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murió robert mcnamara


Ex ministro de Defensa, fue el arquitecto de la Guerra de Vietnam. Más tarde dijo que había tomado decisiones incorrectas.
[Stephen Braun] Murió el lunes el ex ministro de Defensa, Robert S. McNamara, el arquitecto de la fatídica escalada de tropas estadounidenses durante la Guerra de Vietnam, que pasó sus últimos años repudiando públicamente sus decisiones como "erróneas, terriblemente equivocadas". Tenía 93 años.
McNamara falleció en su casa en Washington después de un período de mala salud, dijo a la Associated Press su esposa, Diana.
Ex presidente de la Ford Motor Co., que dirigió durante siete años el ministerio de Defensa en las administraciones de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, McNamara fue el prominente responsable de la masiva concentración de fuerzas estadounidenses en Vietnam entre 1964 y 1968.
En la cúspide de su influencia y durante décadas después, McNamara personificó tanto la temprana promesa y los cada vez peores descriterios que empujaron al país contra una distante guerra en el sudeste asiático.
Maestro de los análisis estadísticos, McNamara blandía montañas de hechos y cifras para sustentar su defensa del despliegue de asesores militares y luego tropas terrestres en una ‘guerra limitada’ para frenar el avance de las fuerzas de la comunista Vietnam del Norte y guerrillas del Viet Cong en Vietnam del Sur.
Para cuando McNamara dejó su cargo en 1968, 535 militares estadounidenses habían sido presionados a servir, muriendo casi treinta mil en una guerra cada vez más cruenta. En diez años de conflicto, murieron más de 58 mil estadounidenses y tres millones de vietnamitas de los dos lados. McNamara fue el infatigable animador, viajando a zonas de combate más de cuarenta veces durante dos gobiernos. Sus dudas privadas crecieron a medida que lo hacían las bajas estadounidenses, renunciado finalmente al gobierno. Pero guardó su desazón durante casi tres décadas antes de hacerla pública en una revaluación cuidadosamente reflexionada de sus decisiones en tiempos de guerra -captadas en el documental ‘La niebla de la guerra’ [The Fog of War], que ganó un Oscar en 2004- que aplacaron a algunos críticos, y enardeció a otros.
Era una dinámica, dedicada, cerebral y tenaz figura de Washington, cuyo sello característico eran sus gafas de montura metálica y el pelo cuidadosamente engominado y partido al medio, con el aspecto de un maestro estirado. Atlético y esbelto y poseedor de una desbordante energía, McNamara superaba a Kennedy y Johnson con su inagotable optimismo, sin igual capacidad de administración y destreza burocrática que lo hacía destacar e intimidaba a sus rivales.
McNamara era un coloso de la sala de reunión, equipado con una memoria de acero y un arte con los números que dominaba las reuniones de gabinete y las audiencias parlamentarias. Desde temprano un deslumbrado senador republicano, Barry Goldwater Jr., lo llamó "uno de los mejores secretarios que he tenido, una máquina IBM con piernas". Posteriormente Goldwater modificó su visión, repitiendo a generales veteranos que pensaban que McNamara era "un desastre individual".
Durante un clásico encuentro en 1961, McNamara absorbió una compleja presentación de una hora sobre disuasión nuclear de un experto del RAND Institute, miró 54 detalladas diapositivas y decidió rápidamente modificar la política del gobierno de Eisenhower de apuntar con armas atómicas a ciudades rusas, para orientarlas hacia instalaciones militares. Sin debate, su doctrina puso en movimiento la política de ‘contrapeso’ que gobernaría la estrategia militar estadounidense durante los siguientes cuarenta años, escribió la biógrafa Deborah Shapley.
Pero la genialidad con los números de McNamara tenía un lado oscuro. Los críticos lo acusaron de engañar a sus clientes presidenciales y a la opinión pública estadounidense manipulando las estadísticas -desde el conteo de las bajas en el campo de batalla hasta estimaciones que minimizaban el nivel de tropas enemigas- y presentando un retrato falsamente optimista de las sombrías perspectivas de la guerra.
"McNamara era leal con sus jefes, no con la verdad. Les mentía. Obligaba a mentir a los que estaban por debajo de él. Lo hizo con Kennedy y con Johnson y sólo fue cuando vio el fracaso de la guerra que no supo qué hacer", dijo el difunto escritor David Halberstam, que denunció a McNamara como un "idiota" en ‘The Best and The Brightest’, su épica versión sobre los altos oficiales que empujaron a Estados Unidos a intervenir en Vietnam.
