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sacrificio de los ecologistas


El sacrificio de los ecologistas de la Sierra. Por enfrentarse al narcotráfico y a la violencia paramilitar en la Sierra Nevada de Santa Marta, ambientalistas, biólogos y ecologistas pagaron con sus vidas.
Colombia. En octubre de 2000 una carta llegó a asociaciones ecologistas, militantes verdes, estudiantes, excursionistas y amantes de la naturaleza. Su autor, el samario Julio Henríquez Santamaría, los invitaban a una expedición de cinco días por el Parque Tayrona, con seminarios sobre la flora y la fauna, caminatas en la selva y talleres de capacitación en gestión ambiental.
El costo, 30 mil pesos por persona, no debía ser un obstáculo para asistir a la reunión verde. "¡Decídase!...No siempre existen estas oportunidades ¡Construyamos una gran cadena ambientalista, para el futuro de todos!", concluía eufórica la convocatoria.
Para sorpresa de su organizador, nadie se matriculó. Henríquez canceló algunas actividades, redujo la duración de la caminata y rebajó el precio del taller.
Pero no llegó ninguna inscripción.
"Julio nunca se dio cuenta que la gente no fue por físico miedo. El Tayrona estaba lleno de ‘paracos’ y de ‘narcos’", dijo con amargura a VerdadAbierta.com, Zulma Chacín, la viuda de Henríquez.
El 4 de febrero de 2001, pocas semanas después de la invitación, Henríquez desapareció. Su intento de organizar campesinos de varias veredas de la Sierra para formar un cordón ecológico y proponerles cultivos alternativos a la coca lo terminaron enfrentando a Hernán Giraldo, jefe narco-paramilitar en la Sierra durante más de dos décadas.
La muerte de Julio Henríquez fue la primera de varias amenazas y asesinatos contra ambientalistas de la Sierra. En enero de 2004 los ‘paras’ asesinaron a Marta Lucía Hernández Turriago, directora del Parque Nacional Tayrona. En noviembre de ese año desaparecieron a Gentil Cruz, que trabajaba para una ONG francesa, recuperando tierras con los indígenas Koguis.
Además, cuando ya se hicieron demasiado fuertes los rumores de que eran un estorbo para los ‘paras’, decenas de ambientalistas, funcionarios y guías ecoturísticos salieron despavoridos de las faldas de la Sierra.
"Había que estar más bien quieto, los que cayeron fueron los que se balanceaban más. No se podía tratar con ellos, yo me retiré de esos procesos. El gran problema de los que trabajan en lo natural, mezclado a veces con lo social, es que no tienen como defenderse", le dijo a VerdadAbierta.com un alto funcionario de parques nacionales que trabajó en la región en esa época.
La Sierra Nevada de Santa Marta es un paraíso de gran biodiversidad. Con picos nevados que se elevan hasta 5.700 metros, a tan solo 42 kilómetros del mar Caribe. Alberga a más de 600 clases de aves, casi 200 variedades de mamíferos y más del 30 por ciento de las especies endémicas de Colombia. Además 30 mil indígenas Aruhuacos, Wiwas, Kankuamos y Koguis coexisten en la Sierra desde hace cientos de años.
Que hasta allí llegara el negocio del narcotráfico y la ofensiva de las Auc no es una casualidad. Los bosques tupidos, las ensenadas aisladas de aguas profundas son puertos de embarque clandestinos ideales. Quién controla la Sierra, domina además las carreteras entre Santa Marta y Riohacha, así como la troncal del Magdalena, entre la Costa Caribe y el interior del país.
En los años sesenta llegaron a la región los primeros cultivos de marihuana. En pocos años toda la Sierra producía ‘marimba’, plantaciones que en 1980, en el pico de la bonanza, se extendían sobre 120 mil hectáreas y producían 4.500 toneladas por año. A finales de los ochenta, bajo el férreo control de Hernán Giraldo, alias ‘El Patrón’, la coca reemplazó la marihuana y se consolidó como la nueva fuente de dineros ilícitos de la región.
Un colono de la Sierra le contó al sociólogo Alfredo Molano en 1988 en la investigación ‘Aproximación a una historia oral’ de la colonización: "El 90 por ciento de la Sierra vivía de los cultivos ilícitos. Yo digo vivíamos porque el que no sembraba, raspaba. El que no raspaba, cocinaba".

Henríquez, el Sueño de Salvar la Sierra
"Julio era muy confiado. Decía que Hernán Giraldo sabía en qué andaba él, que no había porqué preocuparse. Cuando lo amenazaron, no pensó que era su trabajo el que no gustaba, sino que no le caía bien a alguien", dice con una sonrisa triste Zulma Chacín, su viuda.
Un amigo de Julio añade, "lo que tal vez no se dio cuenta fue que se volvió una piedra en el zapato para los matones de Giraldo".
Julio Henríquez nació el 29 de marzo de 1952 en Cereté, Córdoba y creció en el almacén de zapatos y ropa que sus padres tenían en la ciudad. Amigos y familiares lo recuerdan como alguien aplicado, que le gustaba leer, estudiar. Jovencito se fue a Bogotá, donde se matriculó en Biología en la Universidad Libre de Bogotá.
Como a muchos universitarios de los setentas, Cuba, las huelgas, las tertulias y la lucha política contagiaron a Henríquez en Bogotá. Se metió de lleno en la militancia política, fue presidente del Concejo Estudiantil e hizo parte del comité editorial del periódico de la Unión Revolucionaria Socialista, uno de las decenas de grupos de izquierda que florecían en las aulas de la época.
En la capital se enamoró de una samaria, Zulma Chacín. Antes de que pudieran acabar sus respectivas carreras llegó una hija y tomaron el tren de vuelta a Santa Marta. En la Costa, Henríquez siguió acompañando movimientos de izquierda y adhirió al Frente Democrático.
"El M-19 fue permeando el movimiento y poco a poco Julio se vinculó al grupo clandestino", contó Zulma Chacín. Una de sus amigas en el M-19, Lucy Argüello, recuerda que era un hombre más ideológico que militar, que trabajaba en los barrios, organizaba manifestaciones. Aclara que nunca estuvo vinculado a las células armadas.
Sin embargo fueron más fuertes las necesidades de su familia que la revolución. Zulma Chacín recuerda que lo acosó y presionó para que se hiciera cargo de sus hijos, que consiguiera un trabajo y dejara el "Eme". Henríquez aprovechó la amnistía de Belisario Betancur en 1984 y volvió a la vida civil. "Fue de los únicos que se amnistió con Belisario, cómo sería de confiado", recordó Argüello.
Con el dinero que le dio el gobierno por desmovilizarse, Henríquez compró la finca El Picacho en la vereda El Totumo de Santa Marta, en las márgenes del Parque Tayrona. Ahí en medio de las ceibas, los monos titís y bandadas de loro, se empezó a interesar por la ecología.
A principio de los noventa, cuando el M-19 enterró definitivamente las armas, Henríquez decidió que era tiempo de volver a la política. Participó en la campaña para la Asamblea Constituyente y se unió al Comité Permanente de Derechos Humanos y a la Consejería para la Reconciliación. Acompañó la desmovilización del EPL en el Magdalena y logró la liberación de Alfredo Riascos Labarcés, ex gobernador de Magdalena y ex ministro de comunicaciones, secuestrado por las Farc.
En el Comité de Derechos Humanos, Henríquez tuvo sus primeros roces con Hernán Giraldo, que ya dominaba la Sierra Nevada y todo el norte de Magdalena.
En 1993 panfletos, amenazas, rumores y presiones empezaron a golpear los miembros del Comité. Henríquez viajó a Chile con su familia, y estudió Economía Solidaria y cooperativismo mientras las cosas se calmaban. "Allá se acercó a los pescadores – dice su esposa- a los proyectos asociativos, pero no se amañó y volvimos a Colombia en 1996".
Conquistado por la ideas de desarrollo sostenible y de lucha por el medio ambiente, regresó a Santa Marta para implantar el modelo chileno de empresas cooperativas, manejadas por los campesinos o los pescadores, respetuosas de los recursos naturales. "Mi padre empezó a organizar los pescadores de todo el norte del Magdalena, insistía que tenían que pescar con el trasmallo, de manera artesanal, que no tenían que ayudarles a los ‘narcos’, que eso no iba para ningún lado", le explicó a VerdadAbierta.com su hija.
Para poner su discurso en práctica y convencer a los pescadores, compró una lancha, un motor y se iba de faena con ellos. "Salía de madrugada al mar, a coger pescado. También les ayudaba a recoger sus mallas. Volvía con comida, pero siempre trataba de meterles el bichito de la ecología en la cabeza a los pescadores", recuerda su esposa.
Sin embargo la viuda de Henríquez piensa que organizar las cooperativas fue una torpeza, ya que lo opuso con los narcotraficantes que usaban las playas de puertos de embarque ilegales y le pagaban a los pescadores para sacar coca a alta mar.
En 2000 Julio decidió volver a su finca de Calabazo, para iniciar el proyecto que lo terminó por enfrentar irremediablemente con los paramilitares. Aunque sólo tuvo un año para trabajar, empezó a juntar propietarios de la región, que estaba salpicada de cultivos de droga, y les propuso hacer una reserva ambiental, donde se combinaba el ecoturismo, los cultivos sostenibles, la piscicultura y les proponía abandonar la coca y la marihuana.
Ya se habían unido más de 30 familias a la idea, que contaba con el respaldo de la Dirección de Parques Nacionales y del Comité de Cafeteros. Henríquez tenía planeado llamar a topógrafos, biólogos, ingenieros y arquitectos para consolidar el proyecto que se iba a extender sobre 500 hectáreas. "La idea de Julio era empezar por Calabazos y reunir campesinos de toda la troncal del Caribe para hacer un tapón ecológico alrededor de toda la Sierra, productivo y sostenible", le dijo un amigo del ambientalista a VerdaAbierta.com.
En la mañana del 4 de febrero de 2001 Julio y 20 campesinos y parceleros se reunieron en Calabazo para constituir la Asociación Ambientalista Comunitaria de Calabazo "Madre Tierra".
A las 10 de la mañana, ocho hombres armados llegaron en una Toyota blanca a la vereda. Irrumpieron en la reunión y se llevaron a Henríquez frente a la mirada impotente de todos los presentes. Al parecer los paramilitares lo llevaron a Machete Pelado, la vereda donde los ‘paras’ de Giraldo tenían una de sus bases, donde lo mataron y lo botaron en una fosa.
La investigación judicial, que concluyó con la condena de 39 años de cárcel a Hernán Giraldo y a Leonidas Ángel, que estaba manejando el Toyota donde secuestraron al ecologista, indicó que una de las hijas de Giraldo le dijo que Henríquez se iba a reunir con campesinos para un proyecto de sustitución de cultivos ilícitos. Uno de los ‘paras’ dijo que "(Henríquez) se metió a hablar con el campesinado sin pedir permiso alguno, como Pedro por su casa y allá manda es el señor Hernán".
Cuando Giraldo se enteró de los planes de Henríquez, le ordenó a alias ‘Walter’ asesinar el ambientalista. Este juntó a siete tipos armados y bajaron en una camioneta a El Calabazo, donde secuestraron y después asesinaron a Henríquez. Un desmovilizado declaró en el expediente que: "Es obvio que el señor Hernán no compartía lo que el señor le estaba planteando a los campesinos. Él es cultivador de coca, invadirle sus terrenos es motivo suficiente para matar a alguien y la mafia no perdona".
Otro amigo de Henríquez también dijo que los campesinos aclamaban el ambientalista en sus reuniones lo que chocó con varios políticos de la región que veían los habitantes del área como una propiedad exclusiva.
El 11 de octubre de 2007, luego de una diligencia de exhumación en la vereda La Estrella, a cinco minutos de Calabazo, dirigida por la Unidad de Justicia y Paz, recuperaron sus restos.
Hoy el gobierno impulsa proyectos de sustitución de cultivos ilícitos en la misma zona donde trabajó Henríquez proponiendo soluciones similares: se construyeron cabañas para ecoturismo y se están cultivando árboles frutales.

