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arderá la memoria


Video de las Madres.
Argentina. Realización colectiva del Grupo de Apoyo a Madres 25 de mayo, el video ‘Arderá la memoria’ conjuga la historia de las Madres rosarinas con un necesario contexto histórico. Ver a Herminia Severini o Elsa Chiche Massa confesando que saben que el tiempo se les va, y necesitan dejar la posta de su lucha resulta conmovedor, tanto como el repaso de las fotos de desaparecidos de la región, con sus nombres y apellidos. Las Madres cuentan quiénes eran sus hijos, cómo tomaron la militancia, cómo les cambió la vida para siempre su desaparición. Una de ellas, Nélida Galasso, la mamá de Ricky Meneguzzi, expresa su vergüenza de nombrarse como Madre porque le devolvieron el cadáver de su hijo. Cuenta entonces que no quería ponerse el pañuelo blanco en las manifestaciones, hasta que una de sus compañeras prácticamente la obligó. El documental se presentará hoy, a las 19, en el auditorio del Museo de la Memoria.
Algunas de las entrevistadas en ‘Arderá la memoria’ ya no están: Elida López, la propia Nelly Galasso, murieron después de la realización. La urgencia de la recuperación de esas voces quedó de manifiesto. Otras todavía cuentan lo suyo, como Chiche Massa, la mamá de Ricardo Massa, que relata con detalles el allanamiento en su casa. Cómo los militares despojaron a su familia de todo. O Esperanza Labrador, madre de Palmiro y Miguel Angel, uno asesinado, el otro desaparecido. El Ejército también asesinó a su esposo, Víctor. Y Esperanza se enfrentó con el entonces Comandante del Segundo Jefe de Ejército, Leopoldo Galtieri, para preguntarle por Miguel Angel. Desde entonces, Esperanza vive en España junto a su hija, Manuela. Norma Vermeulen también cuenta su historia, así como la militancia de su hijo, Osvaldo Vermeulen. Aún con sus dificultades, las Madres asisten a las audiencias del juicio oral contra Díaz Bessone.
El documental hace foco en la historia de cada una de las Madres, entrelazada con la de su hijo, y cómo esas historias se transformaron en la lucha colectiva que no cesa. "Las ausencias son un tema recurrente a lo largo de toda la narración. Pero, a pesar de todo, las madres lograron convertir esas ausencias en una fuerte presencia y en el motivo de su lucha, constituyéndose en el sector más activo de la resistencia contra la dictadura", dicen los realizadores, que tomaron el título del verso de Paco Urondo: "Arderá la memoria hasta que todo sea como lo soñamos".
La idea del documental nació de Ileana Alejandro, Pablo Alvarez y Jorge Contrera, con dirección y guión de Eugenio Magliocca. La producción general fue de Alejandro Contrera, Nandy Caminos, Giuliana Marinucci y Marianela Scocco, mientras la investigación histórica corrió por cuenta de Marinucci y Scocco. La música original pertenece a Matías Díaz.
23 de marzo de 2011
©rosario 12

efectos de la dictadura


Pablo Yotich, director y actor de ‘El Abismo... todavía estamos’. La película concentra en una familia de los ’70 todas las posturas ideológicas respecto del gobierno de facto: los que no sabían, los religiosos, los represores y los militantes. Se estrena mañana, en coincidencia con los 35 años del golpe.
[Óscar Ranzani] Argentina. No tiene familiares desaparecidos pero, en su infancia, sus padres le inculcaron el valor de la militancia. Pablo Yotich nació en 1981, en plena dictadura, y viene de una familia de artistas: su abuelo interpretaba personajes de radioteatros y su padre también fue actor. Tal vez por esas dos razones decidió unir la política con el arte. Y el resultado es su ópera prima, ‘El abismo... todavía estamos’, largometraje también protagonizado por Yotich que, en clave de ficción, pone el acento en los efectos de la dictadura, básicamente en una familia. La fecha de su estreno es también muy simbólica: se exhibirá por primera vez este jueves 24 de marzo en el Espacio Incaa Km 0 (Rivadavia 1635), justo cuando se cumplan 35 años del golpe de Estado.
La idea de hacer esta película nació del compromiso que Yotich tiene con la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo. "Desde chico, me sentí identificado con su causa", afirma. No es casual: tiene la edad de algunos nietos apropiados. Hace unos años, Yotich comenzó a esbozar un guión que abordara la temática "dictadura y derechos humanos". Para concretarlo, sumó a sus colegas Alejandro Reinhold y Rodrigo Peralta. Pero al tener sus primeros encuentros con las Abuelas, aquello que el trío había escrito en un comienzo fue borrado de un plumazo. "La historia que ellas nos contaban era ampliamente superadora", reconoce Yotich. "Aquel primer guión fue una causa muy noble, pero la visión que nosotros teníamos de lo que queríamos contar era algo muy redundante. Consistía en mostrar dos puntos ideológicos distintos: el centro clandestino, una tortura y ahí se terminaba la historia". Luego del relato de las Abuelas, el trío encontró otros aspectos que valían la pena relatar en el nuevo guión, en relación a los efectos colaterales de la dictadura. Por ejemplo, cómo irrumpía la ideología en una familia, cómo un amigo traicionaba a otro, cómo se producía el desmembramiento de una familia por distintas posturas políticas. "Y tratamos de hacer mucho hincapié en cómo seguimos pagando hoy las causas y los efectos de la dictadura", explica Yotich.
‘El abismo...’ cuenta con un elenco más que interesante, encabezado por Juan Palomino, Alejandro Fiore y Raúl Rizzo, entre otros. Y la dirección musical quedó en manos de Víctor Heredia. La historia se sitúa temporalmente, en principio, en 1978. Ernesto (Yotich) está contento porque falta poco para que nazca su primera hija y entonces planea irse a vivir con su novia, Paloma (Belén Santos). Ernesto es militante. Y las cosas no son sencillas en su familia, sobre todo porque su hermano Felipe (Fiore) es un militar del riñón de los represores. El tercer hermano, Alejandro (Palomino), es sacerdote. Todo indica que esta familia es de una diversidad ideológica que sintetiza, de algún modo, las distintas posturas sobre el tema que había en la sociedad argentina en los años de plomo. En la historia, Ernesto y su novia son secuestrados por un grupo de tareas y recluidos en un centro clandestino de detención. Y para certificar que la perversidad de los represores no tenía límites, el teniente coronel Felipe le entrega el bebé recién nacido de su hermano Ernesto y de Paloma a un general del Ejército (Raúl Rizzo), cuya sobrina no puede tener hijos. Narrada en dos tiempos, la historia muestra en la actualidad al cura Alejandro, quien parece ver la cara de Natalia, la hija de su hermano Ernesto y Paloma, en una joven (Agustina Posse). A su vez, esta chica deberá enfrentarse a la realidad tormentosa de su apropiación y a su decisión de saber la verdad. Y, en consecuencia, ante la disyuntiva de recuperar su derecho a la identidad.

