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rata apareció muerta


[Adriana Meyer] El teniente coronel Paul Alberto Navone, quien debía prestar declaración indagatoria en la causa por robo de bebés en Entre Ríos, apareció muerto con un tiro en la sien en Córdoba.
Entre Ríos, Argentina. La noticia debió ser un nuevo capítulo de las causas sobre el destino de los niños nacidos en cautiverio durante la dictadura. Sin embargo, una vez más, terminó siendo un hecho policial con posibles ecos políticos. El ex agente de Inteligencia Paul Alberto Navone apareció muerto en un hotel de la Fuerza Aérea, en la localidad cordobesa de Ascochinga, con un disparo en la sien. Este teniente coronel tenía que presentarse ayer a prestar declaración indagatoria acusado por su supuesta actuación en la sustracción de bebés nacidos en el Hospital Militar de Paraná. La fiscalía calificó el hecho como "averiguación de suicidio" y trascendió que Navone le habría comunicado a uno de sus hijos su intención de quitarse la vida. También habría dejado una carta a la familia. "Creo que sabía mucho sobre el destino de los niños nacidos en ese hospital, era como la punta de un iceberg", dijo a Página/12 Guillermo Germano, coordinador del Registro único de la Verdad de Entre Ríos y querellante en la causa.
Al juzgado de Myriam Galizzi llegaron certificados médicos en los que constaba que Navone, que era diabético, habría padecido un pico de glucemia. Por eso la magistrada no ordenó su detención ante el faltazo, tan sólo le fijó una nueva audiencia para interrogarlo el 3 de marzo.
El cuerpo del represor fue encontrado a las 10.15 en los jardines del hotel Parque que la Fuerza Aérea tiene en la zona serrana al norte de Córdoba, a 55 kilómetros de la capital provincial. Habría aparecido con un disparo a la altura de la sien, de un calibre 9 milímetros, con orificio de salida en la zona izquierda de la cabeza, según describió una fuente con acceso al informe que elaboró la comisaría de La Granja, con la intervención de la fiscalía de instrucción de Maria Dimeglia. Al parecer, Navone tenía un emprendimiento gastronómico en ese hotel y vivía en La Granja. En la carta a sus familiares les agradeció por "los momentos vividos" y aclaró que se trataba de "una decisión personal".
La expectativa por la declaración de Navone estaba puesta en la posibilidad de que aportara datos sobre lo sucedido con los hijos mellizos de Raquel Negro, que permanece desaparecida. El 27 de noviembre, el represor Eduardo "Tucu" Constanzo aseguró ante la jueza Galizzi que Navone integró el grupo de tareas que trajo a Negro desde Rosario a Paraná para dar a luz, y permaneció con ella durante su cautiverio en 1978.
La versión de Constanzo es que uno de los bebés, el varón, nació muerto, pero esto se contradice con los testimonios de ex trabajadores de una clínica de pediatría de Paraná, donde habrían ingresado los mellizos. De todos modos, el niño tenía serios problemas de salud que le habrían causado la muerte a los pocos días. Según el mismo relato, la niña fue dejada en la puerta de un convento u orfanato de Rosario, en un operativo realizado por otros represores. Las enfermeras del Hospital Militar los anotaron con los nombres de Facundo y Soledad López.
Constanzo nombró a Walter Pagano, ex agente civil de inteligencia del Ejército, y al teniente coronel retirado Daniel Amelong. La hipótesis es que todo el procedimiento, que terminó con el asesinato de Raquel Negro y la apropiación de sus hijos, fue coordinado por quienes eran los máximos jerarcas de la represión ilegal en esa región: Leopoldo Fortunato Galtieri, Juan Carlos Ricardo Trimarco y Ramón Genaro Díaz Bessone.
El traslado de Negro a Paraná se hizo de manera simultánea con la Operación México, en la que el marido de esa mujer, Tulio "Tucho" Valenzuela, también detenido en Rosario, debía viajar a ese país y asesinar a la cúpula de Montoneros. A pesar de que su mujer seguía en manos de los represores, una vez en México Valenzuela denunció las graves violaciones a los derechos humanos que se cometían en los centros clandestinos de detención rosarinos y así desarticuló la operación. Valenzuela también permanece desaparecido.
Raquel Negro, María en el libro de Miguel Bonasso Recuerdo de la muerte, pasó por la Quinta de Funes y luego de parir fue llevada por Navone y el teniente coronel Marino González al campo La Intermedia, aunque habría llegado muerta en el baúl de un auto, desnuda y envuelta en una bolsa plástica, según el relato de Constanzo. La mujer habría sido arrojada al mar, junto a los otros 14 detenidos que vinieron de Funes, en uno de los vuelos de la muerte. El testimonio de Jaime Dri, sobreviviente de Funes y protagonista de aquel libro de Bonasso, también forma parte de la investigación que busca reconstruir el destino de la hija de Negro y Valenzuela.
Navone tenía 65 años y prestó servicios en la sección de inteligencia 122 de Paraná, dependiente del Destacamento de Inteligencia 122 de Santa Fe, a su vez en la órbita del II Cuerpo del Ejército con asiento en Rosario. Durante 1976 estuvo en apoyo del Comando de la II Brigada Blindada de la capital entrerriana. La causa en la que debía declarar fue iniciada en mayo de 2005 por Germano, del Registro de la Verdad que depende del Ministerio de Justicia, y por Sebastián Alvarez, hijo de Raquel Negro y su primera pareja, Marcelino Alvarez, también desaparecido. Los hechos investigados están encuadrados en los artículos 139 inciso 2 (alteración de identidad de un menor) y 146 (sustracción de un menor en poder de sus padres), ambos del Código Penal. La jueza temía que Navone no se presentara, por lo que le ordenó a la Policía Federal que lo identificara en cinco juegos de huellas dactiloscópicas y que efectuara un "informe de vida y costumbres", según detalló la página web Analisisdigital.com. Lo que quizá no imaginó la magistrada es que no tendría nunca más posibilidad de tomarle testimonio a Navone.

