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rumsfeld no se arrepiente


En sus memorias, sigue convencido de su verdad.
[Bradley Graham] Donald Rumsfeld, el ex ministro de Defensa, ese maestro de los comentarios ácidos, ahora admite que, en algunos casos, fue demasiado lejos. El funcionario, que más que cualquier otro en el gobierno de Bush, era la bravuconería y la arrogancia personificadas, ha llegado a lamentar su expresión "esas cosas pasan" sobre los primeros saqueos en el Iraq de posguerra. Admite que la ocurrencia de decir "la vieja Europa" -refiriéndose a Alemania y Francia- por no apoyar el uso de la fuerza en Iraq, no fue una demostración de una diplomacia hábil.
En cuanto a su declaración, durante los primeros días de la invasión de Iraq: "Ahora sabemos dónde están", refiriéndose a los presuntos arsenales de armas de destrucción masiva -bueno, Rumsfeld quiere que la olvidemos.
Pero Rumsfeld todavía no puede resistir -en sus memorias, que serán publicadas la semana entrante- la tentación de lanzar algunos tortazos contra los ex ministros Colin L. Powell y Condoleezza Rice, así como contra algunos legisladores y periodistas. Llega incluso a describir al ex presidente Bush como presidiendo un proceso de seguridad nacional marcado por decisiones incoherentes y políticas inconsistentes que habrían dañado enormemente la guerra en Iraq.
Gran parte de la retrospectiva de Rumsfeld refuerza las primeras versiones sobre un Consejo de Seguridad Nacional disfuncional y lleno de tensiones entre el Pentágono y el Departamento de Estado, lo que muchos críticos dentro y fuera de la administración le atribuyeron a él mismo. Hablando por primera vez desde que dejara el cargo hace cuatro años, el ex personero del Pentágono ofrece una vigorosa explicación de sus propios pensamientos y acciones y ha puesto a disposición del público en su página web (www.rumsfeld.com) muchos documentos previamente privados o confidenciales.
Mostrándose  rudo y desafiante como siempre en su autobiografía de ochocientas páginas, ‘Known and Unknown’, Rumsfeld sigue en gran parte convencido de haber tomado decisiones correctas en el conflicto de Iraq y concluye que la guerra valió la pena. Si Saddam Hussein hubiera seguido gobernando, dice, Oriente Medio sería ahora "mucho más peligroso de lo que es hoy".
Respondiendo a la acusación de que no proporcionó tropas suficientes para la guerra, admite que, "en retrospectiva, hubo muchos momentos en que una mayor cantidad de tropas nos habría ayudado". Pero insiste en que si los altos oficiales militares tuvieron reservas sobre el contingente de las fuerzas invasoras, nadie se lo dijo nunca. Y a medida que el conflicto avanzaba, dice, los comandantes, incluso presionados repetidas veces para que dieran su opinión, no le pidieron más tropas ni expresaron desacuerdo con su estrategia.
Gran parte de su explicación de porqué algunas cosas salieron mal durante el crucial primer año de la ocupación de Iraq se deriva de la incapacidad, durante la preguerra, para decidir cómo controlar la transición política de posguerra. Antes de la guerra se debatieron dos aproximaciones diferentes: la visión del Pentágono de que el poder debía ser entregado rápidamente a un gobierno iraquí provisional compuesto por varios exiliados iraquíes, y la visión del Departamento de Estado que favorecía una transición más lenta que permitiera que emergieran nuevos líderes desde dentro del país.
"Esas diferencias clave no fueron nunca ni clara ni firmemente resueltas en el Consejo de Seguridad Nacional", escribe Rumsfeld. "Sólo el presidente podía hacer eso".
Rumsfeld responsabiliza a L. Paul Bremer III, que dirigió el primer año de la ocupación, de implementar un plan grandioso más en línea con la visión del Departamento de Estado que con la del Pentágono. Aunque Bremer ha dicho que mantuvo siempre completamente informado a los funcionarios del Pentágono, Rumsfeld, que era nominalmente jefe de Bremer, ahora se describe a sí mismo como lento a la hora de interpretar las intenciones de Bremer.
Rumsfeld afirma que Bush empeoró el asunto permitiendo confusión en la cadena de mando y dejando que Bremer decidiera con qué altos funcionarios de Washington quería tratar. Rumsfeld cita un memorándum que se escribió a sí mismo cuando se anunció el nombramiento de Bremer en mayo de 2003, criticando discretamente a Bush por haber tenido que almorzar con el nuevo enviado. "No debería haberlo hecho", dice el memorándum. El presidente "lo vinculó con la Casa Blanca, no con" el Pentágono o el Departamento de Estado.
"Había demasiados capitanes dirigiendo el buque, lo que, en mi opinión, era una fórmula para empujarlo hacia el abismo", escribe Rumsfeld en su libro.
Criticando agudamente a algunos de sus antiguos colegas, Rumsfeld retrata a Powell como reinando sobre un Departamento de Estado que se mostraba reticente a aceptar la dirección política de Bush y empecinado en agarrar a tortazos anónimos al Pentágono utilizando la prensa. Regaña a Rice en su papel inicial como asesora de seguridad nacional por escribir largos ensayos sobre las diferencias, en lugar de presentar a Bush opciones claras en los casos en que el Pentágono y el Departamento de Estado no estaban de acuerdo.
Más tarde, después de que Rice sucediera a Powell como secretario de Estado, Rumsfeld argumenta que ella empujó al presidente paquistaní Pervez Musharraf con demasiado entusiasmo hacia prácticas más democráticas, colocando erróneamente los derechos humanos por encima de los intereses de seguridad más importantes para Estados Unidos en Uzbekistán, y prosiguió infructuosamente una política de acercamiento diplomático con Siria, Irán y Corea del Norte.
Aunque cuidadoso a la hora de describir a Bush como persona en términos elogiosos, Rumsfeld sugiere que el ex presidente no fue capaz de superar los desacuerdos entre sus asesores más cercanos. Bush "no recibió siempre, y puede no haber insistido en ello, una presentación oportuna de sus opciones antes de tomar una decisión, ni tampoco fueron sus decisiones implementadas de manera efectiva", escribe Rumsfeld.
Esas críticas contrastan con la conocida aversión de Rumsfeld a publicitar sus a veces despectivas opiniones sobre sus colegas o a discutir asuntos internos del gobierno. Sin embargo, sus mordaces observaciones se acercan mucho a ataques ad hominem, y el tomo de memorias, incluso con sus destellos de persistente resentimiento, mantiene un tono mesurado.
En algunos lugares, Rumsfeld, ahora de 78 años, deja ver un lado más vulnerable que el que mostró en el cargo. Habla con ternura sobre los intentos de sus tres hijos -Nick, y su hija Marcy- para superar su adicción a las drogas. Relata un emotivo momento quince días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 cuando Bush le preguntó sobre la reciente decisión de Nick de ingresar en un centro de rehabilitación. Rumsfeld se describe a sí mismo como destrozado.
El libro, un ejemplar del cual fue obtenido por el Washington Post antes de la fecha de lanzamiento del 8 de febrero, cubre toda la vida de Rumsfeld, incluyendo sus periodos en el gobierno y su larga carrera como hombre de negocios. Pero más del sesenta por ciento del libro gira sobre sus polémicos años como ministro de Defensa de Bush.
En un largo capítulo sobre el trato que daba el gobierno a los detenidos en tiempos de guerra, Rumsfeld lamenta no haber renunciado a su puesto en mayo de 2004, después de las revelaciones que provocaron el escándalo de la cárcel Abu Ghraib. En esos momentos, Bush rechazó sus dos cartas de renuncia, con cinco días de diferencia. Pasaron otros dos años y medio antes de que Bush, obligado por la derrota de los republicanos en el Congreso, decidiera dejarlo marchar.
"Retrospectivamente, veo que hay cosas que el gobierno pudo haber hecho de otro modo y mejor con respecto a los detenidos en tiempos de guerra", reconoce Rumsfeld.
Rumsfeld argumenta que el gobierno se equivocó en concentrarse tanto en la mantención de las atribuciones presidenciales que inicialmente evitó negociar con el Congreso sobre cómo tratar a los prisioneros. Un importante proponente de esta estrategia, observa Rumsfeld, fue el ex vicepresidente Dick Cheney, un amigo de toda la vida. Rumsfeld dice que habría sido mejor ganar el apoyo del Congreso pidiéndole intervenir en la redacción de una ley sobre los prisioneros.
Incluso así, Rumsfeld duda que las prácticas resultantes hubieran diferido mucho. Sigue convencido de que en general el Pentágono llevó bien los interrogatorios de los prisioneros, y de que fue una decisión correcta su propia aprobación de técnicas de interrogatorio que eran mucho más severas que las que aparecen en el Manual de Campo del Ejército, el control de la prisión de Bahía Guantánamo y la creación de las comisiones militares. Y observa que incluso el gobierno de Obama no ha tenido más alternativa que mantener la cárcel de Guantánamo y continuar la detención de presos acusados de terrorismo sin reconocer que son prisioneros de guerra.
20 de febrero de 2011
2 de febrero de 2011
©washington post
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museo travesti del perú


