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tropas dañan babilonia


Tropas norteamericanas han dañado Babilonia, según el Museo Británico.
Londres, Reino Unido. Tropas norteamericanas que utilizan como base la antigua ciudad iraquí de Babilonia han causado daños y contaminado artefactos que datan de miles de años en uno de los más importantes sitios arqueológicos del mundo, declaró el sábado el Museo Británico.
Por ejemplo, vehículos militares aplastaron un camino de adoquines de 2.600 años de antigüedad, y los fragmentos arqueológicos, incluyendo adoquines quebrados con el sello del Rey Nabucodonosor II, quedaron desparramados por el sitio, dice un informe del museo. Los dragones de la Puerta de Ishtar fueron desfigurados por fisuras y hendiduras cuando alguien trató de despojarlos de sus ladrillos decorativos, dice el informe.
John Curtis, curador del departamento del Lejano Oriente del Museo Británico, que fue invitado por los iraquíes a estudiar el sitio, dijo en el informe: "Es lo mismo que establecer un campamento militar en los alrededores de la Gran Pirámide de Egipto, o en torno a Stonehenge en Gran Bretaña".
Reconoció que al principio la presencia norteamericana protegió el sitio de los saqueadores. Pero obras posteriores -incluyendo el cubrimiento de extensas áreas con grava para instalar estacionamientos y pistas de aterrizaje de helicópteros- fueron perjudiciales, dijo.
En una entrevista el sábado con Television News de la Associated Pres, el ministro iraquí de Cultura, Mufid al-Jazairi, dijo: "Pensaba que la ciudad arqueológica de Babilonia había sufrido daños, pero no sé exactamente qué tanto es el daño".
Las ruinas de Babilonia han sido ocupadas desde los primeros días de la invasión por los marines norteamericanos y, más recientemente, por soldados polacos y de otros países. Babilonia se encuentra a 80 kilómetros al sur de Bagdad.
Un portavoz militar polaco en Iraq, el teniente coronel Artur Domansky, dijo que las tropas estaban colaborando con las autoridades iraquíes en sus esfuerzos por proteger el sitio. "He pedido a nuestros arqueólogos que preparen una respuesta específica a las acusaciones, pero tengo que darle tiempo", dijo.
Los principales sitios de la ciudad -la Puerta de Ishtar, las ruinas de Babilonia y el Palacio de Nabucodonosor- se encuentran en un área apartada del perímetro del campamento, y son administrados por funcionarios iraquíes como un parque arqueológico pagado.
Militares norteamericanos dicen que todas las obras en el terreno han sido paralizadas y que están considerando reubicar a las tropas para proteger las ruinas.
El teniente coronel Steven Boylan, un portavoz militar norteamericano, dijo que todas las obras de ingeniería eran discutidas con el director del museo de Babilonia. "Un arqueólogo estudió todos los proyectos de construcción para medir su impacto sobre las ruinas históricas", dijo.

16 de enero de 2005
©new york times
©traducción mQh

diez años de cárcel por torturas


El soldado estadounidense Charles Graner fue sentenciado este sábado por un tribunal militar a 10 años de cárcel y baja deshonrosa del ejército estadounidense por golpear y torturar prisioneros en la cárcel iraquí de Abu Ghraib.
Fort Hood, Estados Unidos. El jurado integrado por 10 miembros entregó la sentencia un día después de declararlo culpable en el caso de torturas que escandalizó al mundo y empañó la reputación de las tropas estadounidenses en Iraq.
El soldado de 36 años era considerado el cabecilla de los abusos que incluyeron golpizas a prisioneros, apilarlos desnudos y forzarlos a masturbarse en público.
Horas antes de la sentencia de la corte marcial realizada en la base Fort Hood del Ejército estadounidense en Tejas (sur), el soldado había expresado remordimiento por primera vez.
"Hice lo que hice. Mucho de ello estaba mal, mucho de ello era criminal", dijo Graner.
"No lo disfruté", agregó el militar, en su primera y única declaración ante los miembros del jurado.
Graner argumentó que obedecía órdenes para "ablandar" a los prisioneros para los interrogatorios, pero la fiscalía lo retrató como un "depravado" que castigaba y humillaba a los detenidos sin motivo.
El policía militar explicó que inicialmente se negó a tratar a los prisioneros de forma "irregular" pero luego cedió a las órdenes de los servicios de inteligencia militar.
"No estábamos tratando a los prisioneros como se suponía que debíamos hacerlo, así que me quejé", afirmó.
Agregó que sus superiores, entre ellos algunos oficiales, le dijeron que debía "seguir las órdenes" del personal de inteligencia militar.
En ese momento pensó que sus acciones eran legales -continuó- pero luego se dio cuenta de que no era así. De todos modos, "probablemente conozco la Convención de Ginebra (contra la tortura) mejor que nadie en mi compañía", presumió.
Graner contó que cada prisionero tenía un "controlador", a menudo el soldado de inteligencia militar encargado de interrogarlo.
"La mayoría de las cosas improvisadas eran hechas por los interrogadores civiles, pero también parte de la locura provenía de muchos de los soldados, que eran los controladores militares", agregó.
A la pregunta de por qué aparecía sonriente en algunas de las fotos de detenidos desnudos tomadas por los soldados en la prisión, el policía militar respondió: "estoy sonriendo ahora; es una sonrisa nerviosa".
Graner tomó muchas de las fotos y aparece en otras, sonriendo mientras mira a prisioneros desnudos y atados, o colocando su pie en posición de patear a prisioneros con las cabezas cubiertas y tirados en el piso.
El abogado de Graner, Guy Womack, insistió en que su cliente es un chivo expiatorio y afirmó que los oficiales que le dieron las órdenes son quienes deberían ser juzgados.
Ningún oficial militar fue acusado en el caso, y la defensa no logró llevar hasta ahora a ninguno al estrado como testigo.
Graner fue el quinto soldado estadounidense sentenciado por las torturas en la prisión iraquí de Abu Ghraib, y otros tres esperan a ser juzgados.
El viernes, luego que los diez miembros del jurado dieran su veredicto, los familiares de Graner presentaron un dramático pedido de clemencia y la madre del soldado dijo que su hijo "no es el monstruo que pretenden que sea".

