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áfrica y sus niños


[John Donnelly] Thandeka perdió a sus padres. ¿Debería también ella abandonar a sus hermanos? Quizá tenga que hacerlo, para sobrevivir.
Sibovu, Suazilandia. Las dos viejas estaban discutiendo sobre su futuro, pero Thandeka Motsa, de 13, apenas se atrevía a escuchar.
"Thandeka debe crecer en un lugar diferente", dijo la tía abuela, Lephinah Vilakati, sentada en una esterilla trenzada frente a su choza con tejado de paja y pollos dando vueltas en los alrededores.
La otra mujer, la bisabuela de Thandeka, Sellinah Sibandze, frunció el ceño y asintió.
Thandeka había perdido a sus dos padres el año anterior: su madre murió de sida, su padre en un accidente.
Desde entonces, ella y su hermano y hermana más pequeños han vivido con la vieja Sibandze, de 94, en esta granja en la cima de la colina.
Todas las tareas de la casa, y de crianza de los niños, han caído en manos de Thandeka. Sin embargo, Sibandze trataba a los niños como si fueran una carga, burlándose de ellos constantemente. Thandeka lloraba todos los días cuando preparaba la comida, o trapeaba la cocina.
Y así, hoy, cuando las mujeres hablaban, la cuestión era si esa carga debía ser compartida -si Thandeka debía mudarse a vivir con otra familia.
"Pero", continuó Vilakati, sopesando su argumento, "ella tiene una hermana menor, y un hermano menor, y es como madre para ellos. Y también tiene que cuidarte a ti, bisabuela".
Sibandze, sentada en la esterilla en el suelo, no respondió directamente. En lugar de eso, las emprendió contra el difunto padre de Thandeka.
"Habría sido mejor si el padre de Thandeka no hubiera muerto", dijo la anciana. "Pero tampoco servía de mucho cuando estaba vivo. Ni siquiera les daba cerillas para encender las fogatas".
Thandeka achicó los ojos.
"Está mintiendo", dijo, susurrando. Se deslizó detrás de una pequeña casa de ladrillos, dobló las piernas debajo de su cuerpo y se puso las manos sobre la cara.
Pronto las lágrimas mancharon su delgada chaquetilla azul.
Las matriarcas divagaron durante un rato antes de volver a ella. "¿Qué piensa Thandeka?", preguntó la tía abuela.
¿Qué podía decir la niña?
"No tiene sentido", dijo Thandeka limpiándose los ojos y la nariz. "Si digo algo, mi bisabuela me gritará. Será todavía peor. Quiero marcharme. Pero si me marcho, ¿qué pasará con mis hermanos?" El dilema de Thandeka es también el dilema de África.
Según estimaciones de Naciones Unidas hay ahora unos 11 millones de niños viviendo al sur del desierto del Sahara que han perdido a uno o los dos padres a causa del sida, y su número será probablemente el doble dentro de seis años.
El diminuto reino de Suazilandia, rodeado casi enteramente por África del Sur, es sólo uno de los países africanos abrumados por esta avalancha de tragedias familiares.
Las familias extensas, aquí y en todo el continente, se han estado ocupando de estos niños durante años. Pero sea a causa de la pobreza o del cansancio emocional, muchas ya no pueden soportar la carga. Más y más niños son abandonados o maltratados, o deben sobrevivir por sí mismos. Voluntarios de algunos centros de alimentación informan haber visto a grupos de niños salir caminando de la selva, vagabundos. Llegan sucios, no hablan, y se están muriendo de hambre.
Suazilandia, un país tradicionalmente orgulloso, de un millón de habitantes, ha desarrollado un creativo plan nacional para combatir el sida, incluyendo programas de ayuda a los huérfanos. Algunos jefes tribales han sembrado campos de maíz y otros vegetales sólo para estos niños.