Giuseppe Campuzano es filósofo, travesti, activista y autor de uno de los libros más importantes de la historiografía, el arte y la literatura peruana de los últimos años, ‘Museo travesti del Perú’ (2008). Soy conversó con él en su casa de Lima.
[Daniel Link] Lima, Perú. El libro ‘Museo travesti del Perú’ (2008) es un libro cuadrado de tapas rosas y páginas a lo largo de las cuales se suceden ilustraciones, textos, recortes de periódicos, viejas ordenanzas virreinales, retratos, crónicas y cronologías.
Una cuádruple página estadística puntúa, hacia el final del libro, las varias condenas de la historia al travestismo, entre 1776 y 2005. El 8 de abril de 1776, Don Agustín de la Encarnación "fue arrestado por los serenos; transferido al Tribunal de la Inquisición de Lima, donde su matrimonio con doña Isabel Fernández de Torres fue anulado". El 31 de diciembre de 2005, Tatiana fue "desvalijada y golpeada por el Serenazgo de Lima en la cuadra 13 de la avenida Arequipa".
Pero antes, mucho antes, el veredicto ya había sido formulado. Por ejemplo, en las "Ordenanzas para el Repartimiento de Jayanca, Saña", firmadas por la Audiencia de Lima en 1566, donde se prescribe que "si algun yndio condujere en abito de yndia o yndia en abito de yndio los dichos alcaldes los prendan y por la primera vez les den çient açotes y los tresquilen publicamente y por la segunda sean atados seis oras a un palo en el tianguez a vista de todos y por la terçera vez con la ynformaçion preso lo remitan al corregidor del ualle o a los alcaldes hordinarios de la Villa de Santiago de Miraflores par que hagan justiçia dellos conforme a derecho" (sic).
No estaba, todavía, establecida la ortografía y apenas si existían las ciudades en América ("descubierta" poco más de sesenta años antes), pero la intolerancia "hacia el continuum del género indígena" y la necesidad de segmentarlo de acuerdo con las tradiciones testamentarias ya era una obsesión del conquistador.
Museo travesti del Perú no es sólo un museo (imposible, como ha señalado Mario Bellatin) del travestismo peruano sino principalmente, y sobre todo, un Museo de Perú entendido como una entidad travesti, desde antes de la Conquista y después de ella.
En ‘Toda peruanidad es un travestismo’, el prólogo del Museo, Giuseppe Campuzano lo dice con todas las letras: "‘El Museo travesti del Perú’ nace de la necesidad de una historia propia –una historia del Perú inédita–, ensayando una arqueología de los maquillajes y una filosofía de los cuerpos, para proponer una elaboración de metáforas más productiva que cualquier catalogación excluyente. Se trata de un ‘museo falso’ (como el apelativo de ‘falsa mujer’ con que este lenguaje maniqueo nos adjetiva). Museo embozado, cuyas máscaras –la artesanía, la fotocopia, la gigantografía, el banner, esos sistemas de producción en masa– no ocultan sino, al contrario, muestran. No camuflan sino travisten".

El Autor
Giuseppe Campuzano es "travesti hasta el nombre", como él mismo reconoce con una sonrisa: su DNI (que en el Museo él traviste como De Natura Incertus) dice que su nombre es Frank Giuseppe Campuzano Espinoza,
y que nació el 14 de septiembre de 1969, pero él sabe que su cuerpo es en realidad una forma de vida atravesado por llamamientos que vienen de tiempos inmemoriales. También de eso da cuenta el Museo: de una "exploración de la propia experiencia del autor".
Giuseppe tiene ocho hermanos, de los cuales tres viven o vivieron en Lima. Alguna vez pensó que le convenía vivir en los Estados Unidos y se mudó a Virginia. Pero sólo aguantó seis meses y volvió corriendo a su tierra, "aunque mis mejores amigos se han muerto o se han ido afuera".
En 2003 comenzó la investigación para este libro que es mucho más que un libro. La importancia de Severo Sarduy, reconoce Giuseppe, fue decisiva: "En ‘De dónde son los cantantes’ está la génesis de este libro, porque allí plantea que las travestis son de Cuba". En mayo de 2004 hizo la primera muestra de los materiales que iba recopilando: "Al principio fue una cosa muy personal, muy mía. Quería poner un poco en cuestión esta estética que venía de Hollywood, darle un poco la vuelta a la historia del Perú y los cientos de casos de travestismo ritual registrados)". A lo largo de la investigación, "fui haciendo diferentes exhibiciones en galerías, en la calle, también conferencias e intervenciones más políticas. Por ejemplo, estaban esos carteles sobre ‘la mujer peruana’ con retratos de mujeres sanisidrenses (el distrito financiero de Lima). Yo fui y pegué sobre esos retratos recortes de periódicos ampliados con historias de travestis (asesinatos, arrestos y persecuciones)".
De eso se trata, de darle la vuelta, al mismo tiempo, al travestismo como práctica y a la Historia del Perú como discurso. De reivindicar el travestismo ritual y las sucesivas castas de hombres-mujeres y sus funciones bien delimitadas en las tribus y ciudades americanas. "Un personaje tendido", explica Giuseppe a partir de una pieza de alfarería, "luce trenzas, de género femenino, como también taparrabo y rodillera, éstos masculinos. Dicha combinación de características, en el contexto de la iconografía moche, da pie a la tesis de que se trata de un berdache (persona que desempeña un género otro, distinto del femenino o el masculino)". El berdache, que combinaba atributos masculinos y femeninos, establecía un nexo simbólico con lo mágico. Los cronistas atestiguaron esas prácticas y transformaron a los berdaches y a los chamanes en travestis. Pero, en todo caso, lo que queda, dice Giuseppe, es que "el travestismo es un ritual y tiene una fuerte relación con lo sagrado". Y precisa: "Fíjate que el 90 por ciento de las travestis son devotas, en una mezcla muy mestiza de catolicismo y chamanismo. Las travestis peruanas tienen incluso su propia santa, Sarita Colonia (aunque la Iglesia no la reconoce como tal)".
"Mi objetivo", dice Giuseppe, "fue recuperar todos los sentidos del travestismo: los condenados, pero también los que se les arrebataron".

El Campo y la Ciudad
Estamos acostumbrados a considerar el travestismo en contextos urbanos, ligados a una cierta mitología del glamour y del "montaje". Pero no es la única posibilidad ni aparición (la historia lo revela) del travestismo.
Giuseppe insiste: "Incluso los activistas hablan de las travestis de la ciudad y se refieren a una realidad que combina de diferente modo transformismo, prostitución, estilismo y peluquería. Pero existe en los pueblos otra versión del travestismo: hombres casados que hacen de travesti en las fiestas. A diferencia de lo que sucede en las grandes ciudades, en los pueblos las travestis están muy integrados a la sociedad. Ni siquiera podría sostenerse una relación unívoca entre travestismo y homosexualidad".
Como "somos países muy machistas y militarizados", dice Giuseppe, "mi premisa fue trabajar ‘conchudamente libre’, mezclando teoría queer con historia del Perú y con las historias de vida de mis amigas travesti": un enfoque multidisciplinario que revelará todas las aristas del "cuerpo como político" (un pastiche de razas, géneros, situaciones y usos) que permita nada menos que "fundar una nueva nación para un nuevo cuerpo".

Ameriqueer
"Los políticos que se oponen a la homosexualidad niegan el travestismo en términos históricos, como si no hubiera habido nada antes, pero la historia del travestismo en América es muy rica", dice Giuseppe,
resumiendo lo que se ve y se lee en su Museo. "El travestismo ritual suponía una conexión con la otra cultura, con otra dimensión. Permitía unir dos mundos. Todo eso es muy conocido por la historiografía, pero los textos más queer (no tanto por su perspectiva sino porque ponen en evidencia lo queer de América) no se citan. Incluso hay una distorsión de la historia: Manco Capac, por ejemplo, es una figura fundamental de la política guerrera, pero él no era militar sino un chamán, y que como tal venía de una dinastía de hombres-mujeres."
Otro caso es el de los huacos, cuyas figuras son presentadas sistemáticamente como "heterosexuales". De los que no puede sostenerse semejante mistificación, aparecen como "figuras morales". "Pero los huacos", dice Giuseppe, "presentan escenas en presente continuo, de modo que son objeto de todas las apropiaciones".