16 de enero de 2005
©univisión

victoria de las elecciones en café


[Anthony Shadid] En la intersección del nuevo y del viejo Iraq, lo que importa es la votación misma.
Bagdad, Iraq. En Shahbandar, un célebre café de Bagdad cuyo nombre evoca un tiempo (el pasado) y un ambiente (el intelectual), tres hombres se sentaron a fumar cigarrillos y a matar el tiempo bebiendo un azucarado té el jueves y debatieron sobre lo que significan las elecciones venideras para un país golpeado por tres décadas de tiranía, guerra y amargas desilusiones.
"Ir a votar es una victoria para el pueblo iraquí", dijo Ali Danif, 45, escritor.
"Las elecciones son más importantes que los candidatos", insistió Jamal Karim, su locuaz amigo.
Para no quedarse atrás, un sonriente Suheil Yassin intervino diciendo: "Mi deseo es morir en la puerta de uno de los locales de votación", una expresión que era deliberadamente dramática. "Quiero ser el mártir de las urnas".
Las primeras elecciones competitivas de Iraq en décadas son un asunto torpemente contenido. La violencia acecha ominosamente el proceso, que terminará con la elección de un nuevo parlamento el 30 de enero. Los nombres de los candidatos no han sido publicados, por temor a que sean asesinados. Las manifestaciones son pocas, los carteles son a menudo despegados y casi nadie conoce algún programa electoral, mucho menos sus candidatos.
Pero en Shahbandar, un café de más un siglo que ha sido durante largo tiempo el corazón intelectual de esta fatigada ciudad, donde hombres con desgastadas chaquetas de traje y jerseyes se reúnen a debatir en pequeños círculos, hay un marcado optimismo sobre lo que significan las elecciones para la gente que anhela un cambio decisivo después de casi dos años de ocupación. Para muchos de los hombres reunidos aquí, sentados debajo de retratos de la historia de Bagdad, las elecciones son más importantes que los candidatos.
"Sin elecciones, habrá tiranía", dijo Kadhim Hassan, 37, escritor.
La luz al fin de la mañana bañaba el atiborrado café con un suave brillo y Hassan estaba sentado en una angosta banca de madera. Calificó la votación de "momento histórico", luego su cara adquirió una expresión adusta. "La guerra y los desastres", dijo, sacudiendo la cabeza -para eso son buenos los iraquíes.
"Ahora la mayoría de la gente cree que están viviendo en la oscuridad", dijo Hassan. "Es hora de salir a la luz".
Shahbandar, con su tejado abovedado y sus paredes de ladrillos, es un artefacto de lo que alguien podría llamar una época más civilizada de Bagdad, antes de que las conversaciones giraran sobre los secuestros que se han transformado en una epidemia, antes de las frustraciones con la electricidad que aún no mejora, antes de las quejas sobre las colas en las gasolineras que se extienden por kilómetros y duran ya más de un mes.
Viejas pipas de agua están ordenadas en hileras, junto con samovares y jarras de bronce acumulando polvo. Afuera está la conejera de librerías a lo largo de la calle de Mutanabi, llamada según un sabio del siglo 10, cuyas palabras todavía son recitadas de memoria por casi todos los árabes. En la esquina está la Qushla, la sede en Bagdad del gobierno otomano, que cayó en la Primera Guerra Mundial. Fue en esa época que el café fue renovado y llamado oficialmente con el nombre de sus antiguos dueños, quienes comenzaron a atraer a los hombres de letras de la ciudad.
Shahbandar no tiene mesas de backgammon, naipes ni dominós, el equipaje de la mayoría de los cafés árabes. En su lugar hay conversaciones -un buen montón-, especialmente al mediodía, cuando el espacio en los sofás es limitado y las colillas de cigarrillos se apilan en el suelo.
"No me convencen las elecciones", declara Abdel-Rahman Abbas, 60, ex empleado municipal con un cuidado mostacho y una chaqueta deportiva azul. "Los americanos pueden hacer lo que quieran, y ya tomaron una decisión".
Abbas estaba preocupado. Compartía el cinismo de muchos sobre los más importantes partidos políticos iraquíes, la mayoría de los cuales operaban en el exilio durante el régimen de Saddam Hussein. Dijo que pensaba que las elecciones sólo intensificarían las divisiones sectarias que, a pesar de las provocaciones, todavía no habían estallado. Y expresó una nostalgia evocada a menudo: En su mente, la monarquía que cayó en 1958 sería un gobierno tan bueno como cualquiera.
"No es más que un juego", dijo.
Pero Abbas es una voz solitaria. No es que los otros pensaran que las elecciones serán pacíficas; pocos son los que no predicen la violencia. Pero muchos de los escritores, críticos literarios e intelectuales parecían estar diciendo que el precio valía la pena de pagar.
Para los más entusiastas en Shahbandar, el ambiente recordaba otros momentos críticos en Bagdad desde la invasión norteamericana de marzo de 2003: El optimismo aumentaba en cada momento decisivo, anunciado como un nuevo comienzo, incluso si resultaba ser de corta duración.
"Si hubieran hecho las elecciones primero, no tendríamos la situación que tenemos ahora", dijo Heidar Mohammed, 37, vendedor de libros. "Si hubiera habido elecciones, la gente habría aceptado al gobierno desde el principio".
Un barbudo con una abultada mochila distribuyó octavillas entre los parroquianos. Una decía: "Hacia un Iraq democrático, unido y justo". Detrás de él había un vendedor de diarios pregonando sus mercaderías: "¡Lea el diario! ¡150 dinares!" Uno de los titulares anunciaba los daños causados el miércoles por la explosión de tres coches-bomba en Mosul, la tercera ciudad del país.
"Un país no progresa sin hacer sacrificios", dijo Mohammed.
Mencionó la guerra de Irán-Iraq y la batalla de 1988 para recuperar la península de Faw en el Golfo Pérsico. Murieron miles, dijo, "en nombre de la locura de Saddam. Si perdemos 100 o 200 personas como mártires de las elecciones, el sacrificio valdrá la pena".
"Es el precio que tenemos que pagar", agregó Mohammed Thamer, poeta. "No tenemos alternativa, no hay solución".
Junto a la puerta del café, chocan el pasado y el futuro de Iraq. En las paredes adentro hay fotografías de la historia de Iraq: el equipo de lucha con los torsos desnudos de 1936, la corte del Rey Faisal después de la Primera Guerra Mundial, el funeral del Rey Ghazi en 1939. Afuera, los carteles de la campaña electoral con promesas como: "Elecciones son seguridad y estabilidad". "Iraq primero", dice otro.
Danif, Karim y Yassin, amigos que se reúnen todos los jueves en el café, sonrieron cuando hablaron sobre la votación. Como otros, saben poco de los candidatos, los partidos o sus programas. Pero celebran lo que significan las elecciones.
"En política no confío en nadie", dijo Karim, 48. "Sólo confío en el pueblo iraquí".
Yassin sorbió de su té, luego habló
"Con las elecciones", dijo, "se pasarán las páginas del régimen totalitario y nunca volverán a ser abiertas".
La embajada norteamericana ha hecho esfuerzos por limitar su participación pública en las elecciones, y los militares norteamericanos, que desplegarán sus 150.000 tropas durante las elecciones, se mantendrán alejados de los colegios electorales. Dado el nivel de descontento y escepticismo sobre Estados Unidos en Iraq, puede ser la mejor manera de asegurar la legitimidad de las elecciones.
"A veces cuando los norteamericanos dicen ‘Buenos días', nos ponemos desconfiados", dijo Yassin, crítico literario.
Pero no había nada de la furiosa indignación sobre la ocupación mostrada a menudo en lugares como Ciudad Sáder, leal al clérigo militante chií, o en barrios predominantemente sunníes, como Adhamiyah. En lugar de eso, los tres hombres dijeron que esperarían.
"Terminará, tarde o temprano", dijo Yassin. "Lo dice la historia".
En las paredes hay fotografías de una ocupación anterior: la entrada en Bagdad en 1917 del general de división británico Stanley Maude a la cabeza del ejército que había derrotado a los otomanos, el pontón que construyó en el Tigris, un puesto militar británico de 1923. Maude murió en la guerra; Iraq no alcanzó la independencia sino en 1932.
"Los norteamericanos se marcharán", dijo Karim. "Se marcharán como otros que ocuparon Iraq, tarde o temprano".
Entretanto, los tres hombres dijeron que tenían esperanzas.
"Tengo optimismo, mil por ciento", exclamó Danif.
Karim asintió. "Yo soy dos veces más optimista", dijo.
Yassin sonrió. "Soy optimista, pero sé que habría obstáculos y dificultades". Asintió con los otros y dijo: "Es sólo el principio".

