Blogia
mQh

colombia

guerrilleros condenados por secuestro


’Gafas’ y ‘Martín Sombra’ condenados a 19 años de prisión. Los dos guerrilleros de las farc fueron hallados culpables del secuestro de los estadounidenses liberados en la denominada ‘Operación Jaque’.
Colombia. A 19 años y 3 meses fueron condenados los guerrilleros de las Farc, Helí Mejía Mendoza, alias ‘Martín Sombra’, y Alexander Farfán, alias ‘Gafas’, por el secuestro de tres estadounidenses quienes fueron rescatados en la ‘Operación Jaque’, llevada a cabo el 2 de julio de 2008.
La decisión fue tomada por un juez especializado de Florencia, Caquetá.
‘Gafas’ y ‘Martín Sombra’ fueron hallados responsables del delito de secuestro extorsivo agravado de los estadounidenses Keith Stansell, Marc Gonsalves y Thomas, señaló la Fiscalía General de la Nación en un comunicado.
Los estadounidenses fueron secuestrados cuando miembros de la columna móvil ‘Teófilo Forero’, derribaron el avión en el que viajaban por una zona selvática del departamento del Caquetá.
Tras caer la aeronave, los guerrilleros asesinaron también alcontratista estadounidense, Tom Jany y al sargento del Ejército colombiano Luis Alcides Cruz, señala la investigación de la Fiscalía.
Hace exactamente un año la Corte Suprema de Justicia negó la extradición a Estados Unidos de alias ‘Martín Sombra’, detenido en febrero de 2008 y reclamado por autoridades de ese país por el secuestro de Stansell, Gonsalves y Howes.

16 de junio de 2010
©semana 
rss

el pobre siempre paga


No es la primera vez que los incendios de la Comuna 13 de Medellín son atribuidos a luchas entre las bandas. En 2001 la causa fue una retaliación contra don Berna y en 2007, aunque no se denunció, las circunstancias fueron idénticas.
Colombia. Medellín ha sufrido varios incendios. El 3 de abril de 2001, la banda de alias ‘Frank’ prendió fuego al asentamiento El Esfuerzo como represalia a las autoridades. Y en 2007 un incendio parecido al actual ardió en el mismo sector de la Comuna 13, pero en ese entonces nadie habló de manos criminales.
Dicen que el primer rancho que ardió en la madrugada del 3 de junio fue el de Gloria Bermúdez, en la parte baja de Altos de la Virgen, en las laderas occidentales de la Comuna 13 de Medellín. El fuego, avivado por las ráfagas de viento que pegan sobre ese lado de la ciudad, pronto se extendió loma arriba. El desastre fue cosa de minutos. Casi a las 3:00 de la mañana, la montaña ardía toda y los habitantes lloraban resignados por no haber tenido tiempo de sacar nada, apenas la ropa que llevaban puesta. Si los bomberos no hubieran llegado pronto, el fuego hambriento habría seguido hacia el sur, sobre el barrio El Socorro. Todo cesó al amanecer. El censo de las autoridades estableció que eran 192 las familias damnificadas, 730 personas otra vez sin nada, 310 de ellas menores de edad.
Esa mañana, con la cicatriz de la montaña todavía exhalando humo, el alcalde de la ciudad, Alonso Salazar, oyó una acusación repetida entre los damnificados: que el incendio había sido provocado por manos criminales. Fue tanta la insistencia de la gente que él mismo ordenó una investigación. Las autoridades acaban de establecer que la noche del incendio, antes de que comenzaran las llamas, hubo ráfagas de disparos entre las dos bandas que se disputan el control de la zona. Una es ’La Agonía’, cuyos integrantes son de Altos de La Virgen y responden al mando de alias ’Valenciano’. Y la otra es ’La Quiebra’, del barrio Juan XXIII, aledaño a la zona de la conflagración, y que responde al mando de alias ’Sebastián’.
’Valenciano’ y ’Sebastián’ son los dos grandes capos del crimen organizado en Medellín, rabiosos enemigos entre sí que, tras la mediación de la Iglesia y varios garantes de la sociedad civil, se comprometieron a respetar un pacto de no agresión durante los IX Juegos Suramericanos, disputados en la ciudad el pasado abril, periodo en el que la capital antioqueña observó una evidente disminución en los índices de criminalidad. Pero al parecer la tregua es cosa del pasado.
La guerra se siente sobre todo en la Comuna 13. La violencia se ha disparado en promedio de 18 personas asesinadas al mes a 30 homicidios en los primeros 20 días de mayo. La orden de ’Sebastián’ es sacar a la gente de ’Valenciano’ de la zona.
Esa misma comuna se convirtió en escenario del primer enfrentamiento armado del Estado contra las bandas. Allí, en octubre de 2002, tanques y helicópteros del Ejército tuvieron sitiada la zona durante cuatro días hasta que pacificaron los barrios. Siete años y medio después las alarmas están otra vez prendidas. La Personería ha identificado 30 bandas armadas, unas al servicio de ’Valenciano’ y otras al servicio de ’Sebastián’; algunas utilizan granadas y fusil, y atemorizan a los pobladores.
"Sabemos que esa noche ambas bandas se dispararon y se gritaron amenazas. Al parecer, uno de los combos implicados habló de prenderles fuego a los ranchos. Esa amenaza, hay que decirlo, no era nueva y la gente ya estaba prevenida. En los postes y en los transformadores de energía del sector, los bomberos encontraron impactos de bala", dice un miembro de la Fiscalía vinculado a la investigación. Las primeras pesquisas de las autoridades indican que alias ’Cristian’, miembro de ’La Quiebra’, lanzó una botella de gasolina con mecha encendida sobre las tablas de una casa, la de Gloria Bermúdez, y allí comenzó el infierno. ¿Fue realmente así?
La mañana después del incendio, convencidos de que las llamas se habían originado de esa manera, los miembros de ’La Agonía’ quisieron vengar la afrenta y caminaron en dirección del barrio Juan XXIII en busca de los supuestos responsables. La Policía, advertida de la gravedad de los hechos, ya estaba en el sector y debió intervenir. No hubo capturas ni más hechos que lamentar, hasta ahora.
"Nosotros no hicimos nada. El fuego lo prendieron ellos mismos para echarnos ese muerto. Lo que ellos quieren es que la gente se nos venga encima", dice Mario, miembro de ’La Quiebra’. Debajo de su camisa se adivina la cacha de un revólver. Aunque el día amenaza lluvia, el muchacho lleva lentes oscuros. El informe del Cuerpo de Bomberos de Medellín no es concluyente. Según Camilo Zapata, subdirector del Sistema de Atención y Prevención de Desastres de la Alcaldía de Medellín, los bomberos no encontraron nada que desmienta ni confirme una mano criminal en el incendio. "No hay rastros de pipetas de gas, o de veladoras, o de un corto circuito. Nada", reconoce el funcionario.
Hace justo dos años, el 30 de diciembre de 2007, otras 86 familias, unas 400 personas, fueron víctimas de un incendio idéntico, justo en el mismo sector de la Comuna 13. Esa vez, sin embargo, nadie habló de manos criminales, quizás porque los tentáculos criminales de ’Valenciano’ y ’Sebastián’ no habían llegado al barrio. A pocos metros de la enorme mancha de tierra quemada pasan, modernas, las cabinas del Metrocable, que hacen parte del sistema Metro, orgullo de la ciudad y ejemplo de eficiencia y pulcritud. Tres kilómetros al norte, en el mismo sector, se levanta majestuosa la urbanización Villa Suramericana, 13 torres de apartamentos que sirvieron de sede a los casi 4.000 atletas que participaron en los pasados juegos. Hoy, después de una aplaudida estrategia de la Alcaldía de Medellín, los 620 apartamentos comienzan a ser entregados como soluciones de vivienda popular.
"No deja de ser una ironía que en medio de tantos ejemplos de buena gestión pública se viva una situación tan azarosa", advierte una profesional del sistema Metro, enfundada en su uniforme color ratón. Varias veces, por culpa de las balas que cruzan de un lado a otro de la montaña, el sistema de cabinas ha debido suspenderse para resguardar la vida de los pasajeros, que en algunos tramos están suspendidos a más de 30 metros del suelo.

