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quizá no somos más inteligentes


¿Cree usted que es más inteligente que los animales? Quizás no lo es.
[Alezxandra Horowitz] A los humanos nos ha fascinado siempre la inteligencia animal. Estudios científicos se han preguntado si los animales usan lenguaje o herramientas; si tienen cultura; si pueden imitar, cooperar, sentir empatía o engañar.
Inevitablemente, los resultados de estos estudios invitan a compararlos con nuestras propias facultades cognitivas. En tales comparaciones, los humanos ocupan casi siempre los primeros lugares. Un observador imparcial podría sugerir que tenemos la suerte en contra. Después de todo, somos los que estamos haciendo esas pruebas.
Pero si analizamos algunos de los aspectos más sutiles de la conducta animal, los animales empiezan a ofrecer asombrosamente una intensa capacidad. Unas ponencias de investigaciones recientes describen la competencia animal en tareas sociales y cognitivas con las que los humanos a menudo tienen problemas: dominar la etiqueta de la conversación, entender la clasificación botánica, competir en programas de juegos y descubrir cómo conseguir una bebida cuando tienes sed y el único vaso con agua está pegado a la mesa y tienes las manos atadas por la espalda.

‘¿Gestos de mono? Los chimpancés producen distintos tipos de risa cuando responden a la risa de otros’, en la revista Emotion (2011).
Usted se encuentra en una cena. Su anfitriona la entretiene con una larga y confusa historia sobre su reciente operación a la espalda. Termina con un intento de humor: ella ríe y la mira. Usted ríe de vuelta, tratando de transmitir un aprecio de su humor que usted realmente no siente. Felicitaciones: ahora se encuentra usted en el mismo nivel de cortesía social de los chimpancés.
En este estudio, se grabaron y se analizaron las risas de cincuenta y nueve chimpancés (sí, se ríen). Los investigadores descubrieron que cuando un chimpancé reía, los otros respondían con "risas replicadas" que carecían de la estructura acústica completa de la risa espontánea. En otras palabras, eran sonrisas falsas.
Esto ocurría más a menudo en colonias formadas más recientemente en las que, quizás, los individuos estaban menos familiarizados unos con otros. Con su esposa de los últimos veinticinco años, usted simplemente puede mirarla con expresión pétrea cuando ella le cuenta su historia "divertida" por enésima vez.

‘¿Las ovejas (Ovis aries) clasifican las plantas de acuerdo a la familia botánica?’, en Animal Cognition (2011).
Escriba "Es el tom..." en Google y la máquina de búsquedas, presumiendo que usted está obsesionado con la misma apremiante pregunta que ha acosado a muchos, se ofrece a terminar su búsqueda por usted: "¿Qué es el tomate, fruta o verdura?" Dado que los humanos estamos todavía intrigados sobre la condición botánica de una de nuestras verduras, eh, frutas más comunes, los logros de estas doce ovejas descrita en este estudio son aleccionadores.
Después de enterarse de que comer esparceta, pero no festuca, provocaba dolor de estómago, en el futuro las ovejas prefirieron el dáctilo a la alfalfa cuando debieron elegir. ¿No sabe lo que esto significa? En términos no corderiles, si la verdura de un pastizal causa indigestión (gracias al cloruro de litio agregado por los investigadores), pero la hierba encontrada en el mismo pastizal no, las ovejas, cuando debieron elegir entre una verdura diferente o una hierba diferente, optaron por la hierba en lugar de la verdura. En otras palabras, las ovejas mostraron una capacidad para generalizar sobre la digestibilidad relativa de familias de plantas. (Para que a las ovejas no se les suban los humos a la cabeza después de estos hallazgos, observemos que investigaciones recientes constatan que algunas plantas se comunican unas con otras para defenderse de los herbívoros.)

‘¿Son las aves más listas que los matemáticos? Las palomas (Columba livia) realizan a la perfección una versión del Problema de Monty Hall?’, en el Journal of Comparative Psychology (2010).
El viejo programa de juegos ‘Let’s Make a Deal’ inspiró un famoso enigma de probabilidad. Un participante debía elegir una de tres puertas: una esconde un espectacular premio; las otras dos esconden algo considerado indeseable, como una cabra. Una vez que los participantes hacen una elección, el anfitrión, Monty Hall, revela una cabra escondida detrás de una de las puertas no elegidas y ofrece a los participantes la posibilidad de pasar su opción a la tercera puerta.
En el programa, poca gente cambió. Pero todo el mundo sabe que la probabilidad muestra que cambiar es mucho mejor. Los humanos nos mostramos reticentes a aceptarlo: en estudios de laboratorio, los sujetos cambiaron sólo un tercio de las veces. Nos va algo mejor cuando tenemos la posibilidad de jugar el juego varias decenas de veces o si se nos explica la probabilidad de antemano.
Pero las palomas a las que se ofreció otra versión del Problema de Monty Hall rompieron todas las pruebas. El experimento implicaba elegir unas llaves y ganar "granos surtidos’ en lugar de abrir puertas que ocultan premios desconocidos. Después de aprender el juego, las palomas cambiaron en un 96 por ciento de los casos. ¿La lección? Lleve una paloma consigo si va a participar nuevamente en el juego (está de vuelta en la televisión).

‘Los grajos usan piedras para elevar el nivel del agua y coger a los gusanos que flotan’, en Current Biology (2009).
Una de las fábulas de Esopo cuenta la historia de un cuervo que sacia su sed llenando una jarra casi vacía con piedras hasta que el agua sube lo suficiente como para beber. El desplazamiento de una solución ingeniosa: ¿puede un pájaro imaginarla? Después de todo, uno puede imaginar fácilmente a humanos que no lo hacen (como los participantes de un reality-show que, enfrentados a un vaso inmóvil y la regla de no tocar nada con las manos, se retuercen fútilmente.)
En este estudio, cuatro grajos (una especie de ave) se enfrentaban a una tarea esopiana: enfrentados con un frasco parcialmente lleno de agua y conteniendo un gusano flotando, ¿podrían extraer la recompensa?
Fácil. Después de considerar el problema, se reunieron y echaron en el frasco las piedras suficientes para subir al gusano y dejarlo a una distancia superable. No olvidemos este reto para incluirlo en la próxima temporada de ‘Fear Factor.’

No hay necesidad ni de asustarse ni de sobrexcitarse por estos hallazgos. Los animales no están todavía en condiciones de hacerse cargo, y no existen posibilidades de que usted pueda enseñar a su loro a ayudar a su hijo a encontrar la guardería correcta (incluso la cognición animal tiene sus límites). Y todavía hay una notable área de conducta en la que los animales no muestran ninguna intención de medirse con nosotros: no parecen tener ni el más mínimo interés en hacer experimentos para medir nuestra capacidad de cognición.
Inteligentes, ¿eh?
23 de agosto de 2011
20 de agosto de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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