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ciudad mortífera


[Simón Romero] Las guerras de la cocaína han convertido a puerto colombiano en la ciudad más mortífera del país.
Buenaventura, Colombia. Los visitantes de esta ciudad que dicen que esta ciudad no es segura, tienen toda la razón. Los frecuentes tiroteos resuenan en los barrios bajos que rodean al puerto, el más importante del país en la costa del Pacífico. A medida que las ciudades más grandes se van calmando, Buenaventura ha emergido como el centro urbano más mortífero en la larga guerra interna de Colombia.
Los soldados controlan casi todos los coches en los puestos de control de la serpenteante carretera que sale de Cali. Hace poco las guerrillas lanzaron un ataque de mortero contra el cuartel de la policía. El señorial Hotel Estación, una gema neo-clásica construida en 1928, frecuentado por los gerentes que vienen a ultimar negocios con coches importados o exportando café, está custodiado por decenas de soldados en tenida de combate.
"Es como si tuviésemos un pequeño Haití en Colombia", dijo el teniente Nikolai Viviescas, 25, un agente de policía trasferido desde Bogotá hace seis meses. "Es como si fuera otro país".
Aunque Bogotá, la capital, y otras ciudades han logrado más seguridad y son suficientemente prósperas como para olvidar por un rato el conflicto civil que se viene estirando por cuatro décadas, Buenaventura es una historia aparte.
El año pasado, los homicidios en esta ciudad de unos 300 mil habitantes aumentaron en un treinta por ciento, dando a Buenaventura la tasa de homicidio más alta del país: 144 por cada cien mil habitantes, más que siete veces la tasa de Bogotá y cuatro la de Medellín. Y este año, según la policía, ya van 22 muertos.
La inmensa mayoría de los homicidios son producto de pequeños conflictos territoriales por el control de las barriadas en la periferia de la ciudad, hectáreas de chozas de madera construidas sobre palafitos en el mar. Desde estos muelles improvisados, dice la policía y oficiales navales, zarpan lanchas rápidas cargadas con cocaína hacia destinaciones en el norte. La geografía de Buenaventura, crucial para la conexión de Colombia al flujo comercial global, también tiene atractivo estratégico para los narcotraficantes.
Pese a recibir más de cinco mil millones de dólares de ayuda para combatir el narcotráfico y las guerrillas de parte de Estados Unidos durante esta década, convirtiéndolo en el mayor receptor de ayuda norteamericana en el hemisferio, Colombia sigue siendo el más importante productor de cocaína del mundo y el abastecedor del noventa por ciento de la cocaína que se consume en Estados Unidos.
Los barones de la droga, los rebeldes y las pandillas paramilitares renacidas, todos convergen en Buenaventura para reclutar a vecinos de las barriadas como sus soldados.
La policía dice que muchos de los combatientes rebeldes pertenecen al Frente Urbano de Manuel Cepeda Vargas, una célula del principal grupo rebelde FARC, con sede en Cali, y lucha contra las Autodefensas Campesinas del Pacífico, compuestas mayormente por ex paramilitares.
"Nada de esta guerra tiene que ver con ideologías", dijo Antero Viveros, director de un grupo comunitario en Lleras, una enorme barriada controlada por las guerrillas. "Se trata de drogas, de miembros de una etnia matando a otros".
Pese a su emergencia como la ciudad más peligrosa de Colombia, la gente desplazada por la guerra en el campo todavía ven a Buenaventura como un refugio. Unos 42 mil refugiados han llegado aquí desde 1998, la mayor parte afro-colombianos de áreas rurales, de acuerdo al gobierno federal. Estos refugiados inflan las filas de lo que deben ser las barriadas más pobres de Colombia.
"Si tienes hambre, harás cualquier cosa para sobrevivir", dijo Fernando Núñez, 29, vecino de Lleras, que se gana la vida reparando celulares viejos.
El presidente Álvaro Uribe ha criticado en duros términos la violencia aquí y envió nuevos comandantes policiales y de la armada a la ciudad a principios de año. Unos dos mil soldados y agentes de policía, que también llevan uniformes de combate y portan armas semiautomáticas, patrullan Buenaventura.
Sin embargo, los críticos dicen que las autoridades han ignorado durante mucho tiempo los problemas de Buenaventura, en parte porque los afro-colombianos reciben apenas atención del gobierno federal. Grupos no-gubernamentales dicen que los afro-colombianos conforman el cuarto de los 44 millones de habitantes del país, dando a Colombia, según algunos criterios, la población negra más grande en el mundo hispano. Y más de ochenta por ciento de los habitantes de Buenaventura, son negros.

