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murió ricardo younis


En el cine argentino hubo de todo. Hasta un director de fotografía al que le decían Luna Tucumana, "porque alumbra y nada más". Ricardo Younis hizo mucho más que alumbrar. Era el dueño de la luz.
[Félix Monti y José Pablo Feinmann] Argentina. Así, fue el director de fotografía de innumerables películas de nuestro cine. En el cine argentino hubo de todo. Hasta un director de fotografía al que le decían Luna Tucumana, "porque alumbra y nada más". Ricardo Younis hizo mucho más que alumbrar. Era el dueño de la luz. Lo fue –para su suerte– en una época en que los puestos llamados "técnicos" se valoraban. En que el cine se hacía con un equipo. Y si eran los mejores, todos sabían que eso sería en beneficio de la película, que la hacían todos. El director de fotografía es el que busca la fuente de luz, el que –por ejemplo– busca la ventana que justifique la penetración de una luminosidad que caiga sobre el rostro de un personaje decisivo en un momento álgido del film. Y si esa ventana no existe, no importa. La luz va igual. Pero, ¡cuánto talento hay que tener para decidirse a poner una luz cuya fuente no se explicita, no existe, no importa! Así era Younis. No en vano convocó la admiración del mexicano Gabriel Figueroa, acaso el más grande de todos. El que llamó John Ford para hacer un film con una luz asombrosa: ‘El fugitivo’ (1947), que hoy se recuerda más por el ardiente trabajo de Figueroa que por la dirección de Ford o la actuación de Henry Fonda. A Ford no le habrá importado excesivamente. El quería un gran director de fotografía y lo tuvo, punto. A veces, incluso, pareciera que se hubiera deleitado en ponerle la cámara a su servicio. Hasta tal punto lo admiraba. Ese hombre, Figueroa, admiraba a Younis. No era para menos.
Ricardo Younis fue un chileno que llevó a cabo casi toda su obra en Argentina. Forma parte del primer grupo de grandes iluminadores argentinos, con Tabernero, Merayo, Etchebere. Su primer film es de 1945: ‘La casa vacía’. Después no supo ni quiso ni lo dejaron detenerse. Hizo 150 films. De todo tipo. Las películas podían ser formidables o malas o mediocres o buenas. La luz era siempre la de Younis. Siempre impecable, rigurosa, inspirada. Hizo ‘Yo no elegí mi vida’, ‘Armiño negro’, acompañó a Fernando Ayala en su debut con una película entrañable, ‘Ayer fue primavera’, y en 1956, con ‘Los tallos amargos’, logró que la ASC (Asociación Americana de Fotógrafos) reconociera su labor como una de las mejores de ese año. Pero eso no sería todo. Su trabajo en ese film expresó el arte de Younis como pocos. También favoreció –como no podía ser de otra forma– la totalidad de un film valioso que expresaba el tormento de un asesino que cometía un crimen perfecto. Pero se encontraba –como el protagonista de William Wilson, el gran relato de Poe– con un escollo inesperado e invencible: su conciencia moral. No contaba con eso. Todo había salido bien, pero el único error del crimen estaba en él, en su atormentada interioridad: no toleraba haberlo cometido. Younis le entregó una luz poderosa a esa historia fascinante, que expresaba tanto la eficacia del asesino como su sorprendente padecimiento moral. La revista American Cinematographer, la más prestigiosa en el rubro de la dirección de fotografía, realizó, en el 2000, una encuesta sobre los mejores trabajos realizados en la historia del cine por medio del arte de la luz, y el trabajo de Younis en ‘Los tallos amargos’ aprisionó el puesto 49. Un hecho excepcional en el cine latinoamericano. Un reconocimiento a la altura del gran Gabriel Figueroa. El primer puesto fue al sublime Gregg Toland, el famoso director de fotografía de ‘El ciudadano’, el genio que mejor trabajó en cine la profundidad de campo. Welles se la había pedido pero fue Toland quien la hizo. Es conocida y estudiada la escena en la redacción de The Inquirer con Welles en primer plano, Cotten a sus espaldas, unos metros más atrás y, en el fondo, increíblemente visible, la figura de Everett Sloane cerrando un triángulo en que nada quedaba sin verse. El concepto de la profundidad de campo quedó unido desde entonces a Toland y a ‘El ciudadano’, pero otros consiguieron hazañas similares. Entre ellos, Younis, que no casualmente había sido alumno de Gregg Toland. Que es como haber estudiado física con Einstein. O piano con Vladimir Horowitz. Como si fuera poco, digamos que ‘Los tallos amargos’, en la encuesta del American cinematographer, dejó tras de sí films de la importancia de ‘La strada’, ‘El año pasado en Marienbad’, ‘La hija de Ryan’, ‘Evita’ y ‘Boogie Nights’, entre otros.
Con Torre Nilsson hizo ‘Fin de Fiesta’ y ‘Un guapo del 900’. Apoyó el debut de José Martínez Suárez en ‘Dar la cara’, basada en la novela de David Viñas. Y esto es apenas un esbozo de lo tanto que hizo. Porque hacer, lo que se dice hacer, hizo de todo. En el cine argentino –y en América latina– un director de fotografía (personaje absurdamente llamado "técnico", como los escenógrafos o diseñadores de vestuario, en tanto que cualquier actriz o actor que atrapó un papel por alegrarle algunas noches al productor del film, es un "artista") tiene que trabajar a menudo sencillamente para comer. Así, realiza films que Gregg Toland no haría, pero que uno –al ver la filmografía de Younis– se los reconoce con calidez, comprendiéndolo.
Trabajaba incansablemente porque su fervor, la pasión por su arte, no le restaba fuerzas, se las daba. Si había que conseguir un farol era el primero en correr a buscarlo. Era capaz de ubicar las fuentes de luz sin prenderlas y sólo prendía cuando tenía todo puesto. Solía decir: no busques la luz haciendo pruebas, la luz la llevás adentro, es tuya, buscala, es tu imagen interior. Ahora se murió. Pero tardó 93 años en hacerlo. Justamente él, un fotógrafo que no sabía perder el tiempo, que ponía las luces sin tomarse un minuto más de lo necesario, porque también sabía que ese tiempo era siempre escaso y caro en la cinematografía en que le tocó trabajar. Fue un gran maestro que nunca se negó a revelar y compartir sus secretos, las claves que dibujaban su grandeza. Supo, como pocos, que una historia se cuenta con muchas cosas, pero nunca sin luces, nunca sin sombras. A veces la ausencia de luz revela la genialidad de un fotógrafo. El cine es un arte en el que no todo tiene que verse. Con frecuencia, la luz tiene que atenuarse o mostrar sólo un segmento o, de pronto, con súbita, inesperada potencia, mostrarlo todo porque hay que golpear, enceguecer al espectador para que –también así– comprenda qué es la luz, perdiéndola y encontrándola después, siempre de la mano del hechicero, del mago del film: el hombre de la luz. No sabemos qué luz lo ilumina ahora. Pero nos permitiremos desearle lo mejor: que sea la suya.
18 de julio de 2011
17 de julio de 2011
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murió raymond d'addario