16 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh

áfrica y sus niños 2


[John Donnelly] Bidemi perdió a su madre y huyó de su padre. Hoy dirige una pandilla de niñas, huérfanas y escapadas, sableándose la vida en una villa miseria de Nigeria.

Playa de Kuramo, Nigeria. No era más que una casucha de cartón y bambú.
Pero para Bidemi Ademibo, 12, era todo. Durante más de dos meses, la casucha había sido un hogar para ella y otras ocho niñas. Algunas de ellas, como Bidemi, se habían escapado de casa. Otras eran huérfanas. Otras habían escapado de la esclavitud. Todas vivían por su cuenta.
Una mañana hace un año en esta villa miseria en la playa en los lindes sureños de Lagos, las nueve niñas miraban apáticas los restos de la casucha, palos carbonizados y los humeantes montones de cenizas. La noche anterior, una pandilla de hombres jóvenes habían echado gasolina sobre la casucha y encendido fuego. Las niñas despertaron con el calor y el humo, y se hicieron camino hacia la puerta, trepando unas sobre otras. Gritaron de miedo, sólo para ser silenciadas por los golpes de los hombres que esperaban fuera. Más tarde, las niñas se enteraron de que la pandilla estaba peleando con el dueño de la casucha por el control de la playa de Kuramo, y ellas eran simplemente un estorbo.
"Así piensa la gente aquí", dijo Bidemi, cuando sacaba espuma de un cojín quemado. "Todos sólo piensan en sí mismos, y en nadie más".
Bajo un cielo de un azul profundo, con el oleaje rugiendo en sus oídos, Bidemi y sus amigas entierran los dedos de los pies en la arena tibia. No saben dónde ir.
El motivo de la pelea no les interesa. Su casa ya no existe, y ellas están a la deriva. Otra vez.
Niñas como Bidemi son una vista inevitable en África, desde Senegal a Somalia, desde Egipto a Sudáfrica.
Una pobreza cada vez más aguda está llevando a muchas familias a echar a sus hijos a la calle a ganarse unos centavos por día. Las guerras y las enfermedades -el sida, en particular- han casi duplicado el número de huérfanos en el continente, de 3.5 millones en 1990 a casi 6 millones en 2001, y más millones hoy. Mientras que en el pasado estos huérfanos, abandonados y escapados habrían sido recogidos por familias extendidas, tribus y aldeas, la enorme cantidad de ellos ha barrido con esta tradición compasiva.
Y deben sobrevivir por sí mismos.
El año pasado, un reportero y un fotógrafo de Globe viajaron entre estos niños sobrevivientes y apuntaron sus historias: Niñas que no piensan dos veces en los peligros de vender sus cuerpos para pagarse una comida, y niñas que lo arriesgan todo por negarse a hacerlo. Un amable niño que confesó haber matado a otros niños para salvar su propia vida, y ahora se pregunta si acaso Dios le perdonará. Y una niña que perdió a sus dos padres, sólo para transformarse en la madre de sus hermanos menores y tener a cargo a su abuela -una matriarca, a los doce años.
Algunos de estos niños ruegan que algún adulto les ayude. Otros se aferran a su libertad.
Una niña menuda con sólo un ojo bueno, su izquierdo, está siempre al quite, mirando a su alrededor, atenta a la próxima oportunidad, y al próximo peligro.
Con el pelo corto, la pinta favorita de Bidemi es la camiseta sin mangas y pantalones bombachos o faldas sueltas; y a diferencia de muchas de sus amiguitas, rara vez se coloca pendientes. Muestra los primeros signos de que se está transformando en una mujer, y parece sentirse cómoda en la brecha entre la niñez y la adultez. Es tan popular con niñas de 10 como con jóvenes de 18.
Tiene algo especial, algo joven y frágil, y extrañamente indestructible. Su madurez, confianza en sí misma y conocimiento de la calle le ha ganado un séquito de seguidoras. Capta a la gente con sólo mirarla.
Pero aunque no le guste admitirlo, Bidemi es vulnerable. Se le nota a veces, cuando pone mala cara, o cuando alguien se burla de ella y la llama "tuerta", y ella se echa a llorar.
La playa de Kuramo, su mundo, es un estrecho tramo de arena, de sólo 120 metros de largo, atiborrada de gente que busca cualquier ventaja, por pequeña que sea. Aquí, Bidemi, con su magnética sonrisa, llama la atención. Las otras niñas, especialmente las de su edad, la ven como su confidente, su prestamista. La han visto librarse de casi todo. Y cuando fracasa, tiene el inexplicable don de escabullirse de las garras de los adultos que la han sorprendido en una mentira, o en algo peor.
Esta villa miseria es menos una comunidad que una colección de gente que tuvo problemas en otra parte y anda a la búsqueda de una nueva oportunidad en Lagos, una ciudad turbia y caótica de millones de habitantes que es el motor económico de Nigeria. La villa miseria de la playa en la de otro modo exclusiva Isla Victoria, a ocho kilómetros del centro de la ciudad, son realmente cinco aldeas conectadas con una población total de unas 15.000 personas. Ha sido un asentamiento ilegal por más de una generación, pero las autoridades no lo han demolido, en parte por temor a provocar disturbios.