Gentil Cruz, Tierra para los Kogui
"Nuestro hermano Gentil Cruz está vivo" le contestaron después de una noche de trabajo espiritual los mamos Kogis, uno de los cuatro pueblos indígenas de la Sierra, al francés Eric Julien en febrero de 2005.
Julien, presidente de la Asociación Tchendukua que recoge fondos en Europa para comprarles tierras a los Kogui en la Sierra, estaba en Colombia para buscar el rastro de Gentil Cruz, su "hermano colombiano, su mano derecha" como le gustaba describirlo.
Sin embargo parece que esa noche, los rezos de los mamos no tuvieron efectos. Desde el 11 de noviembre de 2004 Gentil Cruz no ha vuelto de una cita que tuvo en Quebrada Valencia, cerca al Parque Tayrona, con los paramilitares de Hernán Giraldo.
Cruz, veterinario de formación, era el representante de Tchendukua en Santa Marta. Desde 1997 había logrado adquirir más de 1 500 hectáreas para los Kogui gracias a 160.000 euros donados por ciudadanos franceses. Cruz había además sido comisionado de Asuntos Indígenas y gozaba de gran credibilidad y confianza entre los pueblos de la Sierra. En 2004 Cruz y Julien publicaron en Francia ‘Koguis, el despertar de una civilización precolombina’ y llevaron a Francia tres mamos. Más de 10 mil personas de todo el país escucharon sus conferencias.
Eric Julien, el director de Tchendukua, en diálogo con VerdadAbierta.com, lo recordó como alguien que siempre trataba de mostrar el lado positivo de Colombia, que usaba mucha pedagogía y un verdadero talento oratorio para explicar, compartir. "No soportaba la injusticia contra los más humildes, entre ellos los indígenas. Nunca se rendía, decía ‘hay que tratar, aunque no estemos seguros de lograrlo’", añadió Julien.
Cruz además escribió artículos y ayudó a realizar documentales para sensibilizar los franceses sobre el monocultivo, las semillas transgénicas y la amenaza ambiental que sitia la Sierra. Su conclusión era que el rescate de la montaña venía de los indígenas.
En un testimonio, que deja ver la pasión de su defensa de los Koguis, Cruz le escribió a los padrinos franceses del proyecto: "Es con base en este trabajo que podrán ser recuperados los bosques primarios y las plantas medicinales. Una vez instalados en sus nuevas tierras, las familias tendrán que trabajar hasta encontrar un equilibrio perfecto con la naturaleza. Es un proceso largo, difícil, pero lleno de esperanza".
El proyecto de Tchendukua, que sigue a pesar de la desaparición de Cruz, se opuso naturalmente a guaqueros, colonos, narcotraficantes, paramilitares y guerrilleros. Darle tierra a los Koguis es congelar la concentración de tierras, oponerse a la tala de bosque primario, obstaculizar la construcción de grandes proyectos turísticos e impedir los cultivos de coca para usos no tradicionales.
En el momento de la desaparición de Cruz uno amigo declaró al periódico francés Le Monde: "Una de las propiedades compradas por Tchendukua acababa de ser declarada reserva indígena. Ya ninguna carretera la puede atravesar, es posible que eso haya perjudicado otros propietarios. Acá matan por menos que eso".
A pesar de la advertencia de Julien, que pocas semanas antes del crimen le dijo a su socio colombiano que "hay que avanzar con mucha prudencia, pues los paramilitares no dejan vender tierras a los indígenas", el 11 de noviembre Gentil Cruz fue citado, torturado, asesinado y desaparecido por los ‘paras’ de Giraldo.
Según declaró Hernán Giraldo en una versión libre, "autoricé darlo de baja (a Gentil Cruz) porque siguió vendiendo unas tierras de campesinos e indígenas, que prohibí vender". ‘El Patrón’ explicó que varias familias campesinas le vendieron sus tierras a Tchendukua, se fueron a Santa Marta y gastaron toda la plata. Estas familias volvieron a la Sierra sin un peso y sin una hectárea para cultivar.
Giraldo, un colono paisa de bigote frondoso y toalla al hombro, fue una especie de señor feudal en la región. Además de acumular grandes sumas de dinero gracias al tráfico de drogas y mantener un ejército personal, se creía como el soberano de la Sierra, el protector de los colonos como él.
"Cuando me enteré de lo que le había pasado a esta gente prohibí que se vendiera más tierra, que me tenían que consultar para vender, eran más o menos unas 50 familias afectadas", añadió. Sin embargo continuaron las negociaciones de tierra a pesar de la prohibición y por eso Giraldo afirmó que "autoricé darlo de baja".
Hoy, una discreta placa de madera, atornillada al pie de un olmo en un colegio de Die, un pueblo del sur de Francia, recuerda el trabajo de Gentil Cruz. Lejos de la Sierra, Cruz sigue vivo.

Martha Lucía Hernández, la Defensora del Parque Tayrona
El 29 de enero de 2004 dos hombres llegaron al anochecer en una moto de alto cilindraje cerca de la urbanización Villa Sara, en el nororiente de Santa Marta.
Saltaron por encima del muro que encierra el conjunto y buscaron la casa número siete.
Ahí timbraron y esperaron que Lucía Hernández Turriago, la dueña de la vivienda, abriera la puerta. La mujer, que iba a servir la comida, se asomó sin prevención. La recibieron siete tiros a quemarropa, en la cabeza, la boca, la garganta y el pecho. Era la directora del Parque Tayrona.
En su cruzada para defender el parque natural más popular de Colombia de los intereses privados, de ‘narcos’ y de paramilitares, Martha Lucía Hernández falló en proteger su propia seguridad. La funcionaria, que tenía 47 años cuando fue asesinada, era desde 2001 directora del Tayrona.
Bogotana y profesional en zootecnia, Hernández había sido directora de la División de Fauna y Flora de la Corporación Autónoma Regional del Magdalena (Corpamag). Era una de las ambientalistas con mayor conocimiento de la región, férrea y convencida de su posición. Llevaba más de 27 años al servicio de la naturaleza.
En una versión libre Hernán Giraldo aceptó que sus hombres asesinaron la mujer, pero no alcanzó a dar muchos detalles sobre el crimen antes de su extradición. Sin embargo es claro que desde principios de los noventa el Tayrona, cuyas playas hermosas eran utilizadas para exportar droga, se volvió un sitio peligroso para ambientalistas y funcionarios de los parques naturales.
En septiembre de 1994 desconocidos asesinaron al biólogo marino Héctor Vargas Torres, jefe del Tayrona en ese entonces. Vargas fue emboscado por una camioneta sobre la troncal del Caribe y murió de dos balazos en la cabeza. Según las investigaciones, Vargas se había enfrentado con propietarios particulares por linderos en la zona del parque. Además había denunciado que las playas del Tayrona eran usadas por narcotraficantes para embarcar cocaína.
En 1998 Martha Romero, que dirigía el Tayrona, presentó su renuncia porque temía por su vida tras conflictos con propietarios de las playas del Tayrona.
Por eso cuando Martha Lucía Hernández se posesionó como directora del Parque Nacional Tayrona, llegó a un cargo que implicaba graves riesgos.
Durante los tres años que estuvo en el cargo Marta Lucía había logrado manejar la tensión creciente con los hombres de Hernán Giraldo, alias ‘El Patrón’.
En varias ocasiones discutió con ‘El Patrón’, pidiéndole respeto por un parque que era de todos los colombianos, que no podía ser propiedad privada de nadie y menos una base de las autodefensas.
Las primeras discusiones sucedieron al brutal asesinato de Ana María Valencia, de 26 años, y Adriana Rodríguez, de 25 años, dos turistas que aparecieron degolladas en una cueva de la zona de Arrecifes, una de playas del Tayrona, en julio de 2003.
Pocos días después los ‘paras’ tomaron la justicia en mano propia y mataron en Santa Marta a Oscar Antonio, Galis Manuel y Eder Donato, quienes habían sido señalados como los asesinos de las dos turistas.
Marta Lucía, impresionada con el horror y la barbarie que se tomó el Tayrona, exigió refuerzos de la Policía. El llamado no cayó nada bien entre ‘paras’, ‘narcos’ y contrabandistas, para quienes el parque era una ruta obligada para la salida de droga y la entrada de armas.
Unos meses después, en plena temporada turística, Marta Lucía Hernández volvió a tener un encontronazo con los hombres de Giraldo. Las autodefensas la extorsionaron porque, según ellos, aseguraban la tranquilidad de las playas y bosques del parque natural y el Parque debía pagarles por ello. No cedió, "para los paramilitares, ella simbolizaba una de las pocas personas en la región que no agachaba la cabeza", dijo un político local a los medios después de su asesinato.
Pero, lo que terminó metiéndola en la mira de los ‘paras’ fue un proyecto que tenía de titulación de tierras en el parque Tayrona. Pretendía oponerse a la privatización del parque con un comité interinstitucional conformado por la Policía, la alcaldía y varias instituciones nacionales para meter en cintura a algunos propietarios de fincas en el Tayrona, que corrían los linderos y roían poco a poco el espacio público.
"Nada es más explosivo que una disputa de tierras", dijo un ambientalista local que pidió permanecer en el anonimato. "Marta era absolutamente firme en sus convicciones, y eso fue lo que la mató".
Aún hoy el 95 por ciento de las 19.000 hectáreas del Tayrona están en manos de particulares y apenas el 5 por ciento pertenece a la Nación. El parque está invadido por construcciones que se han levantado sin licencias y los ojos de numerosos empresarios e inmobiliarios están puestos en las playas y paisajes naturales del Tayrona.
Los herederos de Giraldo tampoco sueltan el Tayrona. En noviembre de 2009 la Fiscalía señaló que varias playas del parque eran usadas por narcotraficantes para almacenar y acopiar coca mientras esperaban las lanchas. Hay incluso denuncias, sin confirmar, de que incluso en el parque abriga cultivos de coca y marihuana.
28 de octubre de 2010
26 de octubre de 2010
©verdad abierta
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en las tierras de jorge 40


En La Jagua de Ibirico, los ‘paras’ masacraron a 18 agricultores, se apropiaron de tierras de muertos, con un notario y el Incoder, como cómplices y, luego se las vendieron a las multinacionales del carbón.
Colombia. "Si esa tierra no tiene esas minas, a nosotros no se nos hubiese hecho lo que nos hicieron", dice Isabel López* bajo la débil sombra de un mango en el patio polvoriento de su casa en Bosconia, Cesar, donde llegó en 2004 huyendo de su vereda Mechoacán, en la Jagua de Ibirico, desplazada por los paramilitares.
El lamento se repite en una casita del barrio de invasión 25 de Diciembre, al pie de la pista del aeropuerto de Valledupar. Ahí, Ana Ramos*, que se amontona con 17 familiares en dos cuartos, recuerda: "En 2002 salimos volados de El Prado en La Jagua, después de que los ‘paras’ mataron a 12 personas".
Aunque Ana y María no se conocen, comparten la misma tragedia. En los años noventa, junto a decenas de familias, lograron que el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora, ahora Incoder) les adjudicara parcelas en las veredas Mechoacán y El Prado de La Jagua de Ibirico, un municipio a 125 kilómetros al sur de Valledupar, al pie de la Serranía del Perijá.
"En 1990, por la falta de tierra y de oportunidades, nos juntamos con varios compañeros para invadir la hacienda Mechoacán en La Jagua", le contó a VerdadAbierta.com Ulises Daza*, un campesino analfabeta que hoy sobrevive en Bosconia. Después de varios años de ocupación, el 3 de agosto de 1994 el Incora adquirió las 4.700 hectáreas de Mechoacán por 716 millones de pesos, que repartió entre 133 familias de campesinos sin tierra.
"Yo tenía una casa con techito de palma, cocina, teníamos carneros, gallinas. Sembrábamos yuca, patilla, naranjas, mandarinas, cocos, mango. Los palos de mango todavía están ahí, lo que ya no existe somos nosotros", recuerda Manuel Hernández*, ex parcelero de Mechoacán.
Las adjudicaciones de El Prado tuvieron un origen distinto. En1996, 500 colonos colombianos casi crean un incidente diplomático con Venezuela. Tras 20 años de vida en los bosques de la Serranía del Perijá, la Guardia Nacional de Venezuela atacó y desalojó a más de 80 familias que estaban desparramadas en finquitas cafeteras sobre la línea fronteriza.
Después de sobrevivir meses en la escuela de Victoria de San Isidro, un corregimiento de La Jagua, la tragedia de estos colonos se volvió casi un símbolo patrio y la gobernación del Cesar y el Incora los reubicaron en varios predios de la región.
El 21 de mayo de 1997 el Incora compró en 910 millones de pesos la hacienda El Prado, en la Jagua de Ibirico, 1300 hectáreas que el Instituto les entregó a 51 familias.
"En 1999 el Incora nos mandó cartas donde consta que nos da la posesión de las tierras y nos declara sujetos de reforma agraria", le dijo a VerdadAbierta.com uno de los desplazados de El Prado. Y agregó "cuando llegaron los ‘paras’, nos quitaron esas cartas, las quemaron".

