", dijo Abu Ali. "Reprendía a sus alumnos por fumar cigarrillos en la calle. Si lo veían, los echaban, por respeto".
Algunos milicianos decidieron matar al borracho del pueblo, un chií llamado Abbas, que paseaba frecuentemente por el barrio y cuya bebida favorita era el arac. Seis meses después de que Abu Ali huyera de Washash, asesinaron a su zapatero favorito cuando unos milicianos lo encontraron bebiendo alcohol en los huertos de dátiles de la zona.
"Mataron al menos a cien personas que yo conocía, en Washash, contando sunníes y chiíes", dijo, hablando sobre su barrio al oeste de Bagdad, que era una zona mixta, con más chiíes que sunníes.
Pero Abu Ali pensaba que estaba seguro. Todo el mundo lo quería, a él y sus seis hijos y dos hijas. Confiaba en que sus vecinos no le traicionarían. La mayoría de los jóvenes de la calle se habían unido al Ejército Mahdi, pero él había sido amable con todo el mundo.
Conocía a Tayseer, cuya madre era sunní y cuyo tío Ahmed era amigo de Abu Ali. El año antes, Abu Ali rescató al padre de Tayseer, Majid, cuando este fue secuestrado por insurgentes cuando iba en camino a Ghazaliya a comprar helado. Los militantes llamaron por teléfono a Abu Ali y él juró que Majid era sunní.
Luego estaban sus vecinos Uday y Luay, cuyo padre los abandonó cuando eran muy niños. Abu Ali dijo que él los había ayudado siempre. Siempre paraba a saludar a su madre y preguntarle si necesitaba algo y le ofrecía ropa de su taller. Sus hijos iban a veces a su casa.
Después de Samarra, nada de eso importó.
Sus vecinos estaban envalentonados y querían su casa para unos parientes. Primero Tayseer le dijo a los hijos de Abu Ali, de modo amistoso, que sería mejor que se marcharan de Washash.
Entonces el tío Hassan, de Tayseer, visitó a Abu Ali. Le aconsejó que se marchara de Washash antes de septiembre y sugirió que Abu Ali le podía alquilar la casa a él. Abu Ali ignoró el ultimátum. No quería dejar su casa de estuco blanco, con sus arbustos de hojas perennes y enredaderas de jazmín.
Estaba decidido a esperar al menos hasta que Hassan fuera obligado a arrendar otra casa. Dijo que había odiado a Hassan durante quince años, que estaba en el Ejército Mahdi, y que prefería alquilar su casa a otro.
Cuando estuvo seguro de que Hassan había firmado un contrato de arrendamiento, Abu Ali cargó sus caros muebles, sus máquinas de coser, televisores y una mesa de comedor y se marchó a Ghazaliya, donde vivían dos hermanas.

Valiente
Entretanto, su hijo Ali había sido contratado para trabajar en el barrio de Mansur, al oeste de Bagdad, en una panadería que vende a domicilio pasteles con su viejo amigo chií Haidar. En junio, terminaron una entrega y cuando volvían a Mansur dos coches bloquearon la ruta. Un grupo de hombres armados les vendaron los ojos.
Haidar trató de convencerlos de que él era chií y juró que Ali también lo era. Los hombres respondieron: "Sabemos quién es. Lo hemos estado vigilando, y es un sunní. Arrojaron a Haidar en un coche y lo dejaron en una rotonda en Washash. A la mañana siguiente temprano, Ali, de sólo 17, delgado y apenas un metro 52, fue encontrado en la calle paralela de donde estaba la casa donde había crecido.
"¿Cómo pudieron matar a alguien tan débil y tan pequeño?", dijo Abu Ali. "Era valiente. La prueba más grande es cuando lo encontré. Estaba sonriendo y tenía su ojo abierto".
Después de ser liberado, Haidar huyó de Bagdad, aterrado de que sus secuestradores lo descubrieran. Pero el tío de Haidar le dijo a Abu Ali que uno de los secuestradores se llamaba Tayseer. Abu Ali se convenció de que sus viejos vecinos eran responsables.
Después de la destrucción de su casa, uno de sus familiares asistió al funeral de uno de los asesinados. Alguien en el funeral le dijo a Abu Ali: "Todas las deudas han sido canceladas".
Abu Ali accedió.
"No quiero más muertes, más asesinatos", dijo. "Yo soy una persona amante de la paz. No quiero hacer daño a nadie".

ned.parker@latimes.com

22 de septiembre de 2007
16 de septiembre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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