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una nueva bolivia 3


[Alma Guillermoprieto] ¿Hacia dónde va exactamente la revolución boliviana? Tercera y última entrega.
Lo que los términos indígena o quechua, guaraní o aimara pueden significar en este fluido mundo posmoderno, está abierto a interpretación. Se calcula que dos tercios de los que se identifican a sí mismos como quechua o aimara hablan español. Sólo las mujeres llevan los vestidos étnicos tradicionales, y para los aimara su componente clave es en realidad es el pequeño sombrero bombín. Y la flexible noción de Sacarías Flores de la indianidad, compatible con su chaqueta acolchada y sus creencias marxistas, es probablemente bastante diferente de la de Félix Patzi, actualmente ministro de educación y uno de los principales proponentes académicos de la identidad india. El año pasado pasé un larga hora en la pobre oficina de Patzi en La Paz, en una universidad tan destartalada y mísera -es la principal institución de estudios superiores del país- que bastaba con entrar para perder toda esperanza sobre el futuro de sus estudiantes.
Patzi es un hombre pequeño, doblado, de aspecto severo, que parece que no se relaja nunca, pero que observó en algún momento que después de licenciarse en la más corriente de las universidades estatales, había logrado de algún modo llegar a la Universidad Nacional de México. Debe de haber sido demasiado pobre como para vivir en una de las bohemias pensiones de estudiantes en ese barrio, porque después de que finalmente lo interrogara, dijo finalmente que había compartido un cuarto con un pariente en una calle secundaria en una vecindad detrás del mercado en el Zócalo de Ciudad de México. Parecía tener a Evo Morales como un político conciliador y moderado, y a mí me miraba con la misma desconfianza, pero estaba dispuesto a hablar conmigo sobre lo que quería decir el término ‘indio' y la política india.
Las formas indias de organización política, dijo, continuarán siendo radicalmente diferentes de lo que las sociedades blancas entienden por política de partidos. La dinámica de los movimientos sociales, dijo, "obedece una lógica comunitaria ancestral... en la que la conciencia individual no es esencial".
Se refería a la manera indígena, a menudo señalada, de tomar decisiones para explicar por qué tantos miles de personas pudieron ser convencidas de echarse a la calle una y otra vez. "Esa conciencia puede decir: ‘No estoy de acuerdo con esa propuesta'", dijo Patzi, "pero si el grupo dice que debe hacerse, entonces los individuos están moralmente obligados a participar".
"El término ‘étnico' se refiere a una descripción racial", agregó. "Incluye la cultura y el idioma. Pero nadie ha tocado el concepto como un proyecto de creación de una nueva civilización". Cuando lo examinas desde esa perspectiva, concluyó con un tono triunfal, "entonces estamos hablando de un proyecto social que puede ser aplicado universalmente".
Durante su campaña presidencial, y especialmente desde que asumiera oficio, Evo Morales ha enfatizado la indianidad de su gobierno, a pesar de sus talentos como futbolista, su origen político marxista y el hecho de que, a diferencia de sus padres, apenas habla aimara. Su historia -la serie de guerras y triunfos que marcan su camino hacia la victoria electoral- es diferente de la de los movimientos indigenistas. Roberto Choque Canqui, un historiador indio, me contó una historia diferente a la que cuenta Sacarías Flores, y empieza con su padre, un pongo, o siervo, expulsado por su hacendado y dejado sin tierras por haber participado en una de las innumerables insurrecciones indias que, como luces de bengala, salpican la historia de Bolivia.
Choque mencionó algunos puntos claves en la historia india: la guerra del Chaco, de 1932, entre Bolivia y Paraguay, en la que fueron enlistados campesinos como su padre y que murieron en grandes cantidades, y que dio a los sobrevivientes una visión nacional y una sensación de legitimidad que satisfacía su larga furia. "Y volvieron de la guerra sabiendo cómo manejar un arma", dijo Choque. "Y a menudo, conservaron las armas". Luego hubo la Revolución de 1952, dirigida por Víctor Paz Estenssoro, y la reforma agraria, el sufragio universal y las leyes de educación obligatoria que resultaron de la revolución. Como estudiante universitario Choque Canqui participó en un movimiento de retorno a las raíces llamado en honor a Tupac Katari, un líder indio del siglo 18 que se rebeló y fue castigado siendo descuartizado por caballos. El movimiento katarista tuvo muchos retoños, incluyendo la guerrilla de la supremacía india dirigida por Felipe Quispe, y también las organizaciones por los derechos de los indios que organizaron marchas nacionales en 1992, durante la conmemoración de la trágica llegada de Colón a las Américas. Este parece haber sido el momento definitorio en el que la actual generación de activistas indios se dieron cuenta de lo poderoso que podía ser su movimiento.
