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afganistán

vuelven los escuadrones de la muerte


Los militantes vuelven a los escuadrones de la muerte en Afganistán.
[Ray Rivera, Sharifullah Sahak y Eric Schmitt] Sabari, Afganistán. Mientras los asesinatos colectivos han aumentado fuertemente en Afganistán, funcionarios estadounidenses y afganos creen que muchos son el trabajo de unidades de contraespionaje de la red militante Haqqani y al Qaeda, encargados del asesinato de sospechosos de ser informantes y de aterrorizar a la población de ambos lados de la frontera afgano-paquistaní.
Funcionarios de la inteligencia militar dicen que las unidades actúan esencialmente como escuadrones de la muerte y que uno de ellos, una organización conocida como Khurasan que opera sobre todo en las áreas tribales de Pakistán, es responsable de al menos doscientos cincuenta asesinatos y ejecuciones públicas.
Otra organización, cuyo nombre se desconoce, trabaja fundamentalmente en Afganistán y puede ser responsable de al menos veinte asesinatos en la provincia de Khost solamente durante el verano, incluyendo una decapitación masiva que salió a la luz sólo después de que se encontrara un video en posesión de un insurgente capturado. El video muestra diez cuerpos decapitados dejados a intervalos regulares en un camino pavimentado, mientras sus cabezas han sido puestas formando un círculo, con sus caras claramente visibles.
Es otro indicio de que los Haqqanis, una organización con sede en Pakistán, sigue siendo la parte más peligrosa de una insurgencia que hace pleno uso de una porosa y a menudo mal definida frontera, como mostró el bombardeo de la OTAN que mató a veinticuatro soldados paquistaníes durante el fin de semana.
Aunque las circunstancias del bombardeo siguen siendo turbias, ha empeorado las relaciones entre Pakistán y Estados Unidos, pese a que demuestra una vez más que refugios en Pakistán siguieron siendo una parte crítica de la estrategia insurgente.
Los estadounidenses han ordenado su ofensiva en torno al desangramiento de los insurgentes a medida que entran a Afganistán. Pero la nueva ola de asesinatos muestra que pese a que la OTAN describe a los insurgentes como una fuerza debilitada, los Haqqani todavía ejercen influencia, no sólo con atentados con bomba que ocupan las primeras planas, sino también a través de la intimidación y del control de las percepciones.
Un espeluznante caso atribuido al segundo escuadrón de la muerte se dio a conocer después de que fuerzas estadounidenses capturaran al líder de los Haqqani en Afganistán, Hajji Mali Khan, y mataran a su principal delegado este verano. Unos días después, los cuerpos de dos hombres acusados de colaborar con los estadounidenses aparecieron cerca del pueblo donde Khan fue capturado. A uno lo habían quemado con una vara de hierro candente. Una víctima había sido destripada y ambas recibieron tiros en la cabeza y habían sido aplastados con piedras. El miedo se apoderó de todo el pueblo.
"Apenas se les podía reconocer", dijo un testigo que vio los cuerpos.
En Afganistán, los asesinatos han aumentado en un 61 por ciento, con 131 homicidios registrados durante los primeros nueve meses de este año, en comparación con el mismo periodo de 2010, de acuerdo a estadísticas de la OTAN. Funcionarios de Naciones Unidas dicen que empezaron a observar un fuerte incremento en 2010, con 462 homicidios, de acuerdo a sus archivos, el doble del año anterior. Las cifras pueden no incluir muchos asesinatos en zonas remotas, como la decapitación masiva, debido a que los campesinos aterrorizados nunca los denunciaron.
Funcionarios de la inteligencia estadounidense dicen que la organización con sede en Afganistán y Khurasam parecen operar de la misma manera. Khurasan se formó a principios de 2009 en la zona de Waziristán del borte de Pakistán, el territorio de los Haqqani, en respuesta a los intensificados ataques con aviones no tripulados de Estados Unidos. La organización lleva ropa negra con brazaletes verdes con su nombre completo, Itihad al-Mujahedeen Khurasan, y trabaja estrechamente con al Qaeda en la región. Se calcula que sus miembros varían de cien a dos mil.
Durante su interrogatorio, Khan sugirió que en la guerra por la influencia se empleaban también otras armas. De acuerdo a cuatro funcionarios familiarizados con el interrogatorio, el líder haqqani contó a sus interrogadores que el Talibán había aproximado al gobierno afgano y a oficiales militares durante el verano, convenciéndolos de firmar un documento de cinco páginas en el que juran lealtad al líder talibán. Khan se fanfarroneó de que él mismo reclutó a veinte oficiales personalmente.
"Díganle a los oficiales que el Talibán volverá al poder dentro de veinte días después de la retirada de la OTAN, así que si quieren vivir, tienen que firmar", dijo uno de los oficiales estadounidenses, que habló a condición de conservar el anonimato para comentar los interrogatorios clasificados. Los oficiales dicen que no encontraron nada que confirmara esos juramentos.
En lugares como Sabari, un distrito rural en Khost a una decena de kilómetros de la frontera paquistaní, los asesinatos selectivos están produciendo su efecto. Después de una ejecución a plena luz del día de tres hombres en un mercadillo en el pueblo de Maktab hace unos cuatro meses, los tenderos quedaron tan traumatizados que nunca informaron sobre los asesinatos a las autoridades.
A menudo las víctimas pueden no tener más que efímeros encuentros con las fuerzas de la coalición, o ningún encuentro en absoluto, de acuerdo a funcionarios, testigos y amigos y familiares de las víctimas.
Funcionarios estadounidenses y afganos se enteraron de los asesinatos sólo más tarde cuando se encontró un video del episodio en el celular de un insurgente capturado. Incluso entonces los oficiales estadounidenses que mostraron el video a un periodista del New York Times podían mencionar el lugar donde ocurrieron las decapitaciones y pensaban que habían ocurrido en octubre, unos tres meses después de lo que dicen los testigos que ocurrió el incidente.
El video muestra a varios hombres armados matando a balazos a dos hombres mientras los tenderos buscan refugio. Los militantes matan luego a un tercer hombre que estaba sentado en una silla de plástico blanco frente a su tienda. Cuando el hombre cayó hacia atrás, uno de los pistoleros le disparó diez veces más en la cara y el pecho.
"Todos los que ayudan a los estadounidenses y a los espías sufrirán esto", gritó uno de los hombres después de los asesinatos, de acuerdo a un testigo, Ahmadullah, 25, un tendero que como muchos afganos sólo tiene nombre de pila.
Ahmadullah dijo que nadie se atrevía a denunciarlo, ni siquiera los hombres de la familia, que se llevaron los cuerpos. "Tuvimos que mirar y quedarnos tranquilos y mirar lo que le hacían a estas pobres personas", dijo.
"Yo los conocía", agregó. "Uno era un tendero, los otros dos eran jornaleros. Eran inocentes".
Un oficial militar estadounidense que vio el video dijo que no le sorprendía que los campesinos de la localidad no denunciaran el episodio.
"La gente de Sabari vive en un abyecto terror, veinticuatro horas al día", dijo, hablando a condición de conservar el anonimato debido a que no está autorizado para comentar en público sobre los escuadrones de la muerte. "Cuando hacemos un allanamiento de un líder haqqani", dijo, "un grupo de unos quince miembros de los escuadrones de la muerte "salen y masacran gente".
El mes pasado, los insurgentes asesinaron a otro hombre en un mercadillo, dos días después de un allanamiento en la aldea realizado por tropas afganas y estadounidenses. Esta vez la víctima era un comerciante de visita de Khost llamado Nasib, que fue sacado a empellones de su coche mientras su hijo de cinco años miraba desde el asiento de pasajeros. Sus secuestradores lo arrastraron hasta el mercadillo donde fue asesinado a plena luz del día.
Sin embargo, cuando se le preguntó sobre los asesinatos, el gobernador del distrito y el jefe de policía local en Sabari dijeron que no sabían nada. "Niego totalmente esos informes", dijo Dawlat Khan Qayoumi, el gobernador del distrito. "Le puedo decir que en los últimos cinco meses no han ocurrido incidentes semejantes".
También hay interrogantes sobre las decapitaciones filmadas en video. Muhammad Zarin, comandante de una unidad encubierta especial de la policía ha estado investigando los escuadrones de la muerte, sólo dijo que los hombres provenían de Khost y fueron asesinados hace tres meses en la zona de Mangal en el montañoso distrito de Musa Khel de la provincia donde Khan era activo. Ni la OTAN ni Naciones Unidas, que estudian ambas los casos de homicidios, tenía información sobre las decapitaciones masivas; tampoco sobre los asesinatos en el mercadillo Maktab ni de los dos hombres asesinados después de la captura de Khan, lo que refleja el intenso secreto con el que los campesinos tratan estas muertes.
Después de que un allanamiento anterior que fracasó en cuanto a capturar a Khan en la zona de Musa Khel, las fuerzas de la coalición recibieron un informe de que tres viejos y tres adolescentes de la aldea habían sido decapitados. "Cuando llegamos a investigar, no pudimos encontrar los cuerpos ni ninguna prueba de nada", dijo el coronel Christopher R. Toner, comandante del Equipo de Combate de la Tercera Brigada de la Primera División de Infantería, con sede en las provincias de Khost y Paktia. "Pero estaban pasando muchas cosas, así que sospecho que era verdad".
Funcionarios de la salud público dicen igualmente que han oído sobre decenas de ese tipo de asesinatos, pero que rara vez los pueden confirmar. "La gente no trae los cuerpos al hospital por miedo al Talibán", dijo el doctor Fazal Mohammad Mangal, del hospital provincial de Khost.
Zabit Amen Jan, antiguo vecino de Musa Khel, perdió cuatro hermanos a manos de los insurgentes, incluyendo dos estudiantes en sus veinte cuyos cuerpos acribillados fueron encontrados en junio. Una carta manuscrita encontrada en uno de los cuerpos decía que los hombres habían ignorado advertencias de que no trabajaran con las fuerzas de la coalición. "No había otro modo de impedirlo", dice la carta.
Jan dijo que sus hermanos menores no tenía ninguna relación con la coalición y que fueron asesinados sólo porque él y otro hermano habían participado en política.
"La gente acostumbraba venir a nuestro distrito para hacer picnics porque nuestra zona está llena de montañas cubiertas de pinos y nogales", dijo. "Ahora la gente está huyendo Khost o de Kabul o Pakistán porque hay demasiados asesinatos y saben que el gobierno no puede protegerlos".
[Ray Rivera informó desde Sabari; Sharifullah Sahak desde Kabul, Afganistán; y Eric Schmitt desde Washington.]
5 de diciembre de 2011
28 de noviembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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documentos de guerra