Doloroso Precedente
Esta no sería la primera vez que los grupos armados, en su afán de someter un sector de la ciudad, arremeten contra un barrio y le prenden fuego así no más. Eso ya pasó en Medellín. Fue el 3 de abril de 2001. La banda de alias ’Frank’, otro capo ya extinto, incendió El Esfuerzo, un asentamiento de 40 ranchos en el barrio París, en el extremo noroccidental de la capital de Antioquia. Esa vez, las autoridades calcularon en 210 el número de damnificados.
’Frank’ era dueño de al menos 30 buses de dos reconocidas empresas, de los que se había apoderado a fuerza de extorsiones y asesinatos. Como si fuera poco, les cobraba vacuna a los otros 280 vehículos de ambas empresas, con lo cual se aseguraba ingresos, en esa época, cercanos a los 2.300 millones de pesos mensuales. Otro capo iracundo, ’Don Berna’, señor de sus propios ejércitos, decidió arrebatarle su botín a ’Frank’ e irrumpió con sus hombres en París.
A finales de marzo de 2001, el bloque Cacique Nutibara de las autodefensas asesinó a cinco hombres, tres de ellos trabajadores de ’Frank’, razón por la cual el capo, en represalia, ordenó quemar el asentamiento El Esfuerzo, por donde, al parecer, irrumpieron los sicarios de ’Don Berna’. Tres años después de aquellos hechos, en 2004, en uno de los operativos más grandes de los que tenía noticia Medellín, 600 policías, 200 soldados y 47 fiscales decomisaron 40 buses de transporte público propiedad de ’Frank’ y arrestaron a una veintena de hombres acusados de ser trabajadores del capo. Lo responsabilizaban, entre otros delitos, de la muerte de la fiscal Margarita Pulgarín, cometida en abril de 2000, y del incendio del asentamiento El Esfuerzo, donde además, días antes de la conflagración, fue hallado el cadáver de un hombre atravesado por una varilla de hierro. Así iban las cosas entonces en la ciudad.
Hace una semana, en Altos de la Virgen, las llamas lograron una altura de hasta 20 metros, dijeron los bomberos, por eso todo se consumió tan rápido: muros de madera, techos de latón, pisos de tierra, ventanas de plástico, camas de tablas, cortinas de fieltro. La pobreza es combustible, ya se sabe.

16 de junio de 2010
12 de junio de 2010
©semana
rss

a juicio por asesinato de sindicalistas


A juicio paramilitares por asesinato de hermanos sindicalistas.
Colombia. La Fiscalía dictó resolución de acusación contra cuatro ex paramilitares por su presunta responsabilidad en el asesinato de tres hermanos que pertenecían al sindicato Sintragrícola.
El crimen ocurrió en 2003 en el corregimiento Puerto Giraldo, municipio de Ponedera (Atlántico), donde César Augusto y José Rafael Fonseca Morales, y José Ramón Fonseca Cassiani fueron desaparecidos. Posteriormente, los cuerpos descuartizados fueron hallados en una fosa en la finca La Montaña, ubicada Puerto Giraldo.
Por estos hechos, un fiscal de Derechos Humanos y DIH acusó por homicidio agravado a Arismendiz Quiñónez Ocaro, Luis Manuel García Pérez, Luis Eduardo Sierra Páez y Luis Bermejo Araújo.

15 de junio de 2010
©verdad abierta
rss

águilas negras vuelven a amenazar


Nueva amenaza de las ’Águilas Negras’ a prestigiosa ONG de Estados Unidos. En menos de un mes, el grupo paramilitar amenaza a los integrantes de WOLA, una de las ONG norteamericanas que promueven los derechos humanos en Colombia. Estas amenazas pueden entorpecer la votación del TLC en el Congreso estadounidense.
[Juan Carlos Iragorri] Colombia. La conocida ONG norteamericana WOLA, dedicada a la promoción de los derechos humanos, recibió el viernes una amenaza de muerte contra sus activistas en Colombia, según informó esta mañana la organización. El grupo paramilitar colombiano ‘Águilas Negras’ es el responsable de la amenaza –la segunda en menos de un mes–, tal como advierte la ONG en un comunicado.
De acuerdo con el texto, un correo electrónico de las ‘Águilas Negras’ fechado el 11 de junio declara como "objetivo militar" a los integrantes de WOLA y de otras 70 ONG de derechos humanos que trabajan a favor de la población desplazada por la violencia. "Serán asesinados sin dejar rastro", agrega el e-mail según la organización norteamericana.
El 14 de mayo, es decir hace menos de un mes, las ‘Águilas Negras’ también amenazaron a WOLA mediante correo electrónico. En ese momento, la ONG expidió un comunicado de prensa en el que señaló que la amenaza había sido recibida justo un día después de que sus representantes hubieran sostenido una reunión de trabajo en Washington con la embajadora de Colombia, Carolina Barco.
La embajadora se declaró molesta con el texto de ese comunicado porque consideró que la ONG vinculaba la amenaza con la reunión de trabajo. En efecto, Dan Kovalik, un bloggero de The Huffington Post, una de las páginas web más leídas de Estados Unidos, recogió ese vínculo. Ante las quejas de Barco, WOLA modificó el comunicado y envió un representante suyo a hablar con la embajadora para limar asperezas.
"Desde la última amenaza han sido asesinados en Colombia dos prominentes defensores de derechos humanos", dijo hoy Gimena Sánchez, representante de WOLA. "Cuarenta líderes de los grupos desplazados han sido asesinados desde el año 2005. Las autoridades han sido incapaces de llevar ante la justicia a los culpables. Y aunque nos amenacen, WOLA seguirá en Colombia, donde hay 4,5 millones de desplazados", agregó.
En sus correos electrónicos, las ‘Águilas negras’ también amenazan de muerte a los miembros del Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, de la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (CODHES), del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (INDEPAZ), de la Asociación de Afrocolombianos Desplazados (AFRODES) y del Movimiento Nacional de Víctimas (MOVICE), entre otros.
WOLA, cuya sigla significa Washington Office on Latin America (Oficina en Washington de América Latina) es una ONG fundada en 1974 por algunos líderes políticos y religiosos con el fin de promover los derechos humanos y la justicia social en los países latinoamericanos y del Caribe. Es una de las ONG más activas sobre la región y tiene sede en la capital norteamericana.
El impacto político de estas denuncias no se hará esperar. La bancada del partido demócrata, que controla las mayorías en el Congreso norteamericano, se ha opuesto a someter a consideración el Tratado de Libre Comercio con Colombia (TLC), firmado en noviembre de 2006, con el argumento de que este país no protege suficientemente a los sindicalistas y a los defensores de los derechos humanos.
En cualquier caso, este noviembre tendrán lugar elecciones legislativas en Estados Unidos. Se renuevan la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, dijo recientemente en Bogotá que el gobierno de Barack Obama impulsará la aprobación del acuerdo comercial. Eso está por verse.
WOLA, en su comunicado, admite que desde el pasado mes de mayo el Gobierno de Colombia ha hecho esfuerzos para garantizar la integridad de los defensores de derechos humanos. SEMANA intentó hablar esta mañana con la embajadora de Colombia en Estados Unidos, Carolina Barco. Fue imposible. Cumplía citas inaplazables en el Congreso en Washington.
Puede consultar el comunicado de WOLA en inglés aquí.