No hay agua potable; los vendedores ambulantes la acarrean desde tierra firme y la venden a altos precios. No hay instalaciones sanitarias; una bahía que separa la faja de playa de la Isla Victoria es el retrete del pueblo. Y tampoco hay electricidad, aunque algunos se han colgado ilegalmente al tendido de la ciudad, conectando cables hacia sus casas.
Algunos en Kuramo sobreviven vendiendo pescado, que pescan en un canal contaminado en las cercanías o en el mar. Otros tienen pequeños negocios en sus casuchas. Pero la mayoría de las mujeres aquí venden su cuerpo para sobrevivir.
La buena vida está exasperantemente cerca, tan cerca que la pueden ver y oír -pero sin vivir en ella. Al otro lado de la bahía se ubican los hoteles más caros de África, donde una habitación corriente cuesta 320 dólares la noche, más que el salario anual de casi todos los que viven en Kuramo.

Un Niña Escapa de su Casa
Bidemi, ahora de 13, nació en un hospital justo al lado de la playa el 17 de enero de 1991. Su padre dijo que pesaba unos saludables 3 kilos y medio.
Su madre los abandonó cuando Bidemi tenía apenas 4 años; nunca le dijeron por qué ni adónde se había marchado, sólo que estaba en algún lugar de Lagos. Su padre, Ademibo Ogunyamoju, 46, no habla de su esposa, excepto para decir que es el demonio.
Ogunyamoju se volvió a casar poco después, y su segunda esposa y sus tres hijos viven en una desvencijada casucha sobre pilotes en la playa de Kuramo. Es una de las edificaciones más grandes de la aldea. Cuando Bidemi cumplió seis años, su padre la ponía a trabajar cuando no estaba en la escuela. Se dio cuenta de que era rápida con las matemáticas y la preparó para manejar sus múltiples negocios. Manejaba expertamente las cuentas de la venta de pescado, agua y licores, y de la recarga de baterías para motores. Durante sus ausencias, no era raro que ella manejara sumas de más de 50 dólares.
"Hice lo que pude por criarla", dijo su padre una tarde cuando reparaba una red de pesca. "Manejaba todo mi dinero, desde que era chica. Nunca sufrió conmigo. Le di un cuarto, la alimentaba, la envié a la escuela".
El padre, dijeron varios habitantes de la aldea, a menudo la castigaba duramente, a Bidemi y a su hermano mayor, Sunday, ahora de 21. La gente aquí tiene una alta resistencia a la violencia; no es raro en la aldea de la playa que las peleas terminen en los senderos de arena. Pero las golpizas de Ogunyamouju, cuando eran observadas por los vecinos, eran especialmente crueles.
"Tiene muy mal carácter", dijo Ade Alongo, 50, uno de los líderes del barrio. "Les pegaba con cualquier cosa que encontraba a la mano".
A veces, dijo Bidemi, su padre la golpeaba por las faltas más insignificantes. En otras ocasiones, admite, le robó dinero para comprar ropa o comida. Durante una paliza en 2001, dijo, la hebilla de su cinturón le dió en su ojo derecho, causándole una grotesca inflamación. Cuando finalmente logró abrirlo, ya no podía ver con él, dijo.
"Yo tenía diez años y mi padre y mi madrasta estaban buscando algo que era de uno de sus hijos y no lo podían encontrar", dijo, hablando en yoruba, la lengua dominante en esta parte de Nigeria. "Me acusaron de haberlo robado, y mi padre empezó a pegarme con el cinturón. Después de unos días mi ojo se había hinchado mucho, y me llevaron a un hospital. Querían operarme, pero mi padre se opuso".
En septiembre de 2003, después de terminar el quinto en la escuela primaria cerca de la playa, Bidemi se escapó de casa después de haber gastado unas 1.000 naira, el equivalente des 7 dólares con 25 centavos, del dinero de su padre, para comprarse dos blusas. Tenía miedo de que la golpeara.
Pero no llegó demasiado lejos. Terminó apenas a 150 metros de la casa de su padre, viviendo en un escondite con una pandilla de niñas. El padre dijo que durante las primeras semanas salió a buscarla todos los días, pero luego lo abandonó.
Niega haber golpeado a sus hijos y dijo que Bidemi había perdido la vista cuando fue atropellada por una motocicleta.
"¡Es una mentirosa!", gritó. "Nunca la he golpeado, nunca la he amenazado de ninguna manera".
Ogunyamoju se puso de mal humor. "Creo que la libertad que le di es lo que hizo que se descarriara. Se puso mala. Si la dejara vivir conmigo, me mataría. Fue mala desde el día mismo que nació. La traidora ataca a su propio padre".
No deja que ella se acerque a su casa, aunque dijo que le pagaría la matrícula escolar, que cuesta el equivalente de 120 dólares al año. Bidemi tampoco se acercaría a casa, ni aunque pudiera; le gusta demasiado su nueva independencia.
"A su edad, una niña que no pasa hambre, que no le falta nada, ¿qué hace para ganarse la vida? ¿A su edad? Pregúntele".
Se volvió hacia su red.

