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bolivianas reconstruyen su país


[Monte Reel] Para las nuevas jefas de familia, la transición puede verse muy difícil.
El Alto, Bolivia. Las mujeres que asisten a las reuniones comunitarias de Esperanza Mitta se mudaron hasta acá desde pequeños villorrios en la montaña y destartalados pueblos mineros, y ahora están dando nueva forma a una moderna metrópolis con todo lo que encuentran a la mano.
Tiras de papel higiénico hacen las veces de banderas decorativas en las paredes de su salón de reuniones. Un rocoso sitio eriazo, rodeado por varios árboles sin hojas, sirve como su "plaza central". Una portería de fútbol cercana, usada hace poco por los vigilantes del barrio para colgar a un ladrón, es considerada como una herramienta policial.
Han cambiado de muchas maneras esta ciudad. Pero también han alterado mucho más sus propias vidas.
"No tenemos educación, así que nos reunimos y hablamos sobre cómo podemos aprender entre nosotras", dice Mitta, 51. "Un montón de mujeres tienen que superar algunos de los temores que tienen sobre la vida en la ciudad, y todas los superan, poco a poco".
Por primera vez en la historia del mundo, el próximo año vivirá más gente en las ciudades que en áreas rurales, según expertos en población de Naciones Unidas. Las mujeres encabezan este movimiento, dejando el campo a tasas más altas que los hombres, seducidas en gran parte por los trabajos en el servicio doméstico. Tienden a gravitar hacia lugares como este: enormes expansiones en un país en desarrollo que lucha por hacerse con una infraestructura básica.
Debido a gente como Mitta, este antiguo villorrio es ahora más grande que la vecina ciudad de La Paz. El Alto tenía una población de unos once mil habitantes en 1950, creció salvajemente a 400 mil personas en los años noventa y sobrepasará el millón de personas este próximo año, de acuerdo a funcionarios del ayuntamiento. La mayoría de las casas carece de tuberías internas y alcantarillado. La recaudación de los impuestos locales para pagar los servicios es difícil debido a que un setenta por ciento de la economía pertenece al sector informal.
Fue en estas condiciones que Mitta empezó a organizar reuniones de mujeres hace algunos años. Un treinta por ciento de sus vecinas asiste a las reuniones, muchas de ellas luciendo los mismos chales y faldas con pliegues que usaban en las comunidades indígenas donde nacieron. Las recién llegadas son a menudo tímidas; el cambio en estilo de vida que están viviendo puede ser tan abrumador que no saben por dónde empezar. A diferencia de algunos de los hombres, que tenían trabajos que los exponían a sistemas sociales más amplios, muchas de las mujeres rara vez se habían alejado de la familia y vecinos inmediatos antes de mudarse aquí.
"Las mujeres tienen que hacer muchos más cambios que los hombres cuando se mudan a una ciudad como esta", reconoce David Apaza, cuya familia forma parte de la emigración hacia El Alto. "En el campo han vivido de la misma manera durante cientos de años, pero aquí todo es diferente".
El proceso de cambio puede transformar de manera vertiginosa las relaciones personales de las mujeres, pero también puede otorgarles oportunidades colectivas como nunca antes. Una de las cosas más importantes que han descubierto en estas calles de tierra, dicen muchas, es algo inimaginable en el campo: tienen voz.