El Museo
¿Por qué no un libro, una historia, un ensayo? La respuesta la da Mario Bellatin, en uno de los textos incluidos en el Museo: "Que alguien se atreva a hacer no un libro sino a crear su propio museo es una misión tan fuera de toda lógica que hace posible que allí se establezca una suerte de hecho sobrenatural.
O la aparición del arte, que es algo similar. No hay ninguna condición real para que este museo exista. Para que se decida su creación, su carácter portátil, su forma en libro. Ese es el verdadero milagro. Tangible. Concreto. De bolsillo. Donde se puede concentrar el universo entero a partir de unas cuantas imágenes y de ciertos fragmentos, restos, que siempre estuvieron presentes, pero que nadie pudo detenerse –hacía falta el milagro para que esto sucediera– y contemplarlo en toda la fascinación que su oscuridad luminosa produce. Se trata de un Museo –es que es imposible, insisto, que exista este Museo– donde el horror se instala en la mirada del otro y no en el de sus protagonistas. Es de tal magnitud el espanto que no podemos dejar de sorprendernos a cada momento con una mueca de sonrisa congelada en nuestros rostros. Las imágenes y los textos van evolucionando en su propio pánico hasta convertirnos tal vez en alguno de aquellos hombres que trabajan con la carne muerta que se procesa en esa extraña isla situada, dentro de mis sueños al menos, frente a las costas del sur. Las auras que quedan al final del recorrido saben que lo único que se puede poseer es lo que está llamado a no existir".
¿No es, en definitiva, el deseo de apropiarse de lo inapropiable? ¿No es como reformular las condiciones de posibilidad mismas de lo viviente, reinventando las genealogías, las líneas de fuga y, sobre todo, disolviendo las identidades? Giuseppe lo reconoce así: "De algún modo, me gusta pensar en mi Museo travesti como un proyecto postidentitario. Dejemos de estar inventado identidades que tienen que ver con el mercado. Si la travesti tuviera una función, debería ser eso: desbaratar, desorientar, tirar los clichés y los lugares comunes sobre la sexualidad y el género".

El Futuro
El financiamiento para el libro vino de varias ONG, en particular el Institute of Development Studies. "La repercusión fue muy buena y a partir de la publicación comencé a viajar, llevando el proyecto a diferentes lugares.
Ahora tengo un proyecto de un grupo, "Conceptualismo del Sur", en el marco de los bicentenarios latinoamericanos. Participan varios colectivos, como por ejemplo "Todos somos negros". Vamos a presentarnos ahora en Bogotá y luego en Madrid. Estoy preparando una pieza para una muestra en Praga, va a ser un "gabinete de curiosidades", al estilo de los que los exploradores llevaban a los reyes.
‘El Museo travesti del Perú’ es una obra en marcha y es, al mismo tiempo, una pieza conceptual, una obra de saber y una intervención política. "Vestir al travesti de museo es darle armas para luchar", dice Giuseppe. "La ‘vedette’ como ‘soldat’."

24 de julio de 2010
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la masacre de san patricio


Página/12, junto a Ediciones Lohle-Lumen, publica ‘La masacre de San Patricio’. El libro de Eduardo Kimel, con prólogo de Horacio Verbitsky, reconstruye uno de los crímenes más aberrantes del terrorismo de Estado: el asesinato de los sacerdotes Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.
[Silvina Friera] Argentina. Una madrugada fría, triste y trágica en el barrio de Belgrano. Una leyenda en el escenario de un múltiple crimen -–en una iglesia– congela la sangre: "Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes". La frase –imposible de olvidar– estaba junto a los cadáveres acribillados a balazos de los sacerdotes Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti. Desde ese 4 de julio de 1976, la dictadura militar ocultó y encubrió a los autores de la matanza, un grupo de tareas "salido de control", según reconoció el ministro del Interior, Albano Harguindeguy, en una reunión con autoridades eclesiásticas. Pero hizo algo más con la ominosa aprobación de los jerarcas católicos. Intentó clausurar el relato con un veredicto, atentado de la "subversión", que resultó fácilmente internalizado por amplios sectores de la sociedad paralizados por el miedo. Muchos años después, un periodista convencido de que se estaba atentando contra la memoria abrió ese relato, investigó el fusilamiento de los cinco religiosos de la congregación de los Palotinos y desmontó esa trama de silencio con valentía y excelencia. En ‘La masacre de San Patricio’ –libro que Página/12 reedita junto a Ediciones Lohlé-Lumen, con prólogo de Horacio Verbitsky–, Eduardo Kimel reconstruyó uno de los crímenes más aberrantes del terrorismo de Estado, con testimonios y documentos clave que ponen al descubierto la aceitada maquinaria de represión e impunidad protagonizada por los militares y avalada por la jerarquía eclesial y judicial.
La reedición de este libro fundamental publicado en 1989 –y que mañana los lectores podrán comprar a 10 pesos– es un homenaje a Kimel, un periodista de "combate" en la lucha por la verdad, la libertad de expresión y la vigencia de los derechos humanos. El periodista murió el 10 de febrero pasado. La investigación judicial realizada por el asesinato de los religiosos no encontró ningún responsable, a pesar de los testimonios que indican que fue cometido por un grupo de tareas integrado por el teniente de navío Antonio Pernías, el teniente de fragata Aristegui, el suboficial Cubalo y Claudio Vallejos, como declaró en agosto de 1985 ante el juez federal Néstor Blondi –que reabrió la causa en 1984– un ex integrante de la Armada, Miguel Angel Balbi. Autores y encubridores de la masacre de San Patricio quedaron impunes. Lo que aún cuesta creer es que el único condenado haya sido el periodista que la investigó. Fue una odisea judicial y política que se extendió a lo largo de veinte años, pero que culminó, afortunadamente, con la despenalización de la palabra pública en el país.
En 1995, Kimel fue condenado a un año de prisión en suspenso y al pago de una indemnización de 20.000 dólares como culpable del delito de "calumnias e injurias" contra el juez federal Guillermo Rivarola, a quien mencionó en el libro como el primer magistrado responsable de la investigación judicial de la masacre. Tremenda e injusta condena por las palabras del periodista sobre el desempeño de ese magistrado que, como subraya Verbitsky en el prólogo, "fueron las más apropiadas para describir la conducta de la mayoría de los jueces que no esclarecían esos crímenes". En la página 139 de esta reedición se puede leer el breve párrafo por el que fue perseguido judicialmente Kimel. "El juez Rivarola realizó todos los trámites inherentes. Acopió los partes policiales con las primeras informaciones, solicitó y obtuvo las pericias forenses y balísticas. Hizo comparecer a buena parte de las personas que podían aportar datos para el esclarecimiento. Sin embargo –agregaba el periodista–, la lectura de las fojas judiciales conduce a una primera pregunta. ¿Se quería realmente llegar a una pista que condujera a los victimarios? La actuación de los jueces durante la dictadura fue, en general, condescendiente cuando no cómplice de la represión dictatorial. En el caso de los palotinos, el juez Rivarola cumplió con la mayoría de los requisitos formales de la investigación, aunque resulta ostensible que una serie de elementos decisivos para la elucidación del asesinato no fueron tomados en cuenta. La evidencia de que la orden del crimen había partido de la entraña del poder militar paralizó la pesquisa, llevándola a un punto muerto."
"El caso Kimel" resume de manera "ejemplar", como advierte Verbitsky, "el impacto que puede tener el uso de las figuras legales de calumnias e injurias como mecanismo de censura, una práctica por demás extendida en Argentina a lo largo de la década del ’90". Aunque en 1996 la Cámara de Apelaciones revocó la condena al periodista, "el cardumen de obsecuentes" de la Corte menemista revocó la absolución de Kimel y ordenó un nuevo fallo contra el que no admitió recurso. En 2000, ante la imposibilidad de obtener justicia en el país, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) junto con el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil) denunció al Estado argentino ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, por la violación de los derechos a la libertad de expresión y el debido proceso del periodista. Como pasaron siete años sin que el Estado argentino cumpliera el compromiso de despenalizar las calumnias e injurias, la Corte Interamericana de Derechos Humanos lo condenó a "reparar" integralmente las violaciones causadas a Kimel, obligó al Estado a dejar sin efecto la condena penal impuesta, le dio un plazo razonable para reformar la legislación –el Congreso aprobó la despenalización de las calumnias e injurias para expresiones referidas a temas de interés público en marzo de este año– y realizar "un acto público de reconocimiento de su responsabilidad"; deuda pendiente que terminó de saldar recientemente la presidenta Cristina Fernández.
Gabriela Kimel, hija del periodista, tenía apenas dos años cuando se publicó ‘La masacre de San Patricio’. "Ahora el libro tiene otro significado –dice–. Además de ser la investigación periodística de un caso, es la prueba de cómo el derecho a la libertad de expresión no estaba garantizado. Por eso su reedición resulta de alguna manera reivindicatoria. Creo que es interesante leerlo desde esta perspectiva. Esta reedición es un interesante cierre para los años de lucha en contra de la censura y va a ayudar a hacer más conocida su investigación, que es finalmente el objetivo de la escritura del libro." Su madre le contó que mientras Kimel tipeaba con su máquina de escribir el libro, "de tanto en tanto mecía mi cochecito". El recuerdo propio resulta inapelable después de tantos años de peripecias judiciales que "alteraron nuestras vidas". "Para él fue una situación muy traumática, lo vivió de una manera muy intensa –evoca Gabriela–. Fue una satisfacción el fallo de la Corte Interamericana, lo sintió como un triunfo."
Organizado en seis capítulos, el libro es el minucioso relato del asesinato perpetrado en la iglesia de San Patricio esa madrugada fría y trágica del 4 de julio de 1976. "Si escuchás cohetazos no salgás, porque vamos a reventar la casa de unos zurdos", le dijeron al cabo de la policía federal Pedro Alvarez, encargado de la custodia de la casa del entonces gobernador de la provincia de Neuquén, el general Martínez Waldner, ubicada a metros de la iglesia. Y agregaron: "No te metás porque te pueden confundir". Kimel reconstruyó los momentos previos a la masacre, pero también lo que sucedió después. La policía no controló el acceso a la casa parroquial y religiosos, vecinos y civiles –además del personal policial– caminaban libremente por el interior y pudieron comprobar el total desorden en el que se encontraban las habitaciones y los dormitorios. Aunque los cadáveres de los cinco palotinos estaban identificados por responsables de la congregación, los cuerpos fueron extraídos del lugar del crimen como NN. "¿Entonces no hay ningún Emilio Neira entre los muertos?", preguntó Rafael Fensore, el comisario de la seccional 37 en el momento del homicidio. Hasta los diálogos que reproduce el libro resultan dolorosamente imperdibles. El padre Efraín Sueldo Luque increpó al comisario. "Si nadie supo decirles el nombre de los muertos, ¿de dónde sabe usted el nombre de Emilio Neira?"
Kimel reconstruyó con lujo de detalles cómo se intentó embarrar la cancha y confundir el carácter de la masacre. La versión oficial atribuía el asesinato a una organización terrorista subversiva, cuya sigla figuraba en una de las pintadas dejada en la alfombra: M.S.T.M, Movimiento Socialista de los Trabajadores Montoneros, según la antojadiza traducción de la policía de lo que significaba Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. "La presencia de altos funcionarios militares en la parroquia, y de una representación del gobierno durante el velatorio de las víctimas, contribuyó a dar la impresión de que el homicidio era condenado desde las esferas oficiales", escribió el periodista. "Si en aquel trágico período la forma represiva utilizada había sido el secuestro, la tortura y la desaparición, la eliminación clandestina de las personas, ¿por qué con los palotinos se había elegido el fusilamiento liso y llano?", se preguntaba Kimel. "¿Por qué se habían dejado signos y rastros tan ostensibles sobre la autoría del hecho?" Las respuestas están en esta investigación, que no deja hilo sin conectar. Harguindeguy había reconocido en una reunión con autoridades eclesiásticas que la matanza había sido obra de un "grupo del gobierno salido de control". Emilio Massera también asumió la responsabilidad militar en el hecho. Dijo que había una lucha intestina en el poder, en el marco de la cual sectores de las F.F.A.A. habían obrado y estaban realizando operaciones "fuera de control de los mandos superiores".
Kimel trazó también un perfil de cada una de las víctimas. El padre Kelly representaba la posición más relacionada con los grupos de avanzada del catolicismo, pero numerosos testimonios confirman que no era un sacerdote tercermundista, aunque haya condenado, desde el púlpito de San Patricio, la violencia de la represión ilegal. Duffau, en cambio, se asemejaba al religioso tradicional, preocupado estrictamente por lo litúrgico y la obra educativa. Leaden era un clérigo de prestigio entre las autoridades eclesiásticas argentinas; días antes de su asesinato había sido postulado para ocupar el Obispado de Quilmes. No era tan tradicional como Duffau ni tan progresista como Kelly. Frente a la renovación y las nuevas ideas, Leaden adoptó un claro sentido pragmático; no encabezar ni fomentar el desarrollo de un compromiso de avanzada, pero tampoco impedirlo. Kimel señaló que el objetivo final de la masacre fue "frenar el desarrollo de todo un sector del cristianismo que, desde mediados de la década del ’60, buscaba el horizonte de una nueva Iglesia, de una renovación opuesta a las prácticas y a la ideología social de la jerarquía tradicional".
Gabriela Kimel leyó el libro cuando tenía 13 años. Entonces su padre ya había sido condenado. "Me acuerdo que lo leí en una noche y fue muy atrapante. Estuve atenta a si era provocador, insultante o agraviante. Pero me pareció una investigación tan comprometida como correcta. Sentí que lo habían enjuiciado por nada. Me pregunté cómo había llegado a leer el libro el juez Rivarola, qué quería demostrar acusando a mi viejo y cómo es que la Justicia le daba la razón." Verbitsky plantea que es más conocido Kimel (por la persecución judicial que sufrió) que su libro. "Esta reedición es una oportunidad para que se conozca una obra muy seria y valiosa", destaca el periodista y presidente del CELS. "Es un homenaje a Eduardo, pero también es un recordatorio para la sociedad de un crimen horrendo que sigue impune. La deuda no está saldada porque no se ha avanzado en la investigación judicial", agrega Verbitsky.
Acostumbrado a la impunidad, el teniente de navío Antonio Pernías soltó la lengua en la ESMA. "En la Iglesia había muchas manzanas podridas que había que eliminar, como ya hicimos con los curas palotinos." Se lo dijo a una de sus víctimas, Graciela Daleo, secuestrada por un grupo de tareas en 1977. ¿Por qué la causa judicial de los palotinos agoniza en las estanterías de Tribunales desde junio de 1987, cuando se dispuso la segunda clausura provisional del caso, "al no llegarse al esclarecimiento del hecho"? "La Iglesia Católica no ha puesto ningún esfuerzo especial para que se esclarezcan los hechos", responde Verbitsky. "Cuando se planteó hacer el homenaje a Kimel, sondeamos a la congregación de los Palotinos para hacerlo en la iglesia San Patricio. Se negaron y sugirieron hacerlo en la AMIA, lo cual es escandaloso", recuerda todavía indignado por la respuesta que recibió. "Supongo que a la Iglesia no le interesó mucho presionar para reabrir la causa", ironiza Gabriela. "Tampoco hubo desde el Estado ninguna acción en ese sentido. Y qué decir de la Justicia argentina, que condenó en varias instancias a mi papá por realizar una investigación que intentaba echar algo de luz sobre la terrible masacre. La impunidad que existe en este caso es la misma que existió para los crímenes del terrorismo de Estado."

