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por qué nos odian tanto los norteamericanos


Después de once años de guerra contra el terrorismo y los enormes costes en vidas y trastornos sociales y culturales en los países donde se libra muchos han comenzado a preguntarse por qué les odian tanto los norteamericanos.
[Ahmed Rashid] Lahore, Pakistán. Consternados después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, los estadounidenses se preguntaban frecuentemente: "¿Por qué nos odian tanto?" No estaba claro quiénes eran "ellos" -musulmanes, árabes o simplemente cualquiera que no fuera estadounidense. La respuesta fácil que muchos estadounidenses encontraron reconfortante era igualmente vaga: que "ellos" sentían envidia por la riqueza, oportunidades, democracia y otras cosas bonitas de Estados Unidos.
Pero en esta parte del mundo -en Pakistán, donde vivo, y en Afganistán, país vecino, desde donde se organizaron los atentados del 11 de septiembre- los que detestaban a Estados Unidos eran mucho más identificables, lo mismo que sus motivos. Se trataba de un pequeño grupo de extremistas islámicos que apoyaban a al Qaeda; una organización más grande de estudiantes de escuelas religiosas (madrasas), que se habían expandido rápidamente desde los años ochenta; y jóvenes militantes que habían sido apoyados y preparados durante años por los servicios de inteligencia militar de Pakistán para luchar contra India en la Cachemira. Entonces era una pequeña minoría en Pakistán, que tiene 150 millones de habitantes. A sus ojos, Estados Unidos era una potencia pagana, imperial y agresiva, similar a la Unión Soviética, a la que habían derrotado en Afganistán.
Ahora que Estados Unidos está entrando al año once de la guerra más larga que ha librado en su historia, muchos más de mis vecinos en Pakistán se han unido a la lista de detractores de ese país. La ola de anti-americanismo está aumentando tanto en Afganistán como en Pakistán, incluso entre los muchos que en el pasado admiraban a Estados Unidos, y el motivo es simple: el resentimiento surge de que los planes de Estados Unidos de llevar paz y desarrollo a Afganistán han fracasado, la carnicería continúa y, para encubrir sus fracasos, los estadounidense han extendido ahora la guerra hacia Pakistán, evocando lo que hicieron en los años sesenta cuando la guerra de Vietnam fue trasladada hacia Laos y Camboya. Además, mientras los paquistaníes mueren por una guerra norteamericana, Washington ha cerrado ventajosos acuerdos con el archienemigo de Pakistán, India. Eso es la teoría.
Los detractores más beligerantes de Estados Unidos te dirán que los estadounidenses son imperialistas que odian al islam, y que los llamados instintos civilizatorios de los estadounidenses no tienen nada que ver ni con la democracia ni con los derechos humanos. Una opinión políticamente más adecuada es que los detractores no odian a Estados Unidos, sino solamente las políticas impulsadas por sus gobiernos.
Pero ambos grupos se sienten engañados: Afganistán está todavía en guerra, y mi país está al borde del colapso. Ahora se trata de algo más que rechazar a Estados Unidos. Hemos comenzado a hacernos la pregunta reversa del 11 de septiembre: ¿por qué nos odian tanto los norteamericanos?
Diez años es mucho tiempo para estar en guerra y vivir diariamente el peligro de algún atentado terrorista. Se ha gastado demasiado tiempo en una alianza desigual en la que la guerra sólo se vuelve más difícil y divisiva, especialmente para el socio débil en cuyo territorio se está librando esa guerra. Bajo semejante y prolongado estrés, el resentimiento sobre las intrusiones, errores de cálculo y actuaciones irresponsables hace suya la suposición de que los estadounidenses deben odiar a los paquistaníes, porque de otro modo no los tratarían nunca con tanta negligencia, ni hablarían tan mal de ellos, ni les tendrían en tanta desconfianza.