Fotografió a los líderes nazis en juicios de Nuremberg. No le permitieron fotografiar las ejecuciones. Protestó en la época, pero dijo posteriormente que se sentía afortunado de no haber vivido la experiencia.
[Dennis Hevesi] Murió el sábado en Holyoke, Massachusetts, su ciudad natal, el fotógrafo del ejército cuyas imágenes de los principales matones de Hitler durante los juicios por crímenes de guerra de Nuremberg dieron a conocer sus rostros al mundo cuando se tomaba conciencia poco a poco de las atrocidades nazis. Tenía 90 años.
La causa de su muerte fue un derrame, informó su hija Linda Salmon.
D’Addario era uno más de cerca de una docena de fotógrafos y camarógrafos designados en noviembre de 1945 por el Army Pictorial Service para documentar el Tribunal Militar Internacional en Nuremberg, Alemania. Fue el miembro más prolífico del equipo y quizás el más consecuente.
Entre miles de fotografías suyas, las mejor conocidas son tomas de los veintiún acusados en el banquillo, rodeados por agentes de la policía militar con sus cascos blancos, de pie y erguidos, con los brazos doblados en la espalda.
"Quizás una de las imágenes definitorias de toda la obra de D’Addario es una de los acusados en el banquillo de la Sala 600 del Palacio de Justicia", dijo el miércoles John Q. Barrett, profesor de derecho en la St. John’s University y experto en los juicios de Nuremberg. "Esa foto es conocida en todo el mundo, y si uno fuera a hacer una silueta y preguntara a la gente al azar qué es, millones de personas dirían correctamente: "Nuremberg".
De los veintiún juzgados durante el tribunal de nueve meses -conducido por Estados Unidos, Gran Bretaña, Unión Soviética y Francia-, dieciocho fueron condenados y tres, absueltos. Entre los condenados se encontraban Hermann Göring, segundo al mando después de Hitler; Rudolf Hess, delegado de Hitler en el Partido Nazi; Joachim von Ribbentrop, el ministro alemán de Relaciones Exteriores; y Albert Speer, ministro de Guerra. De los dieciocho condenados, once fueron sentenciados a muerte y diez murieron en la horca el 16 de octubre de 1946. Horas antes de la ejecución, Göring se suicidó ingiriendo cianuro.
Aparte las tomas de grupo en el banquillo, la carpeta de D’Addario incluía primeros planos de los acusados, a veces susurrando entre ellos y a veces en el pabellón; el prosecutor jefe estadounidense, Robert H. Jackson (con permiso de la Corte Suprema de Estados Unidos), interrogando y pronunciando los últimos alegatos; y el antiguamente regordete Göring, ahora considerablemente más delgado.
Las fotos, y las de sus colegas, fueron distribuidas gratuitamente entre diarios y revistas de todo el mundo durante el juicio y han sido publicadas en muchos libros de historia.
D’Addario fue licenciado del ejército después del primer juicio. Pero Telford Taylor, el prosecutor de doce juicios adicionales por crímenes de guerra, realizados solamente por Estados Unidos, lo contrató como fotógrafo jefe para esos procesos. Durante los siguientes tres años, D’Addario fotografió los juicios en los que se condenó a más de doscientos oficiales y colaboracionistas nazis.
"La importancia de su trabajo es que el nazismo y sus crímenes no eran solamente documentos o transcripciones de las declaraciones", dijo el profesor Barrett. "Sus fotografías captan a esos perpetradores de un modo que con palabras no se lograría".

