mayoría de iraquíes quiere votar
[Karl Vick] A pesar de las amenazas de los rebeldes y la ausencia de tradición democrática, un 80 por ciento dice que votará. Insurgentes considerarán blanco militar' a todos los que se aventuren a la calle a partir del 27 de enero.
Bagdad, Iraq. Una abrumadora mayoría de los iraquíes sigue diciendo que tienen intención de votar el 30 de enero incluso si los insurgentes intensifican los ataques dirigidos a desbaratar las elecciones, de acuerdo a un nuevo sondeo de opinión pública.
El sondeo, realizado a fines de diciembre y principios de enero para el Instituto Republicano Internacional IRI, dice que un 80 por ciento de los encuestados dijeron que probablemente votarán, una tasa que se ha mantenido en gran parte igual en los últimos meses.
Un 64 por ciento dijo que era "muy probable" que votarán, lo que constituye un 7 por ciento menos desde noviembre, mientras que los que "probablemente" votarán aumentó en un 5 por ciento.
Especialistas occidentales involucrados en las preparaciones de las elecciones dijeron que estaban sorprendidos de la determinación y elasticidad de los iraquíes de a pie cuando se preparan para las primeras elecciones libres del país en medio siglo.
"A pesar de los esfuerzos de los terroristas, los iraquíes siguen dispuestos a ir a las urnas el día de las elecciones", dijo el presidente del IRI en una declaración. La organización, que es financiada por el Congreso a través del National Endowment for Democracy y la Agencia Internacional de Desarrollo AID norteamericana, encargaron el sondeo, que encuestó a 1.900 iraquíes en todas excepto dos de las 18 provincias del país. Las malas condiciones de seguridad transformaron en inaccesibles dos de las provincias en el norte, Nineveh y Dohuk. El margen de error es plus minus 3 por ciento.
"Creo que la gente estará sorprendida", dijo un funcionario de otra organización internacional intensamente involucrada en la preparación de las elecciones de la naciente clase política de Iraq. El funcionario, que insistió en que ni él ni su organización pueden ser identificados debido a problemas de seguridad, dijo que la mayoría de los iraquíes siguen con la intención de ejercer su derecho a elegir el gobierno después de décadas de dictaduras.
"Creo que la verdadera historia de estas elecciones es lo que pasa fuera de los radares", dijo el funcionario. "Pueden no saber qué están votando. Pero creo que reconocen que esto es democracia".
El nuevo sondeo fue publicado un día relativamente tranquilo en Iraq, el inicio de un festivo religioso de cuatro días que marca el fin de la peregrinación anual a la Meca. Las calles estaban en gran parte vacías, y los ataques parecieron reducirse drásticamente con respecto al miércoles, cuando los rebeldes montaron más de cien atentados en todo el país, incluyendo diez coches-bomba.
En la sureña ciudad de Basra, sin embargo, una explosión en la entrada de una base militar británica dejó heridas a varias personas, incluyendo a soldados británicos, de acuerdo a una declaración de los militares británicos. Un grupo dirigido por Abu Musab Zarqawi publicó en internet un mensaje diciendo que el ataque era "una respuesta a las torturas a que las fuerzas británicas de ocupación han sometido a nuestros hermanos en prisión".
Tres soldados británicos han sido acusados de torturar a prisioneros iraquíes en un escándalo que evoca el caso de Abu Ghraib, incluyendo fotografías de prisioneros desnudos obligados a simular posturas sexuales.
Otro grupo guerrillero, el Ejército de al-Sunna reclamó responsabilidad por un ataque el miércoles contra dos coches que transportaban elementos de seguridad occidentales cerca de Baiji, una ciudad petrolera en el norte. En el ataque murieron un británico y un chofer iraquí, y un brasileño se encuentra desaparecido. El grupo dijo haber capturado a un británico y a un sueco.
Mohammed Mutar, un jornalero que presenció el ataque, dijo que los atacantes se hicieron pasar por clientes que hacían cola en una gasolinera antes de atacar al convoy de dos coches. El teniente coronel Safa Majoun, encargado de la seguridad de una central eléctrica, dijo que dos hombres fueron secuestrados, incluyendo al director de la compañía que gestiona la planta. Nazar Jabbar, un chofer, dijo que él y otros choferes de la compañía renunciaron inmediatamente.
En la provincia de Anbar, una región del occidente de Iraq predominantemente sunní que incluye Faluya y Ramadi, el grupo de Zarqawi distribuyó esta semana octavillas advirtiendo que todo aquel se salga a la calle a partir del 27 de enero será considerado "un blanco militar".
Salih Saif Aldin en Baiji contribuyó a este reportaje.
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
Bagdad, Iraq. Una abrumadora mayoría de los iraquíes sigue diciendo que tienen intención de votar el 30 de enero incluso si los insurgentes intensifican los ataques dirigidos a desbaratar las elecciones, de acuerdo a un nuevo sondeo de opinión pública.El sondeo, realizado a fines de diciembre y principios de enero para el Instituto Republicano Internacional IRI, dice que un 80 por ciento de los encuestados dijeron que probablemente votarán, una tasa que se ha mantenido en gran parte igual en los últimos meses.
Un 64 por ciento dijo que era "muy probable" que votarán, lo que constituye un 7 por ciento menos desde noviembre, mientras que los que "probablemente" votarán aumentó en un 5 por ciento.
Especialistas occidentales involucrados en las preparaciones de las elecciones dijeron que estaban sorprendidos de la determinación y elasticidad de los iraquíes de a pie cuando se preparan para las primeras elecciones libres del país en medio siglo.
"A pesar de los esfuerzos de los terroristas, los iraquíes siguen dispuestos a ir a las urnas el día de las elecciones", dijo el presidente del IRI en una declaración. La organización, que es financiada por el Congreso a través del National Endowment for Democracy y la Agencia Internacional de Desarrollo AID norteamericana, encargaron el sondeo, que encuestó a 1.900 iraquíes en todas excepto dos de las 18 provincias del país. Las malas condiciones de seguridad transformaron en inaccesibles dos de las provincias en el norte, Nineveh y Dohuk. El margen de error es plus minus 3 por ciento.
"Creo que la gente estará sorprendida", dijo un funcionario de otra organización internacional intensamente involucrada en la preparación de las elecciones de la naciente clase política de Iraq. El funcionario, que insistió en que ni él ni su organización pueden ser identificados debido a problemas de seguridad, dijo que la mayoría de los iraquíes siguen con la intención de ejercer su derecho a elegir el gobierno después de décadas de dictaduras.
"Creo que la verdadera historia de estas elecciones es lo que pasa fuera de los radares", dijo el funcionario. "Pueden no saber qué están votando. Pero creo que reconocen que esto es democracia".
El nuevo sondeo fue publicado un día relativamente tranquilo en Iraq, el inicio de un festivo religioso de cuatro días que marca el fin de la peregrinación anual a la Meca. Las calles estaban en gran parte vacías, y los ataques parecieron reducirse drásticamente con respecto al miércoles, cuando los rebeldes montaron más de cien atentados en todo el país, incluyendo diez coches-bomba.