Abuso del secreto por parte del gobierno. La conclusión parece ineludible: la inmensa mayoría de los materiales no deberían ser de carácter reservado. La difusión de los documentos debería ser la ocasión de una cuidadosa reconsideración de lo que el gobierno supone secreto.
[Erwin Chemerinsky] La lección más importante de la difusión de decenas de miles de páginas de información reservada sobre la guerra en Afganistán parece haberse perdido: se considera demasiada información como de carácter reservado, a menudo solamente porque es embarazosa para el gobierno. El secretario de prensa de la Casa Blanca, Robert Gibbs, dijo que no habían nuevas revelaciones en el material y "no se ha identificado nada que pudiera poner en peligro la seguridad nacional". La pregunta por responder debe ser entonces por qué gran parte de los materiales eran considerados reservados y ocultados al público.
El paralelo con los Papeles del Pentágono es asombroso. En 1971, el New York Times, y luego otros diarios, trataron de publicar un reportaje reservado sobre la participación de Estados Unidos en la Guerra de Vietnam. Desde que fuera publicado en entregas diarias, el gobierno federal recurrió a tribunales federales solicitando una orden judicial para impedir que los diarios publicaran la historia. En todos los niveles judiciales, Estados Unidos reclamó que la publicación de los materiales reservados podría causar grave peligro para la seguridad nacional.
Finalmente, la Corte Suprema resolvió a favor de los diarios, en gran parte porque el gobierno no pudo decir nunca qué materiales serían demasiado perjudiciales si fueran revelados. Whitney North Seymour Jr., fiscal del Distrito Sur de Nueva York que defendió al gobierno federal, dijo más tarde que presionó a los funcionarios del ministerio de Defensa para que dieran ejemplos de lo que podría ser demasiado sensible para ser publicado. Pero nunca mencionaron ningún punto en particular, aunque afirmaron constantemente que la publicación sería perjudicial.
El gobierno de Nixon se opuso vehementemente a la publicación de los Papeles del Pentágono, incluso aunque los documentos era en gran parte materiales históricos sobre lo que había ocurrido en presidencias anteriores. El gobierno de Obama ha condenado la publicación de información sobre la guerra en Afganistán, aunque parece girar sobre lo que pasó durante la presidencia de George W. Bush. La razón es en ambos casos la misma: el gobierno temía que las revelaciones minaran el apoyo público a las guerras en cuestión. En ambos casos la preocupación era que las revelaciones hicieran más difícil mantener el apoyo parlamentario y conservar a la opinión pública que apoyó la campaña bélica.
Pero esa no es una base suficiente para el secreto. Las revelaciones sobre la guerra de Afganistán incluyen casos en que las tropas estadounidenses han matado accidentalmente a civiles, casos de corrupción en el gobierno de Karzai, que es respaldado por Estados Unidos y revelaciones sobre la ayuda paquistaní a los insurgentes afganos. Gran parte de la información plantea dudas sobre si se puede ganar la guerra de Afganistán. Todo esto es información crucial ahora que el Congreso debate cómo continuar en Afganistán y los estadounidenses deciden qué hacer con la guerra. La información no debería ser reservada solamente porque es embarazosa o simplemente porque su revelación podría hacer más difícil para el gobierno la consecución de sus objetivos.
En realidad, para que la democracia funcione, es esencial que los funcionarios en el Congreso y el público general tengan exactamente el mismo tipo de información. Esto quedó vívidamente ilustrado durante el gobierno de George W. Bush. Cuando el New York Times se enteró de que la Agencia de Seguridad Nacional estaba realizando una masiva vigilancia electrónica de ciudadanos estadounidenses, el presidente Bush amenazó a los editores con una posible demanda criminal y les dijo que "tendrían sangre en sus manos" si revelaban el programa secreto. Cuando el Washington Post publicó información reservada que la CIA tenía campos ilegales de "entrega extraordinaria", el gobierno de Bush amenazó nuevamente con una demanda criminal. Sin embargo, en ambas instancias las revelaciones no causaron ningún perjuicio aparente a la seguridad nacional y en realidad obligaron al gobierno a detener sus acciones ilegales.
Por supuesto, hay informaciones que deben ser secretas por razones de seguridad nacional y cuya divulgación debe ser castigada. La Primera Enmienda y la libertad de información no son absolutos. Revelar la identidad de agentes encubiertos en terreno o la ubicación de las plataformas de misiles nucleares de Estados Unidos, o revelar algunos aspectos de la estrategia de guerra son ejemplos de esto. Pero el gobierno de Obama no ha dicho que haya algo de este tenor en los materiales difundidos recientemente.
La conclusión parece ineludible: la inmensa mayoría de estos materiales no deberían haber sido reservados. La difusión de los documentos debería ser la ocasión, una vez más, para una cuidadosa reconsideración de lo que el gobierno considera secreto, y debiese conducir a la formulación de políticas que garanticen que esos materiales serán considerados como reservados sólo si su difusión pone verdaderamente en peligro la seguridad nacional.
La libre difusión de la información puede ser, a veces, embarazoso para el gobierno y puede impedir que el gobierno logre sus programas. Pero eso es exactamente por qué es tan importante en una sociedad democrática.