24 de julio de 2010
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el dictador y otros demonios


Las heridas abiertas de América Latina. Cronista impenitente, narrador fascinante, atento a los detalles más elocuentes y a la Historia que avanza de manera incesante, Jon Lee Anderson es una de las plumas más dedicadas y confiables que retratan las zonas de conflicto del mundo.
[Martín Pérez] Entre mediados de los ’90 y mediados de los 2000, convenció a la prestigiosa revista norteamericana The New Yorker de que lo enviara a cubrir los hechos, los lugares y las personas que estaban moldeando América latina: de Fidel Castro y García Márquez a las favelas de Río y Pinochet en Chile, los doce trabajos de ‘El dictador, los demonios y otras crónicas’ (Anagrama) ofrecen una extraordinaria radiografía contemporánea de buena parte del continente. A continuación, él mismo los presenta y explica por qué ese mapa se encuentra marcado por las heridas mal curadas de los años ’70.

Al aterrizar en La Habana con su comitiva a la medianoche, Hugo Chávez estaba eufórico. Acababa de hacer las paces con el presidente colombiano Julio César Uribe tras un incidente fronterizo que había escalado hasta casi convertirse en un conflicto internacional, y decidió a último momento que su avión no regresaría triunfal de la cumbre iberoamericana realizada en Santo Domingo directamente hacia Caracas, sino que haría escala en Cuba. Según cuenta el periodista norteamericano Jon Lee Anderson, presente en ese avión ya que estaba realizando un perfil de Chávez para el semanario The New Yorker, cuando se anunció el cambio de destino, la delegación se estremeció de júbilo. "Con uniforme militar, sombrero de ala ancha, y unas gafas grandes que le daban el aspecto de una lechuza, Raúl Castro esperaba en el aeropuerto para recibir a Chávez", escribe Anderson, que agrega que, como el protagonista de su crónica estaba de un humor espléndido, lo llamó para presentarle al hermano de Fidel.
"Me miró de arriba abajo, sonriendo con cautela, y me estrechó la mano", es la única frase de la crónica ‘El heredero de Fidel’, publicada originalmente en junio del 2008 e incluida en el flamante volumen ‘El dictador, los demonios y otras crónicas’ (Anagrama), que se refiere al cruce directo entre Anderson y uno de los dos Castro que son parte fundamental tanto de la historia cubana como del último medio siglo de historia latinoamericana. Jon Lee siempre ha dicho que la única fuente que le faltó en su monumental biografía sobre el Che Guevara fue Fidel. "Si lo hubiese conseguido, hubiese sido como maná del cielo, porque hay muchas conversaciones claves de la vida del Che que tuvo a solas con Fidel", explicó cuando lo entrevistó este suplemento, durante una visita porteña realizada cuatro años atrás. "Pero no habló conmigo ni con nadie sobre eso. Creo que se llevará los secretos a la tumba", dijo Anderson entonces. Con la intención de regresar a Buenos Aires a mediados de este año para dictar un curso en la Fundación Proa, vinculado a la Fundación Nuevo Periodismo, Anderson confiesa que todavía sueña con ese encuentro. Al teléfono desde Londres, antes de embarcarse hacia Sri Lanka, asegura: "Si tuviera que confesar cuál es aún mi crónica soñada sobre América latina, sería la posibilidad de poder hacer un perfil de verdad, con acercamiento y contacto directo, tanto de Raúl como de Fidel".
Por eso es que aquella frase, perdida en una de las tantas crónicas compiladas en el extraordinario volumen que reúne el resultado de sus viajes con destino iberoamericano durante los doce años que lleva trabajando para The New Yorker, tiene un significado tan especial. Porque, según aclara Jon Lee, actualmente no tiene ningún contacto directo con los hermanos Castro, como para que ese perfil soñado alguna vez pueda hacerse realidad. Sin embargo, aquella medianoche, en medio de una de las pistas de aterrizaje del aeropuerto de La Habana, Chávez puso a Jon Lee ante su ballena blanca latinoamericana. O una de ellas, al menos. "Sí, así se puede leer esa escena", acepta y se ríe Anderson, que suele ser presentado como el mejor corresponsal de guerra de su generación. Pero que a la luz de ‘El dictador...’ se confirma también como un gran cronista político y social de esta región del mundo, con la que siempre ha hecho todo lo posible por mantenerse en contacto. "América latina es un continente al que vuelvo siempre. Me habita y lo habito. De alguna forma del alma, considero que soy de allá", explica. Y no puede evitar bromear al respecto: "No sé qué clase de patología será ésa", agrega, y lanza una carcajada.