En la sureña ciudad de Basra, sin embargo, una explosión en la entrada de una base militar británica dejó heridas a varias personas, incluyendo a soldados británicos, de acuerdo a una declaración de los militares británicos. Un grupo dirigido por Abu Musab Zarqawi publicó en internet un mensaje diciendo que el ataque era "una respuesta a las torturas a que las fuerzas británicas de ocupación han sometido a nuestros hermanos en prisión".
Tres soldados británicos han sido acusados de torturar a prisioneros iraquíes en un escándalo que evoca el caso de Abu Ghraib, incluyendo fotografías de prisioneros desnudos obligados a simular posturas sexuales.
Otro grupo guerrillero, el Ejército de al-Sunna reclamó responsabilidad por un ataque el miércoles contra dos coches que transportaban elementos de seguridad occidentales cerca de Baiji, una ciudad petrolera en el norte. En el ataque murieron un británico y un chofer iraquí, y un brasileño se encuentra desaparecido. El grupo dijo haber capturado a un británico y a un sueco.
Mohammed Mutar, un jornalero que presenció el ataque, dijo que los atacantes se hicieron pasar por clientes que hacían cola en una gasolinera antes de atacar al convoy de dos coches. El teniente coronel Safa Majoun, encargado de la seguridad de una central eléctrica, dijo que dos hombres fueron secuestrados, incluyendo al director de la compañía que gestiona la planta. Nazar Jabbar, un chofer, dijo que él y otros choferes de la compañía renunciaron inmediatamente.
En la provincia de Anbar, una región del occidente de Iraq predominantemente sunní que incluye Faluya y Ramadi, el grupo de Zarqawi distribuyó esta semana octavillas advirtiendo que todo aquel se salga a la calle a partir del 27 de enero será considerado "un blanco militar".
Salih Saif Aldin en Baiji contribuyó a este reportaje.
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
mariachis desafinados
[Mary Jordan] Puristas musicales mexicanos llaman a limitar flujo de trovadores.
Ciudad de México, México. En Plaza Garibaldi hay a cualquier hora del día una canción que espera ser cantada por un precio.
Racimos de mariachis - los elaboradamente vestidos músicos mexicanos tradicionales- se reúnen cerca de las estatuas de bronce de estrellas del mariachi del pasado, con la esperanza de ser contratados para una fiesta de cumpleaños o una serenata romántica. La tradición se remonta a casi un siglo, pero ahora hay notas discordantes entre los elevados sonidos de cobres y cuerdas en esta plaza mundialmente famosa.
"¡Es una invasión! ¡Hay demasiada gente que dice que son mariachis!", se quejó Alfredo Ledesma Hernández, un violinista que ha trabajado en Garibaldi durante 20 años. Dijo que el creciente desempleo ha llevado a albañiles, campesinos y otros sin formación musical ni talento a vestirse de mariachis y hacerse pasar por músicos.
"Estos falsos mariachis están dañando nuestra reputación", dijo Ledesma, que llevaba su genuino traje de mariachi -un apretado traje con franjas plateadas, un sombrero de ala ancha y brillantes botas. "Tiene hoyos en sus trajes. Llevan los zapatos sucios. No conocen la letra de las canciones".
Los mariachis se han reunido aquí en Garibaldi desde los años de 1920, en uno de los lugares más coloridos y animados de la ciudad, donde la policía hace la vista gorda cuando se bebe tequila en público. Los visitantes vienen de todo México, y cada vez más del extranjero, para comer y beber en algunas de las numerosas cantinas de la plaza mientras escuchan los sentimentales clásicos que la mayoría de los mexicanos se conocen de memoria.
Otros se acercan a contratar a los mariachis para celebrar sucesos alegres o tristes de sus vidas, desde bautismos hasta funerales, mientras los amantes, jóvenes y viejos se acercan y ofrecen a los mariachis un puñado de billetes de peso para que canten a sus amadas.
Pero los puristas están preocupados de que las apreciadas tradiciones de los mariachis de Garibaldi no signifiquen nada para los impostores, que sólo tratan de hacer dinero explotando la creciente popularidad de un género musical que cada vez más se enseña y es tocado en Estados Unidos y en otras partes del mundo.
Pedro Espinoza Hernández, secretario general del sindicato mariachi de 2.000 miembros, dijo que unos 4.000 músicos, algunos de los cuales no eran más que obreros de la construcción en ropas elegantes, trabajaban ahora en la plaza del tamaño de una cuadra -una plaza que está en medio destartalados vecindarios y gemas históricas del centro histórico de México. En una animada noche de fin de semana recorren la plaza cientos de músicos, incluyendo imitadores sordos al tono, dijo. "Nunca hubo tantos como ahora", dijo. "Es demasiado".
De acuerdo al sindicato, una verdadera banda de mariachis debe comprender al menos seis músicos y un mínimo de dos violines, una trompeta, una guitarra, un guitarrón y una vihuela, que se parece a una guitarra. Las bandas más refinadas tiene 15 o más miembros. A la plaza llegan músicos de países tan remotos como Japón a copiar los únicos diseños de las apretadas chaquetas y pantalones con lentejuelas cosidas en las costuras exteriores de las piernas.
Espinoza dijo que los impostores atraen a los clientes cobrando casi la mitad de la tarifa normal, tan poco como 100 dólares por hora para un grupo de ocho para tocar en una fiesta, o seis dólares por una canción en la plaza misma. "Cobran muy poco y tocan horrible", dijo, agregando que los desafinados fingidores le están quitando el trabajo a los profesionales y perjudicando su reputación.
Tanto el sindicato como funcionarios del ayuntamiento están tratando de controlar lo que llaman "el problema del mercado negro mariachi". La ciudad comenzó hace poco un proyecto de Músicos Seguros' en el que se entregan tarjetas de identidad a los músicos certificados por el sindicato. Los funcionarios aconsejan a los clientes exigir esas tarjetas antes de terminar contratando a un plomero sin trabajo para que estropee las bodas de alguien.
Muchos clientes llevan la precaución un paso más allá exigiendo que los mariachis demuestren sus artes improvisando. Si no pueden producir de inmediato una versión lacrimosa de un canción como El rey' -tan conocida como el Cumpleaños feliz' en los Estados Unidos-, no hay negocio.
Octavio Ruelos Bañales, un oficinista, hizo una pequeña comparación cuando corrió a la plaza a contratar una banda de mariachis para la fiesta de cumpleaños de su patrón esa misma tarde. Se acercó a los miembros de un grupo, pidió una veloz audición y concluyó rápidamente que el único lugar donde podían cantar era en la ducha. "Un poco decepcionante", dijo, diplomático.
Luego se acercó a un octeto vestido en elegantes trajes de color crema con corbatas rojas como el tomate y botas de cowboy blancas.