26 de febrero de 2008
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rostros de la represión en rosario


[José Maggi] Ex agente de inteligencia identificó a otros represores. Eduardo Constanzo reveló ante este diario los nombres de los responsables de torturas y secuestros retratados en una imagen.
Rosario, Argentina. "El primero de arriba es Pacheco, pero su nombre real era Pascuali. Era policía federal ferroviario en la Estación Rosario Norte y era agente de inteligencia." A pedido de este diario, el represor Eduardo ‘Tucu' Constanzo, ex agente de inteligencia del Ejército, identificó a los represores registrados en una plantilla fotográfica rescatada en uno los allanamientos que se hicieron, durante los primeros años de democracia, en distintas viviendas de otros involucrados en la represión ilegal en Rosario bajo la última dictadura.
El listado de nombres de las personas fotografiadas fue siempre un misterio, y las identidades muchas veces discutidas. Esta es la primera vez que, con total claridad, más allá de las complicidades que puede encerrar su testimonio, un represor identifica a sus pares como responsables en los crímenes de lesa humanidad cometidos en la región por la patota de militares, policías y civiles comandada por el ex jefe de policía Agustín Feced, bajo supervisión del Comando del II Cuerpo del Ejército. En el marco de la megacausa Feced, la semana pasada Constanzo identificó ante el juez federal subrogante Félix Angelini a Juan Andrés Cabrera, alias "el Barba", como quien realizó el seguimiento de Osvaldo Cambiasso, luego asesinado, y apuntó con nombre y apellido a los responsables del secuestro y tortura del dirigente comunista Rubén "Tito" Messiez, también asesinado. Tras ser empleado de la Defensoría del Pueblo en democracia, Cabrera está actualmente prófugo. Siguiendo el orden de la foto, Constanzo enumeró: "Este es Bigote, de apellido Navarro, era agente de inteligencia y trabajaba dentro del Departamento, en la sección Documentación. El otro es Walter Pagano. Este es Eduardo Rebecchi, alias ‘Rébora'". Siempre siguiendo el orden, agregó: "Tito Orefice es el nombre de éste, hermano de quien fuera subjefe de la policía. Cacho Marengo es éste (dice con el dedo encima de la foto), trabajaba dentro del Destacamento. Era agente y un cuadro C 1, es decir, era oficinista. Acá está el Petiso Aguilar, que en verdad se llama Alcuri, que está vivo y tiene una agencia de seguridad, en la que trabajaba o trabaja Ariel Porra, alias ‘El Puma'. Aguilar era el fotógrafo que les sacaba fotos a los muertos".
A los que siguen en la imagen no pudo identificarlos. Luego sí: "Este es "Gustavo Bueno", conocido por su alias Germán Benegas. Bueno era el que manejaba el auto cuando lo secuestraron a Tito Messiez, y el que cava junto a nosotros para enterrarlo a Remo (un militante montonero de San Juan). El que sigue tampoco pudo decir quién era. Esta era Anita Cristheler –dice de la mujer–. Jorge Walter Pérez Blanco es este otro. Y éste es Walter Roscoe. Es el que hizo los pasaportes de los cinco que viajaron para la Operación México. Hoy vive en Misiones, en Posadas. Se casó con la viuda de un teniente que mataron los Montoneros". Al último tampoco pudo identificarlo.
En su declaración ante la Justicia, hace una semana, Eduardo Constanzo dio detalles sobre el secuestro de Tito Messiez: "Eran entre las 11 y las 12 del mediodía cuando vi a bordo de un Renault 12 color naranja que usaba el Barba Cabrera a una persona tapada en el asiento de atrás, a un costado de la cual estaba Ariel Porra, alias "el Puma", y al otro lado, siempre en la parte de atrás, a Carlos Sfulcini, que es abogado, y adelante conduciendo a Cabrera, y a su lado en la parte delantera a Gustavo Bueno. Yo le pregunto a Sfulcini quién era la persona y me dijo despacito: ‘Messiez, que está en el Partido Comunista', y me contó que era un trabajo que había hecho él".
Constanzo señala que el hecho ocurrió "a unas cuadras de La Calamita", desde donde se retiró para volver "tres o cuatro horas después, momento en el que El Barba Cabrera me contó de qué se trataba'".
Constanzo declaró que "nunca le vi la cara a Messiez porque el único que lo interrogaba y torturaba era Cabrera". Luego precisó que "Cabrera actuó en los casos de Messiez, Cambiasso y (Eduardo) Pereira Rossi y en la detención del matrimonio de los cieguitos (en referencia a la pareja Vega-Ravelo). Cabrera es el que agarró después de eso al hijo de los cieguitos, que tenía 12 años en esa época, y lo entrega en una estación de servicio de Felipe Moré y 27 de Febrero a un señor que venía en un auto. Prácticamente Cabrera era el hombre de confianza de Fariña y de Guerrieri". En su declaración judicial ante el fiscal de San Nicolás, Juan Murray, Constanzo aseguró que "quien torturó a Cambiasso y Pereira Rossi sobre el camioncito Mercedes Benz 608 fue Cabrera. Fue en Oroño y avenida de Circunvalación. Se ve que tenían la zona liberada". Constanzo también dijo que "para esclarecer este secuestro habría que llamarlos a declarar a Filtro, que era el yerno del coronel Pozzi y al Puma Porra, para que digan a quién y dónde le entregaron a Cambiasso y Pereira Rossi". En este punto Constanzo describe al Puma Porra, hoy en libertad: "Es gordo, tiene un poco de barba, tiene el pelo teñido de un color como rubio. Y al igual que seis o siete más eran hombres de confianza de los jefes y hacían de todo, hasta tirar gente de los aviones".

