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guerra contra los marranos


[Miguel Bustillo] Los cerdos salvajes causan estragos en Texas. Una cacería con final feliz.
Edom, Texas, Estados Unidos. Era una fría noche de sábado al este de Texas, y ciertamente otros hombres mataban el tiempo en lugares cálidos, bebiendo cerveza y mirando fútbol. Pero esa no era la idea de pasarla bien de Joe Paddock.
Cubierto por camuflaje y con su rifle de asalto AR-10, prismáticos infrarrojos y suficiente municiones como para proveer a un pequeño batallón, Paddock estaba vadeando a través de la vegetación en un bosque ribereño, ansioso de "encontrarme con algunos pecaríes", como dijo, excitado.
Dos manadas de cerdos salvajes en un racho de un detective de bomberos jubilado habían eludido su persecución durante semanas. Esta vez, prometió, los inteligentes cerdos tendrían que pagar.
"Para mí es casi una vendetta", susurró Paddock."Estos marranos tienen mi número. Es como si ellos me estuvieran persiguiendo a mí".
Paddock, que se parece Ted Nugent, el rockero de pelo largo, es un asesino a sueldo de cerdos que se llama a sí mismo ‘el Desmarranador' y publicita sus servicios.
Si una manada de cerdos salvajes está destrozando tus plantaciones -un creciente problema en el Estado de la Estrella Solitaria-, El Desmarranador y sus colegas tiradores mandarán encantados a los cerdos a su propio cielo, siempre que cubras los costes de las balas.
California y otros estados están luchando para refrenar a los cerdos salvajes, pero no son en ninguna parte tan abundantes como en Texas. Viven aquí casi dos millones de cerdos salvajes -y se están multiplicando.
De los 254 condados de Texas, casi el noventa por ciento tiene problemas con los pecaríes. Los hoscos cerdos han sido divisados en parques urbanos en Dallas y San Antonio, sorprendiendo a los corredores. Numerosos y hambrientos cebones están devorando los cultivos y destrozando los campos de heno, causando daños por 52 millones de dólares al año, según cálculos oficiales. También se están comiendo los huevos de las tortugas marinas en peligro de extinción en las costas isleñas, obligando a los biólogos a trasladar los nidos a lugares seguros.
"La población de cerdos salvajes en Texas está completamente descontrolada", dijo Kevin Ryer, fundador de una página web llamada texasboars, donde cazadores y tramperos comparten fotos e historias llenas de bravatas. "En Texas no hay ninguna ciudad que no tenga problemas con los cerdos".
La plaga de Texas puede ser una amenaza para los granjeros, pero para Paddock, que se gana la vida talando árboles, es una posibilidad de divertirse. Ha gastado más de veinte mil dólares acumulando armas para matar cerdos, y confiesa que jugar al Desmarranador le cuesta dinero. Pero no le importa.
Para muchos hombres de campo como Paddock, 47, la caza del pecarí es el último deporte sangriento: una guerra de ingenio contra un enemigo feo, inteligente e imprevisible. Cualquiera puede matar a un Bambi en el bosque, dice, pero derribar a un cerdo salvaje furioso de trescientos kilos exige valentía. Un cerdo herido se vuelve rencoroso. Se conocen casos de hombres que han muerto desangrados después de ser pinchados por los afilados colmillos de los cerdos.
"El pecarí es el oso pardo de los pobres", dice Tommy Stroud, 45, uno de los tiradores de Paddock. "Si le disparas a un pecarí, mejor lo haces bien, porque si no lo matas, te puede perseguir y matarte a ti".
Sin embargo, pese al aumento de cazadores temporeros de pecaríes como Paddock -y una próspera cultura de tramperos que ganan miles de dólares saciando la demanda de pecaríes de gourmets en Estados Unidos y Europa- el consenso entre estudiosos y funcionarios de gobierno es que los cerdos están ganando.