McNamara fue el arquetipo de una nueva camada de especialistas en administración, en auge en Washington durante los años sesenta. Se rodeó de un grupo de analistas que fueron conocidos como sus ‘genios’ y jugaron un papel prominente en la redacción de los clasificados ‘Los papeles del Pentágono’ [Pentagon Papers], una exhaustiva historia de Estados Unidos en Vietnam, que McNamara encargó en secreto en 1967.
Rebozando confianza en sí mismo, McNamara transformó el ministerio de Defensa en un gigantesco feudo cívico-militar. Entre sus creaciones destacan la Agencia de Inteligencia de Defensa y la Agencia de Suministros de Defensa, predecesora de la gigantesca Agencia de Logística de Defensa.
Pero fue Vietnam lo que lo definió, desde su asertiva dirección de los primeros contingentes de asesores de Boinas Verdes enviados por el gobierno de Kennedy a Vietnam del Sur en 1961, hasta sus escrúpulos entre bastidores que llevaron a que Lyndon Johnson lo remplazara como ministro de Defensa.
Cuando el senador Wayne Morse (demócrata de Oregon), que se oponía a la guerra, dijo en 1965 que la guerra de Vietnam se había transformado en la guerra de McNamara -una sardónica referencia a la canción de Bing Crosby de los años cuarenta, ‘McNamara’s Band’-, el ministro de Defensa lo tomó imperturbable como un cumplido. "No me molesta que la llamen la Guerra de McNamara", dijo a un periodista. "De hecho, me enorgullece estar asociado a ella".
Pero en 1968, después de oponerse a una mayor escalada e instado a un congelamiento de los niveles de tropa, McNamara fue sacado discretamente por Johnson, que lo nombró presidente del Banco Mundial, una posición que mantuvo durante trece años hasta su jubilación en 1981.
McNamara se guardó para sí mismo sus confusiones durante casi tres décadas, pero finalmente las hizo públicas en un libro de memorias que explica metódicamente muchas de sus incuestionados subentendidos e históricas decisiones.
Su ‘In Retrospect: The Tragedy and Lessons of Vietnam’, cuestionó los temores de la teoría del dominó de que una pérdida en Vietnam del Sur conduciría a una sucesión de victorias comunistas en todas partes en el sudeste asiático. McNamara concedía que él y otros personeros de gobierno habían juzgado mal el apoyo popular del Frente de Liberación Nacional de Ho Chi Minh y sobrestimado los límites del alcance militar de Estados Unidos.
"Mi objetivo no es justificar errores ni fijar responsabilidades, sino identificar los errores cometidos", escribió.
Pero su meticuloso lenguaje y deseo de contar sin admitir un error no tomaron en cuenta el enorme poder emocional que la guerra todavía ejercía sobre la psique americana. En una gira de charlas limitada, McNamara fue confrontado por amargados veteranos de Vietnam y familiares de los caídos.
Mantuvo un firme control de sus pensamientos privados, pero su angustiada expresión lo delataba. Parecía "un fantasma de todo lo que había pasado en su país en apenas una generación", escribió Paul Hendrickson en un devastador retrato de McNamara viejo.
McNamara intentó por última vez salvar su reputación aceptando una serie de entrevistas filmadas con el director Errol Morris que resultó en ‘La niebla de la guerra’.
Cuando Morris preguntó por qué no había hablado sobre sus dudas cuando la guerra estaba todavía siendo librada, McNamara se mantuvo firme. "Esas son preguntas que me ponen en aprietos", dijo. "Un montón de gente no entiende bien la guerra, no me entienden bien a mí. Un montón de gente cree que yo soy un hijo de puta".

Robert Strange McNamara nació el 9 de junio de 1916, en San Francisco. Un alumno sobresaliente, McNamara también era un disciplinado atleta en Eagle Scout, que hacía excursiones y corría. Más tarde se interesó en el alpinismo y durante sus años en el gabinete, escaló el Matterhorn, en Suiza, de 4.200 metros.
Después de estudiar en la Universidad de California en Berkeley, entró en la Facultad de Administración de Empresas de Harvard en 1937, donde destacó en administración y técnicas de contabilidad. Trabajó en la facultad en Harvard, donde también se casó con Margaret Craig, una amiga de la antigua zona de la Bahía.
