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el asesinato de presos políticos


Los juicios por las matanzas de presos políticos. Los fusilados. Se están realizando los procesos por Margarita Belén, la U9 de La Plata y la UP1 de Córdoba. En cambio, la causa por Palomitas, en Salta, está paralizada. Las historias de los presos y los asesinatos.
[Werner Pertot] Argentina. "Una sistemática ejecución de rehenes en lugares descampados y en horas de la madrugada con el pretexto de fraguados combates e imaginarias tentativas de fuga. Extremistas que panfletean el campo, pintan acequias o se amontonan de a diez en vehículos que se incendian son los estereotipos de un libreto que no está hecho para ser creído sino para burlar la reacción internacional mientras en lo interno se subraya el carácter de represalias." Rodolfo Walsh se refiere a un aspecto del terrorismo de Estado que durante muchos años fue opacado por la denuncia de los campos de exterminio. Se trata de las masacres de presos políticos y del rol que cumplieron las cárceles. Las tres principales matanzas de presos están siendo juzgadas: los fusilamientos en Córdoba, la masacre de Margarita Belén, en Chaco, y los pabellones de la muerte de La Plata. El único que sigue en suspenso es el de la Masacre de Palomitas, en Salta.
Por las cárceles de la dictadura pasaron entre 10 y 12 mil presos políticos, en paralelo a los desaparecidos. No se trató de dos realidades separadas: las cárceles y los campos clandestinos de detención y exterminio formaron un "continuum represivo", según la denominación que encontró Pilar Calveiro. La politóloga (y sobreviviente de un campo) señala entre otras características comunes: los asesinatos en forma impune de prisioneros; la clasificación en "recuperables", "casi recuperables" e "irrecuperables" y el "traslado" como eufemismo del asesinato.
La dictadura dividió el país en zonas, subzonas y áreas para organizar la represión. Hubo masacres de presos políticos en la zona 1 (los pabellones de la muerte), en la zona 2 (Margarita Belén) y en la zona 3 (los fusilamientos en Córdoba y la Masacre de Palomitas, además de los asesinatos de detenidos en Santiago del Estero y Jujuy). "En la Argentina no hay presos políticos. Quienes se hallan detenidos no lo son con motivo de sus ideas o de sus discrepancias con el gobierno sino por la comisión de gravísimos delitos", afirmaba el dictador Jorge Rafael Videla ante el diario Clarín el 16 de junio de 1979.

Con la Venia de Videla
Cuando lo detuvieron en 1973, Gustavo Tissera era obrero fabril y militante del PRT-ERP en Córdoba. Tras las torturas en una comisaría, fue a parar a la Cárcel de Encausados. "Inauguramos la cárcel", recuerda Tissera. Los llevaron a la Cárcel de Encausados y los dejaron entre los presos comunes. "Ustedes son la pesada gil, porque roban pero para otros", le decía un preso común. Los presos políticos tenían un régimen autoimpuesto. "Nosotros nos levantábamos tempranísimo, hacíamos gimnasia, estudiábamos. Luego de la caída del gobernador peronista Ricardo Obregón Cano trasladaron a los presos políticos a la Unidad Provincial 1 (UP1), en un pabellón especial. En diciembre de 1975 tuvieron la primera requisa pesada y el día del golpe se suspendieron todas las visitas. Los militares desembarcaron en la cárcel el 1º de abril. Los sacaron al patio a los golpes y culatazos. Les dejaron la celda pelada. "Lo único que nos quedó era una frazada", recuerda Tissera.
El general Juan Bautista Sasiaiñ fue personalmente, entró a la celda de Tissera. Sasiaiñ miró un plato de caldo con dos o tres fideos. "Claro, así cualquiera es subversivo", dijo y pateó el plato. "Están condenados a muerte. Pero no se pongan contentos, porque van a morir lentamente, de manera que se arrepientan de haber nacido", les dijo. Golpeó a un preso y se fue. Desde entonces las diferencias entre lo que ocurría en esa cárcel y lo que pasaba en los campos se angostaron. Les tapiaron las ventanas y les dieron un tacho para hacer sus necesidades. Las guardias quedaron a cargo de la policía militar, la Gendarmería y los militares. Se generalizaron las palizas colectivas, las torturas, los simulacros de fusilamiento.
El capitán Gustavo Alsina era uno de los que más se ensañaba con las mujeres, a las que obligaron a entregar a sus bebés a las familias. "Despedite de tu hijo, porque no lo vas a ver más", le dijo a una de ellas el represor Enrique Pedro Mones Ruiz, el mismo que llamó en el juicio "ese terrorista" al secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde.
El 5 de junio de 1976, en una de estas sesiones de tortura, en las que los obligaban a hacer ejercicios militares, Raúl "Paco" Bauducco recibió un golpe en la cabeza y cayó al suelo. El cabo Miguel Angel Pérez, que lo había golpeado, sacó su arma y se la puso en la cabeza. "No doy más", le respondió Bauducco, cuando le ordenó levantarse. Pérez miró a su superior, Mones Ruiz, quien asintió. Y lo fusiló frente a cincuenta testigos.
En tandas, sacaron a grupos de presos y los fusilaron. A Eduardo Bártoli lo llevaron de la cárcel al centro clandestino de detención D2, donde lo mataron el 30 de abril junto a dos desaparecidos. No fue el único caso de conexiones entre cárcel y centros clandestinos: el oficial de inteligencia Carlos Yanicelli sacó de la cárcel a Diana Fidelman y la llevó al D2, donde se ensañaron con ella en la tortura por ser judía. "Te vamos a hacer jabón", le decían. La salida la autorizó el juez Adolfo Zamboni Ledesma, lo que demuestra que la complicidad del Poder Judicial con el terrorismo de Estado está lejos de ser un patrimonio sólo de Mendoza.
El 17 de mayo fue el primero de los "traslados". Diana Fidelman había estado bailando todo el día. Con las otras presas, hicieron una obra de teatro donde satirizaban a los represores, como forma de resistir las torturas diarias. Se la llevaron junto a Miguel Mozé, José Svagusa, Ricardo Verón, Eduardo Hernández, Ricardo Yung. Antes de que la fusilaran, ella los miró con sus ojos azules y les gritó: "No sean cobardes. Mátenme de frente". El barrio escuchó los sonidos secos de los disparos.
El siguiente "traslado" fue el 28 de mayo. Una patota militar fue en busca de dos presos del ERP, Carlos Sgandurra y José Angel Pucheta. En el enfrentamiento fraguado en el que los fusilaron también mataron a José Osvaldo Villada, un desaparecido al que hicieron pasar como un miembro del "bando atacante". El 19 de junio se llevaron a Claudio Zorrilla, Miguel Angel Barrera, Esther Berberis y Mirta Abdón. A las presas las tuvieron que sacar en andas. "Nos quieren matar", gritaba La Turca Abdón. El 30 de junio fusilaron a José Cristian Funes y Marta Rosetti, quien antes de irse repartió su ropa entre todas sus compañeras.
El 14 de julio de 1976, Alsina sorprendió a José René "Turco" Moukarzel recibiendo un paquete de sal de un preso común. Lo desnudaron y lo estaquearon en un patio, donde le tiraron agua fría, mientras lo golpeaban. Lo dejaron una noche helada, hasta que murió. Alsina fue a la enfermería a ver el cuerpo y golpeó al enfermero que estaba intentando asistirlo. "Dejá que se atienda solo. Total, es médico", le dijo.
El 12 de agosto de 1976 el teniente Osvaldo Quiroga retiró de la cárcel a Eduardo de Breuil, Gustavo de Breuil, Miguel Vaca Narvaja e Higinio Toranzo. Los encapucharon a todos. En un momento el vehículo se detuvo en un lugar donde había militares entrenando.

