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junipero serra necesita un milagro

Para ser nombrado santo, el fundador de las misiones de California debe demostrar un último portento. Una posibilidad: una artista que todavía vive después de perder un tercio de su cráneo después de catorce intervenciones quirúrgicas de su cerebro.


Santa Bárbara, Estados Unidos. En el subterráneo de la Old Mission Santa Barbara, hay un archivador repleto de descripciones de milagros que no fueron aprobadas.
Un hombre se cae de su caballo y, gracias a Junipero Serra, se levanta ileso. Una mujer visita la tumba de Serra en Carmel y algo la conmueve profundamente, cambiando el curso de su vida. Un alcohólico deja la bebida y atribuye a Serra haberla dejado completamente.
Todos creían que sus experiencias eran milagrosas -pero ninguna fue considerada el milagro que se necesita para elevar a Serra a la santidad, un objetivo que los funcionarios de la iglesia anunciaron hace 75 años, con ocasión del 225 aniversario de su muerte.
Serra, el respetado sacerdote franciscano que fundó las misiones de California, tiene un milagro reconocido oficialmente. Una monja de St. Louis se curó de lupus después de rezarle, que condujo a la beatificación de Serra en 1987.
Pero la santidad exige un segundo milagro, definido por la iglesia como un suceso que no puede ser explicado por la ciencia pero que sí puede ser atribuido a la intercesión del candidato desde más allá de la tumba.
Hace dos años los defensores de Serra pensaban que habían descubierto uno. Una mujer de Denver que había orado a Serra dio a luz a un bebé sano, pese a una horrenda prognosis. El caso llegó a Roma, pero los médicos del Vaticano concluyeron que no era un milagro.
Ahora hay otra posibilidad. Sheila E. Lichacz, una artista panameña, ha sobrevivido catorce intervenciones quirúrgicas para extraerle unos tumores llamados meningiomas después de que le dijeran una y otra vez que se estaba muriendo. En una cirugía le removieron un tercio de su cráneo, que fue reemplazado por placas de acrílico. Pero estas también fueron retiradas después de que le causaran graves infecciones.
Ahora una gran parte de su cerebro está cubierto no por hueso o placas sino solamente por carne. Sin embargo, a los 66 sigue siendo una mujer exuberante y elegante. En un reciente viaje a Santa Bárbara para tratar con sacerdotes sobre su historia médica, llevó un vestido pantalón azul brillante con un sombrero y turbante haciendo juego, pesadas cadenas de plata y un cinturón de cuero negro de su propia hechura, tachonado con trece crucifijos de plata. Sus palabras caen como una cascada de fervor religioso.
"¿Ha visto usted algo como esto?", pregunta Lichacz, que todavía tiene cuatro tumores benignos en su cabeza. "¿Lo ha visto? ¿Operaciones al cerebro durante 45 años? Bendito Junipero -ese pobre hombre me necesita. Él lo dio todo, te lo digo yo, y, sin fanfarronear, también yo daré todo".
Si su historia alcanza a llegar al Vaticano es harina de otro costal. El proceso de determinar milagros es terriblemente y ha devenido incluso más exigente a medida que la ciencia explica fenómenos considerados previamente como misteriosos.
El principal defensor de Serra es el Padre John Vaughn, un sacerdote franciscano que vive en la misión. Hace diez años fue nombrado Vice Postulator para la Causa Serra -el cuarto en una sucesión de sacerdotes encargados de conseguir la santidad para Serra.
"Me sentí honrado; me sentí humillado", dice Vaughn, que, como ex ministro general de la Orden de Frailes Menores, dirigió durante doce años a los dieciséis mil monjes franciscanos del mundo. "Supongo que también me sentí aterrorizado".
En su sotana marrón y cinturón de cuerda, Vaughn cruza lentamente los jardines y los fríos corredores de 189 años de la Misión Santa Bárbara. Ahora de 81 años y sobreviviente de un derrame, está muy consciente de que su trabajo podría superarlo. Después de todo, tomó 755 años canonizar a St. Bede.
En el caso de Serra, gran parte del trabajo pesado ya se ha hecho. Académicos católicos pasaron catorce años reuniendo cartas, diarios de vida, documentos de la iglesia, biografías y relatos de quienes le conocieron. Realizaron investigaciones en 125 bibliotecas. En audiencias en California recogieron los testimonios de cerca de cincuenta descendientes de los indios que trabajaron en las misiones de Serra y de los soldados españoles que los custodiaban.
El cuerpo de Serra fue exhumado dos veces, tal como prescribe la tradición eclesiástica, para asegurarse de que todavía estaba en su sepultura. Cientos de virutas de sus huesos fueron removidos como reliquias para ayudar a los fieles.
"Ya se hizo el trabajo de base", dijo Vaughn, dirigiendo a un visitante en los archivos de la misión. En una pared se exhibe en un marco parte de una vestidura usada por Serra. En la cripta, un registro de defunciones escrito por Serra cuenta sombrías historias de la época de la fundación de Santa Bárbara; su primera entrada es una niña llamada María Antonia -posiblemente la hija de un soldado español y una madre india- que murió el 22 de diciembre de 1782.
En las estanterías, tomo tras tomo -cerca de diez mil páginas en total- constituyen el transumptum, el archivo completo de la petición de santidad para Serra.
