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conspirando contra los malos


Dan Barry investiga uno de los más oscuros y conocidos rincones de Estados Unidos -la John Birch Society.
[Dan Berry] En un ajetreado boulevard de esta animada ciudad comercial, frente a un supermercado y no muy lejos de PetSmart, hay un edificio que podría ser confundido con un lugar donde te puedes limpiar los dientes, si no fuera por el nombre que se lee en una placa en la pared de ladrillos: la John Birch Society.
Para algunos, el nombre no significa nada. O provoca recuerdos de los años sesenta, cuando la John Birch Society era sinónimo del anticomunismo que veía rojos en todas partes. Quizás lucías una pegatina de la Birch Society en tu coche; quizás disfrutabas de la canción de Chad Mitchell Trio, burlándose de la obsesión con el comunismo:

No puedes confiar en tus vecinos y ni siquiera en tus familiares
Si tu mami es comunista tienes que denunciarla.

[You cannot trust your neighbor or even next of kin
If mommy is a commie then you gotta turn her in].

Sin embargo, para otros, la John Birch Society es urgentemente relevante en asuntos que importan hoy, por su apoyo a la campaña de fronteras seguras y gobierno limitado, por su desconfianza de la Reserva Federal y de Naciones Unidas, y por su creencia de que existe una conspiración para fusionar México, Canadá y Estados Unidos.
Afirma la sociedad que la llamada Unión Norteamericana forma parte de una conspiración mayor organizada por una amorfa e inmoral organización de una poderosa elite -que incluye, pero no se limita, al Consejo de Relaciones Exteriores, la Comisión Trilateral y los Rockefeller- para apropiarse del planeta Tierra. Lo llaman el Nuevo Orden Mundial.
Algunas de estas teorías suenan como chácharas de televisión por cable, o la sinopsis de un éxito de ventas de Dan Brown. Pero los dirigentes de la sociedad afirman que esta conspiración es real, y que se remonta más de doscientos años, cuando fue iniciada por una hermandad llamada los Iluminados y que cuenta con la mayoría de los presidentes estadounidenses entre sus tontos útiles y cómplices.
"Hemos dicho siempre que es una conspiración satánica", dice Arthur Thompson, presidente ejecutivo de la sociedad, sentado junto a una bandera de Estados Unidos.

La sociedad, fundada en 1958, dice que sus miembros se han duplicado en los últimos años, gracias al creciente interés en estas creencias y, últimamente, en las políticas del gobierno de Obama. Pero no proporcionará cifras. Se limita a decir que cuentan con decenas de miles de miembros.
"No queremos que nuestros enemigos conozcan nuestros puntos fuertes y nuestras debilidades", explicó Thompson.
Alto, canoso y de setenta años, Thompson fue soldado en las guerras ideológicas mucho antes de que Lou Dobbs y Glenn Beck se unieran a la polémica causa. Dice que infiltraron grupos marxistas en el noroeste del Pacífico en los años sesenta. "Me vestía informalmente", dice, riéndose.
Pero vestido ahora con su atuendo preferido -una americana oscura y corbata roja-, habló seriamente de querer desbaratar los planes de los infiltrados, como los llama. "Es una guerra entre el bien y el mal", dice. "Y a veces la guerra tiene vueltas extrañas".
La sociedad está habituada a ese tipo de vueltas. A fines de 2005, por ejemplo, Thompson se convirtió en presidente ejecutivo después de montar un golpe con la ayuda de John McManus, el más prominente miembro de la sociedad, presidente durante largo tiempo y católico ultraconservador. Esto provocó que algunos de los miembros excluidos difundieran imágenes del señor McManus en charlas para organizaciones católicas diciendo que el judaísmo se convirtió en una religión difunta y mortífera después del establecimiento de la iglesia católica.
McManus también dijo que los judíos militantes han influido sobre los masones, que son "agentes de Satanás", "enemigos de la Iglesia de Cristo" -y que en opinión de la John Birch Society, forman parte de la conspiración de los Iluminados para provocar una revolución mundial.
Thompson dijo que originalmente le indignaron estos comentarios, pero que ahora entiende que fueron hechos en el contexto de la creencia de McManus de que el catolicismo es la única fe verdadera. Dijo que la John Birch Society tiene miembros judíos y negros y que no ha tolerado nunca ni el antisemitismo ni el racismo, pese a su notoria oposición a gran parte del movimiento por los derechos civiles.
Durante una reciente entrevista por teléfono en la que cuestionó el rigor de la educación católica del entrevistador, McManus negó ser antisemita y dijo que era muy bien considerado por los miembros judíos de la sociedad. Aunque no estén de acuerdo con sus creencias religiosas, dijo, él y ellos están juntos "trabajando por salvar el país".

