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vera candioti directo al banquillo


La Cámara Federal de Rosario -por unanimidad- ratificó el fallo de Rodríguez que procesó al ex juez de menores por supresión de identidad de María Carolina Guallane.
[Juan Carlos Tizziani] Argentina. La Cámara Federal de Rosario -en un fallo unánime- confirmó el procesamiento del ex juez de Menores de la dictadura, Luis María Vera Candioti, por la "supresión de identidad" de una nieta recuperada, María Carolina Guallane, la única sobreviviente de la masacre de su familia biológica, el 11 de febrero de 1977, cuando el Ejército secuestró a su padre, Enrique Cortassa, aún desaparecido y a su madre, Blanca Zapata, embarazada a término, que murió dos semanas después por un balazo en la frente. Vera Candioti había sido procesado por el juez federal Reinaldo Rodríguez, junto con otro imputado en la causa: el teniente coronel Carlos Enrique Pavón, quien fraguó la nota de entrega de la niña cuando era teniente primero y se desempeñaba como oficial de guardia en el Comando de Operaciones Tácticas (COT), a las órdenes del jefe del Area 212, coronel Juan Orlando Rolón, ya fallecido. El documento está fechado el 4 de febrero de 1977, siete días antes del secuestro de los Cortassa y su hija Paula, como se llama Carolina, que entonces tenía trece meses. La Cámara ratificó que Vera Candioti y Pavón -que no apeló el procesamiento- seguirán en libertad a la espera del juicio oral y público.
La resolución de la Cámara salió en un pleno de cinco vocales: Fernando Barbará, Edgardo Bello, Carlos Carrillo, José Toledo y Elida Vidal. El primer voto fue de Barbará, quien rechazó los planteos de la defensa y repasó la legislación vigente cuando Vera Candioti era juez de Menores. En Santa Fe, existía la ley 3.460, que asignaba a los jueces de menores la responsabilidad en la materia "con exclusión de toda otra autoridad" (artículo 10) y preveía que "todo menor de que hayan dispuesto los jueces, conforme a los preceptos de esta ley, quedará bajo su vigilancia exclusiva y necesaria" (artículo 95).
Tras repasar el caso, Barbará coincidió con el juez Rodríguez, que la niña fue entregada por Vera Candioti -a un matrimonio que la adoptó de buena fe- sin cumplir su obligaciones. "Vera Candioti ocupaba el cargo de juez de menores y debió haber controlado la situación que tuvo por víctima a la niña Cortassa, velando, cuanto menos, por la ’legalidad’ formal, como su posición de magistrado lo exigía", explicó Barbará en el fallo de la Cámara.
El segundo voto es del doctor Bello, quien apoyó los fundamentos de Barbará, pero agregó una cronología de los hechos que resulta "de interés para el caso", dijo. Entre ellos, mencionó la nota del COT firmada por Pavón, el 4 de febrero de 1977, en la que puso a disposición de Vera Candioti "una niña no identificada de treces meses, cuyos presuntos padres fueron abatidos en un operativo antisubversivo que se llevo a cabo en la finca de Castelli 4.700". El documento ingresó al Juzgado de Menores, el 8 de febrero de 1977, según el cargo de mesa de entradas. Ya se dijo que los Cortassa y su hija fueron secuestrados el 13 de febrero, siete días antes de que Pavón tecleara la nota y tres días antes de que ingresara al Juzgado de Vera Candioti.
"De lo expuesto se derivaría una sucesión de acciones y/o omisiones por parte del juez de Menores que tornaron incierta la filiación de la menor, situación que luego llevaría a la misma a ser depositada en guarda y adopción en la ciudad de Venado Tuerto, bien distante de su lugar de origen, en la ciudad de Santa Fe", precisó Bello. Los demás camaristas Carrillo, Toledo y Vidal coincidieron con sus colegas.
En el auto de procesamiento -que ahora quedó firme- el juez Rodríguez dijo que Vera Candioti ocultó "deliberadamente" que Carolina era sobreviviente del "procedimiento de calle Castelli". Posiblemente, para "para ocultar la detención de Enrique Cortassa", "evitar que sus familiares reclamen legítimamente la tenencia de la menor", "ocultar las responsabilidades del Juzgado en relación a la custodia y supervisión del estado sicofísico de la nena y "encubrir el cautiverio de la niña en el Ejército".
22 de septiembre de 2011
21 de septiembre de 2011
©rosario 12

reclamo contra un caso de gatillo fácil


Pidieron por Bruno Pappa, baleado por un policía de la Metropolitana. El joven fue baleado por el policía Enzo Alvarez, cuando después de asaltarlo con una pistola de plástico fue reducido y rematado. La Secretaría de Ddhh pidió que se analice el caso como de gatillo fácil y ser admitida como querellante.
[Emilio Ruchansky] Argentina. Encolumnados por el reclamo de justicia para Bruno Pappa, quien murió hace 12 días luego de recibir un disparo de Enzo Alvarez –policía de la Metropolitana fuera de servicio–, ayer marcharon por el barrio de Chacarita familiares, vecinos, organizaciones sociales y políticas. El hecho fue calificado como "homicidio" en el acta labrada en la comisaría 29 de la Policía Federal y Alvarez continúa detenido. Pappa, un joven que vivía a pocas cuadras, en la villa Fraga, intentó asaltarlo con un arma de juguete y, según dos testigos presenciales, fue ultimado de un balazo en la cara por el oficial, cuando ya se encontraba reducido. Hoy la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación pedirá una copia del expediente para evaluar si se trató de un caso de gatillo fácil e intervenir como querellante.
