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parís de noche 1


[Elaine Sciolino] París, de noche, es simplemente otra ciudad, en la que se desatan los impulsos reprimidos por el razonable día.
Durante el día, el Pont Royal, en el centro de París, es poco más que un deslucido puente de piedra repleto de automovilistas en dirección al lado derecho, desde la ribera izquierda. Sin embargo, de noche, esta edificación del siglo diecisiete se transforma en una seductora plataforma visual.
Si te encaminas hacia el norte cruzando el Sena, la imponente facha del Louvre domina el primer plano. A la derecha, en la distancia, las torres levemente iluminadas de Notre Dame y la cúpula del Instituto de Francia, sede de la Académie Française, aparecen repentinamente entre los árboles. A la izquierda, puedes todavía divisar los contornos del vasto Jardín de las Tullerías, protegido por puertas de hierro y envuelto en la oscuridad. Más allá se anuncian las curvas iluminadas de los tejados de cristal del Grand Palais. Desde atrás, los relojes gemelos del Museo de Orsay se iluminan brillantemente; se asoma la punta de la Torre Eiffel.
Luego, cuando te acercas al fin del puente y levantas la vista, alcanzas a ver la pequeña escultura de Jean-Baptiste Carpeaux en el Pabellón de Flores del Louvre, con su sonriente ninfa desnuda. Es un mágico momento. Miras en rededor. Parece que nadie más lo ve -y en ese momento, sin importar ni el tiempo ni tu estado de ánimo, la ciudad parece ser tuya.
París tarde por la noche pertenece al paseante, al caminante ocioso que no tiene otro propósito que deambular. Siempre hay algo bello que descubrir, y quizás incluso alguna aventura y amor. "La noche sugiere, no muestra", escribió Brassaï, el conocido fotógrafo del París nocturno del siglo veinte. "La noche nos desasosiega y sorprende. Libera en nosotros impulsos que, en el día, son dominados por la razón".
Eso es verdad, porque París de noche opera a diferentes niveles. Hay una constante interacción entre la permanencia y grandeza del París monumental y las casualidades y sorpresas del París íntimo.
Después de todo, París es una ciudad pequeña, de sólo 105 kilómetros cuadrados -ligeramente más pequeña que el Bronx y mucho más pequeña que Londres, Madrid, Berlín y Roma. Dieciocho kilómetros de ancho, casi diez de largo, París puede ser cruzado a pie de un extremo a otro en cuestión de horas. Incluso París, Tejas, es casi del mismo tamaño que París, Francia. Sin embargo, París tiene quizás la población más densa de las ciudades importantes de Europa occidental. De día, sus calles se atascan con demasiada gente con prisa. El tráfico se embotella en los cruces y rotondas. La gente se abre camino con los codos en los tenderetes de gangas frente a las Galerías Lafayette y a los grandes almacenes Printemps. Los ciclistas compiten con los automovilistas para fastidiar incluso a los más decididos de los peatones.
Sin embargo, de noche sus calles están vacías y su ritmo se reduce. Las inhibiciones se desvanecen. Mientras más tarde, menos gente y todavía mejor. Yo empecé a pasear por la noche a fines de los años setenta como corresponsal de Newsweek, fantaseando despistado que algún día escribiría una tesis doctoral sobre Louis Sébastien Mercier. Mercier fue el paseante máximo del siglo dieciocho y el primer reportero callejero de verdad de París. Su éxito de ventas de doce tomos, ‘Tableau de Paris', revelaba los hábitos y costumbres cotidianas de París en los años de antes de la revolución. "Esta ciudad", escribió una vez, "cautiva eternamente la mirada de todo el mundo".
A Mercier le encantaban no sólo los monumentos de la ciudad, sino sus habitantes: sus agentes de policía y prostitutas, sus vendedores ambulantes y vagabundos. Si él saliese a dar un paseo hoy por el Pont Royal, se concentraría en la escena de abajo, en la ribera del Sena.
Allá, un grupo de gente sin casa ha armado decenas de tiendas de campaña en una bien definida hilera. Una noche hace poco, después de medianoche, se veía todo tranquilo, excepto por la silueta de un hombre que colgaba su lavado en un tendedero colgado entre los árboles. Bañado en el amarillento brillo de las farolas de la calle, el campamento parecía un pequeño y apacible villorrio.
Pero, también, el Sena tiene el poder de transformar en romántico incluso los lados más siniestros de la vida en la ciudad. Debido a su corriente, resplandece perpetuamente con franjas de luz reflejada de las luces del tráfico y los semáforos. También es angosto -el Támesis y el Danunio son más anchos-, lo que le otorga una escala manejable y un sentimiento de seguridad.
Los numerosos puentes del río hacen las veces de imanes, tanto para visitantes como para parisinos. No recuerdo haber cruzado alguna vez un puente de noche sin haber visto alguna pareja besándose apasionadamente. Quizás eso explique por qué incluso las escenas de cine más malas filmadas en el Sena nunca parecen realmente absurdas.