–Teniente D’Aloia, ¿va a jugar el sábado contra la escuela de aviación? –preguntó un soldado.
–Callate, que acá tenemos unos subversivos. Después te veo –contestó, irritado, el teniente Francisco D’Aloia.

Los vehículos volvieron a avanzar. Tiraron una moneda para decidir a cuál de los hermanos De Breuil dejaban vivo. A Eduardo lo obligaron a ver el fusilamiento de su hermano, de 21 años: "Ahora volvés a la cárcel y les contás esto que viste. Les va a pasar a todos", le dijeron. El 20 de agosto fusilaron a Ricardo Tramontini y Liliana Páez y el 11 de octubre a Florencio Díaz, Pablo Balustra, Jorge García, Miguel Cevallos, Oscar Hubert y Marta González de Baronetto.
En el juicio están acusados, además de Videla y Luciano Benjamín Menéndez, otros 31 represores, incluidos Yanicelli, Quiroga, D’Aloia, Pérez, Alsina y Mones Ruiz.


Margarita Belén
Los presos políticos de la cárcel de Resistencia (Unidad 7 del Servicio Penitenciario Federal) tuvieron una larga discusión. Se habían enterado, gracias a un guardia, de que iban a fusilar a algunos de ellos. Incluso tenían una lista. La pregunta era: ¿Resistir colectivamente o dejar que sacaran a un grupo de presos? "Es mejor que maten a veinte y no a los doscientos que somos, compañeros", argumentó Néstor Sala.
En la noche del 12 al 13 de diciembre de 1976 el oficial Oscar Casco se acercó a la reja y nombró a los que tenían que salir.

–¿Qué pasa, señor? –se le acercó Jorge Giles.
–Traslado, Giles, traslado.

–¿Un día domingo, celador?
–Yo sólo cumplo órdenes.

Afuera estaba lleno de camiones del Ejército. Casco dio un ultimátum: "¿No los quieren dejar salir? Yo me retiro y entra el Ejército. Pero no entran a buscarlo a Sala, sino para matarlos a todos por el delito de motín". Néstor Sala salió, no sin antes dar un discurso ante los otros presos. "Hoy nos sacan para matarnos. Les pido que se lo cuenten a mi mujer, a mi hijo y al pueblo. ¡Viva Perón, carajo!", gritó. Con él, se llevaron a Luis Angel Barco, Manuel Parodi Ocampo, Carlos Duarte, Luis Fransen, Mario Cuevas y Patricio Tierno.
Los llevaron a la Alcaidía donde los torturaron salvajemente. Luego, los juntaron con un grupo de desaparecidos y marcharon hacia Margarita Belén. Todos los militares y policías de la comitiva dispararon, en un pacto de sangre. Luego se sentaron a comer un asado en el lugar de la masacre.
En Chaco están siendo juzgados por esto Horacio Losito, Germán Riquelme, Guillermo Reyes, Athos Renés, Rafael Sabol, Luis Alberto Pateta, Ernesto Simoni, Aldo Martínes Segón y Luis Eduardo Chas. Norberto Tozzo está en trámite de extradición, preso en Brasil. "Tanto la causa de Córdoba como la de Chaco sustentaron la causa 13, del Juicio a las Juntas, porque allí están todas las huellas de la cadena de mandos", planteó a Página/12 Jorge Giles, ex preso político y director del Inecip.