25 de febrero de 2008
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comedores con las ollas vacías


[Alejandra Dandan] En al menos un centenar de comedores populares la falta de alimentos y recursos estatales obligó a cerrar las puertas. Según autoridades de la provincia, el problema ya fue resuelto.
Buenos Aires, Argentina. Lagarto Juancho nació de una olla popular en la esquina de uno de los lugares más pobres de José C. Paz durante la hiperinflación de fines de los '80. Con los años se transformó en uno de los pilares del barrio. Ahora, después de casi veinte años, cerraron sus puertas casi por un absurdo: la falta de alimentos. Lo mismo sucedió en otros 18 centros comunitarios de José C. Paz, en 80 de Quilmes y 16 de Moreno, por nombrar algunos ejemplos. Los comedores estuvieron cerrados en enero y febrero. Y aunque la mayoría ahora está reabriendo sus puertas, el cambio de gobierno en la provincia de Buenos Aires y un retraso de las partidas de Nación explican parte de problema, pero no termina de trasformarse en una solución.
"Cerramos porque no tenemos resto –dice Ana Gravina, de José C. Paz–. El verdulero, el carnicero o el que hasta ahora nos fiaban las cosas, te dicen: ‘Bueno, ya está'. Ahora nosotros sentimos que no sólo llegamos a un límite económico, estamos agotados: no tenemos resto, ni económico ni personal porque desde hace seis años nos dicen que esperemos."
Gravina está sentada al borde de una mesa, como de la vida misma. Ahí se reúnen cada semana los coordinadores de 19 centros comunitarios de José C. Paz, un espacio de la red Encuentro que están distribuidos en Malvinas Argentinas, San Miguel, Moreno, San Fernando y los barrios de la línea del ex Ferrocarril San Martín. La mayoría nació como comedores populares de los embates de las crisis, pero con el tiempo se fueron reformulando para trasformarse en las patas de un Estado en lugares donde el Estado se disolvió. Cuando la época lo pidió, dejaron la "emergencia" para desarrollar sistemas de capacitación para mamás educadoras, espacios de arte para los adolescentes, apoyo escolar o cualquier otra cosa que pudiera devolverles algo parecido a la vida a lugares cada vez más devastados.
En todo momento la comida siguió cumpliendo un rol central. Por los centros pasan tres mil chicos por día para comer un plato de comida principal y una merienda. "Un año y medio atrás empezamos a tener dificultades sostenidas en los proyectos y ahora ya no pudimos esperar –sigue Gravina–-. Sin tener garantizado el funcionamiento básico del comedor, estos centros no pueden funcionar porque no tienen sentido. En 20 años, nos rompimos el lomo para tener edificios, educación, asumimos roles de salud que el Estado no asumía, de la mejor forma, pero ¿qué es lo que quieren que hagamos? ¿Que volvamos a pedir donaciones? Las donaciones te las dan en el 2001 y en la hiperinflación, pero ¿sabés cuánto cuesta después que te tiren un paquete de fideos?"
José C. Paz es solo uno de los lugares afectados. El cierre se repitió en varias regiones del conurbano que recibían dinero del gobierno bonaerense y de la Nación. Entre ellos, se cerraron comedores de organizaciones piqueteras como del MST Trabajo y Dignidad, pero también de asociaciones laicas y religiosas como las que están nucleadas en torno de Interredes, un espacio social sin colores políticos en el que confluyen organizaciones y asociaciones civiles como la red de José C. Paz, de La Matanza, la red de Cáritas en San Isidro o Quilmes. La mayoría tiene más de diez años de vida y, por primera vez, muchas suspendieron los comedores y su actividad.
David Benítez es referente de los 80 centros en Quilmes, Berazategui y Florencio Varela. "Hubo un poco de todo –dice–. Es típico que la rediscusión de los presupuestos que se da anualmente traiga estos problemas, pero el monto de la beca no se actualiza desde hace tiempo y las organizaciones tienen cada vez menos posibilidades de aguantar."
En los papeles, los comedores no solo tuvieron problemas para pagar los alimentos, sino también para ponerse al día con los sueldos de educadores y asistentes y para cubrir los servicios. Normalmente, el flujo de dinero más importante llega a través de dos vías: el Ministerio de Desarrollo Social de Nación y de Desarrollo Humano de la provincia. Nación suele aportar el dinero de los alimentos y la provincia cubre gastos de funcionamiento. En Nación las partidas se canalizan por el Programa Nacional de Seguridad Alimentaria, que se maneja a través de PNUD y en la provincia, a través de unidades de Desarrollo Integral con módulos de partidas especiales. Nación entrega $1,90 por almuerzo y $1,25 por merienda. La provincia maneja presupuestos que van de 56 a 168 pesos al mes por chico. Las dos intervenciones no son excluyentes, y los aportes pueden cubrir de 20 a 70 por ciento de los gastos.
Según lo que pudo determinar este diario, ambas partidas se retrasaron este año. En la provincia los retrasos precedieron al cambio de gobierno y en Nación, se dieron por la reglamentación de la Ley de Presupuesto. Según fuentes del ministerio, el presupuesto se aprobó en noviembre pero hasta el 30 de enero no se reglamentó. Hasta entonces Economía no liberó los fondos que recién ahora se estarían destrabando. De las 970 organizaciones sociales con comedores que financia Nación, 610 están en la provincia de Buenos Aires: por lo menos el 20 por ciento de ellas estuvo sin fondos en enero y febrero.
La Nación dice que siempre tiene un bache entre el 15 de enero y el 20 de febrero. En la provincia los atrasos no son extraordinarios. El punto es que ahora las instituciones cerraron temporalmente. Para los responsables fue por esa "falta de resto" pero los técnicos hablan, en cambio, de una paradoja. Indican que los cambios que está generando el impulso continuo y regular de las partidas de Nación permitieron que las organizaciones se olviden de pensar en cómo sostener la comida para desarrollar otras actividades. Y eso generó como contrapartida que pierdan las redes solidarias que antes les permitían nutrir el comedor. ¿Es así? En las organizaciones no lo creen. "La situación es recontracrítica para nosotros –dice ahora Alicia Sambrana, de José C. Paz–. Porque la plata sabés que no te alcanza."