Se presentó como voluntario para la Armada después del ataque japonés contra Pearl Arbor en 1941, pero fue rechazado por su mala visión. Pero el dominio de las estadísticas de McNamara lo hicieron muy útil para la guerra. En 1943 fue nombrado capitán temporal de una comisión que intentaba mejorar la precisión de los bombarderos de larga distancia B-29 que arrojaron toneladas de bombas sobre ciudades japonesas.
Después de la guerra, McNamara contempló volver a Harvard, pero cuando él y su esposa fueron golpeados brevemente por ataques de polio, aceptó una oferta mejor pagada de la Ford Motor Company. McNamara se unió a un grupo de jóvenes ayudantes contratados por el presidente Henry Ford II para dotar a la firma de análisis estadísticos, enseñar el uso riguroso de cifras para medir tendencias y mejorar sistemas.
Tras empezar como encargando de planificación, introdujo una nueva línea de coches de bajo coste que permitió que la compañía invirtiera sus ganancias en sus anticuadas fábricas. Mejoró la eficiencia y fue un temprano proponente de los coches compactos. Ante el gran fiasco de Ford con Edsel en 1958, lanzado en su época, McNamara decidió rápidamente paralizar la producción y reducir las pérdidas. Ascendió rápidamente en los rangos superiores de Ford y fue el primer presidente que provino de fuera de la familia Ford en 1960.
Su puesto en Ford duró poco. Un demócrata que se movía en los círculos pesadamente republicanos de Detroit, el nombre de McNamara llegó al comité de campaña del presidente electo Kennedy. Respaldado por dirigentes de los sindicatos de fabricantes de coches, McNamara viajó a Washington, donde Kennedy, impresionado inmediatamente, le ofreció el ministerio de Defensa, o el de Hacienda. McNamara eligió Defensa.
Vietnam fue angustiante desde el principio. El presidente saliente Dwight D. Eisenhower había advertido a Kennedy sobre Vietnam y Kennedy respondió ordenando que McNamara y sus generales diseñaran una estrategia militar para apuntalar el corrupto y tambaleante régimen de Ngo Dinh Diem de Vietnam del Sur, que murió en un golpe el 2 de noviembre de 1963.
Fijaron primero un cauteloso curso de ayuda limitada, enviando 400 Boinas Verdes a adiestrar tropas de Vietnam del Sur. El contingente fue la vanguardia de una fuerza que había crecido a diecisiete mil soldados cuando Kennedy fue asesinado tres semanas después de Diem. Pero en reuniones internas, McNamara exigió reforzar la presencia de Estados Unidos de doscientas mil tropas.
McNamara estaba convencido de que "las piezas de dominó caerán si perdemos Vietnam’, dijo, mirando ese tiempo con pesar en una serie de entrevistas en Berkeley en 1996. "Era ciertamente la opinión tradicional en círculos de la diplomacia... Creo que estábamos equivocados, y ciertamente juzgamos mal".
Las preocupaciones por Vietnam fueron pronto opacadas por una serie de preocupaciones de relaciones internacionales más urgente. Un mes antes de que las primeras Fuerzas Especiales llegaran a Vietnam del Sur, el gobierno de Kennedy dio luz verde a un grupo de exiliados cubanos para montar un intento de derrocamiento del dictador cubano, Fidel Castro. Los mal aprovisionados insurgentes fueron saludados con el desastre de Bahía Cochinos.
McNamara aconsejó a Kennedy proseguir con los planes de la invasión secreta, que estaba en el proyecto de Eisenhower. McNamara dijo más tarde que esa decisión era la fuente de su pesar, un claro "error en la época".
Un año después, McNamara jugó un papel central en la arriesgada política del gobierno de Kennedy durante la crisis de los misiles cubanos. Estados Unidos amenazó con un bloqueo y usó la diplomacia privada para intimidar y persuadir al presidente ruso Nikita Khrushchev para que sacara las armas nucleares ofensivas de Cuba. McNamara se complacía por su papel en el resultado, diciendo que la posición "demostraba la disponibilidad de nuestras fuerzas armadas para responder ante emergencias".