Pabellones de la Muerte
Eduardo Jozami llegó a La Plata en un traslado de Devoto en octubre de 1976. En diciembre, asumió un nuevo director: Abel Dupuy. El 13 de diciembre de 1976, el mismo día de la masacre de Margarita Belén, los sacaron a todos de la celda. "Nos hacían caminar entre dos filas de milicos con palos. Esa requisa fue la señal de que cambiaban las cosas en la cárcel. Fue de una violencia exagerada", recuerda Jozami. Luego de su acto de asunción, Dupuy ordenó sacar todos los libros que les habían secuestrado (cerca de cinco mil) y los quemó en frente de la cárcel.
A partir de allí, se generalizaron las torturas: les hacían sacar la cabeza por el pasaplatos para golpearlos o pincharles los ojos, alternaban palizas con baños de agua helada. En una de estas sesiones, a Marcos Ibáñez Gatica lo dejaron en estado vegetativo y murió a los pocos días.
Lo mismo ocurrió en los casos de Juan Barrientos y Alberto Pintos.
El 3 de enero de 1977 organizaron a los presos según su procedencia política y su grado en las organizaciones armadas. En el pabellón 1 colocaron a los dirigentes de Montoneros. En el 2, a los del PRT-ERP. Los presos políticos los llamaron "los pabellones de la Muerte". No se equivocaron. A las cinco de la tarde del 5 de enero de 1977 vinieron a buscar a Dardo Cabo y Rufino Pirles, dos dirigentes de Montoneros. Los raparon y los sacaron para un "traslado" a Sierra Chica. "El día que los sacan nos pareció medio raro. Dardo hacía preguntas: ‘Che, qué raro un traslado a esta hora’. Al otro día nos enteramos de que los habían matado. Después de eso cada vez que salías del pabellón te daban por muerto. A mí una vez me sacaron para ver un abogado y cuando volví, me recibieron como si hubiera resucitado", relata Jozami, actual director del centro cultural de la memoria Haroldo Conti.
El 27 de enero se llevaron a Julio César Urien y Angel Georgiadis. Militante de Montoneros, Urien era marino y provenía de una familia militar, que hizo gestiones con el general Albano Harguindeguy y consiguió que no lo mataran. Luego de dos días encapuchado, lo subieron a una camioneta, lo colgaron de los pies y lo llevaron a la cárcel. "Apareció" en Sierra Chica. En su lugar, volvieron a La Plata y se llevaron a Horacio Rapaport, que estaba en una celda de castigo por haber reclamado por los otros dos presos que habían sacado.
La existencia de los pabellones de la muerte fue denunciada internacionalmente, lo que llevó a los represores a cambiar la metodología. "Nos volvió a tomar de sorpresa cuando lo sacan a Domínguez y a los dos compañeros del pabellón 2", plantea Jozami. A Guillermo Segalli, Abel Carranza y Miguel Alejandro Domínguez los liberaron en febrero de 1978 (estaban a disposición del PE nacional). Afuera los esperaba una patota, que los secuestró. Poco después, el juez Eduardo Marquard le dio la libertad a Jorge García, que era en realidad Juan Pettigiani (estaba preso con un nombre falso). También lo secuestraron. La metodología se repitió el 21 de marzo de 1978 a las once de la noche, cuando dejaron salir al abogado Juan Carlos Deghi. Se lo llevaron dos Falcon verdes a cien metros de la salida de la cárcel. Sus hijas lo estaban esperando con las velitas en su casa para festejar su cumpleaños.

11 de julio de 2010
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argumentos por el matrimonio civil


"Un contrato entre personas".
[Emilio Ruchansky] Con 21 senadores presentes y 8 ausentes, la sesión del 20 de septiembre de 1888 del Senado tuvo sólo dos oradores: Manuel Derqui y Aristóbulo del Valle. Ambas fueron exposiciones extensas y a favor del matrimonio civil. Derqui comenzó haciendo algunas observaciones al proyecto enviado por el Poder Ejecutivo. Simplificó, por ejemplo, el inciso 2 del artículo 17 que exigía, para casarse, las partidas de nacimiento y de matrimonio (religioso) de los respectivos padres. Pidió que sólo se pidieran los nombres y apellidos de los padres, su nacionalidad, profesión y domicilio, porque esas partidas eran "difíciles de conseguir".
Luego Derqui se concentró en las críticas eclesiásticas al proyecto, aclarando, para empezar, que el matrimonio era "un contrato" y por lo tanto el Estado tiene "derecho perfecto de legislarlo". "Se ha querido ver en esta ley un ataque o acto de hostilidad a la religión, quizá por la sola razón de no mantener las disposiciones del Código Civil, que dejaban confiado a los ministros de aquélla (la Iglesia) lo que se relaciona con celebración del contrato", dijo Derqui. Y después aclaró que el oficial público "no podrá oponerse a que los esposos, despues de prestar consentimiento ante él, hagan bendecir en el mismo acto su unión, por un ministro de su culto".
La cuestión es similar por estos días, cuando los defensores del matrimonio para parejas del mismo sexo informan que en nada afecta esta reforma a los casamientos heterosexuales, ni a la Iglesia, porque lo que está en debate es una ley civil. Derqui fue preciso en este punto. "No puede haber confusión de autoridad entre la Iglesia y Estado: son dos organismos, dos instituciones completamente distintas e independientes. Difieren en sus medios de acción y difieren en sus fines: la una en lo espiritual, no dispone a dar sanción a sus preceptos, sino de medios espirituales; el Estado, por el contrario, tiene a su alcance para compeler al cumplimiento de sus leyes, medios adecuados a la índole y naturaleza de sus funciones, al ejercicio de su acción propia."
Para dejar en claro las atribuciones, Derqui citó a un serie de canonistas, entre ellos a Santo Tomás de Aquino. En todos encontró que reconocían que matrimonio "es un contrato, elevado después a sacramento, sin perder por esto aquel carácter y siendo ajeno a la religión todo lo que es contrato, la divergencia que motiva el debate no puede nacer de una dificultad que no existe".
A su turno, Aristóbulo del Valle hizo un repaso histórico sobre los países europeos donde se gobernaba según los principios religiosos, sean católicos o protestantes. Su conclusión: "Donde quiera que se establece el consorcio entre la Iglesia y el Estado y que la religión inviste y adquiere el carácter oficial, inmediatamente se hace despótica y tiránica (...). La intolerancia ha resistido al trascurso de los siglos". Esto último fue ejemplificado con un hecho ocurrido en 1775 en Francia.
"Luis XVI fue llamado a jurar y un hombre de gobierno, Turgot, le pidió que eliminara de su juramento, en el acto de la consagración, la parte en que se obligaba a exterminar a los infieles –relató Del Valle–. Luis XVI era un hombre discreto y buen rey. Vaciló, lo consultó con su ministro, señor Maurepas, y este le contestó: ‘El señor Turgot tiene la más completa razón; pero los fanáticos son más temibles que los heréticos’. Luis XVI juró." Luego recordó que la intolerancia religiosa en Inglaterra era tal hasta 1829 que un católico no podía sentarse en el Parlamento y hasta 1958 tampoco pudieron entrar los judíos.