La Estampida
Por esas tierras, en cuyas entrañas hay millones de toneladas de carbón, los paramilitares del Bloque Norte de Rodrigo Tovar Pupo, alias ‘Jorge 40’, asesinaron a 18 campesinos, desplazaron a muchos más y arrasaron a las dos comunidades de Mechoacán y de El Prado.
 "Los ‘paras’ crearon un ambiente de zozobra y terror generalizado para sacarlos y robarles las tierras" le dijo a VerdadAbierta.com un investigador judicial que lleva varios años siguiendo el caso de El Prado y Mechoacán.
El 19 de mayo de 2002 paramilitares del Bloque Norte entraron a El Prado. Llegaron a la Parcela 12 sacaron a culatazos a Jesús Eliécer Flórez Romero y a sus tres hijos Bladimir, Gustavo y Elyesil, éste último de 16 años. Secuestraron además a Edilberto Góngora, que visitaba la familia Flórez ese día.
La señora Margot Durán, la esposa de Jesús Eliécer Flórez, recordó: "Llegó un grupo de hombres a las 10 de la mañana. Se metieron a la casa y se los llevaron amarrados. No se identificaron pero en medio del susto les pude leer un brazalete que decía contraguerrilla". Ella nunca volvió a ver vivos a su marido y sus hijos. Tampoco ha encontrado sus cuerpos.
En entrevista con VerdadAbierta.com, Alcides Mattos Tabares, alias ‘El Samario’, uno de los jefes del Bloque Norte, aceptó que fue uno de los asesinos de la familia Flórez. "Todo esto se hace por las tierras, que son ricas en carbón, esto genera mucho dinero, por esto viene todo este desplazamiento. Una tierra en conflicto no vale nada, donde hay muertos, desplazados, uno podía comprar la hectárea a 150 mil pesos", dijo.
En una versión libre de noviembre de 2009, ‘El Samario’ también confesó la masacre. Según contó, el grupo de ‘paras’ salió de la finca El Carmen, de Hugues Rodríguez, que colinda con El Prado. ‘El Samario’ le explicó a la Fiscalía: "Ahí estábamos con ‘Tolemaida’ en una reunión con el abogado José Daza Ortiz. ‘Tolemaida’ les sacó información y yo maté a uno, él a dos y José Daza a dos más. Después los sacaron en un tractor y salieron con la retroexcavadora. Los desaparecieron, no sé donde fueron enterrados". ‘Tolemaida’ es Oscar José Ospina Pacheco, mano derecha de ‘Jorge 40’.
En los meses siguientes los ‘paras asesinaron a siete parceleros más de El Prado: Orlando Arias, Edward Bernal, José Sarabia, Crisanto Quintero, Santiago Francisco Lindarte, Huber Meza y un señor llamado Jimmy.
‘El Samario’ además le explicó a la Fiscalía que los crímenes eran ordenados por Hugues Rodríguez, el presunto ‘Barbie’ del Bloque Norte, un amigo de infancia de ‘Jorge 40’, y cuya hermana fue asesinada por las guerrillas. Hugues fue condenado en Colombia por el asesinato de la jueza de Becerril Marilys Hinojosa y que ahora está con libertad condicional en Estados Unidos, mientras negocia una condena por lavado de activos con la justicia de ese país.
‘El Samario’ también dijo: "En Justicia y Paz me enteré que estas tierras fueron entregadas a familiares del difunto ‘39’ . Me enteré de esto y que era porque Hugues (Rodríguez) quería expandir sus tierras, porque tenían carbón, de ahí es donde nace todo esto". David Hernández Rojas era ‘39’, segundo al mando del Bloque Norte.
Hoy Hugues Rodríguez, sus familiares y la sociedad Inversiones Rodríguez Fuentes poseen cerca de ocho mil hectáreas, entre las que están las parcelas de los campesinos usurpados de El Prado y Mechoacán, sobre la mina de carbón El Descanso, una de las más grandes de Sur América.
En Mechoacán también sacaron a los adjudicatarios del Incora a la fuerza. El 2 de agosto de 2004 Enrique Sierra, alias ‘Peluca’, Adolfo Rada, alias ‘120’ y Erney Quintero, alias ‘80’, gatilleros del Bloque Norte, asesinaron a Luis Trespalacio Herrera, presidente de la Junta de Acción Comunal (JAC) de Mechoacán.
"Lucho Trespalacio era conocedor de los principios de la reforma agraria y defensor acérrimo de los campesinos" recuerda Isabel López* en su patio en Bosconia. Los ‘paras’ también mataron a Gabriel Cudri, miembro de la JAC de Mechoacán.
José Herrera*, desplazado de Mechoacán, recordó: "Desde el 99 empezaron a meterse grupos. Una noche mi hijo mayor les dijo que cómo así, que tanto habíamos luchado por las tierras y no se las íbamos a dar así. Me lo iban a matar, por eso me fui a Riohacha. Pero igual los ‘paras’ fueron allá y me lo mataron. Dijeron que fuera donde fuera, me lo mataban, porque no se dejó amedrentar de ellos. Y así hicieron con casi todos los que recibimos esta tierras".
‘El Samario’ le dijo a VerdadAbierta.com que no estuvo en Mechoacán, pero que sabe que allá los asesinatos y el desplazamiento también fueron por el carbón.

Cómo Se Robaron las Tierras en El Prado
Sin embargo la maldición del carbón para los campesinos de Prado y de Mechoacán apenas empezaba.
Cómo la ley 160 prohíbe vender tierras de reforma agraria antes de doce años, los ‘paras’ desplazaron a sus dueños. Después del desplazamiento el Incoder (que reemplazó al Incora) constató que las tierras estaban abandonadas y se las entregó a otras personas.
Según consta en los folios de matricula inmobiliaria donde pocos meses después de las masacres y los desplazamiento, declara que estas tierras están en caducidad administrativa.
Según investigó la Fiscalía, en El Prado ,el Incoder le traspasó las Parcelas 6,9, 10, 45 y 48 a familiares de David Hernández, alias ‘39’, ex jefe del frente Cesar del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y mano derecha de ‘Jorge 40’, asesinado en 2004. Cuatro sobrinos de ‘39’ y la compañera de uno de ellos figuran como los dueños.
Los investigadores judiciales también determinaron que el Incoder le dio un tercio de los predios (17 parcelas) a una sola familia, lo que está prohibido por ley y que, presuntamente con la complicidad de su director de entonces, Carlos Eduardo Reyes Jiménez, el Incoder de Cesar le reconoció la posesión a los testaferros de los paramilitares. Estos testaferros después le vendieron sus terrenos a Prodeco, multinacional suiza de la minería, según constataron funcionarios de la Fiscalía.
Por el probable origen espurio de los títulos, la Fiscalía ordenó medidas cautelares sobre los predios. Además acusó de concierto para delinquir, extorsión y desplazamiento forzado a ‘39’, ‘Tolemaida’, ‘El Samario’, y al ex gerente regional del Incoder, Carlos Reyes. También solicitó abrirle investigación a otros funcionarios del Incoder: a Enrique Herrera Araujo, asesor de la gerencia, a Jairo Mesa Guerra, subgerente de promoción y a Alfonso Vidal Baute, director territorial del Incoder.

En Mechoacán los Muertos Firmaron
Para los campesinos de la vereda Mechoacán la venta de sus tierras fue aún más irregular. Cómo los parceleros llevaban más tiempo en sus tierras, ya tenían títulos de propiedad, por lo que los ‘paras’ y sus aliados, según lo determinó la Fiscalía, tuvieron que recurrir al notario de Chiriguaná, Cesar, para falsificar las escrituras originales.
Tiberio Royero, el notario de Chiriguaná en la época y Carlos Reyes Jiménez, gerente del Incoder de Cesar aprobaron nuevos títulos, a todas luces fraudulentos. Así por ejemplo, ya muertos, varios parceleros de Mechoacán firmaron el presunto traspaso de sus escrituras. Es el caso de Esteban Muñoz, que falleció el 15 de agosto de 2006 y que firmó la escritura el 6 de septiembre de 2006, es decir tres semanas después de su deceso.
VerdadAbierta.com también encontró diversos documentos donde las cédulas de las personas que salen firmando no corresponden a la identificación real de los parceleros de Mechoacán.
Así mismo varios campesinos analfabetas se quejaron ante VerdadAbierta.com que el traspaso de sus lotes fue refrendado con firmas falsas. "Yo ni siquiera sé firmar. Mi papá sólo nos enseñó a echar machete y ahora mis escrituras salen con una firma perfecta", explicó a VerdadAbierta.com Ignacio Zuleta*.
Hay que resaltar que en 2003 once campesinos dueños de Mechoacán ya estaban en el registro departamental de desplazados por la violencia, según consta en los archivos de Acción Social. De todos modos, el Incoder decidió caducar la adjudicación de 26 parcelas, entre las cuales había por lo menos dos que pertenecían a familias desplazadas a la fuerza, ya registradas. Así lo determinó el CTI. El Incoder tenía la obligación de tomar medidas cautelares sobre esos predios y evitar la venta. En vez de eso declaró que las tierras estaban abandonadas, lo que permitió el traspaso de los títulos.
Así, entre los nuevos propietarios de Mechoacán está Ana Alicia Quiroz Martínez, alcaldesa de La Jagua de Ibirico entre 1998 y 2000, condenada en 2009 a cuatro años de prisión por uso irregular dineros públicos. Según un documento de la Fiscalía tenía la parcela 36.
Otro político que se quedó con tierras fue Laureano Enrique Rincón Ortiz, alcalde de La Jagua electo en 2006, destituido en 2007 por la Procuraduría. Según consta en las matrículas inmobiliarias de Mechoacán, en 2006 Rincón aparece a la cabeza de la parcela 75.
A su vez Jorge Alberto López, parcelero original de Mechoacán, se vio favorecido con una entrega masiva de predios y terminó con más de diez parcelas en sus manos. La investigación judicial constató que él adquirió las parcelas 17, 74, 75, 50, 51, 53, 56 y 87, ya sea a su nombre o que "a través de personas interpuestas".
Por las graves irregularidades el ex notario de Chiriguaná Tiberio Antonio Royero Rangel tiene medida de aseguramiento. Royero, declaró ante la justicia que no es responsable por el robo de tierras, pues lo hizo bajo la presión de los ‘paras’.
Según Royero, en enero de 2006, las autodefensas le advirtieron que tenía que firmar escrituras previamente elaboradas por Enrique Rincón (ex alcalde de La Jagua) y Rina Caicedo Duarte. El ex notario también señaló que Carlos Reyes, entonces gerente del Incoder Cesar, le dio dinero como "parte de pago de los derechos notariales e impuestos de las escrituras que se estaban elaborando".

Quién Tiene las Tierras Hoy en Día
Después de haberse tomado las tierras de Mechoacán y El Prado, los presuntos testaferros de los paramilitares y varios políticos negociaron los predios usurpados con las multinacionales Prodeco y Drummond. Hoy buena parte de esas tierras son devoradas por enormes volquetas y retroexcavadores gigantes que explotan el carbón. Las medidas de protección llegaron demasiado tarde, cuando algunos de estos predios ya estaban siendo explotados por las mineras.
En 1997 el Instituto Colombiano de Geología y Minería (Ingeominas) y Drummond firmaron un contrato para la exploración y explotación de El Descanso, con reservas aproximadas de 1.760 millones toneladas de carbón. Después de decenas estudios, en 2009 se iniciaron las primeras excavaciones. Además se prevé que debajo de las capas de carbón de El Descanso reposan millones de metros cúbicos de gas.
Como los recursos subterráneos son propiedad de la Nación, las compañías que obtienen las concesiones tienen que conciliar con los propietarios de los predios donde se encuentran las minas o de lo contrario serán expropiados.
Después de cancelar las adjudicaciones a los campesinos y los predios quedaron oficialmente baldíos, el Incoder pactó con Prodeco y Drummond para entregárselos. Nelson Urbina, defensor de desplazados de El Prado resumió el despojo: "El Incoder les quita la posesión diciendo que se fueron voluntariamente, cuando ellos se fueron amenazados y se metieron otras personas y éstas negociaron con Prodeco. Los que vendieron no son los verdaderos dueños, los suplantaron, porque los verdaderos propietarios se fueron del Cesar".
Según consta en documentos oficiales, de las 128 parcelas de la vereda Mechoacán, 124 están ocupadas por Drummond. La justicia tiene parte de estas tierras en extinción de dominio, y la carbonera estadounidense necesita comprarlas para seguir con la explotación de la mina.
En diversas oportunidades y a lo largo de varias semanas, VerdadAbierta.com intentó que voceros de la Drummond aportaran su versión de los hechos, y de si tenían o no conocimiento sobre el origen espurio de las tierras que compraron, pero no fue posible recibir respuesta.
El Prado fue comprado por Prodeco, compañía minera de la multinacional suiza Glencore. En un comunicado a la opinión pública de 2007, Prodeco había informado que su empresa consiguió legítimamente los predios en la vereda, a través de una negociación con el Incoder. Explicó que el gobierno obligó la empresa a comprar los predios a 46 familias que tenían el título de propiedad e informó y que pagó por ellos en octubre de 2008 casi 4.000 millones de pesos. Y que enero de 2009 celebró con el Incoder un Contrato de Promesa de Permuta, donde el Instituto se comprometió a traspasarles la propiedad de El Prado.
En marzo de 2010 la multinacional suiza empezó la explotación de El Prado. Sin embargo algunos desplazados ocuparon los predios. Por eso, según el comunicado, "Prodeco solicitó la ayuda e intervención de la fuerza pública para prevenir y garantizar la integridad de unos y otros".
La multinacional concluyó que a pesar de haber invertido más de 7.000 millones de pesos en El Prado, por las anomalías de Incoder no ha podido adquirir la totalidad de los predios, e invita las autoridades competentes a resolver la situación.

"Lo Que Es Mío Es Mío"
En los últimos meses los propietarios originales de El Prado han denunciado la precaria situación en la que se encuentran. El 14 de mayo de 2010 los campesinos se tomaron la sede del Incoder en Valledupar, que a sus ojos es el principal culpable del despojo, pues al declarar que los predios de El Prado y Mechoacán estaban abandonados permitió que pasaran a manos de testaferros de los ‘paras’.
Nelson Urbina, abogado de desplazados dijo: "Lo que queremos es que les den su propiedad a los legítimos dueños y que se beneficien si posteriormente la misma Prodeco o cualquier empresa minera está interesada en comprarles sus predios".
Por eso la Procuraduría abrió una investigación en julio de 2010 y solicitó crear una agencia especial que se ocupe del expediente e indague cuál fue el rol del Incoder en el despojo.
En los últimos meses las autoridades capturaron a José Ospino, alias ‘Tolemaida’, a Wilber Sierra, alias ‘Wicho’ y a Fernando Andrade, alias ‘El Lanero’, que asesinaron y desaparecieron a cinco personas de El Prado.
Sin embargo, Isabel López* aún no canta victoria, pues su situación sigue siendo la misma desde hace casi diez años. A pesar de poseer un lote que vale millones de pesos, vive en una casa de lata en Bosconia, vendiendo empanadas y jugos en los buses intermunicipales que paran en la ciudad.
Por eso dice con rabia y orgullo, "cuando digo que algo es mío, es mío, es mío y no voy a dejar de combatir hasta que me lo devuelvan".