Nacido en Holyoke el 18 de agosto de 1920, Ray D’Addario era uno de los dos hijos de Vincent y Antoinette D’Addario. Su padre era dueño de una tienda de abarrotes. Ray egresó de la Escuela Secundaria de Holyoke en 1938 y convirtió su interés como hobby en trabajo freelance. Se enroló en el ejército poco después de Pearl Harbor y fue asignado al Pictorial Service en Londres.
Mientras cubría los juicios, conoció y se casó con Margarete Borufka, una refugiada checoslovaca que trabajaba como intérprete en el Palacio de Justicia. Terminados los juicios, se asentaron en Holyoke y abrieron la D’Addario’s Camera Shop en Maple Street.
Además de su esposa y su hija Linda, a D’Addario le sobreviven su otra hija Eva Franklin; su hermano Vincent; cuatro nietos; y dos biznietos.
Cuando los diez líderes nazis fueron colgados, D’Addario lamentó que a él y sus colegas no se les permitiera fotografiar las ejecuciones.
"Tenían a un oficial que había venido de Frankfurt; todo lo que hizo fue tomar fotos de los cuerpos después de la ejecución", dijo D’Addario en una entrevista para el documental ‘The Nuremberg Trials’ en la serie ‘American Experience’, de PBS, en 2006.
"Hoy", continuó, "estoy muy, muy feliz de no haber presenciado la ejecución".
4 de marzo de 2011
16 de febrero de 2011
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murió charles brittin


Fotógrafo que hizo la crónica de movimientos artísticos y políticos de los años cincuenta y sesenta. Documentó la cultura beat de Los Angeles, los Panteras Negras y el movimiento por los derechos civiles.
[Valerie J. Nelson] Sus imperturbables, aunque compasivas fotografías de los años cincuenta y sesenta documentaron la cultura beat de Los Angeles y la emergente escena artística, el movimiento por los derechos civiles y en el Deep South, los Panteras Negras y las protestas contra la guerra.
Sin embargo, Charles Brittin no era muy conocido.
Aquejado por problemas de salud a principios de los años setenta, desapareció de la escena en momentos en que los fotógrafos documentalistas recién empezaban a ser reconocidos como artistas, dijo Andrew Perchuk, subdirector del Getty Research Institute, que posee el archivo fotográfico de Brittin.
"Era un personaje absolutamente crítico en Los Angeles, debido a que estaba en la intersección de muchas de las cosas que estaban pasando", dijo Perchuk. "También fue uno de los grandes fotógrafos civiles y políticos de la época".
Brittin, que sufrió transplantes de riñón e hígado en los años noventa, murió el domingo de neumonía en el Saint John’s Health Center en Santa Mónica, informó su abogado Salomon Illouz. Tenía 82 años.
Uno de los primeros temas que fascinó a Brittin como fotógrafo fue la somnolienta Venice Beach, donde tomó fotos "cargadas de silenciosa belleza y triste dulzura", de acuerdo al libro ‘Charles Brittin: West and South’, cuya publicación se espera para abril.
Plasmó la Venice Beach antes de que se aburguesara y que hoy ha desaparecido totalmente: torres de perforación de pozos de petróleo, casas y un canal y la decadencia en el marco de lo que había sido un monumental puente arqueado. En ‘Big Head, Ocean Park’ (1957), una circense y ligeramente perturbadora ventanilla hace de garita de un palacio de la risa.
Un encuentro casual con el seminal artista de la escena beat de los años cincuenta, Wallace Berman, introdujo a Brittin en un círculo de artistas de vanguardia que se reunían en la Ferus Gallery, la influyente galería de arte contemporáneo, en La Ciénaga Boulevard.
La choza de Brittin en Venice Beach se convirtió en la segunda casa del grupo, y él en el fotógrafo oficioso de un grupo que incluía a los actores Dean Stockwell y Dennis Hopper, el artista John Altoon, el curador Walter Hopps y el poeta David Meltzer.
"Probablemente fue el fotógrafo de la generación beat", dijo Craig Krull, dueño de una galería de arte en Santa Mónica, que exhibió el trabajo de Brittin en 1999.
"Un montón de personas que fue fotografiada por Charles terminaron convirtiéndose en personajes legendarios", dijo Krull. "Sus fotografías son más que meros documentos de artistas y acontecimientos. Son materiales muy incisivos, poderosos, poéticos y fuertes".
También poseen "resonancia romántica", porque muchos elementos en ellas han "desaparecido para siempre", dice Brittin en el catálogo de la exposición de 1999.
Cuando el movimiento beat abrió el camino de las protestas civiles en los años sesenta, Brittin llevó su cámara a la primera línea, y sus imágenes, a menudo rigurosamente enfocadas, se llenaron de crudas emociones. Una de ellas, tomada en una protesta frente al Federal Building de Los Angeles en 1965 no muestra ningún rostro, sino solamente partes de cuerpos: las piernas abiertas de una manifestante negra cuando es agarrada por un agente blanco.