15 de junio de 2010
©semana
rss

cómo infiltraron la universidad popular


’Paras’ contaron cómo se tomaron la Universidad Popular del Cesar. Varios desmovilizados de un frente del Bloque Norte de las Auc, le contaron a la Fiscalía cómo supuestamente infiltraron entidades estatales en Cesar, entre ellas la fuerza pública y la Universidad Popular de ese departamento.
Colombia. Durante una versión libre de varios paramilitares del Frente Mártires del Valle de Upar, que perteneció al Bloque Norte de ’Jorge 40’ y que delinquieron en Cesar, revelaron cómo supuestamente infiltraron varias entidades estatales, entre ellas la Universidad Popular del Cesar y el DAS en ese departamento.
Según lo que contaron los desmovilizados, entre ellos Adolfo Enrique Guevara, más conocido con el alias de ’101’ el poder de los ‘paras’ llegó a tal nivel en ese centro educativo que incidieron en la elección de su Rector en 2004.
Además de alias ‘101’, ex jefe de este grupo paramilitar; también asistieron a esa versión José Armando Torres Mestre, alias ‘El Lobo’; Jhonatan David Contreras Puello, alias ‘Paco’;  Jorge Armando Turizo Ibáñez, alias ‘Calabazo’; Jaider Vides Causil, alias ‘JJ’; Giovanny Andrade Racines, alias ‘Alacrán’ o ‘El Guajiro’; y Jairo Luis Bermúdez Rodríguez.
De acuerdo con el relato de ‘101’, antes de ser asesinado, el ex jefe paramilitar David Hernández Rojas, alias ‘39’, escogió a José Guillermo Botero como rector de la Universidad en esa ocasión, luego de reunirse con varios aspirantes al cargo.
"En ese momento todo el mundo tenía que copiarle a ‘39’. Todos los candidatos fueron reunidos con ‘39’ y puso a Botero. Así como subían (a las reuniones) los concejales y todo el mundo", agregó ‘101’.
Según el desmovilizado, que reemplazó a ‘39’ luego de ser asesinado en extrañas circunstancias el 26 de octubre de 2004, supuestamente el enlace entre los candidatos y el ex jefe paramilitar fue Leoncio Peralta, un funcionario de la Universidad que estudió con ‘39’ en su infancia.
Sobre Peralta, ‘101’ dijo que "era el que llevaba a los candidatos a cambio de beneficios económicos". También sostuvo que "la mayoría del Consejo era de ‘39’ y se sentaban con él" y que el asesinado jefe paramilitar "mandaba a decir que si no era elegido (Botero) mataba al que pusieran".
En 2009 Guillermo Botero fue citado a indagatoria por la Fiscalía por su presuntos nexos con los paramilitares.

El Contacto del Das
En la versión libre se mencionó al agente del Das Jorge Riaño, como presunto colaborador del grupo paramilitar.
El ex jefe paramilitar alias ‘101 señaló que en una ocasión los ‘paras’ organizaron un operativo con el agente Riaño para simular el rescate de una persona que había sido secuestrada por el grupo de alias ‘900’ en 2005.
Al parecer, este agente del Das era cercano a ‘39’ y a cambio recibía sobornos del grupo paramilitar. ‘101’ agregó que para ese operativo de rescate se utilizaron carros del Das.
"El simulacro era para que el Das hiciera el positivo. Ya las Auc las habían rescatado (a la presunta víctima) y yo maté a alias ‘900’", confesó el ex jefe paramilitar.
Además agregó que "el Das no pagó nada. Eso era parte de la Seguridad Democrática: lo rescata las Auc y el Das sale a poner el pecho. Nosotros le pagábamos a ellos, el acuerdo era la colaboración de los carros, los chalecos…"

Miembros de la Policía y las Armas de los ‘Paras’
Los desmovilizados confesaron que contaron con la complicidad de algunos miembros de la Policía para cometer crímenes en Valledupar. Entre los policías que mencionaron por sus apellidos a Montoya, Ríos y Ortega, este último era llamado por los paramilitares con el alias de ‘El Socio’.
Según el testimonio de Jairo Bermúdez, el oficial Ortega les guardaba armas a los paramilitares. "El sargento de la policía para la época era el que guardaba las armas, es el sargento ortega, de la Policía Uniformada, lo conocían como ‘El Socio’. Me ratifico bajo la gravedad de juramento", sostuvo el desmovilizado.
Bermúdez contó que para asesinar a una persona que supuestamente vendía drogas en Valledupar, recogieron la pistola donde el sargento Ortega.
Ésta tan sólo es la versión de los ex paramilitares y deberá ser corroborada por las autoridades.
Desde finales de los noventa, cuando los ‘paras’ se tomaron el departamento, varios estudiantes y profesores de la Universidad Popular del Cesar fueron asesinados. Incluso el año pasado funcionarios de la UPC denunciaron amenazas contra su vida en el proceso de selección del nuevo rector.
En mayo de 2001 Miguel Ángel Vargas Zapata, profesor de la UPC y presidente de la seccional Asociación Sindical de Profesores Universitarios (Aspu) fue asesinado por las Auc.
Unos meses después, en octubre de 2001, el profesor Luis Mendoza Manjarrés fue asesinado cuando salía del campus de la UPC. Era profesor de administración de empresas  y miembro, como Miguel Ángel Vargas, del sindicato Aspu. Por este crimen la Nación fue condenada a pagar 633 millones de pesos en 2007, ya que Mendoza le solicitó protección a la Fiscalía, que se la negó.
En febrero de 1997 las autoridades encontraron los cadáveres de tres estudiantes de la UPC en Valledupar que eran dirigentes estudiantiles.