Funcionarios federales de la agricultura han recurrido a matar a los cerdos desde helicópteros. Funcionarios del estado han declarado abierta la temporada de caza: Los cazadores pueden matar a cuantos quieran, en todo momento. Aquí en el condado de van Zandt (48.140 habitantes), se ofreció hace cuatro años una recompensa, prometiendo siete dólares por cada par de orejas de pecarí. Recibieron más de dos mil, y la oferta fue terminada al año después.
Los expertos dicen que hay una razón que explica la creciente población de cerdos salvajes: Son más inteligentes de lo que la gente cree. Como lo dijo un comprador de carne: "No es nada fácil superar a un cerdo".
Paddock estaba aprendiendo, y dolorosamente, esa lección una vez más. Esta noche recorrió el rancho buscando signos de vida porcina y los encontró en todas partes: huellas de pezuñas en la orilla de un estanque, cerdas pegadas a los árboles donde se rascan los gordos cerdos, y huellas de cuerpos enteros en charcos donde se revuelcan en el lodo.
Pero mientras avanzaba sigilosamente, con un oscuro cielo sin luna, el único sonido que oyó Paddock fue el suave golpe de las bellotas cayendo. No había cerdos a la vista.
"Esta va a ser una noche larga", dijo Paddock, y siguió avanzando.
Hernando de Soto, el conquistador español, trajo desde Europa los primeros cerdos salvajes a lo que es ahora territorio de Estados Unidos en 1539. Más tarde, algunos escaparon. Pero no fue sino en los años treinta, cuando los cazadores empezaron a liberar cerdos salvajes rusos en la naturaleza, que empezaron en Texas los verdaderos problemas.
Los cazadores subestimaron la inteligencia de los pecaríes, así como sus tendencias reproductivas similares al conejo. Pronto la mestiza descendencia de los feroces cerdos rusos y los gordos marranos domesticados se hizo tan común en Texas como el mezquite.
Funcionarios en Oregon y Kansas todavía creen que pueden erradicar a los cerdos salvajes. Pero en Texas es demasiado tarde. La única esperanza, de acuerdo a los que estudian el problema, es contener la destrucción que causan cuando excavan en las plantaciones a la búsqueda de comida, y las enfermedades que difunden entre el ganado y las mascotas.
Carol Acedo sólo quiere ahuyentar a los cerdos de su casa. La artista, que vive junto a una reserva natural a unos quince minutos del centro de Fort Worth, sacaba a pasear a su perro una tarde el año pasado cuando, dijo, "oí resoplidos".
Días después, oyó crujidos entre los arbustos, "como si algo me fuera a atacar". Días después de este incidente, volvió a oír resoplidos y se armó de coraje para apuntar con su linterna. Había diez cercos en su jardín.
"Estaban destrozando mi tierra, buscando bellotas entre los robles", dijo Acedo, 42. "Parecía que había pasado un tractor".
Trató de contratar a cazadores, pero tenían miedo de disparar en una zona residencial. Finalmente los cerdos se marcharon, pero cree que volverán ahora que las bellotas están volviendo a caer.
No le gustó nada hacerlo, pero compró una escopeta.
Sin embargo, el cerdo maldito de una mujer es el pan de otros. En Jermyn (unas 75 personas), a una hora y media de la casa de Acedo, el experimentado trampero Kim Rife está ganando sumas de hasta seis cifras vendiendo carne de cerdo a las compañías de carnes, que a su vez venden los "cortes magros y con sabor a nueces" de cerdo salvaje a exclusivos y elegantes supermercados y restaurantes.
Rife, 72, gestiona un próspero negocio de ‘control animal' en dieciocho condados, cazando con trampas a zorrillos, mapaches, coyotes, tortugas, serpientes de cascabel y otros bichos que los rancheros consideran peste. Vende pieles de mapache a fabricantes de alfombras y sangre de serpiente a mujeres coreanas que creen que aumentará el apetito sexual de los hombres. Pero las grandes ganancias vienen de los cerdos. "Tanto como pueden ver los ojos", dijo Rife, extendiendo su mano sobre una expansión de árboles mezquite y dorados arbustos de hierba cana que fue alguna vez propiedad del barón ganadero que inspiró la novela ‘Lonesome Dove'. "No los puedes ver, pero cada hectárea está repleta de cerdos salvajes. Durante ocho años seguidos, he cazado un cerdo todos los días".
