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princesa de ciudad de méxico


[Marla Dickerson] Y los indigentes. Una mujer defiende el territorio de cinco mil vendedores ambulantes en el centro de la capital.
Ciudad de México, México. Trata de cruzar algunas partes del centro de Ciudad de México y entenderás por qué el alcalde Marcelo Ebrardquiere limpiar esta ciudad. Los vendedores ambulantes, que venden tacos, cedés piratas y ropa barata, han convertido este corazón simbólico de México en un gigantesco mercado de pulgas.
Su gobierno planea trasladar a miles de estos comerciantes independientes que estorban la circulación, obstaculizan a los peatones, dejan basura y evaden los impuestos. Pero en su camino se ha puesto una mujer de sesenta y tres años, ex presidiaria y bisabuela que tiene su propio programa.
Se llama Alejandra Barrios Richard, líder de la asociación más importante de vendedores de aceras en el centro histórico de la capital. Su ejército de cinco mil hombres ocupa la propiedad inmobiliaria más valiosa de México, territorio ganado duramente al que la luchadora Barrios no va a renunciar fácilmente.
En los últimos treinta años se ha elevado de humilde vendedora de frutas a una de las jefas de la calle más poderosa de la ciudad, utilizando una formidable combinación de simpatía personal, probada capacidad de negociación y peleas a puñetazos.
Sus seguidores han montado marchas y sentadas para protestar contra la represión policial de sus operaciones. Han peleado por territorio con otros grupos de vendedores callejeros; en 2003, Barrios fue acusada de matar a balazos al marido de una dirigente rival en el marco de una riña semejante. Pasó más de dos años en una notoria cárcel de Ciudad de México antes de ser dejada en libertad por falta de pruebas.
El episodio sólo reforzó su leyenda. Los mariachis le cantaban serenatas frente a las paredes de la prisión cuando su cumpleaños. Los niños rezaban por su libertad. Barrios proclamó persistentemente su inocencia, emergiendo del correccional ante alborozados seguidores que la saludaron como a un héroe conquistador.
"Cuando recorre estas calles, la gente la llama ‘Señora Alejandra'", dijo Antonia Medina Espinoza, que vende gorditas y flautas en el centro de la ciudad. "Le muestran respeto".
Esa lealtad enfurece a los grupos de comerciantes establecidos que dicen que los vendedores callejeros están en el centro de una economía subterránea que se está tragando a industrias mexicanas enteras. Se estima que solamente en la capital trabajan unos quinientos mil vendedores, que ofrecen desde música y películas pirateadas, ropas de diseño baratas y otros artículos falsificados.
Los vendedores callejeros perjudican a los comerciantes establecidos y timan al fisco porque no pagan impuestos, dicen los críticos. Degradan la vida urbana porque secuestran los espacios públicos mientras enriquecen a líderes como Barrios, cuya organización de varios millones de dólares incluye a abogados, contables e incluso un publicista.
Pero Barrios ha cumplido con sus seguidores, que le pagan sus cuotas para asegurarse un pedazo de precioso pavimento. Su organización ha construido viviendas para los vendedores, ofreciéndoles financiamiento sin interés en un país donde conseguir incluso una hipoteca normal es prácticamente imposible para la mayoría de la gente. El grupo maneja un preescolar de bajo costo para los hijos de los miembros y proporciona bonos ocasionales, tales como canastas de alimentos.
Sobre todo, Barrios ha logrado crear un espacio para que la gente pobre se pueda ganar la vida en una economía que se ha demostrado incapaz de crear suficientes trabajos para sus ciudadanos.
"El gobierno no les da nada", dice Barrios. "Confían en mí. Yo los defiendo".
Nativa de Ciudad de México y vendedora de cuarta generación, Barrios empezó de niña vendiendo manteles de plástico en el puesto de su familia. De ahí pasó a vender sartenes, fruta fresca y artículos más turbios conocidos como fayuca, productos robados o mercaderías introducidas clandestinamente al país para evitar el pago de impuestos.
El marido de Barrios, Javier Sánchez Becerra, dijo que la pareja fue arrestada en 1982 con un camión lleno de equipos estereos y videos de contrabando desde Estados Unidos. Dijo que los dos cumplieron nueve meses en prisión en Monterrey, tiempo que Barrios utilizó para terminar su educación secundaria.
