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espías y jefes de espías


[Walter Isaacson] Historia secreta de las relaciones de la CIA con el gobierno de Bush.
Este explosivo librito empieza con una escena que es a la vez asombrosa y nada fuera de lo común: el presidente Bush colgándole enfadado el teléfono a su padre, que "estaba preocupado de que su hijo estaba permitiendo que el ministro de Defensa Donald Rumsfeld y un equipo de ideólogos neo-conservadores ejercieran demasiada influencia sobre la política exterior". La pintoresca anécdota es sintomática de ‘State of War’. La anécdota es apasionante, de fuente desconocida y ligeramente exagerada, pero tiene el odioso olor de la verdad.
A este respecto, la anécdota es como la escena en ‘Los últimos días’ [Final Days], de Bob Woodward y Carl Bernstein, cuando Nixon, muy cerca de su abdicación, empieza a llorar y le pide a Henry Kissinger que se arrodille y rece con él. En realidad, James Risen puede haberse convertido en el nuevo Woodward y Bernstein. Sus artículos en página 1 del New York Times, expusieron, para mejor o peor, el programa de interceptaciones de seguridad nacional del gobierno. Y ahora ha producido una historia del tipo ‘Todos los hombres del presidente’ [All the President’s Men], basándose en fuentes anónimas.
En el fondo yace una de las grandes preguntas de la época de después del 11 de septiembre de 2001: lo lejos que están dispuestos a ir los americanos en cuanto permitir cosas como las interceptaciones y la tortura, para combatir el terrorismo. Risen no cree que su papel sea pensar demasiado en esto. En realidad, parece creer que si algo es secreto e interesante, debería ser hecho público.
Eso hace surgir algunas preguntas más parroquiales, pero todavía periodísticamente importantes. ¿Cuándo debería la prensa censurarse a sí misma por respeto a preocupaciones en torno a la seguridad nacional? ¿Y en qué medida debería utilizar filtraciones de fuentes anónimas? El mejor modo de empezar a responder estas preguntas es en realidad leer el libro antes que depender del fuego cruzado de la televisión por cable sobre el asunto, una tarea que no es realmente difícil, ya que se lee rápido, es bastante hipnotizador y agradablemente breve.
La mayor parte de las informaciones de Risen tienen que ver con la letanía de fracasos de los servicios de inteligencia atribuidos generalmente a las presiones ideológicas de Bush, Rumsfeld y el vice-presidente Dick Cheney. El archienemigo de Risen es George Tenet, el antiguo director de la central de inteligencia al que Risen retrata mediante una brutal procesión de anécdotas filtradas, como un tipo tan ansioso por complacer a Bush que prostituyó a la agencia.
Cuando Tenet le dice a Bush que un terrorista capturado no dio demasiada información porque fue sedado tras su captura, se dice que Bush (según "una fuente bien informada") preguntó: "¿Quién autorizó que lo medicaran?" Puede ser una broma, o la mitad de una broma, o quizás algo que Bush no dijo nunca. Pero de acuerdo a Risen, dejó en claro su misión a Tenet, que era complacer a Bush, pero ganándose la oposición de muchos funcionarios de carrera de la agencia, que finalmente derivó en el escándalo por los abusos de Abu Ghraib y la entrega de detenidos a países donde sí pueden ser torturados.
Risen es más suave con el general Michael Hayden, que dirigía la Agencia de Seguridad Nacional, que fue responsable de la interceptación electrónica que causó el titular más grande que aparece en este libro. Ese programa, que incluía el control electrónico de cientos de llamadas y mensajes de correo electrónico es el tipo de nuevo enfoque tecnológico que Hayden podría (en todo caso, debería) haber justificado ante el Congreso o ante uno de los tribunales especiales que supervisan las órdenes judiciales de las agencias de inteligencia. Pero el gobierno insistió en eludir esos procedimientos. Lo hizo no solamente para impedir que se filtraran los detalles, sino también por temor que el programa fuera rechazado, y también movido por la arrogante convicción de que los presidentes no deberían estar sometidos a esas restricciones.
Los relatos de Risen están llenos de color y detalles que otorgan credibilidad -así como dramatismo- a sus reportajes. Estos incluyen una versión de lo que fue aparentemente un plan frustrado para dar a Irán planos erróneos para un programa de armas nucleares. También informa sobre una conspiración de la CIA durante el preludio a la guerra de Iraq en la que la hermana de un científico iraquí, que vivía en Estados Unidos, fue reclutada para extraer información de su hermano sobre los programas de armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. Como otros 30 más que fueron reclutados para misiones de ese tipo, volvió con la noticia de que Hussein se había visto obligado a abandonar esos proyectos. Pero la CIA no entregó esta información a los funcionarios que toman decisiones, y el ansioso Tenet, en lugar de eso, dijo a Bush que el caso contra Hussein era un caso probado.
El gobierno de Bush pidió al Times no imprimir algunas de las informaciones de Risen, especialmente sobre el programa de interceptación, y el diario acató esa petición durante un año. Pero cuando Risen estaba por publicar su libro, que incluía las revelaciones que el Times había retenido, el diario decidió poner fin a su auto-censura. Esto provocó el típico tsunami timesiano de críticas, tanto de liberales que piensan que las informaciones debieron haber sido publicadas como de conservadores que creen que no debieron publicarse de ninguna manera.