"¿Pueden tocar Sabes una cosa'?", les preguntó. "Por supuesto", dijo uno de los músicos, y la banda tocó en la acera de inmediato una hermosa serenata de trompetas, violines y guitarras. El cantante canturreó: "Tengo algo que decirte algo, y no sé cómo explicarlo..." Ruelos miró complacido. Se pusieron rápidamente de acuerdo en un precio, la banda se montó apilándose en una camioneta y se marcharon todos al despacho de Ruelos.
José Luis Tamayo, funcionario del ayuntamiento, dijo que el gobierno está tratando de volver las agujas del reloj al año 2000, cuando el número de músicos en Garibaldi era más controlable. Para hacerlo, dijo, la ciudad planeaba ayudar a algunos de los recién llegados a encontrar trabajo. Aquellos con talento, dijo, podrían encontrar trabajo tocando en restaurantes. Los que no podían mantener el tono, agregó, serían "invitados" por los funcionarios a volver a sus trabajos originales.
"Es muy importante controlar a los mariachis", dijo Tamayo. "Si no, las calles de la ciudad se llenarán de músicos". También observó que unos pocos de esos falsos músicos eran ladrones, que asaltaban a sus clientes cuando se encontraban a solas.
Una noche hace poco Alfredo Ortiz González se unió a un gentío de mariachis al lado de la plaza, llamando a los coches para agarrar algún cliente. Dijo que había tocado durante algunos años en Chicago, y luego se vino a Garibaldi en 2001. Cerca de ahí había otro músico con esperanzas, sin su corbata y la camisa colgándole desordenada por encima de los pantalones.
"Hay buenos y malos, pero todos están tratando de ganarse la vida", dijo Ortiz. "Todos tenemos el derecho a tratar de hacer música".
16 de enero de 2005
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
Racimos de mariachis - los elaboradamente vestidos músicos mexicanos tradicionales- se reúnen cerca de las estatuas de bronce de estrellas del mariachi del pasado, con la esperanza de ser contratados para una fiesta de cumpleaños o una serenata romántica. La tradición se remonta a casi un siglo, pero ahora hay notas discordantes entre los elevados sonidos de cobres y cuerdas en esta plaza mundialmente famosa.
"¡Es una invasión! ¡Hay demasiada gente que dice que son mariachis!", se quejó Alfredo Ledesma Hernández, un violinista que ha trabajado en Garibaldi durante 20 años. Dijo que el creciente desempleo ha llevado a albañiles, campesinos y otros sin formación musical ni talento a vestirse de mariachis y hacerse pasar por músicos.
"Estos falsos mariachis están dañando nuestra reputación", dijo Ledesma, que llevaba su genuino traje de mariachi -un apretado traje con franjas plateadas, un sombrero de ala ancha y brillantes botas. "Tiene hoyos en sus trajes. Llevan los zapatos sucios. No conocen la letra de las canciones".
Los mariachis se han reunido aquí en Garibaldi desde los años de 1920, en uno de los lugares más coloridos y animados de la ciudad, donde la policía hace la vista gorda cuando se bebe tequila en público. Los visitantes vienen de todo México, y cada vez más del extranjero, para comer y beber en algunas de las numerosas cantinas de la plaza mientras escuchan los sentimentales clásicos que la mayoría de los mexicanos se conocen de memoria.
Otros se acercan a contratar a los mariachis para celebrar sucesos alegres o tristes de sus vidas, desde bautismos hasta funerales, mientras los amantes, jóvenes y viejos se acercan y ofrecen a los mariachis un puñado de billetes de peso para que canten a sus amadas.
Pero los puristas están preocupados de que las apreciadas tradiciones de los mariachis de Garibaldi no signifiquen nada para los impostores, que sólo tratan de hacer dinero explotando la creciente popularidad de un género musical que cada vez más se enseña y es tocado en Estados Unidos y en otras partes del mundo.
Pedro Espinoza Hernández, secretario general del sindicato mariachi de 2.000 miembros, dijo que unos 4.000 músicos, algunos de los cuales no eran más que obreros de la construcción en ropas elegantes, trabajaban ahora en la plaza del tamaño de una cuadra -una plaza que está en medio destartalados vecindarios y gemas históricas del centro histórico de México. En una animada noche de fin de semana recorren la plaza cientos de músicos, incluyendo imitadores sordos al tono, dijo. "Nunca hubo tantos como ahora", dijo. "Es demasiado".
De acuerdo al sindicato, una verdadera banda de mariachis debe comprender al menos seis músicos y un mínimo de dos violines, una trompeta, una guitarra, un guitarrón y una vihuela, que se parece a una guitarra. Las bandas más refinadas tiene 15 o más miembros. A la plaza llegan músicos de países tan remotos como Japón a copiar los únicos diseños de las apretadas chaquetas y pantalones con lentejuelas cosidas en las costuras exteriores de las piernas.
Espinoza dijo que los impostores atraen a los clientes cobrando casi la mitad de la tarifa normal, tan poco como 100 dólares por hora para un grupo de ocho para tocar en una fiesta, o seis dólares por una canción en la plaza misma. "Cobran muy poco y tocan horrible", dijo, agregando que los desafinados fingidores le están quitando el trabajo a los profesionales y perjudicando su reputación.
Tanto el sindicato como funcionarios del ayuntamiento están tratando de controlar lo que llaman "el problema del mercado negro mariachi". La ciudad comenzó hace poco un proyecto de Músicos Seguros' en el que se entregan tarjetas de identidad a los músicos certificados por el sindicato. Los funcionarios aconsejan a los clientes exigir esas tarjetas antes de terminar contratando a un plomero sin trabajo para que estropee las bodas de alguien.
Muchos clientes llevan la precaución un paso más allá exigiendo que los mariachis demuestren sus artes improvisando. Si no pueden producir de inmediato una versión lacrimosa de un canción como El rey' -tan conocida como el Cumpleaños feliz' en los Estados Unidos-, no hay negocio.
Octavio Ruelos Bañales, un oficinista, hizo una pequeña comparación cuando corrió a la plaza a contratar una banda de mariachis para la fiesta de cumpleaños de su patrón esa misma tarde. Se acercó a los miembros de un grupo, pidió una veloz audición y concluyó rápidamente que el único lugar donde podían cantar era en la ducha. "Un poco decepcionante", dijo, diplomático.
Luego se acercó a un octeto vestido en elegantes trajes de color crema con corbatas rojas como el tomate y botas de cowboy blancas.
"¿Pueden tocar Sabes una cosa'?", les preguntó. "Por supuesto", dijo uno de los músicos, y la banda tocó en la acera de inmediato una hermosa serenata de trompetas, violines y guitarras. El cantante canturreó: "Tengo algo que decirte algo, y no sé cómo explicarlo..." Ruelos miró complacido. Se pusieron rápidamente de acuerdo en un precio, la banda se montó apilándose en una camioneta y se marcharon todos al despacho de Ruelos.
