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el niño en la chimenea


[Héctor Becerra] El médico forense creía que el joven quedó atrapado. El detective sospechaba un homicidio. La respuesta los dejó incrédulos a los dos.
En el refrigerador de la oficina del médico forense del condado, el detective y la antropóloga forense se inclinaban sobre unos huesos cubiertos de hollín dispuestos sobre una mesa de metal.
En dos horas, Elizabeth Miller reconstruyó una historia coherente para cada hueso. Cogió una costilla tras otra, buscando marcas de cuchillo.
Los huesos eran los de un niño de quizás 12 a 15 años de edad, encontrados en la chimenea de un edificio abandonado en Los Angeles Sur. El niño llevaba unos vaqueros de color canela, desteñidos y manchados, y una camiseta blanca. Estaba descalzo.
"Estoy segura de que si tuviésemos una fotografía, podríamos reconocerlo", dijo Miller.
Más de una vez, el detective de la policía de Los Angeles, Chris Barling, se preguntó: "¿Lo mataron?"
No había signos de violencia, dijo Miller. Tampoco había huellas de auto-defensa en los huesos de los dedos, ni rasguños ni lesiones en los otros huesos. La mandíbula sugería una importante intervención dental para reparar una lesión, pero nada más.
Eso fue el 28 de marzo de 2005, y el detective de homicidios y la antropóloga tenían corazonadas, pero eso era todo.
Miller dijo que ella pensaba que el niño se metió en la chimenea y murió sea de inanición o de asfixia posicional. Quizás el tubo de arcilla de la chimenea ahogó sus llamados de ayuda. Quizás el mismo tubo llevó hacia arriba y afuera el olor a pudrición. Los restos todavía despedían un ceroso olor orgánico, que hizo que Miller creyera que había muerto hacía menos de cinco años. Los dientes incisivos del niño eran sobresalientes y su cráneo tenía acentuados rasgos afro-americanos.
"Tiendo a pensar que se trata de un accidente raro", dijo. "Prefiero pensar que ocurren cosas raras, y que no se trata de que alguien mató al niño y lo metió en la chimenea".
Barling pensaba de otro modo.
"Quizás estoy siendo morboso", dijo. "Tengo la corazonada de que no tiene sentido creer que fue accidental... Mi intuición me dice que tenemos que vernóslas con un homicidio".
El descubrimiento de los restos del esqueleto en la esquina de la calle 89 y Principal, en Los Angeles Sur, fue casual. El 24 de marzo de 2005, una niña de once se trepó al tejado de una casa de transición abandonada para recoger un balón de fútbol.
La niña miró hacia abajo en la chimenea. Corrió hacia su padre y le contó que había visto una calavera.
En los días siguientes los diarios locales y el telediario cubrieron la noticia. Se concentraron en la teoría de Miller: El niño era probablemente un desaparecido.
Nadie se presentó a identificar los restos. No llamó ningún padre afligido ni nadie se acercó para preguntar: ¿No será mi hijo?
Barling empezó a sacar los expedientes de personas desaparecidas de los últimos cinco años, pero no averiguó nada.
Ese julio, la artista forense Marilyn Droz utilizó el cráneo del niño para hacer un retrato robot. Para entonces, ya habían pasado cuatro meses.
El retrato provocó otra avalancha de reportajes en la prensa.
Donna Theus estaba en su salita mirando el telediario cuando vio el dibujo. Gritó. El niño, dijo Theus, se parecía a su primo. Cogió el teléfono.
Su llamada la respondió Clelia Thompson, 78 años.
"Cariño, ¿viste la foto de ese niñito en la tele?" preguntó Theus a su tía. "A ese niñito que encontraron en la chimenea. ¿Sabes? Podría ser Robert".
¿Robert?
Su hijo, Robert Thompson, 14, había desaparecido desde vísperas de Navidad.
De la Navidad de 1977.
Los investigadores no podían creer que el cuerpo había estado 28 años en la chimenea. El edificio, una ruina, había servido durante años como casa de transición y había cerrado hacía unos años. ¿Cómo podía estar ahí un cadáver durante tanto tiempo sin que nadie se diera cuenta?
Sin embargo, la unidad de personas desaparecidas del Departamento de Policía de Los Angeles LAPD envió a alguien a recoger una muestra de ADN de la boca de Clelia Thompson.
Miller, la antropóloga forense del condado de Los Angeles, empezó a reconsiderar las circunstancia que habrían permitido la conservación de los huesos durante tanto tiempo, y retener todavía el olor a descomposición. Habló con otros antropólogos y expertos forenses, y estaba asombrados. Pensaban que se debía a una rara combinación de condiciones.
Los huesos parecían estar superficialmente carbonizados, sugiriendo que la chimenea había sido usada apenas lo suficiente como para manchar los restos. Eso puede haber contribuido a su preservación.

Pasaron los meses. Entonces, el 28 de diciembre de 2005, un laboratorio de Sacramento envió los resultados del análisis del ADN. El niño en la chimenea era Robert Thompson.
El detective Barling tenía un nombre ahora, y las identidades tienen historias.