Los estadounidenses no deberían sentirse particularmente sorprendidos. La guerra rebaja a todo el mundo y a todos los estados, incluyendo a los victoriosos, y eso es especialmente así si la guerra se caracteriza por promesas rotas y esperanzas frustradas, percepciones de traición y desilusión en un aliado. Para la gente que vive en el teatro de la guerra, la letanía de esas decepciones es larga.

Quizás la promesa más grande hecha después del 11 de septiembre de 2001 por el presidente George W. Bush y el primer ministro británico Tony Blair, fue que Occidente no toleraría nunca más ni estados fallidos o en proceso de fracasar ni extremismos. Hoy hay más estados fallidos que nunca. El mensaje de al Qaeda se ha extendido a Europa, África y el continente americano, y todas las religiones y culturas están produciendo sus propios extremistas, sea por simpatía con el islam o en reacción contra este (como deja en claro la reciente masacre en Noruega).
La escasez, el hambre, la pobreza y la ruina económica han aumentado más allá de toda medida, al menos en este rincón del mundo donde se gestaron los planes del 11 de septiembre, mientras que el cambio climático ha provocado terribles inundaciones y la sequía empuja a una miseria inimaginable a millones de personas en los lugares más inesperados. Esto último no es culpa del 11 de septiembre, pero en la mente de muchos las catástrofes que nos amenazan se derivan de las guerras norteamericanas y del hecho de que Estados Unidos desdeña los problemas realmente universales. En esto, Estados Unidos es una víctima de sus propias guerras y los cambios globales que no ha tratado.
De las dos invasiones -Iraq y Afganistán- y de la operación de rescate del estado en Pakistán, en las que se han embarcado los estadounidenses en los últimos diez años, el fracaso más manifiesto ha sido su incapacidad a la hora de reconstruir los estados y países donde ha librado guerra. Construir un estado consiste en instalar instituciones y formas de gobierno que pueden no haber existido antes en algún país, como en Afganistán, o que han estado en las manos de dictadores implacables, como en Iraq. Construir un país consiste en ayudarlo a desarrollar su cohesión nacional, como lo intenta todavía Iraq, que todavía lucha, y en Pakistán, que fracasó desde el principio. Esto no se hace con fuerza bruta, sino con el desarrollo de la economía, la sociedad civil, la educación y las capacidades.
Durante el gobierno de Bush estos dos conceptos -construcción de estado y de país- eran palabras sucias. Lo son menos con el gobierno de Obama, pero ya no son utilizadas para describir la estrategia de Obama en Afganistán o Pakistán. Sin embargo, la tan proclamada estrategia contrainsurgente formulada por el general David H. Petraeus para derrotar a al Qaeda depende enormemente de la gobernabilidad, de la reconstrucción de instituciones como el ejército local y la fuerza pública, y de la capacitación de la gente para hacer su futuro: en otras palabras, construir el estado y el país.
Sin embargo, pese a los miles de millones de dólares gastados en esta estrategia, la agenda social de Estados Unidos ha sido recortada y la política general ha quedado en manos de las fuerzas armadas norteamericanas y de la CIA, para los que la contrainsurgencia es esencialmente una herramienta militar. En Afganistán, las redadas nocturnas y los asesinatos selectivos a cargo de las fuerzas de operaciones especiales de Estados Unidos, han reemplazado los bombarderos B-52 utilizados después del 11 de septiembre como las armas favoritas para reducir al Talibán. Los ataques son más precisos, pero el coste en muertes civiles es todavía demasiado alto para la población local.
Ahora los afganos se manifiestan en las calles cada vez que muere un civil. En Pakistán, los ataques con aviones no tripulados han indignado a toda la población porque nadie puede saber lo exitosos que han sido en eliminar a al Qaeda o al Talibán. John O. Brennan, asesor de contraterrorismo del presidente Obama, dijo en junio que en el año "no hubo ni una sola muerte colateral" como resultado de los ataques con aviones no tripulados. La CIA puede reclamar que los bombardeos han eliminado a seiscientos militantes, sin alcanzar ni a un solo civil, pero ¿qué afgano o paquistaní va a creer eso? Pakistán ha pedido la suspensión de todos los ataques con aviones no tripulados y los afganos han pedido el cese de las redadas nocturnas. Pero de momento los norteamericanos no han aceptado. Y el anti-americanismo sigue floreciendo.