Risen no se detiene sobre este tema, y su intento de exponer los secretos del gobierno no se corresponde, desafortunadamente, con una disponibilidad similar a informar sobre las decisiones tomadas por este diario, que también fueron importantes e interesantes. Pero su libro proporciona algunas evidencias de que Times actuó probablemente de una manera que puede ser en realidad prudente. La información en ‘State of War’, como informó el diario justo antes de la publicación del libro, parece haber evitado revelar (aunque no podemos estar seguros) procedimientos técnicos o detalles que pudieran ser útiles para operativos de al Qaeda, que presumiblemente ya sabían que Estados Unidos estaba tratando de espiarlos. La justificación para publicar el artículo sobre la Agencia de Seguridad Nacional es que, como muestra Risen, el programa continuó durante un año con una actitud de indiferencia a la exigencia de que hubiese autorización de algún tribunal o la aprobación del Congreso en lo que se refería a las interceptaciones domésticas. Incluso aquellos de nosotros que aprueban la idea de que las agencias de inteligencia utilicen la minería de datos y la igilancia electrónica para detectar las comunicaciones entre terroristas se sienten incómodos con la posibilidad de que futuros presidentes, con programas mucho más turbios, puedan usar en secreto esas técnicas, sin ninguna autorización, para cualquier propósito que ellos consideren como parte de sus atribuciones en tiempos de guerra.
En esos casos, se supone que debería haber supervisión del Congreso, los tribunales de inteligencia especiales y de los abogados del ministerio de Justicia, la CIA y la Casa Blanca. Pero en un gobierno que muestra poco respeto por la autoridad del Congreso y por abogados entrometidos, y en una ciudad donde el partido del presidente controla todas las ramas del gobierno, no existen esos controles ni balances.
Excepto la prensa. Se trate de torturas o interceptaciones, las noticias en los medios se han convertido de hecho en un cuarto poder que proporciona algún tipo de control sobre el poder ejecutivo. Es por esto que tantas fuentes preocupadas o contrariadas, especialmente dentro de las agencias de inteligencia, ha optado por dar información a Risen.
¿Pero tenemos que creer que en un libro que descansa pesadamente en filtraciones de fuentes disgustadas? Estamos en una época en que el consumidor de información tiene que hacer una suposición informada sobre qué porcentaje de afirmaciones en libros como este son verídicas. Mi propia suposición es que Risen cuenta con fuentes serias para todo lo que dice, pero que esas fuentes no conocen toda la historia, por lo que el resultado es un libro que huele a un 80 por ciento de verdad. Si eso suena mal, dejadme agregar que si él hubiese dependido no de fuentes anónimas sino solamente de fuentes oficiales, el resultado habría sido muy probablemente un libro con un 50 por ciento de verdades.
De hecho, el nuevo modo en que consumimos información es un buen argumento para el rol de una prensa independiente que depende de filtraciones. Otros periodistas deben confirmar, o desmentir, las afirmaciones de Risen. Esto haría que muchos de los participantes publicaran sus propias versiones de los hechos. L. Paul Bremer, el virrey estadounidense en Iraq tras la invasión, ha justamente sacado su propio libro, acusando a la CIA por haberle dado informaciones falsas y a Donald Rumsfeld por no darle las tropas que quería. Y Tenet, es de esperar, algún día sacará provecho de un caro libro por encargo y cigarro en boca y pluma en mano escribirá que no es el bufonesco lameculos que los ayudantes de Rumsfeld dicen que es. Además de divertido de observar, este proceso es una bendición para historiadores futuros.
Así que demos la bienvenida a la nueva época de la historia impresionista. Como una pintura impresionista, descansa en puntos de matices e intensidades variables. Algunos provienen de fuentes como las de Risen. Otros puntos provienen de memorias y comentarios de los participantes. Finalmente se forma la imagen final, que se hace gradualmente más clara. Es tarea nuestra conectar esos puntos y encontrar su significado en el paisaje.
Mientras recordemos que en estos días la verdad no es un pronunciamiento sino parte de un proceso, podremos apreciar en propiedad ‘State of War’ por ser no solamente un libro colorido y fascinante, sino también uno de los modos en que emergen hechos y versiones históricas en una democracia en la época de la información. Así que dejemos que empiece el proceso. Después de todo, muchos otros periodistas han seguido con sus propias fuentes la historia de Woodward y Bernstein sobre el estallido emocional de Nixon en la Casa Blanca. Y todo resultó ser verdad.

Walter Isaacson es presidente del Aspen Institute y antiguo editor de Time y director ejecutivo de CNN. Es autor de ‘Benjamin Franklin: An American Life’ y está escribiendo una biografía de Einstein.

Libro reseñado:
State of War. The Secret History of the CIA and the Bush Administration

James Risen
240 pp.
The Free Press
$26

5 de febrero de 2006
©new york times
©traducción mQh
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