Al mismo tiempo, McNamara presidía lo que era entonces la más grande concentración de tropas en tiempos de paz en la historia de Estados Unidos, precipitando el despliegue de misiles balísticos intercontinentales y nuevas armas atómicas tácticas. McNamara peleó con los generales de Kennedy por sus vetos a los sistemas de armamento y sus esfuerzos por imponer análisis de sistema en la jerarquía militar. Pero a medida que Estados Unidos extendía su estancia en Vietnam, McNamara aumentaba sus advertencias de que se necesitan tropas terrestres.
El asesinato de Kennedy en Dallas el 22 de noviembre de 1963 conmovió profundamente a McNamara. Se había convertido en un íntimo de los círculos sociales de Kennedy y el hermano del presidente asesinado, Robert, le pidió que lo acompañara a recibir el ataúd de JFK cuando este llegara por avión a Washington. A instancias de Kennedy, McNamara también eligió un lugar aislado en el Cementerio Nacional de Arlington donde fue sepultado el presidente.
Lyndon Johnson, sucedor de Kennedy, mantuvo a McNamara en su equipo, y pronto se impresionó tan bien como Kennedy. "McNamara es el tipo más inteligente que conozco", dijo Johnson a su mentor en el Senado, Richard Russell, en mayo de 1964, en una conversación telefónica.
La situación en Vietnam se estaba deteriorando con los crecientes éxitos de las guerrillas del Viet Cong. En marzo, McNamara volvió de una gira por Vietnam instando a Johnson a aumentar la ayuda militar para apuntalar al decaído ejército de Vietnam del Sur.
En agosto de 1964 una serie de escaramuzas entre navíos estadounidenses y norvietnamitas en el Golfo de Tonkín dio a McNamara y sus generales un cheque en blanco para ampliar la guerra. El episodio espoloneó un voto casi unánime del Congreso autorizando a Jonhson a desplegar tropas terrestres. Años más tarde los historiadores todavía discuten sobre si los ataques fueron tan serios como se dijo inicialmente y si justificaban una mayor escalada de la guerra.
McNamara insistió en que los ataques de los norvietnamitas eran reales y suficientemente alarmantes como para provocar una severa reacción. Su única duda, según dijo años después, era el vínculo entre las escaramuzas y la votación en el Congreso. "Fracasamos en cuanto a llevar al Congreso y al pueblo estadounidenses a una discusión franca y abierta en la que se considerasen las ventajas y desventajas", escribió en sus memorias sobre Vietnam.
Pero internamente, McNamara dirigía a los halcones para oponerse a ese debate. Cuando el subsecretario de Estado George Ball trató de presentar un histórico memorando a Johnson oponiéndose a una mayor escalada de la guerra, McNamara se defendió. "Implicó que yo había sido imprudente al llevar esas dudas al papel", recordó Ball en 1964. Peor, dijo Ball, McNamara estuvo de acuerdo con él en privado y luego "me quemó vivo" cuando se reunieron con Jonhson.
Para 1965, cuando las fuerzas estadounidenses en Vietnam del Sur superaron el medio millón, McNamara aconsejó a Johnson, privadamente, que Estados Unidos había llegado a una encrucijada en el camino y tenía que decidir si continuar con la guerra o retirarse. Sin embargo, en público McNamara seguía siendo públicamente optimista, lanzando una campaña de ataques aéreos contra ciudades e instalaciones de Vietnam del Norte.
A medida que se atascaba el esfuerzo bélico y las bajas golpeaban en casa desde las grandes ciudades hasta pueblos del corazón agrícola, el Congreso se puso impaciente. Había cada vez más preguntas de demócratas que estaban contra la guerra, e incluso de republicanos como el representante de Wisconsin, Melvin Laird, que más tarde ocuparía la posición de McNamara en el Congreso y las fuerzas armadas", recordó Laird.
Para el otoño de 1966, en privado, McNamara se estaba derrumbando. Ahora estaba "visiblemente angustiado" cuando hablaba sobre la guerra, dijo Anthony Lake, un funcionario del servicio diplomático en la época que más tarde fue asesor de Seguridad Interior del presidente Bill Clinton.
"Aunque era conocido como el maestro de los análisis abstractos y cuantitativos, para muchos más consciente que muchos de sus colegas de que las estadísticas representaban vidas humanas", recordó Lake. "Y en términos del progreso de la guerra, las cifras no hacían sentido".