Transformación Social
El Alto se extiende por una meseta a más de 2.100 metros sobre el nivel del mar. En la tarde, las miradas son atraídas por la distancia hacia los picos cubiertos de nieve, las parpadeantes luces de La Paz en el valle con forma de cuenco abajo. Los alrededores inmediatos son menos acogedores: una imprecisa cuadrícula de calles de tierra, bloques y bloques de casas de ladrillo y adobe bajas, llantas abandonadas, perros callejeros revolviendo la basura apilada en las calles.
El barrio de Mitta es conocido como Villa Mercedes G, y ella vive allí con otras diez mil personas. Viaja todos los días en una serie de minibuses a su trabajo como empleada en La Paz. El viaje -una hora y media cada vez- consume casi un tercio de su salario mensual de unos cincuenta dólares.
Una noche hace poco llegó a su sencilla casa de ladrillos de dos dormitorios cuando el sol desaparecía detrás de las montañas. Bajo la bombilla de la cocina, su marido Celadonio estaba parado ante la cocinilla extendiendo la masa para hacer buñuelos para la cena. Sus manos bronceadas por el sol estaban cubiertas de harina blanca. En su mano izquierda faltaba un dedo, que había perdido en un accidente cuando trabajaba en una mina de cobre.
"Cocina", dijo Mitta, y detrás del marco de sus gafas sus cejas se arquearon con picardía. "También lava la ropa. Hacemos las cosas juntos porque los dos tenemos mucho trabajo".
Los tiempos han cambiado desde que Mitta se convirtiera en una de las pioneras urbanas de El Alto, buscando una oportunidad después de que la mina donde trabajaba Celadonio cerrara sus puertas a mediados de los años ochenta. Su evolución -repetidas miles de veces entre las multitudes que han seguido el mismo camino- empezó tan pronto como llegó al punto de entrada de El Alto y principal arteria comercial, La Ceja.
Entonces, como ahora, era un motín de sensaciones: Minibuses cargados más allá de su capacidad empujándose con los parachoques y luchando por un hueco. Vendedores ambulantes vendiendo té, relojes, camisetas, pollos y casi todo lo que te puedas imaginar. De noche, hombre y mujeres invaden las discotecas, los tacos hundiéndose en el oscuro lodo de las calles. Observar una pelea callejera espontánea es la regla, no la excepción.
Es una embriagadora entrada para los recién llegados de las minas o de las granjas de subsistencia que no han tenido nunca un centavo en los bolsillos. La transición hacia la sociedad monetaria -que normalmente ocurrió durante varias generaciones en los países desarrollados- ocurre aquí en un instante.
"Cuando una mujer llega aquí, no puede ser una ama de casa y ocuparse de su familia como acostumbraba: tiene que trabajar para sobrevivir", dice Mitta.
Al principio, Celadonio no pudo encontrar trabajo. Pero Mitta accedió a limpiar las oficinas de una organización no-gubernamental a cambio de un cuarto donde la pareja y sus cuatro hijos pudieran dormir y algo de comida. Trabajó de cinco de la mañana a diez de la noche siete días a la semana durante tres años. Finalmente, Celadonio encontró trabajo en un terminal de minibuses y Mitta terminó trabajando como empleada en La Paz.
"De primeras, los hombres no quieren que las mujeres trabajen", dice Mitta. "Hay un montón de machismo, y a menudo tratan muy mal a las mujeres. He visto muchas separaciones. Yo casi rompí con mi marido -dos veces. Los que sufren son siempre los niños, porque se quedan solos durante mucho tiempo. No estoy hablando solamente de mi familia -la mayoría de las familias pasamos por esto".
Las mujeres de su grupo se reúnen dos veces a la semana. Tocan una amplia variedad de tópicos: la nutrición, cocinar los diferentes tipos de alimentos disponibles en la ciudad, los retos de criar a los niños en un ambiente urbano. Dicen que la delincuencia es un problema. Algunas dice que la culpa la tienen las horas que pasan ellas fuera de casa, trabajando.
Conversaciones como las suyas podrían ocurrir probablemente en cualquier ciudad del mundo, porque las mujeres aquí se corresponden cada vez más con prototipos urbanos universales. Sus transformaciones personales -especialmente el cambio que implica no dedicarse completamente a la familia- se han hecho visibles en las estadísticas nacionales. La tasa de fertilidad boliviana, por ejemplo, ha caído de casi 6.5 hijos por mujer a casi 3.9 en los últimos treinta años. En ese mismo período, la población del país ha pasado de ser casi completamente rural a casi un 65 por ciento de población urbana.
Mitta dice que los barómetros de cambio más visibles en su vecindario es la aparición de las guarderías infantiles.
A unas seis cuadras de su casa, dos hombres acarrean un pesado poste de madera hacia un lado de una calle de tierra. Estaban ayudando a una mujer a instalar electricidad en una guardería -sin ninguna ayuda del ayuntamiento ni de funcionarios de servicios.

Creciente Influencia
La decano del grupo de Mitta es Bertha Vargas, que ha vivido en el barrio durante casi treinta años y dice que conoce a todo el mundo. Si se le pregunta, dirá que en El Alto hay cinco mujeres por cada hombre. Según Mitta, tres por uno. Según el marido de Mitta, seis por uno.
Las cifras del censo dicen que la elación es casi igual, que es una de las razones por las que muchas aquí no dan demasiado credibilidad a las cifras del censo.
"Parece que siempre que hay una reunión pública -no importa del tipo que sea-, siempre hay más mujeres que hombres", dice Mitta. "No estoy segura, pero así es".
Las mujeres del grupo dicen que se reúnen simplemente por el deseo de compartir las cargas de cada una. Enfrentadas a cambios tan importantes en sus vidas personales, la gente busca naturalmente el respaldo de su comunidad, dice Vargas.
"Si tienes un grupo de mujeres en un lugar, siempre se reunirán y harán planes", dice.
Esos planes se vuelven cada más políticos a medida que las mujeres amplían sus conexiones. El día antes de una reunión del grupo hace poco, Mitta y varias otras mujeres pasaron la mañana sentadas en una barricada fuera de su barrio en una protesta contra el gobernador local.
Aunque La Paz es la sede del gobierno de Bolivia, El Alto es la capital de sus activistas políticos. El descontento entre los habitantes de El Alto -más del ochenta por ciento de los residentes se describe como indígena- ha conducido a masivas protestas y huelgas que han provocado las renuncias de sucesivos presidentes en 2003 y 2005.
La emigración de familias rurales a El Alto han provocado el descontento, dice el alcalde Fanor Nava Santiesteban. Miles se vienen aquí desde el campo con poco más que altas expectativas.
"Vienen directamente de zonas rurales, y cuando llegan aquí, tienen un montón de necesidades y demandas", dice Santiesteban, que se mudó a la ciudad hace 23 años desde una comunidad minera de Llallagua. "Llegan, se reúnen, forman grupos y dan a conocer sus exigencias".
Las mujeres han sido parte de ese movimiento, siendo en muchos casos mucho más activas en la vida cívica que si hubiesen estado en el campo. En los últimos años, el número de mujeres que colaboran en la dirección de los centros vecinales, que hacen las veces de entradas al activismo cívico, ha aumentado a casi un veinte por ciento del total.
Puede no sonar a mucho, pero Mitta y las otras mujeres han definitivamente notado el cambio.
"Parece que estamos empezando a tener algo de poder", dijo. "Eso es algo nuevo".

9 de marzo de 2007
6 de marzo de 2007
©washington post
©traducción mQh
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