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recorriendo el nuevo museo


Recorrido indispensable. Con un carácter universalista, el Museo alberga relatos de violaciones, imágenes de chicos apropiados, voces que preguntan por los ausentes y miradas que interrogan.
[José Maggi] Argentina. "Estas salas que ayer encubrieron el crimen y asistieron al silencio, el dolor y el sufrimiento de miles de familias son ahora testimonio de las consecuencias que supuso para nuestra sociedad la acción de un Estado que se arrogó el derecho de decidir sobre la vida y la muerte de sus ciudadanos. Sea este museo permanente tributo a los ausentes y a los sobrevivientes, a sus compañeros y familiares y a todos aquellos que han resistido sin descanso por mantener viva los valores de la memoria, la verdad y la justicia". Así reza parte del escrito que sobre una placa de plástico transparente recibe al visitante del Museo de la Memoria.
Ingresando por calle Córdoba, el espacio central del inmueble está ocupado por una máquina construida por Dante Taparelli, que parece sacada de una película de Harry Potter: fabricada en madera lustrada se asemeja a un gran reloj de pie con más de cuatro metros de altura, y guarda en su interior una especie de papiro, que va girando a fuerza de las manos de los propios interesados que quieran los 60 relatos de violaciones a los derechos humanos ocurridos en los últimos 500 años en toda América latina.
"Le quisimos dar un carácter universalista al tema y no ceñirnos a nuestro país y a la última dictadura concretamente", aclara Rubén Chababo, director del Museo.
Aparecen entonces ante los pasos del visitante una serie interminable de ojos, de miradas -ya conocidas por los rosarinos fruto de la entrega de calcomanías similares- que en rigor componen una muestra de Graciela Sacco: básicamente la luz del exterior que traspasa por los ventanales curvos del espacio central que da al patio terraza que se puede ver desde la calle, permite dar vida a esos ojos, atravesados también por las miradas de quienes caminan por las veredas de Córdoba y Moreno.
Justamente la galería semicircular que distinga la vieja casona desde el exterior fue utilizada para instalar una obra de Daniel García, en la que a medida que uno la atraviesa, se escuchan voces y relatos grabados por las Madres de la Plaza 25 de Mayo. "Digan dónde están nuestros hijos" alcanza a escuchar este cronista en un breve paso por el lugar en la voz inconfundible de ‘Chiche’ Massa.
Hacia el fondo de la sala central de la planta baja, se pueden observar dos pantallas de televisión en las que se exhiben permanentemente más de 150 testimonio de protagonistas y militantes de derechos humanos de todo el país.
El patio de la planta baja guarda para el visitante la obra quizás más conmovedora de todo el Museo: la de Norberto Puzzolo. Se trata de una gran rompecabezas, donde cada pieza tiene una foto de un niño: sobre una de las paredes están los chicos apropiados, y frente a esta la de los chicos recuperados. La idea es ir traspasando y encastrando cada pieza a medida que vayan siendo encontrados. Pero hay más: quien ingresa al patio interno escucha la voz de un maestra pasando lista, y el clásico "presente" a modo de respuesta o ausente si no fue encontrado. Sin embargo cuando el nombre mencionado es el de un nieto que fuera asesinado, el sonido de un trueno es la única respuesta.
La instalación se completa con una gran foto de Puzzolo en el Parque Scalabrini Ortiz, con una gran cantidad de chicos. "La foto evoca a los 300 niños como en estado de evaporación, por eso la fragilidad de las imágenes", dice Chababo en referencia a la apariencia casi fantasmal de la muestra.
También hay una maqueta del Servicio de Informaciones colgada del techo de una de las salas, donde se pueden ubicar claramente los distintos niveles del centro clandestino de detención que funcionara en la esquina de Dorrego y San Lorenzo: allí se distinguen el sótano, la favela y el entrepiso entre algunos sitios. Fue realizada por la Facultad de Arquitectura.
18 de diciembre de 2010
©página 12
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