Erwin Chemerinsky es decano y profesor e la Facultad de Derecho de la Universidad de California en Irvine.
15 de agosto de 2010
28 de julio de 2010
©los angeles times
cc traducción mQh
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agentes en rehabilitación


Puede ser también su remedio. El Hospital para Adictos del Ministerio del Interior es tanto un síntoma de lo mal que está el problema de la drogadicción en este país, y una posible solución de uno de sus peores aspectos.
[Rod Nordland y Abdul Waheed Wafa] Kabul, Afganistán. El teniente primero Juama Khan Asak, 40, agente de fronteras, dijo que había estado fumando primero opio y después heroína desde que tenía diecisiete años.
Por un lado, sus pacientes son todos agentes de policía. Por el otro, esos agentes ya no están en la calle tratando de mantener su adicción a la heroína y al opio, que fácilmente podrían triplicar sus salarios oficiales.
El general Dawood Dawood, jefe de la lucha contra las drogas como viceministro del Interior para antinarcóticos, estaba tan orgulloso de la institución iniciada hace tres meses que emitió una carta firmada personalmente autorizando a los periodistas a visitarlo un domingo. Cuando los funcionarios del hospital recularon -diciendo que los agentes encarcelados se enfadarían tanto que podrían atacar con piedras a los visitantes-, los ayudantes del general intervinieron para asegurarse de que la visita tuviera lugar.
Antes de la visita, el general Dawood dijo en una rueda de prensa que se había aplicado un plan sistemático que hasta el momento había realizado tests de orina al 95 por ciento de la Policía Nacional Afgana y que 1.231 de ellos eran adictos a drogas duras, principalmente heroína y opio -una tasa del 1.5 por ciento de la fuerza. Afganistán sufre también de una severa escasez de agentes de policía formados, así que en lugar de despedirlos, ha empezado a enviarlos al Hospital para Adictos del Ministerio del Interior para que sigan programas de rehabilitación de tres a cuatro semanas.
Estas cifras no sorprendieron. Un informe de la Contraloría General de Estados Unidos para el Congreso estadounidense en marzo pasado observaba que entre el doce y el 41 por ciento de los reclutas de la policía afgana dieron positivo en tests de uso de drogas, aunque estas, aparte opiatos, también incluían la marihuana y el hachís. Los reclutas que dan positivo en drogas duras son despedidos, pero los otros son aceptados y asesorados. Sin embargo, debido a que los opiatos desaparecen rápidamente del cuerpo, muchos reclutas habrían podido fácilmente evitar ser atrapados -lo que aparentemente explica el alto número de adictos en el cuerpo de policía.
Los agentes en recuperación en el hospital no hicieron ningún uso de las abundantes piedras en el patio y en lugar de eso se mostraron ansiosos de contar sus historias.

La mayoría de ellos, como el teniente primero Juma Khan Asak, 40, un policía de fronteras del oeste de Afganistán, eran adictos de larga data. El teniente Asak dijo que había estado fumando primero opio y luego heroína desde que tenía diecisiete, mucho antes de que se incorporara a la policía. Ahora que el mayor de sus ocho hijos tenía esa edad, estaba preocupado de que sus hijos adoptaran su adicción. Se entregó él mismo para seguir el tratamiento.
"Estaba gastando mil afganis al día", dijo, "y no podía hacer bien mi trabajo". Esa suma, unos veinte dólares, era aproximadamente el doble de su salario como teniente; interrogado sobre cómo podía financiar sus drogas y mantener a una familia grande como la suya, simplemente se encogió de hombros.
En la frontera occidental, la mayor preocupación de la policía es detectar a los contrabandistas de drogas que ingresan a Irán.
Como los otros pacientes, el teniente Asak llevaba un pijama a rayas. De momento hay cincuenta agentes, de los cuales once son tenientes y otros oficiales.
El recinto es modesto: una colección de edificios de una antigua escuela y barracas prefabricadas, con un televisor para personal y pacientes y con poco con que entretenerse. Sin generador, a menudo falta el agua potable y la electricidad. Pero la razón paciente-personal es, al menos, la envidia de casi todos los centros de rehabilitación: tiene doce doctores, dos de ellos psiquiatras, así como asistentes sociales y psicólogos.
Hasta el momento, dijo el doctor Doust Mohammed, psiquiatra y director médico, el hospital de cien camas ha tratado a seiscientos agentes; los otros seiscientos que han dado positivo a nivel nacional deben presentarse aquí en los próximos meses. "De esos seiscientos, hasta el momento sólo dos han reincidido", dijo Mohammed. Esos dos reincidentes fueron despedidos, dijo.
Aunque es demasiado pronto para saber cómo se comportan los pacientes en el largo plazo, el doctor Shafi Azim, un psiquiatra que ha trabajado en rehabilitación de drogadictos durante trece años, dijo que los agentes son pacientes particularmente buenos. "Son militares y están habituados a recibir órdenes", dijo. "Y lo que quieren es recuperar su orgullo y dignidad".
Mohammed Ishaq Rezia, 34, capitán de policía de la provincia de Daykondi en Afganistán, achacó su drogadicción a una combinación de mala educación, guerra permanente, fácil acceso de las drogas y "malos amigos". "Hace unos años, todo el país usaba opio y era fácil encontrarlo", dijo. "La situación era tan mala que incluso nosotros como agentes de policía teníamos la libertad de fumar opio abiertamente. Pero eso terminó".
En los últimos años, Afganistán ha logrado erradicar el cultivo de amapola de 20 de sus 34 provincias, mediante una combinación de incentivos ofrecidos al gobierno local, la intervención militar por fuerzas afganas y la ayuda  internacional a gran escala para programas como la substitución de cultivos. Sin embargo, las abultadas cosechas de amapola de los últimos años han reducido el precio del opio, y el país todavía produce el noventa por ciento de la heroína del mundo.
Este año es probable que eso cambie significativamente. Una misteriosa peste ha estado matando las amapolas, y algunos predicen que la producción se reducirá en un setenta por ciento. A su vez, funcionarios anti-narcóticos temen que eso vuelva a empujar el precio del opio, y no alentará a los campesinos a producir otros cultivos.
Los programas de control de drogas entre agentes y reclutas también son nuevos; sólo el año pasado se aplicaron a gran escala. "La lucha antinarcóticos es una de las prioridades de nuestro ministro", dijo un portavoz del ministerio del Interior, Zemarai Bashary, refiriéndose a Mohammed Hanif Atmar. "En particular, estamos tratando de hacer lo mejor para tener una fuerza de policía sana, libre de estupefacientes".

Sangar Rahimi contribuyó al reportaje.

27 de mayo de 2010
17 de mayo de 2010
©new york times
cc traducción mQh
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muerte de una novia afgana