Al despedir a Tomás Eloy Martínez, contaste que un proyecto que no había llegado a concretar era el de compilar un libro con tus crónicas, que él se encargaría de seleccionar y prologar. ¿Este volumen con tus crónicas iberoamericanas es una versión posible de aquel libro?
Supongo que lo es, esencialmente. Porque lo que Tomás quería hacer era editar mi visión compartida o contrastada con la suya, de manera fraternal, en torno al continente que nos reunía, que era América latina. Y este libro que ha salido, lamentablemente sin él, es efectivamente el compendio de mi trabajo allí desde que estoy en The New Yorker. A veces lamento las notas que he propuesto y no me han aceptado, que me hubiesen permitido acercarme un poco más al continente, pero no me puedo quejar mucho: he podido hacer cerca de dos por año. Y los artículos serían más, si no hubiera sido por los atentados del 11 de septiembre, que me tuvieron cuatro de los últimos doce años atrapado por Afganistán primero y luego por Irak...

Hay dos ejes en el libro, que son principalmente Cuba y Chávez, al que retratas dos veces. ¿Esas repeticiones tienen que ver con una obsesión personal? ¿O al haber accedido a esos escenarios te resulta más fácil volver para profundizar en ellos? ¿O tiene que ver con la clase de notas que pueden interesar en el New Yorker?
Hay un porcentaje de todas esas cosas. Vivimos en el mundo real, así que debo confesar que siempre es más fácil interesar a mis editores en echar el ojo a Fidel que, digamos, a Uribe. Pero, además, creo que para cualquiera que escriba sobre América latina, Fidel es ineludible. Sobre todo en los vericuetos de la lucha por el poder y la herencia de las revoluciones armadas, que es donde me gusta mirar. La sombra de Fidel siempre ha estado ahí, y Chávez ha surgido como su hijo adoptivo por voluntad propia en este último tiempo. Así que la mirada repetida en torno a ambos ha sido necesaria y de rigor. Además, durante medio siglo, ahora continuándose en Chávez, Fidel se ha presentado como un baluarte o un resorte, el otro lado de un vacío que únicamente ha sido llenado por la consecuencia del poderío norteamericano en la región. Y por eso mismo es que yo recorro por los márgenes, y en lo que se me permite, de estos personajes que, o son la revolución, o son la reacción.

Algo que es posible percibir es una cierta evolución en tu escritura a través de los doce años que abarcan estas crónicas, ya que en las que cierran el libro, la segunda de Chávez y la de las favelas de Río, hay una soltura y familiaridad que no se percibe en las de Pinochet o García Márquez...
No sabría decirte. Creo que tengo que hacer la salvedad de que esa segunda crónica de Chávez se distingue de las demás porque es el único mandatario que alguna vez he vuelto a retratar. Es el único que me he permitido volver a frecuentar, a andar en su círculo. Lo hice porque era un personaje que seguía siendo de rigor, y valía la pena volver sobre él. Pero al mismo tiempo porque me ofrecía una oportunidad distinta, la de volver sobre él una década más tarde, algo que no ha sido posible con las otras dos que mencionas, por ejemplo. Así que más bien esa segunda crónica de Chávez es la excepción del libro. Pero tal vez también haya más soltura en mi escritura. Puedo permitirme ver las cosas con más distancia, estoy más instalado en The New Yorker. Supongo que es una pieza que refleja cierta evolución. No sé si para mejor o para peor (risas)... Son doce años, al fin y al cabo.

Esos doce años transcurridos se pueden ver también en la última crónica desde Guinea que publicaste en el New Yorker, donde para explicar Africa utilizás referencias de los desaparecidos en América latina, algo que tal vez era impensado cuando comenzaste ahí...
Es que estando en Guinea o en cualquier parte, tengo siempre como punto de referencia mis vivencias en y con América latina. Pero además, si hay algo de lo que soy mucho más consciente que antes es del grado de importancia que le doy al tema de la memoria histórica, para llamarlo de alguna manera. Ha sido una cosa paulatina pero certera en mí, conforme me he ido haciendo mayor, y hoy siento muy profundamente la necesidad de enfrentar los demonios, de sanear nuestros países sin hacer concesiones que atenúen nuestras democracias o supuestas democracias ante los crímenes de lesa humanidad. Porque esas concesiones nos envilecen de una manera profunda y fundamental, cambiando el ADN de nuestra sociedad.

También es posible leer que este libro abre una puerta a una nueva etapa de tu carrera, con esa crónica tan especial desde las favelas de Río con la que se cierra el volumen, protagonizada por unos rebeldes cuyo armamento supera al del Estado, pero que ya no buscan el poder sino tener las mejores zapatillas...
No lo tengo muy claro todavía, pero siento que hay muchos hilos que quizás estuvieron sueltos que se van atando. Hasta cierto punto, esa crónica es el desenlace de algo que ha sido una constante en mis andanzas incluso anteriores al New Yorker, empezando por mi libro ‘Guerrilleros’. Es una exploración que tiene como centro la violencia organizada, o cómo la coacción se convierte en política. Hace años vengo constatando que con el declive de las insurgencias al final de las guerra fría en América latina, con pocas excepciones, lo que hemos tenido a cambio ha sido la criminalización de las sociedades. Tengo una teoría muy visceral al respecto, que es que la impunidad con que se han cerrado las historias violentas de los ’70 y ’80 nos ha condenado a estas insurgencias criminales endémicas, con sociedades sociópatas. En muchos aspectos, América latina es mejor que antes, pero en otros es peor. Hoy en día, hay partes que están plagadas por una violencia nefasta y que controla la vida de muchas personas. Y esto se debe a que ante el declive en la búsqueda del hombre nuevo y los sueños utópicos de crear nuevas sociedades, nos vemos frente al ajuste de los miserables con el capitalismo. Que ya no buscan hacer otra Cuba, sino que lo que quieren es vestirse en Armani Exchange...

’El dictador, los demonios y otras crónicas’ fue editado por Anagrama. El taller que Jon Lee Anderson realizará en Proa por el momento está planeado para el mes de junio, aunque aún no ha sido anunciado oficialmente. Para más precisiones, conectarse conwww.fnpi.org

26 de abril de 2010
25 de abril de 2010
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la huella del che guevara


Nuevo libro sobre infancia del Che.
[Gustavo Veiga] Horacio López Das Eiras es un periodista cordobés que en 2006 publicó una valiosa investigación sobre la infancia y la adolescencia del Che Guevara transcurridas en las ciudades de Alta Gracia, Córdoba y Buenos Aires. Su libro ‘Ernestito Guevara antes de ser el Che’ (Ediciones del Boulevard) describe en varios párrafos aquella búsqueda de aire puro para el niño asmático que llevó a la familia Guevara Lynch a instalarse en las inmediaciones del Golf Club de las sierras cordobesas.
"Una buena noticia se produce cuando Ernesto padre es contratado por la empresa Tierras y Hoteles, propietaria del Sierras, para ampliar los terrenos de la cancha de golf. El trabajo le viene de maravillas, teniendo en cuenta que la sola dependencia de las cosechas yerbateras le ha provocado varios altibajos financieros. Asociado con su hermano, el arquitecto Federico Guevara Lynch, ponen en marcha el trazado. De esta forma, el padre de Ernestito debió desempolvar sus conocimientos de Agrimensura, carrera que empezó a estudiar, pero al igual que Arquitectura, Medicina e Ingeniería no terminó. Una fotografía rescatada en el tiempo, lo muestra rozagante al frente de una cuadrilla, luciendo pantalones breeches, camisa blanca, medias al tono y chaleco oscuro. Cualquiera podría asegurar que se trataba de un distinguido lord", relata López Das Eiras.
En otro tramo del libro, el autor describe lo que era –allá por los años ‘30– el lugar que los Iaccarino recibieron bajo presión de los testaferros de la dictadura a cambio de propiedades más costosas. "Después de vivir en el Hotel de La Gruta, Villa Chiquita y Villa Nydia, los Guevara realizan un nuevo traslado de casa. Esta vez deben retirarse hacia una zona de ensueño donde toman un chalet lindante al campo del Golf Club. Desde su galería pueden contemplarse los destellos de los links y las crestas de los cerros asomados sobre las copas de los olivos. La casa es propiedad de una acomodada familia porteña de apellido López Pondal y se encuentra al final de una calle sin salida que termina en los cercos del golf. Su amplio jardín más el verde contorno serán territorios tomados por Ernestito y su pandilla de amigos. Si la cancha se encuentra a un paso y los palos de golf se pueden hacer con ramas de árboles, es cuestión de apropiarse de las pelotitas que desparraman los golfistas chambones."