Su activismo político tenía sus raíces en su infancia en Cedar Rapids, Iowa, donde Charles William Brittin había nacido el 2 de mayo de 1928.
Era el menor de tres hijos de un padre que abandonó la enseñanza por una tiende de abarrotes. "Agudamente consciente" de que su familia había "perdido posición", llegó a identificarse con los oprimidos, recuerda Brittin en el catálogo.
A los quince, tras la muerte de su padre, se mudó con su madre al barrio de Fairfax en Los Angeles. El cuerpo estudiantil liberal de la Escuela Secundaria de Fairfax influyó en sus opiniones políticas, y pronto era un marxista "en ruta para cambiar el mundo", dijo Brittin al Times en 1999.
Se mudó nuevamente, a Pomona, y después de egresar de la secundaria pasó varios años estudiando en la Universidad de California en Los Angeles, UCLA.
En los años cincuenta se casó y divorció dos veces, y compró su primera cámara.
Su tercera esposa, Barbara, con la que se casó en 1961, compartía sus compromisos políticos.
La pareja, que donaba dinero al Congreso de la Igualdad Racial, asistió a una manifestación donde el grupo se planteaba la siguiente pregunta: "¿Quién está preparado para ser detenido esta semana?"
"En seis meses, Barbara estaba enseñando técnicas de resistencia no violenta, y yo estaba haciendo fotografías políticas", declaró Brittin al Times en 1999.
Hizo dramáticas impresiones en blanco y negro de las protestas en California del Sur y en Misisipí y Luisiana, donde él y su esposa pasaron tres meses en 1965. A fines de los años sesenta, Brittin estaba haciendo la crónica del movimiento de los Panteras Negras.
"Tenía un sentido absolutamente fenomenal de la composición", dijo Perchuk. "Incluso cuando estaba en medio de una manifestación, encontraba el modo perfecto de transmitir con precisión lo que estaba ocurriendo".
De 1963 a 1970, Brittin trabajó como el fotógrafo oficial en el estudio en Los Angeles de los célebres diseñadores Charles y Ray Eames.
Durante su carrera, también fotografió naturalezas muertas compuestas de objetos poco típicos, como los pies de una mujer con zapatos de taco alto con una cadena de hierro o cabezas de muñeca.
Las fotografías de Brittin serán mostradas en la exposición ‘Pacific Standard Time’, una exhibición de su trabajo que se inaugurará el 1 de octubre en el Getty Center.
Cuando una lenta y progresiva enfermedad empezó a deteriorar su salud, puso a un lado sus cámaras hasta los años noventa, cuando su salud mejoró después de los transplantes.
Vivió durante décadas, con Barbara, en el Cañón de Santa Mónica. Ella murió en 2003 a los 74 años. Brittin no tiene supervivientes directos.
Antes del movimiento por los derechos civiles, carecía de "confianza para explotar las oportunidades que se me presentaban", dijo Brittin en el catálogo de 1999. "Entonces estaba en juego algo más que mi comodidad personal, de modo que fui capaz de ponerme agresivo y hacer cosas que me parecían poco naturales".
16 de febrero de 2011
29 de enero de 2011
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murió milton rogovin