En el film están concentrados prácticamente todos los casos en una misma familia: los que no sabían, los religiosos, el represor y el militante. ¿Por qué lo decidió así?
Es un poco el juego que busca la película, porque creo que en muchas familias argentinas se ve reflejado eso. Hablo políticamente. Y lo saco de 1978. Hoy en día, en las familias argentinas sigue pasando lo mismo. Esa juventud de los ’70 proponía el debate y la militancia. Y en la Argentina hoy se les ha devuelto la militancia a los jóvenes. Hay muchos jóvenes que se están animando a cuestionar a sus padres o a sus hermanos mayores porque conocen lo que es ir a la Plaza y lo que es la militancia. Gracias a Dios no tenemos una dictadura militar para que las consecuencias vuelvan a ser las mismas. Pero es parte del aprendizaje.

¿Cómo analiza el abordaje cinematográfico de la temática "dictadura y derechos humanos" y qué cree que le aporta su película al tema?
Cuando contamos de qué se trata la película, hay un comentario frecuente que es: "Otra vez una película sobre la dictadura". Se escuchan mucho esas palabras. Y yo digo que hasta que no encontremos el último nieto que estamos buscando hay que seguir haciendo estas películas. Y después de que se encuentre el último nieto, si es que se logra, hay que seguir haciéndolas para que no vuelvan a pasar los hechos del pasado. Traté de buscarle otro enfoque a la peli, más dentro de las relaciones humanas. No me interesaba tanto mostrar lo que pasaba en un centro clandestino con las torturas.

¿Fue una manera de evitar caer en golpes bajos?
Totalmente. Es algo que nos dijeron las Abuelas cuando ellas nos avalaron el proyecto. Dijeron que la película no está abordada ni con morbosidad ni con golpes bajos. Antes que mostrar a Ernesto y a Paloma siendo torturados en el centro, preferí mostrarlos cuando se juntan y cuando quizá son conscientes de que es el último momento en que se van a ver, y qué se dicen, o cómo expresan por última vez su amor. Tratamos de enfocarlo por ahí. Y después, uno ya sabe lo que pasaba en el centro clandestino. Entonces, mostramos qué le pasaba al cura cuando estaba afuera, qué les pasaba a los padres y cómo buscaban a sus hijos. Ese es el otro enfoque que ojalá logremos que llegue a la gente.

¿Sentía que debía haber una coincidencia ideológica de los actores con la mirada que tiene la película? ¿Era imprescindible un compromiso que trascendiera lo artístico?
Sí, era fundamental. Este es un elenco militante. Es un elenco que tiene la militancia a flor de piel y tomó el proyecto como si fuese propio, como un desafío. Fue una producción muy rara porque, generalmente, a uno lo llaman para hacer un personaje, actúa, se va a su casa y vuelve el día del estreno. En este caso no fue así. Primero, fue un proyecto muy largo, porque tardamos más de cinco años en poder concretarlo. Pero nadie se desmotivó. Y si yo me desmotivaba, los mismos actores me empujaban para seguir adelante, o viceversa. Un día vino a casa Raúl Ri-zzo para hablar del personaje y terminamos hablando tres horas de la política nacional. Era eso: militancia, militancia y militancia. Y desde ahí, empezamos a construir todos los personajes, teniendo claro todos en qué modelo de país queremos vivir y comparando la política nacional actual con la de los ’70. Todo eso nos ayudó a enriquecer el laburo.
23 de marzo de 2011
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historia de las madres


"Ellas encarnan el vínculo entre derechos humanos y rebelión". En el Día Nacional de la Memoria se lanzará ‘La rebelión de las Madres’ (1976-1983), el primer tomo de la monumental investigación histórica de Ulises Gorini, con prólogo de Osvaldo Bayer. El segundo volumen, ‘La otra lucha’ (1983-1986), aparecerá el domingo 3 de abril.
[Silvina Friera]  Argentina. Qué coraje tuvieron esas queridísimas "Locas". Sí, con mayúsculas. El apelativo –descalificación moral y psíquica del poder militar– lo adoptaron como "nombre de guerra". Qué coraje infinito tienen. Conviene plantar banderas verbales en presente; el pretérito fermenta mal. Le quita a la lucha ese lubricante político-emocional ineludible a la hora de captar lo que representan las Madres desde hace más de tres décadas –para precisar, desde el 30 de abril de 1977–. Ni los secuestros de su principal impulsora, Azucena Villaflor de De Vicenti, y de otras dos mujeres, María Ponce de Bianco y Esther Ballestrino de Careaga –gestoras decisivas–, ni los sucesivos ataques de la dictadura lograron amedrentarlas ni correrlas de la Plaza de Mayo.
Ese emblemático espacio público que eligieron para escapar del laberinto que implicaba peregrinar inútilmente por despachos oficiales, cuarteles, iglesias y juzgados, donde sistemáticamente todas las puertas se cerraban. Los esfuerzos individuales por buscar información sobre sus seres queridos desaparecidos se agotaban al mismo tiempo que chocaban con la férrea estructura del Estado terrorista. No querían ni podían quedarse quietas. A fuerza de poner el cuerpo juntas –todos los jueves a las 15.30–, esas mujeres que desafiaron el terror se transformarían pronto en "un nuevo hecho maldito" para los sectores dominantes del país. Fueron, son y serán protagonistas principales de la política nacional. A 35 años del golpe militar, Página/12 reedita dos libros monumentales –por la extensión, el aporte y el enfoque– que indagan en el surgimiento de este movimiento social de mujeres, uno de los más singulares del país y del mundo. Se trata de la excepcional ‘Historia de las Madres de Plaza de Mayo’, escrita por el abogado y periodista Ulises Gorini. Mañana, en el Día Nacional de la Memoria, se lanzará el primer tomo, La rebelión de las Madres, 600 páginas que abarcan de 1976 a 1983, prologado por Osvaldo Bayer. El segundo, ‘La otra lucha’ (1983-1986), aparecerá el domingo 3 de abril.
Como plantea Gorini en la introducción de ‘La rebelión...’, primer ladrillo fundamental que los lectores podrán comprar a 34 pesos, el conflicto esencial acuñado en el mito de Antígona parece reencarnar en los primeros pasos de ese puñado de mujeres indómitas. "El enfrentamiento entre Creonte, el rey de Tebas que ordena que el cadáver de Polinices, hermano de Antígona, permanezca insepulto en castigo por su ataque al poder, y Antígona, que intentará enterrarlo en cumplimiento de un mandato familiar, ‘cuya vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre’, representa la colisión entre la razón de Estado, que requiere una condena ejemplificadora, y la razón fundada en el lazo de sangre, que se justifica como una ley que se remonta a los orígenes de la humanidad. La dialéctica entre lo público y lo privado, entre la política y la familia, entre la vida y la muerte que se manifiesta en aquel mito, se repite de otra forma –pero sustancialmente igual– en el surgimiento de este movimiento de mujeres, en la segunda mitad de los años ’70, a fines del siglo XX, como respuesta a la desaparición forzada de sus hijos, perpetrada por el terrorismo de Estado."
Exhaustiva y brillante resulta la faena de Gorini. Durante más de una década investigó sin dejar ningún cabo suelto. Consultó numerosas fuentes, examinó documentos secretos de la dictadura, revisó con lupa los diarios y revistas de la época, acopió material fotográfico y fílmico, contó con el valioso archivo de las Madres, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, la Comisión Nacional Sobre Desaparición de Personas (Conadep) y la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. Pero también revolvió archivos personales y sumó el trascendental testimonio de las protagonistas, como Hebe de Bonafini, Nora de Cortiñas, María Adela Antokoletz y María del Rosario Cerrutti, entre tantas otras. El abogado, docente y periodista especializado en derechos humanos no se conformó con volcar el cúmulo de información obtenida a través de una prosa amena y fluida. ‘La rebelión...’, publicado por primera vez en 2006, dista de ser un relato histórico pasteurizado por las buenas intenciones. Hay, en la arquitectura del libro, en la razón de ser de esa escritura, un andamiaje teórico complejo que abreva en la antropología, la psicología, la sociología y la economía. Desde el intento de componer una narrativa hasta entonces no escrita, Gorini ensaya, articula hipótesis, encara la cuestión a partir de una dimensión integral. El primer tomo –el segundo también– navega mejor en las aguas del ensayo que en el río de la mera historia. De entrada deja sentado que las Madres son un movimiento social de resistencia, una fuerza política. Aunque al principio ellas no se concibieran a sí mismas como un nuevo sujeto político, como un movimiento.