En la película ‘Cuando menos te lo esperas' [Something's Gotta Give] hay una escena hacia el final, en la que Jack Nicholson, creyendo que ha perdido a Diane Keaton, sale a tropezones del restaurante Grand Colbert y pasa por el Pont d'Arcole, frente al Hôtel de Ville, meditando sobre la vida. "Mira quién es la chica", se lamenta en voz en alta, sin dirigirse a nadie en particular, con los ojos llenos de lágrimas. La señora Keaton se baja repentinamente de un taxi para proclamarle su amor.
Una escena incluso mejor de París de noche a orillas del Sena la vemos al final de ‘Todos dicen I love you' [Everyone Says I Love You], en la que Woody Allen y Goldie Hawn, representando a personajes divorciados hace tiempo, bailan en la ribera del río debajo del Pont de la Tournelle. Y no es cualquier baile. Es Fred y Ginger rematados con Peter Pan. ¿A qué mujer no le gustaría ser Goldie Hawn en ese momento, con sus zapatillas con cordones y tacón y un vestido de gala negro, de mangas largas y perfectamente ajustado, con su pelo bermejo ligeramente ondeado por el viento, flotando literalmente en el aire?
En realidad, París de noche tiene el irracional poder de desatar la imaginación incluso de la gente menos imaginativa. Siempre hay parisinos que dejan abiertos los postigos de las ventanas de sus salones, permitiendo que los transeúntes puedan mirar hacia dentro. A menudo los altos cielos rasos y enormes ventanales muestran también arañas de cristal y extravagantes molduras y proyecciones sobre la vida de sus residentes. ¿Qué tendrán de cena?¿Duermen en camas con columnas?
Así que el verdadero secreto de la belleza de París de noche se puede describir en una palabra: luz.
En algunas ciudades, las farolas están diseñadas para iluminar solamente las aceras y calzadas, de modo que los edificios circundantes se pierden en la oscuridad. Sin embargo, en gran parte de París las farolas están adosadas a los lados de los edificios, realzando las curvas y ángulos de las estructuras mismas.
Como la mujer de aspecto corriente que se convierte en una belleza a la luz de una vela, los edificios poco llamativos resplandecen en París. Detalles arquitectónicos que pasan desapercibidos de día, se dejan ver repentinamente. Mi hija de dieciséis, Gabriela, pasa a diario frente a los grandes almacenes Le Bon Marché hacia y desde la escuela. Pero una noche cuando volvía de jugar fútbol, vio repentinamente algo diferente: el letrero de los almacenes y los ventanales superiores envueltos en una espeluznante luz. Después lo fotografió en blanco y negro para su clase de fotografía.
No se aburren ni los más paseantes más exigentes. Mientras paseaba con un funcionario del ministerio de relaciones exteriores francés después de cenar una noche, nos encontramos de pronto frente a la iglesia de la Madeleine, cuyo diseño de templo griego e imponente escala la convierten en todo un espectáculo nocturno.
Pero fue otra iglesia la que cautivó la atención del embajador. Mirando hacia el Boulevard Malesherbes, divisó la iglesia de San Agustín, durante el día un gris esperpento del siglo diecinueve. "Ah", exclamó. "Incluso la fea San Agustín se ve bonita de noche".
La iluminación de los monumentos, iglesias, puentes y edificios públicos de París no es dejado al azar. El proyecto de dotar a la Torre Eiffel de veinte mil focos (resplandecen durante diez minutos cada hora hasta después de la una de la mañana) cuesta cinco millones de dólares y requiere la intervención de cuarenta alpinistas, arquitectos e ingenieros, lo que soportan fuertes vientos, furiosas tormentas, palomas y murciélagos.
Toda una dependencia dedicada a la iluminación del Ayuntamiento es responsable de elegir el diseño, estilo, color, intensidad y horario de la iluminación de casi trescientas estructuras.
E incluso hay dos ‘escuelas' separadas cuando se trata de la ciencia (¿o es arte?) de la iluminación de los edificios públicos de la ciudad. Está la escuela de París, que apoya un enfoque holístico que envuelve las estructuras en un resplandor cálido y uniforme. La Conciergerie, la antigua prisión medieval en la Ile de la Cité, y el Palais Garnier, el extravagante teatro de la ópera del siglo diecinueve, son iluminados de esta manera.
Luego existe la escuela de Lyon, que respalda una aproximación puntillista utilizando pequeños focos para iluminar los elaborados decorados y detalles de los edificios para darles más dramatismo. Los balcones y hornacinas del Hôtel de Ville, el Ayuntamiento de París, y el Pont Alexandre III, con sus candelabros, cupidos, monstruos marinos y otros elaborados decorados, son iluminados al estilo de Lyon.
El ayuntamiento apaga las luces de la mayoría de las estructuras públicas a eso de la una de la mañana. Es un momento especial y parecen desaparecer repentinamente. Los puentes y riberas del Sena, todavía iluminados por las farolas de la calle, adquieren un aspecto apagado y distante.

1 de octubre de 2006
©traducción mQh
©new york times
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