La cárcel es una parada familiar para los vendedores callejeros de México, muchos de los cuales han tenido problemas con la ley. Barrios dice que fue el acoso y la extorsión constantes de la policía lo que en 1984 la llevó a unirse con varias decenas de comerciantes para defenderse a sí mismos.
Barrios emergió rápidamente como líder de la Asociación Legítima Cívica y Comercial, una transición que no sorprendió a su marido, que la conoce desde que eran niños. Dijo que Barrios, de un metro sesenta, una vez hizo detener el coche para enfrentarse a un hombre que le estaba pegando a su esposa en la calle.
"Es brava", dijo, sacudiendo su cabeza, riéndose del recuerdo. "Tenaz".
Pero fueron sus instintos políticos y capacidad de negociación los que la hicieron prosperar. Miembro durante mucho tiempo del Partido Revolucionario Institucional que gobernó México durante 71 años hasta el 2000, Barrios forjaba alianzas con funcionarios del partido que eran buenas para los dos lados, contó Alfonso Hernández, director del Centro de Estudios Tepito y experto en los vendedores ambulantes de la capital.
Dijo que lo normal es que los líderes de los vendedores entregan votos y dinero a cambio de espacios públicos para que sus miembros puedan trabajar sin ser fastidiados por las autoridades. Con tres docenas de organizaciones y alrededor de doce vendedores callejeros operando en el centro histórico -un área de tres kilómetros cuadrados que incluye la famosa plaza mayor conocida como el Zócalo-, la competencia es feroz.
Hernández dijo que Barrios, una carismática y guapa mujer puede hacer mucho más defenderse a sí misma.
"Sabe dar y recibir", dijo.
Sin embargo, Barrios culpa a los vientos políticos cambiantes en el Ayuntamiento de haberla enviado a la cárcel por homicidio. Dijo que una líder vendedora rival relacionada con el Partido de la Revolución Democrática, que ahora controla el gobierno de la ciudad, la acusó de haber disparado en un intento de introducirse en el territorio de Barrios.
"Hay gente que me tiene envidia", dijo.
No es de extrañar. Los seguidores de Barrios ocupan algunos de los espacios más fuertemente concurridos en el centro de la ciudad. Dijo que por el privilegio de ocuparlo pagan cincuenta pesos a la organización todas las semanas -unos 4.65 dólares. Algunos vendedores dicen que pagan eso al día. Cualquiera sea la cifra, Barrops niega los rumores de que se ha hecho rica a espaldas de los pobres.
Aunque sus ocho hijos también participan en la empresa y han asumido muchas responsabilidades de la gestión diaria, Barrios dice que ella todavía trabaja seis días a la semana y todavía vive en La Lagunilla, el rudo barrio donde creció cerca del centro de la ciudad.
Se siente particularmente orgullosa de los beneficios en vivienda y educación que ha proporcionado a los miembros, una red de seguridad social que algunos han comparado con un gobierno paralelo. A la fecha, la organización ha construido 199 apartamentos, y construirá otros 39. Algunos vendedores están pagando cuotas de apeas 46 dólares al mes para pagar sus unidades, dijo Sánchez.
Guadalupe Rodríguez Flores, una viuda de 62 años, dijo que el programa era el único que podía financiar su pequeño apartamento. Dijo que le cuesta mucho ganar, vendiendo auriculares, los 185 dólares que paga al mes por la vivienda.
Pronto las cosas pueden empeorar. Si el ayuntamiento se sale con la suya, Rodríguez y miles de otros vendedores del centro histórico serán reubicados a mediados de octubre, como parte de un proyecto de embellecimiento. El plan es sacarlos de las calles y aceras y concentrarlos en propiedades libres en la comuna.
Esos planes han sido intentados antes, y fracasaron cuando los vendedores callejeros volvieron a sus antiguos espacios después de que las ventas descendieran en picado en sus nuevos locales.
Barrios dijo que ella está abierta al diálogo con el alcalde, pero no hará ninguna promesa a menos que se garantice a sus comerciantes lugares tan buenos como los que ocupan hoy.
"Si el gobierno trata de darnos sitios que no nos convengan, yo voy a rechazarlos", dijo Barrios. "Estoy peleando para que la gente tenga trabajo".

marla.dickerson@latimes.com

26 de agosto de 2007
13 de agosto de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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