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odio, política y demencia


columna de mérici
[Como respuesta a mi crónica ‘Quién le tiene miedo al rey', escribió también un lector que me parece realmente un descerebrado y sospecho en realidad que se trata de un paciente psiquiátrico. No quiero sonar demasiado severo con él, pero pese a la evidente corrosión de su mente, su ‘punto de vista' encuentra eco en numerosos opositores al presidente Chávez. Por eso lo trato aquí].

Sobre el altercado entre el rey Juan Carlos y el presidente Hugo Chávez durante la Cumbre Iberoamericana, llama al primero "altivo y valiente", lo que, dice, le pone muy feliz. ¿Por qué le pone feliz? Porque el presidente, dice, "atropella los derechos individuales de su pueblo y tiene a Venezuela en la miseria", cosas que por lo demás no argumenta ni justifica.
Pero enseguida pierde la cordura y adopta un lenguaje todavía más ordinario y soez que lo que solemos llamar estilo de verdulera. A partir de esas dos líneas relativamente razonables, caracteriza a Chávez como "ese mono bocón que se llena las fauces con la revolución bolivariana", que en realidad es la vía, dice, hacia lo que llama ‘neo-comunismo'. Parece tener comunicación con el más allá, porque dice que Bolívar se menea en su cripta con las ‘tergiversaciones' de Chávez, aunque tampoco explica nada.
Supongo que no ha leído a Bolívar. Menos la frase que ilustra la portada de la revista Punto Final de este mes: "Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad".

Continúa sus irracionales comentarios afirmando que Chávez es un dictador. Pero explica que lo es porque interviene en la vida política de otros países, lo que parece indicar que el descerebrado tiene criterios muy particulares para definir las dictaduras. Afirma que persigue a católicos y protestantes e incluso, oh, a los adventistas -pero igualmente sin argumentar. Y luego nos informa que el presidente quiere fundar una iglesia pagana, donde él [el presidente Chávez] será Dios. Como se ve, en este comentador tenemos una importante fuente de información.

Pero el desorden mental del pobretón no para aquí. Continúa diciendo que Chávez "es igual a Hitler, pero en versión sudaca".

Es muy curiosa esta expresión. Sabe el descerebrado que ‘sudaca' es el término despectivo que usan algunos en España para denigrar a los latinoamericanos. El comentador, que dice que es chileno y que vive en Rancagua, adopta pues un insulto peninsular, aparentemente sin advertir que el insulto le cae a él de perillas, porque es tan sudaca como Chávez. Pero, por un momentico, se imagina que es español, para poder insultar al presidente. ¿Qué trasfondo psico-psiquiátrico está en juego aquí?
Agrega que el presidente es un "bocón y tirano genocida" y que "persigue a la Iglesia", pero sin describir el supuesto ‘genocidio' ni a qué iglesia se refiere. Creo que se refiere a alguna secta, porque me han dicho que este señor pertenece a una secta de protestantes fanáticos -aunque no sé si cristianos. También nos informa que Chávez anda matando curas en Venezuela.

La guinda de la torta es su convicción de que "Chávez no es ninguna persona" sino "un mono bocón, una bestia sin sentimientos, un metiche y fanfarrón autócrata, sediento de poder y de venganza".

Bueno, estos comentarios ciertamente no se los puede tomar en serio, pero, sin embargo, asombra el odio que anida en el alma de este pobre individuo. No sé si es una buena idea que una persona semejante pueda vivir en libertad en sociedad. Es evidentemente un peligro para la seguridad pública y probablemente es un peligro para sí mismo y su propia familia. Según los antecedentes que manejo, es prácticamente un niño y es evidente que carece de la capacidad reflexiva y discursiva que la mayoría de la gente adquiere con los años. Pero en ausencia de una formación sólida, y dejado de la mano de Dios, no podrá sino empeorar. Creo que requiere urgente ayuda psiquiátrica. No estoy descalificando a mi interlocutor; estoy seriamente preocupado de su condición mental.

Pero volvamos a nuestro asunto. Al principio me discutí con él, pero ahora creo que eso es casi lo mismo que perseguir a un paranoico, es decir, un acto de maldad. ¿Cómo vas a discutir con un demente? Tratarlo como a un igual y discutir con él sólo empeorará su condición, haciendo todavía más difícil su recuperación.

Sin embargo, este individuo no es el único en hacer suyas semejantes idioteces. Conozco a otro que va por la vida proclamando que es periodista con cartón y que evidentemente tiene un grado de formación superior a este, pero que, no obstante, expresa las mismas cosas (no me atrevo a decir ideas) y con el mismo odio. Y este último no es, que yo sepa, protestante.
¿Cómo es posible que una persona relativamente cuerda y un demente descerebrado ‘piensen', o en todo caso, ‘sientan' lo mismo sobre un tema? ¿No es extraordinario? ¿Es posible que un demente y una persona cuerda crean lo mismo: por ejemplo, que Chávez es culpable de un genocidio que sólo ellos conocen porque el resto de la humanidad no está al tanto o ha sido engañada? ¿Pero a qué genocidio se referirán, cometido por Chávez?