25 de febrero de 2008
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nuevos imputados por masacre


[Diego Martínez] Ordenan la detención del ex jefe de la base Almirante Zar. El juez ordenó el arresto del contraalmirante Mayorga. Dos marinos en actividad deberán explicar qué es el "gupo de contención".
Argentina. Mientras otros dos oficiales retirados de la Armada deberán prestar declaración indagatoria sobre la masacre de Trelew y su posterior encubrimiento, dos oficiales en actividad deberán dar explicaciones acerca de la relación de la fuerza que conduce el almirante Jorge Godoy con los imputados en la causa, sobre todo con el teniente empresario prófugo Roberto Bravo, a quien Interpol ya está buscando en Estados Unidos. Cuando se concrete su detención, el contraalmirante (R) Horacio Mayorga se explayará ante el juez Hugo Sastre sobre la orden de trasladar a los guerrilleros que habían entregado sus armas a la base Almirante Zar –que envió desde Puerto Belgrano el 15 de agosto de 1972– y sobre la frase que pronunció como comandante de la Aviación Naval después del fusilamiento: "Se hizo lo que se tenía que hacer". El capitán de navío (R) Jorge Enrique Bautista en principio no será detenido. Pero deberá explicar quiénes supieron del simulacro de instrucción a su cargo, elaborado para respaldar el cuento del intento de fuga, el tiroteo y las muertes inevitables.
El suboficial Carlos Marandino contó que en octubre fue citado al Edificio Libertad. Lo recibieron el capitán de fragata Angel Vázquez, de la Secretaría General Naval, y el capitán de navío Juan Martín Poggi, subsecretario de Relaciones Institucionales. Le informaron que se había reabierto la causa y podía llegar a ser citado, le entregaron sus tarjetas y prometieron "tenerlo al tanto". Página/12 pudo saber que Poggi tiene a su cargo una dependencia que los marinos llaman "grupo de contención" para asesorar a camaradas imputados por crímenes de lesa humanidad. Ante la consulta, Poggi prefirió no hablar. "Podría cometer una falta disciplinaria", explicó. Vázquez ya pasó a retiro. El juez Sastre los citó como testigos, para saber si fue un servicio personal o institucional y qué relación tienen con los imputados, sobre todo con Bravo.
Como comandante de la Aviación Naval, el entonces capitán de navío Mayorga era en 1972 responsable de la base Zar. El juez lo indagará sobre su rol en las privaciones de la libertad y sobre el antológico discurso que pronunció el 5 de septiembre de 1972. "La Armada no asesina. No lo hizo, no lo hará nunca. Se hizo lo que se tenía que hacer. No hay que disculparse porque no hay culpa. No caben los complejos que otros tratan de crear. La muerte de seres humanos es siempre una desgracia. Estos muertos valen menos, en el orden humano, que el guardiacárcel Valenzuela (murió durante la fuga del 15 de agosto) y que los humildes argentinos del orden público muertos en servicio." Bautista, de 81 años, internado en el Hospital Naval por problemas cardíacos, tuvo a su cargo el sumario para respaldar la versión oficial. Si su salud le impide trasladarse a Rawson, el juez viajará a Buenos Aires para escucharlo. Con la detención de Mayorga y si antes no cae Bravo, puede convertirse en el sexto preso de la causa.

23 de febrero de 2008
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violento desalojo de cartoneros


[Carlos Rodríguez] El gobierno porteño desalojó con la Policía Federal a los cartoneros asentados en Belgrano. Hubo heridos y nueve detenidos. El Ejecutivo adujo que actuó por orden judicial, pero la fiscalía lo desmintió.
Buenos Aires, Argentina. Eran noventa personas –entre ellas cerca de treinta niños– que estaban doblemente "en Pampa y la vía". Lo estaban por sus condiciones precarias de vida, situación que describe el dicho popular. Y también porque estaban a metros de la calle La Pampa y el cruce de las vías del ferrocarril Mitre, frente a la plaza Barrancas de Belgrano. Los adultos son cartoneros que, desde comienzos de año, se habían asentado allí, sobre un playón de cemento. Desde ese lugar reclamaban que se reactivara el "tren blanco" con el que transportaban sus mercaderías y que fue desactivado el 28 de diciembre, Día de los Inocentes, por la empresa Trenes de Buenos Aires (TBA). Ayer, antes del amanecer, el gobierno porteño y la Policía Federal los desalojaron por la fuerza, sin orden judicial. Como algunos se resistieron ante lo que consideraron un atropello, hubo nueve detenidos, seis de los cuales –entre ellos una mujer– tuvieron que ser asistidos porque sufrieron distintas heridas por la violenta represión. Anoche, siete de esas personas fueron liberadas. Las escenas hicieron recordar a las que reconstruyó la película La Redada, sobre un "operativo limpieza" realizado en Tucumán por el ex gobernador de facto Antonio Domingo Bussi, en plena dictadura militar.
Un comunicado del Ministerio de Ambiente y Espacio Público, a cargo de Juan Pablo Piccardo, aseguró que el desalojo se había realizado "por disposición de la Fiscalía Contravencional número 3 de la Ciudad de Buenos Aires a cargo de la doctora Marcela Solano" (ver facsímil). Guillermo Reineque, jefe de prensa de la Fiscalía, se comunicó con Página/12 para aclarar que esa dependencia judicial porteña "no tiene atribuciones para ordenar desalojos". Reineque sostuvo que lo ocurrido fue posible por "una resolución administrativa del Ministerio de Ambiente y Espacio Público".
El vocero de la fiscalía informó que Marcela Solano había recibido la denuncia que unos vecinos del barrio de Belgrano habían presentado en la comisaría 33ª por supuesta "ocupación indebida del espacio público, suciedad, presencia de menores, presunto maltrato a los transeúntes y presuntos robos y hurtos". La fiscal sólo constató una contravención por "ensuciar bienes públicos", que tiene una pena máxima de 15 días de trabajo de utilidad pública o el pago de una multa. Reineque confirmó que "no había ocupación indebida del espacio público, porque para que exista esta contravención debe constatarse una actividad lucrativa (como la que desarrollan los vendedores ambulantes) y eso no ocurría".