Sin embargo, estas iniciativas están en su infancia, y no están a la altura de la crisis. En Sibovu, la aldea de Thandeka de 3.000 habitantes en el lejano suroeste del país, casi la mitad de los 430 alumnos de la escuela básica local este año son huérfanos o están clasificados como vulnerables, lo que quiere decir que carecen de supervisión parental y pueden estar desnutridos, dijo Ethwel Matsebula, la directora de la escuela.
Las cifras han aumentado de forma dramática el año pasado, y los aldeanos están haciendo lo que pueden para ocuparse de ellos.
Una red informal de unos 40 vecinos recorre las laderas para visitar a los enfermos en casas que no tienen electricidad, ni agua potable, ni condiciones sanitarias adecuadas.
Las voluntarias -son todas mujeres- son casi todas portadoras del virus del sida. También supervisan tres comedores de huérfanos, donde las voluntarios calientan cacerolas de potaje de maíz en fogatas de leña.
Pero los centros no tienen alimentos, las mujeres no llevan ni medicinas ni comidas a los enfermos, y sus propias filas están disminuyendo. En dos años, diez de las voluntarias del grupo han muerto de enfermedades relacionadas con el sida.

Cuatro Niños Propios
Una de ellas era Thembi Elizah Mathola, la madre de Thandeka.
Murió el 25 de agosto de 2003, en la cama gigante que compartía con Thandeka, los dos niños Khetha, entonces de ocho, y Thabo, de siete, y la abuela, Sibandze. Su cuarto hijo, Lucky Malinga, entonces de 16, dormía en otro cuarto.
El destartalado y verde pasaporte de Suazilandia de Mathola la identificaba como "ama de casa", aunque nunca se casó y se ganó la vida durante varios años trabajando en un taller de costura antes de enfermar en 1999. El padre de su hijo mayor vivía a cinco minutos de camino de la granja de la familia, pero no quiso tener nada que ver con Lucky. El padre de los tres hijos menores era Daniel Motsa, un plomero. Vivía con otra mujer cerca de Manzini, a dos horas de autobús hacia el norte.
Thandeka acostumbraba a pasar muchos fines de semana con su padre. De vez en vez, él la daba, y a sus hermanos pequeños, dinero para pagar la matrícula de la escuela y los textos escolares, contó ella.
Thandeka adoraba pasar el tiempo con él, pero siempre volvía a casa los domingos por la tarde, porque sabía que su madre la necesitaba.
Mathola dependía de su familia extensa para que la ayudaran a alimentar y vestir a sus hijos, y, a medida que empeoraba, comenzó a depender de Thandeka, que la cuidaba, y para que se ocupara de Khetha y Thabo.
Cuando Thandeka tenía ocho años, su madre la llevó en un autobús en un viaje de dos horas al hospicio donde daban medicinas gratuitamente. Le pidió a su hija que memorizara la ruta, y pronto Thandeka entendió por qué. Pocas semanas después Thandeka, ya demasiada enferma para viajar, envió a su hija sola.
"Tenía miedo", recordó Thandeka, hablando en siswati, la lengua más común en Suazilandia. "Pero entonces empecé a ir un montón de veces, y me aprendí el camino. No tenía alternativa".
Durante los siguientes cuatro años volvió a la clínica dos o tres veces al mes a recoger medicinas. En varias ocasiones Mathola enfermó tanto que la familia la llevó a un hospital cercano. En el pabellón de los adultos, el trabajo de cuidarla se le encargó a Thandeka, que hacía sus comidas y atendía a sus necesidades. Durante esos años, la niña perdió varias semanas de escuela.
Mathola trató de preparar a Thandeka y sus otros hijos para cuando ella no estuviera.
"Le dijo a Thandeka y a mí y a mi hermano y hermana que debíamos quedarnos aquí en casa cuando ella muriera", dijo Lucky, su hijo mayor. "Nos dijo que debíamos abstenernos de tener sexo, por el peligro del sida. Y nos dijo que debíamos ser buenos unos con otros".
Su madre también trató de alegrarles toda vez que pudo, deleitando a sus hijos con historias tradicionales de Suazilandia. La favorita de Thandeka giraba sobre un buitre que engatusaba a una madre para que lo dejara cuidar a su bebé, y luego se escapaba con el niño en sus garras.