Este mes, cuando el presidente nombró a Paula Marcela Moreno Zapata como ministro de Cultura, fue la primera vez que una afro-colombiana ascendía a una posición de gabinete en la historia del país. Sin embargo, analistas políticos y grupos activistas negros dicen que el nombramiento fue hecho con el propósito de apaciguar a los demócratas en Washington, que se quejan de la exclusión racial en Colombia mientras consideran un acuerdo comercial.
"La guerra en Buenaventura no va a terminar con acciones simbólicas de Bogotá", dijo Rosaliano Riascos, un nativo de Buenaventura que huyó de la ciudad después de una oleada de asesinatos de los paramilitares hace unos años. Riascos, que preside un grupo negro independiente de Bogotá, dijo que la última vez que fue a Buenaventura fue el año pasado, a ver a su madre. "Hoy Buenaventura es tierra de nadie".
La entrada a Lleras es como la de cualquier otra villa miseria en Colombia, con chozas hechas con bloques de cemento y unas pocas calles pavimentadas. Pero más adentro en la barriada, las viviendas son de madera desechada, y los recién llegados se apretujan en cobertizos adosados a casas más antiguas. Barriles oxidados recogen el agua lluvia de los tejados de zinc, la única fuente de agua fresca.
Las aguas residuales burbujean por entre caminos de tierra llenos de basura antes de desembocar en el mar. Los equipos estereo hacen resonar vallenatos y reggaetón. Y casas apenas iluminadas se elevan por encima del agua sobre delgados pedazos de madera.
Muchos de los vecinos de estas casuchas dudan en identificarse, por temor a represalias por lo que habrían podido decir. Un hombre de edad mediana, ofreciendo a un visitante un vaso de ron desde las escaleras de la casa, dijo que había trabajado como estibador en el puerto hace años, hasta que perdió el empleo. "Ahora", dijo, "no hago nada".
Algunos economistas tienen a Buenaventura como un ejemplo de los riesgos de exponer a las fuerzas del mercado a algunas economías en desarrollo. María del Pilar Castillo, economista de la Universidad del Valle, en Cali, dijo que muchos vecinos perdieron su seguridad económica cuando se privatizó el muelle del ayuntamiento hace más de diez años, reduciendo su fuerza de trabajo y reduciendo las prestaciones.
Con los impuestos que fluyen a través del puerto de Buenaventura se van en gran parte directamente al gobierno central, el ayuntamiento cosecha pocos beneficios del comercio internacional, incluso cuando la economía colombiana tiene un crecimiento de más de seis por ciento al año. Así que los pobres de Buenaventura, con una tasa de desempleo de un 28 por ciento, recurren al tráfico de drogas.
"Aquí no hay otra industria viable, no hay otros trabajos viables", dijo Ana María Mercedes Cano, directora de la Cámara de Comercio de Buenaventura. "Vivimos en una situación donde hay violencia en todas partes".
Cada vez caen más civiles en el fuego cruzado. Las guerrillas fueron acusadas a principios de año por un atentado en el que murieron cinco personas, incluyendo un agente de policía, cuando su camión policial fue atacado con un mortero improvisado. Funcionarios de seguridad aquí dicen que las leyes, que son relajadas con los menores (que son quienes ejecutan la mayoría de los ataques), hacen difícil la tarea de reducir los homicidios.
"Tenemos un sistema judicial diseñado para Suiza, pero aquí no está Suiza", djo el coronel Yamil Moreno, jefe de policía de Buenaventura. En el mismo aliento, el coronel Moreno, que fue transferido aquí desde el norte, describió cruelmente a los agonizantes combatientes de Buenaventura.
"Esos vagabundos", dijo, "sólo sirven para beber, bailar y matar".

1 de octubre de 2007
22 de mayo de 2007
©new york times
©traducción mQh
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