La marcha concentró en la esquina de Corrientes y Dorrego, a pocas cuadras de donde Pappa recibió el tiro del arma reglamentaria de Alvarez, en Lemos al 200, el 8 de septiembre. La consigna de los organizadores fue repudiar la política de seguridad del gobierno porteño. "Lejos de brindar mayor seguridad a los ciudadanos que habitamos la comuna, generan mayor violencia y discriminación", consignaron en un comunicado. "Para nosotros la seguridad es tener trabajo, vivienda, educación... cosas que le deben haber costado bastante a Bruno", agregaron.
"Lo que está en debate es el concepto de seguridad", le dijo a este diario Mirta "Mini" Pérez, de la asamblea barrial de Corrientes y Juan B. Justo. La construcción de la comisaría de la Metropolitana atacada a piedrazos el mismo día de la muerte de Pappa, comentó, es un buen ejemplo del debate. "Los vecinos habían votado en el presupuesto participativo que ahí, que era un predio de los talleres Guzmán, se hiciera un polideportivo –aseguró Pérez– y ahora ellos se pusieron a construir; van a construir la comisaría y eso que presentamos amparos para detenerlos."
La protesta fue promovida por una multisectorial que abarca la comuna 15, integrada por organizaciones políticas como el Partido Solidario en Nuevo Encuentro, Unidad Socialista para la Victoria, Partido Comunista, Corriente 17 de Agosto y Buenos Aires para Todos. Además, contó con las adhesiones de los legisladores porteños María Elena Naddeo, Francisco ‘Tito’ Nenna y Laura García Tuñón. También se solidarizaron organizaciones barriales y otras defensoras de los derechos humanos.
Pappa tenía 25 años y vivía junto a su concubina, embarazada de cinco meses, en la villa Fraga, cerca del cruce de esa calle y Conesa, bordeando las vías del ferrocarril Urquiza. Según detalló Magdalena Pace, de Jóvenes por la Igualdad, el lugar existe desde el 2001 y actualmente allí viven alrededor de dos mil personas. "Estamos luchando para que el lugar no siga siendo tomado como un asentamiento y sí como una villa. Con eso lograríamos que se apliquen algunos planes sociales."
A partir de una serie de amparos, en 2009 los vecinos consiguieron traer el tendido eléctrico, un tramo de las cloacas y camiones con agua. "A través de la diputada (nacional) Fernanda Reyes planteamos en el Congreso que los terrenos, que son de la Nación, pasen a la Ciudad para que en la Legislatura porteña se debata la urbanización. Además, ya están en marcha las elecciones para legitimar delegados y delegadas de esta villa, que ya entró en un proceso de reacomodamiento interno para que se puedan abrir calles, por ejemplo", comentó Pace.
Gracias a sus ahorros y a la colaboración de vecinos y organizaciones sociales, Claudia Beatriz Resina pudo pagar una tumba en el cementerio de Chacarita para Pappa, a quien crió desde pequeño por pedido de su madre biológica, fallecida hace pocos años. "Tardaron una semana en darme el cuerpo", se quejaba ayer la mujer, que desde el martes de la semana pasada podría haberlo retirado. Sin embargo, como no adoptó legalmente a Pappa y el joven tampoco estaba casado la situación era compleja, pero se resolvió por gestiones de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.
"Bruno cumplió condena por robo y cuando salió estudió para chef. Se recibió y quería hacer una nueva vida, pero no lo dejaron", contó Resina. El caso está siendo analizado por Pablo Barbuto y Leonardo Martínez, abogados del área jurídica nacional de la Secretaría, quienes hoy presentarán un escrito a la jueza Alicia Iermini pidiendo una copia del expediente para evaluar la posibilidad de que el organismo se constituya como querellante.
El secreto de sumario fue levantado el lunes pasado y la fiscalía interviniente debe aún elevar el requerimiento de instrucción, es decir, ratificar la investigación y dar su postura sobre el caso. Por los prejuicios del sistema legal, la concubina de Pappa no está habilitada para ser querellante. "Y eso que estamos en el siglo XXI", observó Barbuto.
22 de septiembre de 2011
21 de septiembre de 2011
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ex agente rompió pacto de silencio


Dio pistas clave para dar con el paradero del mellizo de Negro. Costanzo declaró ayer en el juicio que se sigue en Paraná y pidió investigar si Navone, un agente de Inteligencia que se suicidó en 2008, se apropió del mellizo varón de Negro y lo inscribió como propio. "Háganle un ADN a su hijo", sugirió.
[Juan Cruz Varela] Paraná, Argentina. Eduardo Rodolfo Costanzo, el ex agente civil de inteligencia que el año pasado fue condenado por crímenes de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención rosarinos, acusó en duros términos a sus compañeros de armas por el secuestro y sustitución de identidad de los hijos mellizos de Raquel Negro y Tulio Valenzuela, nacidos en el Hospital Militar de Paraná en marzo de 1978. Inclusive dio los nombres de algunos de quienes realizaron la custodia de la mujer mientras duró su estadía en la capital entrerriana. Pero el dato más relevante que aportó fue la certeza de que Paul Alberto Navone, un agente del Destacamento de Inteligencia 122 de Santa Fe, se apropió del mellizo varón y lo inscribió como propio. "Háganle un ADN al hijo de Navone, al que mandaron a España a los pocos días del suicidio del padre y al hijo del hermano de Navone", dijo. "En Casilda comentaban que los Navone tenían un hijo de desaparecidos", acotó Costanzo. Además se dirigió a los hijos de Negro, Sebastián y Sabrina: "Miren bien a este hombre (por el represor Marino González) porque es el último que toca a su madre".