La fiscal se reunió con los vecinos y luego informó al Ejecutivo porteño sobre lo sucedido. El 8 de febrero envió un oficio a la comisaría 33ª para exhortar a que tomara "medidas de prevención para evitar posibles delitos". La fiscal recién fue informada a las 9 de ayer sobre el violento desalojo, que se desencadenó a partir de las 6 de la mañana. Ante la aclaración de la fiscal, el defensor general de la Ciudad Mario Kestelboin presentó un pedido de informes ante el jefe de Gobierno, Mauricio Macri, para que responda "en virtud de qué autoridad y con qué fundamentación legal se dispuso el desalojo con intervención de la fuerza pública". También requirió datos sobre "qué medidas se están tomando para garantizar los derechos constitucionales (de los desalojados) a la asistencia, a una vivienda digna, al desarrollo humano" y a la "prioritaria protección de los derechos de niños, niñas y adolescentes".
Consultado por Página/12, el vocero de Macri, Iván Pavlovsky, alegó que "hubo un error" en la redacción del comunicado donde se afirmó que había una orden judicial. "Se libró un oficio a la fiscalía para saber si se estaba cometiendo una contravención. Entonces, el ministerio a cargo de Piccardo le dice a la gente de Emergencias y Logística que intervenga. Ellos comprueban que hay una intromisión y preparan el desalojo. Son agredidos por los cartoneros y ahí es cuando interviene la Policía."
En suma, el resultado es claro: el procedimiento se hizo por orden del gobierno porteño, sin aval de la Justicia contravencional. Lo que nadie aclaró, hasta ayer, es quién le dio la orden a la Policía Federal para montar un operativo que incluyó a cerca de cien hombres, incluyendo a un grupo de la Guardia de Infantería que cercó el lugar, aunque no intervino directamente en la represión, a cargo de personas de civil que llevaban chalecos, azules o de color naranja, con la inscripción "PFA". Consultado por este diario, un vocero del ministro de Justicia, Aníbal Fernández, de quien depende la Federal, dijo desconocer "si hubo una orden" ministerial para que la policía interviniera.
"La inexistencia de una orden judicial fue lo que comprobaron los vecinos durante el operativo y por eso resistieron el desalojo", le dijo a este diario Olivie Reboursin, abogado de la Liga por los Derechos del Hombre (LADH), que asistió a los cartoneros, junto con los letrados Pedro Dinani, Juan Carlos Combi y Gastón Sánchez. "Esto es ilegal", dijo Alejandro Tiscornia, vecino de la Asamblea de Saavedra y estudiante de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, aludiendo a la falta de validez de la orden de desalojo.
Tiscornia, y otras ocho personas más, resistieron frente al avance que intentaban los funcionarios porteños y eso dio lugar a la violenta intervención policial. Mientras eran rodeados por la Guardia de Infantería, lo que provocó el escape de muchos cartoneros, un grupo de civil con chalecos de la Federal comenzó a golpear a los que se opusieron a un acto que consideraban ilegal. Con golpes de puño, puntapiés, bastonazos y tironeos, los policías se llevaron arrastrando a los nueve detenidos, entre ellas una mujer y dos jóvenes de 17 y 18 años.
En menos de una hora, los empleados del gobierno porteño desmantelaron sin compasión las casas precarias, de lonas, maderas y chapas, en las que los cartoneros vivieron dos meses para protestar por la desactivación del "tren blanco". En dos camiones cargaron algunas heladeras y otros muebles, pero lo más doloroso para los desalojados fue ver el tratamiento que se les dio a los cartones que habían juntado para vender durante las últimas dos semanas, a la ropa y a la comida que tenían en sus viviendas.
Los empleados del gobierno porteño las cargaron directamente en dos camiones de recolección de basura de la empresa AESA que habían llegado acompañando a la comitiva oficial. Todos los elementos personales que fueron arrojados dentro de los vehículos recolectores, incluyendo sábanas y colchones, fueron compactados de inmediato, en vivo y en directo, ante los ojos de quienes eran sus propietarios.
"El espacio público no se negocia", fue la afirmación pública que hizo el ministro de Ambiente y Espacio Público porteño, Juan Pablo Piccardo, con quien no pudo dialogar este diario, a pesar de una serie de llamadas a su despacho. Piccardo habló de "problemas de higiene y seguridad" que presuntamente provocaban los cartoneros.
El abogado de los cartoneros, Gastón Sánchez, refutó la palabra oficial y denunció que "los cartoneros fueron víctimas de un operativo represivo ilegal" y anunció la presentación de acciones judiciales: "Los responsables de la agresión cometida recibirán las consecuencias jurídicas que correspondan". Sánchez afirmó que la policía "actuó en base a un decreto administrativo que no estaba suscripto por los funcionarios correspondientes y no se había emitido la notificación a las partes, tal como requiere la ley". El letrado le dijo a este diario que el jefe de la comisaría 33ª "sabe que han cometido irregularidades", porque incluso estaba mal la dirección del lugar desalojado. Horas después del operativo, una cuadrilla del gobierno dejó como un espejo el lugar que ocupaban los cartoneros. Sólo quedó una leyenda: "Libre. Cartoneros por el tren. Gracias vecinos por el apoyo".