La madre recorría la aldea cantando sobre su triste destino y finalmente reencontraba al bebé.
Una de las amigas de Mathola, Siphiwe Hlophe, directora del Positive Living for Life, de Suazilandia, una organización de gente sero-positiva con capítulos locales en todo el país, contó que Mathola tenía un anhelo para su hija mayor. "Quería que fuera la madre de sus hermanos menores".
Cuando Mathola se acercaba a la muerte, nadie de la familia extensa quiso asumir la responsabilidad de los niños, dijo Hlophe. Nadie sabía cómo sobrevivirían.
Algunos de los 18 miembros de la familia extensa de Vilakati, incluyendo a Thandeka y sus hermanos, vivían en terrenos adyacentes en una rocosa colina justo al norte de Sibovu. Lephinah Vilakati, la tía abuela de Thandeka, estaba a cargo de la granja. Daba las órdenes para las tareas del día y dirigía las ocasiones importantes de la vida aquí, desde los nacimientos hasta los funerales.
La granja consistía de tres pequeñas construcciones de ladrillo, un tractor, 22 vacas, 10 cerdos, ocho cabras, 30 pollos, 20 gallinas, siete gansos y siete perros flacos como lebreles.
Thandeka, sus hermanos y su bisabuela vivían en una casa de tres cuartos a unos 30 metros de ahí; no tenían ganado propio.
Después de la muerte de Mathola, Thandeka debió ocuparse de cocinar, limpiar, sembrar verduras y recoger las raíces comestibles y bayas silvestres para la familia. La tía abuela de Thandeka, Vilakati, las vigilaba, pero Vilakati apenas sembraba lo suficiente en la granja como para alimentar a su propia familia.
Los niños sufrieron un segundo golpe tres días después de la muerte de su madre.
El padre de Thandeka, Motsa, murió de envenenamiento de gases naturales. Había olvidado apagar la hornilla una noche. La policía concluyó que la muerte había sido accidental, pero Hlophe se preguntó si acaso el padre de Thandeka se mató a sí mismo. Mucha gente en Suazilandia se ha suicidado, dijo, tras enterarse de que sus parejas tenían sida y que ellos también estaban probablemente contagiados.
La muerte de Motsa dejó a Thandeka y sus hermanos completamente dependientes de lo que pudieran rebuscar y de lo que sus familiares pudieran darles.
Un día, Hlophe, haciendo su vuelta para el grupo Positive Living for Life, visitó la casa de la familia. Cuando saludaba a los miembros del clan vio a Thandeka en la distancia, corriendo hacia ella, sonriendo. Se abrazaron.
La tía abuela de Thandeka, Vilakati, contó las nuevas. Una molestia, dijo, era que la directora de la escuela primaria había devuelto a casa al hermano menor de Thandeka, Thabo, porque no llevaba el uniforme de la escuela.
"No sé a quién le envía el niño la directora", dijo Vilakati. "Ahora no hay nadie aquí".
Thandeka miró hacia el suelo, cubriéndose la cara. Lo sintió como un juicio de sus esfuerzos. Y era otro recordatorio de que su madre y su padre habían muerto.
Hlophe la abrazó con sus grandes brazos. "Está bien", le dijo, una y otra vez.

Un Hogar Hostil
En presencia de Thandeka no es difícil entender por qué su madre puso tanta fe en ella.
Es una niña fornida, alta para su edad, de 1 metro 53, y de casi 50 kilos. Su frente es amplia y lisa, excepto cuando ríe y se arruga. Y cuando se ríe y lanza bocanadas de palabras con su voz aguda, los demás ríen con ella.
Su alegría es contagiosa, especialmente para sus amigas, que a menudo se disuelven en ataques de risa tonta y luego se trepan unas a otras en juguetones abrazos. Son la pasión de su vida, aunque los chicos están empezando a hacerse un hueco en su cabeza.