15 de junio de 2010
©verdad abierta
rss

el caso plazas vega


Una juez condenó al coronel Plazas Vega a 30 años de cárcel por su responsabilidad en la desaparición de los sobrevivientes del Palacio de Justicia. El fallo fue apelado y espera una segunda instancia en el tribunal. La condena a 30 años contra el ex coronel sacó a flote el profundo malestar de los militares. ¿Qué implicaciones tiene para la democracia y la conducción de la guerra?
Colombia. El fallo de la juez que condenó a 30 años al coronel Plazas Vega por la desaparición de 11 sobrevivientes en el holocausto del Palacio de Justicia en 1985 ha creado un terremoto en la institución militar que no tiene antecedentes en la historia reciente del país. Apenas se conoció la noticia, la cúpula militar fue de urgencia a reunirse con el presidente Uribe para expresarle, en calidad de jefe supremo de las Fuerzas Militares, lo que significaba esa condena para la moral de la tropa, el honor militar y la futura conducción de la guerra. Para los militares estaba todo en juego. Tanto así, que el gobierno interrumpió la programación de televisión y el Presidente apareció ante los colombianos pocas horas después rodeado de la cúpula y de su ministro de Defensa. El mensaje fue claro: había "dolor y desestímulo" en las filas, los colombianos debían "abrazar a sus militares" y era necesario pensar en "una legislación que rodeara de garantías a las fuerzas armadas".
Muchos colombianos pudieron interpretar la alocución del Presidente como un desafío a la independencia de la justicia, teniendo en cuenta que el proceso contra el coronel Plazas Vega sigue vivo y espera una segunda instancia ante el Tribunal Superior de Bogotá. Más aún cuando la semana anterior el propio Uribe había salido lanza en ristre a descalificar a los jueces y a la propia Corte Suprema luego de que una juez ordenó la captura de un alto funcionario del gobierno por el escándalo de las ’chuzadas’ del DAS.
Este ambiente de fuego cruzado entre el Presidente y el poder judicial ha levantado una cortina de humo frente al debate de fondo con los militares, donde la condena contra Plazas Vega fue solo la gota que rebosó la copa. El malestar en el Ejército se ha venido incubando de tiempo atrás. Se está formando una tormenta perfecta donde confluyen varios elementos: una justicia penal militar débil, una justicia ordinaria que juzga casos que deberían estar en cortes marciales, la revelación de hasta dónde llegaron los lazos entre militares y paramilitares, y el impacto sicológico, moral y judicial de los falsos positivos.
Desde distintos frentes se ha sentido el profundo descontento militar. El general Padilla salió a los medios a decir que los soldados no tienen las garantías judiciales; el general (r) Jorge Enrique Mora reveló que los soldados tienen la moral en el piso y ya no saben si combatir o no; y todas las asociaciones de militares activos y en retiro firmaron un duro manifiesto de nueve puntos donde defienden al coronel Plazas Vega, tildan a la Fiscalía de "desenfrenada y vengativa" y dejan constancia de que nunca antes la fuerza pública había estado tan indefensa. La situación es tan delicada que algunos analistas se han atrevido a plantear que por ello no ha vuelto a haber golpes contundentes contra la cúpula de las Farc desde el bombardeo a Raúl Reyes y la Operación Jaque, en 2008.
El problema no es, como muchos sectores de la extrema izquierda lo ven, que los militares quieren volver a imponer un fuero militar que los blinde de toda acción de la justicia frente a las violaciones de derechos humanos, como ocurrió durante muchos años. Pero tampoco es, como sectores de la extrema derecha creen, que se trata de una sofisticada estrategia de guerra política orquestada por la guerrilla para bloquear las operaciones del Ejército y enredar judicialmente a sus comandantes. Seguramente habrá algunos militares que tengan rabo de paja y quieran a toda costa volver a un fuero más fuerte para taparse con esa cobija. Y no hay duda de que también hay muchas ONG manipuladas por la guerrilla que inundan la Fiscalía con demandas a coroneles y capitanes. Pero estos dos fenómenos son minoritarios y ninguno explica el verdadero problema.
El caso de Plazas Vega, mucho más allá de lo que ocurra con su destino judicial o de su drama personal, va al corazón de ese problema: el de las relaciones entre civiles y militares, el del alcance del fuero militar, pero también el de poner a pensar a la sociedad sobre la posibilidad de un acuerdo político para una reconciliación nacional luego de un proceso de paz. El tema es complejo pues el affaire Plazas Vega reúne, en un caso emblemático, los desafíos de una democracia amenazada por actores armados y poderes mafiosos, los alcances de una amnistía a un grupo guerrillero -el M-19- y la relativización de la justicia con los paramilitares.
El malestar de los militares se podría resumir en dos puntos concretos: el progresivo debilitamiento de la justicia penal militar y la asimetría en el tratamiento judicial entre los militares que han defendido las instituciones y son condenados a 30 años, y los jefes guerrilleros y paramilitares que han cometido los peores actos terroristas y que o fueron amnistiados, o tienen penas de menos de ocho años.
En este último punto es difícil entender para un ciudadano común que los jefes guerrilleros del M-19 que ordenaron tomarse el Palacio de Justicia hayan sido indultados y estén hoy en la política o en embajadas, y los militares que dirigieron la retoma del Palacio sean condenados a 30 años -como el caso de Plazas Vega-. Puesto así, en blanco y negro, se vislumbra una gran injusticia.
Pero la realidad nunca es tan maniquea. Por un lado, hay que recordar que los guerrilleros del M-19 entraron en un proceso de paz con el gobierno, entregaron las armas y fueron amnistiados por dos leyes expedidas por el Congreso, uno de cuyos ponentes fue el entonces senador y hoy presidente Álvaro Uribe. La sociedad los indultó, se reintegraron a la vida civil y se sometieron a las reglas del juego como ocurre con todas las negociaciones de paz del mundo.
Por otro lado, la condena de la juez contra Plazas Vega se dio por la desaparición forzada de 11 personas que salieron vivas del Palacio de Justicia y luego fueron supuestamente torturadas y asesinadas. Es obvio que un acto de esa naturaleza no tiene nada que ver con defender la democracia. Por eso nadie duda de que si Plazas Vega dio la orden de desaparecer a estos sobrevivientes merece una condena ejemplarizante. La polémica aquí está en la supuesta debilidad de las pruebas que argumenta la defensa y los cuestionamientos sobre si la responsabilidad del coronel como jefe de la operación fue directa o indirecta.
Pero más allá de la valoración probatoria y de si Plazas es culpable o inocente, el caso trasciende el episodio del Palacio de Justicia y tiene que ver con la manera como una sociedad reabre su pasado. ¿Los colombianos quieren afrontar esas heridas dentro de un marco de memoria y reparación o desde un marco de aplicación estricta de la justicia desempolvando expedientes como lo ha hecho el juez español Baltasar Garzón? En otras palabras, ¿deben ser los tribunales los que salden la deuda histórica de la violación de los derechos humanos ocurridos en la guerra?
Más allá del grado de justicia que sea necesario, no se puede soslayar la dimensión política e institucional de este debate. Hay que tener una lectura más universal, que mire ese pasado de una manera integral, que interprete el contexto histórico, que palpe los miedos de la sociedad y que entienda las lógicas políticas, militares y sociales del conflicto. De la retoma del Palacio de Justicia, de los vínculos entre paramilitares y militares, o de la penetración de la mafia, entre otras.