8 de junio de 2009
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cómo los medios ocultan el mundo


"Este nuevo libro de Pascual Serrano establece de modo definitivo, con un catálogo estremecedor de hechos, la prueba del ADN de que los medios desinforman".
[Sandra Russo] La frase es de Ignacio Ramonet, quien prologa ‘Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo’, que acaba de ser publicado en España. Ramonet es ese francés un poco respingado de Le Monde Diplomatique, a quien a su vez el propio Pascual Serrano admira porque le atribuye la noción de "pensamiento único". Fue una frase que Ramonet usó en un Foro Social, y que prendió en todo el mundo para nombrar algo que todavía, antes de ser detectado y pasado a discurso, circulaba camuflado en el agua del neoliberalismo de los ’90.
Pascual Serrano, me gustaría presentarlo, es uno de los directores del periódico digital Rebelión, en el que diariamente se pueden leer algunos de los mejores artículos de política exterior y derechos humanos de todo el mundo. Y Pascual tiene una especialidad, una especificidad como intelectual de izquierda, y es detectar la trampa del poder en el lenguaje periodístico. Tiene un ojo entrenado como he visto pocos y una solidez admirable para transmitir sus hallazgos semánticos en textos breves que desvisten títulos, ediciones, formas de expresión, fotos, secuencias de información.
De eso se trata su nuevo libro, pero lo que es verdaderamente nuevo y necesario es el enfoque del trabajo de Serrano. Porque vivimos un tiempo en el que los circuitos de la información se han llenado de dinero. La información ya no es sólo poder, sino capacidad económica para escindir el poder de la política. La libertad de la economía para subordinar a la política a sus intereses específicos es la libertad central que se defiende en el coloquio al que fueron a hablar los Vargas Llosa.
Pero precisamente a propósito de sus presuntas detenciones o retenciones en el aeropuerto, que no fueron más que trámites migratorios largos, y del operativo mediático increíble que se montó en la Argentina, donde el aire preelectoral es el cultivo en el que crecen los hongos informativos, es oportuno hacer pie en el trabajo de Serrano. En el mundo del capitalismo globalizado, la información que circula por los grandes medios construye diariamente un mundo paralelo a su antojo, hundiendo a los espectadores, oyentes y lectores en los velos de ese mundo paralelo, en el que fue detenido Mario Vargas Llosa al llegar a Venezuela. Eso jamás ocurrió, pero es lo de menos. Se monta la estantería mediática de los hechos y se pone a hablar a todo el mundo como si lo que no ocurrió hubiera ocurrido, y después sólo se debe repetir las declaraciones: una ficción está siendo consumida como información.
La semana pasada, Serrano publicó un artículo en el que afirma que "sólo se puede llegar a la conclusión de que en Venezuela hay un empresario de apellido Chávez que compra bancos. Para los medios no es que el Estado venezolano haya comprado el Banco de Santander, ha sido Chávez quien ha sacado los millones de su bolsillo y se lo ha quedado. Es curiosa la sintonía de todos los medios: Agencia AFP: Grupo Santander vende a Chávez el Banco de Venezuela por 1050 millones de dólares, El Mundo: Santander vende a Chávez su filial en Venezuela por 750 millones, EFE en Heraldo de Soria: El Santander acuerda la venta del Banco de Venezuela a Chávez, RTVE: El Santander vende a Chávez su filial en Venezuela por 750 millones, El País: El Santander vende su filial venezolana a Chávez por 750 millones. Y, por si no fuera poco, El Mundo llega a titular Chávez se convierte en el primer banquero de Venezuela".
Los medios sustraen al Estado venezolano del escenario significante. Atribuyéndole a Chávez un personalismo propio de la presunta dictadura que describen, son los propios medios los que se niegan a entrar en la lógica de un Estado democrático y soberano. "En El País del día siguiente, ya ni siquiera Chávez compra el banco, se lo entregan: ‘El Santander entrega el Banco de Venezuela a Chávez por 755 millones’".
Quizá sea necesaria esta manipulación informativa del proceso venezolano, ya que lo que está haciendo el gobierno de Chávez es lo mismo que hacen otros gobiernos. Por eso debe ser narrado de otra manera. "Los estados están comprando acciones de los bancos, es decir, nacionalizando. Medio año antes, Bush anunció la compra de acciones en nueve de los mayores bancos del país por un total de 250.000 millones de dólares. Claro que, entonces, el dueño ya no era el presidente, por eso titulaban EE.UU. negocia la nacionalización de hasta el 40 por ciento de Citigroup (El País 22-2-2009) o EE.UU. baraja nacionalizar parte de la banca (Público 9-20-2008). No publicaban que Obama negocia la compra o Bush baraja comprar.
El objetivo preciso, discursivo, es evitar "la asociación entre Hugo Chávez como legítimo representante de los venezolanos y convertir las decisiones de su gobierno en iniciativas personales y, si es posible, que las audiencias crean que el banco se lo queda Chávez para él". Un ejemplo, apenas, del mundo paralelo que crean los medios, para no responder por el mundo que ocultan.

30 de mayo de 2009
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vida y tiempos de timothy leary

Nueva biografía, y tal vez la última, del gurú del LSD. Primera entrega.