Ochenta minutos estuvo Costanzo ante el tribunal. El Tucu pidió investigar si un agente de inteligencia que operó en Santa Fe se apropió del hijo de Raquel Negro y Tulio Valenzuela. Se trata de Navone, que se suicidó el día que estaba citado a declarar como imputado por la sustracción y sustitución de identidad de los bebés nacidos en el Hospital Militar de Paraná.
Navone era un mayor del Ejército oriundo de Casilda que se suicidó el 25 de febrero de 2008 de un balazo en la cabeza, en un hotel de la Fuerza Aérea en la localidad cordobesa de Ascochinga, el mismo día en que debía presentarse a declarar como imputado en esta causa ante el Juzgado Federal de Paraná.
Lo que dijo Costanzo ya lo había manifestado Pascual Oscar Guerrieri durante su indagatoria y que motivó una presentación de los fiscales federales Mario Silva y José Candioti para investigar esa posibilidad en la causa que busca dar con el paradero del mellizo de Sabrina Gullino.
Fue importante el testimonio de Costanzo porque dio precisiones sobre el rol que tuvo cada uno de los integrantes de la patota en el operativo. En su declaración, El Tucu afirmó que Raquel Negro estuvo con el resto de los detenidos de la Quinta de Funes y que fue trasladada a Paraná cuando su embarazo ya estaba avanzado. En el Hospital Militar se instrumentó un sistema para su custodia con agentes que llegaban desde Rosario, permanecían con ella en la habitación, comían lo mismo que ella y se relevaban cada 24 horas. "No se quién dio la orden para el traslado, si fue Galtieri, Jáuregui o Guerrieri, pero quien se encargó de todos los trámites fue Marino González, y él era un capitán, no podía mandarse solo", acotó.
Costanzo explicó que el jefe del Destacamento de Inteligencia 121 era Alcides Juvenal Pozzi, aunque lo definió como "una figura decorativa", y precisó que a cargo estaba Pascual Oscar Guerrieri. En tanto, Jorge Alberto Fariña era jefe de operaciones especiales y ahí también operaba Juan Daniel Amelong; mientras que Marino González era jefe de la sección calle. "No se quién llevó a Raquel Negro a Paraná, pero cómo no iba a estar al tanto Fariña, si sabía vida y milagro de todos", apuntó. Y sostuvo además que González debió estar en contacto con Navone.
Costanzo señaló que "los compañeros que hacían las guardias contaron que había dado a luz a mellicitos". A algunos los identificó y de otros solo dio sus nombres de guerra: Ariel Porra, alias El Puma; Ariel López, Aldo; Juan Andrés Cabrera, Andrés o Barba; Walter Pagano y Walter Ruscoe, alias Barbeta. "Inclusive ellos decían que el varoncito había nacido muerto y después me enteré que a la nena la dejaron tirada en la puerta de un convento. Pagano contó que Amelong se quedó en el auto y él dejó a la nena y puso un escarbadientes para trabar el timbre y que siguiera sonando, pero una monja lo llamó desde una ventana y entonces salió corriendo", detalló.
Costanzo insistió en que Guerrieri era quien manejaba los centros clandestinos de detención y contó cómo se orquestó el asesinato de los presos políticos que estaban secuestrados en La Intermedia. Costanzo contó que "la noche en que mataron a los 16 hubo un asado para celebrar que supuestamente iban a liberar a una detenida; después de comer Fariña pidió que buscaran dos botellas de whisky que tenía en el auto, una para ellos y otra para los presos. Esa tenía un veneno, decían que la habían traído de Campo de Mayo y que la habían probado con un perro que tomó esa bebida y se murió. Después los fueron llevando uno por uno a una salita y los mataron de un tiro y tuvimos que cargar los cadáveres en un camión. Más tarde apareció un Peugeot 504 y en el baúl estaba Raquel Negro, desnuda, atada de pies y manos y con una bolsa en la cabeza".
"No se con qué fin dijeron que el varoncito había muerto y si fue porque se lo quedó uno de ellos", dijo luego, reafirmando lo que había manifestado antes sobre la posibilidad de que Navone se apropiara del mellizo. Y también tuvo lugar para un gesto de reconocimiento a él mismo: "Orgulloso estoy que Sabrina tenga su identidad gracias a mí".
Tampoco se privó Costanzo de denostar uno a uno a los imputados: "Estos no eran combatientes, eran delincuentes y ladrones", afirmó. Dijo, por ejemplo, que Amelong es un "psicópata asesino" y que Guerrieri un "ladrón hijo de puta".
A Marino González lo calificó de "mentiroso y cagón que no tiene las pelotas para afrontar esta situación. ¿Por qué no habla de cómo tiraba gente al mar?". Y les habló de él a los hijos de Raquel Negro: "Sebastián y Sabrina, miren bien a este hombre porque es el último que toca a su madre, él es quien tiraba a la gente de los aviones".
Y les hizo una advertencia a los que fueran sus compañeros de armas: "Nadie me va a hacer callar. Si me cortan la lengua, usaré las manos para escribir; si me cortan las manos, escribiré con los dedos de los pies; y si me cortan los pies haré señas como Bernardo, el mudo de El Zorro".
22 de septiembre de 2011
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a juicio ex juez vera candioti


La Cámara Federal de Rosario confirmó el procesamiento de Vera Candioti por supresión de identidad de María Carolina Guallane, una nieta recuperada. Es el primer juez de Menores de la dictadura acusado por avalar un robo de bebé.