11 de julio de 2010
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la iglesia contra la civilización


El ataque de la iglesia contra el matrimonio civil. "La civilización superior".
[Emilio Ruchansky] Argentina. Para los senadores que llevaron al recinto la posición eclesiástica, la Iglesia representa "una autoridad moral superior al pueblo y superior a la historia". Así lo expresó, y consta en actas, el senador por Córdoba Pedro Funes. Luego, como muchos diputados y senadores en la actualidad, aseguró que la igualdad de derechos, para los inmigrantes en este caso, no "era una suprema necesidad" y se embarcó en un discurso basado en la intolerancia religiosa a la que representaba.
"Los únicos que no tendrían sacerdotes ni ancianos, ni amigos para casarse ante ellos serían los que desconocen la existencia de Dios. Mas no comprendo que haya algún ateo; no puede ser. Un ser racional, es imposible que no comprenda, que no sienta, que no vea la primera verdad. Si hay alguno que realmente no cree que hay leyes naturales y divinas, ni cree que hay deber, ni tiene sentimientos; que no ama, ni desea ser amado, es un anormal que merece compasión por su desgracia", dijo Funes. Y recién empezaba su discurso.
Los ateos, infirió el senador cordobés, son seres descreídos, irreligiosos, indiferentes. "¿Pero qué tiene que ver esta otra parte: yo traigo libertad para los que no tienen religión?", se quejó Funes para pasar a los pronósticos apocalípticos, como algunas diputados y diputadas lo hicieran cuando se dio media sanción al matrimonio para personas del mismo sexo. "La mujer va a ser una sierva, un instrumento de capricho, de placer, como en Turquía y Asia", señaló y habló de una "ola de incredulidad, de irreligiosidad" que al desbordarse hará "desaparecer la buena fe y que se sientan los desastres económicos y políticos".
Antes de darle la palabra al ultracatólico senador Manuel Pizarro, propuso una serie de "facilidades" para casarse a los inmigrantes que no fueran católicos, algo así como los proyectos de unión civil que circulan ahora en el Senado y se disfrazan como "igualitarios". Pizarro se tomó dos sesiones completas para expresar su rechazo al proyecto de matrimonio civil. Empezó diciendo: "Este proyecto es contrario al dogma de la existencia de Dios, es contrario al dogma de la soberanía de los pueblos".
Luego, este senador por Santa Fe defendió "las leyes providenciales", aduciendo que "no es posible modificar la naturaleza de los seres, desnaturalizar el matrimonio, desnaturalizar la sociedad y el hombre mismo, despojándolo de su carácter religioso y moral". Al igual que los actuales opositores al llamado "matrimonio gay", para Pizarro esta ley (y todas las leyes civiles) carecían de autoridad moral, de sanción moral y "de base en la opinión y las costumbres públicas". En fin, el matrimonio civil era para él "una institución enemiga de la opinión nacional".
"¿No hay sacerdote de un culto? ¿Y a mí que me importa? ¿Acaso esto quiere decir que no hay libertad en el país? Si no tiene sacerdote que bendiga su unión, costéelo o no se case. ¿Por qué no vienen también a decirnos: ‘no tengo mujer con quien casarme’; deme el Estado mujer". Esto decía Pizarro, quien en medio de la sesión del 1º de septiembre de 1888 decía pertenecer "a la más alta y encumbrada civilización del mundo en el pasado, el presente y el porvenir de las naciones: la civilización cristiana. ¡Soy argentino y soy cristiano!".
Casarse civilmente era para Pizarro ser individualista y egoísta y permitiría la poligamia. "Es el sepulcro de libertad política de los pueblos", decía sobre este proyecto, que "degrada la especie humana y envilece a nuestra civilización" y pone en peligro "el destino de la especie humana en cuanto a su conservación". Cualquier parecido con la actualidad, no es pura coincidencia.

11 de julio de 2010
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la guerra de la iglesia


