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cura demoníaco no quiere comer


Etchecolatz y von Wernich no comen, para llamar la atención. Cura venido del infierno está condenado a reclusión perpetua por secuestros, extorsión, torturas y asesinatos. Cobraba rescate y asesinaba a los detenidos.

[Nora Veiras] Argentina. El comisario Miguel Etchecolatz y el ex capellán policial Christian von Wernich, condenados a reclusión perpetua por crímenes de lesa humanidad, iniciaron una huelga de hambre en el Penal de Marcos Paz. Los represores se sumaron a la protesta que empezaron dieciocho procesados por torturas, asesinatos y desapariciones en la Unidad Penitenciaria 9 de La Plata. A través de su Facebook, Cecilia Pando había anticipado la medida por "todas las violaciones que se les hacen a los que están ilegalmente detenidos por haber combatido al terrorismo, que generan un precedente para que el día de mañana le suceda a cualquier argentino". En la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y en la Unidad Fiscal Especial aseguraron a Página/12 que no recibieron ningún reclamo por las condiciones de detención y desestimaron el planteo. Al contrario, lamentaron que muchos se hayan muerto impunes por la lentitud de los procesos. En Justicia estimaron que "buscan victimizarse para que los jueces les den la prisión domiciliaria". El último informe de la Unidad Fiscal, que encabeza Jorge Auat y coordina Pablo Parenti, data de junio pasado y precisa que "hay 464 detenidos en todo el país. El 55 por ciento en unidades penitenciarias, el 39 por ciento con prisión domiciliaria, el 4 por ciento en dependencias de fuerzas de seguridad y el 3 por ciento en hospitales y en el extranjero" y destaca que ya no hay represores presos en unidades militares a partir de sendas resoluciones tomadas en 2008 por la ministra de Defensa, Nilda Garré, avaladas por la cartera de Justicia. El relevamiento nacional señala que "se han juzgado 123 personas, de las cuales 110 fueron condenadas y 13 absueltas" y "hay 654 procesados, de los cuales 325 están imputados al menos en una causa en etapa de juicio y 140 que serán procesados".
Teniendo en cuenta el despliegue operacional de la represión, la cantidad de oficiales y suboficiales de las Fuerzas Armadas y de seguridad alcanzados por la Justicia es más que escasa. En ese marco apareció como desmesurada la denuncia de la esposa del mayor retirado Rafael Mercado y titular de la Asociación de Familiares y Amigos de Presos Políticos de la Argentina, sobre la muerte de acusados en las cárceles. "Más de cien efectivos de las instituciones castrenses han muerto en cautiverio por falta de atención médica en los penales, dejándolos en total abandono. Los derechos humanos son para todos los argentinos y no para un sector privilegiado que lucra con ellos", escribió Pando en su Facebook. En Justicia descreen de esa cifra y apelan a la lógica: pasaron treinta y cuatro años del último golpe militar, en consecuencia se van muriendo porque son viejos.
Hace un mes, Pando y sus mujeres habían actuado como cabecera de playa de la nueva batalla mediática al encadenarse en el Edificio Libertador. Reclamaban una entrevista con Garré para denunciar las "condiciones de detención infrahumanas" de sus maridos, amigos o parientes. La hermana del ex marino Alfredo Astiz y la esposa de Ernesto el "Nabo" Barreiro, el jefe de los torturadores de La Perla en Córdoba, fueron algunas de las abanderadas de la lucha. En Justicia explican que en Marcos Paz hay médicos permanentes cuya responsabilidad es la atención de los internos y destacan que "el tema es que ellos quieren irse a sus casas y se quejan porque no les dan el beneficio porque no están acusados por delitos comunes sino por crímenes de lesa humanidad".
Etchecolatz, ex director de Investigaciones de la policía de Ramón Camps, fue condenado a reclusión perpetua en septiembre de 2006 por seis asesinatos y ocho secuestros y torturas, "delitos de lesa humanidad cometidos en el marco de un genocidio". El ex comisario manejó veintiún centros clandestinos de detención, fue el responsable del operativo de La Noche de los Lápices. En el ’86, la Cámara Federal lo había condenado a 23 años de prisión, quedó libre por la aplicación de la ley de obediencia debida. En el ’97, escribió La otra campana del Nunca Más, en el que aseguró: "Nunca tuve, ni pensé, ni me acomplejó culpa alguna ¿por haber matado? Fui ejecutor de una ley hecha por los hombres. Fui guardador de preceptos divinos. Por ambos fundamentos volvería a hacerlo". En 2001, Etchecolatz fue detenido por robo de bebés, estuvo en la cárcel de Devoto y consiguió la prisión domiciliaria en su casa en el bosque Peralta Ramos de Mar del Plata hasta que le encontraron una pistola 9 milímetros. En 2006 recaló en Marcos Paz y poco después fue condenado. "No sé rendirme y después de muertos tendremos mucho que hablar", le advirtió al tribunal, presidido por Carlos Rozanski, que lo juzgó, y luego de presentarse como "prisionero de guerra y detenido político".
Von Wernich, el capellán de la Policía Bonaerense, se reencontró en prisión con Etchecolatz. En octubre de 2007 fue condenado a reclusión perpetua como partícipe necesario de privación ilegal de la libertad agravada de 34 personas y coautor de la aplicación de tormentos agravados de 31 personas. Fue el primer y único miembro de la Iglesia Católica condenado por delitos de lesa humanidad.
El policía y el cura se convirtieron esta semana en los huelguistas de hambre más notorios de los veinte que decidieron llamar la atención de las autoridades judiciales. En el pabellón de lesa humanidad conviven un total de 89 reclusos. Los detenidos por la Unidad 9 de La Plata que en breve recibirán la sentencia del tribunal encabezaron la medida que se extendería por pocos días más. Por ahora no corren riesgo de vida.
5 de septiembre de 2010
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el infierno de orletti


Ana Quadros, uruguaya, narró su paso por el centro clandestino Automotores Orletti. Habló de las torturas y contó que el represor uruguayo Manuel Cordero la violó.