José Luis Tamayo, funcionario del ayuntamiento, dijo que el gobierno está tratando de volver las agujas del reloj al año 2000, cuando el número de músicos en Garibaldi era más controlable. Para hacerlo, dijo, la ciudad planeaba ayudar a algunos de los recién llegados a encontrar trabajo. Aquellos con talento, dijo, podrían encontrar trabajo tocando en restaurantes. Los que no podían mantener el tono, agregó, serían "invitados" por los funcionarios a volver a sus trabajos originales.
"Es muy importante controlar a los mariachis", dijo Tamayo. "Si no, las calles de la ciudad se llenarán de músicos". También observó que unos pocos de esos falsos músicos eran ladrones, que asaltaban a sus clientes cuando se encontraban a solas.
Una noche hace poco Alfredo Ortiz González se unió a un gentío de mariachis al lado de la plaza, llamando a los coches para agarrar algún cliente. Dijo que había tocado durante algunos años en Chicago, y luego se vino a Garibaldi en 2001. Cerca de ahí había otro músico con esperanzas, sin su corbata y la camisa colgándole desordenada por encima de los pantalones.
"Hay buenos y malos, pero todos están tratando de ganarse la vida", dijo Ortiz. "Todos tenemos el derecho a tratar de hacer música".
16 de enero de 2005
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
mariachis desafinados
[Mary Jordan] Puristas musicales mexicanos llaman a limitar flujo de trovadores.
Ciudad de México, México. En Plaza Garibaldi hay a cualquier hora del día una canción que espera ser cantada por un precio.
Racimos de mariachis - los elaboradamente vestidos músicos mexicanos tradicionales- se reúnen cerca de las estatuas de bronce de estrellas del mariachi del pasado, con la esperanza de ser contratados para una fiesta de cumpleaños o una serenata romántica. La tradición se remonta a casi un siglo, pero ahora hay notas discordantes entre los elevados sonidos de cobres y cuerdas en esta plaza mundialmente famosa.
"¡Es una invasión! ¡Hay demasiada gente que dice que son mariachis!", se quejó Alfredo Ledesma Hernández, un violinista que ha trabajado en Garibaldi durante 20 años. Dijo que el creciente desempleo ha llevado a albañiles, campesinos y otros sin formación musical ni talento a vestirse de mariachis y hacerse pasar por músicos.
"Estos falsos mariachis están dañando nuestra reputación", dijo Ledesma, que llevaba su genuino traje de mariachi -un apretado traje con franjas plateadas, un sombrero de ala ancha y brillantes botas. "Tiene hoyos en sus trajes. Llevan los zapatos sucios. No conocen la letra de las canciones".
Los mariachis se han reunido aquí en Garibaldi desde los años de 1920, en uno de los lugares más coloridos y animados de la ciudad, donde la policía hace la vista gorda cuando se bebe tequila en público. Los visitantes vienen de todo México, y cada vez más del extranjero, para comer y beber en algunas de las numerosas cantinas de la plaza mientras escuchan los sentimentales clásicos que la mayoría de los mexicanos se conocen de memoria.
Otros se acercan a contratar a los mariachis para celebrar sucesos alegres o tristes de sus vidas, desde bautismos hasta funerales, mientras los amantes, jóvenes y viejos se acercan y ofrecen a los mariachis un puñado de billetes de peso para que canten a sus amadas.
Pero los puristas están preocupados de que las apreciadas tradiciones de los mariachis de Garibaldi no signifiquen nada para los impostores, que sólo tratan de hacer dinero explotando la creciente popularidad de un género musical que cada vez más se enseña y es tocado en Estados Unidos y en otras partes del mundo.
Pedro Espinoza Hernández, secretario general del sindicato mariachi de 2.000 miembros, dijo que unos 4.000 músicos, algunos de los cuales no eran más que obreros de la construcción en ropas elegantes, trabajaban ahora en la plaza del tamaño de una cuadra -una plaza que está en medio destartalados vecindarios y gemas históricas del centro histórico de México. En una animada noche de fin de semana recorren la plaza cientos de músicos, incluyendo imitadores sordos al tono, dijo. "Nunca hubo tantos como ahora", dijo. "Es demasiado".
De acuerdo al sindicato, una verdadera banda de mariachis debe comprender al menos seis músicos y un mínimo de dos violines, una trompeta, una guitarra, un guitarrón y una vihuela, que se parece a una guitarra. Las bandas más refinadas tiene 15 o más miembros. A la plaza llegan músicos de países tan remotos como Japón a copiar los únicos diseños de las apretadas chaquetas y pantalones con lentejuelas cosidas en las costuras exteriores de las piernas.
Espinoza dijo que los impostores atraen a los clientes cobrando casi la mitad de la tarifa normal, tan poco como 100 dólares por hora para un grupo de ocho para tocar en una fiesta, o seis dólares por una canción en la plaza misma. "Cobran muy poco y tocan horrible", dijo, agregando que los desafinados fingidores le están quitando el trabajo a los profesionales y perjudicando su reputación.
Tanto el sindicato como funcionarios del ayuntamiento están tratando de controlar lo que llaman "el problema del mercado negro mariachi". La ciudad comenzó hace poco un proyecto de Músicos Seguros' en el que se entregan tarjetas de identidad a los músicos certificados por el sindicato. Los funcionarios aconsejan a los clientes exigir esas tarjetas antes de terminar contratando a un plomero sin trabajo para que estropee las bodas de alguien.
Muchos clientes llevan la precaución un paso más allá exigiendo que los mariachis demuestren sus artes improvisando. Si no pueden producir de inmediato una versión lacrimosa de un canción como El rey' -tan conocida como el Cumpleaños feliz' en los Estados Unidos-, no hay negocio.
Octavio Ruelos Bañales, un oficinista, hizo una pequeña comparación cuando corrió a la plaza a contratar una banda de mariachis para la fiesta de cumpleaños de su patrón esa misma tarde. Se acercó a los miembros de un grupo, pidió una veloz audición y concluyó rápidamente que el único lugar donde podían cantar era en la ducha. "Un poco decepcionante", dijo, diplomático.
Luego se acercó a un octeto vestido en elegantes trajes de color crema con corbatas rojas como el tomate y botas de cowboy blancas.
"¿Pueden tocar Sabes una cosa'?", les preguntó. "Por supuesto", dijo uno de los músicos, y la banda tocó en la acera de inmediato una hermosa serenata de trompetas, violines y guitarras. El cantante canturreó: "Tengo algo que decirte algo, y no sé cómo explicarlo..." Ruelos miró complacido. Se pusieron rápidamente de acuerdo en un precio, la banda se montó apilándose en una camioneta y se marcharon todos al despacho de Ruelos.
José Luis Tamayo, funcionario del ayuntamiento, dijo que el gobierno está tratando de volver las agujas del reloj al año 2000, cuando el número de músicos en Garibaldi era más controlable. Para hacerlo, dijo, la ciudad planeaba ayudar a algunos de los recién llegados a encontrar trabajo. Aquellos con talento, dijo, podrían encontrar trabajo tocando en restaurantes. Los que no podían mantener el tono, agregó, serían "invitados" por los funcionarios a volver a sus trabajos originales.