Con una Banda de Escapadas
En Kuramo, la pandilla de Bidemi cambia constantemente.
Seis meses después de que la casucha desapareciera entre las llamas, una niña volvió con su familia y otras tres se marcharon sin decir dónde. Pero varias otras niñas nuevas se han acercado.
Todavía andan juntas por la playa, a menudo haciendo el recorrido de varios restaurantes marítimos al aire libre con nombres como ‘De Genius' y ‘Black Ebony Spot'. Pero Bidemi extraña a sus viejas amigas.
"Éramos tan felices cuando jugábamos juntas", dijo. "La gente no nos molestaba. Nadie nos pegaba".
Bidemo y Sarah Olatunde, 12, estaban ahora durmiendo en lo que parece una videoteca. Tiene un piso de arena, un televisor en mal estado, y 60 videos, muchos de ellos hechos de películas de ‘Nollywood', hechas en Nigeria. El dueño, Lati Ganiu, 25, uno de los matones de Kuramo, permite que varias de las niñas vagabundas alojen en su tienda por la noche. A veces duermen ahí más de una docena de niñas.
Ganiu, cuya esposa y dos hijos viven en otro lugar de Lagos, tenía una novia de 18 años de la playa llamada Amuda Idris. La ronca joven dijo que había escapado hace ocho meses de una familia que la había comprado a su padre y luego obligado a vender cosas en la calle. Idris dijo que soñaba con que Ganiu se casara algún día con ella. Por sugerencia de Ganiu, había tomado a Bidemi bajo su custodia.
Ganiu dijo que Bidemi lo impresionó desde el principio. "Es muy, muy obediente y trabajadora", y podía hacer cálculos matemáticos sin usar los dedos, dijo. "Es muy inteligente, de verdad".
Dijo también que era humilde, sin las bravatas de muchas niñas de la playa.
Bidemi se quedaba a menudo en la choza de Ganiu porque se preocupaba de que la tienda no estaba segura. En varias ocasiones habían entrado chicos en la noche, dijo, y habían tratado de quitarle la ropa.
A veces Ganiu le da de comer, pero Bidemi dijo que la mayoría de las veces mendiga dinero a los extranjeros y nigerianos ricos en un centro comercial en las cercanías y en torno a los restaurantes en la playa. A diferencia de otras muchas niñas, dijo, no hace ‘contactos', o sexo, a cambio de dinero. "Nunca", dijo.
Dijo que todavía quiere ir a la escuela, y quedarse ahí varios años. "Quiero ser médico", dijo.
Durante un tiempo, la pandilla de Bidemi, cuyos miembros tienen entre 11 y 16 años, asistieron a una escuela en la playa gestionado por una iglesia local. Pero la iglesia había cerrado la escuela, y nadie sabía cuándo volverían a abrir.
Sin escuela, las niñas quedaron a la deriva. No había trabajo para ellas, en o fuera de la playa. Así que gorroneaban pequeñas sumas de dinero, la mayor parte de las veces a hombres o niños que conocían, y en raras ocasiones a parientes que vivían en las cercanías. Todo el dinero que obtenían lo gastaban de inmediato en galletas o en refrescos en alguna de las numerosas tiendas de Kuramo. Comida para una significaba comida para todas. Entre las niñas una norma ética no formulada es que el alimento se comparte.
Cuando satisfacían su hambre, y cuando no, el océano les hacía volver a ser niñas.
Tarde una noche, Bidemi e Idris llevaron a un grupo de 14 niñas y niños cerca de rompen las olas. La playa estaba llena de basura y magníficas cáscaras de naranja. Jugaron a la rayuela, bailaron, cantaron, y a una señal de Bidemi, corrieron a toda velocidad hacia el mar. Al principio se volvían cuando el agua les llegaba a las rodillas, pero una de ellas se agachó y una enorme ola le rompió encima. Chillaron de risa y pronto estaban todos en el oleaje, con el cuerpo batido por el agua espumosa.
"Es delicioso", dijo Bidemi al salir, una hora más tarde, empapada.
Pero, en el corto tiempo que toma a las niñas secarse, el ánimo puede pasar de la alegría al peligro en los calientes y arenosos pasillos de Kuramo, a 30 metros de ahí. Las mujeres, dijeron las niñas, a menudo las acosan y amenazan con pegarles a menos que les laven la ropa y les den dinero. Las peleas son habituales. Y los hombres les exigían sexo. Y los ladrones.
Un día Kuramo estalló de rabia. En un callejón, en un lapso de apenas 15 minutos, una vendedora de tomates de 8 años atacó a un niño dos veces mayor después de que él le birlara un tomate de su bandeja, y no dejó de arañarlo sino hasta que le arrancó su camiseta blanca. A unos pocos metros dos hombres se daban empujones y patadas y se arañaban, y terminaron cayendo contra una casucha, que casi echaron abajo. En una puerta, la sangre corría de un enorme tajo en la mano derecha de una de las amigas de Bidemi, una niña de 16 llamada Tawa Zubair, que dijo que un barbero la había cortado accidentalmente.
Pero lo que llamó la atención de los vecinos curtidos por la violencia, fue la vista de Ganiu, desnudo hasta la cintura, preparándose para dar de latigazos a dos niñas con un largo cable eléctrico blanco.
"¡Párenlo, párenlo!", gritó Sarah Olatunde, una de las mejores amigas de Bidemi, encogida de miedo y arrodillada debajo del cable levantado.
Bidemi se asomó a mirar la escena desde la videoteca.
La gente formó un círculo en torno a Ganiu y Sarah como espectadores en una pelea de gladiadores.
"¡Whack!", sonó el cable sobre la espalda de Sarah. Ganiu volvió a levantar el látigo. "¡Whack!" El sudor le corría por el torso.
"Nunca", gritó por sobre la multitud que murmuraba, golpeándola de nuevo. "¡Nunca vuelvas a hacer eso!"
Sarah se arrastró entre la multitud y se refugió detrás de unas piernas, como lo haría un perro. Ganiu cogió a la segunda niña, otra amiga de Bidemi, y la golpeó con igual ferocidad. La niña escapó, llorando.
Ganiu dijo que las dos habían llevado a otras niñas a la casucha la noche anterior, y ellas habían recibido a unos hombres para tener sexo a cambio de dinero.
"Yo los vi, y no voy a permitir que vuelva a ocurrir", dijo, jadeando pesadamente. "Lo que necesitan estas niñas es ir a la escuela, o trabajar. O simplemente marcharse de aquí".
Entonces arrojó el cable eléctrico a su tienda de videos.

