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corrupción en afganistán


No será una tarea fácil. Un clientelismo arraigado en la cultura, mordidas y vínculos con el narcotráfico han destruido la confianza pública en el gobierno del presidente Karzai. "Es como una enfermedad", dice un comerciante de Kabul. "Está todo el mundo contagiado".
Kabul, Afganistán. Los afganos tienen una palabra para las enormes y horteras mansiones que han emergido en el barrio rico de Kabul, Sherpur, desde 2001. Las llaman los "palacios de amapola".
Los costes de construcción de estas casas, que están adornadas con extensas terrazas y recargadas columnas, pueden subir a cientos de miles de dólares. Muchas son de propiedad de funcionarios de gobierno cuyos salarios formales ascienden a algunos dólares al mes.
Para los hastiados vecinos de la capital, hay pocos símbolos más potentes de la corrupción que permea todos los niveles de la sociedad afgana, desde los agentes de tráfico que extorsionan a altos funcionarios de gobierno y sus parientes implicados en el tráfico de opio.
La corrupción, el clientelismo, el soborno y el floreciente narcotráfico han destruido la confianza pública en el gobierno del presidente Hamid Karzai y contribuido al resurgimiento del Talibán empujando a afganos descontentos a tomar partido por los insurgentes y proteger una importante fuente de su financiamiento.
Con el aumento de las bajas y una decisión sobre estrategia militar en el horizonte, el presidente Obama y otros líderes occidentales encuentran cada vez más difícil justificar el envío de tropas para luchar por un gobierno infectado por la corrupción.
Este mes, cuando Karzai fue declarado ganador de una elección estropeada por el fraude desenfrenado, el más alto funcionario de Naciones Unidas en Afganistán advirtió que sin reformas importantes, el presidente afgano podría perder el apoyo de los países que proporcionan más de cien mil tropas y han contribuido miles de millones de dólares en ayuda desde el derrocamiento del Talibán en 2001.
Karzai ha reconocido públicamente la corrupción y jurado "hacer todos los esfuerzos posibles para terminar con esta mancha". El lunes, el ministro del Interior, el director de seguridad nacional, el fiscal general y el presidente de la Corte Suprema unieron fueras para anunciar la creación de una nueva unidad de lucha contra el crimen para hacer frente al problema.
Pero en las calles, en los mercadillos y en oficinas de gobierno, donde se dice que prácticamente todos los roces con la autoridad resultan en algún soborno, pocos toman en serio las promesas de erradicar la corrupción.
"Es como una enfermedad", dijo el comerciante Hakimullah Zada. "Lo hace todo el mundo".
En estos tiempos de economía difícil, dijo Zada, hay una sola persona de la que puede asegurar que visitará su curtiduría: un inspector municipal.
El larguirucho agente municipal frunce el año con desaprobación cuando descubre que Zada y otros cinco trabajadores están remojando y trabajando pieles en el mugriento río Kabul y exige su parte -el equivalente de cuarenta dólares. "Dice que estamos contaminando el río", dice Zada. "Así que tenemos que pagarle todos los días. Si no lo hacemos, nos denunciará a la municipalidad para que cierren nuestros tiendas".
En 2008, un sondeo de Integrity Watch Afghanistan constató que una familia normal paga cerca de cien dólares al año en sobornos en un país donde más de la mitad de la población sobrevive con menos de un dólar al día.
Los salarios oficiales empiezan con menos de cien dólares al mes, y casi todo tiene su precio: un permiso comercial, protección policial, incluso salir de la cárcel. Cuando Zada tuvo miedo de fracasar en los exámenes de la secundaria, le pasó a su maestro un sobre lleno con más de mil quinientos afganos -unos treinta dólares. Aprobó rotundamente. La corrupción se extiende a los más altos niveles del gobierno y sus parientes. Incluso el hermano de Karzai, Ahmed Wali Karzai, ha sido sospechoso de cooperar con los barones de la droga, una acusación que rechaza.
Abdul Jabar Sabit, ex fiscal general que entre 2006 y 2008 declaró una guerra santa contra la corrupción, dijo que se enteró pronto de que una clase de funcionarios de alto nivel está por encima de la ley. Entre ellos hay parlamentarios, gobernadores provinciales y ministros del gabinete.
"Quería arrancar esa cortina, pero no podía", dijo, bebiendo té en su modesta salita en la última planta de un destartalado bloque de departamentos.
Dijo que tal como lo exigía la Constitución, había escrito repetidas cartas al parlamento pidiendo permiso para investigar los cargos contra veintidós miembros, desde malversación hasta homicidio.
"Pese a todas mis cartas, el problema nunca llegó a estar en la agenda de ninguna de las cámaras", dijo.