*Los nombres de los desplazados de El Prado y Mechoacán con los que VerdadAbierta.com habló fueron cambiados por razones de seguridad.

28 de octubre de 2010
26 de octubre de 2010
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monterrubio, finca sin paz


La finca donde no se pudo sembrar paz. Decididos a volver a ser los campesinos de antes, un grupo de guerrilleros dejó las armas y consiguió que el Incora les titulara una tierra colectivamente. Pero, después de 17 años de persecución para quitarles su finca, están a punto de sucumbir.
Colombia. El 1 de marzo de 1991, un grupo de 20 hombres y ocho mujeres que pertenecían al grupo guerrillero Ejército Popular del Pueblo, Epl, firmaron un pacto de paz en Arenal, Bolívar, con el gobierno de César Gaviria.
Ellos, que habían estado alzados en armas durante más de una década en el norte del Cesar, eran campesinos de la región, y querían volver al campo, estar cerca de sus familias en Valledupar, Manaure (Cesar), San Diego, Villanueva (Guajira), de donde la mayoría eran oriundos. Así que dos años después de la desmovilización, recorrieron el centro del Cesar en busca de una finca donde montar un proyecto agrícola.
Como parte de los acuerdos de paz, el Incora compró un predio llamado Monterrubio de 795 hectáreas y se los adjudicó el 28 de diciembre de 1993.
"La escogimos porque era una finca apta para la ganadería y agricultura, quedaba cerca del cruce de Chiriguaná, Bosconia, La Jagua y Pailitas", contó a VerdadAbierta.com, José Isair Páez Soto, uno de los desmovilizados que constituyó junto a otros 27 la Empresa Comunitaria de Productores Agropecuarios de Cesar, Soprasar.
La finca tenía una sola casa. Hombres y mujeres colgaron sus hamacas donde pudieron y compartían una mesa larga para comer. Jenny Rosa Montaña fue una de ellas. Tenía 25 años y dice que Monterrubio ha sido lo mejor que le ha pasado en su vida. "Cuando nos la entregaron todos llevaron un machete para trabajar.  Al final del día a los hombres tenían las manos ampolladas".
El cambio de vida fue total. Las mujeres se dedicaban a la cocina, mientras que los hombres empezaron a sembrar arroz, sorgo, yuca  y a cuidar las reses que habían comprado con los créditos del gobierno. En el primer año compraron chivos, gallinas y pavos reales y con lo producido, consiguieron maquinaria y un campero que les servía para llevar las cosechas a las poblaciones cercanas.
"Pensábamos en un futuro, nos veíamos organizados allá, cada quien en su parcela, como unos grandes empresarios", dijo Jenny. Pero los planes se aguaron pronto.
En 1995 llegaron los paramilitares a Chiriguaná, Pailitas y La Jagua, bajo el mando de Enrique López, alias de ‘Omega’. Había sido guerrillero y se pasó a las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, Accu, a donde llegó a ser el jefe del frente Resistencia Motilona del Bloque Norte.
Muy pronto empezaron los hostigamientos contra los desmovilizados. Una noche de diciembre de 1995, ‘paras’ camuflados irrumpieron a media noche en la casona de Monterrubio, sometieron a unos que dormían allí  y se llevaron 80 reses de los potreros.
Al año siguiente, el 12 de marzo de 1996, volvieron a la finca  con mayor violencia.  "Llegaron diciendo que eran del Ejército, a uno de nosotros le quemaron los testículos y a otros los amarraron. Se llevaron el campero y nos dijeron que fuéramos al otro día a reclamarlo al batallón", dijo José Isair Páez Soto a VerdadAbierta.com, quien fue testigo de lo que allí ocurrió. Fueron al día siguiente al Batallón de la Popa y les dijeron que ellos no habían hecho eso, sino los paramilitares.
Los campesinos pusieron denuncias en  la Policía y en el Ejército. Varios tuvieron miedo y no volvieron a la finca, esperando que las autoridades los protegieran.  En ningún momento pensaron en volverse a armar, dijo Ufley Quintero, quien hoy es el presidente de Soprasar. "No podíamos regresar a lo que habíamos renunciado por ser campesinos".
En la tarde del 10 de febrero de 2002, uno de los asociados, Alirio Pérez Vivas,  había salido a comprar víveres en compañía de Soto, y cuando regresaban de Chiriguaná, dos hombres armados les salieron en el camino. Le pegaron varios tiros a Pérez en la cabeza.  Soto logró huir.
Al día siguiente, Mauricio Mayorga, otro de los campesinos de la próspera Soprasar,  recogió el cuerpo sin vida de Pérez.  Les avisó a los demás que los paramilitares seguían buscando a Soto para asesinarlo. Ese día, huyeron de Monterrubio.
Días después Mayorga fue desaparecido y se cree que fue asesinado en mayo de ese mismo año. Se enteraron de las reales intenciones de los paramilitares, cuando otro de los jefes ‘paras’, alias ‘Harold’, citó a Ufley Quintero a una reunión en Pailitas.  Les exigió que abandonaran su finca de Monterrubio.
"’Harold’ me dijo: ‘Los muertos, muertos están, no le respondemos por ellos pero necesitamos la finca. Ustedes verán qué hacen’",  contó Quintero.
Para entonces varios de ellos habían formado familias y el grupo original ya había crecido: eran 74 personas. Ante semejante ultimátum, los asociados de Soprasar en asamblea, resolvieron denunciar las amenazas ante las autoridades, y mientras tanto, abandonar el predio.
Creyendo que evitarían el despojo,  le arrendaron Monterrubio a un ganadero de la región. Funcionó por un tiempo, pero en diciembre de 2002, los ‘paras’ le cayeron también al ganadero, advirtiéndole que sacara sus reses que ellos iban a quedarse con la finca.
¿Por qué tanto afán de quedarse con esa tierra? Atando cabos se dieron cuenta de que por ella pasaba un poliducto de Ecopetrol del cual les sería fácil robar gasolina. Así lo reconoció luego, el ex jefe paramilitar Óscar José Ospino, alias ‘Tolemaida’, quien confesó ante Justicia y Paz que ellos se financiaban vendiendo gasolina robada.
A pesar de que el riesgo seguía siendo alto, en 2003 once campesinos regresaron a Monterrubio;  no se iban a dejar quitar su tierra. "Fuimos once los que regresamos porque el resto sentía que no había la seguridad para el retorno", explicó Quintero.
La encontraron  invadida por campesinos de la zona, al parecer, afines a los paramilitares. Muy pronto se enteraron de que eran 42 familias y que habían conformado la cooperativa Coopecam y se negaban a abandonar la propiedad.  Empezaron entonces a pelear la finca en los estrados judiciales.
En marzo de 2006, cuando se desmovilizaron los 4.700 hombres del Bloque Norte de las Auc en La Mesa, Cesar, los asociados pensaron que sería más fácil recuperar su tierra. Estaban equivocados.
Sólo hasta el 18 de octubre de 2008, con la ayuda del Incoder los campesinos desmovilizados del Epl y los ocupantes llegaron a un acuerdo.  A éstos últimos les ofrecieron otra finca en Ariguaní, Magdalena, a cambio de que les dejaran Monterrubio a sus legítimos dueños.  Pero sólo 18 de las 42 familias que allí se encontraban se mudaron. Los otros ocupantes se negaron a irse.
El  Incoder les recomendó a los asociados de Soprasar que ocuparan los predios que fueron abandonados. "Fue difícil reagruparnos –recuerda Soto— porque estábamos dispersos en otras poblaciones de Cesar como Urumita, Mariangola o Valledupar. Pero nos metimos y montamos seguridad, que no eran más que cuatro celadores en el día y cuatro en la noche".
Desde entonces la situación con las familias invasoras que se quedaron no fue fácil. "Nos reuníamos con ellos y acordábamos su salida de la finca, pero cuando nos los encontrábamos en cualquier trocha o camino, eran hostiles."
Para sorpresa de todos, el 27 de abril de 2009, los ocupantes de Monterrubio interpusieron una acción de desalojo ante la policía de Chiriguana, y la alcaldía fijó la expulsión de los campesinos de Soprasar el 5 de mayo. Si bien tenían el título legal de la tierra adjudicada a ellos por el Incora, lograron congelar esa orden temporalmente, apoyados por la Comisión de Reparación y Reconciliación (Cnrr) del Cesar y por el Procurador Agrario.
A los pocos días, una turba armada con palos, machetes y revólveres, escoltada por hombres armados, se les fue encima a los campesinos de Soprasan. Los hombres armados acorralaron a dos de ellos, Onil Polo Puerta y Ramiro López Velásquez, los lincharon y luego los asesinaron con tiros de gracia en la cabeza.
Luego del homicidio de sus dos compañeros, Soprasar volvió a pedir apoyo de la Policía y del Ejército. Los presuntos asesinos fueron rápidamente capturados, pero, con la misma velocidad,  uno de ellos fue puesto en libertad y otro escapó de la cárcel judicial de Valledupar. El que aun se encuentra detenido decidió colaborar con las autoridades para esclarecer el crimen.
Para Antonio Calvo, coordinador regional de la Cnrr de Cesar, el triste episodio  muestra que las Autodefensas en ese departamento no han honrado su compromiso de dejar las armas y restituir las tierras que se robaron a miles de campesinos en la región. "Este es el epílogo de esa tragedia, este caso es políticamente significativo y emblemático porque en un sitio tan pequeño dos procesos de paz se muerden la cola, negándose el uno al otro", dijo a VerdadAbierta.com.
Las amenazas contra los campesinos de Monterrubio no han cesado. Uno de ellos le dijo a VerdadAbierta.com que éstas provienen de los ex paramilitares, alias ‘El Gordo’, ‘El Buda’, ‘El Mocho’ y ‘Elkin Carranza’, paramilitar que se desmovilizó con el Bloque Norte. Denuncian además que un militar retirado que fue líder de una red de cooperantes en la zona, también ha participado en las nuevas presiones para que dejen su tierra.
Algunos insisten en que aún pueden prosperar en Monterrubio,  pero la realidad ha sido muy cruel. Convocaron a una asamblea y la mayoría decidió tirar la toalla: después de 17 años de hostigamientos, cuatro muertos y largas luchas legales liquidarán a Soprasar. Cada uno está viendo qué rumbo tomar porque ya, con resignación, saben que Monterrubio no será la tierra prometida para sembrar la paz.
28 de octubre de 2010
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la venganza es muy jodida


Adán ’El Negro’ Rojas. En entrevista con VerdadAbierta.com, Adán Rojas, alias ‘El Negro’, quién creó uno de los grupos de autodefensas más antiguos de Colombia en la Sierra Nevada de Santa Marta, cuenta su historia.
Colombia. Venganza. Es sin duda la palabra que ha guiado la vida de Adán Rojas. Rojas cuenta que cuando sólo tenía 12 años, en 1956, guerrilleros comandados por Pedro Antonio Marín, alias ‘Tirofijo’ llegaron a la finca de su familia en Chapinero, Huila, y asegura que asesinaron a su padre delante de toda la familia porque no le quisieron dar panela a ‘Tirofijo’.
La decisión del joven Adán Rojas fue la misma que la de miles de campesinos en los cincuenta: coger las armas para proteger a su familia y vengar la muerte de su padre. Se unió a Jesús María Oviedo, alias ‘Mariachi’, un bandolero anticomunista que delinquió en los años cincuenta en el sur de Tolima.
Seis años después, cansado de la guerra, se fue a la Sierra Nevada de Santa Marta, siguiendo los pasos de su madre y de miles de familias ‘cachacas’, como le dicen en el Caribe a la gente del interior, que huían de la violencia en Tolima, Huila, Santander y Antioquia y que instalaron fincas cafeteras en las tierras altas de la montaña.
Pero la guerra volvió a tocar a su puerta. A finales de los setenta las Farc se tomaron Palmor, el pueblo donde vivía. Sostiene que le tocó desenterrar las armas para defender a los suyos. Así nació el clan de Los Rojas, que dominó todo el occidente de la Sierra Nevada durante casi dos décadas.
Con sus hijos y sus sobrinos organizaron las autodefensas en la Sierra, después de seguir cursos junto a los hermanos Castaño y al mercenario israelí Yair Klein. Su gesta confundió guerrilleros con militantes de izquierda y asesinaron a decenas de militantes de la Unión Patriótica y sindicalistas de las palmeras y bananeras en Ciénaga, en Fundación; se aliaron con políticos, ganaderos y narcotraficantes de Magdalena; y se enfrentaron a muerte con el Eln.
En 2000 el grupo de Los Rojas llegó a su fin. Se enfrentó con Hernán Giraldo, un colono antioqueño que también tenía un grupo paramilitar en la Sierra Nevada. Para hacerle frente a Giraldo, Los Rojas acudieron a los Castaño y a Rodrigo Tovar Pupo, alias ‘Jorge 40’, que en ese momento buscaban unificar todos los paramilitares bajo el paraguas de las Auc.
Desde la cárcel Rodrigo Bastidas de Santa Marta, donde ha pasado más de 10 años, Adán ‘El Negro’ Rojas conversó con VerdadAbierta.com.

