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En medio de la violencia desatada por la guerra contra los carteles, una monja mexicana dedica su vida a la defensa de los derechos humanos. Sor Consuelo Morales es una de las activistas más efectivas de los derechos humanos.
[Tracy Wilkinson] Monterrey, México. Incluso en una carrera llena de amenazas y hostigamientos, el día que alguien dejó cuatro gatos con sus gargantas cercenadas a la puerta de su oficina es un día que Consuelo Morales no puede olvidar.
"Nos querían decir que nos calláramos o seríamos los siguientes", dice.
Eso fue hace catorce años, y todavía no se calla.
La monja católica de 63 años es una de las más infatigables y efectivas activistas por los derechos humanos. Mientras su país entra aterrado al sexto año de la violencia de la guerra contra los carteles, Sor Consuelo (como la llaman sus colegas) tiene más trabajo que nunca.
Madres cuyos hijos fueron vistos por última vez cuando era detenidos por la policía buscan sus consejos. Encabeza marchas y se enfrenta a gobernadores de estados, fiscales, detectives. Acompaña a las víctimas que deben pasar junto a soldados de guardia en edificios gubernamentales y les ayuda a presentar el tipo de quejas que las autoridades preferirían ignorar: sobre los desaparecidos, los asesinados, los torturados, todos a manos de agentes de policía y soldados.
Apenas 1 metro 52 de estatura, con una pequeña cruz de plata que cuelga de su cuello, Sor Consuelo no le tiene miedo a nada y es apasionada. Es rápida para sonreír cálidamente, pero puede ponerse a llorar en cualquier momento cuando escucha una historia especialmente horrorosa, como la violación colectiva de detenidos cometida por soldados que acaba de empezar a investigar. Después de que una angustiada madre le rogara que ayudara a su hijo, Sor Consuelo viajó por caminos llenos de baches durante horas para encontrar al joven y oír su historia.
Pese a la barbarie de las acusaciones, se arma de valor, se encoge de hombros y se zambulle en el caso con una práctica determinación.
"Simplemente no puedes darles la espalda", dice. "Si no estuviéramos aquí, ¿qué pasaría?"
Intimidación, encarcelamiento e incluso asesinato de activistas por los derechos humanos son ocurrencias corrientes en México, de acuerdo a organizaciones como Amnistía Internacional. Decenas de activistas de derechos han entrado en la clandestinidad o buscado protección.
Extraordinariamente, los esfuerzos de Sor Consuelo han conducido en los últimos cuatro meses a la detención de quince personas, incluyendo funcionarios de gobierno y policías. Es un progreso significativo, dice, pero apenas sí rasguña la superficie de las violaciones de los derechos humanos que han sido un feo subproducto de la guerra de las drogas.
"Estamos abrumados", dice, en la oficina que comparte con su equipo de jóvenes abogados en lo que fue una vez una antigua mansión y luego una discoteca gay. Es un correntoso y laberíntico edificio con vistas a un parque y al otro lado de una iglesia llamada Purísima.
Nik Steinberg, que cubre México para Human Rights Watch y ha trabajado con Sor Consuelo en numerosas ocasiones, dice que le cuesta seguir su ritmo.
"Es asombrosa. Trabaja incansablemente y es incansable", dice. "Su organización es la única del ámbito de los derechos humanos que está investigando los abusos de las fuerzas de seguridad en un estado donde esos abusos se han disparado. Pasar un día en su oficina es mirar un incontable flujo de víctimas.
"Puede ser cautivadora ante figuras de autoridad acostumbradas a gente que les teme. Ella podría ser su abuela. Tiene una firmeza y una sinceridad que no conocían. Pero también es amable y cálida con las víctimas y sus familias".
Sor Consuelo nació en Monterrey, un centro industrial y la ciudad más rica de México, que hasta hace poco había escapado de lo peor de la guerra de las drogas. Para 2009, la notoria banda de los Zetas se estaba instalando y estaba peleando por territorio.