Calcula que presentó cargos por corrupción contra más de trescientos funcionarios provinciales antes de que fuera removido en 2008. Pocos fueron condenados, y "ninguno de ellos está en la cárcel", dijo.
Obama y otros presidentes del mundo han dicho a Karzai que esperan que tome medidas concretas para respaldar su promesa de luchar contra la corrupción. Karzai se defiende diciendo que los países donantes comparten la responsabilidad en el problema debido a la mala gestión de los fundos de los proyectos de desarrollo, una preocupación compartida por funcionarios de Naciones Unidas.
Entre las prácticas que han encendido las alarmas se encuentran los llamados cambios de contrato, los que pasan de subcontratista a subcontratista. Cada uno toma su parte hasta que apenas si queda dinero para el proyecto mismo. A menudo el resultado son largos retrasos en la entrega y ejecución de mala calidad.
Muchos observadores locales y extranjeros creen que Karzai no puede empezar a tratar el problema de la corrupción sino rompe lazos con los ex señores de la guerra que lo ayudaron a expulsar al Talibán del poder en 2001 y apuntalaron su gobierno cuando la atención de Estados Unidos se concentraba en Iraq.
Funcionarios estadounidenses y occidentales están presionando a Karzai para que forme un gobierno con profesionales competentes. Pero tendrá que sopesar sus exigencias contra las promesas hechas a caudillos étnicos y regionales que ayudaron a conseguir los votos que necesitaba para su segundo término de cinco años.
Personeros occidentales se mostraron particularmente preocupados por el reciente retorno desde Turquía, de Abdul Rashid Dostum, un conocido ex señor de la guerra que apoyó la campaña de Karzai. Está acusado de supervisar la muerte de hasta dos mil prisioneros talibanes durante la invasión de 2001, una acusación que niega. Los dos vicepresidentes de Karzai, Mohammad Qasim Fahim y Karim Khalili, también fueron señores de la guerra acusados de violaciones de derechos humanos.
"También hay nuevas figuras que tratarán tenazmente de introducir en el gobierno a sus partidarios", dijo Fahim Dashy, editor del independiente Kabul Weekly. "Llegan con los bolsillos vacíos y lo ven como una oportunidad de oro para hacer dinero, por vías legales o ilegales".
Karzai dijo que en su gobierno no habría lugar para individuos corruptos. Pero sus asesores dicen que con sólo despidos no se solucionará un problema extendido y sistemático.
Una investigación del High Office of Oversight and Anti-Corruption, instalado hace más de un año para supervisar los esfuerzos del gobierno en su lucha contra los sobornos, descubrió que se necesitan en promedio cincuenta y una firmas para inscribir un vehículo. Cada firma tenía su precio, con un total de cerca de cuatrocientos dólares.
"No sorprende que los afganos prefieran sobornar a agentes de policía sobre una base diaria para que hagan la vista gorda por sus vehículos no inscritos", dijo sobre la oficina Ershad Ahmadi, el subdirector educado en Gran Bretaña.
Ahmadi dijo que su oficina ayudó a modernizar el proceso en cuatro o cinco pasos y exige que los pagos se hagan directamente al banco, reduciendo por ello las oportunidades de corrupción. Pero sin la cooperación del ministro de Transportes, dijo, su equipo sería impotente.
"No tenemos ni la autoridad ni la independencia necesarias para cumplir con nuestro mandato", dijo Ahmadi. Para empezar, nunca se le dio la autoridad legal para investigar o perseguir la corrupción -sólo se le autorizó para entregar a las agencias policiales, que son en sí mismas parte del problema.
"La policía es corrupta. Los fiscales son corruptos. Los jueces son corruptos", dijo Ahmadi.
No quedó claro si la nueva unidad anti-corrupción, que fue formada con ayuda de agencias policiales estadounidenses y británicas, será más efectiva a la hora de perseguir a individuos que se implicaron en prácticas corruptas. Es la tercera estructura iniciada por el gobierno de Karzai para tratar el problema; la primera fue desmantelada después de que se descubriera que el director había sido condenado y había cumplido una pena de prisión en Estados Unidos por cargos de drogas.
"El principal problema... es que la gente no tiene confianza en el futuro", dijo Ahmadi. "Eso los hace acumular mientras brilla el sol.
"Tenemos que convencer a la gente de Afganistán de que no volveremos a las miserias del pasado", dijo.  "El Talibán no volverá. La comunidad internacional no abandonará a Afganistán, y habrá mejoramientos, lentos pero firmes".

24 de noviembre de 2009
18 de noviembre de 2009
©los angeles times 
©traducción mQh
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