[Juan Carlos Tizziani] Santa Fe, Argentina. La Cámara Federal de Rosario –en un fallo unánime– confirmó el procesamiento del ex juez de Menores de la dictadura Luis María Vera Candioti, por la "supresión de identidad" de una nieta recuperada, María Carolina Guallane, la única sobreviviente de la masacre de su familia biológica, el 11 de febrero de 1977, cuando el Ejército secuestró a su padre, Enrique Cortassa, aún desaparecido, y a su madre, Blanca Zapata, embarazada a término, que murió dos semanas después por un balazo en la frente. Vera Candioti había sido procesado por el juez federal Reinaldo Rodríguez, junto con otro imputado en la causa: el teniente coronel Carlos Enrique Pavón, quien fraguó la nota de entrega de la niña cuando era teniente primero y se desempeñaba como oficial de guardia en el Comando de Operaciones Tácticas (COT), a las órdenes del jefe del Area 212, coronel Juan Orlando Rolón, ya fallecido. El documento está fechado el 4 de febrero de 1977, siete días antes del secuestro de los Cortassa y su hija Paula (como se llama Carolina), que entonces tenía trece meses. La Cámara ratificó que Vera Candioti y Pavón –que no apeló el procesamiento– seguirán en libertad a la espera del juicio oral y público.
La resolución de la Cámara salió en un pleno de cinco vocales: Fernando Barbará, Edgardo Bello, Carlos Carrillo, José Toledo y Elida Vidal. El primer voto fue de Barbará, quien rechazó los planteos de la defensa y repasó la legislación vigente cuando Vera Candioti era juez de Menores. En Santa Fe existía la Ley 3460, que asignaba a los jueces de Menores la responsabilidad en la materia "con exclusión de toda otra autoridad" y preveía que "todo menor de que hayan dispuesto los jueces, conforme a los preceptos de esta ley, quedará bajo su vigilancia exclusiva y necesaria". Tras repasar el caso, Barbará coincidió con el juez Rodríguez en que la niña fue entregada por Vera Candioti –a un matrimonio que la adoptó de buena fe– sin cumplir sus obligaciones. "Vera Candioti ocupaba el cargo de juez de Menores y debió haber controlado la situación que tuvo por víctima a la niña Cortassa, velando, cuanto menos, por la ‘legalidad’ formal, como su posición de magistrado lo exigía", explicó Barbará.
El segundo voto es de Bello, quien apoyó los fundamentos de Barbará, pero agregó una cronología de los hechos que resulta "de interés para el caso", dijo. Entre ellos, mencionó la nota del COT firmada por Pavón, el 4 de febrero de 1977, en la que puso a disposición de Vera Candioti "una niña no identificada de trece meses, cuyos presuntos padres fueron abatidos en un operativo antisubversivo que se llevó a cabo en la finca de Castelli 4700". El documento ingresó al Juzgado de Menores el 8 de febrero de 1977, según el cargo de mesa de entradas. Ya se dijo que los Cortassa y su hija fueron secuestrados el 13 de febrero, siete días antes de que Pavón tecleara la nota y tres días antes de que ingresara al juzgado de Vera Candioti.
"De lo expuesto se derivaría una sucesión de acciones y/u omisiones por parte del juez de Menores que tornaron incierta la filiación de la menor, situación que luego llevaría a la misma a ser depositada en guarda y adopción en la ciudad de Venado Tuerto, bien distante de su lugar de origen, en la ciudad de Santa Fe", precisó Bello. Los demás camaristas, Carrillo, Toledo y Vidal, coincidieron con sus colegas.
En el auto de procesamiento –que ahora quedó firme–, el juez Rodríguez dijo que Vera Candioti ocultó "deliberadamente" que Carolina era sobreviviente del "procedimiento de calle Castelli". Posiblemente, "para ocultar la detención de Enrique Cortassa", "evitar que sus familiares reclamen legítimamente la tenencia de la menor", "ocultar las responsabilidades del Juzgado" en relación con la custodia y supervisión del estado psicofísico de la nena y "encubrir el cautiverio de la niña en el Ejército".
"Cualesquiera fueran los motivos que impulsaron a Vera Candioti a actuar de la forma en que se le reprocha, éste conocía que se hallaba ante una situación totalmente irregular y era su obligación como funcionario subsanar las mismas, premisa de la que se alejó a favor de sostener en el tiempo la ilegalidad del proceso de guarda sin levantar sospechas. Este conocimiento constituye el dolo específico requerido en la comisión de cualquiera de los ilícitos penados en el sistema penal argentino", agregó Rodríguez. Por lo tanto, con "su accionar impidió a Paula Cortassa conocer su verdadera identidad y a sus familiares el destino de ésta, durante casi 20 años, imposibilitándolos de velar por su persona, mantener y forjar los vínculos afectivos que los unían", concluyó.
21 de septiembre de 2011
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ruffo, otro ladrón de bebés


El apropiador de Carla Artes, que actuó en Orletti, denunciado por el secuestro de Simón Riquelo. Sara Méndez, quien estuvo detenida-desaparecida en el centro clandestino donde eran enviadas las víctimas del Plan Cóndor, dijo que el agente de inteligencia Eduardo Ruffo participó del secuestro de su bebé Simón, a quien encontró en 2002.
[Alejandra Dandan] Argentina. El prontuario de Eduardo Alfredo Ruffo recogió una nueva medalla. El ex agente civil de inteligencia de la patota de Automotores Orletti, integrante de la banda de Aníbal Gordon, dedicado a los secuestros extorsivos, apropiador de Carla Rutila Artés, a quien sometió a todo tipo de padecimientos desde pequeña, entró solo a la sala de audiencias de los Tribunales de Retiro. Ruffo se sentó y escuchó una nueva acusación en su contra, esta vez en el escenario del juicio por el Plan sistemático de robo de bebés. Ruffo está acusado ahora de la sustracción de Simón Riquelo, el hijo de la uruguaya Sara Rita Méndez. Con su ingreso, el Tribunal Oral Federal 6 entró en el último tramo del juicio oral, con eje en el centro clandestino Automotores Orletti, base del Plan Cóndor en Buenos Aires. Un lugar, como recordó la sala, donde el robo de niños formó parte del "botín de guerra" de los represores.