Pero un año después de la muerte de sus padres, no tuvo muchas ocasiones de sonreír. Ella y sus hermanos sí tuvieron un respiro: el grupo de Hlophe pagó las matrículas de todos los hijos de Mathola.
De otro modo, para Thandeka el peso de ser cabeza de familia a su edad fue simplemente demasiado. Su cara se ensombrece a menudo. Propinó a menudo castañazos a sus hermanos menores, algo que ella no había nunca antes. Se ponía a llorar por los motivos más nimios.
Y hubo muchos motivos.
Una noche su bisabuela, enfadada porque los niños se habían comido la mayor parte de la cena y le habían dejado a ella muy poco, le dijo a Thandeka que se marchara y no volviera nunca más.
Thandeka corrió a la aldea y se encontró con una persona adulta a la que ella conocía. Juntos se acercaron a la policía de la comunidad. La policía visitó la granja y pidió a la bisabuela que fuera más amable con Thandeka, pero las palizas verbales no se detuvieron.
"Me está diciendo siempre cosas como: ‘Tu madre y tu padre no servían para nada'. O: ‘Tú no eres de aquí. Esta no es tu casa'", dijo Thandeka. Lucky, su hermano mayor, dijo que Thandeka llevaba el peso de la ira de la anciana.
En su miseria, Thandeka pensó en una manera de salir: resucitar un ofrecimiento de la familia de su mejor amiga para que su familia la aceptara. El ofrecimiento había sido rechazado por las matriarcas de la familia poco después de que muriera la madre de Thandeka.
Hace poco, la mejor amiga de Thandeka, Bonsile Tsabedze, 12, había renovado el ofrecimiento y la instó a tratar nuevamente el tema con las viejas de la familia. Pero cuando lo hizo, Sibandze le lanzó una diatriba y Thandeka retrocedió.
Al día siguiente Thandeka decidió intentarlo de nuevo.
Después de salir de la escuela, Thandeka marchó bajo el cielo azul con sus dos hermanos menores hacia el comedor de los huérfanos. El estrecho sendero los llevó a través de la hierba dorada que casi les cubría la cabeza. Thandeka apretaba en su mano las notas. En los exámenes de ocho asignaturas, tenía un total combinado de 428 puntos de un máximo de 800 -apenas bueno para aprobar.
"No me fue muy bien", dijo, abatida.
"Tengo que estudiar más, pero no tengo tiempo".
El comedor había estado cerrado durante los dos últimos días y los tres hijos de Motsa llegaron tarde para las comidas de ese día. Como el supervisor había salido, Thandeka entró a la casa y encontró una cacerola fría con una papilla de maíz. Encontró dos cucharadas de un berza cocida y la mezcló con la dulzona papilla para Khetna, ahora de 9, y Thabo, de 8. Los dos se la tragaron. Thandeka no comió nada. No había comido en dos días.
"Esperaré", dijo simplemente, y se volvieron a casa.
No estaba pensando en comer. Estaba pensando en lo que diría a las matriarcas de la familia.
Cuando llegó a la granja, la tía abuela la llamó. Estaba sentada en su estera bajo el sol, y Sibandze estaba tendida a su lado. Thandeka se sentó cerca de ellas.
"Thandeka, si te quieres marchar, tienes que decírnoslo, y decirnos por qué", dijo Vilakati, retomando de inmediato el tema del día anterior.
Thandeka susurró: "La bisabuela nos acosa. Cuando comemos, nos dice que le estamos quitando la comida. Cuando dormimos, nos dice que estamos usando sus sábanas".
"No sabía que pasaba esto", dijo Vilakati. "¿Por qué no dijiste nada?" Thandeka replicó: "Usted siempre dice que hay que ser paciente con la bisabuela, que está vieja y que su corazón no funciona bien".
La bisabuela la interrumpió: "Tus padres, y tú también, Thandeka, todos ustedes no me dais más que problemas".
"Es por eso que quiero marcharme", dijo Thandeka.