"Es muy importante controlar a los mariachis", dijo Tamayo. "Si no, las calles de la ciudad se llenarán de músicos". También observó que unos pocos de esos falsos músicos eran ladrones, que asaltaban a sus clientes cuando se encontraban a solas.
Una noche hace poco Alfredo Ortiz González se unió a un gentío de mariachis al lado de la plaza, llamando a los coches para agarrar algún cliente. Dijo que había tocado durante algunos años en Chicago, y luego se vino a Garibaldi en 2001. Cerca de ahí había otro músico con esperanzas, sin su corbata y la camisa colgándole desordenada por encima de los pantalones.
"Hay buenos y malos, pero todos están tratando de ganarse la vida", dijo Ortiz. "Todos tenemos el derecho a tratar de hacer música".
16 de enero de 2005
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
Racimos de mariachis - los elaboradamente vestidos músicos mexicanos tradicionales- se reúnen cerca de las estatuas de bronce de estrellas del mariachi del pasado, con la esperanza de ser contratados para una fiesta de cumpleaños o una serenata romántica. La tradición se remonta a casi un siglo, pero ahora hay notas discordantes entre los elevados sonidos de cobres y cuerdas en esta plaza mundialmente famosa.
"¡Es una invasión! ¡Hay demasiada gente que dice que son mariachis!", se quejó Alfredo Ledesma Hernández, un violinista que ha trabajado en Garibaldi durante 20 años. Dijo que el creciente desempleo ha llevado a albañiles, campesinos y otros sin formación musical ni talento a vestirse de mariachis y hacerse pasar por músicos.
"Estos falsos mariachis están dañando nuestra reputación", dijo Ledesma, que llevaba su genuino traje de mariachi -un apretado traje con franjas plateadas, un sombrero de ala ancha y brillantes botas. "Tiene hoyos en sus trajes. Llevan los zapatos sucios. No conocen la letra de las canciones".
Los mariachis se han reunido aquí en Garibaldi desde los años de 1920, en uno de los lugares más coloridos y animados de la ciudad, donde la policía hace la vista gorda cuando se bebe tequila en público. Los visitantes vienen de todo México, y cada vez más del extranjero, para comer y beber en algunas de las numerosas cantinas de la plaza mientras escuchan los sentimentales clásicos que la mayoría de los mexicanos se conocen de memoria.
Otros se acercan a contratar a los mariachis para celebrar sucesos alegres o tristes de sus vidas, desde bautismos hasta funerales, mientras los amantes, jóvenes y viejos se acercan y ofrecen a los mariachis un puñado de billetes de peso para que canten a sus amadas.
Pero los puristas están preocupados de que las apreciadas tradiciones de los mariachis de Garibaldi no signifiquen nada para los impostores, que sólo tratan de hacer dinero explotando la creciente popularidad de un género musical que cada vez más se enseña y es tocado en Estados Unidos y en otras partes del mundo.
Pedro Espinoza Hernández, secretario general del sindicato mariachi de 2.000 miembros, dijo que unos 4.000 músicos, algunos de los cuales no eran más que obreros de la construcción en ropas elegantes, trabajaban ahora en la plaza del tamaño de una cuadra -una plaza que está en medio destartalados vecindarios y gemas históricas del centro histórico de México. En una animada noche de fin de semana recorren la plaza cientos de músicos, incluyendo imitadores sordos al tono, dijo. "Nunca hubo tantos como ahora", dijo. "Es demasiado".
De acuerdo al sindicato, una verdadera banda de mariachis debe comprender al menos seis músicos y un mínimo de dos violines, una trompeta, una guitarra, un guitarrón y una vihuela, que se parece a una guitarra. Las bandas más refinadas tiene 15 o más miembros. A la plaza llegan músicos de países tan remotos como Japón a copiar los únicos diseños de las apretadas chaquetas y pantalones con lentejuelas cosidas en las costuras exteriores de las piernas.
Espinoza dijo que los impostores atraen a los clientes cobrando casi la mitad de la tarifa normal, tan poco como 100 dólares por hora para un grupo de ocho para tocar en una fiesta, o seis dólares por una canción en la plaza misma. "Cobran muy poco y tocan horrible", dijo, agregando que los desafinados fingidores le están quitando el trabajo a los profesionales y perjudicando su reputación.
Tanto el sindicato como funcionarios del ayuntamiento están tratando de controlar lo que llaman "el problema del mercado negro mariachi". La ciudad comenzó hace poco un proyecto de Músicos Seguros' en el que se entregan tarjetas de identidad a los músicos certificados por el sindicato. Los funcionarios aconsejan a los clientes exigir esas tarjetas antes de terminar contratando a un plomero sin trabajo para que estropee las bodas de alguien.
Muchos clientes llevan la precaución un paso más allá exigiendo que los mariachis demuestren sus artes improvisando. Si no pueden producir de inmediato una versión lacrimosa de un canción como El rey' -tan conocida como el Cumpleaños feliz' en los Estados Unidos-, no hay negocio.
Octavio Ruelos Bañales, un oficinista, hizo una pequeña comparación cuando corrió a la plaza a contratar una banda de mariachis para la fiesta de cumpleaños de su patrón esa misma tarde. Se acercó a los miembros de un grupo, pidió una veloz audición y concluyó rápidamente que el único lugar donde podían cantar era en la ducha. "Un poco decepcionante", dijo, diplomático.
Luego se acercó a un octeto vestido en elegantes trajes de color crema con corbatas rojas como el tomate y botas de cowboy blancas.
"¿Pueden tocar Sabes una cosa'?", les preguntó. "Por supuesto", dijo uno de los músicos, y la banda tocó en la acera de inmediato una hermosa serenata de trompetas, violines y guitarras. El cantante canturreó: "Tengo algo que decirte algo, y no sé cómo explicarlo..." Ruelos miró complacido. Se pusieron rápidamente de acuerdo en un precio, la banda se montó apilándose en una camioneta y se marcharon todos al despacho de Ruelos.
José Luis Tamayo, funcionario del ayuntamiento, dijo que el gobierno está tratando de volver las agujas del reloj al año 2000, cuando el número de músicos en Garibaldi era más controlable. Para hacerlo, dijo, la ciudad planeaba ayudar a algunos de los recién llegados a encontrar trabajo. Aquellos con talento, dijo, podrían encontrar trabajo tocando en restaurantes. Los que no podían mantener el tono, agregó, serían "invitados" por los funcionarios a volver a sus trabajos originales.
"Es muy importante controlar a los mariachis", dijo Tamayo. "Si no, las calles de la ciudad se llenarán de músicos". También observó que unos pocos de esos falsos músicos eran ladrones, que asaltaban a sus clientes cuando se encontraban a solas.