[Alejandra Dandan] Argentina. Un día subieron a Ana Quadros a la parte más alta de Automotores Orletti, donde iba a ser su peor sesión de torturas. Manuel Cordero, un represor uruguayo, primero le preguntó si lo conocía. "¿Cómo que no sabés de mí?", le dijo. "Si yo conozco a tantos otros." Con un organigrama colgado en la pared le preguntó por los cuadros del Partido de la Victoria del Pueblo, una organización creada por un grupo de uruguayos en el exilio para derrotar a la dictadura de su país. Ana respondió siempre negativamente. Otros cuatro o cinco represores la colgaron entonces en la sala de al lado, con las muñecas para atrás, le enroscaron un cable en el cuerpo y pusieron agua y sal en el piso. Cuando el peso de la cuerda cedía, sus pies tocaban la sal y le daban golpes de electricidad. Cordero volvió más tarde. La cargó en andas desnuda hasta el cuarto de al lado, le puso un trapo en la cabeza y la violó. Ella declaró en la audiencia de ayer por los crímenes en el centro clandestino: "Sentí un dolor y una vergüenza tan grande –explicó– que demoré veinte años en poder testimoniarlo; al rato me agarró de nuevo y me llevó donde estaban los otros detenidos".
Ana Inés Quadros Herrera, uruguaya, era uno de los principales cuadros del Partido de la Victoria del Pueblo, encargada de la rama de masas, responsable de los nuevos contactos. Hija de José Antonio Quadros, embajador uruguayo en Inglaterra y Alemania, cuando al empezar la audiencia el fiscal Guillermo Friele le pidió que cuente los hechos, ella se detuvo y aclaró: "Quiero empezar desde antes". En 1973, Ana era parte de un grupo de la resistencia uruguaya que combatía la dictadura de su país; viajó a Buenos Aires por un fin de semana, pero cuando intentó volver se dio cuenta de que estaba "requerida" y tuvo que quedarse. Con los residentes uruguayos en la Argentina, que eran muchos, dijo, organizaron un comité de resistencia. La detuvieron primero en junio de 1974 durante unos quince días, en la sede de la Policía Federal, y luego en el Penal de San Miguel.
Más adelante llegaron los primeros secuestros, entre ellos Gerardo Gatti, otro de los dirigentes uruguayos. Lo llevaron a Orletti, supieron después. Los militares les hicieron saber que estaban dispuestos a darles la libertad si pagaban, dijo ella, un millón de dólares: "A mí –aseguró– me pareció un disparate".
A Ana la detuvieron el martes 13 de julio de 1976, a la medianoche, en una confitería de Carlos Calvo y Boedo. "Se acercaron a nuestra mesa con todo tipo de armamentos, nos sacaron a empujones, nos arrastraron por el suelo, y al final a mí me metieron en un auto." Ella tenía una agenda con nombres y citas, pero logró tirarla por una hendija antes de que la atrapasen.
En la sala de audiencias de Comodoro Py la escuchaban a pocos metros algunos de los represores de Orletti. Raúl Guglielminetti estaba sentado al lado de su abogado Pablo Lobera, de traje gris y de anteojos, el único defensor que suele hacer preguntas, algunas incómodas, otras absurdas.
"Discúlpeme –dijo el abogado bastante después–. ¿Me puede decir, señora, por qué tiró la libreta?"
Cuando Ana llegó a Orletti, le pareció escuchar una contraseña: "Sésamo", dijeron, luego de lo cual se abrió una cortina de metal muy pesada. "Entramos con el auto, me bajan –contó– y empiezo a escuchar voces de otros uruguayos." Los pusieron en fila, les pidieron los nombres, les colgaron un número, así que a partir de ese momento, dijo, "yo empecé a ser la trece y no Ana Quadros, me sacaron anillos y vi esa rapacidad del botín de guerra".
El centro clandestino era una especie de barracón muy largo, dividido a la mitad, con trapos colgados del techo: de un lado había autos; del otro, detenidos. "Orletti en sí era todo un infierno –declaró–, porque la música estaba a todo lo que da, los gritos de los torturados, el tren que pasaba permanentemente, nosotros tirados en el piso, un piso de cemento con grasa y aceite de autos."
Entre los secuestrados estaban Carlos y Manuela Santucho, dos hermanos de Roberto Santucho. A Carlos lo mataron en una tina de 200 litros de agua. Cuando Roberto Santucho "fue abatido en un enfrentamiento –indicó la testigo–, le hicieron leer a Manuela en voz alta la noticia que salió en el periódico. Manuela la leyó con mucha entereza, mientras le preguntaban agresivamente y burlándose: ‘¿Qué sentís?’".
Los militares uruguayos hacían los interrogatorios para los uruguayos, asistidos por los argentinos. Luego de aquella violación, otro represor le dijo que habían ido a buscar a sus hijos, que le habían dicho a su marido, que él los había contactado para que la fuesen a ver y que ahora iban a colgarlos. Ana entró en una crisis de nervios tan grande que se puso a hablar en inglés, una suerte de lengua materna. Un idioma, supuso en medio del delirio, con el que podría llegar a comunicarse con su hija de nueve años sin que los militares la entendieran. Para calmarla la llevaron a un cuarto de arriba, al cuidado de dos detenidas. "Pude reposar –dijo–. No me torturaron más, pero a medida que me fui reponiendo empecé a escuchar una discusión entre los militares argentinos y uruguayos; se peleaban porque los uruguayos querían traernos a Uruguay, los argentinos decían que no, porque se iba a saber todo, hasta que al final resolvieron que sí."
Cuando llegó el traslado, Ana reconoció a Otto Paladino: "Vino y me preguntó cómo estaba y dije que más o menos bien". La llevaron en auto a un aeropuerto militar, desde donde salió un vuelo con uruguayos. El aeropuerto era un alboroto: "También trasladaban el botín de guerra, había cosas, cositas, muebles, no fue un operativo silencioso".
En Uruguay pasaron por distintos lugares. Primero, Punta Gorda: "No sé por qué –explicó–, pero yo tenía la ilusión de que la gente que iba a encontrar serían otros. Pero al día siguiente empiezo a escuchar las mismas voces y entonces me doy cuenta de que son los mismos de la guardia, los mismos oficiales". Miró su cuerpo en la primera ducha: "No podía creer los kilos que había perdido y cómo se había trasformado mi cuerpo".
