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nueva amenaza en afganistán


Las pandillas. Vecinos de Herat, una ciudad al occidente del país, dicen ‘Basta' a la proliferación de actividades criminales.
[Anand Gopal] Kabul, Afganistán. Cuando una banda criminal secuestró al hijo de doce años de un prominente doctor la semana pasada en las calles de Herat, los vecinos de Herat, una ciudad al occidente del país, decidieron que estaban hartos.
Médicos, enfermeras y otros profesionales de la salud dejaron sus trabajos para protestar por lo que dicen son intentos desganados del gobierno en su enfoque de un creciente problema de seguridad. Pronto se les unieron tenderos, jueces, y el principal sindicato de la ciudad, provocando la paralización de 250 fábricas.
La huelga, que terminó a principios de la semana, subraya un extendido descontento con los intentos del gobierno de proporcionar seguridad e ilustra que son las bandas criminales, no los talibanes, las que son vistas como la amenaza más importante a la seguridad en las principales ciudades de Afganistán.
"Tenemos miedo de salir porque no sabemos si será la última vez", dice Ahmad Qurishi, vecino de Herat.
Han aumentado los secuestros por rescate.
Funcionarios de gobierno informan que en Kabul, la capital de Iraq, en 2007 se registraron cerca de cien secuestros, casi todos ellos obra de bandas criminales. Las secretas y bien organizadas bandas secuestran a menudo a empresarios acomodados, médicos y otras figuras prominentes y exigen millones de dólares en rescates. Las bandas también perpetran sofisticados robos, a menudo escapando con cientos de miles de dólares.
El general Ali Shah Paktiawal, jefe de la unidad de investigaciones criminales de la policía dice que hay un puñado de grandes y poderosas bandas, y decenas de otras más pequeñas que operan sobre bases informales. Aunque a veces también atacan a extranjeros, la mayoría de los secuestrados son afganos.
Hace dos meses, Mirza Kunduzi, un empresario que posee un próspero local de cambio de divisas en el barrio del mercado de Kabul, volvió a casa después de un largo día de trabajo. Repentinamente seis hombres emergieron de un coche aparcado y le apuntaron con armas. "Llevaban uniformes militares", dice. "Me cortaron con un cuchillo, me vendaron la vista, y me obligaron a meterme en el maletero del coche".
Los secuestradores lo trasladaron a una casa cercana, donde le golpearon. "Me pidieron dos millones de dólares, y me golpearon porque yo me negué a pagar. Ni siquiera me sacaron la venda. Estuve siete días con los ojos cerrados".
Finalmente los secuestradores aceptaron un rescate de cuarenta mil dólares y dejaron a Kunduzi a un lado del camino una noche tarde.
La experiencia de Kunduzi reproduce la de cientos de otros, y los analistas dicen que el clima de terror está alejando del país a los cerebros y el capital.
Un grupo de comerciantes calcula que en 2007 la inversión privada descendió a casi la mitad. "Los secuestros de bandas criminales contra negocios y hombres de negocios por rescate ha tenido un profundo impacto en la moral de los empresarios y, por eso, en los negocios y en las inversiones", dijo en una declaración reciente el Servicio Afgano de Apoyo a la Inversión.
Algunos expertos dicen que el alto desempleo y la falta de oportunidades crean las condiciones que explican el florecimiento de las bandas. "Cuando se desbandó a los antiguos ejércitos de muyahedines, mucha gente se quedó en la calle, sin dinero", dice Haroun Mir, subdirector del Centro de Investigación y Estudios de Políticas Oficiales de Afganistán [Afghanistan Center for Research and Policy Studies]. "Cuando eres joven y ves la desigualdad en la riqueza y no tienes esperanza de un futuro mejor, puedes hacer cualquier cosa".
¿Hay ex combatientes implicados en organizaciones criminales?
Muchos ex soldados trabajan ahora para compañías de seguridad privadas. "Tenemos evidencias de que algunas de esas compañías son responsables de secuestros, robos y tráfico de drogas", dice el general Paktiawal.
Para complicar más el asunto, muchos creen que algunos elementos de la policía afgana son corruptos y no se puede confiar en ellos en cuanto a seguridad. "Muchas bandas tienen contactos con la policía", dice Mir. "Y a los polis buenos no se los recompensa, ni se castiga a los malos".
Los temores y frustraciones llevaron a la gente de Herat a declarar la huelga están empujando a Kunduzi a tratar de solucionar el problema con sus propias manos. "Algunos policías están implicados, y el gobierno no protege a nadie aquí", dice, con la voz temblando de indignación. "Después de mi secuestro, decidí que el único modo de estar seguro es poseer un arma".
Mientras espera el permiso para portar armas -un proceso difícil y caro incluso en un país inundado de armas-, Kunduzi dice que la próxima vez quizá no podrá comprar su libertad. "Me quitaron todo. Me pueden secuestrar de nuevo", dice, "pero ya no tengo nada".

5 de abril de 2008
21 de marzo de 2008
©christian science monitor
cc traducción mQh
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