¿Qué significado tiene la reedición de su libro a 35 años del golpe?
La reedición está en relación con lo que representan las Madres en la escena política, de la cual nunca han estado ausentes, como verdaderas protagonistas de primer orden de la política nacional. Un simple repaso de los diarios de estos últimos 34 años nos demuestra que esto es así. Las Madres nos aportan, además de su dignidad y su modelo de rebelión, su extraordinaria originalidad política. El pasaje de la búsqueda individual del hijo propio hacia la lucha colectiva contra el aniquilamiento de la oposición política, en especial de los sectores más indóciles y radicalizados, es un recorrido que no tiene precedentes en la historia argentina y mundial. El sentido transformador de la maternidad, que rompe con las formas individualistas, patriarcales y burguesas, para proyectarse en un nuevo tipo de maternidad socializada y altamente politizada tiene un valor de enorme creatividad.

En la presencia constante de las Madres, además de otros organismos, está la cifra de este presente en el que se llevan a cabo numerosos juicios por las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura.
Las Madres simbolizan no sólo la demanda de justicia sino un concepto amplio de los derechos humanos: el derecho a la vida y la libertad, como principio, el despliegue de todos los derechos que hacen a la dignidad de los seres humanos como horizonte. El tema del procesamiento del genocidio no es un camino ya acabado o pronto a finalizar. El avance en los juicios contra un importante grupo de genocidas es un gran paso en esa dirección, que debe continuar con, por ejemplo, el enjuiciamiento de los personeros de los grupos económicos y sociales que fueron parte del soporte mismo del genocidio. Igual responsabilidad criminal que a los ejecutores directos del exterminio les cabe a quienes concertaron con ellos el plan económico de la dictadura. Deben ser juzgados, tal como lo postuló el abogado Carlos Slepoy. Pensar que la política económica de Martínez de Hoz no tiene que ver con el genocidio y que Martínez de Hoz y los integrantes de los grupos económicos que lo apoyaron y se beneficiaron con sus políticas no tienen una responsabilidad penal no es sólo una ingenuidad sino una distorsión histórica. Pensar que Videla es responsable y no lo son los titulares de los grupos económicos y las empresas que lo avalaron y que las políticas económicas de Martínez de Hoz no han sido parte del genocidio sería un grave error: sería dejar intacto el huevo de la serpiente. El camino de la justicia todavía tiene un largo trecho que recorrer y no es un camino sin riesgos, como lo demuestra tanto la desaparición de Julio López cuanto la existencia de sectores políticos indiferentes o directamente opuestos a la necesidad de hacer justicia.

¿Por qué desde el título del libro pone el énfasis en la palabra rebelión?
Las Madres simbolizan un concepto amplio de los derechos humanos, que involucra el derecho a la vida y la libertad, pero también el derecho en general a una sociedad más justa, e incluso a la resistencia, a la rebelión, para alcanzarla. La idea de la rebelión vinculada con los derechos humanos es algo que casi no se menciona en relación con las Madres o con la teoría de los derechos humanos. Existe una idea positivista y liberal de los derechos humanos que, en el mejor de los casos, los concibe como una declaración, una serie de artículos en la Constitución, o cosas por el estilo, y no dice una sola palabra sobre la forma de hacer efectivos esos derechos. El capitalismo deja librada la programática de los derechos a la libre empresa y la libertad de mercado. En consecuencia, se transforman, en el mejor de los casos, en derechos meramente declarativos. Frente a esa hipocresía, las Madres, al igual que lo hicieron frente al terrorismo de Estado, vinculan la defensa de los derechos humanos con el derecho a la rebelión. Las Madres son la encarnación misma de ese vínculo fundamental entre derechos humanos y rebelión.

En sus libros aborda la lucha de las Madres bajo la dictadura y durante los primeros años de la posdictadura. ¿Qué opina de lo que ocurre con las Madres a partir de 2003?
Estábamos acostumbrados a ver a las Madres permanentemente en la oposición y en la crítica al poder desde las posiciones más duras. Pero a partir de 2003 hay un cambio fundamental en relación con el poder, o cuanto menos con el nuevo gobierno, representado por Néstor Kirchner. Este cambio se explica por procesos internos del movimiento de las Madres, pero también por posiciones políticas del gobierno de Kirchner. Es innegable que con la anulación de las leyes de amnistía, entre muchos otros hechos, Kirchner apuntó directamente al corazón de las Madres y ellas respondieron positivamente frente a este giro. Hay que tener en cuenta tanto de dónde veníamos –impunidad y neoliberalismo a rajatabla y luego crisis del 2001–, cuanto las diversas perspectivas que se abrían para el país en relación con los diversos proyectos políticos que se enfrentaban. En esa encrucijada, las Madres representaban un factor clave. No podemos soslayar el enorme valor simbólico que tienen para la política argentina. Desde su surgimiento este grupo de mujeres adquirió un enorme significado ético y político, primero al constituirse en el punto de partida de una resistencia que permitió cambiar las previsiones que los genocidas tenían para la Argentina y enfrentar luego las claudicaciones de la etapa posdictatorial. Es decir, el valor simbólico reside en ser el punto inicial de otra política y de otro país, basado en la dignidad que había sido mancillada por los golpistas y abandonada por sucesivos gobiernos constitucionales. Después de la crisis del 2001 –que es la crisis de la política, la economía y la sociedad en su conjunto, tal como había sido modelada desde mediados de los setenta, pasando por la dictadura, hasta la llamada etapa de transición–, se pone en evidencia con mayor claridad el valor simbólico que las Madres tienen para una reformulación profunda de la sociedad y, si se quiere, para una relegitimación de la política.
Las Madres –lo han demostrado– jamás permitirán que el huevo de la serpiente permanezca intacto. "Desconocer la importancia de los juicios, sosteniendo que es una cuestión del pasado o algo meramente oportunista, o establecer una diferencia entre los juicios y los ‘derechos humanos de hoy’, como si se pudieran separar ambas cuestiones, es desconocer la relación dialéctica que hay entre el pasado y el presente, y entre genocidio y estructura económica, social y política –subraya Gorini–. Los juicios a los responsables del genocidio no sólo son un problema de justicia retroactiva, sino que tienen que ver con modelar el presente y el futuro de los argentinos. La vigencia plena de los derechos humanos implica transformar a fondo la estructura del país y acabar con aquel huevo de serpiente. Esta es la lección que surge de toda la historia de las Madres de Plaza de Mayo."
23 de marzo de 2011
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diab, represor sin cara