En 1888, la iglesia se opuso al matrimonio civil con argumentos idénticos a los que ahora usa contra el matrimonio gay. Los curas tuvieron el monopolio de los casamientos hasta que hace 122 años se instauró el matrimonio civil, que buscaba incluir a una minoría: los inmigrantes de otra religión o de ninguna.
[Emilio Ruchansky] Argentina. No eran homosexuales y lesbianas a quienes se pretendía incluir en el Código Civil en 1888, cuando se debatió la reforma de la legislación para instaurar el matrimonio civil en la Argentina. Eran miles de inmigrantes los principales beneficiarios, que por no haber en el país sacerdotes de su culto o no profesar una religión, como explicaba el entonces presidente Miguel Juárez Celman, se veían "en la dura alternativa de traicionar su conciencia o de privarse del derecho de formar un hogar amparado por las leyes". Al igual que en estos días, la discusión en el Senado pasaba por igualar los derechos de una minoría y la Iglesia veía la reforma como una amenaza a la familia y una violación a "la ley de Dios", tal como repitió el arzobispo porteño Jorge Bergoglio 122 años después de la aprobación del matrimonio civil.
El Código Civil había sido redactado por Dalmacio Vélez Sársfield e instituido en 1869. En lo que respecta al matrimonio y las relaciones familiares, ese texto sólo se limitaba a convalidar jurídicamente el código canónico. El hombre, apunta Susana Torrado en su libro Historia de la familia en la Argentina moderna, seguía siendo "el jefe indiscutido", y la mujer, sin permiso de su marido, no podía ejercer públicamente alguna profesión "o comprar al contado o al fiado objetos destinados al consumo ordinario de la familia", por ejemplo.
El matrimonio seguía, por este código, siendo religioso, y debía ser celebrado según los preceptos de la Iglesia Católica. Además, agrega Torrado, "se excluye el matrimonio meramente civil, incluso para contrayentes que no fueran de la fe católica, los que debían casarse según las leyes y los ritos de la iglesia a la que pertenecieran". Si no profesaban religión alguna, no había forma de que pudieran casarse. En 1880, en pleno modelo agroexportador y cuando gobernar era poblar (por eso no es casualidad la iniciativa de Juárez Celman: el plan era atraer a los ingleses, que eran protestantes), la Iglesia manejaba la educación y registraba nacimientos, casamientos y defunciones.
Tras luchar y perder en 1886 frente al proyecto sarmientino de una educación pública, gratuita y laica, la Iglesia comenzó una campaña contra la instauración del matrimonio civil, que no impedía ni impide que los cónyuges se casen luego según el rito religioso. Todavía no había empezado la discusión en el Senado, cuando el arzobispo porteño, Federico Aneiros, envió una carta de advertencia que se leyó en el recinto y consta en el diario de sesiones. "¿Con qué derecho puede hacerse a un lado la legislación divina, cristiana y canónica en cuanto al matrimonio?", protestaba el arzobispo, que en el mismo párrafo aseguraba: "La ley divina o canónica nos rige con posesión completa desde el primer día de nuestra civilización".
Para Aneiros, el proyecto violaba "la ley natural" porque, entre otras cláusulas, establecía edades mínimas para casarse: 12 para la mujer, 14 para el hombre. "Para aquella violación se da por causa la libertad más amplia de conciencia ¿y de quiénes?, de los inmigrantes; pero, ¿es justo que por éstos, por muchos que sean, haya que amoldarse la inmensa multitud de los habitantes del país? ¿Y esos inmigrantes, casi todos no son católicos?", escribió el arzobispo porteño. Este pensamiento, casi calcado, es el que ahora difunde por ejemplo Antonio Marino, el obispo auxiliar de La Plata, quien entiende que "el derecho a casarse no es un derecho universal".
Hasta 1888, la ley debía sostener el culto católico y la cúpula eclesiástica no ocultaba su temor de que el matrimonio civil la perjudicara, según Aneiros, "incitando, facilitando y tentando a todos a prescindir de la Iglesia para casarse, habiendo tantos tan fáciles de caer en esa tentación". El obispo de Córdoba, Fray Reginaldo, también envió una carta al Senado "suplicando" para "bien de la patria y la religión" que no se apruebe el matrimonio civil, que "produciría otros resultados funestos a la sociedad argentina". Para Reginaldo, las leyes eclesiásticas sobre el matrimonio satisfacían "todas las necesidades del pueblo argentino".
El 23 de junio pasado, el obispo de San Justo, Baldomero Carlos Martini, y su auxiliar, Damián Santiago Bitar, imitaron a sus antecesores y enviaron una carta al presidente del Senado, Julio Cobos. Nuevamente el objetivo era desestimar los derechos de las minorías. "Se adujo que no podrían coartarse los afectos de dichas ‘minorías sexuales’ –escribieron–. En realidad, todos los afectos quedan al margen del derecho y de las leyes. Si los afectos tuvieran alguna relevancia jurídica, debería haber un registro público de amigos, ya que se trata del afecto más universal y abarcativo en la vida de toda persona humana."
Como ahora, en 1888 también se juntaron firmas para frenar el tratamiento de la ley. El 9 de septiembre de ese año, según recopila Torrado en su libro, en La Prensa apareció una noticia breve que indicaba: "El cura del partido (de General Alvear) declaró el último Domingo, escomulgado á todo el que, estando presente en la misa, no firmase la petición al Congreso en contra del matrimonio civil. Sin embargo, a escepción de unas once viejas y veintidós chicos de escuela, nadie quiso firmar" (sic).
Hace unas semanas, alrededor de 400 mil familias de alumnos de colegios católicos y parroquiales bonaerenses recibieron por mail o en el cuaderno de comunicaciones una "invitación" a firmar una declaración contra el matrimonio entre personas del mismo sexo. En Jujuy, el abogado Fernando Bóveda pidió al obispo local que excomulgue a los diputados y senadores nacionales de esa provincia que hubieran votado o vayan a votar a favor del ley, "dado que a los nombrados se les debe exigir un mayor compromiso con los principios cristianos".
El tema de fondo era, como ahora, la ampliación de derechos. Cuando el presidente Juárez Celman ingresó el proyecto en el recinto, mandó la siguiente nota: "Las leyes que reglamenten el matrimonio deben inspirarse en el mismo espíritu liberal de la Constitución, para que sea una verdad la promesa de ‘asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino’". Incluso insistió en que un contrato "de tanta trascendencia" no debía entregarse "a los ritos de las diversas religiones que existan en la República; tanto más, cuanto que muchos de sus habitantes no profesan culto externo alguno".
Para rechazar estos argumentos, el obispo Aneiros aseguró sobre los inmigrantes que no profesaban una religión: "Aquellos seres, tan raros, también pueden casarse, no obstante su infidelidad, pues no es éste un impedimento indispensable". Es decir, Aneiros no consideraba que se violentara a una pareja al obligarla a casarse por Iglesia si quería contraer matrimonio. Así negaba lo que Juárez Celman reclamaba respetar: "la libertad de conciencia, la hermosa conquista de la civilización".
Claro que, como se puede leer en el diario de sesiones, el matrimonio civil no era sólo un reclamo de los inmigrantes (aunque resultaba conveniente a muchos criollos que así se creyera). El senador Aristóbulo del Valle mencionó la historia del casamiento de Gretnagreen, que tiene paralelismo con lo ocurrido en Tierra del Fuego, lugar al que tuvieron que viajar Alex Freyre y José María Di Bello para convertirse en el primer matrimonio homosexual de América latina.
Resulta que en Gretnagreen, Escocia, cualquier pareja heterosexual podía casarse mientras existiera consentimiento de las partes, más allá de la religión. Muchos lo hacían en la casa de un herrero que vivía cerca de la frontera donde se guardaba un registro de matrimonios. "Llegó un momento en el que el presidente del consejo, el canciller de la Monarquía y el lord guardasellos de Inglaterra eran casados en Gretnagreen", contó el senador. En Argentina, dio fe Del Valle, los matrimonios entre "niñas disidentes y caballeros católicos se celebran en Montevideo o Colonia". En medio de estos debates de la primacía religiosa sobre la vida civil también se escondía un problema económico. La Iglesia cobraba, y cobra aún, para realizar la ceremonia religiosa del casamiento. Y el tema fue mencionado por el ultracatólico Manuel Pizarro en la sesión del 1º de septiembre de 1888. "Se dice que los curas no casan a muchos porque esos muchos son pobres", advirtió el senador santafesino. Y enseguida encontró la forma de enmendar esta injusticia divina, con tal de no aprobar el matrimonio civil: "Pongámosles un sueldo a los curas, y entonces el pueblo no será explotado, se casarán todos sin dificultades de ningún género".