El caso Ruffo volvió a mostrar la desmesurada arquitectura del robo de niños en Orletti. El Tribunal leyó dos tramos de la acusación, una elevada por la fiscalía de Jorge Di Lelo y la otra del juzgado de Norberto Oyarbide, una síntesis que repasó cada caso en clave sistémica.
"En los procedimientos se incluía un móvil para el traslado de los niños", dice la acusación que recogió datos de un informante clave, que a esta altura parece ser el propio Ruffo. Los niños "eran dejados en hospitales o instituciones de menores" o "eventualmente entregados a amigos" y "durante los operativos coordinados con uruguayos se obtuvo una gran cantidad de dinero y se repartieron los niños de varios de quienes luego fueron desaparecidos".
Eso sucedió con Riquelo y con cada uno de los niños del juicio. La acusación señaló el caso de Mariana Zaffaroni Islas, hija de los uruguayos desaparecidos María Emilia Islas Gatti y Jorge Roberto Zaffaroni, apropiada por Adriana María Gonzalez y Miguel Angel Furci. Furci era un hombre de la SIDE. Se quedó con ella en 1976, mientras estaba en Orletti y vio cómo "una mujer allí detenida y su pareja iban a ser trasladados con destino incierto por miembros del ejército uruguayo y le ofrecieron la niña, a quien anotó como hija propia con documentación falsa".
Los otros casos conocidos hasta ahora, con "igual principio pero resultado diferente", son Ernesto Anzalone, de alrededor de un año, hijo de Rita y Pablo Anzalone, robado de la guarda de su tía Laura Anzalone el 13 de julio de 1976. A Laura también la llevaron a Orletti y luego a Uruguay. Dos meses después del secuestro, los abuelos encontraron a Ernesto en manos de una médica, aunque distintas versiones indicaron que antes pasó por la comisaría de la zona donde estaba su tía. La lista incluye a la nuera del poeta Juan Gelman, María Claudia Iruretagoyena de Gelman, embarazada a término, detenida en Orletti y desaparecida. Su hija, que nació en cautiverio, estuvo en poder de un policía uruguayo. El último caso son los hermanos Anatole y Victoria Julien, secuestrados y trasladados con sus padres a Orletti en septiembre de 1976. Los padres continúan desaparecidos y a ellos los dejaron abandonados en la Plaza Valparaíso de Chile.
"Todo lo señalado refuerza la idea de que los menores formaban parte del ‘botín de guerra’ –dice la acusación– y eran entregados a conocidos, en los casos señalados, todos integrantes del servicio de inteligencia, de la policía o militares."
El caso Simón Riquelo es parte de esa trama.
Sara Méndez reconoció a Ruffo en la patota de 15 personas que el 13 de julio de 1976 entró a su casa y le arrancó a su hijo de los brazos. La patota se presentó como parte del "Ejército argentino y uruguayo". Simón tenía 20 días. El mayor Nino Gavazzo, uno de los represores emblemáticos de Uruguay, se presentó a cargo el procedimiento. Estaba secundado por un argentino, a quien tiempo después ella reconoció como Aníbal Gordon. Antes de llevarla a Orletti, Ruffo la torturó a ella y a otra compañera.
A esta altura, Sara declaró muchas veces sobre ese operativo. Ya dijo que ella quería quedarse con su hijo, pero Gordon le dijo que se quedara tranquila, "que esta guerra no es contra los niños". A esta altura, la fiscalía dio por probado que en ese procedimiento también estuvo el subcomisario de la comisaría 33ª, Osvaldo Parodi, que finalmente robó al niño. El caso es una de las razones de los últimos escraches de Hijos a la casa del juez de la Cámara de Casación Gustavo Mitchell, porque intervino y legalizó la apropiación con los papeles de adopción.
Ruffo no dijo casi nada durante toda la audiencia. La presidenta del Tribunal, María del Carmen Roqueta, le preguntó en un momento si podían no leer alguno de los tramos de la acusación. En ese momento, ella lo trató de "señor Ruffo". Y él le respondió algo así como está bien "señora". En la sala casi no había presencias. Su caso no está impulsado en el juicio por las querellas de los organismos de derechos humanos, sino por la fiscalía que encabeza Martín Niklison. Además de Niklison y dos colaboradoras de la fiscalía, en toda la sala había dos integrantes del Centro Ulloa y el abogado de Ruffo. Los cuatro jueces, dos secretarios. Nadie más. Ni arriba ni abajo Ruffo vio algo más que su propia sombra.
21 de septiembre de 2011
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los cómplices de la policía


Audiencia en el juicio por los crímenes cometidos en el Circuito Camps. En el juicio oral que se realiza en La Plata se abordó el rol que cumplió la Bonaerense durante la dictadura. Se leyeron las acusaciones contra el comisario Etchecolatz y contra los represores que actuaron en la Comisaría V y el Pozo de Arana.