Vilakati miró hacia el cielo. "No podemos obligarte a seguir aquí si te sientes acosada", dijo finalmente.
"Su motivo para marcharse no me impresiona", dijo la bisabuela. "No creo que se estén muriendo de hambre.
"Comen. No sé qué más quieren. Si somos pobres, vamos a ser pobres juntos".
"Tú estás muy ligada a ellos", dijo Vilakati. "De otro modo, te las arreglarías para que estuvieran mejor en otro lugar. Si se marcha, está bien. Yo puedo cuidar de ti, bisabuela.
Mi preocupación es: quién se ocupará de los niños".
"Yo creo que la otra familia tiene que venir aquí y hablar con nosotras", dijo la tía abuela.
Thandeka se levantó y se encaminó hacia la casa de su amiga, una caminata de 40 minutos que la hacía pasar frente a las diminutas aulas de la escuela básica, las tres tiendas de la aldea y una carnicería, los campos de marchitos tallos de maíz y docenas de pequeñas casas en las colinas.
Para cuando llegó, Thandeka apenas podía dominar la emoción. Corrió hacia Jabu Tsebedze, la madre de su mejor amiga, que estaba fuera hablando con una amiga.
"Hablé con mi bisabuela y mi tía abuela sobre mudarme acá", dijo, sin aliento, y luego tragó aire, pensando que quizás la familia ahora no la querría. "Si todavía le parece bien a usted".
"Ah", dijo Tsabedze, sorprendida. Examinó detenidamente a la niña. Thandeka se estaba mirando los pies.
"Está bien", dijo Tsabedze. "No tengo problemas. "Pero ¿qué harás con tus hermanos?" "No sé", dijo Thandeka.
Tsabedze se marchó a llamar a su marido, Alfred. Era el gerente de una tienda de materiales de construcción en Mbabane, la capital.
Por teléfono, escuchó a su mujer y luego le dijo: "No podemos dejar que Thandeka siga sufriendo. Pero tienes que asegurarte de que su familia lo encuentra bien, de que no tendrán rencor".
Ella asintió. Colgó y le dijo a Thandeka que iría a hablar con su familia al día siguiente.
Thandeka corrió hacia su amiga Bonsile, y otra compañera de la escuela. Ngabisa Magagula, para contarle la noticia. La vieja Thandeka había vuelto a renacer, la chica alegre a la que le gustaba dar volteretas, la niña de 13 que quería su parte de diversión en la vida. El viento se llevó las voces de las niñas sobre las colinas.

La Elección De Una Niña
A la mañana siguiente, Jabu Tsabedze se sentía ansiosa cuando se preparaba para hablar con las dos ancianas. Sin embargo, tenía un aire sereno. Ella y su marido tenían dos hijos, pero en los últimos años habían acogido a otros cuatro que habían perdido a sus dos padres. Pagaban la comida de los niños, la ropa, los útiles escolares.
Si se agregaban Thandeka y sus hermanos, su único problema sería encontrar dinero para pagar la matrícula de la escuela.
Jabu Tsabedze creía que debía ayudar a los menos afortunados; también quería que las niñas tuvieran más oportunidades que las que había tenido ella. Dijo que su padre creía que la educación era una pérdida de tiempo con las niñas, y por eso sólo había llegado al cuarto año. Su hermano llegó a la universidad en Estados Unidos y en Canadá.
La saludaron los gallos cuando subió a la colina donde estaba la granja de Thandeka. Llevaba una chaqueta abotonada para protegerse del frío del invierno, una falda, y un sombrero de paja de ala ancha. La tía abuela, Vilakati, la vio y se sentaron en un lugar tranquilo. Tsabedze le ofreció ocuparse de los tres niños. La tía abuela respondió que si Thandeka se marchaba, no podría volver nunca más.
No explicó por qué, pero Jabu Tsabedze cree que la anciana estaba amargada porque Thandeka había acudido fuera de su familia en busca de ayuda.