[Louis Menand] El buen Dios -¿o fue quizá selección natural, aunque cuando consideras el resultado, es eso plausible, realmente?- nos dio, además de las aves del aire y las bestias del campo, una fantástica variedad de hongos con los que compartimos este increíble planeta: levadura, orín, moho, hongos y roya. Entre ellos está el cornezuelo, un hongo que destruye la hierba de los cereales, especialmente del centeno, y que, cuando se lo consume, puede producir alucinaciones. El cornezuelo es la fuente natural del ácido lisérgico, del que se extrae el ácido lisérgico y la dietilamida: el LSD. Qué propósito divino o adaptativo podría tener esta substancia fue alguna vez el tema de un informado debate en el que participaron científicos, funcionarios de gobierno, psiquiatras, intelectuales y algunos ególatras chapados en oro. Timothy Leary era uno de los ególatras.
Leary pertenecía a lo que llamamos reverentemente la Gran Generación, esa cohorte de estadounidenses que eludieron la mayor parte de las privaciones de la Depresión, crecieron en la atocinada afluencia de los años de posguerra, y luego predicaron el hedonismo y el absentismo para la generación del auge de la natalidad, que desde entonces recibe la culpa. ¡Grandes de la Tierra, os saludamos!
Leary nació en 1920, en Springfield, Massachusetts, que es también la ciudad natal del Dr. Seuss, de cuya más famosa creación Leary fue en muchos aspectos el análogo humano: un Señor del Desgobierno risueño, carismático, y completamente irresponsable. El padre de Leary era un dentista cuya carrera arruinó su alcoholismo; abandonó a la familia en 1934, y terminó como camarero en la marina mercante. La madre de Leary era una celosa guardiana de los intereses de su hijo, lo que requería una considerable cantidad de vigilancia. Leary era inteligente, y no carecía de ambición, pero -como lo documenta Robert Greenfield meticulosamente en su extensa biografía ‘Timothy Leary’ (Harcourt; $28)- su educación fue un juego de toboganes y carreras: Holy Cross (de donde estuvo a punto de ser expulsado después de dos años), West Point (de la que fue obligado a retirarse después de ser acusado de haber violado el código de honor), la Universidad de Alabama (de la que fue expulsado después de pasar la noche en el dormitorio de mujeres), la Universidad de Illinois (donde lo reclutaron para el ejército, sirviendo en una clínica de rehabilitación de sordos, en Pensilvania), nuevamente Alabama (donde logró que lo volvieran a admitir y de la que egresó después de estudiar por correspondencia), la Universidad de Washington (donde obtuvo su licenciatura) y, con la ayuda del G.I. Bill (un fondo de ayuda para los Grandes), Berkeley, donde, casado y con dos hijos, recibió su doctorado en filosofía en 1950.
No hubo un momento más oportuno para estudiar psicología. En los años cincuenta, la psicología desempeñaba para muchas personas el mismo papel que la genética hoy en día. "Está todo en tu cabeza" tiene la misma atracción que "todo está en tus genes": una explicación de cómo son las cosas sin amenazar el orden de las cosas. ¿Cómo puede alguien ser infeliz o comportarse como un antisocial cuando vivimos en el país más libre y próspero del planeta? ¡No puede ser el sistema! Debe de haber alguna falla en alguna parte de la instalación. Así que los años de posguerra fueron tiempos flojos para el activismo político y de auge para la psiquiatría. El Instituto Nacional de la Salud Mental, fundado en 1946, se convirtió en una de las siete divisiones de más rápido crecimiento de los Institutos Nacionales de Salud, otorgando becas a psicólogos para que estudiaran problemas como el alcoholismo, la delincuencia juvenil y la violencia en la televisión. La psicología del ego, una terapia dirigida a ayudar a adaptarse y ajustarse a la gente, era la tendencia dominante en el psicoanálisis estadounidense. Para 1955, la mitad de las camas de hospital en Estados Unidos estaban ocupadas por pacientes diagnosticados como enfermos mentales.
La creencia de que la inadaptación y la disensión debían ser ‘curadas’ por un poco de trabajo social-psiquiátrico ("Este niño no necesita un juez, necesita los cuidados de un terapeuta") es consistente con nuestra impresión retrospectiva de los años cincuenta como la edad del conformismo. La versión más oscura -defendida, por ejemplo, por Eli Zaretsky en su valiosa historia cultural del psicoanálisis, ‘Secrets of the Soul’- es que la psiquiatría se convirtió en una de las herramientas de suave coerción con la que las sociedades liberales solían mantener a raya a sus ciudadanos. Pero, como señala también Zaretsky, importantes críticos del conformismo y la normalidad -Herbert Marcuse, Allen Ginsberg, Norman Mailer, Norman O. Brown, Paul Goodman, Wilhelm Reich- también pensaban que todo estaba en la mente. Para ellos, lo normal era la neurosis, para la que prescribieron varios métodos de liberación personal, desde mejores drogas hasta mejores orgasmos. En los primeros días de la Guerra Fría, el radicalismo personal, la revolución mental y sexual, era el radicalismo más seguro. Con el radicalismo político te podían colocar en lista negra.
Leary pasó la primera parte de su carrera haciendo psicología normativa, el trabajo de evaluación, medida y control; pasó la segunda parte como uno de los principales patrocinadores de la psicología alternativa, la psicología pop de la expansión de la conciencia y la inadaptación. Pero una era la otra cara de la otra y la conclusión de Greenfield, alcanzada de algún modo lamentablemente, es que Leary nunca fue serio en ninguna de las dos. Las únicas cosas con las que Leary era serio, eran el placer y la fama. No sufrió ninguna transformación fundamental cuando dejó el mundo académico por el de la contracultura. Le gustaban las mujeres, le gustaba ser el centro de la atención, y le gustaba colocarse. Simplemente cambió los medios de intoxicación. Como mucha gente en esos días, empezó con el borgoña y pronto topó con substancias más fuertes.
La idea popular de Leary es que era un distinguido académico que tocó fondo, un profesor de Harvard que perdió el juicio. Por razones obvias, esta versión le gustaba a Leary e incluso Greenfield se refiere a él repetidas veces como el profesor de Harvard (como lo hace también la Enciclopedia Columbia). Leary enseñó en Harvard, pero no era profesor. Empezó su carrera en el Kaiser Permanente Hospital en Oakland, donde fue director de investigación clínica y psicología. Su primeros trabajos giraron sobre la personalidad; su primer libro, ‘The Interpersonal Diagnosis of Personality’, fue publicado en 1957. Fue todo un éxito, pero, dice Greenfield, algunos de los colegas de Leary pensaron que no había reconocido sus propias investigaciones. Incluso entonces parece haber estado bendecido con la incapacidad de sentir vergüenza, un don del que hizo uso muchas veces.
Leary ya había tenido una mala racha de problemas personales. Su primera esposa se suicidó al cumplir treinta y cinco años. (Cuando se quejó, durante una noche de borrachera, de que la engañaba con una amante, se dice que le dijo: "Ese es tu problema"). Luego Leary se casó con la amante, pero cuando la golpeara poco después, la casera llamó a la policía y el matrimonio terminó. En 1956 murió el padre de Leary, cuando acababa de volver a tomar contacto con él -y murió indigente en Nueva York. Poco después, un ex asesor de la facultad, un hombre casado con el que, según cree Greenfield, Leary tenía una aventura sexual, fue detenido cuando cazaba en un baño de hombres y Leary sufrió una crisis nerviosa. Viajó a Europa, donde conoció a David McClelland, director del Centro de Investigación de la Personalidad, en Harvard, que estaba de sabático. McClelland estaba tratando de inscribirse para sacar su doctorado en psicología clínica e, impresionado por la simpatía e inteligencia de Leary, le ofreció una posición como docente para el año académico de 1959-1960. Leary aceptó y se mudó a Los Angeles. Al final de ese año, McClelland le aconsejó que cultivara una noción menos arrogante de la ciencia, aunque renovó el nombramiento de Leary. Ese verano, Leary viajó a México, y allá, por primera vez, comió unos ‘hongos mágicos’. Encontró que la experiencia fue encantadora y cuando volvió a Cambridge montó, con la aprobación de McClelland, el Proyecto Psicodélico de Harvard.
El alucinógeno obtenido de los hongos mexicanos es la psilocibina, y en 1960 la psilocibina no era ilegal. Tampoco lo era el LSD, que Leary probó por primera vez a fines de 1961. Ambos eran manufacturados por Laboratorios Sandoz, en Suiza, y estaban disponibles para los investigadores. A todo el mundo le parecía que esas substancias tan poderosas debían ser puestas para algún uso. De ahí el proyecto de Harvard, un recién llegado a los esfuerzos organizados para determinar qué tenía Dios en mente cuando creó esos curiosos hongos.
La gran droga hippie fue introducida en la vida americana por la profesión médica y el gobierno federal. A principio de la década del cincuenta, las fuerzas armadas y la CIA tenían la esperanza de que el LSD pudiera servir como un suero de la verdad o un instrumento de control mental y, de acuerdo con Martin Lee y Bruce Shlain en su historia de la droga, ‘Acid Dreams’, la usaron a menudo, ambas operacionalmente, durante interrogatorios y, experimentalmente, a menudo con sujetos que nunca fueron informados. Los psicólogos clínicos (muchos de ellos financiados por agencias oficiales) consideraban las drogas psicodélicas como una psicomimética: sus efectos parecían imitar estados psicóticos, y eran usados para estudiar psicosis y esquizofrenia.
El LSD también se administró a alcohólicos, drogadictos y pacientes con bloqueos emocionales. El más famoso de estos pacientes fue Cary Grant, que tomó LSD bajo la supervisión de un psiquiatra. "He estado buscando la tranquilidad de espíritu durante toda mi vida", dijo Grant. "Hasta este tratamiento, nada me dio resultado". Allen Ginsberg fue introducido al LSD en el Instituto de Investigación Mental de Palo Alto, en 1959, donde sus respuestas fueron medidas por un equipo de doctores como parte de un programa de investigación financiado por el gobierno. Ginsberg llegaría a ser uno de los principales publicistas del LSD, junto con Ken Kesey, que la usó por primera vez en el Hospital de Veteranos de Menlo Park, en 1960, donde, en otro programa federal, le pagaron veinticinco dólares al día por ingerir alucinógenos. La experiencia la plasmó Kesey en su primera novela, ‘Atrapado sin salida’ [One Flew Over the Cuckoo’s Nest], y, más tarde, inspiró los Bromistas Traviesos, el tema del libro de Tom Wolfe, ‘The Electric Kool-Aid Acid Test’*. (Wolfe, que probó el LSD reluctantemente, por prurito periodístico, dijo: "Tengo la sensación de haber entrado en el brillo de esta gruesa y nudosa alfombra -una alfombra realmente retorcida, hecha de Acrilan que, de algún modo, representaba al pueblo de Estados Unidos, en toda su gloria democrática"). Alan Watts, cuyo libro ‘Cosmología gozosa’ [The Joyous Cosmology] fue publicado en 1962 y se convirtió, como dice Greenfield, "en el modelo de la experiencia psicodélica para millones de personas", tomó LSD por primera vez en un programa de la Universidad de California en Los Angeles. Ahora parece cosa de charlatanes, pero Lee y Shlain dicen que entre 1949 y 1959 se publicaron miles de artículos sobre el LSD en revistas profesionales.
Cuando estuvo en Harvard, Leary hizo experimentos que implicaron, por ejemplo, dar drogas psicodélicas a reos en un intento por reducir las tasas de reincidencia; Leary afirmó que el programa había sido notablemente exitoso, aunque Greenfield dice que las cifras entregadas por Leary para fundamentar su afirmación no son gran cosa. Pero lo que realmente atraía a Leary era una teoría totalmente diferente sobre el propósito de las drogas psicodélicas. La teoría era que ellos estaban destinados a revelar a la humanidad la verdadera naturaleza del universo, y su principal exponente era Aldous Huxley. Huxley había tomado mezcalina, una droga derivada del cactus peyote, en 1953, bajo la guía de un médico psiquiatra británico llamado Humphry Osmond. (Fue Osmond el que acuñó el término psicodélico, que quiere decir que ‘se manifiesta en la mente’). Huxley publicó en 1954 un breve libro sobre la experiencia, ‘Las puertas de la percepción’ [The Doors of Perception], del que el grupo de rock tomaría más tarde su nombre). Tuvo su primera experiencia con el LSD en 1955; le brindaba, dijo, "una conciencia total y directa, desde dentro, para decirlo así, del Amor como el hecho cósmico más primario y fundamental".

