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indigencia, retrato de familia


Recesión afecta cada vez más a familias de dos padres.
[Chris L. Jenkins] Robert Polight se inclinó sobre una cacerola eléctrica en un rincón del Cuarto 27 en el Motel Breezeway, revolviendo la salsa del plato favorito de su familia: espagueti. Coló los fideos en el lavamanos del baño del atiborrado cuarto.
Su esposa, Joshalyn James, recién acababa de cortar la salchicha en la mesa de café y se atareada limpiando. Jake -el hijo de 6- jugaba tranquilo un videojuego, y Haira, la niña, 12, se reía hablando por teléfono.
Desde que se hicieran indigentes, la cena, incluso en estas circunstancias, ha dado a la familia una sensación de estabilidad.
El condado de Fairfax paga 65 dólares para que la familia aloje en el motel de los años cincuenta mientras espera que quede un hueco en un albergue municipal. La familia fue desalojada de una casa de alquiler en Spotsylvania después de que Polight perdiera su trabajo en un almacén y él y James no llegaran a fines de mes con su salario como asistente médico.
Después de pasar un mes en casa de un pariente, dos noches en el Toyota de seis años de la pareja y tres noches en un refugio de emergencia, la familia ha tratado de hacerse un hogar en un ventoso cuarto de hotel, con sus muebles cascados y desteñidos y la pintura descascarada. Las pertenencias de la familia se amontonan en un rincón, en bolsas de basura.
Es una dura caída de la cómoda vida de familia que llevaban cuando Polight y James ganaban cerca de sesenta mil dólares al año.
"Pero estamos juntos", dijo Polight, 44. "Estamos juntos, y todos estos desplazamientos, las cosas guardadas y eso, no durará mucho tiempo... esperamos. Toda esta situación te hace ver lo cerca que estás de perderlo todo: casas, juguetes de los niños, ropa".
Durante casi una generación, la cara de la indigencia en Estados Unidos ha sido la de un hombre o mujer que vive en la calle y pide monedas. Pero con la crisis de los desalojos, el receso en la economía y el creciente empleo, los defensores de los indigentes dijeron que han visto a más familias de dos padres buscando albergue.
Muchos de los nuevos indigentes son arrendatarios cuyos caseros fueron embargados, miembros de familias en las que un padre perdió el trabajo o trabajadores mal pagados que vivían precariamente ya antes de perder sus trabajos. Los expertos que estudian la indigencia y la pobreza dicen que el aumento de las familias indigentes ilustra lo severa que ha sido la crisis económica para las familias de clase media y de trabajadores y cómo el empeoramiento de la economía está empujando a la gente hacia la pobreza.
Un estudio que será dado a conocer mañana por los grupos de investigación Commonwealth Institute y Voice for Virginia’s Children, de Richmond, concluye que si la tasa nacional de desempleo llega al nueve por ciento en otoño, unos 218 mil virginianos podrían estar por debajo de la línea de pobreza, incluyendo a 73 mil niños. Un análisis similar de Maryland Budget y el Instituto de Política Fiscal calculó que Maryland podría tener 189 mil familias deslizándose por debajo de la línea de la pobreza.
Las cifras sobre el total de indigentes en la región de Washington no estarán disponibles sino en la primavera, pero los albergues en los condados de Prince William, Arlington y Fairfax, han informado sobre aumentos en el número de familias de dos padres. Activistas en el condado de Prince George y funcionarios en el condado de Montgomery informan que hay más familias indigentes, pero no un aumento marcado de familias indigentes de dos padres.
Los aumentos son más pronunciados en los condados golpeados más duramente por la crisis de la vivienda. En Prince William, dijeron funcionarios, el 26 por ciento de las 290 familias que se habían quedado en albergues de los condados desde el 1 de julio eran familias de dos padres. En el año fiscal 2008, las familias con dos padres constituían el 17 por ciento de cerca de 384 familias que se quedaron en los albergues.
"Son los tipos de familias que vemos ahora", dijo Cheri Villa, directora ejecutiva de Serve, una agencia de servicios sociales y albergue en el área de Manassas. Dijo que la agencia ha visto más familias "intactas" a mitad del año fiscal que el año pasado. Eso no incluye a familias que la agencia rechaza cuando el albergue se queda sin camas, dijo.
"Podríamos estar hablando de muchas, muchas más".
En Fairfax, los albergues están informando sobre cifras más altas de familias de dos padres que en años anteriores. Casi el 30 por ciento de las 167 familias que se quedaron en albergues del condado desde el 1 de julio se componían de dos padres, desde cerca del 20 por ciento en años anteriores.