Pasó al edificio de Inteligencia de Defensa (SID). Una o dos veces, dijo, les hicieron limpiar porque llegaba una delegación de argentinos para verlos; entre ellos viajó el jefe de la SIDE, Otto Paladino. Allí estaba la nuera del poeta Juan Gelman. Como sucedió con otros testigos, Ana habló de una mujer embarazada, de una ambulancia que fue a recogerla y la devolvió dos días más tarde con un bebé (Macarena), del que supieron porque la guardia les pedía a las detenidas que preparasen mamaderas. Habló también de los hermanos Julien, luego trasladados a Chile. Y también de Sara Méndez y de las preguntas que la misma Ana le hizo a un militar para saber dónde tenían a Simón, el hijo de Sara. "Eso –le respondieron– es cosa de los argentinos." Ana se quebró sólo en un momento. Recordó la imagen de Sara en la tortura: se notaba que había sido madre, dijo, porque los pechos segregaban leche todavía.
Los uruguayos les propusieron una negociación: la "vida" a cambio de que firmaran un acta diciendo que eran un grupo armado que iba a invadir a Uruguay y a cometer una cantidad de crímenes. Se negaron. Los torturaron. Aceptaron un acta suavizada. Los militares llevaron a cinco a un chalet residencial, les dieron de comer, los ataron y organizaron el blanqueo del Cóndor: "Se llenó de milicos –dijo Ana–. Rodearon toda la manzana, rompieron muebles para que el barrio pensara que era una detención importante. Nos pasearon a la salida del estadio donde jugaban Nacional y Peñarol".
El padre de Ana tenía 70 años y había estado buscándola. Cuando la vio en la tele, les aseguró a los militares que iba a ir a hacer una denuncia ante la OEA. Lo secuestraron para hacerlo entrevistar con un oficial y le preguntaron si a cambio de la vida de Ana estaba dispuesto a desistir de la denuncia. Dos o tres días después, Ana fue procesada por la Justicia militar. La condenaron a cinco años. Salió con prisión condicional, intentó irse a Alemania, pero no pudo: cada semana debía mostrarse. Lo peor llegó en 1984: la Conadep la citó a declarar en Buenos Aires. Viajó. Cuando regresó, volvieron a detenerla. Siguió controlada hasta 1985.
Uno de los integrantes del tribunal a cargo del juicio le preguntó si estaba dispuesta a reconocer a sus represores. Ella dijo que sí, pero no podía asegurar que lograra hacerlo. "Me gustaría que fuese más precisa –le insistieron–. ¿Puede reconocer o no?"
Como si hubiese pasado por Orletti ayer, y no hace más de treinta años.
4 de septiembre de 2010
3 de septiembre de 2010
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declaraciones sobre plan cóndor


Declararon dos uruguayas en el juicio de Orletti. Sara Méndez y Mónica Soliño Platera fueron secuestradas en Buenos Aires y trasladadas a Montevideo. Narraron la muerte de Carlos Santucho y mencionaron a la nuera del poeta Juan Gelman.
[Alejandra Dandan] Argentina. Sara Méndez tenía un nombre falso. La secuestraron el 13 de julio de 1976 en la calle Juana Azurduy, del barrio de Belgrano, en un operativo en el que le sacaron a su hijo. Recuperó a Simón en 2002, después de la búsqueda de las Abuelas de Plaza de Mayo. Sara, que es uruguaya, fue llevada al centro clandestino Automotores Orletti, durante una operación conjunta del denominado Plan Cóndor. Volvió a Uruguay en un vuelo clandestino organizado por los militares. En la audiencia de ayer, durante el juicio oral por los crímenes de Orletti, habló de su convicción de la existencia de un segundo vuelo de "compañeros uruguayos" que no sobrevivieron y desaparecieron en ese país. También advirtió sobre la posibilidad de que existan, dijo, "muchos más niños" hijos de ex detenidos argentinos en su país "como acá –agregó– muchos más uruguayos".
Sara reconoció entre sus secuestradores a los argentinos que actuaron en Orletti, el jefe de la Side, Otto Paladino, y el paramilitar Aníbal Gordon, ambos fallecidos. También a Eduardo Ruffo, uno de los represores acusados en el juicio en el que empezaron a declarar los sobrevivientes uruguayos. Además de Sara, declaró Mónica Soliño Platera, otra uruguaya, militante de la Resistencia Obrera Estudiantil, perseguida en su país y que se instaló en diciembre de 1974 en Buenos Aires, donde trabajó en un comercio tipo bazar de la calle Florida. A Mónica la secuestró el 7 de julio de 1976 un grupo de tareas de tres personas que golpeó la puerta del departamento de una prima.
Ambas hablaron de la presencia y del asesinato de Carlos Santucho, hermano de Mario Roberto Santucho, jefe del Ejército Revolucionario del Pueblo, en Orletti. También de Manuela Santucho, la hermana, y de Cristina Navajas de Santucho, la esposa de Carlos. "Esta persona –dijo Mónica–, Carlos Santucho, estaba muy horriblemente mal, empezó a desvariar, gritaba, decía cosas incoherentes. En un momento le dijeron a la hermana que lo tranquilizara, pero ellos lo agarraron, lo ahogaron en un tacho de agua que estaba ahí, y la verdad es que cuando estaba muerto, lo tiraron en una camioneta y no sé qué pasó después con él." A Carlos, agregó, "le preguntaban por el hermano, incluso después de que lo mataron dijeron: ‘Este no tiene nada que ver, es un contador, siempre trabajó de lo mismo’". Y Mónica explicó: "Yo tuve toda la sensación de que lo habían llevado para preguntar por el hermano, era una persona mayor".
A ella le preguntaron si recordaba olores especiales. Dijo que no. Sara, en cambio, habló de esos olores. Tenía los ojos vendados, explicó, pero sentía olor a pus; que era un olor conocido, dijo, y que salía del cuerpo infectado de Santucho. Estaba muy deteriorado por la tortura, era "una llaga viva" que se "arrastraba por el piso delirando". Los militares, agregó, aseguraron que lo iban a llevar al hospital de Campo de Mayo, pero de pronto hubo movimientos raros, "como que algo iba a pasar". "Cuando algo malo estaba por suceder encendían dentro del garaje todos los motores de los vehículos. Lo introdujeron en un tambor de agua con la cabeza para abajo y cuando murió dijeron ‘ya está mejor’. Presenciamos el asesinato de una persona que estaba en muy mal estado."