Santa Bárbara fue una de las nueve misiones que fundó antes de su muerte en 1784. Serra, nativo de Majorca, la más grande isla de España, evangelizó durante años en regiones remotas de México. Buscando convertir tantos nativos americanos como le fuera posible, recorrió la entonces inexplorada California con una dolorosa úlcera en su pierna, caminando miles de kilómetros para fundar comunidades religiosas. En un momento, volvió a México para cabildear por un decreto que prohibiera que los soldados abusaran sexualmente de las nativas.
Sin embargo, en sus misiones los azotes y los grilletes eran castigos comunes. Los indios que se escapaban eran perseguidos y atrapados -a veces para morir por enfermedades europeas que entonces se expandían vertiginosamente.
Las misiones "apenas si reconocieron a los habitantes de este continente como seres plenamente humanos", dijo Sor Kateri Mitchell, directora de Tekakwitha Conference, una organización católica de nativos americanos.
Vaughn, que dice que los santos "aunque sagrados, no son perfectos", lo había oído antes. "No puedes juzgar a alguien del siglo diecisiete o dieciocho con normas del siglo 21. ¿Cuántos de nuestros Padres Fundadores poseían esclavos?"
Ese argumento ha causado polémica.
"La santidad exige que las experiencias de Serra -especialmente las que tuvo con los indios de California- transciendan tiempo y espacio", escribe James A. Sandos, que estudia la época de la Misión en la Universidad de Redlands. "La santidad significa que este es un ejemplo universal para todos los católicos".
En 1985 el Papa Juan Pablo II concluyó que Serra había vivido una vida de "heroica virtud" y lo declaró "venerable". Eso desencadenó la búsqueda de dos milagros: una para la beatificación y otro para la santidad.
El primero fue la curación de la monja de St. Louis. Gravemente enferma en 1960, Sor Mary Boniface Dyrda no sabía nada de Serra cuando un capellán de California la instó a rezarle. Décadas más tarde su recuperación fue evaluada por comisiones de médicos de St. Louis y Roma, y aprobada por 32 cardenales y obispos de la Congregación para las Causas de los Santos del Vaticano. En 1987 el Papa Juan Pablo II proclamó que la curación había sido milagrosa. Serra fue beatificado y convertido en "Beato Junipero Serra".
El último milagro ha sido elusivo.
En un momento, los defensores de Serra pusieron sus esperanzas en un hombre del condado de Riverside que sufría de cáncer al páncreas en fase terminal. Inspirado por la imagen del sacerdote en un vitral, buscó la ayuda de Serra. Vivió seis años más, pero murió de una deficiencia cardiaca antes de que pudiera dar su testimonio.
Luego, en 2007, el caso de la mujer de Denver parecía prometedor. Debido a que sufría de complicaciones de un embarazo, le dijeron que su bebé nacería gravemente discapacitado. El niño nació sano, pero una revisión médica del Vaticano concluyó que la curación pudo haber sido natural.
Lichacz, la artista panameña, dijo que no conocía a Serra cuando sintió por primera vez su presencia sanadora hace casi treinta años.
Siempre fue una mujer profundamente religiosa. Muchas de sus pinturas juegan con imágenes como las barcas de greda de Cana, donde se dice que Jesús convirtió el agua en vino. Una pintura está en exhibición permanente en la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén; otras han sido expuestas en Harvard y en la Smithsonian. Antes de empezar una tela, Lichacz inscribe en tiza las letras AMDG -Ad majorem Dei gloriam.
A los 21, cuando estudiaba en una universidad católica de Texas le diagnosticaron el primero de sus meningiomas.
Desde entonces su vida ha estado marcada por operaciones quirúrgicas, severos dolores de cabeza y la posibilidad de ceguera y muerte repentina.
En 1979 estuvo en San Diego para un examen neurológico. La noche anterior, ella y su marido, John, mayor en retiro de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, rezó en la Misión San Diego de Alcalá de Serra.
"Los dos vivimos una experiencia etérea", dice Lichacz. "Algo nos estuvo tranquilizando para que pudiéramos hacer frente a lo que se nos venía encima".
Dieciséis años más tarde, la pareja viajó desde su hogar temporal en Miami a San Diego para otra consulta.
En ese viaje visitaron la misión de Serra en San Juan Capistrano.
"Vi su estatua y por alguna razón le toqué los pies con mis manos", recuerda Lichacz. "Lo miré y le dije: ‘Por favor, cuida de mí’. Y Dios es mi testigo, porque empecé a volver al coche y era como si estuviera levitando. No sentía el suelo. Entonces me di cuenta de que era Junipero".
En el silencio del crepúsculo de una capilla en la Misión Santa Bárbara extrae lentamente de su cartera una preciada posesión.
Es un relicario de oro con el sello de lacre de los franciscanos.
Dentro hay un mechón castaño canoso, un hueso de Serra que le dio un monje en Santa Bárbara.
"Él sufrió tanto", murmura. "Es un santo. Yo sé que es un santo".
Un panfleto que promueve la causa de Serra cita el asombro de un neurocirujano no identificado que después de tantas operaciones Lichacz "nunca sufriera ningún déficit neurológico ni trauma psicológico... Si esto no es un milagro, entonces es una prueba de que la fe sana cualquier cosa y te hace más fuerte".
Si los médicos consultados por Vaughn aceptan que la ciencia no puede explicar la relativa buena salud de Lichacz, declarará ante un tribunal y estudiará sus expedientes médicos.
Luego el caso será enviado al Vaticano, donde el Papa tendrá la última palabra.
Funcionarios de la iglesia no quieren especular sobre el resultado para Lichacz.
"Depende de Dios", dijo Vaughn. "Y de otra gente".

15 de noviembre de 2009
28 de agosto de 2009
©los angeles times 
©traducción mQh
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