[Alejandra Dandan] Argentina. La trama de la Bonaerense empieza a aparecer en los debates del Circuito Camps. En la tercera jornada de audiencias del juicio que se realiza en La Plata se leyeron las acusaciones contra el comisario Miguel Etchecolatz y las patotas de la Comisaría V y del Pozo de Arana. La lectura se hizo frente a 18 represores presentes, sentados en la sala, de espaldas al público, pero también de espaldas a un pañuelo con la silueta de Jorge Julio López que alguien colgó detrás de sus asientos a un día de los cinco años de la desaparición del testigo. Las acusaciones hicieron eje en la articulación de los centros clandestinos con la Brigada de Investigaciones de La Pata, se metieron en el ataque a la casa de la calle 30 y mostraron los perfiles de los policías, muchos individualizados con la reapertura de las causas. Entre otros, Hugo Guallama –chofer de Etchecolatz– y el ‘Oso’ Carlos García, uno de los capos de la patota, ascendido a subjefe de la Unidad Regional, reciclado años después como parte de la policía del duhaldismo. Acusados los dos entre otros hechos del robo de Clara Anahí, la nieta aún desaparecida de María Isabel ‘Chicha’ Chorobick de Mariani.
El juicio por el Circuito Camps todavía no entró en etapa de testigos, y recién lo hará dentro de algunas semanas, cuando termine la larga lectura de las cinco acusaciones sobre los 26 imputados. Se juzgan crímenes en seis centros clandestinos del Circuito, con 281 víctimas, y pasarán más de 500 testigos. Ayer la lectura de los hechos de la Comisaría V y del llamado Pozo de Arana mostró partes de un mismo microcircuito: empezaba con el ingreso de los detenidos desaparecidos en la Brigada de Investigaciones de Etchecolatz, desde ahí eran derivados a la Comisaría V, un espacio principalmente de interrogatorios, y al Pozo de Arana, campo de torturas y exterminio.
En la sala no estuvieron todos los acusados. El Tribunal Oral Criminal Federal 1 a cargo del juicio trasladó sólo a los imputados de este tramo. Quedó afuera entre otros Ibérico Saint Jean, el ex gobernador bonaerense, defendido por su hijo, y que llegó a la audiencia la semana pasada en silla de ruedas. Según fuentes judiciales, Saint Jean no estuvo porque llegó a juicio con una acusación demasiado restringida desde la primera instancia, acusado sólo por una parte de los hechos. El dato, que podría modificarse a lo largo del proceso, le permite no presentarse y da tiempo al Tribunal para resolver los pedidos que presentó su hijo, avalado por tres informes del Cuerpo Médico Forense –cuestionado en más de un juicio– que dicen que supuestamente no está en condiciones de salud. Otro dato fue el problema de la defensa de Jaime Lamont Smart. El ex ministro de Gobierno bonaerense es el primer civil con rango de ministro juzgado en procesos por delitos de lesa humanidad. Fue autorizado por el Tribunal a defenderse a sí mismo, pero, para evitar un enfrentamiento con las víctimas, los jueces Carlos Rozansky, Mario Portella y Roberto Falcone pidieron que sea acompañado por un defensor oficial. El problema no se resolvió. Sonia Marcela Lagoa fue la defensora designada, pero se opuso a acompañarlo y apeló.
Por la Comisaría V pasaron víctimas como Adriana Calvo y Jorge Julio López. Inés Ortega, que dio a luz a su hijo Leonardo Fossatti. O los De la Cuadra: Estela, Roberto José y Elena, que dio luz a Ana Libertad, ambas todavía desaparecidas. En la sala estuvo Estela de la Cuadra: "Esta vez voy a declarar por cuatro", explicó. "Yo no estoy cansada de declarar, al contrario, quiero hablar por los cuatro y voy a hacerlo todas las veces que pueda hasta que un coágulo me tape la cabeza: creo que puedo acordarme de más."
Con el nombre de cada uno de ellos de fondo, el Tribunal leyó la acusación de los lobos negros de la Bonaerense. Guallama era un cuadro menor en la estructura de Etchecolatz, "un lumpen", dice Inti Pérez Aznar, ex instructor de la causa, ahora querellante por la Secretaría de Derechos Humanos de Nación. Uno de los cargos principales lo vincula al ataque del 24 de noviembre de 1976 a la casa de la calle 30, donde vivía Diana Teruggi, la nuera de Chicha Mariani, y donde murieron ella, Roberto Porfirio, Juan Carlos Peiris y Daniel Elicabe. Guallama está acusado como autor de los disparos que mataron a Diana mientras corría con su hija en brazos. También está acusado de robar a la niña. Policía de la Bonaerense, con grados de agente, cabo, cabo primero, admitió haber sido chofer de Etchecolatz pero dijo que ese día estaba de franco. Pero la acusación recoge pruebas que parecen condenarlo: testimonios de vecinos, una condecoración de la Orden de San Miguel Arcángel seis días después del operativo por "eliminar elementos extremadamente peligrosos para la sociedad" y el relato de su propia mujer, Mabel Suárez, que aseguró que él vociferó varias veces haber estado en los techos de la casa con Ramón Camps y Etchecolatz "disparando contra una mujer que llevaba su bebé en brazos".
Otro de los nombres que se escuchó y a los que volverá el juicio es Carlos "Oso" García. Jerarca de la Bonaerense, alcanzó rango de comisario general, fue director de la custodia del Banco Provincia de Eduardo Duhalde y participó de un grupo de investigadores que aportó información falsa en la causa AMIA. Para 1976, Juan Fiorillo era jefe de la Unidad Regional La Plata y García, su segundo. Guallama dijo que "a Fiorillo lo vieron cargando un bulto en su coche envuelto en una frazada". Y con él "participó su jefe de Brigada, un oficial al que le decían Oso y era su apellido García". García, que entonces era un "policía alto, morocho, excedido de peso, de unos 45 años, con un arma tipo escopeta en una mano y que en la otra llevaba a un bebé envuelto en algo blanco", según los relatos de un vecino, tenía una voz de barítono con la que lo amenazó.
21 de septiembre de 2011
20 de septiembre de 2011
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procesan a juez por robo de bebés


La Justicia confirmó el procesamiento de un juez por robo de bebés.