"Realmente, son problemas económicos", dice Caroline Jones, directora de servicios al cliente en Doorways for Women and Children en Arlington, que reportó un aumento triple en ese tipo de familias. "Uno de los padres pierde el trabajo, la familia ya no puede pagar el alquiler, no tienen familia a la que recurrir y son desalojados". Aumentos similares se han reportado en todo el país.
Muchas familias viven ahora en situaciones precarias por primera vez y les es difícil ajustarse. Polight y James, 31, con un matrimonio de doce años, dijeron que les tomó semanas aceptar que habían perdido casi todo. Se habían mudado a Virginia del Norte desde Brooklyn, Nueva York, por las escuelas. Su hija había sido atacada en su escuela en Nueva York el año pasado, y querían un ambiente más seguro.
Esperaban que las cosas volvieran a ser como eran cuando la familia vivía en Loudoun durante cuatro años a principios de la década. Entonces entre ambos hacían sesenta mil dólares y alquilaban una modesta casa en Ashburn. Polight tenía un trabajo estable en Home Depot, y él y James pudieron comprar dos coches usados para ir al trabajo y cumplir sin problemas con las obligaciones familiares.
Pero como muchas otras parejas de clase trabajadora, debían tomar decisiones difíciles. En 2006, el ingreso de la familia estaba aumentando, y estaban cerca de ganar demasiado dinero para poder acogerse a la ley de guarderías. Calcularon el coste extra del cuidado de niños -360 dólares a la semana por los dos niños- y concluyeron que era un gasto que no te podías permitir.
"Otro vez el alquiler", dice Polight, sacudiendo la cabeza.
Así que los neoyorquinos nativos volvieron a casa, sabiendo que los parientes podrían ayudarles con el cuidado de los niños y que podrían ganar más dinero que en Virginia. Pero entonces decidieron que Nueva York no era un buen ambiente para su hija, y tuvieron que volver a elegir: ¿guardería gratis o mejores escuelas? Optaron lo último.
"Siempre pensamos que estábamos haciendo lo mejor por nuestras familias", dijo James. "Supongo que lo que encontramos cuando volvimos es que las cosas son diferentes. Ahora no hay trabajo. Pensamos que podríamos sobrevivir como hemos hecho siempre".
El shock llegó cuando fueron desalojados de su casa en Spotsylvania y tuvieran que empeñar los videojuegos, los reproductores MP3, un estéreo y un televisor.
"Creo que estuve dos semanas en cama", dijo James. "Yo... no era yo mismo, yo soy un buen trabajador y me gusta trabajar, pero no podía aceptar lo que estaba pasando.
"La cosa es que lo planeamos", dijo James, que trabajó como asistente en Spotsylvania hasta octubre, cuando terminó su contrato. Las finanzas de la familia mermaban y no renovó el contrato. En lugar de eso, ella y Polight decidieron mudarse a Fairfax, pensando que allá sería más fácil encontrar trabajo. Ahora solo tenían un coche y quedarse en el área de Spotsvylvania no era práctico si Polight también andaba buscando trabajo.
Polight y James se están ajustando a su vida ambulatoria; las circunstancias se ven mejor. Después de presentar decenas de formularios, Polight debe empezar mañana en un trabajo como oficinista, a diez dólares la hora, en Tysons Corner. James está a punto de comenzar a trabajar en una consulta de pediatra por quince dólares la hora. Pero una casa permanente no está en su futuro inmediato.
Polight y James a menudo dudan de su decisión de dejar Virginia, en primer lugar. Han tratado de que las cosas parezcan más o menos normales, para los niños -para que se concentren en la escuela y no piensen en su situación-, pero es difícil. Han cambiado dos veces de cuarto y dos veces se ha apagado la calefacción. Ahora comen con tenedores de plástico de McDonald’s.
Así que hacen concesiones. Jake, por ejemplo, tuvo un mal día en la escuela y estaba alterada, así que dejó jugar a James un videojuego, que normalmente le está prohibido durante la semana. En cuanto a su cumpleaños, la familia reunió cincuenta dólares para comprar un PlayStation usado en la casa de empeños.
"No quieres echarlo a perder, pero al mismo tiempo, ha pasado por un montón de cosas... Todos nosotros", dijo. "Pero todos necesitamos recordar que somos una familia y que haremos lo que sea para salir juntos de esta".

17 de julio de 2009
16 de febrero de 2009
©washington post
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