El juez Vera Barros procesó a siete represores, entre ellos a Jorge Roberto Diab. El teniente coronel Diab fue subjefe del Destacamento de Inteligencia Militar 122. Está acusado de privación ilegítima de la libertad, tormentos y asociación ilícita. La primera foto que se conoce de él fue obtenida por Rosario
[Juan Carlos Tizziani] Santa Fe, Argentina. El juez federal de Rosario, Carlos Vera Barros, procesó a siete represores santafesinos, entre ellos el ex subjefe del Destacamento de Inteligencia Militar 122, teniente coronel Jorge Roberto Diab, el oficial del Ejército de más alto rango acusado por crímenes del terrorismo de estado en Santa Fe. Diab fue imputado por "privación ilegal de la libertad agravada", "tormentos" y "asociación ilícita", los mismos cargos que pesan sobre otros cinco ex policías, aunque en diferentes escalas: Ricardo Ferreyra, Héctor Romeo Colombini, Juan Calixto Perizzotti, Eduardo Ramos y María Eva Aevi. El séptimo es el ex juez Víctor Brusa, procesado por "apremios ilegales" en dos casos y "asociación ilícita".
La investigación es una secuela del juicio Brusa, con los mismos condenados en diciembre de 2009, más Diab y el comisario Ferreyra, quien reemplazó en la jefatura de la comisaría 4ª a Mario Facino, el 23 de diciembre de 1976. El doctor Vera Barros interviene en la causa porque no lo pueden hacer sus dos colegas de Santa Fe: Reinaldo Rodríguez (juez federal Nº 1), apartado en su momento del proceso, y Francisco Miño (juez federal Nº 2), por su parentesco con una de las víctimas y su amistad con Brusa.
Este es el tercer procesamiento de Diab en dos años, aunque en breve podría sumar el cuarto porque esta semana también fue indagado por el martirio a una ex militante de la Juventud Peronista, María Cecilia Mazzetti. El primero fue en noviembre de 2009, cuando el juez Rodríguez lo procesó por 46 homicidios de militantes políticos, una resolución que la Cámara Federal de Rosario confirmó parcialmente el 30 de diciembre de 2010 por 34 hechos, al considerar que en algunos casos faltan pruebas y en otros, Diab estaba de licencia en su cargo, en febrero de 1977. Y el segundo, en agosto de 2010, cuando el juez Miño lo procesó "privación ilegal de la libertad agravada" y "tormentos" a otra ex detenida política, Rosa Valinotti. Lo que significa que el ex subjefe de Inteligencia ya tiene cuatro procesos abiertos, uno de ellos con un fallo confirmado por la Cámara.
Uno de los hechos que se investigan en la causa lo reveló Perizzotti en el juicio a Brusa. Se trata del traslado de diez mujeres militantes de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), encapuchadas y maniatadas, desde un centro clandestino conocido como "La casita" hasta la Guardia de Infantería Reforzada (GIR). Perizzotti dijo que el operativo se realizó de noche, a fines de marzo de 1977 y en un descampado de Santo Tomé. El jefe era Diab. "Vi que esas chicas tenían los ojos vendados, entonces le pregunté: ’Señor, ¿le sacamos las vendas?’. Y él me contestó: ’Si le saca las vendas se las pongo a usted’".
En la indagatoria, Diab negó las imputaciones y dijo que en el Destacamento de Inteligencia Militar 122 sólo cumplía funciones "administrativas". "Tengo las manos limpias y la conciencia tranquila", se atajó.
Sin embargo, el juez Vera Barros no le creyó. Y consideró que "a la luz de las pruebas recolectadas en la causa el imputado Diab es responsable en su carácter de autor mediato de los delitos que aquí se investigan", dice la resolución a la que tuvo acceso Rosario/12. Por lo tanto, lo procesó por la "privación ilegal de la libertad agravada" y "tormentos" sufridos por doce víctimas: las diez mujeres que trasladó desde "La casita" (Hilda Benavides, Mabel Caminos, Graciela Aguirre, Teresita Miño, Silvia Abdolatif, Patricia Traba, Ana María Cámara, Anatilde Bugna, Stella Vallejos y Vilma Raquel Juárez). Más, Vilma Pompeya Gómez y Daniel Gatti, quién fue secuestrado el mismo día que sus compañeras, el 23 de marzo de 1977 y también pasó por el mismo centro clandestino.
El juez procesó también a los cinco policías por los mismos cargos: a Colombini por "privación ilegal de la libertad agravada" y "tormentos" en ocho casos; a Perizzotti, Ramos y Aebi en siete casos y a Ferreyra en cuatro casos. Mientras que a Brusa le imputó "apremios ilegales" en dos casos. Y a todos, les reprochó el delito de "asociación ilícita".
21 de marzo de 2011
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violadores a la cárcel ya