11 de julio de 2010
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un bebé torturado


Para obligarla a hablar, los policías torturaron a su bebé de siete meses.
Argentina. Osvaldo ‘Valdi’ Uferer fue detenido en dos ocasiones: a fines de abril del ’75 estuvo en la alcaidía del Chaco durante 20 días. La segunda, ocurrió un año después, en 1976, cuando un patrullero lo levantó de la calle y lo depositó en la Brigada de Investigaciones de la policía chaqueña. Estuvo siete años preso. Pasó por la alcaidía, la U7, y la U9 en La Plata. El jueves declaró en la causa "Caballero", en Resistencia. Contó que en la Brigada una vez lo torturaron hasta que se desmayó: "Me dejaron tirado en el piso al lado de una puerta vaivén". Cuando despertó escuchó la voz de Gabino Manader y los gritos de Nora Valladares durante un interrogatorio. "Manader le decía bueno... bueno... terminemos... decime lo que quiero saber y te devuelvo la bombacha, te vestís y listo..." Como la mujer no respondía la torturaron un poco más, hasta que el policía (imputado en la causa) se cansó y le dijo: "Bueno, ¿sabés qué? Vamos a traer a tu hijo". "Nora estaba detenida con un bebé de siete meses –continuó Valdi–. Le aplicaron la picana, porque cuando sonaba la picana el bebé lloraba." Valdi observaba y escuchaba todo tirado en el piso. Pudo ver a la hoy diputada nacional Elsa Quiroz, a Horacio Cracogna, a Nora Valladares, Jorge Migueles y también a Arturo Franzen y Manuel Parodi Ocampo, dos de las víctimas de la Masacre de Margarita Belén. "Yo me preguntaba por qué se torturaba en el centro de la ciudad, enfrente de la plaza central, donde juegan nuestros niños. Ahora tengo la idea de que esto era un plan premeditado para sembrar el terror", reflexionó.

10 de julio de 2010
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otros jueces denunciados


La familia judicial colaboró con la dictadura.
Argentina. Francisco Miret y Otilio Romano no son los únicos jueces acusados de convalidar las ilegalidades cometidas por la última dictadura. A paso lento pero firme, avanza el proceso de justicia sobre otros magistrados y funcionarios judiciales señalados como cómplices de las acciones cometidas por el terrorismo de Estado.
El caso más resonante es el de Víctor Brusa, ya que fue el primer juez federal del país condenado por crímenes de lesa humanidad. En diciembre último, el Tribunal Oral de Santa Fe lo sentenció a veintiún años de prisión efectiva tras ser encontrado culpable de ocho casos de apremios ilegales. También ganaron cierta notoriedad en aquella provincia los casos de los ex jueces federales Víctor Montti –acusado de ignorar las denuncias de las personas detenidas y de hacerles firmar declaraciones obtenidas bajo torturas– y Luis María Vera Candioti, que en 1977 fraguó datos de una niña cuya familia fue asesinada.
Carlos Martín Pereyra González, camarista mendocino al igual que Miret y Romano, renunció a su cargo en abril de 2009 luego de ser acusado de encubrir delitos de lesa humanidad por el Tribunal Oral Federal de San Luis. Durante la dictadura, Pereyra González se desempeñaba como secretario del juez federal Eduardo Allende y fue denunciado por ex presos políticos por no recibir denuncias de tormentos presentadas en 1977. Ahora está siendo investigado por la Justicia puntana en el único juicio de lesa humanidad que lleva adelante el tribunal federal de esa provincia.
Otro que abandonó su cargo hace algunos meses fue Carlos Otero Alvarez, secretario penal de la Justicia Federal de Córdoba que durante la dictadura habría adoptado un rol pasivo frente a la denuncia de torturas. De acuerdo con la Comisión de Disciplina del Consejo de la Magistratura, el magistrado tampoco realizó denuncia alguna frente a distintos allanamientos ilegítimos producidos sin orden judicial. El actual juicio por fusilamientos de la UP1 podría reactivar su causa.
El ex juez federal de La Rioja Roberto Catalán está involucrado en la causa "Menéndez", que tiene como principal imputado al ex titular del Tercer Cuerpo del Ejército. Semanas atrás, Catalán negó las imputaciones de la fiscalía federal –que lo acusa de asociación ilícita, privación de la libertad, tormentos y homicidio– pero quedó detenido en su domicilio el mismo día en que fue citado a indagatoria.
En Chaco, dos magistrados acusados por el propio procurador Esteban Righi fueron suspendidos en sus cargos. Uno es Roberto Mazzoni, que desde mayo de 1974 hasta agosto de 1976 se desempeñó como secretario del juzgado federal de Resistencia, quien fue señalado como partícipe de varios interrogatorios ilegales y denunciado por amenazar a distintos detenidos durante la dictadura. El otro fue el ex fiscal federal Carlos Flores Leyes, acusado de cometer y consentir numerosos atropellos contra los detenidos, quien murió el pasado 24 de abril, semanas antes de que se iniciara la "Causa Caballero" en la cual se lo acusaba de participar de sesiones de tortura a detenidos políticos.

10 de julio de 2010
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los consejos de miret


La investigación en el Consejo de la Magistratura. Un ex preso político y la madre de una joven secuestrada durante la dictadura declararon ante el organismo que designa y remueve a los jueces por la causa contra Luis Miret.
Argentina. A fines de agosto de 1975, un día después de haber sido torturado durante horas, Hugo René Tomini recibió la visita del juez Luis Francisco Miret en el calabozo del Departamento de Informaciones de la policía de Mendoza.

–¿Cómo está? –preguntó el magistrado.
–Dolorido –respondió desde el suelo Tomini, incapaz de pararse por las secuelas del castigo.
–Hay que aguantar –le aconsejó Miret.