Balaceras a plena luz del día, puestos de control montados por pistoleros de los carteles, gente que se queda en la casa -estas cosas se convirtieron en normales en la antes apacible metrópolis. Quizás el nadir fue agosto 25 cuando matones de un cartel incendiaron un casino atiborrado de mujeres de edad mediana que estaban jugando bingo; murieron 52 de ellas.
El gobierno federal despachó mil quinientos soldados adicionales a Monterrey y los estados aledaños en la Operación Escorpión, una medida saludada por muchos hombres de negocios desesperados por salvar el centro económico más importante de México pero condenado por activistas como Sor Consuelo.
Con una incrementada presencia militar, la violencia no ha parado y se han multiplicado los informes sobre violaciones a los derechos humanos.
"Es un juego perverso", dice Sor Consuelo. "Mientras más militares haya, más violencia habrá. Ellos son preparados para matar, no para vigilar, no para investigar, no para proteger".
Parece que no pasa un día sin que otra familia angustiada llegue a su oficina, Ciudadanos en Apoyo de Derechos Humanos (Cadhac), para denunciar la desaparición de un familiar o un asesinato de las fuerzas federales.
"Por cada queja que recibimos, hay siete más que no tratamos", dice. "La gente todavía no se atreve a denunciar".
Sor Consuelo supo desde niña que quería ser monja. En su juventud, era una de las pocas opciones disponibles para una mujer que quería llevar una vida religiosa. Sin embargo, fue una crisis de fe la que la llevó al campo de los derechos humanos.
Era el año 1992, y no pensaba que podía sacrificarse lo necesario como para ayudar a un extraño del mismo modo que ayudarías a tu hermano, como ordena la Biblia. Con reflexión, meditación y guía espiritual, finalmente llegó a la conclusión de que ella estaba a la altura de la tarea. Al año siguiente, fundó Cadhac.
"Trabajar en derechos humanos me permite confirmar mi fe, todos los días", dice. "Con los derechos humanos puedo confirmar que creo en Dios".
Sor Consuelo viajó a Los Angeles para recibir un premio de la organización Human Rights Watch, con sede en Nueva York, en una ceremonia el martes noche. El Premio Alison Des Forges Award "celebra el valor de los individuos que arriesgan su vida para proteger la dignidad y derechos de otros", de acuerdo a Human Rights Watch.
Aunque el honor fue hecho público hace varias semanas, no ha llamado mucho la atención en México. Claramente, el tipo de cosas sobre las que habla Sor Consuelo incomoda a los poderosos.
"Hacemos lo que tenemos que hacer", dice. "Ni más ni menos".
Aunque lo más grave que le ha pasado es el incidente con los gatos degollados (que ocurrió durante protestas contra el maltrato de reos y logró que renunciara la mitad del personal), las amenazas continúan.
El año pasado, Sor Consuelo y su personal adoptaron la causa de los ambientalistas que estaban luchando contra la construcción de un balneario y cancha de gol en medio de la reserva natural La Huasteca cerca de Monterrey. Hubo llamadas amenazadoras, y miembros del personal estaban seguros de que estaban siendo perseguidos.
"Cada vez que tocas un interés, sea político o económico, hay una reacción", dice Sor Consuelo.
En el caso de La Huasteca, los ambientalistas ganaron, y el proyecto fue abandonado.
No se ha sentido amenazada por los militares. "Creo que están demasiado ocupados para darse cuenta de lo que estamos haciendo", dice.
En la entrevista con el Times hace dos años, Sor Consuelo se lamentaba de la falta de activismo público en México y se quejaba de que los ciudadanos no protestaran, hicieran demandas, participaran en la vida cívica. Ahora, dice, la gente parece estar involucrándose más, incluso si la mayoría de los que hablan son víctimas de violencia con sus familias.
"Si la víctima habla, llama más la atención Y luego la víctima se siente acompañada. Siente que no está sola", dice Sor Consuelo. "Pero todavía se ve el temor cuando participan. Todavía tenemos un largo camino por recorrer".
6 de diciembre de 2011
15 de noviembre de 2011
©los angeles times
cc traducción c. lísperguer

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