Una jornada en el Concejo Municipal para que los ataques sexuales durante la dictadura sean considerados delitos de lesa humanidad.
[Alicia Simeoni] Argentina. Dos fuertes reclamos se escucharon el viernes en el recinto del Concejo Municipal de Rosario: Que la Justicia considere a las violaciones y ataques sexuales como delitos de lesa humanidad y que los represores que están imputados en la ex Causa Feced, renombrada como Díaz Bessone estén en la cárcel mientras transcurre el juicio oral. Los dos reclamos atravesaron las intervenciones de los panelistas que participaron para hablar sobre ‘Mujer y derechos humanos: políticas públicas desde el terrorismo de Estado al actual Estado de derecho’ convocado por la presidencia del cuerpo a cargo de Miguel Zamarini, la edila Norma López y el concejal Arturo Gandolla. A lo largo de casi dos horas se escucharon las reflexiones y posturas de la directora del Centro de Investigación en Derechos Humanos ‘Juan Carlos Gardella’ de la Facultad de derecho de la UNR, Matilde Bruera, de la sobreviviente y testigo en la Causa Díaz Bessone, la secretaria gremial del Sindicato de Prensa Rosario, Stella Hernández; de la abogada de Familiares de Detenidos Desaparecidos por motivos políticos y gremiales que hoy lleva adelante la querella de las víctimas junto a otros profesionales, Gabriela Durruty y del diputado nacional y precandidato a gobernador por el Frente para la Victoria Agustín Rossi, todo con la coordinación de otra víctima del terrorismo de Estado, Viviana Della Siega, de larga trayectoria en la militancia por los temas de género.
La vicepresidenta primera del Concejo, Norma López, abrió la jornada. Ella dijo que así se daba el puntapié inicial para el "debate que aporte a la memoria" sobre la relación entre la problemática y análisis con perspectiva de género y los derechos humanos. Otra mujer, Viviana Della Siega, quien sigue el juicio por la desaparición de su esposo Hugo Parente, señaló que hombres y mujeres construyen de manera distinta su subjetividad y "que esa realidad no fue todavía analizada en profundidad" en el marco de los juicios por el terrorismo de Estado en la Argentina.
Cada panelista aportó su mirada crítica hacia la Justicia Federal, ya que en todo el país, también en Rosario, hay condenas ejemplares hacia los represores, pero al mismo tiempo no se tuvo en consideración los derechos humanos de las mujeres. La abogada Matilde Bruera, como directora del Centro Juan Carlos Gardella de la Facultad de Derecho comenzó por ubicar que el concepto de ‘mujer’ fue construido socialmente, y que el discurso jurídico le dio a ese concepto distintas connotaciones a través de la historia. Para reconocer los derechos femeninos "son necesarias políticas públicas, políticas de Estado", dijo.
Bruera realizó un recorrido histórico por la concepción de la mujer en el mundo jurídico, al que ellas ingresan "expresó "como categoría problemática y tan es así que el primer Código Penal de la humanidad, en la época de la Inquisición, estuvo destinado a perseguirlas" acusándolas de practicar, de encarnar "brujerías". Luego, durante siglos "las mujeres fueron miradas, ubicadas en forma negativa y estigmatizadas cuando se las calificaba como "malas madres" o como "prostitutas". Matilde Bruera repasó las luchas feministas que las ubicaron como sujeto de derecho y que permitieron conseguir derechos políticos, laborales, el reclamo por igualdad de oportunidades para el desarrollo personal "continuó "y así comenzó el debate sobre el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Con el incesante activismo que ellas desplegaron en el mundo se pudo incorporar la lectura de género en los derechos humanos, y entonces el eje de la lucha feminista pasó por el no a la discriminación y también por la necesidad de tener "una vida libre de violencia". Ello no sólo impactó en el ámbito jurídico sino que comenzó a calar en la cultura, y lo hizo en la medida en que el Estado se hizo cargo de esta nueva perspectiva y se propuso trabajar sobre las prácticas sociales e institucionales".
La directora del centro Juan Carlos Gardella contextualizó la situación de las mujeres en la década del "70. Estaban incorporadas de forma masiva al ámbito laboral e incluso a la vida universitaria: "todo ello puso en crisis el modelo occidental y cristiano" que les estaba reservado, porque también fueron militantes políticas o sociales.
"Las mujeres no sólo hablaban de su dignidad, sino que fueron capaces de cruzar sus miradas hacia las luchas sociales y políticas" Por eso la represión y la dictadura tuvieron un especial ensañamiento con ellas". Rotunda, Bruera sostuvo que si se aspira a terminar con la impunidad y hacer realidad el derecho a la Justicia para las mujeres víctimas del terrorismo de Estado no se puede seguir encubriendo prácticas aberrantes ni subsumirlas bajo otras denominaciones. "Las violaciones, los ataques de todo tipo fueron posibles por el prejuicio social y cultural que sostuvo el ocultamiento y la culpa y que obturó los propios discursos de las víctimas que se protegían de la revictimización institucional que expuso y expone pero no escucha". Pero esa mujer también fue protagonista en la resistencia y en la lucha por los derechos humanos, según explicó, para saludar a modo de homenaje la existencia de las Madres "que instalaron el discurso de la vida, de la memoria y de la lucha contra la impunidad. Salieron a cuestionar el poder vigente, la dictadura, el terrorismo de Estado luchando por sus hijos, por sus nietos, por sus familiares."
Ya, sobre el acceso a la Justicia, aportó la idea de que no se accede a ésta por llegar a los Tribunales, sino cuando se reconocen sus derechos y más aún cuando se hacen efectivos. "Por eso es trascendente el reconocimiento, en los juicios de lesa humanidad, el especial ataque que sufrieron las mujeres víctimas del terrorismo de Estado: los atentados sexuales como prácticas sistemáticas en los centros clandestinos de detención, tortura y desaparición. No se trataba de hechos excepcionales, sino permanentes y específicos. En esto es que hoy se reclama el acceso a la Justicia que debe ser el reconocimiento como delito de lesa humanidad, ya que constituye una problemática de género".

El "Desescombrar" de Stella Hernández
La voz de Stella Hernández conmovió a quienes estaban en el recinto. Poco tiempo atrás declaró ante el Tribunal Oral Federal Nº 2 con los represores sentados en la sala, a su espalda. Esos hombres parecían animales feroces, sanguinarios y sin embargo salían, volvían a "sus cuevas", dejaban maloliente la ciudad. Ella denunció en especial a uno de ellos, a El Cura Marcote como "el violador serial en el Servicio de Informaciones de la policía", en Dorrego y San Lorenzo. El viernes pasado Hernández narró su preocupación antes del testimonio ante el Federal: "¿Qué palabras, cómo usar las palabras para que se entendiera lo que sienten las víctimas? Yo no vengo a hablar sólo en mi nombre dijo , sino en el de tantas mujeres que ya no tienen voz porque se la arrebató la dictadura. Mi testimonio se inscribe en el reclamo de Justicia de todas las personas que pasaron por los centros clandestinos de detención, pero también en el universo de las mujeres que hemos sufrido ataques sexuales sin que las denuncias hayan sido llevadas a juicio, porque esos ataques no han sido considerados delitos de lesa humanidad".
Stella Hernández describió, pintó sensaciones ante un público que seguía silencioso su relato. Porque cuando se habla y se pone en palabras el horror se puede experimentar una fuerte "liberación, se descargan varias mochilas, pero es enorme el esfuerzo que hacemos los testigos por hilvanar las historias, por armar un "puzzle" con los hechos y estructurar la cronología del horror. Pasaron ya 35 años. El esfuerzo es por recordar caras, por adjudicar nombres y por encontrar las palabras más contundentes, más justas para expresar qué paso, para nombrar lo innombrable. La violencia sexual ha quedado escondida en muchas declaraciones porque se recurrió al uso de metáforas, de elipsis, es lo que yo llamo la segunda impunidad de la que gozaron los represores, cuando las víctimas no podían hablar, no podían denunciarlos y cuando delante de ellos se producía el silencio".
Hernández ubicó que el hecho de no poder denunciar no sólo tiene fundamento en pautas culturales, que incluyen a las religiosas y las concepciones sobre el cuerpo de las mujeres, "sino que "dijo , existen razones fundadas en la acción del Estado y de sus instituciones: cuando la Justicia no actuó, cuando los legisladores votaron leyes contra el derecho, cuando los gobiernos perdonaron a los que nunca se arrepintieron se construyó la barrera de la impunidad en la democracia". Y a ello contribuyó la sociedad "porque no supo, porque no quiso, porque no pudo" y ayudó a levantar la barrera de la impunidad. Y esa es la barrera que hay que romper con la palabra".
No era la primera vez que Stella Hernández declaraba. Lo había hecho antes ante la CONADEP, ante la Justicia provincial y ante las instancias que abrían los militares "pero hay que decir que esta es la primera vez en que uno siente que está el Estado protegiéndonos de alguna manera porque está impulsando estos juicios. Esta es la primera vez que nos acompaña un Estado que decidió tomar la política sobre derechos humanos como una política de Estado".
Después de recordar la actitud del ex presidente Néstor Kirchner cuando pidió perdón a las víctimas, y a la sociedad toda, y lo hizo en nombre del mismo Estado, trajo las imágenes de cuando hizo bajar los cuadros de los genocidas y se habilitaron los juicios. "Es tan grande el mérito de esas acciones porque es también muy grande el poder que está en contra de ellas".
Reclamó otra vez al Tribunal para que el delito de la violación sea considerado delito de lesa humanidad y en consecuencia se juzgue a los responsables. "Estos hechos fueron la regla y no la excepción. Fueron pensados y ejecutados por las fuerzas armadas y policiales, para quebrarnos en nuestra subjetividad y aniquilarnos, y para extender, a través de las y los sobrevivientes, el terror sobre lo que sucedía en los centros clandestinos. Esa fue la manera de despejar el terreno para la aplicación posterior de un plan económico de devastación y para instalar el otro genocidio que fue el genocidio del hambre".
Hernández reclamó también que los represores que están siendo enjuiciados cumplan prisión efectiva. "Vamos a denunciarlos y los podemos cruzar en cualquiera de las calles de Rosario", afirmó.
Cuando terminaba de hablar contó una anécdota personal, de cuando le pidieron que escribiera lo que había sentido en su paso por el juicio que se desarrolla en el Tribunal Oral Federal Nº 2. "No terminé de escribir, pero quiero señalar otra vez lo de las palabras, el desafío de encontrar las palabras para que todos entendamos lo que pasó". Ella contó que en ese esfuerzo encontró una expresión, que en realidad es una licencia que se tomó, y citó des encombrar para señalar el sacarse los escombros. "Yo sentí que con mi declaración había sacado piedra tras piedra manteniendo firme la estructura y por un hilito de luz que quedaba sentí que había podido liberar a esa joven que fui en 1977".

