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tercera edad de woody allen


[David Segal] Luego de los elogios por la última película de Woody Allen y cuando se acerca el estreno de ‘Scoop', las cosas se ven mejor para el director, ¿no?

Nueva York, Estados Unidos. Woody Allen se está despidiendo con el mismo apretón de manos que me dio para decir hola hace treinta minutos. "Espero no haberle deprimido", dice, disculpándose.
El escritor y director de 70 años ha estado meditando sobre la vida, el sexo, el trabajo, la muerte y su normalmente inútil búsqueda de esperanza, y, francamente, la mera depresión es difícilmente una respuesta correcta. Aquí, la respuesta que corresponde es el terror desenfrenado.
Sí, el mundo de acuerdo a Woody está tan privado de significación, tan despiadado y tan absurdo que la única respuesta adecuada es acurrucarse en un sofá y aullar por tu mami. También podrías ensayar el método de Allen, que es hacer una película todos los años y tratar, aunque sea brevemente, de olvidar la oscuridad.
"Dentro del campo de concentración, haces lo que puedes", dice, saltando directamente a la metáfora de la vida como Auschwitz. "Es muy difícil mantenerse animado. Tienes que convencerte constantemente de un montón de cosas, y alguna gente se miente mejor a sí misma que a otros. Si miras la realidad por mucho tiempo, te mata".
¿Qué esperabas? ¿Una charla para subirte el ánimo?
¿Pensabas que una cita con Woody Allen te levantaría el ánimo? Ya no es el bromista ansioso y gesticulador que ha representado en tantas de sus películas, un poco de vodevil vía Camus. Hay pocos gags en la vida real de Woody Allen, que dice que fuera de su trabajo él es rara vez divertido.
En lugar de eso, es hablador, triste, y aunque parece sentirse vagamente incómodo con el ambiente -una sala de recepción vacía en el Mark Hotel, donde pasa la tarde cotorreando con los entrevistadores-, sobre pocos temas se pone casi evangélicamente apasionado. Y ninguno más que el escalofriante sin sentido de la vida.
"Es simplemente terrible", dice, encogiéndose un poco, "y, en ese contexto, tienes que encontrar una respuesta para la pregunta: ¿Para qué seguir?"
La respuesta, al menos por hoy, es la campaña publicitaria para ‘Scoop', su segunda película al hilo escenificada en Londres. Se estrena el viernes, es una comedia con Scarlett Johannson como estudiante de periodismo que se enamora de un atractivo aristócrata (Hugh Jackman) que podría ser también un asesino en serie. Johannson recibe un dato para el reportaje de un famoso periodista (la estrella de ‘Deadwood', Ian McShane), que vuelve de la muerte y la ayuda en su pesquisa. Su asustadizo compinche es un mago de la vieja escuela, Allen mismo, que pretende ser el padre de Johannson y la ayuda a hacerse camino entre los estamentos privilegiados de la sociedad británica.
A pesar de la trama, ‘Scoop' es la película más ligera de Allen desde hace un tiempo, una media vuelta de la enervantemente sombría ‘Match Point', lanzada el año pasado para aclamación del público y nominada para una Academy Award como el mejor guión. Esa película logró dar un ingenioso giro en la carrera de Allen, que se había apagado con una racha de películas insignificantes a mediados de los noventa. Alza la mano si viste ‘Melinda y Melinda', su última película neoyorquina. Tuvo una recaudación de 3.8 millones de dólares en Estados Unidos.
La estrella de Allen había caído tan bajo que dice que una de sus películas recientes recaudó más dinero en París que en todo Estados Unidos. Para cuando escribió ‘Match Point', no pudo encontrar productores americanos dispuestos a ceder el control creativo total que siempre ha exigido.
"Cuando inviertes en una película de Woody Allen", dice Letty Aronson, su hermana y co-productora ejecutiva durante largo tiempo, "no lees el guión, no tienes nada que decir sobre el reparto. Y el sistema de estudios en Hollywood ha sido usurpado por tipos que se consideran a sí mismos como fuerzas creativas, y no solamente financistas".
Un grupo de inversores europeos, entre ellos la BBC, financiaron ‘Match Point' a condición de que Allen la rodara en Inglaterra. Cuando la película fue estrenada y recaudó 90 millones de dólares en todo el mundo, en las reseñas y comentarios se dijo que Woody Allen había vuelto. Fue sorprendente que reconquistara su público con una película que no tenía ni una sola risa. Pero ¿qué importa? Estaba de vuelta.
