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terror desde dentro


"¿No es tenebroso que un solo hombre haya podido causar todo este horror?", dijo Timothy J. McVeigh sobre el atentado en Oklahoma City, que mató a 168 personas. Lo es.
[Russell Jacoby] Armas automáticas y potentes bombas permiten que desquiciados y resentidos masacren a decenas de inocentes en cuestión de segundos. Testigos de los asesinatos en la Universidad de Texas en 1966 (catorce víctimas), la Escuela Secundaria Columbine en 1999 (trece asesinados), la Virginia Tech en 2007 (32 muertos), o, para aquellos que saben de historia, el desastre de la Bath School en 1927, cuando un enfadado miembro del directorio de la escuela hizo volar por los aires a 38 niños y seis adultos en Michigan. La reciente masacre de Noruega encaja en este vil esquema, aunque en cantidad de víctimas esta eclipsa todas las anteriores, excepto la de Oklahoma City.
No es solamente la potencia de fuego de que disponen los trastornados lo que da miedo. Nuestra incapacidad de aceptar una simple pero no reconocida verdad es igualmente inquietante. La mayoría de los peligros y agresiones violentas tiende a provenir desde dentro de la sociedad, no desde fuera. John F. Kennedy, Anwar el-Sadat y Yitzhak Rabin fueron todos asesinados por compatriotas suyos. Ciudadanos cautelosos pueden exigir mejor iluminación callejera, pero deben temer más de sus esposas, ex esposas, amigos o colegas que de un extraño en la calle.
Sin embargo, preferimos imaginar peligros que emanan de extraños y extranjeros. Curiosamente, hablar de "choque de civilizaciones", aunque es impreciso, tranquiliza, porque sugiere que los enemigos provienen de fuera y pueden ser fácilmente identificados. Tanto en Oklahoma City como en Oslo, las autoridades asumieron inicialmente que los autores de los atentados eran extremistas o yihadistas. Este reflejo continúa enturbiando tanto el pensamiento popular como el académico. Aquellos que odian al presidente Obama no pueden aceptar que sea nacido y criado como estadounidense; a sus ojos, tiene que ser extranjero. En su libro ‘Orientalism’, de 1978, Edward W. Said engendró una pequeña industria de estudiosos que documentan cómo percibimos al extranjero o al "otro."
Pero tanto en Oklahoma City como en Oslo los actores son ciudadanos nativos. Cada vez más, las guerras y conflictos civiles se han hecho más comunes y más letales que las guerras entre estados, que son cada vez menos frecuentes. El ejército sirio dispara contra sirios, y como muchos orientalistas, las autoridades atribuyen a extranjeros las protestas que agitan la región.
"Siria es el blanco de una conspiración extranjera", acusó el presidente Bashar al-Assad.
Guerras civiles brutales no son exclusivas ni de África ni del Oriente Medio. Se perdieron más vidas estadounidenses en la Guerra Civil -cuando la población de Estados Unidos era la décima parte de lo que es hoy- que en cualquier otro conflicto. En el siglo veinte, las guerras civiles en Rusia, China y España provocaron, en conjunto, millones de muertes.
La situación no cambia si a la ecuación se agrega el genocidio. Con algunas excepciones, el genocidio implica a grupos relacionados estrechamente, no a extranjeros. Véase los casos de Ruanda o Camboya -o incluso Europa, donde se originó el término genocidio. Los judíos de Alemania se habían asimilado extraordinariamente, como en general todos los judíos de Europa.
Lejos de llamar la atención como bichos raros, sobresalían en todos los oficios y profesiones alemanas tradicionales. No por nada el historiador de Princeton, Jan T. Gross, tituló su libro sobre el exterminio de los judíos en un pueblo polaco, ‘Neighbors.’
Pese al mandamiento que impone querer a tu vecino, frecuentemente lo odiamos. Ciertamente la proximidad es una de las razones. Los ladridos del perro del vecino o la música a todo volumen provocan más ira que el peligro imaginado de un extranjero invisible. Probablemente los evolucionistas destacarían la competencia por recursos limitados. Los extranjeros podrían poner en peligro nuestra supervivencia de una manera abstracta, pero los compatriotas lo hacen directamente. Tanto en la mitología como en la realidad, son los hermanos los que compiten por el patrimonio, se trate de una vaca o de un castillo. Las cosas pueden ponerse violentas fácilmente.
Sin embargo, quizás algo más importante empieza a actuar, lo que el difamado maestro Freud llamaba "el narcicismo de las pequeñas diferencias." Con frecuencia las pequeñas variaciones provocan más cólera que las más grandes, porque ponen en peligro nuestra identidad.
Desafían nuestra identidad y nuestra autoestima. Nos gusta creer que los grandes conflictos requieren grandes causas, pero ignoramos que, de hecho, son las pequeñas diferencias las que más habitualmente desatan el odio. El primer acto de violencia en la literatura judeo-cristiana es un fratricidio. Caín se indignó porque sus ofrendas eran menos apreciadas que las de Abel, pero la furia de Caín desconcertó incluso a Dios. La violencia fratricida abre el libro de historia y reaparece constantemente. Las similitudes no dan origen a la armonía sino al antagonismo.
Esto pareciera llevarnos lejos de la matanza en Noruega. Sin embargo, si Anders Behring Breivik es culpable y ha actuado solo, su acto ilustra la incómoda verdad de que el rencor se origina muy a menudo entre familiares y amigos, no entre extraños, y se ataca a otros ciudadanos. Un ciudadano noruego con padres noruegos masacró a 76 de sus compatriotas.
"Es uno de nosotros", dijo un académico noruego sobre Breivik. Eso hace que la tragedia sea a la vez terrible y familiar.
[El autor es historiador y está asociado a la Universidad de California, Los Angeles. Es autor de ‘Bloodlust: On the Roots of Violence From Cain and Abel to the Present.’]
2 de agosto de 2011
25 de julio de 2011
©new york times
cc traducción mQh

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