Contexto de los Delitos
Gabriela Durruty es abogada de Familiares de Detenidos Desaparecidos por Razones Políticas y Gremiales. Por su presencia y el rol que juega como representante de los querellantes -junto a otros profesionales dijo Della Siega: "No sólo no pudieron con nosotros, tenemos toda una generación de jóvenes abogadas, abogados de los organismos que llevan adelante una tarea muy importante, justo la de la querella. Algunos eran niños o no habían nacido en 1976. Esto nos regocija mucho, por lo que supone como compromiso militante".
Durruty hizo un repaso por las políticas públicas desde la dictadura, cuando eran las del exterminio y desaparición de personas. Recién con el período constitucional abierto en 1983 llegó una nueva política, mucho mejor, la de limitación y juzgamiento, "que si bien impulsó algo que fue muy importante para Latinoamérica, como el juicio a las juntas, ya tenía incluida en sus primeras decisiones la limitación de estos juzgamientos y lo que fueron después las vergonzantes leyes de impunidad impregnadas aún por la doctrina de la seguridad nacional. Recién a partir de 2003 se puede decir que hubo una política clara, que transmite una decisión irrevocable del Poder Ejecutivo nacional de anular las leyes de impunidad y seguir adelante hasta donde se pueda y se deba con la investigación y la sanción de cada uno de los responsables de este genocidio".
Durruty recordó cómo se retrasó en Rosario la apertura de los juicios, las acciones que pedían por la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final por parte de la Justicia Federal y el total respaldo que dio Néstor Kirchner para la reapertura de la Causa Feced, la llamada causa madre porque de ellas se desprenden otras. "Resta ahora conseguir que el Tribunal declare como delito de lesa humanidad las agresiones sexuales. Nosotros plantemos que ningún delito puede ser investigado fuera de contexto y que en el caso de los delitos de lesa humanidad es fundamental enmarcarlos dentro del plan sistemático en el que ocurrieron porque de otra manera resulta imposible comprenderlos y muchísimo menos sancionar a los responsables".

Lo Que No Se Podía Nombrar
Agustín Rossi retomó la idea del componente cultural muy fuerte que existe respecto del tema de los delitos sexuales. También dijo que debería analizarse la razón por la cual en los primeros testimonios, en relación con lo que fueron los años de prisión, o de tortura y de cárcel, la violación no tenía un lugar de preponderancia. "Era casi obvio, si tenían poder sobre nuestras vidas, cómo no iban a tenerlo sobre nuestros cuerpos. "Pero la sociedad en su conjunto había construido un relato en el que obvió lo que no se podía nombrar, resultaba más cómodo de esa manera. Por eso la valentía de los testimonios y el poder reencuadrar a los hechos tiene una gran significación y un profundo contenido cultural".
El jefe de la bancada de diputados del Frente para la Victoria habló luego sobre el flagelo de las violaciones que ocurren diariamente y sostuvo que "son mínimas la cantidad de violaciones que llegan a denunciarse y que existen muchas familias donde ante estas situaciones tienen como primera tendencia la de esconder lo que pasó". La razón, explicó luego, "es la estigmatización que significa". También el acoso sexual en el ámbito laboral no tiene una respuesta acorde por parte del Estado.
El precandidato a gobernador y mayor referente en Santa Fe del Frente para la Victoria mencionó una experiencia de prevención que en la ciudad de Buenos Aires lleva adelante Eva Giberti a cargo de la Unidad Preventora de Delitos contra la Mujer. "Hay situaciones que permiten pensar qué va a pasar y adelantarse a los acontecimientos"Justamente el objetivo del Estado es la prevención", dijo y después enunció el que debería ser un programa de incentivos a empresas que den trabajo a mujeres víctimas de delitos sexuales" ya que la mayor cantidad de estos ataques se da en el ámbito de lo familiar. También recordó que la realidad de que la mujer no tenga un trabajo es en sí mismo "un instrumento de dominación" y señaló que "es hora de empezar a equilibrar las situaciones de las mujeres y en esta provincia hay muchas desigualdades e inequidades", tras lo cual señaló que se comprometía a revertirlas en caso de ser electo gobernador.
Por último recordó que él había sido autor de la ordenanza referida al acoso laboral dentro del ámbito laboral de la Municipalidad de Rosario "y recuerdo que no fue fácil en ese momento porque siempre tratan de dificultarse las cosas. La violación es la situación más fuerte pero hay por debajo otros hechos que las mismas barreras culturales impiden, a veces, a las mujeres, charlarlas con sus propias parejas".
20 de marzo de 2011
©rosario 12