En todo caso, eso era lo que se estaba diciendo. Y Woody Allen no estaba convencido.
"No estuve fuera", dice, con paciencia. "Y no estoy de vuelta. ‘Match Point' fue una película sobre la suerte, y me trajo mucha suerte a mí. La hice como hago todas mis películas, y funcionó. Cuando necesitaba un día lluvioso, llovía. Y si necesitaba sol, salía el sol. Kate Winslet se retiró a último momento porque quería estar con su familia, y Scarlett Johannson estuvo disponible a los dos días. Era como si no hubiera podido arruinar esta película, hiciera lo que hiciera".

Llenando el Vacío Cósmico
Es correcto decir que nadie se impresiona menos con Woody Allen que Woody Allen mismo. Ha confesado hace tiempo padecer lo mismo que su personaje de ‘Recuerdos' [Stardust Memories], llamado ‘melancolía de Ozymandias', la tristeza que produce mirar un conjunto de obras y creer que no perdurarán. No es falsa modestia. Odiaba tanto a ‘Manhattan' que después de terminarla, quiso comprarla al estudio y destruirla. En los buenos días, admite que le gustan cuatro de sus películas (‘Recuerdos' y ‘Match Point', entre ellas). El resto le daba lo mismo.
"Es extraño", dice, "porque yo soy un cómico que hace películas cómicas con esta visión deprimente y eso es lo que hace que mis películas sean interesantes o lo que las torpedea".
En medio de un salón mayormente vacío, sentado a una pequeña mesa redonda, se ve como en el escenario ideal para un té o un interrogatorio. En esta asoleada tarde, su publicista lo trata como a una planta exótica que sólo puede ser mirada por períodos de media hora, no sea que se marchite. Allen es más resistente que eso. Diane Keaton dijo una vez que tiene esas cosas de acero. Tiene un aire de gravedad que no se aprecia en sus películas.
Un buen dibujate captaría a Allen con un par de garabatos -la cabeza isósceles, los marcos negros, la mirada cortésmente perdida. Está más canoso y más frágil de lo que lo recuerdas, su voz es más suave y un poco ronca, pero está envejeciendo con dignidad, si no gracia. Su padre murió a los cien, lo que él encuentra alentador.
"Es una lucha constante para ver que tu cuerpo no se ha roto", dice. "Gastas más tiempo en su mantención y eso es aburrido, como descubrirás algún día".
Si Allen viviera otro par de décadas y trabajara la mitad de lo habitual, podría fácilmente hacer otra docena de películas. Pero si para mañana, habrá hecho una filmografía que no tiene precedentes. Con la posible excepción de Charlie Chaplin, nadie en Estados Unidos ha dirigido, escrito y actuado en tantas excelentes películas como Woody Allen, y lo ha hecho solo, excepto con un ocasional co-guionista, sin que nadie censure sus diálogos.
Los críticos y el público han mandado al traste algunos de sus producciones, pero entre las 37 películas que ha hecho -eso es contando ‘Historias de Nueva York' [New York Stories], una trilogía a la que contribuyó con una película-, hay una asombrosa variedad de memorables. Líricas tomas sobre el amor y la neurosis (‘Annie Hall', ‘Maridos y mujeres' [Husbands and Wives]), películas con comedias con la Gran Pregunta (‘Delitos y faltas' [Crimes and Misdemeanors], ‘Zelig') y saltos de realismo mágico (‘La rosa púrpura del Cairo' [The Purple Rose of Cairo]. Más la ocasional película histórica, como ‘Balas sobre Broadway' [Bullets Over Broadway], y alguna profundamente seria y reflexiva, como ‘Interiores' [Interiors] y ‘Otra mujer' [Another Woman]. Un total de 21 nominaciones a una Academy Award, la mayoría a la mejor dirección y mejor guión. Tres Óscares, incluyendo uno a la mejor película por ‘Annie Hall'.
Podemos maravillarnos mirando esta lista y todavía reconocer que nuestra relación con Woody Allen ha estado llena de baches. Es el único director con el que los cinéfilos rompen, como si fuera un novio o algo parecido. Uno escucha montones de variaciones sobre el tema. Después de ‘Celebrity', yo rompí con él. O le di la espalda después de ‘Desmontando a Harry' [Deconstructing Harry].