Tomini recordó el diálogo el último jueves frente a tres integrantes de la Comisión de Disciplina y Acusación del Consejo de la Magistratura de la Nación, que investiga el rol del actual juez de la Cámara Federal de Mendoza durante el terrorismo de Estado. También la madre de una joven secuestrada y ultrajada por miembros del D2 describió los padecimientos de su hija y sus gestiones infructuosas ante Miret, a quien definió como "cómplice de violadores" y "un embrión de la dictadura".
Tal como informó Horacio Verbitsky el 25 de abril, el periodista Rodrigo Sepúlveda filmó el testimonio de Tomini en 2000 y lo incluyó tres años después en su tesis de graduación a la licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Cuyo. Miret y su colega Otilio Roque Romano, fiscal durante la dictadura, fueron denunciados ante el Consejo por organismos defensores de los derechos humanos de Mendoza, con la adhesión posterior del gobierno de Celso Jaque. En el marco de esa instrucción fue citado a declarar el ex preso político, que dio testimonio ante los consejeros Héctor Masquelet, Diana Conti y Santiago Montaña.
Tomini fue detenido en la calle el 28 de agosto de 1975. Lo llevaron a su casa, donde le dieron la primera paliza, y luego en el baúl de un auto hasta el palacio de policía, donde funcionaba el D2 y donde pasó la peor semana de su vida. Desde el calabozo pegado al suyo escuchaba la voz de una adolescente que imploraba no ser violada, y el ruido de un arma, que imaginó en la cabeza de la víctima. De las torturas físicas destacó la golpiza, sobre todo en los testículos, y la picana, atado de pies y manos al elástico de una cama de metal. "Eso duró varias horas", contó.
"Uno o dos días después siento que alguien corre como un cerrojo del calabozo y dice ‘levántese, lo viene a ver el juez’. Yo no me pude levantar porque físicamente no estaba en condiciones", recordó. De inmediato se produjo el diálogo con el que arranca la nota, que mantuvo con "un señor de traje". "Teóricamente ése era el juez. Yo dije ‘es una payasada de la policía’. Pero mi sorpresa grande fue cuando, dos o tres días después, voy al juzgado y era el juez", recordó.

–¿Usted le refiere a Miret las torturas a las que había sido sometido? –preguntó el consejero Masquelet.
–No, en absoluto. No declaro absolutamente nada. No sabía que uno podía decir ‘denuncio las torturas pero me abstengo de declarar’. Aparte, le soy sincero, sentía como que era algo sabido, que no hacía falta explicarle a nadie –dijo, y reiteró: "Me vio tirado en el suelo, yo no podía pararme".
Varios meses después, Tomini consiguió que le dieran la opción para salir del país. "Mis padres, entonces, van a hablar con Miret, mostrándole que yo tenía el derecho de opción, a lo cual Miret dijo: ‘Si el general Videla no tiene nada contra su hijo, yo tampoco’".
"Miret era un embrión de la dictadura que después nos acosó", resumió el jueves anterior Luz Casenave, quien recordó la desidia con la que el juez trató a su hija de 16 años durante su cautiverio. Luz Faingold cursaba el quinto año del colegio secundario, era delegada del curso. Fue detenida el mismo día que Tomini y trasladada al D2. Su madre se apersonó pero no logró que la liberaran. Luego, el entonces juez Miret prohibió la restitución de Luz al hogar.
Cuando supo que su hija sería indagada por el juez, Casenave se presentó en el edificio de Tribunales y logró ingresar a la sala de audiencias. Vio a su hija, al juez Miret y al entonces fiscal Otilio Romano (el otro camarista mendocino denunciado por encubrir delitos de lesa humanidad), más dos soldados y un secretario. "Mi hija era un pajarito vencido, un ser arruinado, oprimido", recordó Casenave, que es psicóloga y asistente social.
Ante la pregunta de Miret, le informó que era la madre de Luz. El juez la obligó a retirarse pero Casenave se negó, le dijo que no podía interrogar a una menor sin la presencia de al menos uno de sus padres. Consultada por el defensor oficial de Miret, la mujer recordó que el interrogatorio a su hija no parecía a cargo de un juez sino "policial". "Miret tuvo la oportunidad de ser un hombre de ley y sin embargo fue cómplice de los violadores", afirmó Casenave, de 80 años, en referencia a los abusos sexuales que padeció su hija. "Fue lo más doloroso que pasé en mi vida", confesó.

10 de julio de 2010
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más jueces al banquillo por ddhh


Piden la citación a indagatoria por complicidad en delitos de lesa humanidad de dos camaristas de Mendoza. Los camaristas Luis Francisco Miret y Otilio Romano, entre otros magistrados y ex fiscales mendocinos, son acusados por omitir denuncias, avalar detenciones ilegales y no investigar torturas durante la última dictadura militar.
[Nora Veiras] Argentina. "El Poder Judicial federal de la provincia de Mendoza evidenció (durante la dictadura) una clara voluntad de no investigar las atrocidades que se cometieron (...) Esta afirmación está basada en un hecho incontrovertible: pese a las innumerables denuncias de cientos de desapariciones y/o homicidios, torturas, privaciones ilegales de libertad y abusos sexuales (...) no hubo un solo funcionario de las fuerzas de seguridad que resultara imputado o seriamente investigado por la comisión de esos delitos." A lo largo de casi doscientas fojas, el fiscal general Omar Palermo detalló la connivencia de la Justicia con los represores y solicitó que se cite a declaración indagatoria a los actuales camaristas federales de Mendoza Otilio Romano y Luis Francisco Miret y al ex juez Gabriel Guzzo, entre otros, por abuso de autoridad, violación de los deberes de funcionario público, por omitir hacer cesar detenciones ilegales y por encubrir por omisión el deber de denuncia. Calificaciones que tributan en delitos de lesa humanidad.
Miret y Romano ya fueron denunciados ante el Consejo de la Magistratura por organismos de derechos humanos y el propio ministro de Justicia provincial (ver aparte). El pedido del fiscal Palermo, encargado de impulsar las causas por delitos de lesa humanidad, se nutre del testimonio de las víctimas entre 1975 y 1983. El rechazo de los recursos de hábeas corpus, la negativa a buscar a personas desaparecidas, a investigar las condiciones de quienes estaban detenidos y a indagar sobre las torturas estremecen a pesar de la asepsia de la jerga legal. La colaboración del aparato judicial con el terrorismo de Estado se está empezando a investigar en distintas provincias (ver aparte). En Mendoza ya provocó la renuncia de otro camarista, Carlos Martín Pereyra González, quien fue señalado por la Cámara de San Luis por haber presenciado sesiones de tortura.