Argentina. La Cámara Federal de Rosario ratificó el proceso contra el exjuez Luis María Vera Candiotti, acusado por la entrega ilegal a un represor de Paula Cortassa, hija de desaparecidos. Con la medida, el ex magistrado quedó a un paso del juicio oral por falsear el expediente en que se tramitó la entrega de la niña al matrimonio Guallane, de Venado Tuerto, en abril de 1977.

Vera Candioti fue procesado en febrero pasado por el juez federal de Santa Fe, Reynaldo Rodríguez, junto al ex militar Carlos Enrique Pavón, ambos acusados por la entrega de Paula, quien entonces era una bebé de 18 meses cuando su madre, Blanca Zapata, fue asesinada durante el allanamiento de su domicilio y su padre, Enrique Cortassa, fue secuestrado y permanece desaparecido.
En el lugar fueron secuestrados además otros dos menores, que fueron devueltos a sus abuelos, pero la hija de Zapata y Cortassa fue entregada a los Guallane por Vera Candioti, acusado ahora de ocultamiento y supresión de identidad de un menor de 10 años dado que no investigó el origen de la beba. En la misma causa están procesados Jorge Roberto Diab, entonces segundo jefe de inteligencia del Segundo Cuerpo de Ejército y Juan Calixto Perizzotti, que se desempeñaba como jefe del comando radioeléctrico de la provincia.
21 de septiembre de 2011
20 de septiembre de 2011
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violencia sexual de la represión


Debate sobre la especificidad de las violaciones y los abusos entre los crímenes de la dictadura. A partir de la proyección en la ex ESMA del documental ‘Lesa Humanidad’, investigadoras y víctimas del terrorismo de Estado analizaron las particularidades de los delitos sexuales y su silenciamiento durante años.
[Alejandra Dandan] Argentina. ¿Cómo operaron las relaciones de poder desde la perspectiva de género entre los genocidas? ¿Por qué no se habló de la violencia sexual en los casos tomados por el Nunca Más y durante el Juicio a las Juntas? ¿Por qué la Justicia no lo tomó como delito específico? Algunas de esas preguntas integraron el debate que abrió la proyección del documental ‘Lesa Humanidad’, presentado por un grupo de mujeres cordobesas, militantes de los ’70, que exige que la violencia sexual del terrorismo de Estado sea considerada una violación a los derechos humanos. La proyección realizada en la ex Escuela Mecánica de la Armada condensó en pocas horas una discusión que atraviesa a quienes estuvieron dentro y fuera de los centros clandestinos, un debate que intenta buscar diferencias ante una dictadura que homogeneizó a las víctimas.
El documental producido por un colectivo de mujeres cordobesas entre septiembre de 2009 y marzo de 2011 está estructurado en bloques articulados por la voz de Liliana Herrero: cuatro mujeres subrayan en sus relatos formas y efectos específicos de la violencia sexual durante el terrorismo de Estado. Violaciones. Abusos. Con todas las palabras, hasta alcanzar lo insoportable. Intentan dar cuenta de lo que no se dijo. Pero ese camino está antecedido por los relatos de sus historias desde una perspectiva novedosa porque ya no sólo son ellas las que se pronuncian como militantes, sino que releen en clave de trayectorias políticas las vidas de sus padres, del país, de la familia que intentaron construir.

Violencia en Debate
"El documental fue abordado como una herramienta de reflexión militante a partir de un nuevo marco de escucha en esta nueva etapa", indicó Dinora Gebennini, coordinadora del Programa Violencia de Género en Contextos Represivos. "Pero cuando intentamos abordar esto –aclaró– nos preguntaron si no estábamos revictimizando, nos decían que no hay que volver a poner a las víctimas en ese lugar, que es un momento traumático, nos preguntaron si teníamos psicólogos y montones de cosas que tendieron a quitarnos la posibilidad de hacerlo."
Las discusiones sobre la violencia sexual bajo la represión aparecen hace tiempo. En las salas de audiencias de los juicios orales de lesa humanidad los organismos de derechos humanos y sobrevivientes que declaran en todo el país reclaman en muchos casos que la Justicia la considere como delito autónomo y de lesa humanidad. Hasta ahora la batalla jurídica obtuvo resultados importantes, pero aislados. Un fallo en Mar del Plata y otro en Tucumán. Semanas atrás, el juez Sergio Torres a cargo de la causa ESMA abrió por primera vez una causa con el acuerdo de las querellas a nombre de las víctimas, sobrevivientes y desaparecidas. Las diferencias aparecen no sólo en la Justicia, sino entre académicos e incluso las y los sobrevivientes.
Delia Galara, una de las protagonistas del documental, ex militante de Montoneros, explica los años de silencio. "Cada vez que intentaba hablar con el psiquiatra me preguntaba: ‘¿Qué hacés con tus hormonas?’. Y yo le contestaba que era un pelotudo. Yo le estaba contando una experiencia terrible y él me preguntaba qué hacía con mis hormonas: ¿qué carajo le importa qué hago con mis hormonas?" Son esos tiempos de oídos sordos los que ellas dicen que cambiaron.