Detrás del desprecio está (1) la sensación mencionada antes de que en algún momento a mediados de los años noventa, perdió su talento. O (2), el lío con Soon-Yi. (En 1992, para los que necesiten recordarlo, Allen empezó a salir con Soon-Yi Previn, la hija adoptiva de 21 años de su ex novia Mia Farrow, una relación que condujo a una encarnizada lucha por los niños que Farrow y Allen habían adoptado juntos, una batalla que Allen perdió). Para algunos, la opción por Soon-Yi, con la que ha estado casado por más de una década, fue la evidencia de que Allen y la realidad habían dejado de verse, o de que era demasiado tortuoso como para seguir considerándolo divertido.
También existe (3), la combinación entre (1) y (2). ‘Match Point' reconquistó a muchos de sus fans, pero Allen no apareció en esa película, lo que la hizo más digerible para los que tenían dudas sobre Woody. Con ‘Scoop' veremos si Allen y su audiencia relativamente modesta de los años ochenta se abrazan y reconcilian. Él espera que la respuesta sea positiva, pero a diferencia de un montón de amantes despechados, no está muriéndose por ello.
"Yo hago una película y la pongo allá fuera", dice. "Espero que le guste a todo el mundo, ese es mi mayor deseo. Si no les gusta, me decepcionaré, pero no voy a cambiar mi modo de trabajar. No voy a hacer algo diferente para ganar la preferencia del público".
Para Allen, el punto no la popularidad o la inmortalidad. El punto es la terapia. Durante meses seguidos, el arte de hacer cine lo sumerge en una actividad que lo distrae terriblemente, que es la de escribir un guión, buscar actores, seleccionar el vestuario y crear un reino sobre el que tiene un control total. Distrae a la mente de la melancolía. Además, es un estilo de vida bastante agradable.
"Nunca quise que las películas fueran un fin. Quería que fueran un medio para llevar una vida decente -conocer a mujeres atractivas, salir, vivir con decencia. No en la opulencia, pero con alguna seguridad. Hoy sigo creyendo lo mismo. Un tipo como Spielberg se va a vivir al desierto para hacer una película. Si Scorsese hace una película en India, se instala allá y vive allá durante cuatro meses. Quiero decir, para mí, si no estoy filmando en mi barrio, me siento perdido. No tengo una dedicación a mi trabajo en ese sentido. No tengo dedicación".
Necesitas uno dos jíbaros para explicar cómo alguien tan prolífico -también ha escrito montones de artículos cómicos para el New Yorker, más una ocasional pieza de teatro- se puede considerar a sí mismo un zángano. Pero no está jugando.
"Mira, me toma meses escribir un guión. Esto no es ‘'Finnegans Wake'", dice. "Saco la máquina de escribir, la llevo a mi escritorio, tres días después tengo un presupuesto. Luego hacemos la pre-producción, que toma unas diez semanas. Quiero decir, no tengo un presupuesto de cien millones de dólares. Estoy trabajando con 15 millones de dólares. Tengo que rodar la película en diez semanas, como máximo".
Cuando las cámaras están rodando, sabe lo que quiere, pero a menos que se le ocurra una broma, está casado con el guión. Estimula la improvisación. Si un actor se olvida del diálogo, Allen se lo lee en voz alta y espera que él o ella lo recuerde. Si eso no funciona -y el problema persiste-, el actor es, a veces, despedido. Uno de ellos fue Annabelle Gurwitch, despedida de una pieza que estaba dirigiendo Allen. Más tarde contó la experiencia en una antología que editó, titulada ‘Fired!' [¡Está despedida!]. Lo que más recuerda fue la sucinta tasación de Allen: "Pareces una retardada".
"La gente se preocupa de que puede ser despedida", dice Aronson. "Pero eso es muy raro, porque él elige a la gente por su talento a la hora de actuar, no por su fama. Y sólo ocurre en esos casos en lo que piensa que realmente no va a resultar".
El perfeccionismo no es su estilo. Interrogado sobre por qué no trata de hacer películas como Stanley Kubrick, lo que estar refinándolas durante años, Allen dice quejumbrosamente que no es algo que lo mueva.
"Kubrick era un gran artista. Estoy todo el tiempo diciéndolo y la gente piensa que estoy siendo irónico, que no es el caso. Kubrick era un tipo que estaba obsesionado con los detalles y que hacía cien tomas, y, sabes, yo no soy así. Si estoy rodando una película y son las seis de la tarde y tengo que hacer una toma, la hago y pienso que podría haber hecho una mejor toma si me hubiera quedado, pero yo dejo de trabajar a las seis. Mi personal me adora porque saben que trabajar en mis películas significa que van a estar en casa a las seis".