Fotógrafo. Se especializaba en la fotografía social, especialmente de los más desamparados.
Murió el martes en su casa en Buffalo, Nueva York, el célebre fotógrafo de los oprimidos que descubrió su vocación después de ser perseguido durante la Caza de Brujas Anticomunista de los años cincuenta, informó su familia. Tenía 101 años.
"Su trabajo es vital e importante en la evolución de la fotografía social documental", dijo al diario Buffalo News el director de la Galería de Arte Albright-Knox, Louis Grachos, en 2009.  "Es reconocido como un tesoro nacional".
Sus fotografías registraban las vidas de los pobres, de los desposeídos, de la clase trabajadora, en especial de aquellos que vivían en un vecindario de seis manzanas en Buffalo cerca de su consulta de optometría.
"Los ricos tienen sus fotógrafos. Yo fotografío a ‘los olvidados’", decía Rogovin a menudo, empleando una frase que fue también el título de su primer libro.
Rogovin también encontró a ‘olvidados’ en las reservas tribales del estado de Nueva York y en remotos rincones de China, Zimbabue, Francia, Escocia y España.
Inició su carrera de cuarenta años en la fotografía con una serie sobre las iglesias negras de Buffalo. Luego viajó por los Apalaches, Chile y México para retratar a trabajadores, utilizando siempre una Rolleiflex clásica, un flash, ocasionalmente un trípode y rollos en blanco y negro.
"Hay algo de ingenuidad en su fotografía", dijo al Washington Post en 2003 el fotógrafo Harvey Wang. "Si haces una gran foto, es accidente; si haces dos, es casualidad. Cuando haces tantas como él, es arte".

Nacido el 30 de diciembre de 1909 en Nueva York, Rogovin dijo después que empezó a participar activamente en política debido a su infancia pobre.
Estudió en la Universidad de Columba en 1931 y se mudó a Buffalo en 1938 para practicar la optometría.
En 1942 se casó con Anne Setters, compró su primera cámara y fue llamado a servir por el ejército de Estados Unidos.
Después de la guerra, organizó una filial del sindicato de optometristas y fue bibliotecario del Partido Comunista de Buffalo. En 1957 fue citado por el Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes.
Al día siguiente, un titular de un diario de Buffalo decía: "Rogovin Mencionado como Importante Rojo, Elude Casi Todas las Preguntas".
La publicidad negativa lo obligó a cerrar su práctica y Rogovin retornó a la fotografía.
"Me habían silenciado", dijo Rogovin en 2003 en el Washington Post, "así que decidí hablar a través de mi cámara".
Un importante proyecto fue ‘Triptychs’, que documentaba una zona pobre de Buffalo a principio de los años setenta. Volvió a principio de los ochenta y noventa para fotografiar muchos de sus temas originales.
Sus fotografías están en la colección del Museo J. Paul Getty de Los Angeles y han sido expuestas en numerosas instituciones.
Anne, su esposa maestra, murió en 2003 a los 84 años.
A Rogovin le sobreviven su hijo Mark, y dos hijas -Ellen Rogovin Hart y Paula Rogovin; cinco nietos y cuatro biznietos.
1 de febrero de 2011
20 de enero de 2011
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murió lee lockwood