Adán Rojas, una Vida Marcada por la Violencia
Adán Rojas nació en 1944 en Chapinero un pequeño poblado en las montañas del Huila, azotado por la violencia partidista de los años cincuenta. Según contó, un miércoles santo, guerrilleros comunistas de Pedro Antonio Marín, alias ‘Tirofijo’ asesinaron a Camilo Rojas, su padre, delante de sus 11 hijos y su esposa. ¿La razón? No les quiso dar cinco cargas de panela ni dejó que se llevaran a sus dos hijos mayores a las filas rebeldes.
Cinco tiros en la espalda y varios machetazos lo dejaron agonizando delante de su familia. Ahí arrancó su camino de venganza. Con sólo 12 años se unió en Planadas, Tolima, a Jesús María Oviedo, alias ‘Mariachi’ y a ‘Peligro’, liberales, declarados anticomunistas, que llegaron a comandar más de 600 hombres en el sur del Tolima y que pelearon contra los hombres de ‘Tirofijo’ y de Jacobo Prías Alape, alias ‘Charro Negro’.
Por más de seis años Adán Rojas se disputó el sur del Tolima, parte del Valle y Huila con ‘Tirofijo’ y su banda de comunistas. Al final quedó de comandante "porque yo les salió bueno para la guerra", dijo el veterano paramilitar.
"Después de unos años yo ya me aburrí, me desquité de la muerte de mi papá, fui a buscar otra vida a la Costa", añadió. Aunque asegura que en esa época no quería volver a coger las armas, estuvo treinta años más en guerra.

Los Rojas, un Clan de Cachacos en la Sierra Nevada
En los sesenta, Adán Rojas se reunió con su madre, que se había ido a colonizar tierras nuevas en la Sierra Nevada de Santa Marta. En esa época miles de campesinos que huían la violencia en Tolima, Huila, Santander y Antioquia se fueron a la región en busca de nuevas oportunidades.
Con un crédito del Banco Agrario en el bolsillo, Rojas se instaló en la Zona Bananera. Unos años después siguió su camino hacia Palmor, un pueblo cafetero en las tierras altas de la Sierra Nevada. Cuenta que un día, estando en Santa Marta, se enteró de que la guerrilla se había tomado el pueblo y que dos sobrinos habían muerto en el fuego cruzado.
"Vi que me estaban matando la familia y me tocó volver y armarme. Conseguí un poco de  campesinos que también la guerrilla los había jodido y ahí me volví a ponerme a guerrearles. Éramos unos 25, después 50 y así hasta llegara a unos 200", dijo.
En el libro ‘Aproximación a una historia oral de la colonización’, del investigador Alfredo Molano, varios colonos entrevistados en 1988 recuerdan que los primeros grupos paramilitares se formaron en Palmor en 1977. En ese momento, para ellos es claro que Rojas, según relata Molano, "ha recibido apoyo del Ejército, uniformes, y se desenvuelve con total impunidad por la región, tiene vinculación muy cercana con el comandante del batallón Córdoba, ganaderos de la zona ganadera y políticos de Santa Marta".
Otro colono le dijo al sociólogo que "en el cementerio de Palmor sólo seis de las 134 personas enterradas ahí, han fallecido de muerte natural, los demás han sido víctimas de la ‘Mano Criminal’, como también se llama a los ‘chachos’ del MAS".
Junto a sus hijos y a sus sobrinos Adán Rojas poco a poco se fue volviendo un señor de la guerra en la Sierra Nevada. Dominaban el sur oeste de la Sierra, Ciénaga, Fundación y parte del norte del Cesar. Se financiaron gracias a la ayuda de campesinos y sobre todo ganaderos del Magdalena.
En las entrevistas de Alfredo Molano, un habitante del área le contó que "El MAS ha asesinado a muchas personas, alegando que son colaboradores de la guerrilla, pero en el pueblo (Palmor) se comenta que son problemas personales por los cuales se obtienen contratos relativamente substanciosos".
En 1996 Adán Rojas cayó preso y el mando de su grupo pasó a manos de su hijo Rigoberto. ‘El Negro’ estuvo preso hasta 1999, cuando se escapó de la cárcel Rodrigo De Bastidas de Santa Marta. En 2000 volvió a caer en Barranquilla en el momento en el que se estaba recuperando de una herida de bala en el brazo. Desde entonces ha estado tras las rejas.
 
Los Castaño, Yair Klein y los Rojas
A finales de los ochenta los hermanos Castaño en Córdoba y Urabá y Henry Pérez en el Magdalena Medio, consolidaron el paramilitarismo moderno. Por sus escuelas de entrenamiento pasaron decenas de hombres que luego se volvieron jefes ‘paras’ en todo el país.
Según cuenta Adán Rojas, Camilo Dávila, hermano del político magdalenense José Domingo Dávila Armenta, investigado por parapolítica, y de Eduardo Dávila, condenado por narcotráfico, lo contactó con paramilitares del Magdalena Medio que tenían centros de entrenamiento.
En 1986 su hijo Rigoberto y varios sobrinos, Reinaldo, Mincho, Camilo, Javier viajaron a Puerto Boyacá. Durante varios meses se entrenaron en el Magdalena Medio y en Córdoba, en donde Rigoberto conoció a Carlos Castaño, quien también hacía el curso con instructores como el mercenario israelí Yair Klein y el teniente retirado del ejército Luis Antonio Meneses, más conocido como ’Ariel Otero’. Los dirigentes de esa escuela eran Gonzalo y Henry Pérez.
En el 87, Rigoberto, ‘Rigo’ o ‘El Escorpión’ regresó a Santa Marta y se hizo cargo de la parte militar. A su regreso desató una guerra sucia, no contra guerrilleros, sino contra los militantes de izquierda y miembros de la Unión Patriótica (UP) en el Magdalena. La Zona Bananera, bastión emblemático del sindicalismo agrario colombiano desde los tiempos de la masacre de las bananeras en los años treinta, sufrió con fuerza el embate de Los Rojas.
La relación de Adán Rojas con los Castaño fue clave para que su grupo se afianzara en la Sierra Nevada. En varias oportunidades se reunió con Fidel Castaño en El Rodadero, cerca de Santa Marta, donde le entregó armas y mucha munición.
 
Los Rojas, los Políticos, los Narcos, los Ganaderos, las Autoridades
Aunque Adán Rojas dijo que eran muy pocas las figuras públicas y los políticos que los apoyaron, queda la duda si se puede delinquir por más de 20 años en Santa Marta, Ciénaga y la Sierra Nevada sin que muchos funcionarios no se hayan hecho los  de la vista gorda.
Rojas asegura que "Edgardo nos ayudó con unas compras de 80, 100 millones"  que él le ayudó a Edgardo Vives en su campaña a la Alcaldía de Santa Marta, poniéndole votos de campesinos que vivían en su zona de influencia. También dijo que ‘Nacho’ (José Ignacio) Vives les ayudó.
José Ignacio Vives Echeverría y Edgardo Vives Campo, fueron políticos de mucho peso en Magdalena. Ambos llegaron al Senado, ocuparon la alcaldía de Santa Marta y la justicia los investigó, en casos diferentes, por irregularidades en la contratación.
‘El Negro’ Rojas también aseguró que tuvo relaciones con los Durán de Fundación que según dijo, lo financiaron y le daban información de presuntos colaboradores de la guerrilla.
El miembro más recordado de la familia es Jairo ‘El Mico’ Durán, un notorio narcotraficante, que se casó con una señorita Colombia y que las Farc asesinaron en 1992, al parecer por sus vínculos con las autodefensas.
Su hermano Alex, quién representante a la Cámara de Magdalena también llegó a las primeras planas de los periódicos. Las autoridades sospechaban que también tenía nexos con narcotraficantes. Fue asesinado en 1993.
En los setenta y ochenta el tráfico de drogas se tomó gran parte de la Sierra Nevada y los municipios aledaños. Naturalmente los grupos armados ilegales se beneficiaron de la bonanza.
En la entrevista con VerdadAbierta.com, Adán ‘El Viejo’ Rojas, aceptó que varios traficantes de marihuana y coca lo financiaron. Según dijo, Antonio Caballero y Sergio Salazar colaboraron con su grupo. Recordó que Antonio Caballero le dio dinero y armas y señaló que este es hermano del ex senador Enrique Caballero  Aduen, llamado a juicio por la Corte Suprema de Justicia por parapolítica.
‘El Negro’ también salpicó a Sergio Salazar, quién distinguió como cuñado de José Rafael ‘El Mono’ Abello, uno de los narcotraficantes más poderosos del Cartel de Medellín. Fue extraditado a Estados Unidos en 1989 y volvió a Colombia en 2007, después de cumplir su sentencia.
Las redes de Los Rojas también contaban con varios miembros de la fuerza pública. Según el ex jefe paramilitar, oficiales de la fuerza pública le daban información sobre presuntos colaboradores de la guerrilla. En sus versiones ante Justicia y Paz, mencionó a varios de ellos.

La Guerra contra Hernán Giraldo y Jorge 40
A pesar de que Los Rojas coexistieron con otro paramilitar de la región, Hernán Giraldo, por más de 15 años, en febrero de 2000 estalló una guerra entre ellos. Varias diferencias terminaron enfrentándolos. Por un lado, a finales de los noventa los Castaño ordenaron reunir todos los paramilitares bajo su mando. Giraldo quiso mantener su independencia, pues no quería soltar el control del narcotráfico, el poder político y su feudo en todo el norte de la Sierra.
Además hombres de Giraldo asesinaron a tres agentes encubiertos de la DEA, la agencia estadounidense antidrogas, crimen que puso las Auc bajo fuerte presión de Washington.
Por último, a finales de 1999 hombres de Los Rojas asesinaron a Emérito Rueda, ex concejal de Santa Marta, aliado político y amigo personal de Hernán Giraldo.
Según dijo en la entrevista, Rojas la muerte de Rueda fue un error de sus hombres. Contó que un cabo, suboficial que colaboraba con su grupo ilegal, fue a la Troncal del Caribe a robar una camioneta y atracó el vehículo de Emérito Rueda, sin saber quién era. El concejal murió en el tiroteo.
Este asesinato fue la razón principal que finalmente empujó Giraldo a atacar el campamento de Adán Rojas. Giraldo sentía que si no reaccionaba, los otros paramilitares iban a absorber poco a poco su poder. En el combate, unas balas de fusil alcanzaron a Adán y Rigoberto ‘Rigo’ Rojas. Los dos líderes del clan alcanzaron a escapar, pero las autoridades los capturaron pocas semanas después, mientras se recuperaban de sus heridas en Barranquilla.
Pero la guerra paramilitar en la Sierra no quedó ahí. Lo que quedaba de Los Rojas se reencontró con sus viejos aliados, los hermanos Castaño y Rodrigo Tovar Pupo, alias ‘Jorge 40’.
Cientos de ‘paras’ de ‘Jorge 40’ cercaron el pequeño ejército privado de Hernán Giraldo, quien firmó un acuerdo de paz en 2001 y se sometió al poder de las Auc.
En la entrevista con VerdadAbierta.com Adán Rojas dijo que "Carlos (Castaño) mandó a llamar a mis hijos,  y les dijo que se vinieran donde ‘Jorge 40’, que él los recibía.  Mandaron mil hombres a recoger a Giraldo".
Sobre Hernán Giraldo, Rojas dice que nunca fue de las autodefensas y se dedicaba al narcotráfico, a asesinar ladrones y drogadictos: "Hernán sólo se metió a la guerra por la plata, dice que le peleaban a la guerrilla, pero ellos más que todo eran peleaban por el narcotráfico y matando raticas".
Giraldo fue extraditado en abril de 2008 a Estados Unidos, donde es juzgado por narcotráfico.