Estados Unidos invadió Afganistán e Iraq sin ni siquiera un plan sobre cómo deberían regirse esos países. En ambos países, la estrategia se hizo sobre la marcha, y gran parte de esta fue inicialmente implementada en secreto -un método seguro para renunciar a la participación ciudadana. Los antiguos señores de la guerra afganos, de los que el Talibán se deshizo en los años noventa, fueron reutilizados por la CIA. Sufrieron una metamorfosis, como orugas que se convierten en mariposas, y pasaron de señores de la guerra a hombres de negocios, narcotraficantes, transportistas, magnates inmobiliarios. Pero debajo del nuevo traje de Arnani estaba el mismo señor de la guerra que odiaba todo el mundo. Los afganos culpan a los norteamericanos de haber revivido a sus antiguos atormentadores.
La corrupción es galopante, pero no sólo porque los gobernantes sean cleptomaníacos. Estados Unidos debe compartir una importante parte de la culpa por otorgar colosales contratos a la gente equivocada, por renunciar a la responsabilidad y a la transparencia, y por enriquecer sólo a unos pocos antes que levantar la economía. Todos estos fracasos -señores de la guerra, corrupción, víctimas civiles- han contribuido a crear un nuevo y violento tipo de anti-americanismo.
Entretanto, la ayuda estadounidense y el desarrollo económico en Pakistán y Afganistán se ha destinado a "proyectos de impacto rápido", que tienen la intención de ganar corazones y mentes, pero que, como la avena instantánea, se disuelven rápidamente. El verdadero trabajo de ayudar a estos estados a construir una economía local y crear empleos que reemplacen el cultivo de opio y el contrabando en las zonas rurales, donde la autoridad del estado es débil, fue dejado al azar. Sí, los militares norteamericanos se convirtieron en empleadores, pero Afganistán arriesga entrar en una aguda recesión económica cuando los cien mil soldados estadounidenses dejen el país y decenas de miles de afganos se queden sin trabajo.
Un reciente informe del Congreso dice que Estados Unidos ha desperdiciado al menos 31 mil millones de dólares en la concesión de contratos en Iraq y Afganistán. Y en Pakistán la gente no ve los beneficios económicos permanentes de los veinte mil millones de dólares que Washington ha gastado allá desde 2001. Ha llevado un montón de equipos militares, pero no ha construido ningún dique ni universidad ni central eléctrica.
Las fuerzas armadas paquistaníes se han beneficiado de estas compras, pero pensaban que nunca fueron consultadas suficientemente por Estados Unidos y no eran consideradas como aliados verdaderos. Actuando sobre esas suposiciones, crearon sus propias salvaguardas apoyando tanto al presidente Obama como a la insurgencia talibán, y continuaron en ese rumbo incluso después de la investidura del presidente Obama. Durante la guerra, temían que Estados Unidos tratara a India como el verdadero aliado, así que mantuvieron a los extremistas que habían adiestrado en los noventa para luchar contra su vecino más grande. Pero todo cambia, y las fuerzas armadas perdieron el control de los extremistas cuando estos se metamorfosearon en el Talibán de Pakistán y empezaron a atacar al estado mismo.