Gran parte de lo que ha salido a flote 20 años después se debe a que ha sido imposible establecer la verdad. Por eso, crear una Comisión de la Verdad para poder exorcizar ese pasado que sigue persiguiendo al país no es descabellado y debería estudiarse.
El otro elemento de la asimetría es el de cómo una sociedad puede asimilar condenas judiciales draconianas a sus militares, mientras jefes paramilitares sometidos a la Ley de Justicia y Paz reciben penas irrisorias frente a la magnitud de las atrocidades cometidas por sus hombres en armas.
Frente a esta relativización de la justicia, que desde el punto de vista político tiene una explicación, pero desde el punto de vista moral deja perpleja a la sociedad, se perfilarían dos caminos. El primero, impulsar una ley de punto final que cobije a los militares. Pero con un conflicto armado vigente, con una justicia cada vez más globalizada, con los tratados que ha suscrito Colombia y con delitos de lesa humanidad que no prescriben, esta figura sería prácticamente inviable frente a la comunidad internacional. El segundo camino es el más seguro y el que debería seguir el país: fortalecer la justicia penal militar para los delitos cometidos claramente en el contexto de la guerra, y que la justicia ordinaria siga investigando los que sin duda alguna tienen fines criminales o son violaciones de los derechos humanos.
El hecho de que hoy la Fiscalía esté investigando a oficiales de alta graduación, incluidos generales, que hasta hace poco se consideraban héroes de la patria es, en buena medida, consecuencia de la inoperancia de los tribunales militares. En los años 80 y 90 el fuero se usó en muchas ocasiones como un escudo para cometer desafueros contra la población civil, como ocurrió con las macabras alianzas que realizaron los militares con los grupos de autodefensa en el Magdalena Medio y Urabá, por mencionar solo dos casos. Masacres como la de La Rochela, los 19 comerciantes o Mapiripán llevaron a que Colombia fuera condenada en la Corte Interamericana de Derechos Humanos dada la impunidad en que quedaron estos crímenes.
Casos como el del bombardeo de Santo Domingo, en Arauca, que a todas luces debía ser juzgado en un tribunal militar, terminó en la justicia ordinaria por la propia torpeza de la cúpula del momento, la cual decidió negar el hecho de que pilotos de la fuerza aérea hubieran bombardeado ese caserío. Solo cuando la Fiscalía avanzó en la investigación de la muerte de 17 personas y pudo comprobar que una bomba cluster había sido lanzada, la FAC admitió su responsabilidad, para ahí sí exigir que el caso pasara de nuevo a los tribunales militares. Otro ejemplo que ilustra este dilema es el de la masacre de San José de Apartadó. La justicia militar concluyó que no había tropas en la zona donde fueron degolladas dos familias, pero luego se demostró que por lo menos dos compañías actuaron conjuntamente con los paramilitares. Este episodio hizo que la justicia militar perdiera no solo credibilidad, sino que se convirtiera en una institución de papel.
Porque si bien los militares hoy dicen que el fuero existe en todos los Ejércitos respetables del mundo, también es cierto que las justicias castrenses en democracias fuertes suelen ser más duras. Justamente porque se entiende que si una sociedad les entrega a los militares el poder y el monopolio de ejercer la violencia, también tiene que ponerles controles y castigos más severos, si no quiere que sus ejércitos se conviertan en hordas de bárbaros.
La actuación de la justicia contra los militares en casos de derechos humanos es una consecuencia directa de su proceso de modernización y también un efecto de la globalización de la justicia en el mundo entero. Colombia no es una excepción. Basta leer los periódicos de Argentina, Perú, Guatemala y otros países para darse cuenta de que se trata de una tendencia global.
En el caso colombiano, el Plan Colombia resultó crucial para empezar a cerrar el capítulo de la impunidad endémica en derechos humanos. La Enmienda Leahy obliga a los militares a cumplir con unos estándares de guerra limpia, sin los cuales no hay plata del gobierno de Estados Unidos. Por eso, cuando se acusa a los jueces de hacer una guerra jurídica impulsada por la guerrilla se olvida que los congresistas y el propio gobierno de Washington han estado apoyando a la Fiscalía para lograr esclarecer estos crímenes.
Basta recordar la masacre de Jamundí, en la que una patrulla del Ejército masacró a una patrulla élite de la Policía que estaba persiguiendo al narcotraficante ’Don Diego’. Este hecho, que los militares presentaron como un accidente entre tropas, resultó ser una emboscada para proteger a un capo de la mafia protegido por el Ejército. Tan abundante era la evidencia en este caso que la Fiscalía la investigó desde el primer momento. Poco después, el entonces ministro de Defensa, Camilo Ospina, firmó un acuerdo que, lejos de arrebatarles el fuero a los militares, como lo sugieren algunos, cumple con lo que ordenó la Corte Constitucional: que en caso de violaciones a los derechos humanos es la justicia civil, y no la militar, la que debe encargarse del proceso. Ello en el entendido de que la función de los militares es combatir con combatientes, y que los atentados contra los civiles son un desafuero.
Pero que la Fiscalía investigue no garantiza que la justicia sea más eficiente, más rápida ni más justa. La justicia ordinaria tiene graves fallas frente a la lógica castrense, y hay una falta de capacitación de los jueces para entender los protocolos de la guerra, que por complejos y técnicos ameritan una justicia especializada. La congestión es otro aspecto que conspira contra la rapidez, y sin duda también la presión política que hay en casos como los de los falsos positivos, donde la sensibilidad de la opinión pública está exacerbada y nada distinto a una condena es considerado justicia.
Sin embargo, lo único que no puede hacer Colombia, en aras de proteger a sus militares, es retroceder en los logros que se han tenido en materia de derechos humanos. Que haya una justicia creíble y capacitada es esencial para la democracia. Y que su Ejército actúe dentro de la ley es crucial para que el Estado sea legítimo. Por eso el balance necesario es cómo seguir avanzando en el respeto a los derechos humanos y contra la impunidad sin deteriorar el fuero militar necesario para ganar la guerra, y con unos tribunales militares y civiles con capacidad de impartir justicia.
Hay por lo menos tres acciones que deberían emprenderse. La primera es que se fortalezca la justicia penal militar y entre en vigencia el nuevo código que la convierte en un sistema oral en reemplazo de trámites escritos interminables. Pero se necesitan recursos y profesionalización para que no sea tan inoperante como en el pasado. En segundo lugar, fortalecer la capacidad de la Fiscalía para juzgar a los militares que han cometido delitos por fuera del servicio. Y, quizá más importante, pensar si se requiere una reforma más profunda que cree, por ejemplo, una sala mixta de militares y civiles en la Corte Suprema de Justicia para darle credibilidad y altura a un tema tan crucial para el país.
Todos los elementos mencionados anteriormente han vuelto a estar sobre el tapete por cuenta de la condena a 30 años de cárcel al coronel Plazas. Esta ha divido a la opinión pública y ha ofendido a los estamentos militares. Queda por verse cuál será el veredicto final de las instancias que están aún pendientes. Sin embargo, la parábola del caso Plazas es que, más allá de si es culpable o inocente, no todo se vale en la guerra.