Se paró junto a una jaula de alambre al borde de un trigal, y su cara se iluminó con una sonrisa. Adentro había cinco cerditos, chillando.
"¡He, chicos! ¿Qué estáis haciendo en mi trampa?", dijo Rife, y agregó: "He cazado suficientes cerdos sólo en esta trampa como para comprarme un nuevo camión".
Los vendedores de cerdo salvaje dicen que su oficio es la solución capitalista al problema del cerdo en Texas. "Si no fuera por el mercado donde se vende este producto, los cerdos serían todavía más gordos que los mezquites", dijo Danny Sturness, de Frontier Meats, la compañía que compra los cerdos de Rife.
Pero los expertos en fauna salvaje no están de acuerdo.
"Es cosa de sacar cuentas: Cuando tienes dos millones de pecaríes que tienen tres camadas cada dos años, no vas a solucionar el problema comiéndotelos", dijo Mike Bodenchuk, el funcionario del departamento de Agricultura de Estados Unidos a cargo de los problemas de la fauna silvestre de Texas. "Estos cerdos son un desastre ecológico".
Era casi medianoche en el rancho del bombero, y el tirador Stroud dijo que le dolían los pies. Se volvía a casa.
Eso era probablemente lo mejor que se podía hacer, razonaron más tarde Paddock y el otro tirador, Kit Rackow. Stroud había estado soltando gases toda la noche -producto de su almuerzo de tres perritos calientes picantes- y los cerdos tienen un extraordinario sentido del oído y del olfato.
Esa noche divisaron a cerdos una sola vez: Rackow descubrió a cerda y dos cochinillos. Pero desaparecieron en la vegetación antes de que pudiera disparar.
A medida que continuaba la cacería, el aire se puso más frío y una densa neblina empezó a cubrir las tierras bajas. Ahora los prismáticos infrarrojos de Paddock no servían para nada. Y con sus focos sólo podía penetrar apenas unos metros.
Las perspectivas de la cacería eran sombrías, y los dos hombres lo sabían. Pero Paddock se negaba a rendirse.
"Voy a matar a un cerdo así tenga que quedarme hasta que salga el sol", dijo testarudamente.
Desde que empezara a cazar los cerdos del rancho, dijo Paddock, las presas se asomaban más tarde en la noche, con la intención de evitarlo. Pero, dijo seguro de sí mismo, finalmente tendrán que salir a comer.
A eso de las dos de la mañana empezaron a aullar los coyotes; el bosque finalmente parecía rebosar de vida. Un ruido a los pies de la colina desde donde escudriñaban el terreno los hizo dar un brinco. Era falsa alarma: apenas unos caballos salvajes que recorrían las 242 hectáreas.
Repentinamente, Paddock observó algo y una expresión de derrota se apoderó de su cara. El viento había cambiado de dirección, y se estaba moviendo por detrás de ellos y llegando antes que ellos al lecho del arroyo donde pensaba que se habían escondido los pecaríes. Eso significaba que los cerdos lo olerían antes de que él pudiera verlos.
Un abatido Paddock finalmente abandonó la partida poco antes de las tres de la mañana.
"Estos cerdos me han dejado en ridículo", dijo, amargado. Se dirigió hacia su camioneta y se marchó a casa.
Paddock tenía razón. Lo dejaron en ridículo. Cuando volvió después de la salida del sol, encontró un campo de heno completamente destrozado. Protegidos por la niebla, los cerdos habían estado toda la noche comiendo hasta hartarse y a apenas quince metros del rancho.

miguel.bustillo@latimes.com

24 de noviembre de 2007
19 de noviembre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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1 comentario

camilo ceron -

me gustaria saber mas sobre la vida,los problemas que tienen estos animales. les agradezco si me pueden enviar a mi correo imagenes y lecturas sobre estos. gracias
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