Modus Operandi
El pedido del fiscal Palermo se presentó ante el juez Walter Bonto, titular del juzgado que está en manos como subrogante de Olga Pura de Arrabal, la magistrada que trascendió por su fallo a favor de la suspensión de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Decisión avalada por los camaristas denunciados por complicidad en delitos de lesa humanidad y revertida por la Corte Suprema de la Nación. Tras la feria judicial se supone que Bonto reasumirá. Miret y Romano pretendieron deslegitimar las denuncias en su contra aduciendo que eran una persecución por su postura frente a la ley de medios. Horacio Verbitsky precisó en Página/12 el pasado 25 de abril que "los organismos de derechos humanos entregaron al Consejo de la Magistratura la denuncia el 22 de marzo y la Cámara de Mendoza recibió la apelación por la ley audiovisual una semana después".
"Hubo jueces diligentes, no heroicos", pero que con sus decisiones pudieron dar con un paradero y "poner coto a la dictadura", señala el fiscal. Esa conducta no caracterizó a Miret, Guzzo y Romano. Por ejemplo, en el caso del secuestro del matrimonio Galamba que denunció, además, el robo de camas, roperos, heladera, lavarropa y ropa, el entonces fiscal Romano rechazó investigar el tema porque "se convertiría al tribunal en una oficina de informes de cosas perdidas".
El caso de Luz Faingold, una adolescente de 17 años que fue detenida en el ’75 es uno de los que más compromete a Miret (ver aparte). El dictamen del fiscal precisa que "si bien el juez Miret no ordenó directamente la detención de la menor, habría sido anoticiado –probablemente de manera telefónica– el mismo día del resultado del allanamiento que él había ordenado. Es decir, desde un primer momento tomó conocimiento de que tenía privada de su libertad a una menor de edad, en un centro clandestino de detenidos junto a personas adultas perseguidas por causas políticas, a quien mantenía además incomunicada, no obstante lo cual, una vez anoticiado, dispuso la continuidad de esa detención preventiva ilegal y que se la mantuviera incomunicada negándole la entrega a la madre". El entonces fiscal Romano estaba al tanto de la situación y ambos "una vez que tomaron conocimiento de las torturas y del abuso sexual del que fue víctima la menor por parte del personal policial, omitieron promover la persecución y represión de los delincuentes".
La denuncia presentada por organismos de derechos humanos y sobrevivientes del centro clandestino de detención que funcionaba en el Departamento de Informaciones de la policía mendocina cuenta que Miret se jactaba de ser amigo personal del general Juan Pablo Saa, a cargo de la represión en Mendoza. "Miret y Romano fueron un engranaje del proceso represivo para facilitar la impunidad ajena y en algunas casos, propia", sostienen. En un reportaje publicado por el diario mendocino El Sol, Miret se definió como "campeón del garantismo", aclaró que no fue "juez del proceso sino juez de carrera que actuó durante el proceso" y explicó que todos los detenidos decían haber sido torturados "para desvirtuar la indagatoria policial" y abundó que los policías "estaban tentados de hacer cualquier apremio, como mínimo, un submarino, que no deja marcas, o colgarlos de las piernas por una noche y, entonces, al día siguiente, algunos cantan". Esos apremios "podían ser o no ciertos", agregó. El actual camarista dijo, en la misma nota, que cuando le advirtieron sobre la desaparición del profesor Mauricio López Miret pensó que "se había escondido". En otros casos, directamente avaló actas postdatadas para blanquear el secuestro de jóvenes antes y después del último golpe militar.

Delitos
El fiscal Palermo sostiene que la tolerancia por parte de los magistrados y fiscales que actuaron durante la dictadura terminó erigiendo una suerte de garantía de impunidad para los delitos cometidos. Llama la atención también sobre el silencio que siguieron manteniendo desde el retorno a la democracia.
Del estudio de los expedientes de la época surge que cada uno de los cientos de recursos de hábeas corpus a los que no se les dio curso permitió que los funcionarios tuvieran conocimiento de las detenciones sin orden de autoridad competente y, por lo tanto ilegales; de violaciones de domicilio, de apropiaciones de bienes, de secuestros, desapariciones y torturas.
A partir de la descripción de más de cien casos de secuestros, torturas y desapariciones –en Mendoza hay más de doscientos desaparecidos–, el fiscal Palermo pidió que se cite a declaración indagatoria a Miret por privación abusiva de la libertad, omisión de promover la investigación en 26 hechos, seis omisiones de investigar torturas, robo, prevaricato y omisiones de hacer cesar privaciones ilegales de la libertad. Al ex juez Gabriel Fernando Guzzo lo acusa por no promover la investigación ante 108 denuncias. Al ex fiscal y actual camarista Otilio Roque Romano, quien le dijo al diario La Nación que las acusaciones contra él y Miret habían sido impulsadas para presionarlos por la ley de medios, el fiscal le imputa no haber promovido las investigaciones en 97 detenciones y desapariciones, además de haber encubierto robos y evitar la continuidad de detenciones clandestinas.
Después de veintiséis años de democracia y cuando los procesos a los responsables directos y ejecutores de la represión ilegal avanzan en distintos puntos del país, el velo sobre la complicidad de los jueces empieza a correrse. En Mendoza, los magistrados encontraron hasta ahora los mecanismos para evitar que militares y miembros de fuerzas de seguridad esperen en prisión el comienzo de los juicios. La historia compartida con varios de los actuales camaristas explica la solidaridad y redobla el desafío para hacer justicia.

10 de julio de 2010
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