Su rechazo de un matrimonio convenido terminó con su muerte. Frashta no se quería casar con su primo, y huyó de casa. En un país donde las tradiciones y el honor de la familia lo son todo, eso selló su destino.
[Jeffrey Fleishman] Charikar, Afganistán. Una chica de provincia no puede nunca llegar muy lejos. Debería haberlo sabido. Frashta, sin embargo, era cabezona. Dos disparos con un rifle de caza en la noche terminaron con su vida. Luego la envolvieron en telas y trataron de ocultarla. Pero algunas cosas no se pueden ocultar. La encontraron en el patio.
"Mala mujer", dijo el poli.
"Era tan bella que ninguna palabra sería suficiente para describirla", dijo su tío.
Nadie tenía una fotografía, pero, de todos modos, una imagen no podría contar la historia de quién era. Una joven novia que rompió su compromiso matrimonial por otro hombre. O una mujer que pasó su breve vida mirando a través de la malla de una burka hasta que un día desafió a su familia y la tradición y huyó de casa después de negarse a casarse con su primo. En este país, las dos cosas son pecados terribles.
Lo que pondría fin a su vida empezó cuando tenía apenas unos meses de edad. Se dice que su padre, un muyahedín, murió en el campo de batalla luchando contra las tropas soviéticas a fines de los años ochenta. Como es costumbre, la madre de Frashta se convirtió en la segunda esposa del hermano de su marido, Abdul. Para asegurar la armonía del clan, se buscó rápidamente un pretendiente para Frashta: Cuando la niña creciera, se casaría con el hijo de Abdul, su primo.
Llegaron los represivos años del Talibán, que terminaron con la invasión norteamericana de Afganistán en 2001. La ciudad de Charikar, dividida por un canal y rodeada de casas de adobe y huertos que se extienden por el valle, fue invadida por la delincuencia y la guerra. Aparecieron ametralladoras en el tejado de la comisaría de policía. En la provincia de Parwan los mercados siguieron funcionando, con compradores y vendedores y niños acarreando mercaderías en carretillas.
Frashta fue creciendo, recogiendo sus largos cabellos negros en un pañuelo, acercándose al día en que se casaría con Tor Baz. Como ella, no tenía apellido. Aquí la mayoría de los aldeanos adoptan uno sólo si se matriculan en una universidad o para otros asuntos importantes, como para trabajar en algún lugar lejano.
"Creo que en la escuela llegó al noveno", dijo Dal, el hermano de su madre y vendedor de fruta desempleado."Era rápida y creo que era más fuerte que yo. Si hubiésemos peleado alguna vez, seguro que habría ganado ella. Pero vivía con una familia muy mala y no quería estar allí y no quería casarse con su primo".
De acuerdo a la policía, se casó cuando tenía poco más de veinte años. Los viejos de la aldea se reunieron un día y bendijeron la unión; se había cumplido con la promesa. Un mulá leyó fragmentos del Corán y los hombres se apresuraron por las calles para entregar Tor Baz a Frashta para la primera noche juntos. Se cerraron puertas y celosías.
Pronto empezaron los problemas. El padrastro y la abuela de Frashta, que habían convenido su matrimonio, dijeron a la policía que Frashta llevaba una vida secreta. Dijeron que cuarenta y cinco días después de la boda, en el verano de 2009, se había escapado con otro hombre, un tendero, para huir hacia Kabul, la capital, a dos horas hacia el sur. La deshonra cayó sobre la familia.
No era la Frashta que apareció un día en un refugio de mujeres en Kabul. Esta Frashta contó que se había negado a casarse con su primo y había escapado después de que fuera drogada por su abuela y golpeada por su padrastro.
"Nunca se casaron, pero la familia le exigía que se casara. Frashta me contó que les decía: ‘No digan que estoy comprometida con mi primo. Lo quiero como hermano, no como marido’", dijo Parween Rahimi, una asistente social de la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Afganistán. "Su abuela entró una mañana en su cuarto y le dio unas tabletas, y le dijo: ‘No digas esas cosas malas si no quieres que te golpee tu padrastro’".
Frashta dijo que cuando despertó, su abuela le dijo que cuando estaba inconsciente su primo había tenido sexo con ella y que tenía que casarse para proteger su reputación.
Rahimi dijo que eso había sido una artimaña para obligar a Frashta a someterse a la voluntad de la familia. Según la comisión de derechos humanos, un examen médico demostró que la joven era virgen. En Afganistán es difícil hacerse con documentos: la comisión no tenía copia del examen médico y no está claro quién lo pidió. La policía no tenía pruebas de que Frashta aceptara libremente el matrimonio.
"Su abuela vino a nuestra oficina y trató de convencerla de volver a casa, pero ese día Frashta se sentó muy lejos de ella", dijo Rahimi.
La policía la localizó y la acusó de abandonar a su marido, un delito y una afronta para el orden patriarcal. El tendero también fue arrestado.
Mohammad Iqbal Ahmadi, fiscal jefe de la provincia de Parwan, dijo a la organización de derechos humanos que la historia de Frashta era fantasía y que no se había realizado ninguna prueba para determinar su virginidad.
"Su primo nos dijo que había tenido una aventura con otro y que recibía llamadas telefónicas de otros hombres y eso demuestra que no era una chica buena", dijo Ahmadi. "Si se sentía amenazada, ¿por qué no se quejó ante la policía?"
El tendero, Meir Agha, declaró en una audiencia que a Frashta no la había tocado nunca y que sólo la había ayudado a viajar a Kabul. Él y Frashta fueron sentenciados a cinco meses de cárcel. Tras su liberación en el otoño pasado, Frashta se negó a volver a la casa de su primo y su padrastro, Abdul.
Se fue a vivir con Dal, un hombre nervioso y delgado que vivía con su familia en el patio trasero de una casa junto a la carretera que lleva a Charikar.
La alojaron en un cuarto con paredes de color blanco y mostaza y un saco a modo de cortina. Estaba escasamente adornada: unos versos del Corán y un cartel de Sydney, Australia, con la leyenda: "Si quieres ser rico, piensa en cómo ganar el dinero y ahorrarlo". Cuando salía, como la mayoría de las mujeres aquí, se envolvía en una burka, una tela azul indistinguible de otras mujeres envueltas en tela azul en los mercados y más allá de las mezquitas.
"No le gustaba la familia de Abdul. Decía que Abdul fumaba hachís y la golpeaba a menudo", dijo Dal. "Siempre me decía lo mismo. Durante esos tres meses que vivió con nosotros, ella y yo hablábamos sobre cómo resolver su problema. Siempre me decía: ‘No me puedo casar con mi primo. Si mi madre me casara con otro, lo haría, pero no con mi primo".
Su estribillo estaba retando el corazón de una tradición en la que las mujeres musulmanas de zonas rurales aceptan lo que se espera de ellas y sobrellevan sus quejas en silencio. Sin importar qué versión de Frashta sea la verdadera -mujer pecadora o virgen abusada-, era categórica en que nunca viviría con Tor Baz.
Entonces, el 19 de enero, los viejos del clan hicieron una oferta de reconciliación.
"Nos invitaron a cenar a casa de su padre", contó Dal. "Ella aceptó. Tenía miedo y yo la acompañé. Cuando llegamos allá, la recibieron bien. Empezaron a tocar música y todos parecían felices. Su abuela estaba allá, diciendo que se habían cometido errores. La familia los resolvería.
"Sirvieron una cena de carne y arroz y los viejos dieron consejos. Dijeron que no era bueno que ella estuviera separada de su primo y su familia. Lugo se marcharon".
Frashta también quiso marcharse, pero la familia la instó a pasar la noche con ellos.
"Querían que se quedara, pero ella les dijo que me había prometido que me llevaría a casa", dijo Dal. "Les dijo que volvería al día siguiente con sus pertenencias. Era tarde y yo quería irme".
"Salimos de la casa y yo iba caminando delante de ella. Se estaban despidiendo y entonces oí una voz: ‘Vuelve, vuelve’. Frashta dijo: ‘No me obliguen. Volveré mañana’".
"Entonces oí dos tiros hechos con un rifle de caza. Pensé que estaban tratando de asustarla, pero sentí los perdigones pegados en mi ropa. Corrí hacia la comisaría".
Los vecinos también oyeron los disparos. Los gritos y la conmoción se expandieron por el pueblo bajo la luz de la luna.
"La policía volvió conmigo y la buscamos por todas partes", contó Dal. "No podíamos encontrarla. Pensé que quizás había escapado, pero entonces la vimos en el suelo, cubierta por una tela. Tenía un disparo en la parte de atrás de la cabeza, y otro en la espalda. No sé por qué se echó a perder todo. Todos parecían felices. Simplemente no sé qué pasó".
Horas después Rahimi recibió una llamada. Se decía que Frashta había muerto. ¿Podría verificarlo? Rahimi dijo que fue a la morgue y vio a Frashta, con sus cabellos largos sin cubrir y sin ni una sola mancha en la cara, sólo un ojo inyectado de sangre.
Su tío abuelo Agha, el hermano de su abuela, confesó. "Yo la maté. Había deshonrado a la familia", dijo a la policía. Agha, su abuela y otras dos mujeres fueron arrestadas y están a la espera del juicio. La fiscalía pedirá la pena de muerte para Agha, que según la policía se ajusta a la ley islámica.
Las pertenencias han sido retiradas de su cuarto en la casa de Dal. Está vacío, excepto el cartel de Australia y los versos del Corán. El suelo tiene grietas; parece una bodega, frío y oculto detrás de unas parras y unos perros dormidos.
Banderas verdes desteñidas y basura salpican el cementerio a los pies de la montaña. Algunas vacas deambulan por ahí. Los más ricos entre los muertos yacen en tumbas protegidas por vallas, pero no Frashta. Su lote está rodeando de piedras erosionadas y pronto no se distinguirá del resto de la tierra. La lápida es una tosca pizarra. No hay nada escrito en ella, como si no hubiese nadie allí, sepultado a los pies de una montaña cubierta de nieve.