Cualquiera sean las preguntas sobre su identidad étnica que tengan personas como Sacarías Flores o incluso Félix Patzi mismo, no había ninguna duda sobre la identidad de los invitados a un picnic en el pueblo del altiplano Jesús de Machaca, a unos veinte kilómetros al sur de las riberas del Lago Titicaca, con vistas a la espléndida cordillera de picos cubiertos de nieve de los Andes. La tierra era monótona y plana hasta el horizonte mismo, y entendí entonces lo que Sacarías Flores había querido decir cuando dijo que antes de que se marchara a Santa Cruz no tenía más que nociones rudimentarias sobre qué era un árbol. Pero había color en todas partes en los magníficos ponchos de lana roja de llama y gorras de rayas brillantes y mallkus acarreando fardos, y sus esposas, mallku taykas. Adornos plateados y cetros brillaban en el sol. La iglesia, una enorme estructura, estaba siendo reconsagrada en conmemoración de sus primeros trescientos años, y las autoridades locales del distrito de Jesús de Machaca habían llegado para el evento, luciendo sus más finas tenidas ceremoniales.
Durante la misa, un coro de mujeres aimara cantaron con asombrosas voces, más parecidas al maullido altamente estilizado de un grupo de gatitos. También hubo una actuación de la orquesta sinfónica de El Alto (en el programa estaban Gershwin y Vivaldi, y la asistencia fue escasa) y un almuerzo. Las mallku taykas colocaron dos largos trozos de plástico en el suelo y luego los vecinos vaciaron unos sacos de comestibles sobre este mantel: un río de patatas cocidas de todas las formas posibles. Algunas eran azules, amarillas y otras eran patatas recién cosechadas de color crema, otras eran patatas marrones congeladas, llamadas chuño, y salobres tuntas deshidratadas -una delicia. Debido a que era una fiesta importante, también se llevaron un par de gordos quesos y llegó un pueblerino con pantalones nuevos con el pelo teñido de rubio con un saco de pollo asado. Los aldeanos se acuclillaron a lo largo de las tiras de plástico y comieron parsimoniosamente.
Fue la fiesta más tranquila a la que he asistido en mi vida, aunque se bebió considerablemente. Los campesinos hablaban menos conmigo que con los otros asistentes: presentada a un grupo de mallkuspor el alegre jesuita Xavier Albó, que ha trabajado durante décadas en la región, me preguntaron en un rudimentario español qué regalos había llevado. Me dieron la espalda cuando les dije que nada. Primitivos, pensé para mí misma, fastidiada. Me sentía desesperadamente sola. Pero finalmente un mallku charló conmigo, brevemente, quizás porque había estado celebrando con tanto entusiasmo que ya no le importaba con quién hablaba y, en respuesta a una pregunta mía, dijo que él y todos los demás vecinos de Jesús de Machaca habían votado por Evo Morales. Esquivando cuidadosamente la pregunta de si consideraba que el presidente era indio, dijo que lo que la comunidad esperaba del gobierno del MAS era dinero para las escuelas y para desarrollar el turismo en la zona. Luego dijo espontáneamente que los mallkus y las taykas en el distrito gobernaban con igual autoridad y que de hecho habían rescrito hace poco sus leyes para eso. "La igualdad de sexo, eso nos interesa", dijo, antes de desaparecer como el Gato Cheshire.
Educación, turismo, una nueva posición para las mujeres dentro de las organizaciones indias más tradicionales: el ayllu comunitario. Lo que los vecinos de Jesús de Machaca estaban pidiendo a Evo Morales eran cosas que les pueden proporcionar acceso a la sociedad moderna -las mismas demandas que uno oye de colonos y cocaleros, mineros, maestros y estudiantes universitarios que hicieron posible que Evo Morale ascendiera al poder. Pero si quiere escapar del destino de sus predecesores, el nuevo presidente de Bolivia también debe solucionar una serie de problemas para los que su larga lucha política no le ha preparado necesariamente.
Tras haber reorganizado la industria nacionalizada del gas de modo que Bolivia obtenga una parte justa de las ganancias, Morales debe tratar con equidad a Brasil y Argentina, importantes clientes de los ricos depósitos bolivianos. Debe prevenir que la rebelde mitad oriental del país, donde se concentran la riqueza agrícola y el gas, se declaren independientes. Debe mantener relaciones amistosas con Venezuela, cuyo petróleo y ayuda necesita, al mismo tiempo que mantiene una relación cordial con Europa y Estados Unidos; y para hacer todo esto debe impedir que resurja el cultivo de la coca en su zona de origen, el Chapare. Después de fracasar en el objetivo de hacerse con los dos tercios de mayoría en las elecciones del 2 de julio para la asamblea constituyente, debe hacer frente diplomáticamente a la oposición. Y debe lograr todo esto al mismo tiempo que saca a Bolivia de la pobreza en la que ha estado atascada durante siglos.

12 de julio de 2006
©new york review of books
©traducción mQh
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