El Difícil Arrepentimiento
Para alguien que como Rojas guió su vida con las armas y que siempre siguió la venganza como patrón, es difícil reconocer a las víctimas como tales.  Si bien en la entrevista de VerdadAbierta.com Adán Rojas dice que les pide perdón a sus víctimas, también justifica su violencia.
Le dijo a VerdadAbierta.com que muchos campesinos vienen a las audiencias a "cobrar sus muertos" y  "que el gobierno se los va a pagar".
De todos modos, según declaró, todo es culpa de la guerrilla que mató a su padre hace más de cincuenta años pues fue la que le enseñó a ser malo. "La venganza es muy jodida, si le matan a su padre o su madre usted se vuelve malo. A mí me mataron a mi padre y todavía me duele, tocaba pararse uno".
28 de octubre de 2010
26 de octubre de 2010
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de dónde salieron los paras


¿De dónde salieron los ‘paras’ en Cesar? Una gran crisis social y económica, una sórdida guerra sucia, de lado y lado, contra líderes pacifistas y hacendados dibujaban el telón de fondo de esta región, cuando los paramilitares entraron en escena.
Colombia. Oficialmente el paramilitarismo en Cesar empezó cuando 25 hombres armados se instalaron en junio de 1996 en  las sabanas del Ariguaní en los límites entre Magdalena y Cesar. Fueron enviados por los hermanos Castaño y por Salvatore Mancuso a petición de algunos empresarios, políticos y hacendados vallenatos.
¿Qué había sucedido en estas tierras tranquilas de juglares y cantores caribeños para que la guerra extendiera su brazo hasta allí? Las aguas ya venían turbulentas de tiempo atrás.  Antes de que la política se tornara amarga, la otrora boyante economía de la región se había malogrado.
Entre la década del sesenta y el setenta, la región había vivido una bonanza algodonera. Los cultivos de la mota blanca se esparcieron por esos campos y de 42.000 hectáreas cultivadas en 1962 pasaron a ocupar 123.000 en 1970. Según el investigador Fernando Bernal, gracias al boom del algodón, emergió una  clase de propietarios medianos.  Sin embargo, en 1983 el precio internacional del algodón se desplomó y estalló la crisis. Los sembradíos de esta fibra se encogieron  y para la mitad de los ochenta apenas llegaban a 25.000 hectáreas.
Muchos finqueros sobreaguaron la crisis con nuevo préstamos, que después no pudieron pagar y varios perdieron sus fincas. Miles de jornaleros quedaron en la calle. Un estudio de PNUD y el Ministerio de Protección Social, sobre el algodón y la violencia en Cesar, calculó que de 30.000 empleos que generaba esta agroindustria al comenzar la década del setenta, en los ochenta apenas si daba trabajo a 3.000 campesinos.
La crisis llevó a que en junio de 1987, unos 10.000 labriegos de varios municipios de Cesar, Magdalena y La Guajira se concentraran en la plaza Alfonso López para protestar por la precaria situación del campo. Pedían vías, servicios públicos, tierras y mejores salarios.
"Era una sociedad excluyente, importaba más la vida de una vaca que la de un peón", recordó un dirigente de la marcha. Esta contó con el liderazgo de  jóvenes pertenecientes a familias tradicionales del Cesar, quienes habían  conformado el movimiento social Causa Común. Entre ellos estaban Imelda Daza, Rodolfo Quintero, Víctor Ochoa, Víctor Mieles, José Francisco Ramírez y Ricardo Palmera Pineda.
Empresarios y políticos tradicionales consideraron a Causa Común, como una amenaza a la sociedad agraria. Sospechaban que muchos jóvenes profesionales o sindicalistas que impulsaban la protesta  eran infiltrados de la guerrilla del Eln, que tenía fuerza en el sur del Cesar.
Durante mes y medio los campesinos bloquearon el ingreso de alimentos a la región, levantaron cambuches en la tradicional plaza Alfonso López  a donde vivían varias de las familias más poderosas de Cesar. María Inés Castro, entonces gobernadora de ese departamento, recuerda que la ciudad entera estaba impresionada de tener a 6.000 personas en la plaza, la mayoría provenientes del sur del departamento.
A ella le correspondió liderar el equipo de negociadores que envió el gobierno del presidente Virgilio Barco. Los marchantes levantaron su plantón con la condición de que les abrieran vías, les mejoraran los acueductos y alcantarillados, les construyeran escuelas y les entregaran tierras baldías a campesinos que se habían quedado sin ingresos.

Antes que el  progreso lo que llegó a la región, a los pocos días de acabado el paro, fue la guerra sucia  contra los principales líderes de la marcha. En la puerta de su casa, fue asesinado José Francisco Ramírez, un abogado de Valledupar, cuya autoría entonces los organizadores se la atribuyeron a miembros del Ejército. También  cayeron abaleados por desconocidos José David López Teherán, Ovidio de la Hoz, un médico de apellido Villalba (cuyo homicidio se dio luego de que volviera de Venezuela, donde estaba exiliado), Víctor Ochoa, un militante del Partido Comunista y Víctor Mieles, quien era sindicalista de Cicolac, empresa procesadora de leche de Valledupar.
"Cuando empezó la ola de muertos, entre nosotros nos preguntamos cuál era el camino, y había dos: uno exiliarse como hicimos varios y otros, como Palmera, que cruzaron la línea y se enrolaron a las Farc", dijo a VerdadAbierta.com uno de ellos que se refugió en el exterior.
Como respuesta a la represión, las Farc, ya con un pie en la Sierra Nevada de Santa Marta y en la Serranía del Perijá, y el Eln, que cosechaba descontento en el sur, intensificaron su otra guerra sucia contra los dirigentes de la región.  "Algunas familias tradicionales sufrieron tanto con el secuestro que les tocó acercarse a los guerrilleros para poder medio vivir en paz", dijo un dirigente vallenato a VerdadAbierta.com.
El dramático caso de Roberto Lacouture, hoy dirigente de la Federación de Cerealistas, ilustra lo que lo que se vivió en esa época. Fue secuestrado en 1989 por las Farc,  que también secuestró a otros 36 de sus familiares. "Nos atacaron durísimo a finales de los ochenta, levantaban las fincas a dinamita, mataban el ganado cuando no se lo podían llevar, y en otros casos asesinaban a los administradores de las fincas", dijo Lacouture a VerdadAbierta.com
A comienzos de los noventas, guerrilleros del Eln sacaron a la representante a la Cámara, María Cleofe Martínez de su casa en Valledupar y en septiembre de 1995 fue secuestrada y asesinada por ese mismo grupo Margarita Rodríguez Fuentes, hermana del comerciante y ganadero, Hughes Rodríguez, quien después desempeñaría un papel clave para traer a los paramilitares a Cesar.
 "Pedíamos el apoyo del Estado, del Ejército, de los políticos y no nos respondieron –recuerda Lacouture – . Nos dejaron solos. Nos dijeron ‘defiéndanse como les dé la gana’".
Ufley Quintero, quien fue guerrillero del Epl y se había desmovilizado en 1991, luego de una negociación con el gobierno, relata que ante la impotencia y buscando vivir tranquilos,  muchos  "hacendados les dieron uniformes a los guerrilleros, hicieron fiestas con ellos en la Sierra".  Pero eso no satisfizo a las Farc, que después terminaron cobrándoles vacunas. "La guerrilla no golpeó las estructuras del Estado, sólo a los grandes hacendados", dijo.
El camino a la violencia quedó abierto.

Tensiones en Aguachica
En 1995, Aguachica, un muncipio al sur del Cesar en límites entre Santander y Bolívar,  era una olla a presión. A medida que Eln secuestraba y asesinaba,  algunos ganaderos y finqueros empezaron a organizar pequeños grupos de autodefensa.
En el conflicto fueron  asesinados  dos alcaldes y el gobierno tuvo que nombrar a un militar en el cargo.
El 15 de enero de ese año, un grupo que se conocía como ‘Los Masetos’ asesinó en el corregimiento de Puerto Patiño a ocho pescadores. El nombre fue tomado del grupo armado ‘Muerte a Secuestradores’, MAS, que había nacido en el Magdalena Medio, luego de que el M-19 secuestrara a una hermana de Pablo Escobar.
‘Los Masetos’ también se hacían llamar ‘Los Magníficos’ o las Autodefensas del Sur del Cesar. La Procuraduría había encontrado que un mayor del Ejército que era comandante en Aguachica, Jorge Alberto Lázaro Vergel, había sido cómplice de esta masacre de Puerto Patiño,  sin embargo la Justicia Penal Militar lo absolvió junto a otros cuatro militares.
Según un informe de Human Rights Watch (HRW) de la época, una investigación de la Policía concluyó que los paramilitares locales estaban organizados por el mayor Lázaro Vergel. Según la declaración de un comandante de la Policía de Aguachica, Lázaro le había dicho que iba a "dar balín a unos pocos bandidos" activos en esa población, mencionados en una lista negra que él había conformado. Según el reporte de HRW, el mayor Lázaro alardeó del apoyo que recibía del DAS, de la Unidad Anti Secuestro y Extorsión (UNASE), y de ganaderos locales, como la familia Prada.  El oficial policial denunciante había denunciado que el militar lo había  acusado de ser una amenaza potencial porque "no colaboraba con las acciones que realizaban los paramilitares, y (había dicho) que paramilitar que capturara lo dejaría en manos de la Fiscalía."
En otro aparte del informe habla de una reunión entre el comandante de Policía y Lázaro. Según dijo el oficial policial, el mayor Lázaro quería que le dijera con quién estaba y que: "todo lo que tenía que hacer era cerrar los ojos y no sacar a la Policía a la calle cuando ellos fueran a operar... que aquí nadie opera si no es con la orden mía, ellos están bajo mi mando, además ya no se van a dejar muertos, vamos a levantar gente y a desaparecerlos porque los muertos hacen mucha bulla".
Un hacendado de la región, Roberto Prada, fue señalado como el autor material de esta masacre en Puerto Patiño. Prada fue apresado y murió sin ser procesado por ese crimen en un enfrentamiento entre guerrilla y paramilitares en la cárcel La Modelo de Bogotá en 1996. Su hijo, Juan Francisco  ‘Juancho’ Prada, lo reemplazó a la cabeza de las Autodefensas del Sur del Cesar.
En la región, la gente ya asociaba a  los Prada con la conformación de grupos paramilitares. Ellos eran propietarios de fincas en San Martín, Cesar.  Según una versión libre que Wilson Salazar alias ‘El Loro’, desmovilizado de las Auc, dio a los fiscales de Justicia y Paz años después, este grupo apareció a finales de los ochentas como una autodefensa de palmicultores y ganaderos del sur del departamento para enfrentar a la guerrilla en esa zona.
Era evidente que los paramilitares estaban llegando a la región y además, como se ha conocido posteriormente, este mismo grupo de los Prada apoyó a Carlos Castaño en su incursión al corazón del Comando Central del Eln en la Serranía de San Lucas en 1995.
Mientras, esto ocurría en el campo, el temor del avance de los violentos en Aguachica se materializó con el asesinato en marzo de ese año del médico y director del hospital regional, José David Padilla Villafañe. En medio de ese clima de guerra, un grupo de dirigentes, entre los que se encontraba el alcalde del municipio, Luis Fernando Rincón, empezó a promover una consulta popular por la paz.
"Rincón se desmovilizó del M-19, pero era una persona más política que militar. A pesar de que había estado en la zona como jefe guerrillero no tenía enemigos. Era un convencido de la paz en el Cesar", recuerda Antonio Calvo, quien lo acompañó en la Alcaldía.  Rincón nació en Sogamoso, se crió en Barrancabermeja y cuando se lograron los acuerdos de paz con el M-19 se asentó en Aguachica.
Rincón y sus amigos concibieron la consulta pensando en responder a los panfletos que aparecían en el municipio cada vez que ocurría un crimen. En ellos, los violentos argumentaban que asesinaban o extorsionaban a nombre del pueblo. El mismo Rincón fue amenazado por el Eln que lo señalaba de ser amigo de los paramilitares.
"La pregunta fue de lo más simple. Si ellos actuaban a nombre del pueblo entonces había que preguntarle a la gente si rechazaba la violencia y convertíamos a Aguachica en un modelo de paz", dice Calvo. Los políticos tradicionales, guerrilla y paramilitares se opusieron con ferocidad a la Consulta por la Paz.  "Los grupos armados estuvieron juntos, los ‘paras’ quemaron urnas y el Eln también".
La consulta que se realizó en agosto de 1995, sin embargo, fue un éxito. Consiguió  12.000 votos a favor, y con ese respaldo popular,  Rincón y otros líderes, incluso su opositor, el conservador Álvaro Payares Ropero, a quién había derrotado en su aspiración a la Alcaldía, iniciaron  un proceso de cultura ciudadana por la paz y en defensa de los derechos humanos. La iniciativa logró el apoyo del presidente de Francia, François Mitterrand,  y tuvo acompañamiento internacional.
Sin embargo, el 6 de octubre el sueño de paz  se acabó: el Eln asesinó a Payares Ropero, a quien Rincón había nombrado gerente de la empresa de Servicios Públicos de Aguachica. Entonces se reanudaron las retaliaciones entre paramilitares y subversivos.
Pero esta no fue un asesinato aislado. Días antes las autoridades habían reportado el asesinato por el Eln  de un oficial y dos suboficiales de la policía. También, el asesinato de los hermanos Jesús Emilio y Luis Tiberio Galvis. Y pocas horas después de la inspectora Imelda Ruiz, cuñada de los Galvis. Los tres fueron torturados y degollados.
Después de la masacre de Puerto Patiño, y a pesar de las denuncias que había en su contra por su participación en esa matanza, la Superintendencia de Vigilancia le otorgó a los hermanos Prada dos licencias para operar las Convivir Renacer y Los Arrayanes.
La paz de Aguachica terminó de sucumbir, luego de la derrota del grupo político de Rincón en las elecciones municipales de 1997.  Varias de las personas que lo acompañaron en la iniciativa popular fueron asesinadas en los años siguientes: César Paso Torres, Edinson Duarte, Arsenio Obregón, Domingo Molano, Luis Cubides y, en 2000, el mismo Rincón.  El desmovilizado jefe ‘para’ ‘Juancho’ Prada aceptó ser el asesino del ex alcalde dentro del proceso de Justicia y Paz.
Los paramilitares aprovecharon que Aguachica quedó sin líderes para consolidar su poder en la región. A partir  de 1996 desataron su barbarie sobre todo contra el poco liderazgo social que aún quedaba en la región.