Mohammad Karim Faiez en Kabul contribuyó a este reportaje.

16 de abril de 2010
25 de marzo de 2010
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un mecánico de bicicletas en kabul


El mecánico de bicicletas, Abdul Hibib, ha estado desempeñando su oficio durante treinta años, desde que perdiera un pie cuando pisó una mina que explotó. Trabaja para enviar a sus hijos a la universidad, con la esperanza de que puedan ayudar a reconstruir el país.
[Jeffrey Fleishman] Kabul, Afganistán. El mecánico de bicicletas prefiere trabajar al sol, sentado en un cojín clavado a un pedazo de madera, con su pierna derecha estirada, la que no tiene pie, el que perdió hace años en ese instante en que la vida de un hombre cambia de dirección.
Abdul Hibib ha estado reparando bicicletas desde hace casi treinta años. Sus manos son rápidas y manipulan engranajes y se mueven entre los rayos como si estuviera tocando el harpa. Por su lado ha pasado mucho caucho desgastado y una historia llena de conflictos. Mientras arreglaba bicicletas, su país caía de guerra en guerra. Sobrevivió a soviéticos y talibanes.
Todavía hay montones de problemas, pero hoy nada es más urgente que arreglar llantas pinchadas y aros torcidos. Es paciente. Exigente. Un hombre con un negocio junto al camino aprende cosas.
"Con la bicicleta no tienes embotellamientos".
Cadenas oxidadas, pedales rotos, pernos y focos estropeados -sabe dónde están, rebuscando en su cobertizo- se amontonan en una caja de aluminio, una llave inglesa, una sierra para metales en la mesa, y cámaras arrugadas, pilas de ellas, colgando de ruedas, y manchas de aceite.
Hibib empieza a hablar sobre su pie de plástico antes de que te des cuenta. No que no fueras a darte cuenta. No lo delata; se desliza en sus mocasines igual de bien que su pie bueno, dejando sólo un ligero tic en su modo de andar. Se trata más de que quiere que sepas el coste de las cosas, qué es robo y qué pierdes en el camino.
Empezó como maestro de matemáticas en una provincia remota, pero terminó en un instituto militar y se convirtió en agente de policía. Era 1981. El ejército soviético se estaba preparando para un largo combate; señores tribales y muyahedines conspiraban para controlar el país. Hibib pisó una mina y pasó 43 días en el hospital.
Fue dado de alta, se afirmó el pie ortopédico y se dirigió hacia Kabul, cruzando las montañas. "Empecé a reparar bicicletas para alimentar a mi familia", dice. "No tenía dinero para nada más. Entonces había muchas bicicletas, no como hoy que hay tantos coches".
Los soviéticos derrotados se marcharon y los talibanes ocuparon su lugar, convirtiendo el país en un peligroso laberinto de ejecuciones públicas y mujeres apresurándose en los callejones envueltas en burkas blancas que parecen cortadas del cielo. Las escuelas fueron cerradas; la música, prohibida; un hombre podía ser ejecutado por el largo de su barba.
Pero las bicicletas seguían en la calle.
"Los talibanes no me molestaban, pero mis hijos no podían tener educación. Traté de educarlos en casa, pero los niños necesitan una escuela", dice este padre de cincuenta años, con siete hijos. "Ahora mis hijos pequeños van a la escuela. Estoy trabajando para pagarles la universidad. Quiero que estudien en el extranjero y vuelvan con lo que han aprendido para arreglar Afganistán".
Coge un aro torcido, respirando suavemente, el sol en su barba canosa, sus manos una bitácora de rasguños y cortes, deteniéndose muy rara vez. Hace girar el aro, que baila y se para, doblándose algo más para luego volver a ladearse, casi hipnóticamente, óxido y acero.
"Soy un profesional".
Levanta el aro, estudiando el círculo perfecto que acaba de recuperar.
"He enseñado a sesenta jóvenes y niños a reparar bicicletas. Se han marchado y han empezado sus propios negocios", dice. "Son mis estudiantes. Supongo que son también mis competidores, pero si puedo instruir a alguien alimentando a mi familia, eso me enorgullece".
Se sienta al lado de la calle frente a su cobertizo justo al norte del centro de Kabul. El polvo está manchado de aceite y grasa que ni siquiera las lluvias torrenciales pueden lavar. Al otro lado de la calle, limones y pimientos suenan en las balanzas y los vendedores de fruta se refugian en la sombra de los puestos ordenados como pantallas de televisión para que mire Hibib. Pero Hibib no lo hace; sigue trabajando, incluso cuando Mohammad Hidar, un hombre delicado y pequeño con botas, frena su carretón, vacío de leña, y se sienta a esperar algo de conversación.
Y espera.
Un helicóptero pasa por encima. Camionetas de la policía avanzan salpicando barro. Hay guerra, aunque no siempre lo parece, no aquí en el lado seguro de las montañas nevadas, pero a veces llega; retumba como si miles de cámaras hubieran explotado al mismo tiempo, recordándonos que los talibanes llegaron y se marcharon con la misma rudeza.
"No queremos seguir peleando. Perdí mi pie", dice Hibib, dejando ver la blanquecina marca de una cicatriz de metralla en su muñeca. "Veo la sangre de afganos en las calles. No quiero que eso siga. No es así como vamos a reconstruir el país".
El alambre de cuchillas se encrespa como una delgada serpiente plateada a lo largo de los muros de contención. Soldados estadounidenses y de la OTAN avanzan lentamente en sus todoterrenos Humvee pintados como la arena y el polvo, y los niños con latas calientes esquivan los coches y venden volutas de humo que atraen la buena suerte y alejan a los malos espíritus.
No es demasiado, este sucio polvo, este cobertizo astillado, que Hibib llama su negocio. Parece una avanzada en una ciudad llena de gente, metida entre leñadores y mecánicos, no muy lejos de un cementerio. Hibib lleva aquí más que la mayoría, introduciendo la llave en el candado todos los días, mirando a los viejos y niños que arrastran bicicletas rengueando hacia su taller.
"Alguna gente dice que les da vergüenza pararse junto a un mecánico de bicis. Quizás es porque no ven el valor de las cosas y te miran al lado del camino y creen que ellos están mejor", dice. "Pero también hay otro tipo de gente. Algunos de mis compañeros de escuela son médicos y generales, y cuando me ven aquí arreglando bicicletas se bajan de sus coches y se acercan a tomar té conmigo.
"Lo recordaremos".
Otro aro, el chirrido de un rayo.
"Tenía veintiuno cuando empecé", dice.
Guarda la llave inglesa en la caja de aluminio, busca otra, nerviosamente. El viento entra por los agujeros de la lona, levanta las cámaras que cuelgan de clavos junto a su abrigo, que no necesita cuando el sol está arriba y lleva un suéter grueso.