Mónica había llegado a Orletti a bordo de un camión. Entró por una puerta lateral, donde había una escalera de madera. "A partir de ahí –dijo– siempre estuve vendada, a partir de ahí no pude ver casi nada." Los interrogatorios se los hacían los militares uruguayos, entre los que mencionó a Manuel Cordero. "Teníamos que estar sentados, con las manos esposadas, nos daban de comer muy esporádicamente, y si nos daban algo eran sobras que a veces hasta venían con puchos." Alguna vez, cuando pidieron comida, los militares se les quejaron porque, como había aumentado la población del centro clandestino, ya no tenían ni las sobras para darles.
–Pero eso no era un ámbito como una cárcel, era una locura –dijo Mónica en un momento.

–¿Por qué? –preguntó el fiscal.
–Miles de veces se escuchaban gritos, fiestas... No fiestas, comilonas.

Mónica y Sara viajaron a Uruguay en lo que se conoce como el primer vuelo clandestino, un vuelo organizado por los represores para simular luego una detención en el país oriental. Salieron desde lo que les pareció un aeropuerto militar, explicó Mónica, los trasladaron primero al edificio de Inteligencia de Defensa (SID), en el bulevar Artigas, y luego pasaron quince días en una casa, divididos en dos grupos. En la casa, donde eran sometidos a interrogatorios, supo que había una parturienta y luego explicó que escuchaba el sonido de un bebé. Cuando le preguntaron de quién se trataba, Mónica dijo que creía que era la nuera del poeta de Juan Gelman. Sara lo confirmó: sabían que eran unos argentinos, explicó, que cuando habían pasado en la SID un médico asistió a una persona con síntomas de parto, que la llevaron al Hospital Militar y que con el tiempo, dijo, "supimos" que era María Claudia Irureta Goyena de Gelman.
Sara habló además de un segundo vuelo: "Tenemos la convicción –dijo– de que muchos de estos compañeros fueron llevados a Uruguay en un segundo vuelo y que desaparecieron en Uruguay y no en Argentina: que existió un secuestro masivo de uruguayos".
2 de septiembre de 2010
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relatos del horror


Acusaciones contra Díaz Bessone y José Rubén Lofiego. Ayer se leyeron los casos de privación ilegítima de la libertad, tormentos y homicidios de Estrella González, Héctor Vitantonio, Antonio Ángel López y Oscar Manzur, así como la privación de la libertad y tormentos de Laura Torresetti.
[Sonia Tessa] Argentina. Con lluvia torrencial empezó ayer la jornada del juicio oral contra Ramón Genaro Díaz Bessone en la sala del Tribunal Federal Oral número 2, esta semana presidido por Otmar Paulucci. La secretaria Silvina Andalaf siguió leyendo las requisitorias de elevación a juicio presentadas por el Ministerio Público Fiscal respecto de la privación ilegítima de la libertad, tormentos y homicidios de Estrella González, Héctor Vitantonio, Antonio Angel López y Óscar Manzur, así como la privación de la libertad y tormentos de Laura Torresetti, que fueron elevados a juicio oral después de la parte que contiene el mayor número de víctimas. La secretaria del Tribunal leyó la descripción de los hechos durante más de una hora, así como las acusaciones al máximo responsable del Comando del Segundo Cuerpo de Ejército hasta octubre de 1976, Díaz Bessone, y a José Rubén Lofiego, oficial principal de la policía provincial. A las 12 se decidió un intermedio de 15 minutos, que se extendió durante casi una hora. Al retomar la audiencia, lo único que se hizo fue informar que el conjuez José María Escobar Cello debía retirarse para participar de un proceso en la ciudad de Santa Fe, de modo que este juicio se retomará el lunes próximo.
Ayer se cumplió un año del comienzo del primer juicio por delitos de lesa humanidad en Rosario, contra Oscar Pascual Guerrieri y otros cuatro represores, que terminó el 15 de abril pasado con la condena a prisión perpetua de cumplimiento efectivo en cárcel común para todos los acusados. Los mismos jueces, Paulucci, Beatriz Barabani y Jorge Benegas, como integrantes de otro Tribunal, son los encargados de juzgar ahora a Díaz Bessone, Lofiego, Mario Alfredo Marcote, José Antonio Scortecchini, Ramón Rito Vergara y Ricardo Chomicky.
Durante la mañana de ayer se relataron los delitos de lesa humanidad cometidos contra Estrella González y su pareja, Héctor Vitantonio. Fueron secuestrados en la madrugada del 23 de septiembre de 1976 de su casa de Moreno 1064, departamento 6, donde la patota dejó sola a Patricia, la hija de ambos, una beba nacida apenas 10 días antes, el 13. Los dos fueron torturados y asesinados. El 5 de octubre de 1976, sus cadáveres fueron dejados -junto al de Ruth, hermana de Estrella en la avenida de Circunvalación, en un hecho fraguado como enfrentamiento por las fuerzas de seguridad. Estrella tenía 27 años y Héctor, 23. Su sobrina, Josefina González, La Tana, estaba ayer entre el público para escuchar la lectura.
En cambio, Antonio Angel López fue asesinado en la madrugada de 27 de septiembre de 1976, cuando iba en moto por la zona sur con Miriam Moro (su caso ya fue leído en las primeras jornadas del juicio). Según las pruebas recogidas en la etapa de instrucción, López fue asesinado de un balazo en la nuca en el mismo lugar, y su cadáver fue dejado dos días después -junto al de Miriam en un camino rural cercano a Casilda. Tenía 30 años.
El cuarto caso leído ayer correspondió a Oscar Rubén Manzur, de 27 años. Su esposa, Marta Bertolino y su hija, Alejandra, presenciaron la lectura. Oscar y Marta, embarazada, fueron secuestrados en la madrugada del 10 de agosto de 1976, de un departamento de España al 300, donde vivía la familia Girolami, de la que también llevaron a algunos miembros. Todos estuvieron secuestrados en el Servicio de Informaciones. Marta -querellante de este juicio relata que escuchó cómo torturaban a su compañero durante dos días seguidos, y también lo hacían con ella delante de él. En un momento lo oyó decir: "Me muero", y ya no volvió a sentir su voz. Varios testigos relataron los gritos desgarradores de Manzur durante dos días seguidos. Su hija nació en cautiverio, en la maternidad Martin, en septiembre de 1976.