15 de junio de 2010
12 de junio de 2010
©semana 
rss

el fallo del coronel plazas


La juez que condenó a 30 años de cárcel al coronel Alfonso Plazas utilizó la misma tesis con la que condenaron al ex presidente Alberto Fujimori en Perú. ¿Cuáles son las pruebas que sentencian al coronel y los argumentos de su defensa?
Colombia. En el holocausto del Palacio de Justicia murieron 11 magistrados de la Corte Suprema y decenas de personas más perecieron calcinadas. Pero apenas ahora, casi 25 años después de lo ocurrido, se produce el primer fallo de la justicia ordinaria.
Hasta ahora, la única culpa por esta masacre se le había atribuido a la guerrilla del M-19, responsable de la sangrienta toma. Pero la semana pasada una juez de Bogotá condenó a 30 años de prisión al coronel retirado Alfonso Plazas Vega, no por la retoma, sino por la desaparición de 11 personas que el ejército sacó con vida del máximo claustro de la justicia.
El fallo estremeció al país y cayó como un baldado de agua fría en las guarniciones militares y en la propia Casa de Nariño. El presidente Álvaro Uribe y los generales en retiro pusieron el grito en el cielo porque consideran que no tiene ninguna presentación que ex guerrilleros del M-19 estén en la vida pública mientras los militares son condenados.
"Una alianza criminal asesinó a la Corte en 1985 y ninguno está en la cárcel. Ahora condenan a un integrante de las fuerzas armadas que simplemente buscó cumplir con su deber… Duele... da tristeza", esa fue solo la primera declaración de varias que dio el presidente Uribe.
Pero ese es otro debate. Esa es una discusión política que si bien es importante, no puede hacer perder de vista los pormenores jurídicos del caso. La sentencia de la juez no toca a los del M-19 porque ella estaba investigando estrictamente el caso de los desaparecidos. Ese delito hoy es considerado materia grave por la justicia internacional.
El juicio al coronel Plazas tocó las fibras más sensibles del Estado. Eso se palpaba la semana pasada en los alrededores del edificio de los juzgados especializados de Bogotá.
 Una romería, claramente dividida en dos bandos, con carteles y camisetas, se concentró a la espera del fallo. A las cuatro y media de la tarde del miércoles, cuando por fin se conoció la sentencia, hubo una explosión de júbilo entre los familiares que han esperado un cuarto de siglo a que alguien les dé razón sobre lo ocurrido con sus desaparecidos.
Mientras en el otro bando, quienes creen que la condena al coronel es una injusticia, les respondían con arengas: "Los terroristas que se tomaron el Palacio están en el poder y los soldados que defendieron la democracia, en la cárcel".
La trifulca fue rápidamente disuelta por la Policía que custodiaba el edificio. La fiscal Ángela Buitrago, quien recogió las pruebas para acusar al coronel, tuvo que salir fuertemente escoltada. En el sexto piso, la juez María Stella Jara, sentía el alivio de quitarse ese piano de encima. Ella pasó nueve meses escribiendo el texto de la sentencia, rodeada de un esquema de seguridad que ha sido reforzado tres veces por el incremento de las amenazas. Lejos de allí, en el Hospital Militar, el interno Alfonso Plazas Vega, que presenta un cuadro de estrés nervioso extremo, atendido por una junta médica y vigilado por guardianes del Inpec, fue informado por su abogado Jaime Granados de la sentencia.
Pocas veces una decisión judicial había producido tal revuelo en el país. ¿Qué fue lo que ocurrió hace 25 años y qué papel jugó el coronel Plazas?
Todo empezó a las 11:40 de la mañana del 6 de noviembre de 1985. Un grupo de asalto del M-19, fuertemente armado, ingresó a los sótanos del Palacio de Justicia abriéndose paso a bala. Otra fracción de los guerrilleros hizo lo propio, pero discretamente, por la puerta principal. El descabellado plan consistía en tomarse el Palacio a la fuerza y obligar a comparecer al presidente Belisario Betancur para hacerle un juicio público. Pero la reacción de la fuerza pública frustró esos planes.
A los pocos minutos un espectacular operativo militar acordonó el área y una batería de tanquetas blindadas se dispuso al frente del Palacio, en la Plaza de Bolívar. La orden de ingresar y recobrar el control del majestuoso edificio fue trasmitida y ejecutada por el coronel Alfonso Plazas Vega, comandante de la Escuela de Caballería, adscrita a la Brigada 13. Con el ingreso de los blindados, el ejército logró el control del primer piso y con ello el rescate de centenares de rehenes que eran llevados para ser registrados a la Casa Museo del 20 de Julio, a pocos metros del Palacio.
Lo que ocurrió dentro del Palacio fue el holocausto. Los combates se intensificaron y un incendio monumental que se desató hizo de todo el edificio un infierno. Al final, murieron cerca de un centenar de personas, nadie sabe exactamente cuántas. En el cuarto piso perecieron calcinadas cerca de 60 entre civiles, guerrilleros y destacados magistrados, incluido el presidente de la Corte Suprema, Alfonso Reyes Echandía.
Pero afuera del Palacio, según testimonios e indicios, algunos de los sobrevivientes de la toma también sufrieron un infierno por cuenta de la fuerza pública, que los clasificó como "sospechosos" y los trasladó a guarniciones militares donde, según la juez Jara, fueron torturados hasta la muerte. Los desaparecidos son ocho empleados de la cafetería, dos visitantes y la guerrillera Irma Franco, que trató de salir del Palacio como una rehén más.
El fallo dado a conocer la semana pasada, más allá de la importancia que tiene por tratarse de un caso tan emblemático, tiene también un significado especial pues se toma la decisión después de que el expediente pasó décadas engavetado en los escritorios de los investigadores. Poco se había hecho, desde el punto de vista penal, para tratar de esclarecer lo ocurrido ese noviembre sangriento. Hasta ahora solo se han publicado informes de corte académico –dos comisiones de la verdad– sin efectos penales. La última de las comisiones, integrada por destacados ex magistrados, rindió su informe hace apenas unos meses. También se han impuesto sanciones de carácter administrativo y disciplinario por excesos de los militares en la retoma. En cuanto al M-19, todos los guerrilleros que participaron en el ataque murieron, y el grupo como tal fue cobijado por una amnistía y un indulto.
La justicia militar se encargó del proceso penal durante los primeros años y en 1986 exoneró al general Jesús Armando Arias Cabrales y al coronel Edilberto Sánchez. Unos años después, gracias al abogado de las familias de los desaparecidos, Eduardo Umaña Mendoza, el caso pasó a la justicia ordinaria. Pero cuando Umaña fue asesinado, en 1998, el expediente cayó en el olvido. En 2005 resucitó cuando la conmemoración de un nuevo aniversario del holocausto sacudió el polvo.
El fiscal Mario Iguarán reasignó el expediente a la unidad de delegados ante la Corte Suprema, y le correspondió a Ángela María Buitrago, una acuciosa fiscal, quien determinó que el caso de los desaparecidos configuraba un delito de lesa humanidad y por tanto no prescribía. Por esa época también aparecieron varios videos, publicados por Noticias Uno y Caracol, en los que se ve a dos de los reportados como desaparecidos saliendo con vida del Palacio de Justicia, bajo la custodia del Ejército. Y uno más en el que se distingue salir cojeando al entonces magistrado Horacio Urán, a pesar de que después fue uno de los cuerpos hallados sin vida en el interior del edificio.
La investigación cobró nuevos bríos. En 2006 la Fiscalía vinculó al coronel Edilberto Sánchez, comandante de Inteligencia de la Brigada 13, y seis meses después ordenó la detención del coronel Plazas, quien se había desempeñado como director de Estupefacientes en el gobierno Uribe.