6 de abril de 2010
12 de marzo de 2010
©los angeles times
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corrupción en afganistán


No será una tarea fácil. Un clientelismo arraigado en la cultura, mordidas y vínculos con el narcotráfico han destruido la confianza pública en el gobierno del presidente Karzai. "Es como una enfermedad", dice un comerciante de Kabul. "Está todo el mundo contagiado".
Kabul, Afganistán. Los afganos tienen una palabra para las enormes y horteras mansiones que han emergido en el barrio rico de Kabul, Sherpur, desde 2001. Las llaman los "palacios de amapola".
Los costes de construcción de estas casas, que están adornadas con extensas terrazas y recargadas columnas, pueden subir a cientos de miles de dólares. Muchas son de propiedad de funcionarios de gobierno cuyos salarios formales ascienden a algunos dólares al mes.
Para los hastiados vecinos de la capital, hay pocos símbolos más potentes de la corrupción que permea todos los niveles de la sociedad afgana, desde los agentes de tráfico que extorsionan a altos funcionarios de gobierno y sus parientes implicados en el tráfico de opio.
La corrupción, el clientelismo, el soborno y el floreciente narcotráfico han destruido la confianza pública en el gobierno del presidente Hamid Karzai y contribuido al resurgimiento del Talibán empujando a afganos descontentos a tomar partido por los insurgentes y proteger una importante fuente de su financiamiento.
Con el aumento de las bajas y una decisión sobre estrategia militar en el horizonte, el presidente Obama y otros líderes occidentales encuentran cada vez más difícil justificar el envío de tropas para luchar por un gobierno infectado por la corrupción.
Este mes, cuando Karzai fue declarado ganador de una elección estropeada por el fraude desenfrenado, el más alto funcionario de Naciones Unidas en Afganistán advirtió que sin reformas importantes, el presidente afgano podría perder el apoyo de los países que proporcionan más de cien mil tropas y han contribuido miles de millones de dólares en ayuda desde el derrocamiento del Talibán en 2001.
Karzai ha reconocido públicamente la corrupción y jurado "hacer todos los esfuerzos posibles para terminar con esta mancha". El lunes, el ministro del Interior, el director de seguridad nacional, el fiscal general y el presidente de la Corte Suprema unieron fueras para anunciar la creación de una nueva unidad de lucha contra el crimen para hacer frente al problema.
Pero en las calles, en los mercadillos y en oficinas de gobierno, donde se dice que prácticamente todos los roces con la autoridad resultan en algún soborno, pocos toman en serio las promesas de erradicar la corrupción.
"Es como una enfermedad", dijo el comerciante Hakimullah Zada. "Lo hace todo el mundo".
En estos tiempos de economía difícil, dijo Zada, hay una sola persona de la que puede asegurar que visitará su curtiduría: un inspector municipal.
El larguirucho agente municipal frunce el año con desaprobación cuando descubre que Zada y otros cinco trabajadores están remojando y trabajando pieles en el mugriento río Kabul y exige su parte -el equivalente de cuarenta dólares. "Dice que estamos contaminando el río", dice Zada. "Así que tenemos que pagarle todos los días. Si no lo hacemos, nos denunciará a la municipalidad para que cierren nuestros tiendas".
En 2008, un sondeo de Integrity Watch Afghanistan constató que una familia normal paga cerca de cien dólares al año en sobornos en un país donde más de la mitad de la población sobrevive con menos de un dólar al día.
Los salarios oficiales empiezan con menos de cien dólares al mes, y casi todo tiene su precio: un permiso comercial, protección policial, incluso salir de la cárcel. Cuando Zada tuvo miedo de fracasar en los exámenes de la secundaria, le pasó a su maestro un sobre lleno con más de mil quinientos afganos -unos treinta dólares. Aprobó rotundamente. La corrupción se extiende a los más altos niveles del gobierno y sus parientes. Incluso el hermano de Karzai, Ahmed Wali Karzai, ha sido sospechoso de cooperar con los barones de la droga, una acusación que rechaza.
Abdul Jabar Sabit, ex fiscal general que entre 2006 y 2008 declaró una guerra santa contra la corrupción, dijo que se enteró pronto de que una clase de funcionarios de alto nivel está por encima de la ley. Entre ellos hay parlamentarios, gobernadores provinciales y ministros del gabinete.
"Quería arrancar esa cortina, pero no podía", dijo, bebiendo té en su modesta salita en la última planta de un destartalado bloque de departamentos.
Dijo que tal como lo exigía la Constitución, había escrito repetidas cartas al parlamento pidiendo permiso para investigar los cargos contra veintidós miembros, desde malversación hasta homicidio.
"Pese a todas mis cartas, el problema nunca llegó a estar en la agenda de ninguna de las cámaras", dijo.
Calcula que presentó cargos por corrupción contra más de trescientos funcionarios provinciales antes de que fuera removido en 2008. Pocos fueron condenados, y "ninguno de ellos está en la cárcel", dijo.
Obama y otros presidentes del mundo han dicho a Karzai que esperan que tome medidas concretas para respaldar su promesa de luchar contra la corrupción. Karzai se defiende diciendo que los países donantes comparten la responsabilidad en el problema debido a la mala gestión de los fundos de los proyectos de desarrollo, una preocupación compartida por funcionarios de Naciones Unidas.
Entre las prácticas que han encendido las alarmas se encuentran los llamados cambios de contrato, los que pasan de subcontratista a subcontratista. Cada uno toma su parte hasta que apenas si queda dinero para el proyecto mismo. A menudo el resultado son largos retrasos en la entrega y ejecución de mala calidad.
Muchos observadores locales y extranjeros creen que Karzai no puede empezar a tratar el problema de la corrupción sino rompe lazos con los ex señores de la guerra que lo ayudaron a expulsar al Talibán del poder en 2001 y apuntalaron su gobierno cuando la atención de Estados Unidos se concentraba en Iraq.
Funcionarios estadounidenses y occidentales están presionando a Karzai para que forme un gobierno con profesionales competentes. Pero tendrá que sopesar sus exigencias contra las promesas hechas a caudillos étnicos y regionales que ayudaron a conseguir los votos que necesitaba para su segundo término de cinco años.
Personeros occidentales se mostraron particularmente preocupados por el reciente retorno desde Turquía, de Abdul Rashid Dostum, un conocido ex señor de la guerra que apoyó la campaña de Karzai. Está acusado de supervisar la muerte de hasta dos mil prisioneros talibanes durante la invasión de 2001, una acusación que niega. Los dos vicepresidentes de Karzai, Mohammad Qasim Fahim y Karim Khalili, también fueron señores de la guerra acusados de violaciones de derechos humanos.
"También hay nuevas figuras que tratarán tenazmente de introducir en el gobierno a sus partidarios", dijo Fahim Dashy, editor del independiente Kabul Weekly. "Llegan con los bolsillos vacíos y lo ven como una oportunidad de oro para hacer dinero, por vías legales o ilegales".
Karzai dijo que en su gobierno no habría lugar para individuos corruptos. Pero sus asesores dicen que con sólo despidos no se solucionará un problema extendido y sistemático.
Una investigación del High Office of Oversight and Anti-Corruption, instalado hace más de un año para supervisar los esfuerzos del gobierno en su lucha contra los sobornos, descubrió que se necesitan en promedio cincuenta y una firmas para inscribir un vehículo. Cada firma tenía su precio, con un total de cerca de cuatrocientos dólares.
"No sorprende que los afganos prefieran sobornar a agentes de policía sobre una base diaria para que hagan la vista gorda por sus vehículos no inscritos", dijo sobre la oficina Ershad Ahmadi, el subdirector educado en Gran Bretaña.
Ahmadi dijo que su oficina ayudó a modernizar el proceso en cuatro o cinco pasos y exige que los pagos se hagan directamente al banco, reduciendo por ello las oportunidades de corrupción. Pero sin la cooperación del ministro de Transportes, dijo, su equipo sería impotente.
"No tenemos ni la autoridad ni la independencia necesarias para cumplir con nuestro mandato", dijo Ahmadi. Para empezar, nunca se le dio la autoridad legal para investigar o perseguir la corrupción -sólo se le autorizó para entregar a las agencias policiales, que son en sí mismas parte del problema.
"La policía es corrupta. Los fiscales son corruptos. Los jueces son corruptos", dijo Ahmadi.
No quedó claro si la nueva unidad anti-corrupción, que fue formada con ayuda de agencias policiales estadounidenses y británicas, será más efectiva a la hora de perseguir a individuos que se implicaron en prácticas corruptas. Es la tercera estructura iniciada por el gobierno de Karzai para tratar el problema; la primera fue desmantelada después de que se descubriera que el director había sido condenado y había cumplido una pena de prisión en Estados Unidos por cargos de drogas.
"El principal problema... es que la gente no tiene confianza en el futuro", dijo Ahmadi. "Eso los hace acumular mientras brilla el sol.
"Tenemos que convencer a la gente de Afganistán de que no volveremos a las miserias del pasado", dijo.  "El Talibán no volverá. La comunidad internacional no abandonará a Afganistán, y habrá mejoramientos, lentos pero firmes".