23 de febrero de 2008
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desfile en caso fanchiotti


[Adriana Meyer] Los agentes de turno, cuando el condenado por el crimen de Kosteki y Santillán salió de prisión, declararon ayer como testigos. La fiscalía confirmó que Fanchiotti no tenía autorización judicial.
Argentina. Media docena de agentes del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) comenzó a desfilar por la fiscalía federal de Marcelo Martini, que investiga la salida de Alfredo Fanchiotti sin autorización judicial de la Unidad 25 de Olmos. Son los que estuvieron de turno el 30 de enero, cuando el ex comisario condenado a prisión perpetua por el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán salió por seis horas de ese particular penal evangélico. "Ojalá hablaran y rompieran la obediencia debida", fue el deseo que expresó uno de los investigadores de la fiscalía, consultado por este diario sobre la posibilidad de que el caso llegue a la dirección del SPB. Por ahora, el ministro de Justicia bonaerense, Ricardo Casal, pidió al jefe de los penitenciarios provinciales que remita a la brevedad las conclusiones de las primeras declaraciones ante la fiscalía para adoptar "las medidas preventivas que hay que tomar".
Casal insistió ayer con que Fanchiotti fue trasladado a una cárcel de máxima seguridad, la Unidad 42 de Florencio Varela. Lo que hace "de máxima seguridad" a una prisión es la existencia de un muro perimetral y, para el caso, la Unidad 25 de Olmos donde estaba antes también entra en esa categoría. La U42 tiene capacidad para 480 detenidos y hay 392, con un régimen semiabierto y cerrado, según los pabellones, que son trece. Seis de esos sectores son evangelistas y hay uno para ex detenidos de fuerzas de seguridad, el nuevo hogar del ex comisario.
El ministro de Justicia bonaerense dijo que, además de poner bajo sumario administrativo a todo el personal que estaba en turno cuando se produjo la salida de Fanchiotti, también pidió una auditoría a la Dirección de Sanidad Penitenciaria para confirmar versiones que indicaban que padece una grave enfermedad. Sin embargo, una alta fuente judicial desmintió esa versión. Los investigadores del fiscal Martini analizaron los libros de guardia y verificaron dos salidas autorizadas por la Justicia por motivos médicos, pero ninguna de urgencia. "Ya vimos su historia clínica y no tiene nada; una de esas salidas fue a una clínica de ojos", precisó la fuente. Martini ya tiene en claro a quiénes imputará, pero no produciría detenciones porque les endilgaría delitos que son excarcelables, tales como "quebrantamiento de la pena" e incumplimiento de los deberes de funcionario público. Tras la denuncia presentada ayer por la Dirección de Protección de la Secretaría de Derechos Humanos bonaerense, el Ministerio de Justicia intervino la U25 y puso en disponibilidad preventiva a su jefe, el prefecto mayor Jorge Suárez.
Para Casal, "el sumario administrativo será muy rico porque, más allá del incumplimiento de la ley del funcionario que decidió darle la salida, hubo otro que con plena responsabilidad anotó perfectamente en los libros". Y agregó que esto demuestra que "el sistema funcionó". El abogado Claudio Pandolfi, que representa a varios heridos de la masacre de Avellaneda, disintió con el funcionario. "Si el sistema funcionara, no tendría que haber salido. En realidad no funciona y lo comprobamos de manera eventual con estos hechos", afirmó.
Los denunciantes aclararon en su escrito que, por una cuestión de tiempo, sólo pudieron revisar los libros de los últimos dos meses cuando se presentaron en la U25, el martes pasado. Pero sí constataron que Fanchiotti salió el 30 de enero a las 10.20 y regresó al penal seis horas más tarde. Una hora antes de su salida figura el egreso de otro preso de la cárcel evangelista, el ex juez Rolando Lima, y es posible que se hayan encontrado afuera. Estas irregularidades fueron denunciadas en junio de 2007 por el Frente Popular Darío Santillán, pero desoídas por las autoridades. Fanchiotti, ex comisario de la seccional 1ª de Avellaneda, fue condenado el 9 de enero de 2006 junto con otros siete policías por el homicidio agravado de Kosteki y Santillán durante la represión a una protesta piquetera en junio de 2002, hecho que precipitó el final del gobierno de Eduardo Duhalde. El otro detenido es el cabo Alejandro Acosta, mientras que el suboficial Carlos Leiva ya estaría en condiciones de recobrar su libertad.

22 de febrero de 2008
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maría eugenia acusó a apropiador


[Laura Vales] María Eugenia Sampallo Barragán, hija de desaparecidos, declaró ayer cara a cara frente a su apropiador Osvaldo Arturo Rivas, a quien acusó por haberle robado su identidad. Detalló cómo le mintieron.
Argentina. Durante dos horas y bajo la mirada de su apropiador, María Eugenia Sampallo Barragán le contó ayer a un tribunal oral cómo fueron los años de su infancia y adolescencia, en los que vivió con otro nombre, sin saber que era hija de desaparecidos. Este es el primer juicio que una joven apropiada realiza contra el matrimonio que la crió como si fuera propia. María Eugenia, a quien le dijeron que había sido "adoptada", recordó las versiones que oía cuando les preguntaba a sus apropiadores qué había pasado con sus padres: le dijeron que habían muerto en un accidente, más tarde que su mamá era una mujer que hacía la limpieza y la regaló, o que era una azafata que vivía en Europa y había quedado embarazada en la Argentina de una historia extramatrimonial.
En la audiencia, María Eugenia estuvo acompañada por su familia biológica: su abuela, dos tías y un hermano, a quienes reencontró cuando recuperó su identidad en 2001. Fue la primer testigo del día; en la sala de los tribunales federales de Comodoro Py –la misma donde se realizó el juicio por la AMIA– se ocuparon todos los asientos destinados al público. El tribunal tuvo que habilitar el piso alto, destinado a la prensa, para la gente que había quedado afuera. La joven entró poco antes de las 11. De pantalón rojo y saco negro, parecía menor a los 30 años que cumplió días atrás. Se sentó en el sitio de los testigos y prestó juramento.

–¿Lugar y fecha de nacimiento?
–No lo sé.