Una noche hace poco Alfredo Ortiz González se unió a un gentío de mariachis al lado de la plaza, llamando a los coches para agarrar algún cliente. Dijo que había tocado durante algunos años en Chicago, y luego se vino a Garibaldi en 2001. Cerca de ahí había otro músico con esperanzas, sin su corbata y la camisa colgándole desordenada por encima de los pantalones.
"Hay buenos y malos, pero todos están tratando de ganarse la vida", dijo Ortiz. "Todos tenemos el derecho a tratar de hacer música".
16 de enero de 2005
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
mariachis desafinados
[Mary Jordan] Puristas musicales mexicanos llaman a limitar flujo de trovadores.
Ciudad de México, México. En Plaza Garibaldi hay a cualquier hora del día una canción que espera ser cantada por un precio.
Racimos de mariachis - los elaboradamente vestidos músicos mexicanos tradicionales- se reúnen cerca de las estatuas de bronce de estrellas del mariachi del pasado, con la esperanza de ser contratados para una fiesta de cumpleaños o una serenata romántica. La tradición se remonta a casi un siglo, pero ahora hay notas discordantes entre los elevados sonidos de cobres y cuerdas en esta plaza mundialmente famosa.
"¡Es una invasión! ¡Hay demasiada gente que dice que son mariachis!", se quejó Alfredo Ledesma Hernández, un violinista que ha trabajado en Garibaldi durante 20 años. Dijo que el creciente desempleo ha llevado a albañiles, campesinos y otros sin formación musical ni talento a vestirse de mariachis y hacerse pasar por músicos.
"Estos falsos mariachis están dañando nuestra reputación", dijo Ledesma, que llevaba su genuino traje de mariachi -un apretado traje con franjas plateadas, un sombrero de ala ancha y brillantes botas. "Tiene hoyos en sus trajes. Llevan los zapatos sucios. No conocen la letra de las canciones".
Los mariachis se han reunido aquí en Garibaldi desde los años de 1920, en uno de los lugares más coloridos y animados de la ciudad, donde la policía hace la vista gorda cuando se bebe tequila en público. Los visitantes vienen de todo México, y cada vez más del extranjero, para comer y beber en algunas de las numerosas cantinas de la plaza mientras escuchan los sentimentales clásicos que la mayoría de los mexicanos se conocen de memoria.
Otros se acercan a contratar a los mariachis para celebrar sucesos alegres o tristes de sus vidas, desde bautismos hasta funerales, mientras los amantes, jóvenes y viejos se acercan y ofrecen a los mariachis un puñado de billetes de peso para que canten a sus amadas.
Pero los puristas están preocupados de que las apreciadas tradiciones de los mariachis de Garibaldi no signifiquen nada para los impostores, que sólo tratan de hacer dinero explotando la creciente popularidad de un género musical que cada vez más se enseña y es tocado en Estados Unidos y en otras partes del mundo.
Pedro Espinoza Hernández, secretario general del sindicato mariachi de 2.000 miembros, dijo que unos 4.000 músicos, algunos de los cuales no eran más que obreros de la construcción en ropas elegantes, trabajaban ahora en la plaza del tamaño de una cuadra -una plaza que está en medio destartalados vecindarios y gemas históricas del centro histórico de México. En una animada noche de fin de semana recorren la plaza cientos de músicos, incluyendo imitadores sordos al tono, dijo. "Nunca hubo tantos como ahora", dijo. "Es demasiado".
De acuerdo al sindicato, una verdadera banda de mariachis debe comprender al menos seis músicos y un mínimo de dos violines, una trompeta, una guitarra, un guitarrón y una vihuela, que se parece a una guitarra. Las bandas más refinadas tiene 15 o más miembros. A la plaza llegan músicos de países tan remotos como Japón a copiar los únicos diseños de las apretadas chaquetas y pantalones con lentejuelas cosidas en las costuras exteriores de las piernas.
Espinoza dijo que los impostores atraen a los clientes cobrando casi la mitad de la tarifa normal, tan poco como 100 dólares por hora para un grupo de ocho para tocar en una fiesta, o seis dólares por una canción en la plaza misma. "Cobran muy poco y tocan horrible", dijo, agregando que los desafinados fingidores le están quitando el trabajo a los profesionales y perjudicando su reputación.
Tanto el sindicato como funcionarios del ayuntamiento están tratando de controlar lo que llaman "el problema del mercado negro mariachi". La ciudad comenzó hace poco un proyecto de Músicos Seguros' en el que se entregan tarjetas de identidad a los músicos certificados por el sindicato. Los funcionarios aconsejan a los clientes exigir esas tarjetas antes de terminar contratando a un plomero sin trabajo para que estropee las bodas de alguien.
Muchos clientes llevan la precaución un paso más allá exigiendo que los mariachis demuestren sus artes improvisando. Si no pueden producir de inmediato una versión lacrimosa de un canción como El rey' -tan conocida como el Cumpleaños feliz' en los Estados Unidos-, no hay negocio.
Octavio Ruelos Bañales, un oficinista, hizo una pequeña comparación cuando corrió a la plaza a contratar una banda de mariachis para la fiesta de cumpleaños de su patrón esa misma tarde. Se acercó a los miembros de un grupo, pidió una veloz audición y concluyó rápidamente que el único lugar donde podían cantar era en la ducha. "Un poco decepcionante", dijo, diplomático.
Luego se acercó a un octeto vestido en elegantes trajes de color crema con corbatas rojas como el tomate y botas de cowboy blancas.
"¿Pueden tocar Sabes una cosa'?", les preguntó. "Por supuesto", dijo uno de los músicos, y la banda tocó en la acera de inmediato una hermosa serenata de trompetas, violines y guitarras. El cantante canturreó: "Tengo algo que decirte algo, y no sé cómo explicarlo..." Ruelos miró complacido. Se pusieron rápidamente de acuerdo en un precio, la banda se montó apilándose en una camioneta y se marcharon todos al despacho de Ruelos.
José Luis Tamayo, funcionario del ayuntamiento, dijo que el gobierno está tratando de volver las agujas del reloj al año 2000, cuando el número de músicos en Garibaldi era más controlable. Para hacerlo, dijo, la ciudad planeaba ayudar a algunos de los recién llegados a encontrar trabajo. Aquellos con talento, dijo, podrían encontrar trabajo tocando en restaurantes. Los que no podían mantener el tono, agregó, serían "invitados" por los funcionarios a volver a sus trabajos originales.
"Es muy importante controlar a los mariachis", dijo Tamayo. "Si no, las calles de la ciudad se llenarán de músicos". También observó que unos pocos de esos falsos músicos eran ladrones, que asaltaban a sus clientes cuando se encontraban a solas.
Una noche hace poco Alfredo Ortiz González se unió a un gentío de mariachis al lado de la plaza, llamando a los coches para agarrar algún cliente. Dijo que había tocado durante algunos años en Chicago, y luego se vino a Garibaldi en 2001. Cerca de ahí había otro músico con esperanzas, sin su corbata y la camisa colgándole desordenada por encima de los pantalones.