Retrató la vida durante el comunismo. Escribió un célebre libro sobre Fidel Castro, al que entrevistó intensamente durante una semana..
[Margalit Fox] Murió el 31 de julio en Tamarac, Florida, el reportero gráfico Lee Lockwood, que tuvo la rara oportunidad de captar la vida política, militar y civil de países comunistas -documentando el tratamiento de un prisionero de guerra estadounidense en Vietnam del Norte y convenciendo a Fidel Castro para una larga entrevista, con discursos, humo de cigarros y muy personal.
La causa de su muerte fueron complicaciones de diabetes, informó su hermana Susan Lewinnek.
En su trabajo durante décadas quedó claro que Lockwood consideraba el periodismo fotográfico como un potente instrumento para el cambio social. Fotógrafo independiente, estuvo asociado durante muchos años con la agencia Black Star, que entregaba sus fotografías a diarios y revistas de todo el mundo.
También escribió varios libros, incluyendo ‘Castro’s Cuba, Cuba’s Fidel: An American Journalist’s Inside Look at Today’s Cuba in Text and Picture’ (Macmillan, 1967).
En 1967, en el punto más álgido de la Guerra de Vietnam, Lockwood fue el primer fotógrafo extranjero en más de una década en ser autorizado a entrar a Vietnam del Norte. (No mucho antes, mientras investigaba en La Habana para su libro sobre Castro, había obtenido prudentemente una visa norvietnamita allá).
El fruto de la visita de veintiocho días de Lockwood, un ensayo abundantemente ilustrado, titulado ‘North Vietnam Under Siege’, fue publicado en el reportaje de portada de la edición del 7 de abril de 1967 de la revista Life.
Aunque el viaje de Lockwood a Vietnam del Norte fue cuidadosamente controlado -le prohibieron fotografiar instalaciones militares y lo acompañaba siempre un funcionario del gobierno-, logró recorrer 1.600 kilómetros en el mes que estuvo ahí.
En palabras y fotos, Lockwood retrató la vida de un país que estaba entonces siendo bombardeado pesadamente por fuerzas estadounidenses: pueblos destruidos y vacíos; fábricas abandonadas; un niño con una pierna, perdida la otra por una bomba. También había imágenes más apacibles, de granjeros, vendedoras de flores y tintoreros trabajando.
Su encuentro más extraordinario, en Hanoi, fue con el teniente comandante Richard A. Stratton, un piloto de la Armada estadounidense que había sido capturado en 1967. Mientras escuchaban Lockwood y otros periodistas extranjeros, un hombre que se identificó como el comandante Stratton leyó a través de los altavoces una larga "confesión" en la que atacaba la intervención norteamericana en la región.
Entonces, desde detrás de un cortina, apareció el comandante Stratton, con aspecto de "títete", escribió Lockwood.
"Sus ojos estaban vacíos", escribió Lockwood. "Estuvo cuadrado mientras lo enfocaban con los focos y los fotógrafos hacían fotografías. Su expresión no cambió nunca".
Acompañando la versión de Lockwood se veía en su fotografía al comandante Stratton, en pijama de cárcel, haciendo una profunda y suplicante venia cuando recibía órdenes de un oficial norvietnamita. La imagen, que ocupó toda una página del artículo en Life, fue reproducida ampliamente.
Parcialmente en respuesta al artículo de Lockwood, el Departamento de Estado acusó a Vietnam del Norte del lavado de cerebro de prisioneros estadounidenses para obtener de ellos declaraciones contra la guerra.
En una entrevista con el New York Times en 2009, el comandante Stratton, que había sido liberado en 1973, sugirió que esas declaraciones eran menos el producto de un lavado de cerebro que sentido común.
"Te están torturando todo el tiempo y todo lo que tienes que hacer para dejen de hacerlo es decir lo mismo que está diciendo Bobby Kennedy", dijo el comandante Stratton said.

Lee Jonathan Lockwood nació el 4 de mayo de 1932 en Nueva York y empezó a fotografiar de niño. Se licenció en literatura comparada en la Universidad de Boston en 1954 e hizo trabajo de investigación para su tesis en la Universidad de Columbia. A mediados de los años cincuenta, sirvió en el ejército, en Munich.
Además de su hermana, la señora Lewinnek, le sobreviven a Lockwood su esposa, la antigua Joyce Greenfield, con la que se casó en 1964; su hermano Roger; dos hijos: Andrew Lockwood y Gillian Rubin; y seis nietos.
Otros de sus libros son ‘Conversation With Eldridge Cleaver: Algiers’ (McGraw-Hill, 1970) y Daniel Berrigan: Absurd Convictions, Modest Hopes — Conversations After Prison With Lee Lockwood’ (Random House, 1972).
El libro mejor conocido de Lockwood fue el que nació de su extensa entrevista con Castro, que se extendió durante toda una semana en Cuba en 1965. El discurso giró sobre marxismo, la crisis de los misiles, las relaciones raciales en Estados Unidos, el sexo, la prostitución y muchas otras cosas.
Según creía Lockwood, era vital que los lectores estadounidenses recibieran el retrato completo de un hombre conocido aquí, en el mejor de los casos, como cifra, en el peor, como demonio.
"No nos gusta Castro, así que cerramos los ojos y nos tapamos los oídos", escribió en la introducción del libro. "Sin embargo, si fuera realmente nuestro enemigo, tan peligroso para nosotros como se nos dice, deberíamos saber todo lo posible sobre él".
20 de agosto de 2010
7 de agosto de 2010
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murió bill hudson


Fotógrafo de AP que documentó la era de los derechos civiles. Una foto de 1963 en la que se ve a un agente de policía cogiendo a un chico negro por su suéter mientras deja que un perro policial hunda sus dientes en el estómago del joven, fue considerada como un factor que contribuyó a que la opinión pública adoptara la causa de los derechos civiles.
Murió el jueves por una insuficiencia cardiaca congestiva en un hospital de Jacksonville, Florida, el fotógrafo de la Associated Press, Bill Hudson, cuyas abrasantes imágenes de la era de los derechos civiles documentaron la brutalidad policial y galvanizó a la opinión pública. Tenía 77 años.
Hudson estaba en Birmingham, Alabama, cuando un grupo de manifestantes negros desafió la prohibición de manifestarse decretada por el ayuntamiento en 1963 y la policía azuzó a sus perros contra los manifestantes, y nuevamente en Selma, Alabama, cuando el arma favorita de los policías fueron las mangueras de bomberos.
Más perdurable en la carpeta de Hudson es una fotografía del 3 de mayo de 1963 en la que un agente con gafas de sol oscuras sujeta a un chico por el suéter mientras permite que un perro policial hunda sus dientes en el estómago del joven. El niño, Walter Gadsden, mira hacia el suelo, con expresión de pasividad.
La foto fue publicada al día siguiente en el Times, en The New York Times y en numerosos otros diarios. Muchos llegaran a considerarla como un factor que galvanizó a la opinión pública a favor de los partidarios de los derechos civiles.
En ‘Carry Me Home’ (2001), el libro de Diane McWhorter sobre la era de los derechos civiles en Birmingham, el autor argumenta que la foto contribuyó a empujar a la "opinión pública internacional hacia el lado de la revolución por los derechos civiles".
Phil Sandlin, que documentó el movimiento por los derechos civiles para la United Press International antes de unirse a la AP, dijo que Hudson se acercó a él, pese a que trabajaba para la competencia.
"Era probablemente el fotógrafo más temido contra el que he tenido que trabajar, porque eran tan, tan bueno", dijo Sandin. "Era muy frío; no se ponía nervioso con nada. Era bueno trabajar con él, pese al hecho de que éramos competidores".