declaró esther gonzález


Esther González estuvo secuestrada, cree que en la ESMA; era vecina de Rodolfo Walsh en Tigre. A pedido de los abogados del escritor desaparecido, Esther contó su calvario a manos de la Marina. Su testimonio fue requerido por el valor de confirmar que fue una patota de esa fuerza la que estaba buscando a Walsh en el Tigre.
[Alejandra Dandan] Argentina. Como si todavía estuviese ahí, con los ojos tapados, la capucha blanca transparente presionando sobre algodones que llegaron a sofocarla, Esther González habló de la Escuela de Mecánica de la Armada. "Creo que estuve ahí –dijo–, porque se oían aviones, era un lugar cerca de Aeroparque, y después leí relatos cuando empezaron a aparecer los sobrevivientes, confirmé más la idea porque por ejemplo había un personaje que arrastraba cadenas que cada tanto me levantaba la capucha para ver si alguien me conocía y me identificaba, a ese personaje le llamaban los Pedros, después leí que eran como los cadeneros, que tenían una función."
Esther todavía no sabe dónde estuvo pero ayer, aún así con esas dudas, declaró en el juicio oral de la ESMA. Llegó a pedido de la querella de Rodolfo Walsh porque era una de las vecinas de ese espacio que empezó a recorrerse nuevamente durante estos meses, que fue a la orilla del río Carapachay, en el Tigre, donde el periodista y su compañera Lilia Ferreyra alquilaban una casa.
Hasta ahora habían declarado varios vecinos: Chiquita Constenla, la viuda de Pablo Giussani y, la semana pasada, Hugo Rapoport. Desde hace tiempo faltaba este relato. Esther ocupaba la primera construcción de esa hilera imaginaria de vecinos con su marido, el historiador Leandro Gutiérrez. Uno de esos fines de semana se los llevaron secuestrados.
"Fue el 18 o 19 de septiembre de 1976 –dijo ella–; mi marido y yo estábamos con una pareja de amigos." Al lado estaba la casa de Walsh, al que casi nunca veían porque hacía tiempo que no iba a la isla. "Esa tarde de sábado apareció un muchacho que venía como del lado del Paraná –explicó– en un bote, venía remando y vemos que se acerca a la casa de Walsh, baja y se mete en el muelle, y como nos sorprendió, le preguntamos qué hacía y nos dijo que venía remando desde Rosario y quería entrar ahí para hacer un asado."
Rapoport había dicho que era política de buenos vecinos acercarse en esas situaciones a quienes llegaban a los jardines de las casas desocupadas. "Le dijimos que era una propiedad privada –recordó Esther–, que si no tenía dónde ir podía ir a pasar el día enfrente, donde había una propiedad abandonada; él dijo gracias, y nosotros no pensamos más en el asunto; al atardecer lo vimos caminar en la orilla del otro lado, pero bueno no le dimos más importancia."
Los amigos de Esther se quedaron a dormir. "En la madrugada, no sé qué hora sería, golpearon la puerta con mucha violencia, fuimos a abrir y entró un grupo de personas que estaban armadas y llevaban pasamontañas. No sé cuántos eran, había un jefe y el resto me daba la sensación de que eran la tropa; recuerdo como cinco o seis, pero había muchos más afuera. La casa estaba bloqueada, obviamente nos asustamos."
Revisaron todo. Les dijeron que iban a llevárselos porque había un número de teléfono escrito en la puerta de un placard. Que tenían que averiguar de qué se trataba, aunque Esther siempre creyó que todo eso fue una excusa.
"Nos encapucharon, nos esposaron y nos subieron a una lancha de pasajeros", dijo. Primero pararon en el puerto, los bajaron, les volvieron a poner las capuchas y les advirtieron que si se las levantaban les iban a pegar. Esther se puso a llorar en ese momento: "Mi marido –dijo– inconscientemente levantó la cabeza, y le dieron una trompada, le saltaron los dientes".
Llegaron al lugar donde iban a permanecer secuestrados durante las siguientes 48 horas en una ambulancia. Esther nunca vio el interior. Sabe que primero estuvo sentada al aire libre, que después la llevaron a un subsuelo donde hacía mucho calor y se oía una música permanente y muy fuerte; donde ella quedó tirada en el piso, encima de una colchoneta con antiparras y algodones hundidos en los ojos.
Frente a ella, en la sala, la escuchan familiares, sobrevivientes y también una de sus hijas. Mientras tanto, ella parece meterse con la reconstrucción nuevamente en esa zona de tinieblas.
"Bueno, así estuve mucho tiempo, no sé cuánto, me dieron algo para tomar, era como un caldo y un sandwich de carne pero no pude comer nada; había gente que veía porque me pedían la comida que yo no comía, así que no todos estaban encapuchados. Así pasó un día; al otro, en un momento dado, me llevaron a interrogar, pero no me hicieron ninguna pregunta de nada, fue un interrogatorio formal: ellos sabían que yo había estudiado psicología, me preguntaron si hacía grupos de Freud, y después si los veía o no los veía."
Poco después la subieron, pasó por un baño que ahora sirve para terminar de saber si eso que cree que era la ESMA, lo era. Volvieron a ponerla en contacto con su marido. A Leandro Gutiérrez no le habían preguntado por Walsh, sino por su viaje a México, cosas que Esther nunca entendió: ¿cuánto demoró desde el aeropuerto hasta determinado hotel? O ¿cuál había sido la ruta? Antes de sacarlos, un guardia con tono provinciano les dijo que se alegraba de que ese día, que era el Día de la Primavera, alguien quedara en libertad. Así supieron que era 21 de septiembre, el mismo día de la Noche de los Lápices o del secuestro a Orlando Letelier, decía Patricia Walsh, todavía shockeada por los datos.
"Yo estaba en un estado deplorable; seguíamos encapuchados, nos pusieron en un coche, nos dejaron a la madrugada, serían las cinco o seis, en un lugar que después nos dimos cuenta que era Florida, nos dijeron que contáramos hasta 150, que después podíamos abrir los ojos y que si llegábamos a ver a alguno íbamos a ser boleta."
Cuando terminaron de contar, volvieron a escuchar el ruido de un auto. Tuvieron miedo. De pronto oyeron que el ruido no estaba más y pensaron que debían estar liberando a otros prisioneros. "Nos encaminamos a la parada del colectivo que nos llevó por Cabildo o Belgrano, estábamos en un estado tan deplorable, tan sucio y maloliente que me sorprendió que el colectivero no se sorprendiese de vernos así, lo tomó como muy natural, eso me llamó la atención."
En la sala siguieron las preguntas. Le preguntaron nuevamente por la ESMA. Ella volvió a ese lugar: "Una mujer que lloraba –decía–, lo único que escuché, lloraba y se quejaba y decía... ‘callate Blanca, callate’. Yo después lo asocié con los Tarnospolsky, eso es lo único que escuché". La familia Tarnospolsky estaba secuestrada en la ESMA.
Nunca más volvió a ver a sus amigos. Se rió y fue la única vez que lo hizo cuando dijo que tal había sido el susto que nunca quisieron tomarse ni un café. De la casa de Walsh, Esther se quedó convencida de que los marinos se quedaron ese día en el fondo, en esos lugares donde las islas se hacen parte del monte que nadie puede terminar de ganar. Que a su casa seguro la usaron como base de operaciones para esperar que Walsh apareciera. Su testimonio sirvió por la ESMA, pero para confirmar que eran los marinos los que ya estaban detrás de Walsh. Esther fue la última testigo del juicio cuya fecha de cierre se estima para la primera semana de julio.
18 de marzo de 2011
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muestra de adn sin consentimiento


El tribunal dispuso que los análisis de ADN deben hacerse con o sin el consentimiento de los jóvenes. Marcela y Felipe Noble Herrera se niegan a los estudios que determinarían si son o no hijos de desaparecidos. Sus abogados recurrirán.
[Raúl Kollmann e Irina Hauser] Argentina. La Cámara Federal de San Martín rechazó ayer una apelación de los abogados de Felipe y Marcela Noble Herrera, y por esa vía confirmó lo resuelto por la jueza Sandra Arroyo Salgado, que dispuso la extracción de pequeñas muestras de sangre, cabello y saliva para determinar la identidad de los hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble. Los fundamentos del fallo todavía no fueron dados a conocer, pero se referirían al artículo 218 del Código Penal que faculta al juez a ordenar la obtención de ADN cuando las circunstancias de la investigación lo hagan necesario.
En diciembre, Arroyo Salgado evaluó que las muestras que se extrajeron en su momento no son indubitables, por lo que el único camino razonable que quedaba era la citación a Felipe y Marcela, pedirles una extracción voluntaria y en caso de que no acepten, avanzar hacia una extracción compulsiva. Los abogados de ambos jóvenes apelaron la medida de la jueza y ahora la Cámara le dio la razón a la magistrada. De todos modos, los letrados insistirán con un recurso de Casación, lo que dilatará una vez más la determinación de la identidad de los hijos adoptivos de la dueña de Clarín.
Arroyo Salgado se inclinó por el camino de la extracción compulsiva luego de un tortuoso proceso en el que fue imposible obtener muestras indubitables que permitieran obtener el ADN de Felipe y Marcela Noble Herrera.