24 de noviembre de 2009
18 de noviembre de 2009
©los angeles times 
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¿vale la pena seguir en afganistán?


Obama debe convencer a los estadounidenses que el costoso conflicto es una "guerra de necesidad".
Hace ocho años, al Qaeda mató en territorio estadounidense a más de tres mil personas en dos atentados coordinados que fueron tramados en Afganistán, donde los dirigentes de la organización terrorista recibían refugio de parte del gobierno talibán. Al mes siguiente, el gobierno de Estados Unidos contraatacó, iniciando la que ha sido, desde Vietnam, la guerra más larga.
Es verdad que se la ha conducido sin entusiasmo, subfinanciada y sin tropas suficientes, en comparación con los recursos destinados a Iraq, pero, sin embargo, en términos de vida y hacienda, ha sido una guerra onerosa. El presidente Obama criticó al gobierno de Bush por haber librado una "guerra por opción" contra Saddam Hussein, en lugar de dedicarse enteramente a una "guerra de necesidad" contra Obama bin Laden y sus anfitriones talibanes. En contraste, la política de Obama, delineada en marzo, busca "desestabilizar, desmantelar y derrotar al Qaeda" y expulsarla de Pakistán e impedirle volver a Afganistán. Agregó veintiún mil tropas estadounidenses para la tarea -llevando el total a 68 mil soldados, junto a los 38 mil de la OTAN- y está considerando ahora una evaluación del general de ejército Stanley A. McChrystal, que se cree pedirá 45 mil más.
Como muchos aquí y en el extranjero, este diario ha estado cada vez más escéptico de la misión de Estados Unidos en Afganistán, y no debido a que el recuerdo del 11 de septiembre de 2001 se haya desvanecido o los temores a otro atentado terrorista hayan menguado; al Qaeda sigue siendo un enemigo declarado de Estados Unidos y una amenaza para la seguridad de los estadounidenses. Más bien, es porque, ocho años después, la prolongada guerra y las condiciones en el terreno plantean interrogantes sobre si la lucha en Afganistán es todavía una guerra de necesidad o si Estados Unidos y sus aliados tienen los medios, la estrategia o la voluntad de estabilizar al país con un gobierno en Kabul que sea capaz y legítimo.
Originalmente esta guerra se presentó como una misión para capturar o liquidar a los conspiradores de los atentados del 11 de septiembre de 2001, y para asegurarse de que Afganistán no sirviera como base para futuros atentados terroristas. Eso era justificable, y las tropas estadounidenses desalojaron rápidamente al régimen talibán cuando sacaban a al Qaeda de sus campos de adiestramiento y los obligaban a esconderse.
Pero hoy la situación en Afganistán es sombría. Los insurgentes talibanes han recuperado terreno, mientras que las bajas militares estadounidenses y las de civiles afganos están aumentando y el apoyo de los norteamericanos se está erosionando. Lejos de derrotada, al Qaeda se ha concentrado en la zona fronteriza de Pakistán.
Los afganos están cada vez más hastiados de la corrupción e incompetencia del presidente Hamid Karzai -que respalda Estados Unidos. Ahora la reelección de Karzai ha sido puesta en duda. Funcionarios electorales del gobierno dicen que ganó la primera vuelta con el 54 por ciento de los votos en la elección del mes pasado, pero la Comisión de Reclamos Electorales dice que posee pruebas "claras y convincentes" de fraude y ha ordenado un recuento parcial. Karzai debe ganar honestamente, si no quiere correr el riesgo de una segunda vuelta. Dicho simplemente, no puede haber buenos argumentos para arriesgar la vida de estadounidenses para sostener a un gobierno que es considerado ilegítimo por su propio pueblo.
Las opciones militares para estabilizar Afganistán y preparar la salida de Estados Unidos cubren todo el espectro. Algunos analistas políticos y militares dicen que Estados Unidos debería retirarse ahora y luchar contra al Qaeda desde el aire, como hace en Pakistán. Otros argumentan que Estados Unidos debe mantener su compromiso actual, pero con una carga militar más liviana, usando sus recursos fundamentalmente para adiestrar al ejército y fuerzas policiales afganas para que luchen contra los talibanes con sus propios recursos. Otros desechan las dos primeras opciones como poco efectivas y exigen una estrategia contrainsurgente reforzada para derrotar al Talibán mientras se construyen las fuerzas armadas, las instituciones oficiales y la infraestructura afganas-"limpiar, consolidar, construir", de acuerdo al Manual de Campo del Cuerpo de Marines del Ejército-, un "arranque" afgano que requerirá el compromiso de recursos financieros y tropas durante varios años.
Ahora Obama debe elegir su estrategia sobre este vital asunto de política exterior, y merece una oportunidad para que explique su posición al público estadounidense. Pero en nuestra opinión, la carga de la prueba la lleva él y debe explicar por qué Estados Unidos todavía necesita estar en Afganistán, y por qué ese país es el teatro de operaciones potencialmente terrorista más importante que otros estados hostiles o fallidos, como Somalia o Yemen, donde no estamos en guerra.
Por supuesto, el umbral es más alto si Obama pide más tropas. Si lo hace, tendrá que ser perfectamente claro no sólo sobre sus objetivos estratégicos y cómo espera alcanzarlos, sino sobre los costes, el tiempo que tomará y cómo medir el éxito. El público todavía debe estar representado con normas explícitas para medir el progreso. Ciertamente una de esas normas debería ser el territorio y la población que vive bajo control talibán, pero el gobierno debe antes reconocer cuáles territorios son controlados por el Talibán y cuáles no. No tenemos motivos para mantener esta información como secreta. El gobierno de Karzai lo sabe, como el Talibán. Sólo los estadounidenses no están en el secreto.
Otros medidas claves serán lo bien entrenado que esté el ejército afgano para luchar por su cuenta y lo preparada que esté la policía afgana para brindar seguridad; el Grupo Crisis Internacional calcula que sólo dieciocho de los 433 distritos del país cuentan con fuerzas policiales capaces. El nivel de víctimas civiles debería ser otra medida, por supuesto. Como también lo será el nivel de cooperación de Pakistán, el que es crucial para impedir la infiltración a través de las fronteras.
Pero incluso con estos estándares, no está claro que el público acepte una escalada de la guerra. Si el presidente cree que deberíamos arriesgar más vidas estadounidenses en Afganistán, debe convencernos primero de que Estados Unidos perderá más marchándose que quedándose en un país que ha visto ir y venir a otras potencias extranjeras, y que se marchan sin nada que compense ni su sangre ni su dinero.