Hudson nació el 20 de agosto de 1932 en Detroit y empezó su carrera como fotógrafo en el ejército en 1949. Más tarde trabajó para el Press-Register, de Mobile, Alabama, y para el Chattanooga Times antes de incorporarse a la AP en Menfis en 1962. Dejó la AP en 1974, para trabajar para la UPI.
A Hudson, que vivía en Ponte Vedra, Florida, le sobreviven su esposa Patricia, y una hermana, Sharon Garrison, de Laguna Beach.

3 de julio de 2010
26 de junio de 2010
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presagio del terror


Martín Chambi: Fotógrafo indígena nacido en Perú en 1891, capturaba con sus imágenes la vida en la antigua capital de Tahuantinsuyo, poblada por indios y mestizos. Su producción trasciende lo documental y se instala en el reflejo colectivo de su etnia.
[Alfredo Srur] Sus fotografías se dividían entre las creaciones por encargo y las personales. Las primeras eran trabajos en estudio, generalmente retratos; mientras que las de autor se vinculaban con una mirada antropológica y social de su entorno. Las tribus andinas, las tradiciones locales, las vistas de Cuzco y restos arqueológicos eran fuente de su inspiración. Pero también sus imágenes retratan la pujante modernidad de principios del siglo XX. El ferrocarril, el automóvil y el aeroplano han quedado como marca de sus fotografías, como huellas de su propio presente. Su obra concluye abruptamente después del terremoto que azotó a Cuzco en 1950, cuando su salud decae y se apaga su creatividad.

Admiro a Martín Chambi. Creo que es uno de los prototipos de fotógrafo que más me deslumbran. Pasó de ser trabajador en las minas de oro a principios del 1900 en Perú (con sólo 14 años) a ser aprendiz de fotógrafo por los mismos ingleses que explotaban las minas. Así empezó.
Al ver sus imágenes pienso en la fotografía actual: ¿qué pasó con el oficio del fotógrafo? En un mundo dominado por la tecnología, ¿a quién se le ocurre que un minero hoy día pueda acceder a una cámara digital? Y no estoy hablando de las cámaras de los celulares, tan accesibles en la actualidad, sino en el aprendizaje del oficio con elementos nobles. Pienso en qué pasó desde los primeros retratos de Nadar hasta las millonarias fotos de Andreas Gursky, o desde las fabulosas aventuras de Edward Curtis hasta las actuales megaproducciones de Salgado. O qué pasó desde los reportajes de ‘Life’ de los años ‘50 hasta las coberturas de guerra actual, hechas por fotógrafos ‘trotamundos’ del desastre, donde mostrar cadáveres está prohibido. Aquí es donde la fotografía, en mi opinión, deja de ser una herramienta diseñada para la reflexión y se transforma en propaganda de agencias internacionales. La fotografía debería ser una excusa para crear un contenido que trascienda; la tecnología hace todo tan fácil en apariencia que la reflexión es menor, hay una sensación de que todo vale lo mismo. Estamos asfixiados por millones de imágenes que son lo más parecido a la nada, pero con mucho ruido. A pesar de ser la época de mayor producción de imágenes en la historia de la humanidad, estas fotos vivirán y morirán sin conocer la copia en papel, condenadas a vagar por el inerte ciberespacio, hasta desaparecer en el olvido.
Esta imagen de Chambi, creo, simboliza nuestra cultura. Muestra claramente la injusticia, lo ridículo, lo sin sentido y la violencia de la que pocos hablan. El fotógrafo muestra algo vergonzoso: el orgullo (que ni siquiera es orgullo, también hay sometimiento por parte del uniformado) del policía tirando de la oreja a un pobre niño descalzo, que no puede pisar la vereda sino los adoquines. Vemos también que ese gesto estaba bien visto en aquella sociedad, como hace poco estaba bien visto para los marinos americanos torturar a los prisioneros iraquíes y mearlos encima y sacarse fotos caseras, sin técnica.
El policía peruano tiene a un niño como trofeo, un niño pobre, que no puede lastimar a nadie. Sus zapatos relucientes y sus pulcros guantes blancos, en comparación con la frágil humanidad del niño, me da una sensación de horror, de quirófano del terror. Chambi nos muestra el sistema en su mayor crudeza, y todavía se siente actual. Y eso, creo yo, es lo más perturbador.
¿Que pensó Chambi al tomar esa foto? Estoy convencido de que antes de apretar el obturador reparó en la injusticia al que su pueblo estaba sometido. Chambi, a pesar de ser casi iletrado, tenía una alta conciencia artística y social. Sus fotografías estaban divididas entre trabajos por encargo y por interés personal. Nadie le pagaba por fotografiar a los indígenas y mestizos de la época. Ese era su legado, su creencia.