Reflexiones
Todo esto empezó con un chiste y un sobre. Woody Allen era entonces Allan Stewart Konigsberg, hijo de un taxista en Brooklyn, y estamos a fines de los años cuarenta, cuando los diarios publicaban chistes breves para divertirse. Después de que se publicaran un montón de los suyos, una firma de relaciones públicas lo localizó y le ofreció un trabajo, escribiendo frases ingeniosas para que los famosos las incluyeran en sus columnas, como Walter Winchell. Cuando salía de la escuela en la tarde, se sentaba frente a su máquina de escribir y tipeaba cincuenta al día.
Antes de salir de la secundaria, Allen estaba ganando 1.600 dólares a la semana escribiendo para la televisión, para estrellas como Sid Caesar, y más tarde para el programa ‘Tonight', de Ed Sullivan y otros. Su primer guión, en 1965, fue ‘¿Qué tal, Pussycat?' [What's New, Pussycat?], que dice que el estudio estropeó. Juró con no permitir que nadie cambiara nunca más sus diálogos y después de ‘Toma el dinero y corre' [Take the Money and Run] en 1969, nadie lo volvió a hacer.
No le gusta detenerse en el pasado, aunque sólo sea porque su vida de entonces le parece indistinta y la muerte es un chiste que transforma el pasado y el presente en una farsa cruel.
"Es como los dos trenes al principio de mi película ‘Recuerdos'", dice. "Hay un tren con todos esos magníficos triunfadores y un tren con todos los perdedores. Quieres estar en el tren con los triunfadores, pero cinco minutos después estás llegando al mismo terminal. Mi setenta o más años serán mejores que los de un vagabundo en las calles de Calcuta, pero vamos a terminar en el mismo lugar".
No hay consuelo. No hay religión. No hay drogas. Ni siquiera existe el placer de adquirir sabiduría.
"Lo bueno de pasar de 19 a 25 es que dejarás de cometer los errores que cometen Los Tres Chiflados y que cometías tú cuando eras adolescente", dice. "Pero una vez que empiezas a subir en años, como cuando llegas a los setenta, te das cuenta que no hay nada bueno en eso. Esas despampanantes mujeres que ves en las calles pertenecen a un mundo que ya terminó para ti.
"Sabes, esto no es apropiado", murmulla, como si se arrepintiera. "Uno de los grandes pasatiempos de mi vida era mirar a las chicas en minifalda, y eso ya pasó. Ya no están disponibles para ti, y en los pocos casos en los que podrías usar tu magia, te das cuenta que no tiene mucho sentido porque no puedes pensar en un futuro cuando tienes 70 y ella 22. El coqueteo también termina, aunque es una gran parte del disfrute de la vida de todos".
¿Pero cómo puede ser esto? Gracias a Woody Allen, un par de generaciones de mequetrefes y simplones pudieron salir con chicas. Allen creó el arquetipo del necio que se queda con la más guapa. ¿No puede mirar hacia atrás con un poco más de alegría?
"No, porque yo siempre fui el tipo que estaba fuera y trataba de entrar. Recuerdo una vez que estaba en Chicago y me invitaron a la mansión Playboy. Esto fue hace mucho tiempo. Y este enjambre de chicas guapas estaba allá y no pude hacer contacto con ninguna de ellas. Y el tipo que estaba conmigo me dijo: ‘Hablan conmigo solamente porque estoy contigo. Me puedo acostar con cualquiera de ellas porque estoy contigo'. Y yo, yo mismo no me podía ir a la cama con ninguna".
No está criticando a sus antiguas novias, y no le falta el respeto a su mujer, de la que dice a menudo que es lo mejor que le ha pasado en su vida amorosa. Se trata simplemente de que no tuvo la experiencia de las chicas grupi. Y, como en un montón de cosas, eso lo deja sintiéndose estafado.
"Para mí, ser famoso no me ayudó mucho. Ayudó un poco. Warren Beatty me dijo una vez hace muchos años, que ser una estrella es como estar en una casa de putas con una tarjeta de crédito, y yo nunca supe si era así o no. Para mí, era como estar en una casa de putas con una tarjeta de crédito caducada".

27 de julio de 2006
©washington post
©traducción mQh
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