Un Doctor Trata de Ayudar
La indignación de Ganiu no se extendió a Bidemi. Y él no era el único en ver en ella una promesa.
El doctor Job Ailuogwemhe, 35, médico e investigador afiliado a la Facultad de Salud Pública de Harvard, también se quedó intrigado. La conoció un día cuando controlaba la construcción de una clínica sanitaria en Kuramo, donde Harvard quiere trabajar para impedir la propagación del sida.
Ailuogwmhe, nigeriano, examinó detenidamente su ojo y dijo que conocía a un doctor en el Hospital Central de Lagos que podría tratarla. Le fijó una cita para el día siguiente. Bidemi, acompañada por su amiga Idris, estaba tranquila cuando el coche entró al hospital, a unos 10 minutos de la playa. Sólo una vez antes se había aventurado tan lejos de Kuramo, y fue sólo para vender ropa usada en un mercado de Lagos, a 25 minutos de autobús.
"El doctor Job", como es conocido entre sus amigos, la llevó a través de una sala atiborrada de archivos desde el suelo hasta el techo y la presentó a Anthony O. Anyameluna, optometrista. El doctor se volvió hacia Bidemi y abrió su ojo derecho, para examinarla. La lente de su ojo derecho estaba seriamente dañado. "Si sacamos las lentes, y la remplazamos, hay una posibilidad de que pueda volver a ver", dijo. "Pero tenemos que mirarla más de cerca".
La llevó a su despacho. Se transformó en el caso número 11421.
"¿Dónde están tus padres?", le preguntó. Ella no dijo nada. El doctor Job lo hizo por ella. "Fue su papá el que le hizo eso".
"¿La golpearon? Sabes que toda historia tiene dos lados", dijo el optometrista, enfocando la luz en su ojo derecho y cubriendo el izquierdo con un pedazo de papel. "Yo creo que eres una niña terca. Sabes, esto no es Estados Unidos. Aquí a los niños les pegamos. Es disciplina".
Apagó la luz del despacho.
"¿Puedes ver ahora?", preguntó, enfocando la linterna en su ojo derecho. "Toca la linterna".
Bidemi buscó con su brazo derecho. Pero no estuvo ni cerca. Él volvió a encender la luz, y suspiró.
"Los pronósticos son malos, muy malos", dijo el doctor. "Tiene dañada la retina. No puede ver la luz en absoluto. Hay una ligera desviación del ojo hacia la derecha. Un ojo está haciendo el trabajo de dos".
Pero dijo que una operación tendría propósitos cosméticos; si le sacaba las descoloridas lentes azul y blanco, los otros no se darían cuenta de que era ciega del ojo derecho. La operación costaría unos 360 dólares.
Bidemi lloró al salir.
"Yo quiero ver", susurró.