El último y último caso que se leyó ayer en el requerimiento es el de Laura Torresetti, una de las testigos de la causa. Fue privada ilegítimamente de su libertad el 13 de mayo de 1976, por las fuerzas del Comando del Segundo Cuerpo de Ejército. Fue torturada física y psicológicamente en el Servicio de Informaciones. Allí pudo ver por debajo de la venda a Lofiego, vestido de remera y pantalón negro. ‘El Ciego’ era quien dirigía las sesiones de tortura y Laura pudo oír cómo los otros miembros de la patota decían con sorna "el gordo se quiere divertir", en relación a la tortura. El mismo Lofiego participó en la violación de la detenida, posterior a la tortura.
La requisitoria establece también que Díaz Bessone fue el máximo responsable del Comando del Segundo Cuerpo de Ejército hasta el 12 de octubre de 1976, cuando fue ascendido a ministro del Ejecutivo nacional. Fue quien dio la orden -verbal de iniciar las operaciones tras el golpe de Estado, según relató Agustín Feced en la causa que se inició con la democracia en los tribunales provinciales. Por otra parte, Lofiego era el encargado de dirigir las sesiones de tortura, y vigilar que no fueran mortales. También era quien redactaba los partes de esas sesiones para el Comando del Segundo Cuerpo de Ejército.
Afuera, en la galería del Tribunal, mientras la lluvia no daba tregua, Graciela Borda Osella sacaba fotos a los compañeros y compañeras que hacían el aguante, como se llama a la vigilia en la vereda de Oroño. Entre ellos, a la sanjuanina Diana Tello, que llegó a Rosario para ver a Les Luthiers pero, en recuerdo de sus antiguos compañeros santafesinos, fue a escuchar el juicio. El marido de Diana está desaparecido. Graciela quiso fotografiarla, sube las fotos cada día a la red social Facebook. Su intención es mostrar la alegría durante los juicios, para que quede como documento del fin de la impunidad. Diana acuerda, mientras sonríe para la foto. "Nuestra lucha ha sido alegre. Los compañeros eran pibes como cualquiera. Nos reíamos, íbamos a las peñas, hacíamos cosas de gente joven además de nuestras tareas militantes", apunta sobre todo aquello que truncó el terrorismo de estado.
1 de septiembre de 2010
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topografía de la memoria


El arquitecto Gonzalo Conte habló sobre la reconstrucción y funcionamiento del centro El Vesubio. Con imágenes, croquis y planos se rearmaron las formas vivenciales de los centros clandestinos de detención. Así se pueden explicar, por ejemplo, los ruidos que escuchaban los secuestrados y reconstruir cómo era la sala de torturas.
[Alejandra Dandan] Argentina. Gonzalo Conte está convencido de que todo debería ser de otra forma. De que los juicios orales sobre los crímenes en los centros clandestinos de detención deberían empezar por partes como ésta: la topografía de la memoria, una disciplina de la arquitectura que intenta con distintas fuentes orales pero también con imágenes y croquis rearmar las formas vivenciales de los centros clandestinos. Conte aportó su trabajo en la declaración de ayer en la causa del Vesubio. El terreno de casi trescientos metros de fondo, a poco más de doscientos metros del cruce entre Camino de Cintura y la Riccheri, contenía tres chalets donde funcionaban la jefatura de oficiales, el centro de torturas y las cuchas de alojamiento para los detenidos. La materialización con diapositivas y proyecciones del centro de detención que la represión intentó borrar aceleradamente con una demolición, cuyos tiempos también pueden medirse, acaba de trasformarse en otra prueba. "Creo que es importante empezar por los hechos físicos –dijo Conte–, que nos ayudan a conocer las otras instancias más subjetivas."
Conte es arquitecto, trabaja en lo que define como topografía de la memoria desde la Asociación Civil Memoria Abierta. Participó en la reconstrucción de otros centros clandestinos, pero ayer era la hora de entender cuáles eran las formas del Vesubio. Una primera imagen de 1977 en poder del Instituto Geográfico Militar sirvió como disparador del trabajo al que fue incorporando otras fuentes: las observaciones de pedazos de ruinas sobre el terreno, los sonidos y los datos surgidos en el relato oral de varios sobrevivientes, comparaciones con los primeros croquis que los testigos aportaron ante la Conadep y varias pericias policiales. La suma de esos elementos son imágenes en muchos casos volumétricas que proyectadas en las pantallas de la sala de audiencia permitieron respirar y sobre todo entender la dinámica de la arquitectura del terror, en evolución constante a medida que se iban sucediendo los hechos.
"Nos dedicamos a la especialidad de los centros clandestinos de detención –explicó–. Con el objeto de descubrir su funcionamiento." Eso que en un primer momento no fue pensado como herramienta jurídica, que tampoco alcanza la semejanza absoluta pero sí grados de precisión importantes, hizo que las querellas subrayaran que se trató, hasta aquí, de una de las pruebas más sobresalientes.
La imagen del Instituto Geográfico Militar es una foto aérea ampliada de la zona donde estuvo el Vesubio. La imagen proyectada permitió observar la distancia con el cruce de Riccheri y Camino de Cintura, por entonces más estrecho que el actual. Permitió entender que se trataba de un espacio estratégico: a unos 700 metros del regimiento de La Tablada y a metros de otro centro de abastecimiento militar. El predio que era (y aún es) un lote de 140 metros de frente por 300 de fondo estaba integrado por árboles, también protectores.
El plano de los tres chalets dispuestos en triángulo fue una de las imágenes a las que Conte volvía una y otra vez, para ubicar las referencias en el espacio. Eso es lo que era el Vesubio.
