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otro botón de muestra del terror


columna de lísperguer
Mujeres sobrevivientes de la dictadura argentina revelan los ultrajes sexuales a que fueron sometidas por sus carceleros.

En la mayoría de los países que sufrieron dictaduras fascistas en los años setenta y ochenta, están concluyendo los juicios por violaciones a los derechos humanos y delitos de lesa humanidad. Sin embargo, siempre nos enteramos de los terribles extremos a los que llegó el odio y el terror envueltos en el ropaje de un estado de excepción o de guerra interior justificada por la lucha anticomunista. Particularmente en Argentina, el catálogo del terror nos sigue asombrando: curas integristas -como los curas pinochetistas chilenos, como el pedófilo obispo Karadima- que participaban en torturas y asesinatos, asesinatos de monjas, violaciones de detenidas y detenidos por perros amaestrados, introducción de ratones en la vagina de las secuestradas, extracción de ojos y dientes de los asesinados, el empalamiento de un niño de 14 años en presencia de sus padres, asesinatos de madres y mujeres de militantes, robo de bebés para venderlos o darlos en adopción y torturas crueles y bizarras en campos de concentración y exterminio controlados por demonios y psicópatas disfrazados de católicos.
Entre las cosas horrendas que es imposible olvidar está la experiencia de algunos prisioneros sobrevivientes que eran mantenidos en húmedas jaulas sin comer ni beber durante días y que eran soltados cada tres días para que se pelearan por las coles podridas que les arrojaban los carceleros (en El cura venido del infierno).
En el reciente libro ‘Grietas en el silencio’, de varias mujeres, prisioneras durante la dictadura, que fueron violadas y sometidas a abusos sexuales, se encuentra la horrible historia de una mujer que tras ser detenida fue sometida a aberrantes formas de abuso sexual. "Cuando me detuvieron", cuenta en la contribución de Susana Chiarotti, "me pusieron el caño de una pistola en la vagina, me sacaron a mi hijo de seis meses --mientras cursaba el período de lactancia-- y me lamían la leche materna. Me decían que ésa era la leche que tendría que estar tomando mi bebé, si no fuese porque lo había abandonado". Sólo un pervertido sexual puede imaginar un ultraje tan horroroso como lamerle la lecha materna a una prisionera torturada. Sólo un enfermo mental o un psicópata puede justificar estos actos como cosas que ocurren en las guerras. Esto no fue ni guerra ni tiene perdón de Dios.
Estos actos injustificables y de una aberrante perversidad fueron característicos de las dictaduras latinoamericanas. El juez Daniel Rafecas, en la causa por la cárcel secreta de Protobanco, detalló la barbarie de los represores en su intento por eliminar la condición de humanidad de sus víctimas.  Mencionó el juez "condiciones infrahumanas de existencia constitutivas de tormentos, tales como la sujeción e inmovilización, la prohibición del habla, el tabicamiento, la privación de agua y alimento, la frecuente prohibición de ir al baño, la exposición a desnudez, la amenaza constante con ser torturados físicamente, interrogatorios y en casi todos los casos, la aplicación de picana eléctrica, submarino, o golpes; mecanismos que se encaminaban a obtener la despersonalización de las víctimas". Tanto nos odian los demonios, que nada les parece tan placentero como reducirnos - a nosotros, humanos- a la condición o de cosas o de animales.
Que haya algunos -como los jueces de la Segunda Sala de la CS chilena- que esos crímenes prescriben y dicten fallos ridículos que terminan usualmente con esas alimañas caminando libremente por las calles, es un acto que sólo prolonga la barbarie original. Esos fallos, y el olvido, son los últimos capítulos de esos mismos actos de salvajismo.
lísperguer


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