"Hay buenos y malos, pero todos están tratando de ganarse la vida", dijo Ortiz. "Todos tenemos el derecho a tratar de hacer música".
16 de enero de 2005
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
Racimos de mariachis - los elaboradamente vestidos músicos mexicanos tradicionales- se reúnen cerca de las estatuas de bronce de estrellas del mariachi del pasado, con la esperanza de ser contratados para una fiesta de cumpleaños o una serenata romántica. La tradición se remonta a casi un siglo, pero ahora hay notas discordantes entre los elevados sonidos de cobres y cuerdas en esta plaza mundialmente famosa.
"¡Es una invasión! ¡Hay demasiada gente que dice que son mariachis!", se quejó Alfredo Ledesma Hernández, un violinista que ha trabajado en Garibaldi durante 20 años. Dijo que el creciente desempleo ha llevado a albañiles, campesinos y otros sin formación musical ni talento a vestirse de mariachis y hacerse pasar por músicos.
"Estos falsos mariachis están dañando nuestra reputación", dijo Ledesma, que llevaba su genuino traje de mariachi -un apretado traje con franjas plateadas, un sombrero de ala ancha y brillantes botas. "Tiene hoyos en sus trajes. Llevan los zapatos sucios. No conocen la letra de las canciones".
Los mariachis se han reunido aquí en Garibaldi desde los años de 1920, en uno de los lugares más coloridos y animados de la ciudad, donde la policía hace la vista gorda cuando se bebe tequila en público. Los visitantes vienen de todo México, y cada vez más del extranjero, para comer y beber en algunas de las numerosas cantinas de la plaza mientras escuchan los sentimentales clásicos que la mayoría de los mexicanos se conocen de memoria.
Otros se acercan a contratar a los mariachis para celebrar sucesos alegres o tristes de sus vidas, desde bautismos hasta funerales, mientras los amantes, jóvenes y viejos se acercan y ofrecen a los mariachis un puñado de billetes de peso para que canten a sus amadas.
Pero los puristas están preocupados de que las apreciadas tradiciones de los mariachis de Garibaldi no signifiquen nada para los impostores, que sólo tratan de hacer dinero explotando la creciente popularidad de un género musical que cada vez más se enseña y es tocado en Estados Unidos y en otras partes del mundo.
Pedro Espinoza Hernández, secretario general del sindicato mariachi de 2.000 miembros, dijo que unos 4.000 músicos, algunos de los cuales no eran más que obreros de la construcción en ropas elegantes, trabajaban ahora en la plaza del tamaño de una cuadra -una plaza que está en medio destartalados vecindarios y gemas históricas del centro histórico de México. En una animada noche de fin de semana recorren la plaza cientos de músicos, incluyendo imitadores sordos al tono, dijo. "Nunca hubo tantos como ahora", dijo. "Es demasiado".
De acuerdo al sindicato, una verdadera banda de mariachis debe comprender al menos seis músicos y un mínimo de dos violines, una trompeta, una guitarra, un guitarrón y una vihuela, que se parece a una guitarra. Las bandas más refinadas tiene 15 o más miembros. A la plaza llegan músicos de países tan remotos como Japón a copiar los únicos diseños de las apretadas chaquetas y pantalones con lentejuelas cosidas en las costuras exteriores de las piernas.
Espinoza dijo que los impostores atraen a los clientes cobrando casi la mitad de la tarifa normal, tan poco como 100 dólares por hora para un grupo de ocho para tocar en una fiesta, o seis dólares por una canción en la plaza misma. "Cobran muy poco y tocan horrible", dijo, agregando que los desafinados fingidores le están quitando el trabajo a los profesionales y perjudicando su reputación.
Tanto el sindicato como funcionarios del ayuntamiento están tratando de controlar lo que llaman "el problema del mercado negro mariachi". La ciudad comenzó hace poco un proyecto de Músicos Seguros' en el que se entregan tarjetas de identidad a los músicos certificados por el sindicato. Los funcionarios aconsejan a los clientes exigir esas tarjetas antes de terminar contratando a un plomero sin trabajo para que estropee las bodas de alguien.
Muchos clientes llevan la precaución un paso más allá exigiendo que los mariachis demuestren sus artes improvisando. Si no pueden producir de inmediato una versión lacrimosa de un canción como El rey' -tan conocida como el Cumpleaños feliz' en los Estados Unidos-, no hay negocio.
Octavio Ruelos Bañales, un oficinista, hizo una pequeña comparación cuando corrió a la plaza a contratar una banda de mariachis para la fiesta de cumpleaños de su patrón esa misma tarde. Se acercó a los miembros de un grupo, pidió una veloz audición y concluyó rápidamente que el único lugar donde podían cantar era en la ducha. "Un poco decepcionante", dijo, diplomático.
Luego se acercó a un octeto vestido en elegantes trajes de color crema con corbatas rojas como el tomate y botas de cowboy blancas.
"¿Pueden tocar Sabes una cosa'?", les preguntó. "Por supuesto", dijo uno de los músicos, y la banda tocó en la acera de inmediato una hermosa serenata de trompetas, violines y guitarras. El cantante canturreó: "Tengo algo que decirte algo, y no sé cómo explicarlo..." Ruelos miró complacido. Se pusieron rápidamente de acuerdo en un precio, la banda se montó apilándose en una camioneta y se marcharon todos al despacho de Ruelos.
José Luis Tamayo, funcionario del ayuntamiento, dijo que el gobierno está tratando de volver las agujas del reloj al año 2000, cuando el número de músicos en Garibaldi era más controlable. Para hacerlo, dijo, la ciudad planeaba ayudar a algunos de los recién llegados a encontrar trabajo. Aquellos con talento, dijo, podrían encontrar trabajo tocando en restaurantes. Los que no podían mantener el tono, agregó, serían "invitados" por los funcionarios a volver a sus trabajos originales.
"Es muy importante controlar a los mariachis", dijo Tamayo. "Si no, las calles de la ciudad se llenarán de músicos". También observó que unos pocos de esos falsos músicos eran ladrones, que asaltaban a sus clientes cuando se encontraban a solas.
Una noche hace poco Alfredo Ortiz González se unió a un gentío de mariachis al lado de la plaza, llamando a los coches para agarrar algún cliente. Dijo que había tocado durante algunos años en Chicago, y luego se vino a Garibaldi en 2001. Cerca de ahí había otro músico con esperanzas, sin su corbata y la camisa colgándole desordenada por encima de los pantalones.
"Hay buenos y malos, pero todos están tratando de ganarse la vida", dijo Ortiz. "Todos tenemos el derecho a tratar de hacer música".
16 de enero de 2005
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
mariachis desafinados
[Mary Jordan] Puristas musicales mexicanos llaman a limitar flujo de trovadores.
Ciudad de México, México. En Plaza Garibaldi hay a cualquier hora del día una canción que espera ser cantada por un precio.