Chávez, pues, dice el demente, no es un hombre, no es un ser humano, sino un mono y una bestia. ¡Un Hitler!, grita el hombrecillo sin cerebro. Y la prueba es ese genocidio del que Chávez es culpable y del que no sabemos nada. Sin embargo, ¿no debería ser Hitler su héroe? Yo pensaba que sí, porque los ‘argumentos' del destornillado son de naturaleza racista. Pero, en fin, no soy quien va a pedir coherencia a un orate. Eso sería otro acto de maldad.

Es impresionante el odio que destila el insano. Su constante recurso a negar la calidad humana del presidente (mono bocón, bestia, no persona) y sus fantasmagóricas invenciones (genocidio, asesinato de curas, persecución de las iglesias -especialmente de la adventista, agrega, delatándose) lo señalan como una persona fanática francamente extraviada. Es imposible, y malsano, considerarlo un interlocutor válido.
Tal parece, sin embargo, que el chiquillo reclama su derecho al odio como criterio en la acción política -el odio que convirtió Hitler en dogma y ley, como hicieron otros antes y después de él, como Pinochet, Pol Pot, Stalin, Milosevic, Videla y tantos otros. Su presupuesto tácito es que el odio es un argumento legítimo de la vida política. Y, naturalmente, en un odio tan desenfrenado como el que siente él, sus diatribas están a milímetros de la acción criminal, pues sus escritos, por incoherentes que sean, son un llamado al asesinato de un líder político que él considera menos que humano.
No ignoro que mucha gente joven piensa de este modo: que su odio es algo legítimo y que se puede esgrimir y defender públicamente. El ethos enfermizo de la cultura de masas le autoriza a odiar descaradamente y le permite incluso no ofrecer ni siquiera un simulacro de argumento. Yo odio, dice el chiflado, por tanto todos odiamos. Y cuando trata, de cierto modo, de justificar su odio, recurre a falsedades de un orden francamente psiquiátrico (Chávez cometió un genocidio del que nadie sabe nada excepto él) y procura ganarse nuestra complicidad advirtiéndonos que el presidente nos persigue a todos: a católicos, a protestantes e incluso, dice, a adventistas. Válgame la macarena.

Pero es curioso constatar que mientras más nos acercamos al referéndum del 2 de diciembre, más bruta se hace la oposición a la votación. La derecha venezolana simplemente no se atreve a medirse en las urnas y lo que pretende es impedir la realización del referéndum. Sin embargo, en la prensa internacional, salvo excepciones aberrantes, se ha señalado que hasta el momento el proceso se ha desarrollado con toda normalidad, que ha habido amplios debates en todo el país y que la oposición ha podido expresarse con entera libertad. Naturalmente, esta oposición se parece mucho a las acciones y modo de pensar de la barbarie chilena, representada por la dictadura pinochetista y sus aliados políticos de Renovación Nacional y la Unión Demócrata Independiente.
Es justamente cuando Salvador Allende propuso la realización de un referéndum revocatorio que Estados Unidos ordenó a Pinochet adelantar la fecha del golpe de estado, que el embajador norteamericano había fijado inicialmente para el 19 de septiembre de 1973. Y el motivo fue que según las informaciones de la embajada, Allende ganaría ese referéndum. Esta es la razón por la que se ordenó quebrantar el orden constitucional chileno. A esa altura, y gracias al dinero norteamericano y la vileza y codicia de un puñado de generales traidores, la oposición chilena, como hoy la venezolana, no quería ni diálogo ni democracia, sino una solución de fuerza. La democracia no les convenía.

Es decir, que debemos prepararnos para una arremetida irracional que buscará por todos los medios el conflicto, porque es lo único que les interesa. Cuánto más llama la atención que estos argumentos absurdos, carentes de lógica y sin anclaje en la realidad, se conviertan en funcionales para el proyecto de la derecha venezolana, que es usurpar el poder e instaurar una dictadura de extrema derecha que se abocará, como la barbarie chilena, al exterminio sistemático de sus opositores.

Como digo, a medida que nos acercamos a diciembre, más irracional y violenta se vuelve la oposición venezolana. Y eso sí es un peligro. La derecha y Estados Unidos tratarán de provocar reacciones violentas, como la derecha chilena en los años setenta, que asesinó en 1970 incluso al comandante en jefe de las fuerzas armadas (el general Schneider), al que rechazaban porque era un militar patriota, y que asesinó también al comandante en jefe durante el gobierno de Allende (el comandante Prats), también porque se trataba de un militar patriota. Esto, aparte los numerosos actos de terrorismo que cometieron, tratando se endilgárselos a la extrema izquierda.

Conocemos la naturaleza de la derecha. Conocemos su codicia y su odio por el pueblo y la libertad. Su desprecio por la democracia. Su adulación del tío Sam. Si el imperio actúa como entonces, se instalará en Venezuela una dictadura tan sanguinaria como la pinochetista. El presidente Chávez y los suyos deben impedirlo cueste lo que cueste.

 

[mérici]

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