Osvaldo Arturo Rivas, el hombre que la crió como propia, estaba sentado en diagonal. Fue el único de los acusados del caso que fue a la audiencia, ya que los otros dos –su ex pareja María Cristina Gómez Pinto y el militar Enrique José Berthier, quien la entregó al matrimonio cuando era un bebé de tres meses– se excusaron de asistir.
La joven es la primera nieta recuperada por las Abuelas de Plaza de Mayo que se presenta como querellante en un juicio por apropiación. Lo decidió luego de que Rivas y Berthier, tras ser procesados, abrieran una contracausa en la que acusaron a ella y a todos los testigos de mentir. Ayer relató cómo había tenido la primera noticia de que no era hija de Rivas y Gómez –así los llamó cada vez que tuvo que referirse a ellos, siempre por sus apellidos–. "Tenía cinco años. Una amiga de Gómez, que era docente y psicóloga, vino a la casa donde vivíamos y me llevó a mi habitación. Comenzó a contarme la historia de un matrimonio que había tenido una hija, y que en un viaje en auto había sufrido un accidente. En ese accidente el matrimonio había muerto, pero había sobrevivido el bebé. La conclusión era que el bebé era yo, y que Gómez y Rivas me habían adoptado."
Esa fue la primera versión, de la que no consiguió saber más de parte de Gómez y Rivas. "No podían responderme nada, decían que no sabían." Con el tiempo, y ante su insistencia, le dieron otra versión. "Consistía en que yo era hija de una empleada doméstica que había trabajado en la casa de los padres de Rivas, que me había dado por cuestiones económicas." Más tarde, por lo general en medio de discusiones cada vez más frecuentes con su apropiadora, Gómez daría una tercera versión. Así la recordó María Eugenia: "Yo era hija de una azafata que vivía en Europa. Esta azafata había venido a la Argentina y había quedado embarazada de una relación extramatrimonial". Entre esas historias cambiantes apareció una con un dato concreto: le dijeron que la habían tirado y que Berthiel, el militar amigo de la familia, los había llamado para avisarles que había un bebé abandonado en el Hospital Militar.
María Eugenia sabe ahora que es la hija de dos desaparecidos, Mirta Mabel Barragán y Leonardo Sampallo. Su mamá trabajaba en una fábrica, la Sociedad Industrial de Aparatos de Precisión (SIAP), era delegada gremial y militaba en el Partido Comunista Marxista Leninista. Su papá trabajaba en el astillero Río Santiago, era subdelegado y también militante del PCML.
Mirta estaba embarazada de seis meses cuando la secuestraron junto a su hijo Gustavo, de tres años, y a su pareja Leonardo. El niño fue a parar a una comisaría de donde lo rescató su papá, y durante mucho tiempo, ya con sus familiares, habló del hermanito que su mamá estaba esperando. Eso resultó clave para que la familia supiera que tal vez había un niño o una niña nacido en cautiverio.
De Mirta y Leonardo hoy se sabe que estuvieron en el centro clandestino El Atlético y luego en El Banco. Mirta fue sacada de allí en febrero del '78 para dar a luz; es posible que María Eugenia haya nacido en el Hospital Militar. Luego no se sabe nada más de sus padres. El matrimonio Gómez-Rivas recibió a la niña tres meses después, por una gestión del militar Berthier, amigo de la apropiadora.
En 1989, las Abuelas recibieron una denuncia y empezaron a seguir su rastro. Llegaron incluso a ubicar la casa de los apropiadores. María Eugenia iba en esa época a la escuela primaria y recuerda que Gómez le dijo que había "unas viejas" que querían "separarlas". La Justicia intervino y en esos días le tomaron una primera muestra de sangre, pero en el Banco de Datos Genéticos no había una muestra de su familia paterna y los análisis no consiguieron un resultado de compatibilidad.
De las muchas cosas que contó ayer apareció la imagen de una niña que creció más en la casa de los vecinos que en la propia. Gómez, que se separó de Rivas, tuvo con ella una mala relación. En las discusiones, recordó, solía achacarle "ser una desagradecida". "Si no fuera por mí, hubieras terminado en un zanjón", le decía, con una frase cuya sordidez sería cabalmente comprendida por ella sólo con el correr de los años. La convivencia era tan mala que después de varios intentos de encontrar una casa que le fuera menos hostil, cuando terminó el secundario la joven empezó a trabajar y pronto se fue a vivir con unas amigas. "Al irme de esa casa no me llevé ninguna foto de mi pasado con ellos, era algo que prefería no recordar", dijo en la audiencia. En aquellos años había visto con frecuencia a Berthier, que siguió siendo amigo de la familia. Un día se animó a encararlo y a preguntarle por su historia. El militar le dijo que había sido un bebé abandonado en el Hospital Militar, pero que él no había intervenido. Y le ofreció comprarle un departamento. María Eugenia dijo que se sentía cada vez más desconcertada.
Ya mayor de edad, pidió un segundo análisis de ADN, casi sin expectativas, "para descartar que fuera hija de desaparecidos, porque como el primer estudio no había dado resultados, había sacado de la lista esa posibilidad". Pero esta vez sí encontraron su filiación. Ahora vive en La Plata, ciudad a la que se mudó para estar más cerca de su abuela, su hermano y sus tías. Como integrante de la querella, ha pedido que se condene con quince años de prisión a sus apropiadores. De los tres acusados, sólo Berthier está detenido, ya que Rivas y Gómez accedieron a una excarcelación. Rivas escuchó su testimonio en silencio; estaba de espaldas a los asientos del público, por lo que no se le veía la cara. Aunque había citados más testigos, se retiró cuando ella terminó de dar su testimonio.