La casa número dos era el centro de torturas. Buena parte de la distribución original habría ido cambiando de formas al compás de la dinámica de la represión, como sucedió en otros centros de torturas. La puerta de entrada originalmente emplazada hacia el Camino de Cintura había sido suplantada por otra apertura en la parte de atrás. Un hall de distribución conectaba luego el ingreso con un dato recordado insistentemente por los testigos, como sala de espera para la tortura. La reconstrucción de esa estancia fue una de las imágenes más fuertes de la presentación: la sala que casi pudo tocarse era un cuarto con decenas de grilletes colocados a 35 o 45 centímetros de distancia, uno al lado del otro, afirmados contra la pared en algunos casos o un poco más sueltos. En el piso, debajo de cada grillete, el dibujo de una manta o colchón de gomaespuma señalaba la presencia de los detenidos. En uno de los laterales estaba la primera sala de tortura con una camilla. Y luego después de lo que Conte presentó como una ampliación de la casa se construyeron dos piezas más, siempre para la tortura, con flejes y camas.
Algunos relatos de ex detenidos mencionan el ruido de un tren. La reconstrucción permitió entender que esos ruidos podrían haberse escuchado desde el baño de la casa tres, que daba a la parte trasera del terreno, más cerca de la vía del ferrocarril que aún llega a la vecina estación de Aldo Bonzi.
La querella preguntó varios detalles. Por la pileta. Por las ubicaciones de las puertas. Por la cercanía de las rutas. Por la existencia de planos. Los defensores de los represores no hicieron ninguna pregunta. Más bien, sólo preguntaron una cosa. Lo hizo Gerardo Ibáñez, abogado de Héctor Humberto Gamen: "Perdóneme –dijo–, es que no logro ubicarme, ¿viniendo de la Capital todo esto estaría a la derecha o la izquierda?"
1 de septiembre de 2010
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testigos en causa díaz bessone


Las largas esperas en la vereda de los tribunales federales. Vienen asistiendo con puntualidad militante a las audiencias por la causa Díaz Bessone. Uno de ellos es Félix López, testigo de la causa, quien fue secuestrado el 13 de agosto de 1976 en la fábrica donde trabajaba.
[Sonia Tessa] Argentina. Sólo las tortas y los mates que todas las jornadas del juicio, con paciencia militante, lleva Margarita, mitigan las largas esperas en la vereda de los Tribunales Federales, en Oroño al 900, donde un puñado de militantes históricos y algunas de las más jóvenes aguantan el frío y el viento sin chistar. La audiencia de la causa Díaz Bessone empezó ayer a las 10.40, y en menos de una hora la secretaria Silvina Andalaz terminó de leer las requisitorias de elevación a juicio de la acusación contra José Antonio Scortecchini por asociación ilícita. Esta semana, el tribunal es presidido por Otmar Paulucci. Tras un cuarto intermedio que duró otra media hora, se retomó la audiencia con la acusación por la desaparición de Sonia Beatriz González, una militante que fue secuestrada en su casa -en la calle Centeno, de Rosario el 15 de julio de 1976. Trabajaba en el frigorífico Swift. Su madre, Teresa Patrón Avalos de González, relató en el expediente que la joven estaba enferma cuando se la llevaron, y que la buscó incansablemente, pero sólo obtuvo respuestas negativas de las autoridades militares de entonces. Entre el público está sentado Félix López, uno de los testigos de la causa. Ojos claros, cara colorada, de gringo, López lleva puesto sobre su buzo azul un prendedor con la cara de Teresa Soria de Sklate, una de las desaparecidas que pasó por el Servicio de Informaciones y de allí fue trasladada a la Quinta de Funes.
Félix la escuchó decir: "Lo único que no les perdono a estos hijos de puta es que le hayan choreado el nieto a mi mamá y a mi suegra", cuando la llevaban. El pensó -aún piensa que Teresa fue desde allí a la muerte, pero en realidad antes fue trasladada al otro centro clandestino de detención. Félix jamás olvidará aquellas palabras, que lo marcaron a fuego. "La altura con que se despidió. No pensaba en ella, sino en su hijo, en su madre", relata durante el cuarto intermedio, en la vereda de los Tribunales, mientras el frío cala los huesos y él se abriga con una superposición de remera, pullover y buzo. El mismo tiene pendiente la visita al Hogar del Huérfano, en busca de sus orígenes, y celebra que el hijo de su admirada Teresa haya sido devuelto de inmediato a la familia. A Félix lo secuestraron el 13 de agosto de 1976. Lo fueron a buscar a la fábrica donde trabajaba, la fundición Herchamet. El no se proletarizó, sino que era proletario. Había crecido casi a la deriva, vendía diarios para sobrevivir. "Después me enteré qué era el neoliberalismo", cuenta mientras espera que se reanude la audiencia. "Es que en la fundición había que llegar a 3500 grados para que el acero se haga líquido. Y no había ningún interruptor para cortar la electricidad. Los delegados de la UOM estaban arreglados con la patronal, entre 350 trabajadores, éramos sólo 5 los que tratábamos de reaccionar". Del Servicio de Informaciones, Félix recuerda que estaba recibiendo una fuerte golpiza cuando escuchó que alguien decía: "A este no le des más porque está a disposición del PEN (Poder Ejecutivo Nacional)". Sintió una fuerte patada en los pulmones, y luego dejó de recibir golpes. Aún no sabe quién presentó el hábeas corpus por su detención. A fines de agosto lo enviaron a la Unidad 3, junto a otros compañeros. Allí estuvo casi un mes y luego fue trasladado a Coronda. Lo liberaron el 9 de febrero de 1979.
Mientras estaba en la cárcel se separó. Es que su esposa de entonces lo iba a visitar, para sermonearlo. Le decía que él había elegido "el mal camino", que debía portarse bien. Un día se cansó, y le dijo que no fuera más. Sus suegros también lo condenaban. Y su madre había muerto poco tiempo antes. Al salir, concretó la separación. Y se fue a trabajar en el sur, durante un año. Una noche llamó al programa de Angelita Moreno, habló por radio de su necesidad de distracción, y recibió unas cuantas cartas. Una de ellas estaba escrita por quien luego sería su mujer, 23 años mayor que él, de la que enviudó hace unos años.