Estoy Dispuesta a Ser Obediente
Un día después de su paliza pública, Sarah Olatunde estaba en un cuarto de la clínica todavía en obras, un popular lugar de reunión de las niñas debido a que les daba privacidad y era fresco. Sarah estaba inquieta.
La niña de 12 años llevaba a menudo el ceño fruncido, como para alejar los problemas. Sentía a menudo que la vida era injusta con ella, y la paliza de Ganiu era la demostración más reciente. Dijo que ninguna de las niñas había tenido sexo esa noche.
Y sin embargo admitió espontáneamente que no era raro que ella, o las otras chicas, se prostituyeran. Dijo que hacía la calle en otras aldeas pobres cercanas, y ganaba 200 nairas por tener sexo con condón, y 400 sin condón -el equivalente de 1 dólar con 44 centavos, y 2 dólares con 88 centavos respectivamente. Prefería sin condón "porque necesito el dinero".
"Todas somos trabajadoras sexuales", dijo, encogiéndose de hombros. También Bidemi era una de ellas, dijo.
Sarah, con un vestido negro ajustado y pendientes en forma de cruces, describió una noche reciente en que Bidemi, ella misma y una tercera niña habían estado con un hombre cerca de la playa. Bidemi había accedido a tener sexo con él, pero cuando el hombre vio a Sarah y a la amiga mirando desde una ventana, la despachó con sólo 60 naira, unos 40 centavos de dólar.
Cuando terminó de contar la historia, Bidemi entró en el cuarto. Sonrió hacia Sarah, pero esta frunció el entrecejo.
Cuando se le dijo lo que había contado Sarah, Bidemi dijo simplemente: "Yo no hago trabajos sexuales".
Sarah rió y empezó a simular burlonamente incredulidad, hasta caerse contra un tabique de madera terciada.
"Bueno", dijo Bidemi, mirándola enfadada, "no quiero hacerlo más. Por eso dije que no lo hacía. Quiero volver a la escuela. Eso es lo que quiero hacer. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo hacerlo?"
Salió corriendo de la clínica y entró a un sendero de arena. Sarah y otras dos la siguieron gritando hasta que otros ruidos las silenciaron. Decenas de personas se acercaban a la aldea, pasando frente a la clínica. No estaba claro dónde iban ni por qué. Bidemi cogió a un amigo de la multitud.
"Se llevan a Ibrahim", gritó el amigo.
"¡No!", gritó Bidemi metiéndose en la turba.
Minutos después la multitud volvió a pasar, dirigida por un grupo de jóvenes que llevaban agarrado a un adolescente. El niño sollozaba.
Ganiu se apareció entonces y les obstruyó el paso. Bidemi le suplicó que interviniera y liberara al niño, Ibrahim, que vivía en la playa. Bidemi y sus amigas se reunían a menudo con los niños; Bidemi se sentía muy cerca de él.
Ganiu indicó al grupo de hombres que lo siguieran para hablar. Le contaron que Ibrahim, 14, era su pariente, que se había escapado y habían venido a recogerlo para llevarlo a casa. La familia estaba reclamando a su hijo.
Limpiándose las lágrimas, Bidemi dijo: "Es tan simpático, no quiero que se marche".
"Tiene que marcharse", dijo Nekan Bolade, 20, uno de los hermanos de Ibrahim, el sudor corriéndole por la cara y la espalda.
Ganiu se hizo a un lado. Bidemi no dijo nada cuando Ibrahim pasó de su familia a la de él. Esto no es nuevo en Kuramo. Es una aldea donde hay drama todos los días, y cambios constantes.
Ganiu también quiere marcharse. Dijo que espera marcharse pronto con un amigo a la Costa de Marfil, donde espera encontrar trabajo reparando equipos electrónicos.
Pero ha estado pensando en qué pasaría con Bidemi y las otras niñas si él se marchara. "Para ellas es terrible estar solas", dijo. "Pero tengo que empezar a pensar en mí mismo".
El doctor Job pasó por la villa miseria de la playa un día y se encontró con Bidemi. Ella llevaba una camiseta con las palabras ‘Love Cat' y pantalones acampanados que se arrastraban por la arena.
"No te quiero obligar a nada", le dijo con su profunda voz de barítono. "Pero ¿vas a ir a la escuela? ¿Lo dices en serio?"
Ella miró hacia arriba la imponente figura del doctor, su ojo derecho cerrado. "Estoy lista para ponerme seria con los estudios", dijo. "Estoy dispuesta a ser obediente. Prefiero irme de aquí. Creo que tengo que marcharme".
Parecía triste, y sola. Le temblaba el cuerpo.
"¿Qué te pasa?", preguntó el doctor.
"Tengo hambre", dijo ella. "Tenía algo de comida, pero la compartí con mis amigas. Todas comieron, menos yo".
Job sacudió la cabeza. Y empezó a decir algo.
Pero entonces desde un callejón, una amiga de Bidemi la llamó, en yoruba. Bidemi desapareció con la velocidad de un rayo, corriendo por un sendero de arena.

Se puede escribir al autor: donnelly@globe.com

23 de noviembre de 2004
15 de enero de 2005
©boston globe
©traducción mQh

venezuela rompe con colombia


La relación entre Colombia y Venezuela quedó fracturada tras la decisión del presidente Hugo Chávez de suspender todo negocio bilateral y retirar a su embajador hasta tanto su homólogo Álvaro Uribe no se disculpe por el caso Granda.