María Sondereguer, que es investigadora de la Universidad de Quilmes, se preguntó por qué el silencio duró tantos años. Por las perspectivas de género y poder en la dictadura, por su propio olvido de los testimonios del Nunca Más. "La violencia sexual –dijo Sondereguer–, en los casos de los varones, los destituye de su masculinidad, es una forma de feminizarlos. En el caso de las mujeres, comienza antes del campo, porque es un tema que está en la ciudad y está condensada en los campos y perduró luego por fuera del terrorismo de Estado, por eso tal vez permaneció invisibilizado." Hasta 1999, dijo, la violencia sexual estuvo tipificada como delito contra la honestidad y después contra la integridad: "No es un delito de acción pública, sino de acción privada, es decir: el comienzo de la investigación o la denuncia debe ser impulsado por la persona agredida, se deposita en la voluntad de la víctima el reconocimiento del crimen y pone en el ámbito privado algo que debería ser de lo público". Entonces, siguió: "¿Por qué se privatiza la violencia sexual? ¿Es posible diseñar un protocolo de indagación específica para que las víctimas reconozcan eso que sufrieron como violencia? ¿Se puede repensar la reparación? ¿Qué es en este caso lo reparable?".
Las preguntas sirvieron para alimentar un debate que incluye preguntas sobre roles: quedó claro que la violencia sexual no sólo se ejerció sobre mujeres, sino también sobre varones, un dato que intenta ser mirado en el interior de los juicios orales a partir de los aún escasos datos que aparecen.
Miriam Lewin, sobreviviente de la ESMA, escuchó en el documental los relatos pronunciados "como quien toma un remedio amargo". "Lo que conspiró al silencio fuimos las víctimas, me culpabilizo como víctima por no haber reconocido los delitos sexuales contra mí y mis compañeras y reconozco que muchos años tuvimos una venda sobre los ojos."
¿Fue así? ¿Por qué culpabilizarse otra vez como si no hubiese ya suficientes culpas? ¿No será que se privilegiaron otras búsquedas? O que, como dijo otra de las sobrevivientes, en aquellos años había que salir a probar primero hasta la existencia de los desaparecidos y los centros de exterminio.
Miriam Lewin explicó cómo en algún momento, adentro de la ESMA, una de sus compañeras le habló de una violación, y ella le respondió con una pregunta sobre otra cosa, como sucedió años después con el testimonio de Elena Alfaro ante la Conadep. "La concepción era que eso era la mínima parte de lo que nos pasaba –dijo–; como era obsceno pensar en reclamar por los bienes materiales cuando nos habían arrebatado la vida." Como buenas mujeres, dijo, educadas en el sometimiento, "los delitos sexuales eran menores; si nos sacaban la vida, a nuestros hijos, ¿cómo nos íbamos a atrever a denunciar una tocadita, una violación?". A eso la dictadura agregó otro estigma con el que las mujeres vienen trabajando. "Las mujeres tenían el doble castigo –dijo Miriam–: terminan siendo las víctimas y cargando con la culpa de haber provocado una situación que deja marcas de por vida."

El Afuera
¿Qué es lo que se habilita a partir de que pueda pensarse la violencia sexual en estos términos? ¿Los juicios? ¿Solamente? El documental pareció dar cuenta de esas preguntas. En la primera parte de la película, las cuatro mujeres subrayan el deslumbramiento con la vida de las militancias en clave de rescate político de sus organizaciones de pertenencia. Pero reconstruyen también las trayectorias familiares de padres y madres en un mundo atravesado por la vida cotidiana de una militancia que generaba problemas, pero también portaba valores.
Soledad Edelveis García Quiroga es una de las protagonistas. Se presenta como parte de una familia entrerriana de Villaguay, mudada a Córdoba cuando empezó la facultad. "Mi infancia siempre estuvo muy atravesada por un padre peronista, en la resistencia, luchó siempre, vivía mucho en cana después del ’55 y mi madre, más bien, era no peronista por decirlo sutilmente." Y agrega: "Pero no nos educó nunca para casarnos, ser mujeres que se aplicaran a la casa, a la cocina, a estas cuestiones. Lo que yo más amo de mis padres es el tremendo sentido de la libertad: mi vida estuvo muy marcada por no apegarme a ningún mandato masculino, no fue fácil pero fue parte de un tránsito personal y político complejo, pero siempre lo personal estuvo muy unido a lo político".
Gloria di Renzo muestra sus fotos de familia. Se presenta como militante del PRT-ERP, trabajadora de comercio, estudiante de historia y de música. "Hasta 1973, cuando vinieron las elecciones, mi familia nunca fue peronista, así que yo tampoco, era bastante gorila, pero dije: ‘Mirá vos, si todos votan acá, capaz por algo debe ser’". Nilda Jelenic es otra de las protagonistas: "Mi papá en una época fue socialista, después se hizo radical, estaba bien informado en política, viví a través de mi hermana todo lo que fue la lucha de laicos y libres. Por eso digo que las historias no son contradictorias, no son lineales".
Para Dinora Gebennini cada cosa parece una clave. Las mujeres subrayan parentescos. Trayectorias políticas de familia. Padres. Hermanas. Madres. La idea de los mandatos. Y Gebennini habla de esa determinada condición femenina que persiguió particularmente la dictadura: "Porque ellas generaron rupturas con los estereotipos del género, mantenían otro tipo de relación, no la de la familia nuclear, sino la de la familia militante donde los hijos también eran puestos en función de un proyecto de desarrollo colectivo de libertad, de justicia, de transformación cultural, que era lo que nos movía".
Meses atrás, en una audiencia por el plan sistemático de apropiación de bebés, Victoria Montenegro planteaba esa misma dualidad con medias palabras. Robada por un coronel del Ejército, en la audiencia recordó lo que él le decía de las Abuelas de Plaza de Mayo, los desaparecidos y la dictadura: decía que las Abuelas con las "mentiras de los desaparecidos" intentaban "destruir a las familias que eran la salud de la sociedad". Una idea que se replicaba en las propagandas políticas y en las formas en las que intentaron extender un consenso frente al cual aún hoy esas mujeres que se presentan como militantes de los ’70 sienten que deben dar una batalla de sentido todavía pendiente.
20 de septiembre de 2011
19 de septiembre de 2011
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