En septiembre del año pasado concluyó su juicio, luego de múltiples audiencias donde se vio de todo: recusaciones y amenazas a la juez, recursos para trasladar el proceso a la justicia penal militar, excusas médicas por parte del ex oficial e incluso una bochornosa pelea en plena calle entre Plazas y manifestantes en su contra. Tras nueve meses de análisis, la juez Jara finalmente emitió su sentencia. ¿Qué fue lo que encontró para condenar a Plazas y ordenar compulsar copias para que se investigue a toda la cadena de mando de entonces, empezando por el propio presidente Betancur?
El fallo, conocido por SEMANA, consta de 302 páginas y se apoya en la tesis jurídica con la que en Perú se condenó a 25 años de cárcel al ex presidente Alberto Fujimori, como "autor mediato" de masacres. Es decir, la responsabilidad penal que le cabe a quien se sirve del mando que tiene en una estructura de poder para cometer, a través de subordinados, graves delitos. Con esta misma tesis, en Colombia se han sentenciado a varios parapolíticos.
El fallo sostiene que aunque Plazas Vega no desapareció a los empleados de la cafetería por mano propia, lo hizo aprovechando el poder de mando que tenía. Para acreditar tal mando la juez relaciona declaraciones del presidente Betancur, del ministro de Defensa Miguel Vega Uribe y del coronel Iván Ramírez, quienes sostuvieron que Plazas fue el real comandante de las operaciones.
Otro hecho muy "significativo" para la juez fue el protagonismo que tuvo el coronel Plazas ante los medios de comunicación a la hora de informar sobre las operaciones. Fue en una de esas intervenciones que pronunció su célebre frase: "¡Aquí, defendiendo la democracia, maestro!". Aunque el comandante de la Brigada 13 era el general Jesús Armando Arias Cabrales, las intervenciones de Plazas dan a entender que en el terreno él fue el comandante de la operación. El Manual de Inteligencia de Combate, un documento secreto hallado por la Fiscalía, indica que en una operación "solamente el comandante de la Brigada puede suministrar información a la prensa".
Varios testigos también aseguraron que Plazas estuvo en la Casa Museo del 20 de Julio y sobrevivientes, que según el expediente declararon en esa época, lo escucharon impartiendo órdenes y participando de reuniones privadas con otros oficiales. Eso indica que no podría ser ajeno a la clasificación que allí se hizo de los llamados "sospechosos" que luego fueron trasladados a guarniciones militares, entre ellas la Escuela de Caballería que estaba bajo su responsabilidad directa.
Para la juez, Plazas siempre estuvo informado del traslado de personas rescatadas a la Escuela de Caballería, pues como comandante de esa unidad táctica contaba con un radio con frecuencia compartida con sus hombres y con los otros oficiales de mando. En el expediente está la transcripción de esos audios en los que subalternos suyos coordinan el traslado de "sospechosos" a la Escuela. El coronel "era conocedor de lo que acontecía con ese grupo de sobrevivientes", dice la sentencia.
Un segundo elemento importante en el fallo de la juez es que le dio total credibilidad a la declaración de Édgar Villamizar Espinel, un suboficial retirado que aseguró haber participado de las operaciones como parte de un grupo de Granada (Meta) que fue llevado para reforzar la retoma militar. Según Villamizar, alguien le preguntó al coronel Plazas qué hacer con los sospechosos y este respondió: "Cuelguen a esos hijueputas". El testigo afirma que pudo oír y darse cuenta de los vejámenes que sufrieron los sospechosos llevados a la Escuela de Caballería. "Los colgaban de las manos, les daban golpes en el estómago, con cables les ponían electricidad en cualquier parte del cuerpo, tanto a los hombres como a las peladas. Yo me alcanzo a recordar bien, bien, bien, de la que primero se trajo: le rasgaron la blusa y le dejaron los senos a la intemperie". Según ese relato, los excesos produjeron la muerte de varios sospechosos que habrían sido sepultados en la pesebrera.
El testimonio de Villamizar llegó al proceso hace poco más de un año y coincide con otros elementos que obran en el extenso expediente desde hace décadas. Por ejemplo, con un casete que misteriosamente desapareció y que registraba el relato de agentes del B2 del Ejército que participaron de la retoma del Palacio. En esta grabación –que consta en el expediente desde hace décadas– se afirma que una decena de personas rescatadas no brindaron una explicación convincente de por qué estaban en el Palacio de Justicia y "fueron conducidas hasta la Escuela de Caballería del Cantón Norte y de la Brigada".
A través de llamadas anónimas, a las familias de los desaparecidos les dieron la misma información días después del holocausto. En sus declaraciones de esa época quedó registrado así como las respuestas que recibieron en las guarniciones militares. "Que no molestara más y que dejara de estar indagando por personas que no valían la pena porque eran guerrilleros y asesinos", fue la respuesta que obtuvo en el Cantón Norte el padre del desaparecido Carlos Augusto Rodríguez, administrador de la cafetería del Palacio, según testimonio que dio en la época de los hechos.
La defensa del coronel Plazas ha rechazado de manera tajante la decisión de la juez y en particular ha puesto en tela de juicio al testigo Villamizar. Jaime Granados, abogado de Plazas, anunció que apelará la sentencia pues considera un despropósito que se condene a 30 años de cárcel a un "coronel de la República" basados en la versión de "un falso testigo". Granados sostiene que la declaración de Édgar Villamizar fue ilegal porque se tomó sin que la defensa estuviera presente. "No sabemos si existe, no hay siquiera certeza de su nombre porque en el expediente aparece como Villamizar y como Villarreal". El testigo hace hoy parte del programa de protección de la Fiscalía.
Durante el juicio, el apoderado del coronel intentó demostrar que no es verdad que existan desaparecidos del Palacio de Justicia. Según esa versión todos murieron calcinados y sus restos deben corresponder a una decena de cuerpos que terminaron sepultados en una fosa común del Cementerio del Sur de Bogotá. En agosto de 1996 se practicó la exhumación de esa fosa y los dictámenes forenses concluyeron que solo uno de los cuerpos extraídos de allí correspondía a un desaparecido. Pero no se hallaron huellas de los otros once. La tesis de que no hay desaparecidos quedó aún más sin piso luego de que aparecieron los videos y de que la Comisión de la Verdad dijo este año que "no existe duda alguna de que empleados de la cafetería y algunos visitantes ocasionales fueron víctimas de desaparición forzada".
En los alegatos del juicio la defensa de Plazas admitió que la guerrillera Irma Franco salió con vida del Palacio entre los rehenes rescatados por la fuerza pública, pero que su desaparición no es responsabilidad del coronel pues este no tuvo control sobre la gente que iban rescatando. Plazas afirmó que los mismos videos con los que trataban de inculparlo muestran que la gente rescatada era conducida al museo por soldados con uniforme camuflado, o sea que no eran sus hombres de la unidad táctica de Caballería, cuyo uniforme era habano con casco.
La Procuraduría, que en el juicio pidió absolver a Plazas, también anunció que acudirá al tribunal superior para tratar de anular la sentencia de la juez Jara.
Este fallo no es, como se puede creer, el punto final del caso. Por el contrario, puede ser apenas el principio de una investigación que en otras circunstancias debió hacerse hace más de 20 años. Lo mejor que pueden hacer los implicados, sobre todo en estos tiempos de justicia globalizada, es dejar que la justicia colombiana cumpla su tarea.