23 de octubre de 2009
11 de septiembre de 2009
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milicias locales en afganistán


Lecciones de Iraq. Estados Unidos crea milicias locales para combatir a los talibanes.
[Anand Gopal] Maydan Shahr, Afganistán. A primera vista, Muhammad Nasim Gul y sus hombres -con monótonos uniformes verde oliva y gorras de béisbol- se ven como guerrilleros cubanos. Patrullan lentamente las embarradas calles de la provincia de Wardak, con las armas empuñadas en un constante estado de alerta.
Son centinelas días y noche, alertas ante la presencia de intrusos y otros enemigos. A veces se detienen para hablar con los vecinos del pueblo, para ver si alguien ha tenido algún problema.
Gul y los miembros de su tribu forman parte de un nuevo y ambicioso plan respaldado por Estados Unidos, que empezó aquí hace dos semanas, para adiestrar, vestir y armar a los vecinos del pueblo para hacer frente a los talibanes. Los oficiales acogieron la idea después del éxito de un plan similar implementado en Iraq, conocido como el Despertar de Anbar, por el que se armó a tribus sunníes para combatir a al Qaeda. Esperan que el programa, llamado ‘Fuerza de Protección Pública Afgana’ pueda ayudar a frenar la violencia en esta región.
"Los miembros de mi tribu se unieron a esta milicia para proteger nuestro pueblo", dice Gul, un ex agente de policía que ahora es comandante de la fuerza de protección de la comuna de Jalrez en Wardak, a treinta minutos de Kabul.
Según el plan, los miembros de cada concejo comunal shura en Wardak proponen vecinos para integrar la milicia, y son subsecuentemente adiestrados durante tres semanas por afganos (con la ayuda de asesores norteamericanos). Luego vuelven a sus comunas de origen y cobran un salario de casi 125 dólares al mes, que es superior al ingreso promedio de un policía, que normalmente está por debajo de los cien dólares al mes. Si tiene éxito en Wardak, los oficiales planean expandir el programa a más de cuarenta comunas en todo el sur y este del país.
Oficiales afganos y estadounidenses enfatizan que la fuerza no es una milicia tribal. "Los shuras no son de una o dos tribus, así que enrolarán a gente de todos los pueblos", dice Barna Karimi, director general del Directorado Independiente del Gobierno Local, un organismo gubernamental que trabaja con los concejos locales.

¿Sembrando Cizaña?
Pero en la práctica la fuerza se está formando a lo largo de líneas étnicas y tribales. En Jalrez, una de las comunas donde se ha implementado el programa, sólo 38 de los 128 miembros son pashtuns. El resto pertenece a otros grupos étnicos minoritarios. Pero los talibanes y sus seguidores son casi todos pashtun, como la mayoría de los habitantes de Jalrez.
"No es sabio utilizar a los miembros de un grupo étnico para combatir a otra etnia", dice Waliullah Rahmani, un analista del Centro de Estudios Estratégicos de Kabul.
De los 38 pashtuns de la fuerza de Jalrez, todos pertenecen a una sola tribu -la de los kharoti. Varios vecinos dicen que otras tribus en la zona se negaron a formar parte de ella. "Somos la única tribu que se ha incorporado al programa", dice el comandante Gul. "Las otras tribus están indignadas con nosotros y piensan que estamos ayudando a los infieles".
"Desgraciadamente, la mayoría de las tribus que viven en estas zonas no apoyan al gobierno actual", dice Rahmani, "y no es probable que vayan a luchar contra los insurgentes".
Críticos del programa dicen que es peligroso armar a tribus específicas en un país con una guerra civil todavía reciente.
Pero funcionarios de gobierno defienden la composición del destacamento, diciendo que puede combatir la insurgencia sólo con los que están dispuestos a tomar las armas, independientemente de su etnia o tribu.

Reclutas Se Niegan a Luchar
Mientras que en Iraq las tribus sunníes tuvieron que luchar contra extranjeros -al Qaeda-, en Wardak la mayoría de los insurgentes son de la zona. "La gente de mi comuna es pesimista en cuanto a la efectividad de estas fuerzas", dice Roshanak Wardak, parlamentario de la comuna de Saydabad. "Dicen que si se integraran al destacamento, terminarían peleando contra sus propios hermanos, porque en mi comuna los talibanes son vecinos, no vienen de Pakistán ni de Kandahar".
Incluso aquellos que no tienen lazos con los insurgentes ni les apoyan dicen que temen las represalias si se unieran al grupo. "Los talibanes de Wardak son muy poderosos", dice un vecino de la comuna de Jaghatu, que pidió que no nombráramos su nombre por razones de seguridad. "Hasta los enemigos de los talibanes tienen miedo".
Algunos dicen que si se integraran a la milicia, no sería por las razones que creen los oficiales. "Me gustaría incorporarme y defender mi comunidad", dice un vecino de la comuna de Saydabad, que pidió no ser identificado. "Pero solamente contra los delincuentes. No quiero pelear contra los talibanes".
Fazel Qazizai, de la comuna de Chak, dice: "La mayoría de nosotros sólo queremos el dinero para comprar alimentos y un arma para nuestra seguridad. Piensa en eso: un Kalashnikov vale seiscientos pesos. ¿De dónde sacaría yo esa cantidad de dinero? Pero en la fuerza de protección, te regalan uno. Y nos entregan un carné de identidad para que la policía no te moleste".
Pero agrega: "No tenemos ningún interés en hacerle la guerra a los talibanes".
Además, algunos críticos dicen que la introducción de armas puede exacerbar rivalidades tribales y políticas de larga data. En la comuna de Chak, por ejemplo, los vecinos dicen que el principal grupo que fomenta la fuerza de protección es Ittehad-e-Islami, una organización fundamentalista leal al gobierno que fue acusada de violaciones a los derechos humanos en los años noventa.
La posibilidad de que grupos o individuos saquen ventaja de la fuerza de protección es algo que preocupa a las autoridades de la tribu, dice Muhammad Hazrat Janaan, miembro del gobierno provincial de Wardak. "Están preocupados de que la fuerza pueda en realidad afectar negativamente la seguridad, a menos que se haga muy, muy cuidadosamente".

Todo un Pasado de Milicias Tribales
Aunque son controvertidas, las milicias tribales y las guardias comunitarias tienen una larga historia en Afganistán. En partes de algunas de las provincias orientales, un cierto tipo de milicia tribal, conocida como arbakai, asume las funciones de una guardia comunitaria. Estas arbaki actúan con independencia del gobierno y están formadas completamente por iniciativa de miembros de la tribu. La Fuerza de Protección Pública Afgana no es una arbakai, ya que esta última es una milicia local voluntaria bajo el mando de líderes tribales, mientras que la fuerza de protección fue creada y es pagada y controlada por Estados Unidos y el ministerio del Interior afgano.
En algunos casos, las arbakai han logrado mantener fuera de sus territorios a los insurgentes. Pero podría ser difícil repetir esos éxitos. "Las arbakai se restringen a las provincias del sudeste", dice Muhammad Osman Tariq, del Centro de Investigación de Estados en Crisis [Crisis States Research Center], de Londres, que ha escrito hace poco un informe sobre el tema. "Las arbakai han existido aquí durante cientos de años, independientemente del gobierno, y seguirán existiendo durante muchos años más".
Las condiciones en provincias como Wardak, que no tienen una tradición demasiado larga de milicias tribales, difieren grandemente de las de las provincias orientales, dice Tariq. Las arbakai en el este están más motivadas en la defensa de sus tribus, ya que son creadas y organizadas por las tribus mismas.

Se Necesitan Armas, Alimentos y Motivación
Los analistas dicen que si se quiere que funcione la Fuerza de Protección Pública Afgana, los funcionarios tendrán que aprender de intentos frustrados en el pasado en la formación de iniciativas locales. Por ejemplo, una iniciativa previa respaldada por la OTAN para armar a los habitantes de las provincias sureñas, llamada el Cuerpo de Policía Auxiliar Afgano, terminó en un fracaso después de que los países occidentales lo consideraran inefectivo. Funcionarios de la época dijeron que había sido mal adiestrada y estaba mal motivada. En algunos casos, acusaron a la fuerza de favorecer a tribus específicas o de desarrollar actividades criminales. En otros casos, los reclutas simplemente se fugaron con las armas y no se les volvió a ver nunca más.
Gul, el comandante de la Fuera de Protección Pública de Jalrez, está convencido de que el plan actual funcionará, si sus hombres son bien equipados. "Necesitamos más armas, más ropa, más comida. Nos hace falta de todo", dice. "Nos falta de todo".
"Somos la única tribu que se ha unido a la fuerza, así que tenemos que protegernos a nosotros mismos", agrega. "Si me atrapan las otras tribus, me matarán".

22 de abril de 2009
13 de abril de 2009
©christian science monitor
cc traducción mQh
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