- El anterior magistrado consiguió, en diciembre de 2009, que ambos jóvenes entregaran muestras de sangre y saliva, aunque sólo para que se hiciera la comparación con las familias querellantes García-Gualdero y Miranda Lanuscou. Sin embargo, los peritos genetistas no se pusieron de acuerdo en cuanto a lo indubitable de las muestras y la forma en la que fueron preservadas.

- También se realizaron dos allanamientos en las viviendas de los hermanos Noble Herrera, pero de las muestras de prendas –incluso de la ropa interior– surgieron perfiles de hombre y mujer en una misma prenda. Esto también llevó a concluir que las muestras no eran seguras.

Sobre esa base, Arroyo Salgado rechazó los pedidos de la fiscal Rita Molina y de las querellas para que se haga la comparación con todas las familias que buscan a sus nietos, por cuanto consideró que ese estudio comparativo no sería concluyente. La jueza resolvió entonces la extracción compulsiva en diciembre, y citó a Felipe y a Marcela.
Los abogados de los jóvenes, Alejandro Carrió y Roxana Piña, apelaron la medida, que consideraron inconstitucional, pese a que el Congreso aprobó una ley que permitía a los jueces la extracción compulsiva. Se sabe que Felipe, Marcela y Ernestina Herrera de Noble se han negado sistemáticamente a realizar la comparación voluntaria de ADN y a establecer si son o no son hijos de desaparecidos. Argumentan que la causa tiene una intencionalidad política, pese a que la orden de establecer la identidad y hacer el estudio de ADN se concretó inicialmente el 17 de diciembre de 2002, antes de la asunción de Néstor Kirchner. Lo que ocurrió ayer fue que la Cámara Federal de San Martín le dio la razón a la jueza, por lo tanto estaría vigente la citación a los hermanos Noble Herrera para una extracción de mínimas muestras de sangre, saliva, cabello o piel. En diálogo con este diario, los letrados de Felipe y Marcela adelantaron que presentarán un recurso de Casación ante la decisión de la Cámara. Si los camaristas aceptan el recurso –lo que es muy probable–, el caso llegará a Casación y, casi seguro, a la Corte Suprema. Mientras tanto, Felipe y Marcela seguirán ganando tiempo en lo que es su decisión y la de su madre adoptiva: que no se haga el estudio de ADN.
18 de marzo de 2011
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declaró marta vennera


Contó el día que identificó el cuerpo de su esposo. Un juez de la dictadura le mostró fotos de dos cuerpos que habían sido encontrados cerca de Casilda. Uno de ellos era su marido. El otro cuerpo era de Miriam Moro, pero no lo identificó. "Tenía miedo no sólo por lo que pudiera pasarme a mí", se descargó ayer.
Argentina. Marta Vennera estaba embarazada de dos meses cuando secuestraron a su marido, Antonio López, en la madrugada del 27 de septiembre de 1976 junto a Miriam Moro. Los dos militantes de la Juventud Peronista iban en moto por Villa Diego a entregar volantes frente al frigorífico Swift. El relato de Vennera frente al Tribunal Federal Oral número 2 desnudó además el terror que vivían los familiares de desaparecidos y la opresión que la llevó a callar información vital para la familia Moro. En plena dictadura, en agosto de 1978, consiguió entrevistarse con un juez que le mostró fotos de dos cuerpos que habían sido encontrados en un camino cerca de Casilda. "Tenía los ojos cerrados y el gesto crispado, tenso. Era Antonio. Yo estaba ahí, en el juzgado, delante de extraños. Había otras fotos de un cuerpo de una mujer con los ojos entreabiertos y pelo desordenado. Me preguntaron si yo tenía idea de quién podía ser. Pensé que podía ser Miriam, pero yo había negado en todo momento la militancia de Antonio. Entonces, dije que no sabía. Tenía miedo no sólo por lo que pudiera pasarme a mí", descargó ayer la culpa que acarrea desde hace muchos años y continuó: "En ese espacio de opresión, no sé qué respuesta podría haber dado más que esa negación que me espanta, porque impidió que la familia Moro recuperara los restos de Miriam".
Vennera recordó que su esposo salió temprano en la mañana de aquel lunes de setiembre. "Hay un detalle que nunca mencioné en todas las declaraciones que hice. Ese día salió mas temprano que de costumbre, porque antes de ir a trabajar él tenía una tarea como militante, tenía que volantear la zona de Villa Diego. Iba con un grupo, él tenía una moto. Era una misión riesgosa porque era una época difícil. Habían caído militantes. Las citas y controles estaban cantados", rememoró ayer Vennera. Aunque no militaba, ella apoyaba lo que hacía su marido. Tras la volanteada, él debía ir a su trabajo, como carpintero en un estudio de arquitectura. Ella era preceptora en el colegio Misericordia. Como él no la llamaba, Marta decidió irse de su casa, porque podía sufrir un allanamiento. "Estuve todo el día en la casa de mi mamá, a quien no le dije nada, esperando que Antonio me viniera a buscar. No dije nada porque en mi familia había muchos policías y no sabíamos que había pasado. Si yo hablaba, podía estar echándoles la policía encima a estos chicos", contó.
Su primera denuncia por desaparición fue el 9 de octubre. Entonces, le llegó la historia de una pareja que iba en moto por Villa Diego, cuando desde un auto les dieron la voz de alto. El muchacho que manejaba levantó los brazos, pero aún así le dispararon en la nuca. La otra chica corrió, y también la metieron adentro del auto. Los secuestradores levantaron los volantes, y la moto quedó tirada en ese lugar. "Me aferré a que un balazo hubiera terminado enseguida con la vida de Antonio, que no hubiera sufrido torturas", dijo ayer.
Cuando nació su hijo, Gerardo, no querían anotarlo con el apellido López. La denuncia por desaparición permitió ponerle el apellido del padre. Con su suegra, la mamá de Antonio, fueron al Comando del Segundo Cuerpo de Ejército en Moreno y Córdoba a buscar datos, con resultado negativo.
Entonces, ocurrió otra crueldad del sacerdote Héctor García, que tenía por costumbre alentar ilusiones en los familiares. "A fines de 1977 fuimos a verlos, y nos aseguró que lo había visto, que estaba bien y pronto iba a salir", relató la mujer, que tiempo después pudo contactarse con alguien de la policía Federal y ver las fotos del cadáver de su marido. "Fue una angustia muy grande, como una cosa opresiva en el pecho que me duró por muchos años", relató.
En enero de 1979 pudo desenterrar a Antonio, y dejar sus restos, identificados, en una parcela del mismo cementerio, en Casilda. Con la llegada de la democracia, en diciembre de 1983, asistió a la presentación de un libro de Carlos Gabetta en Librería Ross. "Me encontré con Ana Moro, hermana de Miriam. Le dije que sabía lo que había pasado con Antonio. Ella se puso mal y me pidió que la acompañara a la oficina de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos", revivió lo ocurrido. En aquella oficina trabajaba de manera incansable la abogada Delia Rodríguez Araya. "Le hablé del expediente, trámite y fotos. Delia me reprochaba cómo había podido callar tanto tiempo. Y yo me di cuenta de que estaba mal negar que mi marido había sido un militante. Por ello, quiero reivindicar la figura de Antonio como un militante político de la juventud peronista", dijo ayer.
17 de marzo de 2011
16 de marzo de 2011
©rosario 12