Bogotá, Colombia. El gobierno colombiano reaccionó mediante un comunicado en que señala que no ha violado el territorio venezolano, y en que justifica las acciones que le permitieron la captura del guerrillero de las FARC Rodrigo Granda, oficialmente capturado en Cúcuta el 13 de diciembre, pero que previamente fue secuestrado en Caracas, según señala Venezuela.
Desde hace varios días las declaraciones se fueron escalando, con acusaciones cada vez más fuertes de Venezuela en el sentido de que Colombia violó su soberanía, mientras Bogotá admitió que pagó una recompensa para facilitar la captura de Granda, considerado el canciller de las FARC.
El embajador Carlos Rodolfo Santiago no regresará "hasta que el gobierno colombiano rectifique y pida disculpas. Al mismo tiempo he ordenado paralizar todo negocio con Colombia; lamentablemente se paraliza el gasoducto transcaribeño hasta que no sea reivindicada la soberanía violada de Venezuela, me veo obligado a tomar esta decisión", dijo Chávez.
El gasoducto de 177 km es un proyecto binacional ya acordado por ambos gobiernos.
"Le invito a rectificar, le invito a que su gobierno rectifique", le dice Chávez a Uribe, en la declaración divulgada en Caracas.
"Han cometido en Colombia un grave error y deben rectificar en vez de estar buscando argucias que peor hacen quedar a su gobierno. No puede ser, es injustificable desde todo punto de vista que altos funcionarios del gobierno colombiano estén instigando a funcionarios venezolanos al delito".
El gobierno de Bogotá contestó con un comunicado de 9 puntos, que no puede ser considerado como una disculpa o una rectificación, en que señala que "la Policía de Colombia ha explicado de manera clara y contundente que no ha violado la soberanía de Venezuela".
Colombia justifica la política de recompensas como "un instrumento legítimo" e indicó que las "Naciones Unidas prohíben a los países miembros albergar terroristas de manera 'activa o pasiva'", en una tácita alusión al hecho de que Granda vivía en Venezuela de tiempo atrás.
En el comunicado el gobierno "reitera su propósito de tener constructivas relaciones con el gobierno y el pueblo de Venezuela".
"También propondremos nuevamente al gobierno de Venezuela la creación o activación de un mecanismo binacional para examinar los hechos que los gobiernos estimen conveniente", señala.
En Colombia, dirigentes políticos y económicos, además de analistas, consideraron la situación como preocupante, aunque algunos de ellos calificaron de exagerada la reacción de Chávez.
El analista independiente Alejo Vargas señaló que "dudo mucho que el gobierno venezolano quede satisfecho con esta respuesta" aunque consideró que con ella se le baja a la confrontación.
El analista independiente Alfredo Rangel, experto en temas de seguridad, indicó a la AFP que "este es el peor momento de las relaciones entre Colombia y Venezuela en los últimos años".
También señaló que la reacción de Chávez "es absolutamente consistente con la valoración que hicieron en Venezuela de este caso: que fue una violación de la soberanía".
El analista independiente Pedro Medellín dijo que "uno entiende la reacción de Chávez porque el gobierno colombiano quería pasar de agache frente al hecho. Colombia debió proceder a pedir excusas".
Para el congresista Manuel Ramiro Velásquez, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, "este es el momento propicio para que el gobierno Chávez le explique a la comunidad internacional por qué sigue permitiendo que alzados en armas en Colombia sigan deambulando por su territorio".
Para el senador de izquierda Antonio Navarro, lo que ocurre "es gravísimo. Me parece muy desafortunada la postura del gobierno venezolano, que nos debe una explicación sobre la presencia de guerrilleros en su país".
Navarro consideró que la posición del "gobierno colombiano también es muy desafortunada porque invita a infringir la ley pues ambas constituciones prohíben recibir recompensas de gobierno extranjeros".
No se sabe aún cuál es el alcance de la declaración de Chávez, sin embargo, la situación en las fronteras y aduanas es normal.

15 de enero de 2005
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militar culpable de maltratos en iraq


Un jurado militar declaró culpable al soldado estadounidense Charles Graner de abusar y humillar sexualmente a los prisioneros de la cárcel iraquí de Abu Ghraib en las afueras de Bagdad.
Fort Hood, Estados Unidos. Graner de 36 años, escuchó el veredicto con atención sin demostrar ninguna reacción visible. Sus padres, que asistieron al juicio que duró cinco días, escucharon en silencio mirando desafiantes a los miembros de la corte marcial.
Los diez oficiales que integraron el jurado fallaron que Graner, de 36 años, es culpable de conspiración para maltratar a los detenidos, negligencia en el cumplimiento de su deber, maltrato, agresión agravada y actos indecentes.
Los cargos se refieren a los incidentes en que Graner golpeó prisioneros, los obligó a masturbarse y los apiló desnudos, uno sobre otro, en lo que se denominó la "pirámide animada". No obstante fue hallado inocente de algunos cargos de los que era acusado.
Graner enfrenta una pena de 15 años de prisión, y expulsión del ejército sin recibir compensación alguna por ello.
El policía militar no testificó previo a la lectura del veredicto, pero podrá hacerlo antes que se dicte la sentencia, instancia prevista para este sábado.
Tanto la defensa como los acusadores anunciaron que llamarán diversos testigos antes que se dé a conocer la sentencia definitiva.
"El fue quien instigó los incidentes en Abu Ghraib", dijo el capitán Chris Graveline, siendo la acusación más fuerte que manejó el gobierno estadounidense en la corte marcial.
"Estamos ante un abuso absoluto (...) sin justificación alguna, es por deporte, para divertirse", señaló al argumentar su acusación durante el juicio que se lleva adelante en una base militar.
Mientras habló ante el jurado, Graveline, se refirió a las fotografías tomadas en la cárcel iraquí que muestran a un jocoso Graner junto a otro guardia, posando frente a los prisioneros desnudos en humillantes posiciones sexuales.
"Es todo parte de su perverso humor sexual" indicó el capitán este viernes de mañana.
En la oportunidad rechazó la sugerencia de que Graner y otros soldados estaban cumpliendo órdenes al abusar y torturar a los detenidos.
"Ellos atacaron y degradaron a los prisioneros por su propio regocijo", dijo.
También ridiculizó los argumentos de la defensa cuando sostiene que la captura de Saddam Hussein se debió a la información obtenida luego del "agresivo" tratamiento brindado por Graner.
Puntualizó que la mayoría de los prisioneros torturados eran criminales comunes, incluso una prostituta que aparece fotografiada media desnuda durante su detención en la prisión.
"¿Pudo haber sido ella las que nos dio a Saddam Hussein?", ironizó.
El abogado de Graner, Guy Womack, sostuvo que su cliente y los restantes policías militares acusados estaban siguiendo instrucciones de los expertos de la Inteligencia Militar para obtener información sobre los grupos insurgentes contrarios a Estados Unidos en Irak.
El abogado insistió en que no había nada malo en la forma como fueron tratados los prisioneros, ni siquiera cuando fueron obligados a masturbarse y a simular la práctica de sexo oral. Según Womack esto demuestra como los expertos sabían explotar las diferencias culturales para obtener información.
A su vez señaló que el apilamiento de los prisioneros desnudos en la "pirámide animada" era una acción ingeniosa para mantenerlos bajo control.
Womack también defendió el hecho de atar a los prisioneros alrededor de su cuello y lo consideró un buen método para sacar de sus celdas a los más peligrosos.
Graner -agregó- es "inteligente, un buen profesional. El estaba colaborando con nuestra misión en Irak. El problema real es que estas fotos fueron filtradas y avergonzaron al gobierno de Estados Unidos".

15 de enero de 2005
©univisión