Las Convivir y los Primeros Paramilitares
El mismo año del intento de paz en Aguachica,  en 1995, Salvatore Mancuso había sido enviado por Carlos Castaño a reunirse con varios empresarios y hacendados de Cesar, quienes habían buscado a los jefes paramilitares de Córdoba y Urabá, para que los protegieran del secuestro y el boleteo de la guerrilla.
Según relata Rodrigo Tovar Pupo, alias ‘Jorge 40’  en el libro que comenzó a escribir antes de ser extraditado a Estados Unidos por cargos de narcotráfico,   ‘Mi vida como autodefensa’, en una reunión con Carlos Castaño, el jefe paramilitar  le aseguró  de " la necesidad de enfrentar a la subversión en toda la región Caribe, pues dentro del objetivo propuesto por ellos (la guerrilla), para constituir unos Estados paralelos encaminados a la toma del poder, la Costa jugaría un papel primordial y había que evitar que se consolidaran, como ya había pasado en el sur del país".
Varios ganaderos consultados por VerdadAbierta.com aseguran que el llamado a los Castaño fue desesperado. Uno de ellos dijo  que "el valor que (las Auc) estaban cobrando era inferior a lo que cobraba la guerrilla,  y de pronto por eso hubo personas de Valledupar que se metieron en eso y eran conocidos de toda la sociedad vallenata."  Otro ganadero le dijo a VerdadAbierta.com que "cuando (los paramilitares) llegaron a Cesar, lo hicieron casi aplaudidos, porque ante la falta de un Estado que te defendiera y muriera por los ciudadanos, ellos fueron bienvenidos".
Las Cooperativas de Seguridad Rural, Convivir, aprobadas por el gobierno de Ernesto Samper en 1995, ofrecieron bases sólidas  a la ofensiva de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá en Cesar. En una versión libre en marzo de 2007, el desmovilizado Salvatore Mancuso dijo que cuando fueron a Cesar, iban con la idea de consolidar el accionar de las Convivir en esa región.
Precisamente, el 18 de septiembre de 1996, Mancuso conformó junto a Jorge Gnecco Cerchar, un reconocido comerciante, ganadero y hermano del ex gobernador de Cesar, Lucas Gnecco, una Convivir llamada Sociedad Guaymaral Ltda.  Desde comienzos de los noventa,  los Gnecco se habían erigido en una familia poderosa en esa región.  Lucas fue elegido gobernador de Cesar, y su primo Hugo Gnecco Arregocés, alcalde de Santa Marta. Ambos fueron luego destituidos e inhabilitados por cargos de corrupción en sus administraciones.
"En el Cesar y Magdalena se involucran a los empresarios y ganaderos con liderazgo del señor Jorge Gnecco, quien consigue los recursos para el Cesar y Magdalena", dijo luego Mancuso a la justicia.
Pero la de Gnecco no sería la única Convivir que le sirvió a las Accu para consolidarse en Cesar. Mancuso relató que allí existían pequeños grupos de autodefensa como las Autodefensas del Sur del Cesar, comandadas por ‘Juancho Prada’ que tenían su radio de influencia en San Martín, San Alberto, Ocaña, Aguachica, Rio de Oro y Ábrego, entre otros municipios.
Los Prada habían constituido dos Convivir, una el 29 de enero de 1996 llamada Los Arrayanes a nombre de Juan Francisco Prada y Martiniano Prada Gamarra, y Renacer constituida el 5 de octubre de 1995 por Roberto Prada Delgado hijo del jefe de este clan.
Según la Fiscalía, esta familia había conformado en 1992 un grupo de 25 hombres llamados los ‘Masetos’, también se conocieron como los ‘Caretapadas’ o los ‘Magnificos’, y en sus orígenes delinquían en San Martín, Aguachica, San Alberto y Gamarra en Cesar, así como Ocaña, El Carmen y Ábrego en Norte de Santander.
Tras la muerte de Roberto Prada Gamarra, en la cárcel La Modelo en Bogotá en 1996, su hijo Juan Francisco se convirtió en el máximo jefe de ese grupo en sur de Cesar. Al tiempo, el hijo de éste, Roberto Junior, montó un grupo en Ocaña, Santander.
Rodrigo Pérez Alzate, alias ‘Julián Bolívar’, uno de los paramilitares enviados por Carlos Castaño en la incursión a la serranía de San Lucas en 1995, le dijo a VerdadAbierta.com en una entrevista, que cuando las Auc intentaron meterse al sur de Bolívar contaron con el apoyo de los Prada, quien le prestó algunos de sus hombres.
Mancuso también encontró en los límites entre Magdalena y Cesar, al ganadero  José María ‘Chepe’ Barrera quien conformó un grupo que delinquía en El Difícil, Santana, Ariguaní, Plato, Mompox e Isla de Margarita, entre otros. Barrera es un santandereano que llegó al centro de Magdalena en los años setenta. Para defender a los grandes propietarios y a sus hatos ganaderos creó grupos de seguridad privada, que poco a poco cruzaron la delgada línea entre autodefensa y paramilitarismo.
‘Chepe’ Barrera obtuvo en licencias para sus convivir Guayacanes, que estaba a nombre del ganadero Luis José Botero Salazar y Siete Cueros, que representaba Jhon Jairo Londoño en octubre de 1995, según un informe de inteligencia de la Policía.
En el centro de Cesar, unos meses más tarde, en diciembre de 1996 fueron aprobadas las Convivir Guaymaral de Jorge Gnecco y la de Hughes Rodríguez Fuentes quien montó la Convivir Salguero, ambos señalados de ser cómplices de los paramilitares por Salvatore Mancuso y otros desmovilizados.
Hernando de Jesús Fotanlvo, alias ‘Pájaro’, quien era guardaespaldas de Mancuso y que ayudó a llevar las autodefensas en Cesar,  aseguró que se reunieron Rodrigo Tovar, alias ‘Jorge 40’, Mancuso y varios ganaderos en la casa de Nelson Gnecco. "Ahí vi a Nelson y a Lucas Gnecco (ex gobernador de Cesar), a ‘Pepe’ Castro (José Castro, ex gobernador del Cesar), a uno que le dicen ‘El Mocho’. También estuvo el alcalde de Valledupar (sic), ‘Nando’ Molina", aseguró el ‘Pájaro’.  Éste último, Hernando Molina Araujo, en realidad no era alcalde sino gobernador del Cesar, y fue condenado en mayo de 2010 por la Corte Suprema de Justicia por  concierto para delinquir con los paramilitares a siete años y siete meses de cárcel. Además la Corte pidió que se le investigara por posible complicidad en delitos de lesa humanidad.
Hugues Rodríguez es señalado por las autoridades como el ‘Comandante Barbie’,  supuesto testaferro de ‘Jorge 40’. Rodríguez,  gran ganadero del departamento, fue condenado a seis años de cárcel por nexos con paramilitares en el caso del asesinato de la jueza de Becerril, Marilyn Hinojosa y fue pedido por la justicia de Estados Unidos por presunto lavado de lavado de activos. Según estableció VerdadAbierta.com, ésta ahora negociando con la justicia de ese país rebajas de penas a cambio de colaboración.
Según ‘Pajáro’, Rodríguez se entrevistó con él para indagar por el paradero de su hermana Margarita, que como se dijo antes fue secuestrada por el Eln, y apareció asesinada después de varios meses de zozobra. Otros desmovilizados también confesaron que las Auc tenían campamentos en las fincas de Rodríguez en  La Jagua de Ibirico.
Según recuerda Antonio Calvo, hoy director de la Cnrr en Cesar y quien fuera asesor jurídico de la alcaldía de Aguachica, en la región había otros grupos paramilitares, además de los mencionados, como el de alias ‘Jimmy’ en Pailitas, Curumani y Chiriguaná, a quien le gustaba matar a hombres para robarse a sus esposas.
Varias personas de la región también identificaron a otros grupos paramilitares como el de ‘Los Cirujanos’, otro al que llamaban ‘Pasos’ que delinquía en los municipios de Pelaya, La Gloria y Tamalameque; y el de Luis ‘Lucho’ Abrego en Pailitas y Curumaní.
Para Mancuso la existencia de varios ejércitos privados facilitó su llegada en 1996 a las Sabanas de Ariguaní. Aunque cada grupo aún era relativamente autónomo, Mancuso podía contar con bases, guías y zonas seguras para poder  arremeter no sólo contra quienes habían señalado como guerrilleros o a cualquiera que se les resistiera.
La idea era dar golpes fuertes, simbólicos y de mucha resonancia para que los cesarenses escucharan hablar de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá. Sus primeras acciones fueron asesinatos selectivos y secuestros como el de Leonor Palmera, hermana de Ricardo Palmera, alias ‘Simón Trinidad’.
‘Jorge 40’ cuenta también en su libro que su primer operativo con Mancuso fue la liberación en Chivolo, Magdalena, de dos  ganaderos de la familia Botero secuestrados por el Eln. Esta familia está asociada a dos Convivir, la Guayacanes con ‘Chepe’ Barrera, y la ‘Nueva Esperanza’ montada en Bolívar en llave con Héctor Julio Alfonso Pastrana, el ya fallecido esposo de Enilce López, la empresaria del chance detenida, conocida como ‘La Gata’.
El siguiente paso fue controlar todos los grupos que existían de autodefensas y las Convivir de Cesar y Magdalena. Aunque algunos de ellos fueron reticentes a doblegarse al poder de los Castaño y Mancuso, en 1996, las Accu, ya sea por la violencia, negociación o adhesión, ya dominaban todos los ‘paras’ del Cesar.
Toda esta violencia paramilitar y la que siguió después   —y que dejó miles de víctimas, despojados y más miseria de la que nunca se había visto en Cesar – se hizo en nombre de la lucha contra el secuestro y la despiadada violencia guerrillera. No obstante, con la ofensiva de ‘Jorge 40’ no bajó el secuestro, sino que éste empeoró.
Así de 86 personas que secuestraron las guerrillas en 1996, se pasó  a 138 secuestrados en 1997, y 324 en 1998, algunos de éstos secuestros a manos de los mismos ‘paras’. Las masacres, que según han dicho y repetido los paramilitares desmovilizados que han confesado ante Justicia y Paz, fueron la justificación de la lucha antiguerrillera, también se dispararon al tiempo con los secuestros y solo entre 2000 y 2009 hubo 123 masacres en las que fueron asesinadas 605 personas, y más  de 154.000 campesinos tuvieron que huir de sus tierras para salvar sus vidas. El remedio que unos creyeron sería la solución a sus males no sólo no acabó con ellos, sino que resultó  peor que la enfermedad.
28 de octubre de 2010
27 de octubre de 2010
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despedida de un pornógrafo