Félix habla de su vida con cierta avidez por contar. Dice que en Coronda aprendió lo que era compartir, a través de una anécdota. El no recibía ninguna provisión del exterior, pero sus compañeros socializaban todo. Un día, el cantinero le dio un paquete de tabaco, y le indicó que armara cigarrillos. El hizo 6 o 7, nada más, y los dejó a un lado. Eran suficientes para él. El compañero le reprochó: "Armá para todos, acá todo se comparte". Entre anécdotas y relatos, reconoce la tarea de su abogada, Inés Cozzi, a quien dice deberle "una barbaridad". Está jubilado, gracias a la moratoria previsional, ya que la fundición -aquella de la que lo llevaron no le hizo aportes durante los 13 años trabajados.
En la vereda se ven algunas de las caras habituales. Sobre el mediodía hay varias personas cumpliendo el rito del aguante. Ramón Verón, Alicia Lesgart, la incansable Madre Herminia Severini, Juan Rivero, Olga Moyano, Margarita que ceba mates para todo el mundo; Angel ‘Chichín’ Ruani, que estuvo preso en Coronda con Félix y lo recuerda como un tipo siempre alegre, que sacaba de la manga algún tango para recitar, poemas de Gagliardi, de Julián Centeya, para matizar las largas horas en la cárcel. Junto a ellos, varias jóvenes se suman a la espera, que se interrumpe a las 12.40.
La entrada del público se demora porque los magistrados olvidan dar la autorización de ingreso al personal de Gendarmería encargado de la seguridad. Dentro de la sala, se lee la acusación por la desaparición de Sonia Beatriz González. En ese documento, se consigna que a Elena Marull de Cialceta le informaron que su hija, Cristina Cialceta, no se encontraba a disposición del área 211 del Ejército, a cargo de Julián Gazari Barroso, la que actuaba en esta zona. El mes pasado se identificaron los restos de Cristina e Yves Domergue, su novio. Los dos eran militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores, fueron secuestrados en Rosario, estuvieron en el Batallón 121, los fusilaron y dejaron sus cuerpos en un camino rural entre Carreras y Melincué. Durante 34 años estuvieron enterrados como N.N.
Mientras Paulucci, Beatriz Barabani de Caballero y Jorge Benegas Echagüe, los tres integrantes del Tribunal Federal Oral, escuchan la lectura, los acusados tienen diferentes actitudes. Sólo Ricardo Chomicky, el civil que ingresó secuestrado y luego colaboró con la patota, y Mario Alfredo Marcote, apodado ‘el Cura’, se mantienen erguidos durante la audiencia. Ramón Genaro Díaz Bessone tiene permiso para presenciar el juicio desde una sala contigua, en razón de su edad, de modo que no está a la vista. Scortecchini y Ramón Rito Vergara, ex suboficiales de la policía, no levantan la cabeza. Miran para abajo todo el tiempo. José Rubén ‘el Ciego’ Lofiego cabecea, se queda dormido mientras se lee la tipificación de los crímenes de lesa humanidad.
1 de septiembre de 2010
31 de agosto de 2010
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a juicio asesinos de roberto villafañe


Un comienzo accidentado tuvo juicio por derechos humanos en La Rioja.
Argentina. El primer juicio por delitos de lesa humanidad de la dictadura en La Rioja comenzó ayer de manera accidentada, ya que no bien empezó el proceso por el homicidio del soldado Roberto Villafañe, ocurrido el 30 de agosto de 1976, debió suspenderse por una descompensación de uno de los jueces. La muerte de Villafañe, que cumplía el servicio militar, está relacionada con el previo secuestro, tortura y homicidio de los sacerdotes de Chamical Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, hechos conectados a su vez con el asesinato del laico Wenceslao Pedernera en Chilecito y del obispo Enrique Angelelli. El Tribunal Oral Federal de La Rioja está presidido por Sergio Grimaux e integrado además por José Quiroga Uriburu y Alejandro Piña, pero Grimaux no se sintió bien y el proceso quedó suspendido, en principio, hasta hoy cuando se reanudará la audiencia.
1 de septiembre de 2010
31 de agosto de 2010
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declaró viuda de gleyzer


Juana Sapire, viuda de Raymundo Gleyzer, declaró en el juicio por el Vesubio. La mujer del cineasta vive en Estados Unidos y hasta ayer nunca había declarado. Contó cómo encontró el departamento sobre la calle Federico Lacroze luego del secuestro. Leyó un mensaje de Diego, el hijo de ambos.
[Alejandra Dandan] Argentina. Juana Sapire intentó regresar a Buenos Aires con el retorno de la democracia. Estuvo dos años, pero entonces decidió volverse a Estados Unidos. Es sonidista, ahora retirada. Era la mujer de Raymundo Gleyzer. Nunca declaró. Nunca hasta ayer, en la audiencia por los crímenes cometidos en el centro clandestino de detención El Vesubio, donde estuvo secuestrado el cineasta. Juana llegó al departamento de Raymundo poco después de la desaparición. "Se llevaron todo, arrasaron, hasta la cucharita de la azucarera se llevaron, todo se afanaron, pero como eran incultos e ignorantes se robaron el televisor, pero la obra de Raymundo no la tocaron." Y dijo: "La obra perdura, la obra se ve y Raymundo va a seguir honrando la vida". Y miró a los represores: "A ellos habría que preguntarles –dijo–: me gustaría mucho que ellos me digan a mí qué pasó con Raymundo, ellos lo sabrán".
Juana entró a la audiencia vestida con la remera de Hijos, aquella con la leyenda de "Yo me pongo la camiseta por el juicio y castigo". La había pedido unos días antes. Se sentó en el auditorio de Comodoro Py, con el pelo corto y colorado, el remerón prendido al cuerpo, en cierta forma protegido, frente a los ojos de los siete represores imputados en la causa que la seguían atentos a pocos metros de distancia.
"A Raymundo lo secuestraron el 27 de mayo de 1976 de su departamento en la calle Federico Lacroze 1935 –dijo cuando empezó–. De su casa robaron todo, pero no se llevaron las películas", explicó. Raymundo había vuelto de Estados Unidos, días antes se la encontró para entregarle a Diego, el hijo de ambos, entonces de poco más de tres años. "No me lo llevo más a casa –le dijo entonces a Juana–. La cosa está peligrosa."