Tsabedze se levantó fatigada. Cruzó la granja para saludar a la bisabuela y se sentó junto a ella en su estera. Le dijo a la anciana que estaba dispuesta a ocuparse de Thandeka y los niños. "Estoy vieja", dijo la bisabuela. "No me puedo ocupar de los niños.
"Si Thandeka se quiere marchar, que se marche".
Tsabedze gritó: "¡Thandeka!" La niña corrió hacia ella. Tsabedze le habló con firmeza: "Thandeka, tu bisabuela me ha dicho que te puedes ir conmigo. Te quedarás conmigo. Quiero que sepas que yo castigo a los niños. Si tienes la intención de portarte mal, te castigaré. ¿Entiendes?"
Thandeka asintió.
La tía abuela, Vilakati, llegó y se sentó dándole la espalda a Tsabedze.
"¿Y qué pasará con los niños?", preguntó Tsabedze.
"Son muy jóvenes para marcharse", dijo la bisabuela.
Tsabedze, decepcionada, le dijo a Thandeka que reuniera sus cosas.
En la casa Thandeka apenas necesitó un minuto para reunir todas sus cosas y meterlas en una gran bolsa de plástico blanco.
Afuera, Tsabedze le dijo a las matriarcas que deberían hablar con Khetha y Thabo.
"Creo que van a llorar", dijo Tsabedze.
Vilakati los llamó, y los dos aparecieron prontamente.
"Thandeka se irá a vivir con esta mujer", les dijeron. "Vosotros quedaréis con la bisabuela. No debéis escaparos. Si queréis ver a Thandeka, tendréis que decirnoslos". Thabo parecía aturdido. Khetha agachó la cabeza y apretó los ojos. Le temblaba el labio inferior, y asintió.
Luego corrió hacia el retrete y cerró la puerta.
Thandeka miraba desde la casa. "Salani kahle" -que estés bien-, gritó a su hermana. Y entonces se marchó.

Nuevo Hogar, Nuevas Crisis
La casa de Tsabedze era una colección de tres pequeñas casas, un gallinero elevado y un refugio cubierto para el grande y ceboso cerdo de la familia, llamado Sister.
Jabu Tsabedze le enseñó a Thandeka su nuevo dormitorio. Consistía de un enorme armario lleno de ropa y tres camas apretujadas contra las paredes. Tres niñas compartían el cuarto: su hija Bonsile, y dos huérfanas, una de ellas amiga de Thandeka, Ngabisa. Thandeka compartiría la cama con Bonsile, dijo ella.
Bonsile y Ngabisa corrieron al cuarto y se sentaron junto a Thandeka. Las tres rieron bobamente, se abrazaron y cayeron sobre el colchón unas sobre otras, acariciándose las caras de alegría. Pronto, las tres corrían por los campos de la familia, cayéndose en la hierba y parándose de cabeza.
"Todo lo que siento ahora es felicidad", dijo Thandeka a sus amigas.
Pero el sentimiento no duró mucho tiempo.
Tres días después, Thandeka recibió una terrible noticia. Había habido un accidente. Un tractor se había volcado, matando a dos personas. Una de ellas era su tía abuela, Lephinah Vilakati.
Vialakati fue sepultada ese fin de semana en la granja de la familia. Más de 200 personas se reunieron en la colina, incluyendo a Thandeka y a Siphiwe Hlophe, la directora de la organización de Suazilandia para la gente con sida.
Hlophe abrazó a Thandeka y propuso que la niña debería volver. "Ahora que murió tu tía abuela, no hay nadie que pueda cocinar para sus hermanos menores", dijo. Thandeka no dijo nada.
Hlophe se alejó preocupada. Dijo que pensaba volver a Sibovu a fines de la semana. Necesitaba hablar nuevamente con Jabu Tsabedze, la bisabuela, y con Thandeka.
En esta nueva crisis, sabía, nadie estaba pensando en Kheta y Thabo, los niños que ahora no tenían a nadie.

Se puede escribir al autor a: donnelly@globe.com

23 de noviembre de 2004
6 de enero de 2005
©boston globe
©traducción mQh
"
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