Pakistán, que ahora es el cuarto estado con armas nucleares del mundo, ha sido gravemente desestabilizado por su intervención en guerras en Afganistán. Esto, al menos, no empezó hace diez años. Lleva ya tres décadas. La guerra de los años ochenta contra la Unión Soviética fue alimentada por operativos de la CIA, el dinero saudí y el servicio secreto (Inter-Services Intelligence) de Pakistán. Entonces proliferaron Kalashnikovs, drogas, madrasas y divisiones sectarias, mientras Pakistán era gobernado por una dictadura militar respaldada por Estados Unidos. Desde el 11 de septiembre, Pakistán se ha vuelto a desestabilizar con la subversión en Afganistán, y durante la mayor parte del tiempo volvió a ser gobernado por una dictadura militar respaldada por Estados Unidos.
Por supuesto, la moneda del anti-americanismo tiene otra cara. Tanto los presidentes de Afganistán como de Pakistán han encontrado conveniente usarla según convenga políticamente o para justificar sus propios lapsos. El presidente de Afganistán, Hamid Karzai, se ha convertido en un maestro a la hora de derramar lágrimas para describir la última perfidia estadounidense, mientras fracasa en su lucha contra la corrupción o en proveer un mínimo de buen gobierno. Similarmente, el ejército y el directorado de inteligencia de Pakistán informan regularmente a la prensa y a políticos sobre las largas secuencias de traiciones norteamericanas, la pasión de Washington por India y cómo Pakistán fue atrapado en esa relación. Son todas falsas narrativas -yesca seca para la pregunta: "¿Por qué nos odian los estadounidenses?"-, pero ahora han calado en la psique nacional, en los medios y en el debate político, y contrarrestarlas no es fácil.
Eso es porque los objetivos de seguridad nacional del ejército, que muchos paquistaníes todavía aceptan como un asunto de identidad nacional, están enraizados en el siglo pasado, antes que en necesidades de hoy. Decretaron que el ejército debe mantener una situación de permanente hostilidad con India, ejercer influencia en Afganistán y controlar el despliegue de extremistas islámicos o de actores no-estatales como una herramienta de la política exterior en la región; y que debe exigir la parte del león del presupuesto nacional, junto con su control de las armas nucleares de Pakistán.

Los intentos de Estados Unidos por cambiar este curso de acción, sea con zanahorias o con palos, se han frustrado, mientras el gobierno civil se encoge de miedo en el fondo, ya que no quiere ser aplastado por los dos elefantes que representan los militares norteamericanos y paquistaníes. Entretanto, las voces del extremismo traducen el anti-americanismo en denuncias de los preciados ideales de los propios norteamericanos: democracia, liberalismo, tolerancia y derechos de la mujer. En estos días, los conceptos denunciados como occidentales o norteamericanos son conceptos desechables.
Los paquistaníes necesitan urgentemente un nuevo discurso, que sea honesto sobre los errores que han cometido sus líderes y seguirán cometiendo. Pero ¿dónde están los líderes que deben contar esta historia como debe ser? Los militares se salen con la suya con sus ideas anticuadas porque nadie ofrece una alternativa. Y sin una, nada mejorará durante un largo tiempo, porque los gobiernos norteamericano y paquistaní son en cierto sentido imágenes reflejas uno del otro. Los norteamericanos han permitido que sus fuerzas armadas y la CIA dominen en Washington la formulación de políticas sobre Afganistán y Pakistán, del mismo modo que las fuerzas armadas paquistaníes y el servicio secreto (ISI) dominan la toma de decisiones en Islamabad.
Desde la muerte el año pasado de Richard C. Holbrooke, que se había dedicado a definir una estrategia política para apuntalar las políticas estadounidenses, pero al que el presidente Obama parecía ignorar, no ha habido ninguna estrategia política ni para Pakistán ni Afganistán. Después de diez años, debería estar claro que las guerras en esta región no se pueden ganar sólo con poderío bélico, ni se puede dejar la formulación de políticas en manos de generales. Mientras no termine el estado de guerra y empiece el proceso de curación nacional, la pregunta sobre quién odia a quién sólo se hará más difícil de responder.
[El autor es periodista y autor de ‘Taliban’ y ‘Descent into Chaos.’]
21 de septiembre de 2011
10 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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