Juana trabajó como sonidista de sus películas. Durante la audiencia, el fiscal Félix Crous le preguntó por ese trabajo. Pidió una semblanza del trabajo de cine para entender por qué la represión lo buscaba. El iba con su cámara, dijo ella, "yo con el sonido, como decía él, una idea en la cabeza, una cámara en la mano y ahí íbamos a grabar". Retrataban y testificaban la situación de la gente, acá y en toda Latinoamérica. A los 34 años la producción de Raymundo era bastante, dijo, las películas que dejó fueron sobre los pobres de la tierra. Iban al Cerro Colorado de Córdoba, donde la gente tenía otras historias. "Lo que molestaba era la verdad, saber que uno no hizo nada malo, peligrosas eran las ideas, por eso la represión."
Pasaban cine en las villas. "Para que vea la gente –dijo–, era cine de la base, porque la gente no iba al cine. Teníamos un proyector de 16 milímetros que era un armatoste, a veces nos iba bien, se discutía con la gente, se hacía charlas debates y a veces venía la policía y nos teníamos que ir escapados." Como el proyector era tan pesado, solían acudir a algún compañero con auto para los traslados, que solía pasarla mal cuando llegaba la hora de las corridas. "Pero nunca dejábamos el equipo", agregó como lo hizo durante la audiencia, como vocera de cosas que ella misma aprendió. "‘El equipo nunca se deja’, decía Raymundo."
Metros atrás, un vidrio dividía la sala en dos partes. De un lado los abogados defensores, abogados de la querella y represores; del otro, quienes se acercan a presenciar las audiencias. Greta Gleyzer se quedó sentada en la primera fila. La hermana de Raymundo escuchaba a Juana, sentada en el mismo lugar donde ella misma había declarado semanas atrás. Estuvieron juntas cuando desapareció Raymundo. Greta contó que antes de entrar al departamento decidieron ir a la comisaría del barrio porque no querían entrar solas. El comisario le dijo entonces: "Mire, señora, tengo veinte casos de estos por día, así que mejor diríjase ante los responsables de todo esto". Ella le preguntó: "¿A quién si no es la comisaría del barrio?". El comisario le dijo: a las fuerzas militares, ellos son los responsables de esto. "¿Sabés qué pidieron los abogados defensores? –dice ella, ahora–. Que el tribunal averigüe si esa comisaría tuvo 20 casos por día, y el nombre del comisario." Como si eso todavía fuese no solo necesario, sino posible.
Juana seguía sentada delante. El pelo colorado se movía una y otra vez en dirección a las sillas donde estaba ubicado Pedro Durán Sáenz, jefe de El Vesubio en 1977, y Humberto Gamen, dos de los tres militares acusados, de un grupo que incluye además a cinco penitenciarios, los únicos que cumplen prisión efectiva. "¿No me mira? –dijo en un momento a uno de ellos–. ¿Qué le pasa? ¿Está dormido?"
Hasta poco antes del secuestro, Gleyzer estuvo en Estados Unidos, le dijeron que no vuelva, pero lo hizo. El día del secuestro almorzó con su madre, contento porque había conseguido un contrato de Unesco para grabar documentales en Africa durante dos años. Pasó por Sica, el Sindicato de la Industria Cinematográfica, sus compañeros lo vieron. Luego no lo volvieron a ver.
"Raymundo era muy simpático con los vecinos", explicó Juana. El día del secuestro, a su vecina de al lado le llamó la atención el movimiento de la casa. "Dice que había como quince de estas basuras adelante", dijo Juana. La vecina les preguntó si había una mudanza y los represores le respondieron que sí: "Acá hay mudanza para rato".
Gleyzer estuvo secuestrado con Haroldo Conti, gente de lo mejor, dijo su mujer, en manos de gente de lo peor. "Una vez logró entrar un sacerdote muy viejito –dijo en alusión al padre Castellani–. Conti estaba tan destruido que no pudo hacer nada por él, pero en ese momento, me contó después Greta, escuchó una voz encadenada a una pared: ‘Padre’, le dijo, ‘soy Raymundo Gleyzer, dígale a mi familia que estoy bien’."
Diego, su hijo, no estuvo en la audiencia, pero su madre leyó una carta en su nombre. "Por culpa de ustedes me tuve que ir del país", decía mientras mencionaba a los represores como ratas o hablaba del alma, de reencarnaciones y de posibles perdones. "El los perdonó –dijo Juana poco después–, pero yo no los perdono ni nada; él cree que en otra vida Dios los va a juzgar, yo quiero lo peor para ustedes. Tendrían que matarse solos, yo no soportaría una vida con tanta indignidad."
Después del secuestro de Raymundo, Juana intentó alguna vez volver al departamento para buscar alguna muda, alguna cosa de su hijo. Frente al departamento solía haber algún Ford Falcon estacionado. En esos momentos, si estaba en taxi seguía de largo. "Ese mes fue como una neblina para mí", dijo, sólo trataba de cuidar a Diego hasta que tomó un avión a Perú, el exilio más cerca, donde pasó nueve meses de "angustia total", cada vez que le preguntaban por Raymundo.
Explicó por qué no volvió al país. "En aquella época, la de Alfonsín, era imposible estar acá. Los jueces de entonces no eran tan amables como ustedes, no nos miraban a los ojos, por eso nos fuimos", sostuvo.
La audiencia fue breve. Juana habló de pedazos demasiados rotos de su historia. Cargó varias veces contra los represores. El TOF 4 la dejó hablar. El abogado de un represor pidió que la testigo no se burle de la defensa. "Yo no me burlé de la defensa, señores –explicó Juana en lo que por momentos tuvo una fuerza potente para lo que son las protocolares imágenes del juicio–. Lo que yo digo es que no sé cómo tenés cara para defender a esta basura." Y siguió. Los defensores volvieron a pedir la intervención del TOF 4. El público la aplaudió del otro lado del vidrio. Juana insistió. La defensa habló de desorden. "¡Desorden vas a tener si querés esperarme afuera!", respondió Juana. Y entonces la defensa pidió que todo conste en actas. Juana pidió la palabra.

–Todavía me falta decir algo –dijo, y se paró.
–Adelante –le respondieron.

–Compañero Raymundo Gleyzer –declaró–: ¡Presente!
En el fondo respondieron: "¡Presente! Ahora y siempre".
31 de agosto de 2010
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