Barling, 44,un veterano de 20 años en el Departamento de Policía de Los Ageles, había sido el detective jefe en 150 casos desde que se convirtiera en detective de homicidios en 1993. Su mente explotaba de preguntas. ¿Quién estuvo con este niño la última vez? ¿Estaba tratando de entrar a robar al edificio o jugando al escondite? ¿Podría haber estado tratando de recoger un balón, como la niña que había encontrado sus restos?
El edificio abandonado estaba sólo a unas cuadras de la casa de Robert Thompson. ¿Dónde estaban los zapatos? ¿Llegó hasta ahí descalzo? ¿O lo trajeron hasta allí?
Barling esbozó un perfil básico del niño en la chimena.
Los familiares describieron a Robert Thompson como un niño de carácter suave, aunque ocasionalmente pícaro. Le gustaba correr descalzo por casa. Le encantaba jugar con sus dos hermanos menores, Clinton y Smith. Aunque Robert era el tercero de los hijos Clelia Thompson, de muchos modos exigía la mayor parte de su atención.
Robert tenía 14, pero las asistentes sociales habían diagnosticado que su IQ era el de un niño de seis.
De acuerdo a su expediente médico, Robert empezó a sufrir, desde sus cuatro años, ataques de epilepsia. Si no se tomaba sus medicamentos, llegaba a tener hasta tres al día. En 1974, un ataque le hizo perder la conciencia y se cayó en una piscina. Casi se ahogó. Pero lo rescató su hermana.
Al año siguiente, Robert cayó de frente sobre su cara después de sufrir un ataque y debió ser sometido a una cirugía dental. Era ese trabajo el que la antropóloga Miller observaría casi tres décadas después.
Barling tenía dudas sobre si la muerte de Robert había sido accidental. Cuando investigaba la historia familiar del niño, descubrió que estaba llena de traumas, tragedia y mala fortuna. Y mucho más de lo que era normal en un barrio duro de Los Angeles Sur.
Barling decidió que era hora de tener una conversación más larga con la madre del niño.
Barling fue a visitar a Clelia Thompson en su pequeña casa en la parte de atrás de un dúplex en la calle 94 Este. Estaba claro que había abrigado durante décadas una sombría creencia sobre lo que le había ocurrido a su hijo. Estaba segura de que no se había escapado, que alguien lo había secuestrado y asesinado. Lo único que su corazón no sabía era dónde estaban los restos de su hijo.
"Nunca te quieres enfrentar a la idea de que alguno de tus hijos está muerto", dijo Thompson en una entrevista. "Pero es peor cuando simplemente desaparecen. Eso no lo puedes entender".
Thompson es una mujer delgada con fuertes brazos a pesar de su edad. A veces guarda una cajetilla de cigarrillos Kool en su gastado delantal verde y blanco, y, durante el verano, un pote de suero de leche para combatir el calor.
Su recuerdo de fechas exactas es borroso, admite. Guarda los certificados de defunción en un baúl. Siete en total, que son sus hijos que han muerto.
Perdió una hija cuando la niña era sólo una bebita. Luego perdió a seis de sus nueve hijos restantes. Sólo uno, Shirley, murió de muerte natural.
Rose, 30, y Benny, 34, fueron apuñaladas hasta la muerte por su ex parejas. Clinton, 20, y Smith, 19, el más joven, se suicidaron.
"Fue uno después del otro. Moría uno todos los años", dijo Thompson. "Pero empezó con Robert".
Fueron una vísperas de Navidad muy pluviosas. La familia se había reunido en casa para la fiesta. Habían invitado a un hombre que no era de la familia.
Su nombre era Theodore Van Smith. Theodoric, como era llamado a menudo, era el antiguo novio de Rose Ann, la hermana de Robert.
Habían tenido un hijo, pero la relación se había estropeado.
Theodoric Smith no era especialmente bienvenido. Pero se llevaba bien con los hermanos más jóvenes, dijo Thompson. Les ofrecía hamburguesas y refrescos, y a veces los sacaba a pasear.
Algunos miembros de la familia dijeron que habían oído que Robert se había marchado enfadado porque pensó que no recibiría la bicicleta que había pedido para Navidad.
Clelia Thompson dijo que eso no estaba bien.
Robert desapareció en la mañana, y la familia asumió que volvería. Dejó los zapatos en casa. En la tarde, empezaron a buscarlo en el vecindario. Incluso buscaron en el edificio donde se encontrarían los restos de Robert 28 años después. No se les ocurrió mirar en la chimenea. "Lo estuvimos buscando todo el día de Navidad", dijo Thompson. "Pero no lo encontramos".
El Departamento de Policía de Los Angeles rastreó puerta a puerta una extensa área. Los telediarios informaron sobre el niño perdido.
Ese día, casi sin que nadie se diera cuenta, dijo Thompson, junto con desaparecer Robert, también desapareció Theodoric. No le vieron en todo el día.
"Pero nadie le prestó atención, porque todos estaban preocupados por Robert", dijo Clelia Thompson.