La John Birch Society -cuyo nombre honra a un misionero y agente de inteligencia estadounidense asesinado por los comunistas chinos en 1945- todavía realiza reuniones en salas de recibo y bibliotecas públicas. Pero también lleva una atractiva página web que invita a los curiosos a bajar literatura e incorporarse a un capítulo de la sociedad. ("Pincha aquí para conocer a gente que piensa como tú").
Normalmente un capítulo necesita al menos diez miembros, aunque Thompson dijo que "podemos dejarles empezar con ocho". Dijo que el mandato es establecer relaciones con los líderes de opinión de la comunidad: "Podría tratarse de alguien del ayuntamiento, o del presidente de la cámara de comercio".
Pero una petición para hablar con gente que se ha unido recientemente a la causa fue resistida por James Fitzgerald, director nacional de actividades de terreno, que empezó la conversación criticando un artículo del New York Times sobre la sociedad en 1966. Lo mejor que podía hacer, dijo Fitzgerald, era sugerir una visita a una feria callejera el domingo en Union, Nueva Jersey, donde los miembros tendrían un stand.
El dato era sólido: allá, cerca de un puesto de churros, había una mesa plegable cubierta con literatura de la Birch Society.
El coordinador era Chris Nowak, 24, maestro suplente de matemáticas que dijo que se había unido a su padre, un miembro de la sociedad de toda la vida, que lo reeducó sobre historia estadounidense; por ejemplo, ahora entendía que Naciones Unidas fue fundada por el presidente Harry S. Truman y "otros comunistas".
Con Nowak se encontraban Ray Tisch, 37, ingeniero eléctrico, y Matthew Yamakaitis, 49, empleado de una bodega, que dijo que se había unido a la John Birch Society hace dos años porque compartía los temores sobre la Unión Norteamericana, los medios de comunicación tradicionales y la conspiración de los infiltrados de la elite.
"Han instalado controles en los más altos niveles", dijo Tisch. Yamakaitis está de acuerdo, diciendo que si los infiltrados logran crear un nuevo orden mundial, "básicamente significa menos poder para nosotros".
"Y más para la elite", dijo Tisch.
"Los Rockefeller, los Morgan, los Rothschilds", dijo Nowak.
"Ssssssssss", dijo la salchicha cocinándose en una parrilla cercana.

De regreso en Grand Chute, la reducción de las donaciones el año pasado -lo que es normal en un año de elecciones presidenciales, dijo Thompson- ha provocado algunos despidos. Sin embargo, las secretarias respondían los teléfonos, los editores trabajaban en otro número de la revista The New American y, en una bodega llena de libros y literatura de la sociedad, Dan Shibler esperaba para rellenar formularios de pedidos.
Shibler, el encargado de los envíos y mantenimiento, dijo que se unió a la sociedad cuando era adolescente en los años setenta, después de asistir a uno de sus campamentos de verano, donde las sesiones de adoctrinamiento se combinaban con actividades de recreación, como pesca y natación. Esos campamentos ya no existen; entre otras razones, porque se ha hecho más fácil llegar a los jóvenes a través de la red.
Sin embargo, el trabajo continúa. Los hombres y mujeres de la sociedad han contribuido a resistir la introducción de la Unión Norteamericana, ocasionalmente en las legislaturas de estados. Hace poco participaba en numerosos tés realizados esta primavera para protestar contra el crecimiento del gobierno y el gasto fiscal. Y, por supuesto, lucha todos los días contra Naciones Unidas, el Consejo de Relaciones Exteriores y la elite de infiltrados en el grupo -el mal.
Debe ser difícil relajarse. Pero Thompson dijo que obtiene su energía de su fe, escucha la música que le gusta y encuentra otras diversiones. "De otro modo’, dijo, "me volvería loco".

28 de junio de 2009
25 de junio de 2009
©new york times 
cc traducción mQh
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