3 de mayo de 2010
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murió hugh van es


Reportero gráfico holandés que fotografió la famosa evacuación de Saigón. A los 67. En la foto, los evacuados se pelean por abordar un helicóptero de la CIA en la terraza de un edificio de departamentos de Saigón, el 29 de abril de 1975.
El viernes en Hong Kong murió Hugh van Es, fotógrafo holandés que cubrió la Guerra de Vietnam y registró la imagen más famosa de la caída de Saigón en 1975 -un grupo de gente subiendo por una escalerilla a un helicóptero de la CIA en la terraza de un edificio. Tenía 67 años.
Van Es murió en el Queen Mary Hospital. Sufrió una hemorragia cerebral la semana pasada y nunca recobró la conciencia, informó su esposa Annie.
Delgado, ronco y siempre bromeando, van Es era considerado por sus colegas como un hombre intrépido e ingenioso.
Llegó a Hong Kong como independiente en 1967, se unió al South China Morning Post como editor de fotografía y al año siguiente tuvo la oportunidad de viajar a Vietnam como técnico de sonido de NBC News. Después de un breve período, trabajó como fotógrafo para la Associated Press en Saigón de 1969 a 1972 y luego cubrió los últimos tres años de la guerra de 1972 a 1975 para la agencia United Press International.
Su foto de un soldado herido con una pequeña cruz brillando contra su oscura silueta, tomada este mes hace cuarenta años, se convirtió en la foto mejor conocida de la batalla de Hamburger Hill en mayo de 1969.
Y su foto del escape en helicóptero desde un tejado de Saigón el 29 de abril de 1975, se convirtió en una metáfora de la desesperada retirada de Estados Unidos y su fracaso en Vietnam.
Cuando las fuerzas norvietnamitas se acercaban a la ciudad, más de mil vietnamitas se unieron a los civiles y militares estadounidenses que huían del país, la mayoría en helicópteros desde el tejado de la embajada estadounidense.
A unas calles de allí, otros escalaron hasta la terraza de un edificio de departamentos que albergaba a funcionarios de la CIA y sus familias, con la esperanza de escapar a bordo de un helicóptero de Air America, la aerolínea de la CIA.
Desde su estratégica posición en el balcón de la oficina de UPI unas cuadras más allá, van Es registró la escena con una lente de 300mm, el más grande que tenía.
Estaba claro, dijo van Es posteriormente, que de las cerca de treinta personas que había en el tejado, sólo algunas podrían escapar, y el UH-1 despegó sobrecargado.
La foto le conquistó a van Es considerable fama, pero años después contó a amigos que pasó un buen tiempo explicando que no era una foto del tejado de la embajada, como se creía ampliamente.
La imagen ganó todavía más fama después de que el musical ‘Miss Saigon’ incluyera un final en que los americanos dejan la ciudad en helicóptero, desde el tejado de la embajada.

Hubert Van Es nació en Hilversum, Países Bajos. Dijo que había decidido dedicarse a la fotografía después de visitar una exposición en un museo local cuando tenía trece años y ver el trabajo del legendario fotógrafo de guerra, Robert Capa.
Tras terminar la universidad, empezó en 1959 a trabajar como fotógrafo para el Nederlands Foto Persbureau en Amsterdam. Pero encontraría su hogar en Asia.
Cuando terminó la Guerra de Vietnam en 1975, van Es volvió a Hong Kong, donde continuó trabajando como autónomo para diarios y revistas estadounidenses y europeas y tomando instantáneas para películas de Hollywood en locación en Asia.
Él y su esposa, Annie, a la que conoció en Hong Kong, estuvieron casados durante 39 años. Le sobrevive Annie y una hermana, en Holanda.

18 de mayo de 2009
15 de mayo de 2009
©los angeles times 
cc traducción mQh
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