La muerte de Bob Guccione, el editor de Penthouse. Fue uno de los empresarios con menos escrúpulos en el mercado de revistas para adultos: para Guccione, pocas cosas pertenecieron a la esfera de lo privado. Los tiempos dorados de su revista terminaron cuando el porno quedó al alcance de un doble click.
[Andy McSmith] Bob Guccione tenía ideas inusuales sobre lo que era privado y lo que no. Una pareja de recién casados en su noche de bodas es, en la visión de la mayoría de la gente, una cuestión privada. Pero para Guccione la privacidad quedaba afuera. Tonya Harding era una de las patinadoras sobre hielo más competitivas de su tiempo, al punto de que la historia de su vida fue llevada a una película dramática para la televisión. En 1990, a los 19 años, se casó con un ambiguo personaje llamado Jeff Gillooly. Su matrimonio terminó en 1993. Al año siguiente, una de las rivales de Harding fue brutalmente asaltada por un hombre que, según se supo después, había sido contratado por Gillooly. Entonces, varias fotos tomadas en aquella noche de casamiento aparecieron en la revista Penthouse, fundada por Guccione, el hombre que murió la semana pasada. Como la chica tenía más de 18 años cuando fueron tomadas, las fotografías no infringían ninguna ley estadounidense. Pero en cualquier caso eran una shockeante intrusión en la privacidad de una joven.
Sin vergüenza alguna, Guccione fue al show de Larry King en CNN, donde se mostró sorprendido de que alguien pensara que allí había un problema. Su argumento era que la Constitución de Estados Unidos le daba el derecho de publicar casi cualquier cosa que cayera en sus manos si involucraba a gente famosa, y que de todos modos la publicidad era buena para su carrera. "Nosotros publicamos los primeros desnudos de Madonna –señaló–. Le puedo asegurar que en ese momento ella no quería ver esos desnudos publicados. Habían sido realizados antes de que se convirtiera en una estrella. Pero de todos modos no había nada que pudiera hacer."
Cuando se le señaló que ni Harding ni su ex marido querían que sus fotos se hicieran públicas, Guccione pareció tener un problema en comprender por qué debería preocuparse por los sentimientos de una pareja cuyos nombres estaban embarrados por el escándalo. "Sorprendente, ¿verdad? Sorprendente. Es la maravilla del mundo en que vivimos –dijo–. Si la privacidad de Tonya Harding hubiera sido genuinamente invadida, y si ella hubiera querido hacer algo al respecto, podría haberlo hecho, tenía el derecho a un recurso legal. Ella hizo lo que quiso. Y el hecho es que, si tiene carácter de noticia, podés publicarlo."
Mirado bajo cierta luz, Guccione es el editor que tomó el famoso consejo del Duque de Wellington –"publíquelo y será maldito"– y lo usó de una manera que nadie antes lo había hecho. Cuando lanzó Penthouse en Gran Bretaña, en 1965, las sensibilidades del público británico estaban protegidas por una densa cortina de leyes de censura. Libros, películas y programas de televisión que contuvieran sexo o violencia estaban en riesgo de infringir la ley. Por ejemplo, quien quisiera montar una obra de teatro tenía que pedir permiso a Lord Chamberlain, bajo una ley que se remontaba a los tiempos de Shakespeare. La desnudez en escena estaba permitida, siempre y cuando la persona se quedara completamente quieta.
Pero los tiempos estaban empezando a cambiar. En el amanecer de una era más permisiva, la revista más audaz que podía conseguirse en el mercado masivo era Playboy, fundada en Estados Unidos en los ’50 por Hugh Hefner, en la que las fotografías eróticas aparecían entre notas "serias" que expresaban una filosofía generalmente liberal. Con eso habilitaban al lector masculino a autoengañarse con que estaban comprando una lectura seria que reflejaba su visión del mundo, más que una ayuda para la masturbación. Guccione tomó ventaja de unas leyes de censura que iban aflojando para ofrecer algo más cercano a la pornografía hardcore, incluyendo desnudos frontales totales que nunca antes se habían visto, salvo en oscuros locales de calles laterales del SoHo. Pero su golpe maestro fue darle a la revista un aspecto elegante, de gran mercado, que fuera aceptada en locales de las calles principales. Cuando Penthouse se expandió en el mercado estadounidense, Hefner se vio enfrentado a su primer rival serio. Guccione, por supuesto, aseguró que fue la superior calidad artística de las fotografías de Penthouse lo que le permitió superar a su rival. "Seguimos la filosofía del voyeurismo –dijo en 2004–. Ves a la mujer fotografiada como si ella no supiera que la están observando. Esa era la parte sexy, la parte que nadie de nuestra competencia entendió."
Las actitudes contrastantes de los dos propietarias quedaron expuestas en la experiencia de Vanessa Williams, la primera afroamericana que fue coronada Miss América. En cuanto ganó, en 1984, fotos picantes de ella empezaron a circular contra su voluntad. Le fueron ofrecidas a Hefner, pero éste las rechazó "porque podrían ser fuente de una considerable vergüenza para ella, y nosotros teníamos muy en mente que era la primera Miss América negra". Pocos días después, Guccione dijo que las fotos aparecerían en la edición de septiembre de 1984 de Penthouse. La tormenta de publicidad que sobrevino llevó a que Williams renunciara a su título: esa edición de la revista vendió seis millones de ejemplares, con un beneficio record de 14 millones de dólares.
La justificación de Guccione fue una variación de su argumento usual de que no existe la mala publicidad. "Nadie puede decir hoy quién es la actual Miss América, o nueve de cada diez personas no lo saben –dijo algunos años después–. Cuando Williams fue Miss América, y cuando salió en Penthouse –y eran fotos lésbicas, no fotos con las que estaría conforme– se hizo un nombre." A pesar de haber hecho millones como editor de Penthouse, Guccione descubrió que se podía perder dinero por juzgar mal el gusto del público. Intentó convertirse en cineasta a fines de los ’70, aparentemente pensando que podía tener éxito si tomaba un tema superficialmente serio, contrataba buenos actores y entregaba la película más violenta y obscena que podía encontrarse en los cines mainstream. El resultado fue un fracaso llamado Calígula, con Malcolm McDowell y un elenco que incluía a John Gielgud y Helen Mirren. La Junta de Censores de Sudáfrica, donde fue prohibida, señaló: "El film es conducido por largas y explícitas escenas de violación, masturbación, sexo oral y eyaculación (mostrando penetraciones), cunnilingus, fellatios, voyeurismo, necrofilia, homosexualidad, desnudez total, primeros planos de genitales masculinos y femeninos, una mujer orinando mientras otra la acaricia, además de asesinatos y torturas".
A pesar de esforzarse tanto por hacer su película lo más llamativa posible, Guccione perdió una fortuna. Su notoriedad además se le volvió en contra, con varios conflictos con el gobierno estadounidense y litigios civiles privados. Irónicamente, el relajamiento de la censura que él provocó contribuyó a su caída, cuando otras revistas encontraron su camino en el mercado que él había creado. La circulación de Penthouse cayó debajo del millón a fines de los ’90. Para 2003 estaba en 463 mil ejemplares, momento en el que la compañía de Guccione, General Media Inc., presentó la quiebra, fue adquirida por un inversor de Florida y hoy es propiedad de FrienFinder, una empresa dedicada a contenido sexual en la web. Durante los primeros seis meses de 2010, la circulación fue de apenas 178 mil ejemplares. Después de todo, ¿para qué gastar dinero en una revista llena de fotos pornográficas, cuando se las puede conseguir gratis en Internet?
27 de octubre de 2010
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murió bob guccione


Fundador de la revista Penthouse. El éxito de la revista le permitió construir un imperio comercial en torno a ella. Pero el imperio se derrumbó cuando sus inversiones fracasaron y el mundo de la pornografía se volcó en el video e internet.
Murió el miércoles en un hospital de Plano, Texas, Bob Guccione, el fundador de la revista Penthouse que creó un imperio comercial en torno a esta, sólo para verlo derrumbarse cuando sus inversiones rebotaron y el mundo de la pornografía se volcó en el video e internet. Tenía 79 años.
Su esposa, April Dawn Warren Guccione, dijo que Guccione sufría de cáncer al pulmón desde hacía varios años.
Penthouse alcanzó el pináculo de su popularidad en septiembre de 1984, cuando publicó fotografías de la primera Miss America negra, Vanessa Williams, desnuda. Williams, ahora cantante y actriz, fue obligada a devolver su corona después de la publicación de la revista, que vendió casi seis millones de ejemplares y se dice que ganó catorce millones de dólares.
Artista frustrado que había estudiado en un seminario católico, Guccione empezó con Penthouse en 1965 en Inglaterra para financiar su propia carrera artística y fue el primer fotógrafo de la revista. Introdujo la revista al público estadounidense en 1969, en el punto más álgido del movimiento feminista y de la revolución sexual.
Penthouse se convirtió rápidamente en una amenaza para Playboy, de Hugh Hefner, ofreciendo una combinación de periodismo sensacionalista con provocadoras fotos de mujeres desnudas, apodadas las Mascotas de Penthouse [Penthouse Pets].
En 1982 Guccione fue incluido en el Forbes 400, el ranking de la gente más rica con fortunas cercanas a los 400 millones de dólares. Levantó un imperio comercial bajo el alero de General Media Inc., que incluía divisiones editoriales y de mercadeo, y Viva, una revista que mostraba desnudos masculinos dirigida a un público femenino. También creó Penthouse Forum, la revista de tamaño de bolsillo que explotaba el éxito de las cartas picantes al director.
Guccione y su socia de toda la vida, Kathy Keeton, que más tarde se convertiría en su tercera esposa, también publicaban materiales más tradicionales, como la revista Omni, que se centraba en ciencia y ciencia ficción, y Longevity, una revista de salud. Keeton murió de cáncer en 1997.
Guccione perdió gran parte de su fortuna personal debido a malas inversiones y aventuras arriesgadas.
Probablemente su fracaso comercial más conocido fue su inversión de 17.5 millones de dólares en la producción de la película pornográfica ‘Calígula’, de 1979. Los distribuidores rechazaron la película, debido a sus gráficas escenas de lesbianismo e incesto. Sin embargo, finalmente se convirtió en el más popular DVD de General Media.
Guccione también perdió millones en un proyecto de casino en Atlantic City, Nueva Jersey. Los honorarios de los abogados ayudaron a erosionar su fortuna, y en 1985 Guccione tuvo que pagar 45 millones de dólares en impuestos pendientes.
Al año siguiente, la Comisión sobre Pornografía del fiscal general, Edwin Meese, emitió un informe en el que ataca a la industria de la entretención para adultos. Guccione dijo que el informe era "vergonzoso" y dudaba que tuviera algún efecto, pero los quioscos de revistas y los supermercados respondieron retirando Penthouse de sus estanterías.
El tiraje disminuyó después del informe de la comisión Meese y años después sufrió otro duro golpe con la proliferación de videos y páginas web pornográficas.
En 2003, General Media Inc. se declaró en quiebra. Penthouse y las propiedades relacionadas son ahora propiedad de FriendFinder Networks Inc., una firma de Boca Ratón, Florida, que ofrece redes sociales y entretención para adultos online.

Guccione nació el 17 de diciembre de 1930 en Brooklyn, Nueva York, y creció en Nueva Jersey. Pasó varios meses en un seminario católico, y se retiró para dedicarse a su ilusión de convertirse en artista.
April Guccione contó que su marido estaba trabajando como caricaturista y administrador de una lavandería de autoservicio en Londres cuando se le ocurrió la idea de empezar una revista más explícita y dirigida a "tipos normales" que Playboy, que cultivaba una imagen más elegante.
Empleados de Guccione, entre los cuales se encontraban miembros de su familia, describieron al editor a menudo como mercurial.
Su estilo de dirección provocó incluso conflictos con su propio hijo, Bob Guccione Jr. En 1985, el editor ayudó a su hijo a iniciar la revista de música Spin, con Bob Jr. como director y editor. Después de apenas dos años los dos chocaron sobre la dirección de la revista y el viejo Guccione decidió cerrarla, obligando a su hijo a buscar financiamiento fuera de su familia.
Casado cuatro veces, Guccione tuvo una hija, Tonina, de su primer matrimonio, y tres hijos -Bob Jr., Tony y Nick- y una hija -Nina- de su segundo matrimonio.
27 de octubre de 2010
21 de octubre de 2010
©los angeles times
cc traducción mQh
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soros, a favor de la marihuana


El magnate opina que la penalización provoca más daños que beneficios. Tras aportar un millón de dólares a los promotores de la legalización en el plebiscito que el martes se celebra en California, Soros opinó que "la única forma de reducir el delito, la violencia y la corrupción narco es legalizar la marihuana".
California, Estados Unidos. A una semana de que en el estado de California se plebiscite por primera vez la legalización de la producción y venta de marihuana para mayores de 21 años, el multimillonario inversor George Soros hizo su aporte al debate, como cuando se trata de eventos relacionados con la reducción de daños para usuarios de drogas. Donó un millón de dólares a quienes promocionan la aprobación del plebiscito y expresó que está a favor de la legalización y fiscalización impositiva del cannabis en todo Estados Unidos, porque "permitiría ahorrar miles de millones en costos de aplicación de la ley y encarcelamientos". Soros también aseguró, y está históricamente probado, que la prohibición de la marihuana en su país adoptivo se basó en prejuicios racistas, contra los afroestadounidenses y mexicanos, principalmente.
Los argumentos del multimillonario fueron publicados ayer en un artículo de opinión en The Wall Stret Journal. Las leyes contra la marihuana, señaló, "hoy hacen más daño que lo que aportan de bueno, ya que no han logrado prevenir que sea la sustancia ilegal más consumida en Estados Unidos y en otros países". La situación carcelaria, agregó, ya refleja el fracaso del prohibicionismo: las fuerzas de seguridad detienen cada año a unas 750 mil personas por tener pequeñas cantidades de marihuana. "Esos arrestos suponen el 40 por ciento de todos los relacionados con (la persecución del) narcotráfico", detalló Soros.
Por otra parte, el financiero estadounidense explicó que la represión de la tenencia de marihuana para consumo personal posibilita "desigualdades raciales" y, en ocasiones, violaciones de las libertades civiles. "Los afroamericanos no usan la marihuana más que otros estadounidenses, pero son detenidos tres, cinco o incluso diez veces más, según la ciudad, que los demás por su posesión", argumentó Soros.
Para muchos jóvenes verse atrapados por el sistema de justicia criminal "es más dañino que la misma marihuana", escribió el empresario, al referirse al registro de antecedentes criminales en el que quedan inscriptos por llevar a cabo lo que no implica un daño a terceros sino una elección personal e íntima. Los mayores beneficiarios de la situación actual, aseguró Soros, "son las organizaciones criminales de México y otros lugares que ganan miles de millones de dólares con ese comercio ilegal y que perderían rápidamente esa ventaja si la marihuana fuera considerada un producto legal".
Desde el 2006 hasta ahora, la guerra contra el narcotráfico en México, según las estadísticas del gobierno de Calderón, ya provocó 30 mil muertos en ese país (en 2009, hubo 9635), principal proveedor de drogas sintéticas y de diseño en Estados Unidos, ya que la marihuana sigue exportándose, pero hubo un crecimiento record de los cultivos indoors, o bajo techo, en Norteamérica. Para Soros, la única forma de reducir "los delitos, la violencia y la corrupción que genera el narcotráfico" es legalizando la marihuana, como en su momento se hizo con el alcohol.
Soros también explicó que la prohibición del cáñamo y sus derivados, que en Estados Unidos se produjo entre 1915 y 1933, según los estados, "no se basó en la ciencia o en la salud pública, sino en los prejuicios y la discriminación en contra de los inmigrantes de México, que la fumaban". El empresario propuso, además, como política pública "invertir en una educación más efectiva" entre los jóvenes para prevenir el abuso de las sustancias, ya que "las detenciones y encarcelamientos son inefectivos".
Los argumentos que presentó el magnate para legalizar el cannabis son similares a los que llevaron, según él, "a la Comisión Latinoamericana sobre la Democracia y las Drogas, integrada por los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso, de Brasil; César Gaviria, de Colombia, y Ernesto Zedillo, de México, a incluir la despenalización de la marihuana entre sus recomendaciones de política antidrogas". Ayer, Soros contribuyó con un millón de dólares a la campaña para la legalización de la marihuana en California, a votarse el próximo 2 de noviembre.
Según una encuesta del diario Los Angeles Times y la Universidad del Sur de California, publicada la semana pasada, la Proposición 19 (así se llama el proyecto de legalización) es rechazada por una diferencia mínima: el 51 por ciento de los votantes está en contra. El resultado del plebiscito es vinculante. "No resolverá todos los problemas relacionados con las drogas –comentó Soros sobre la legalización de la marihuana–, pero sí sería un gran paso adelante en el tema."
27 de octubre de 2010
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