Libro reseñado:
Robert Greenfield
Timothy Leary
Harcourt,
$28

21 de octubre de 2008
26 de junio de 2008
©new yorker
cc traducción mQh
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una historia de abusos


En la guerra contra el terrorismo.
[Jennifer Schuessler] ‘The Dark Side’, el nuevo y absorbente relato de Jane Mayer sobre la guerra contra el terrorismo es realmente la historia de dos guerras: la amplia guerra contra el radicalismo islámico y la encarnizada lucha doméstica a puertas cerradas sobre si el presidente debería tener poderes ilimitados para librarla. Las a menudo espeluznantes prácticas de la lucha contra al Qaeda -llamadas eufemísticamente las ‘entregas extraordinarias’ de agentes encapuchados en vuelos no registrados, las prisiones secretas en todo el planeta, las técnicas ‘mejoradas’ de interrogación, la liberación de los detenidos suficientemente afortunados que son declarados inocentes y abandonados con la vista vendada en fronteras remotas- son aquí relatadas angustiosamente, incluyendo revelaciones recientes. Pero en manos de Mayer, la historia de las maniobras burocráticas en oficinas bien tapizadas y en las letras chicas de documentos legales es una historia igualmente absorbente e inquietante. Es un combate en jaula entre la Constitución y una cábala de extremistas ideológicos, y la Constitución pierde.
La guerra contra el terrorismo, según Mayer, escritora del New Yorker, fue una "guerra política envuelta en una estrategia legal, una guerra de trincheras ideológica" librada por un pequeño grupo de fieles cuyas visiones expansivas del poder ejecutivo se remontan al gobierno de Nixon, al escándalo Irán-Contra y a los terribles días de después del 11 de septiembre de 2001. Según Mayer, los principales actores y canallas son el vicepresidente Dick Cheney y su abogado (ahora jefe de gabinete) David Addington, los que después de los atentados terroristas impusieron una "política de deliberada crueldad que el 10 de septiembre de 2001 habría sido impensable".
Como líder del autoproclamado ‘consejo de guerra’, un grupo de abogados que tomó la delantera en la definición de las reglas de la guerra contra el terrorismo, Addington asombró a muchos de sus colegas con la profundidad de su fervor y el alcance de su poder. "¿Cómo terminó este lunático dirigiendo el país?", se repetía en las reuniones un abogado del gobierno, un "alto funcionario y muy conservador" no identificado, citado por Mayer. "Incluso sus admiradores", escribe Mayer, "tendían a invocar metáforas con cuchillos". Se sabía que "el Cheney de Cheney" llevaba un raído ejemplar de la Constitución en el bolsillo -un detalle que en otra historia podría sugerir una firme devoción, pero que en la interpretación de Mayer es simplemente un modo de desmenuzarla antes de tragársela entera.
El ejemplar original de las Convenciones de Ginebra descansa en las cámaras acorazadas del Departamento de Estado, pero Mayer describe cómo Cheney, Addington y sus aliados se aseguraron de que las cámaras adquiriesen más aspecto de calabozo que de lugar de honor. El consejo de guerra decidió aplicar un "modelo criminal preventivo", en el que los sospechosos son utilizados -más o menos indefinidamente- para reunir información sobre delitos futuros antes que detenidos por delitos previos. Habría un mínimo de control de parte del Congreso. La CIA dirigiría las operaciones, desarrollando para ello nuevas y agresivas técnicas de interrogación que serían descritas como "mejoradas", "intensas", "especiales". Pero no eran "tortura", según intentaron certificar una serie de memoranda emitidos por John Yoo y otros en la Oficina de Asesoría Jurídica [Office of Legal Council].
Mayer reúne detalladas historias de los casos de varios prisioneros, empezando con el "prisionero 001", el llamado talibán estadounidense, John Walker Lindh, cuyo estropeado proceso llevó al gobierno a decidir, en palabras de Mayer, que "los juicios criminales abiertos y con las estrictas reglas del sistema jurídico estadounidense no valían la pena [de ser aplicados]". Pero incluso cuando esos juicios fueron abandonados, el recabamiento de evidencias fue intensificado, usando métodos cada vez más exóticos.
SERE (Supervivencia, Evasión, Resistencia, Escape) fue un programa desarrollado por las fuerzas armadas para preparar a soldados para resistir la tortura y otros métodos rudos en caso de ser capturados. Después del 11 de septiembre de 2001, según informó por primera vez Mayer en el New Yorker, fue adaptado y convertido en un arma ofensiva. Bajo la influencia de James Mitchell, ex psicólogo militar contratado para supervisar el proyecto pese a su falta de experiencia tanto en interrogatorios como con el extremismo islámico, los centros de detención clandestinos, Guantánamo y finalmente Abu Ghraib se convirtieron en un bizarro mundo donde los detenidos eran mantenidos amarrados con correas de perro, sometidos a la "invasión del espacio por mujeres" y bombardeados con sonidos intolerables, "incluyendo maullidos de comerciales de alimentos para gatos, canciones de Yoko Ono y de Eminem sobre Estados Unidos". A veces los prisioneros eran metidos en pequeñas cajas parecidas a ataúdes u obligados a estar parados hasta que sucumbían por los "dolores que infligían a sí mismos".
Los interrogatorios elaboradamente argumentados -Khalid Shaikh Mohammed, acusado de ser el cerebro de la conspiración del 11 de septiembre de 2001, fue sometido a "cientos de técnicas diferentes en un período de apenas dos semanas inmediatamente después de su captura" en 2003- fueron autorizados y decididos en los niveles más altos, por funcionarios de Washington, incluyendo a George Tenet, en la época director de la CIA, que aprobaban cualquier desviación de los esquemas de "tratamiento" en lo que una fuente llama "control de calidad desde arriba" y Mayer, una versión torcida de ‘Mother, May I? Un informe secreto de la Cruz Roja entregado a la CIA el año pasado y descrito a Mayer dice que algunas de estas técnicas eran definitivamente tortura. (Una revisión interna de la CIA, escribe la autora, llegaba a las mismas conclusiones en 2004, antes de que Cheney lo desbaratara).  Mientras que simulación de asfixia por inmersión ha concitado la mayor parte de las críticas, un ex funcionario de gobierno familiarizado con el programa contó a Mayer que la verdadera brutalidad yacía en la cantidad y duración de los diferentes "procedimientos". "El total es simplemente asombroso", dijo el funcionario.
Los primeros meses del programa de entrega, contó a Mayer un agente de la CIA, fueron un "Camelot del contraterrrismo", en el que tuvieron que alejar a los voluntarios que se presentaban. Pero a medida que los duros interrogatorios se convirtieron en norma, las dudas -y el temor a ser expuestos legalmente- empezaron a aumentar. Como lo dijo el agente de la CIA: "¿Realmente quieres cultivar estas habilidades?"
Entretanto algunos en Washington también estaban teniendo dudas. En el último tercio del libro, Mayer desvía su atención hacia los héroes de su historia, los abogados del gobierno -a menudo conservadores del ala dura- que trataron de luchar contra un programa cuya existencia y alcance sólo entendieron tardíamente. Hay un capítulo particularmente bueno sobre Alberto Mora, entonces abogado general de la Armada que a principios de 2003 montó un fútil ataque contra las políticas de interrogación, que temía que pudieran conducir a acusaciones de crímenes de guerra. Se dice que Mora advirtió al abogado jefe de Donald Rumsfeld, William J. Haynes, para que "protegiera a su cliente". Y eso fue lo que Haynes hizo -consiguiendo otra opinión secreta de Yoo, y substituyendo a Mora. (Mayer sugiere que la opinión puede haber sido obtenida durante un amistoso partido de pelota).
Mayer también presenta una absorbente versión del ahora bien conocido impasse entre Addington y Jack Goldsmith, que después de ser nombrado director de la Oficina de Asesoría Jurídica en 2003 procedió a revocar los memoranda de Yoo. (Uno de los sucesores de Goldsmith, Steven G. Bradbury, emitió otro memorándum secreto, reincorporando gran parte del contenido). Y la autora cuenta cómo otro grupo de abogados del gobierno se reunieron en secreto en junio de 2005 para formular el ‘Big Bang’, un plan para clausurar los centros de detención clandestinos y adaptar los interrogatorios al derecho internacional eludiendo a Cheney y comunicándose directamente con el presidente Bush, del que pensaban que entendería su plan.
En realidad, escribe Mayer, "no hay ninguna evidencia de que Bush objetara alguna vez los métodos empleados por la CIA en sus centros clandestinos o que haya insistido en alguna revisión externa de las aseveraciones de la CIA de que sus métodos daban resultados". Argumenta vigorosamente que esos métodos no resultaron y que de hecho causaron un enorme daño a la seguridad nacional desencadenando una avalancha de datos de inteligencia falsos y desorientadores, incluyendo algunos utilizados para justificar la invasión de Iraq.
"¿Qué significa eso? ¿‘Ultrajes a la dignidad humana’?", dijo el presidente Bush en una conferencia de prensa en 2006, después de que la Corte Suprema determinara que las Convenciones de Ginebra se aplicaban incluso a "combatientes enemigos". En ‘The Dark Side’, Mayer propone una escalofriante respuesta, junto con una de las versiones más vívidas y comprehensivas que hayamos tenido hasta ahora sobre cómo un gobierno fundado en el equilibrio de poderes y el respeto por los derechos individuales pudo convertirse en enemigo de esos ideales.

Libro reseñado
The Dark Side. The Inside Story of How the War on Terror Turned Into a War on American Ideals
Jane Mayer
Ilustrado
392 páginas
Doubleday
$27.50

29 de septiembre de 2008
22 de julio de 2008
©new york times
cc traducción mQh
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