15 de junio de 2010
12 de junio de 2010
©semana
rss

uribe respalda a criminal condenado


Tras un fallo histórico en Colombia por la represión en el Palacio de Justicia, Uribe consoló a los militares. Los familiares de las víctimas lloraron y se abrazaron frente a los tribunales. Los comandantes militares se atrincheraron en el Palacio de Nariño, invitados por un preocupado presidente. "El fallo da pena", dijo Uribe.
[María Laura Carpineta] Colombia. Una jueza colombiana condenó a 30 años de prisión a un coronel retirado por la desaparición de una guerrillera del M-19 hace 25 años, durante el sangriento operativo para recuperar el edificio del Palacio de Justicia. Fue una condena histórica por muchas razones, pero principalmente porque terminó de desmitificar uno de los hitos victoriosos de las Fuerzas Armadas colombianas y lo rebautizó como una masacre. Las reacciones fueron inmediatas y polarizadas. Los familiares de las víctimas lloraron y se abrazaron frente a los tribunales; los comandantes militares se atrincheraron en el Palacio de Nariño, invitados por un preocupado Alvaro Uribe. "El fallo da pena, da tristeza", aseguró el presidente de la Nación, ratificando su solidaridad inquebrantable con las Fuerzas Armadas y el condenado, el coronel retirado Alfonso Plazas Vega. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos prefirió extender su solidaridad a la jueza que entregó una condena, a pesar de incontables amenazas de muerte.
Desde 2005, con el establecimiento de la Comisión de la Verdad, las pruebas de la masacre de casi cien personas, de la docena de desaparecidos y de las mentiras de los jefes militares se venían acumulando. Pero la presión política por no reabrir una de las grandes victorias de la mano dura en Colombia era demasiado fuerte. Tomó cinco años y una jueza con voluntad. Esta semana María Stella Jara responsabilizó a Plazas Vega de ordenar el traslado de once trabajadores del comedor del Palacio de Justicia y una guerrillera a una dependencia militar. Aún no se sabe cuándo y cómo murieron exactamente, pero en la sentencia la magistrada aseguró que existen pruebas de que fueron torturados y asesinados. Uno de los cuerpos fue identificado en 2000 dentro de una fosa común en las afueras de Bogotá.
"Fue una sentencia histórica –celebró el jueves el representante de Amnistía Internacional en Colombia, Marcelo Pollack–. Las familias de las víctimas, que durante casi un cuarto de siglo han hecho campaña a favor de la justicia, han empezado a romper el velo de silencio que ha protegido tanto tiempo a los responsables." Y los responsables no son veteranos militares retirados, sino figuras muy cercanas al actual gobierno. El condenado, Plazas Vega, fue el primer director nacional de Estupefacientes de Uribe y la entonces ministra de Comunicaciones, la que ordenó a todos los canales de televisión y radio que transmitieran un partido de fútbol en vez de los sangrientos enfrentamientos en el Palacio de Justicia, es Noemí Sanin, ex embajadora de España de Uribe y una de las candidatas que perdieron la última elección presidencial y ya prometió su apoyo al delfín uribista Juan Manuel Santos.
Por eso, a pesar del reconocimiento y los elogios de la ONU y de las organizaciones internacionales de derechos humanos, Uribe no dudó en tomar parte por los responsables de doce desapariciones y, probablemente, la mayoría de los noventa muertos, entre ellos once jueces de la Corte Suprema. Unas horas después de conocerse la decisión de la jueza Jara Gutiérrez citó a la cúpula militar y a su ministro de Defensa y les transmitió su apoyo incondicional. "Veo con dolor que condenan a un integrante de las Fuerzas Armadas que estaba defendiendo la democracia", aseguró. Pero fue aún más lejos y repudió la sentencia judicial. "Lo que se está construyendo es un panorama de inseguridad jurídica que atenta contra el manejo del orden público en Colombia", advirtió el mandatario.
Sus palabras provocaron una ola de rechazos, dentro y fuera del país. La Corte Suprema colombiana emitió de inmediato un comunicado para pedir refuerzos a la comunidad internacional para blindarse contra los embates de Uribe. "Hacemos un llamado para que rodeen con su apoyo y solidaridad a la judicatura, que una vez más viene siendo agredida por el ejercicio de sus funciones", leyó ante las cámaras el presidente del máximo tribunal del país, Jaime Arrubla.
Desde Costa Rica, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, un organismo independiente asociado a la OEA, ya le había advertido al presidente colombiano que respetara la independencia del Poder Judicial. Por eso, ni bien Uribe pronunció su discurso, el organismo otorgó medidas cautelares a la jueza del caso, Jara Gutiérrez. A través de un comunicado público le pidieron al gobierno colombiano que garantice la seguridad de la magistrada y su hijo, y que dieran explicaciones de por qué la Fiscalía Nacional nunca investigó las amenazas de muerte que sufrieron a lo largo de la investigación y el juicio.
Pero la preocupación del uribismo y del mundo castrense no termina en la condena del coronel retirado Plazas Vega, ya que ahora se abre un abanico de juicios contra los otros oficiales militares involucrados en la toma del Palacio de Justicia, que duró casi 24 horas y dejó un tendal de sangre e interrogantes. Por eso la cúpula de las fuerzas armadas emitió un comunicado esta semana para "tranquilizar" a sus filas. "Instamos a mantener la moral en alto y el espíritu combativo indomable", arengó el texto, que llevó la firma de los comandantes de las tres fuerzas.
Aunque sigan negando todo, el nerviosismo demostrado por el uribismo y los militares es una señal de lo que viene. El jueves, en las puertas de los tribunales, los familiares de las víctimas repasaban ante los medios todos los puntos oscuros que aún quedan por develar. ¿Por qué la justicia militar ordenó el traslado de 26 cadáveres a una fosa común dos días después de la toma del Palacio de Justicia? ¿Qué pasó con las personas que las cámaras de televisión mostraron saliendo con vida del Palacio y luego desaparecieron? ¿Quiénes provocaron los incendios dentro del edificio que mataron a varias de las víctimas?
Las dudas son muchísimas, pero quizá la que más preocupe a la cúpula militar es la que rodea la muerte del entonces presidente de la Corte Suprema, Alfonso Reyes Echandía. Esa mañana del 6 de noviembre de 1985, cuando un comando de la guerrilla M-19, hoy desmovilizada, tomó el Palacio de Justicia, la Corte estaba discutiendo los requisitos legales que debían existir para las extraditaciones de los capos narcos a Estados Unidos.
La versión oficial es que Pablo Escobar financió el ataque del M-19 para evitar su extradición, pero las investigaciones demostraron que Reyes Echandía murió de un tiro en el pecho por una bala similar a la que utilizaban los militares colombianos. Y las investigaciones también revelaron que Reyes Echandía se comunicó al menos dos veces con el mando militar para pedirles que suspendan el ataque. "Por favor, que cese el fuego inmediatamente, es de vida o muerte", dijo, según una transcripción telefónica. Nunca le respondieron.

13 de junio de 2010
©página 12
rss