22 de febrero de 2008
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declaración del cabo marandino


[Diego Martínez] El cabo Carlos Amadeo Marandino declaró, ante el juez que investiga la Masacre de Trelew, que en el '72 la Marina le ordenó dar información falsa para encubrir el fusilamiento de los presos.
Argentina. En 1972 la Armada Argentina ordenó a sus oficiales formular declaraciones con información falsa con el fin de encubrir el fusilamiento de dieciséis presos políticos indefensos y respaldar la versión oficial del "intento de fuga" en la base aeronaval Almirante Zar. El dato consta en la declaración ante la Justicia del cabo que abrió las puertas de los calabozos, Carlos Amadeo Marandino, al que Página/12 tuvo acceso exclusivo. Es novedoso en boca de un marino, pero a nadie sorprende: se trata de la misma fuerza que instaló el mayor centro de exterminio de la ciudad de Buenos Aires y aún no se dignó informar el destino de un solo detenido-desaparecido. Aún más preocupante, sin embargo, es el presente de la Armada: en octubre del año pasado dos capitanes citaron a Marandino al Edificio Libertad para comunicarle la reapertura de la causa y anticiparle que lo tendrían al tanto de cualquier novedad. No sería un caso aislado: según pudo saber Página/12, el capitán de navío Juan Martín Poggi, subsecretario de Relaciones Institucionales que recibió a Marandino, tiene a su cargo una dependencia que en la jerga naval se denomina ‘Grupo de Contención' y funciona dentro de la Secretaría General Naval con el fin de asesorar a los camaradas en desgracia imputados por delitos de lesa humanidad.
Entrerriano, 58 años, chofer del agregado naval en Washington hasta diciembre de 2004, Marandino es el cuarto oficial de la Armada detenido por el juez federal Hugo Sastre, el tercero que aceptó declarar y el primero que rompió el pacto de silencio tan caro a los sentimientos de la familia naval. El cabo adelantó su retorno de los Estados Unidos cuando supo que se había librado su orden de detención. Se entregó manso en Ezeiza, fue trasladado a Chubut y el miércoles habló durante cinco horas.
El 16 de agosto de 1972, cuando los guerrilleros fugados del penal de Rawson fueron encerrados en calabozos de la base Zar, hacía seis días que Marandino había llegado. Tenía 22 años, era un cabo raso de Infantería pero cumplía funciones de marinería. Le tocó cubrir cuatro guardias, con compañeros distintos. La tercera fue el 21 de agosto. La última comenzó a la medianoche del 22. La formaban un oficial y cuatro o seis personas, dijo. Portaban pistolas 45, agregó. Otros dos oficiales quedaban detrás de un biombo, sentados, con dos ametralladoras. Un guardia se asomaba cada 15 o 20 minutos por las mirillas de los calabozos. "De vez en cuando venían señores oficiales de Infantería a dar recorridas", puntualizó.
Los presos no hablaban. Se comunicaban por señas o golpes en las paredes. Para ir al baño salían custodiados por dos personas. Lo mismo para comer. Al comienzo comían en grupos de dos o de tres.

–¿Cuál fue el comportamiento de los detenidos durante sus guardias?
–Ningún problema, nunca.

–¿Gritaban, protestaban o hacían escándalo?
–En ningún momento. Siempre había silencio.

"Era todo normal" hasta las 3.15 de la madrugada, cuando ingresaron "los señores oficiales". Eran cinco. "Caminaban bien, se expresaban bien, pero olían a alcohol", subrayó. Dos vestían pantalón blanco y chaqueta azul, que identifican a "los navales, de marinería o de aviación naval." Los otros tres, incluido uno robusto, uniforme verde oliva, color de los infantes de Marina.
"Estos señores oficiales parecía que venían un poco tomados de copas (sic). Me ordenaron desarmarme. Pensé que me había mandado alguna macana, entregué mi arma como me lo ordenaron", contó. Un verde oliva le entregó las llaves de los calabozos y le ordenó abrirlos. "Abrí los calabozos y no mencioné nada. No los desperté", aclaró. "Una vez cumplida la orden, me ordenaron que me retirara. Dije ‘sí, señor' o ‘comprendido, señor'", detalló.
Después escuchó que los detenidos cantaban el Himno Nacional. De inmediato "se escuchaba como que hablaban muy fuerte, muchos gritos", hasta que "alguien gritó ‘¡se quieren escapar!'". Después escuchó disparos de ametralladora, dos ráfagas, una pausa y disparos aislados de pistola 45. Cuando la balacera concluyó, el capitán Luis Emilio Sosa le ordenó "verificar el estado de los cuerpos". Pese a su "estado de shock", intentó acatar la orden. "Se sentía el olor a pólvora, había humo", detalló. "Los vi en el centro del pasillo. Se sentían muchos quejidos de dolor." Los fusiladores estaban ahí. "En ningún momento se fueron", dijo.
"Hice dos o cuatro pasos y regresé. Temí por mi salud, por el shock de ver los cuerpos. Entregué mi armamento muy nervioso y confuso." Luego "me llevaron a la enfermería y ahí me desperté en horas de la tarde. Me dieron un sedante para tranquilizarme. Era el más moderno de los militares", agregó.
Recién al concluir su relato Marandino identificó a "los señores oficiales": capitán Luis Emilio Sosa, capitán Raúl Herrera, teniente Emilio Del Real y teniente Carlos Guillermo Bravo. Los cuatro "portaban las dos armas: pistola calibre 45 y pistola ametralladora PAM", detalló. Herrera está fallecido, Sosa y Del Real detenidos y Bravo es hasta ahora el único prófugo de la causa. Página/12 informó que vive en Miami y es dueño de RGB Group Inc., firma que lleva sus iniciales, factura millones de dólares y provee de servicios a las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos.
En mayo de 1973, Marandino fue enviado en comisión a Estados Unidos, hasta diciembre de 1975. Allí ascendió a cabo primero. "Me retiraron en 1975", concluyó. Pese a los 32 años transcurridos, en octubre pasado la Armada lo citó al Edificio Libertad. Lo recibieron el capitán de fragata Ángel Vázquez, de la Secretaría General Naval, y el capitán de navío Juan Martín Poggi, oficial de Inteligencia y subsecretario de Relaciones Institucionales. Le informaron que se había reabierto la causa y que "posiblemente iba a tener alguna mención (sic) de su supuesta intervención". Poggi le anticipó que "quizás habría novedades después de las elecciones" y le dijo que lo mantendría informado. Le entregaron sus tarjetas, tomaron nota de cómo ubicar a su abogado Roberto Aguiar, pero nunca más se comunicaron.

22 de febrero de 2008
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