Barling revisó el expediente de Robert en el LAPD. Mostraba que ocho años después de su desaparición, las pistas se habían enfriado.
Pero eso cambió el 28 de febrero de 1985.
En la oscuridad de esa madrugada, Clelia Thompson caminaba enérgicamente por el pasillo del Centro Médico Martin Luther King Jr./Drew. Antes de llegar a su cuarto, pudo oír el grito del menor de sus hijos.
"Todo lo que oía era que mi niño estaba aullando: ‘¡Mamá, Theodoric mató a Robert! ¡ Theodoric mató a Robert! ¡Me contó que él mató a Robert!"
Tendido en la cama estaba el cuerpo ensangrentado de Smith Thompson, 12. Tenía marcas de llanta en su pecho y en su frente. Sufría intentos dolores.
De acuerdo a la policía, Theodoric Smith había llevado a Smith Thompson hacia un callejón oscuro y lo había violado en el coche. Otro informe de policía citaba a Smith contando lo que le había dicho Theodoric: "Si no te portas bien conmigo, te voy a matar igual que a tu hermano Robert".
Finalmente Theodoric arrojó fuera del coche al niño y le pasó el vehículo por encima.
Dos meses después, Theodoric Smith se declaró culpable de cinco cargos de delitos graves, entre ellos la violación e intento de asesinato de un niño. Fue sentenciado a 30 años de cárcel.
Antes de que fuera sentenciado, el detective Ramiro Argamaniz del LAPD le preguntó sobre la desaparición de Robert. "El sospechoso no negó el crimen, y sugirió la posibilidad de su culpabilidad y mencionó su patio", dice el informe.
La policía excavó en el patio de la casa de los padres de Theodoric Smith, pero sólo encontraron restos de perro.
El caso de Robert Thompson se volvió a enfriar hasta que en 1997 la detective Debra Kane de la unidad de personas desaparecidas del departamento volvió a interesarse en él.
Barling, leyendo los viejos archivos del caso, encontró en Kane un espíritu afín. Como él, Kane sentía intuitivamente que se trataba de un homicidio. "Todos los niños escapados vuelven a aparecer. Llaman por teléfono a la casa", dijo Kane en una entrevista, explicando sus sospechas. "En algún lugar, alguien vio a esta o a esa persona.
"En este caso, ese niño simplemente desapareció".
Kane preguntó al doctor Kris Mohandie, entonces director de la unidad de ciencias de la conducta del LAPD, si podía viajar a la Penitenciaría Calipatria, a unos 240 kilómetros de San Diego, para entrevistar a Theodoric Smith. "Lo que queríamos saber realmente", dijo Kane, "es dónde estaba enterrado".
Mohandie entrevistó a Theodoric Smith con la ayuda de un psiquiatra de la prisión durante varias horas. Mohandie informó que Smith era manipulador y obseso con "asuntos sexuales y partes del cuerpo".
"El recluso claramente corresponde con la descripción de un depredador sexual cuyas víctimas preferentes son los niños", escribió Mohandie. Él y el psiquiatra de la prisión concluyeron que Smith "era capaz del probable asesinato y desaparición de Robert Thompson".
Pero Theodoric Smith no confesó.
Barling se encontró en la misma posición en que dejó Kane nueve años antes, sin poder probar que Robert Thomspon había sido asesinado.
Theodoric Smith fue dejado en libertad condicional en 2000, pero internado poco después en el Hospital Nacional Atascadero de California Central.
En una entrevista telefónica con el Times desde el hospital, Smith, ahora de 47, dijo que recordaba que Robert había desaparecido, pero negó que él tuviera algo que ver con su desaparición.
"No, yo no tengo nada que ver con eso, señor", dijo. "Si lo pudieran probar, estoy seguro de que vendrían y me leerían mis derechos".
Barling dijo que tiene pensado viajar al norte al hospital psiquiátrico en otoño para hablar con Smith.
"Incluso si obtengo una confesión completa de él, tengo que verla en el marco de su estado mental", dijo Barling. "¿Se trata de la confesión de alguien que está completamente demente?"
De momento, dijo Barling, piensa dedicarse a que Theodoric Smith no salga del manicomio.
"Creo que es un asesino", dijo. "Mi problema es que no lo puedo probar".
El 8 de febrero Clelia Thompson finalmente pudo despedirse de su hijo Robert. No pudo pagar una tumba, así que lo hizo incinerar. La familia realizó una pequeña ceremonia en el Mortuario House of Winston.
Dos fotografías de Robert saludaban a los deudos. Una lo mostraba sentado en una parada de bus, con la mirada perdida y un enorme libro de texto en su regazo. Era la fotografía que circuló 28 años después de que se lo reportara perdido.
La otra era el dibujo forense hecho por la artista forense -el único primer plano que tuvieron en la ceremonia.
Clelia Thompson llamó al funeral de su hijo su "último día de duelo".
"Tienes que vértelas con lo que tienes que vértelas, no hay otro modo", dijo. "Y yo estoy tratando de superarlo. Y lo había superado, por un momento, una vez".

20 de julio de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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