En 1967, sin la autorización de Johnson, McNamara, en privado, encargó a un equipo de analistas un informe sobre los orígenes de la intervención de Estados Unidos en Vietnam. El estudio incluyó tres docenas de investigadores, que tomaron dieciocho meses en concluirlo, pero el informe de siete mil páginas fue un secreto hasta que el analista Daniel Ellsberg filtrara fragmentos del estudio, al New York Times en 1971. Un intento del presidente Richard Nixon de impedir la publicación del informe en el Times y en el Washington Post fue desechado por la Corte Suprema de Estados Unidos.
Cuando Johnson se enteró del proyecto a mediados de 1967, sospechó que Mcnamara pensaba utilizar los resultados para ayudar a la campaña presidencial del senador Robert Kennedy. Consciente de que sus días como ministro de Defensa estaban contados, McNamara empezó a dejar que se conociera su interés en alguna vacante en el Banco Mundial. Después de meses de silencio, Johnson anunció repentinamente la nominación de McNamara al cargo y para marzo de 1968, McNamara había dejado el gobierno.
McNamara hizo una prominente figura como el quinto presidente del Banco Mundial, colaborando con los países ricos para subir la ayuda a un Tercer Mundo miserable. Pero no decía nada sobre la guerra que ahora dividía a la nación.
Las divisiones desgarraron incluso su familia. Su esposa, la creadora de ‘Reading is Fundamental’, el programa de alfabetización infantil más importante del país, en privado se oponía a la guerra. También se oponía el hijo de McNamara, Craig, que participó activamente en el movimiento contra la guerra de California.
Incluso después de que renunciara al Banco Mundial en 1981, la guerra lo seguía jalando. Fue un testigo reluctante en el comentado juicio por calumnias en 1984, entablado por el general en retiro William Westmoreland contra el canal CBS. La red había acusado a Westmoreland de reducir deliberadamente los cálculos sobre las tropas del Viet Cong durante la guerra.
Finalmente, en 1995, McNamara, finalmente decidió hablar. Escribió ‘In Retrospect’ para estudiar los errores que él y otros altos funcionarios cometieron y sacar las lecciones para futuras autoridades. Pero algunos estadounidenses que todavía sufrían las heridas psíquicas de la guerra, estaban menos dispuestos a perdonar y olvidar. Durante una presentación en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, de Harvard, como parte de una gira política, McNamara fue confrontado por John Hurley, un veterano de Vietnam que más tarde sería un asesor de la campaña presidencial del senador John Kerry en 2004. "Señor, tengo que decirle, y no hay modo de decirlo más amable, su libro y su presencia son una obscenidad", le dijo Hurley a McNamara.
Cuando Hurley presionó a McNamara a explicarle por qué no dijo nada sobre sus dudas durante la guerra, McNamara sugirió que leyera el libro. Cuando Hurley insistió, McNamara estalló: "Cállese", gritó McNamara, y luego volvió a defender un viejo alegato que había sostenido cuarenta años antes.
"Nunca entendió, nunca pareció interesarse sobre el costo humano del año", dijo más tarde Hurley. "Para él, Vietnam era solamente un problema de políticas, cifras estériles que debían ser manejadas".
Era muy parecido a la misma despiadada apología que hizo McNamara ante las cámaras durante una presentación de ‘La niebla de la guerra’. Morris hizo preguntas difíciles, que rara vez se planteaban. Cuando Morris preguntó, con delicadeza, si se "sentía de algún modo responsable de la guerra", McNamara reaccionó: "No quiero seguir adelante con esta discusión".
Críticos de McNamara de toda la vida, como Halnerstam, desdeñaron la película como "la versión de una fuente". Morris respondió que la película trató de retratar a un hombre atormentado que había contribuido a iniciar una guerra atormentada.
"Todos cometemos errores", dice McNamara en algún momento en la película. "No conozco a ninguna comandante militar honesto que diga que no ha cometido nunca un error. Hay un dicho maravilloso: ‘La niebla de la guerra’. Y lo que quiere decir ‘La niebla de la guerra’ [The Fog of War] es que la guerra es tan compleja que está más allá de la capacidad de la mente humana para comprender todas las variables. Nuestro juicio, nuestra sensación no son los adecuados".
Le sobreviven su segunda esposa, la ex Diana Masieri Byfield, y sus tres hijos con su primera esposa, Margaret, que murió en 1981: Craig, de Winters, California, y Margaret Pastor y Kathleen McNamara, ambos de Washington, D.C.

19 de julio de 2009
6 de julio de 2009
©los angeles times
cc traducción mQh
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