Racimos de mariachis - los elaboradamente vestidos músicos mexicanos tradicionales- se reúnen cerca de las estatuas de bronce de estrellas del mariachi del pasado, con la esperanza de ser contratados para una fiesta de cumpleaños o una serenata romántica. La tradición se remonta a casi un siglo, pero ahora hay notas discordantes entre los elevados sonidos de cobres y cuerdas en esta plaza mundialmente famosa.
"¡Es una invasión! ¡Hay demasiada gente que dice que son mariachis!", se quejó Alfredo Ledesma Hernández, un violinista que ha trabajado en Garibaldi durante 20 años. Dijo que el creciente desempleo ha llevado a albañiles, campesinos y otros sin formación musical ni talento a vestirse de mariachis y hacerse pasar por músicos.
"Estos falsos mariachis están dañando nuestra reputación", dijo Ledesma, que llevaba su genuino traje de mariachi -un apretado traje con franjas plateadas, un sombrero de ala ancha y brillantes botas. "Tiene hoyos en sus trajes. Llevan los zapatos sucios. No conocen la letra de las canciones".
Los mariachis se han reunido aquí en Garibaldi desde los años de 1920, en uno de los lugares más coloridos y animados de la ciudad, donde la policía hace la vista gorda cuando se bebe tequila en público. Los visitantes vienen de todo México, y cada vez más del extranjero, para comer y beber en algunas de las numerosas cantinas de la plaza mientras escuchan los sentimentales clásicos que la mayoría de los mexicanos se conocen de memoria.
Otros se acercan a contratar a los mariachis para celebrar sucesos alegres o tristes de sus vidas, desde bautismos hasta funerales, mientras los amantes, jóvenes y viejos se acercan y ofrecen a los mariachis un puñado de billetes de peso para que canten a sus amadas.
Pero los puristas están preocupados de que las apreciadas tradiciones de los mariachis de Garibaldi no signifiquen nada para los impostores, que sólo tratan de hacer dinero explotando la creciente popularidad de un género musical que cada vez más se enseña y es tocado en Estados Unidos y en otras partes del mundo.
Pedro Espinoza Hernández, secretario general del sindicato mariachi de 2.000 miembros, dijo que unos 4.000 músicos, algunos de los cuales no eran más que obreros de la construcción en ropas elegantes, trabajaban ahora en la plaza del tamaño de una cuadra -una plaza que está en medio destartalados vecindarios y gemas históricas del centro histórico de México. En una animada noche de fin de semana recorren la plaza cientos de músicos, incluyendo imitadores sordos al tono, dijo. "Nunca hubo tantos como ahora", dijo. "Es demasiado".
De acuerdo al sindicato, una verdadera banda de mariachis debe comprender al menos seis músicos y un mínimo de dos violines, una trompeta, una guitarra, un guitarrón y una vihuela, que se parece a una guitarra. Las bandas más refinadas tiene 15 o más miembros. A la plaza llegan músicos de países tan remotos como Japón a copiar los únicos diseños de las apretadas chaquetas y pantalones con lentejuelas cosidas en las costuras exteriores de las piernas.
Espinoza dijo que los impostores atraen a los clientes cobrando casi la mitad de la tarifa normal, tan poco como 100 dólares por hora para un grupo de ocho para tocar en una fiesta, o seis dólares por una canción en la plaza misma. "Cobran muy poco y tocan horrible", dijo, agregando que los desafinados fingidores le están quitando el trabajo a los profesionales y perjudicando su reputación.
Tanto el sindicato como funcionarios del ayuntamiento están tratando de controlar lo que llaman "el problema del mercado negro mariachi". La ciudad comenzó hace poco un proyecto de Músicos Seguros' en el que se entregan tarjetas de identidad a los músicos certificados por el sindicato. Los funcionarios aconsejan a los clientes exigir esas tarjetas antes de terminar contratando a un plomero sin trabajo para que estropee las bodas de alguien.
Muchos clientes llevan la precaución un paso más allá exigiendo que los mariachis demuestren sus artes improvisando. Si no pueden producir de inmediato una versión lacrimosa de un canción como El rey' -tan conocida como el Cumpleaños feliz' en los Estados Unidos-, no hay negocio.
Octavio Ruelos Bañales, un oficinista, hizo una pequeña comparación cuando corrió a la plaza a contratar una banda de mariachis para la fiesta de cumpleaños de su patrón esa misma tarde. Se acercó a los miembros de un grupo, pidió una veloz audición y concluyó rápidamente que el único lugar donde podían cantar era en la ducha. "Un poco decepcionante", dijo, diplomático.
Luego se acercó a un octeto vestido en elegantes trajes de color crema con corbatas rojas como el tomate y botas de cowboy blancas.
"¿Pueden tocar Sabes una cosa'?", les preguntó. "Por supuesto", dijo uno de los músicos, y la banda tocó en la acera de inmediato una hermosa serenata de trompetas, violines y guitarras. El cantante canturreó: "Tengo algo que decirte algo, y no sé cómo explicarlo..." Ruelos miró complacido. Se pusieron rápidamente de acuerdo en un precio, la banda se montó apilándose en una camioneta y se marcharon todos al despacho de Ruelos.
José Luis Tamayo, funcionario del ayuntamiento, dijo que el gobierno está tratando de volver las agujas del reloj al año 2000, cuando el número de músicos en Garibaldi era más controlable. Para hacerlo, dijo, la ciudad planeaba ayudar a algunos de los recién llegados a encontrar trabajo. Aquellos con talento, dijo, podrían encontrar trabajo tocando en restaurantes. Los que no podían mantener el tono, agregó, serían "invitados" por los funcionarios a volver a sus trabajos originales.
"Es muy importante controlar a los mariachis", dijo Tamayo. "Si no, las calles de la ciudad se llenarán de músicos". También observó que unos pocos de esos falsos músicos eran ladrones, que asaltaban a sus clientes cuando se encontraban a solas.
Una noche hace poco Alfredo Ortiz González se unió a un gentío de mariachis al lado de la plaza, llamando a los coches para agarrar algún cliente. Dijo que había tocado durante algunos años en Chicago, y luego se vino a Garibaldi en 2001. Cerca de ahí había otro músico con esperanzas, sin su corbata y la camisa colgándole desordenada por encima de los pantalones.
"Hay buenos y malos, pero todos están tratando de ganarse la vida", dijo Ortiz. "Todos tenemos el derecho a tratar de hacer música".
16 de enero de 2005
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
Racimos de mariachis - los elaboradamente vestidos músicos mexicanos tradicionales- se reúnen cerca de las estatuas de bronce de estrellas del mariachi del pasado, con la esperanza de ser contratados para una fiesta de cumpleaños o una serenata romántica. La tradición se remonta a casi un siglo, pero ahora hay notas discordantes entre los elevados sonidos de cobres y cuerdas en esta plaza mundialmente famosa.
"¡Es una invasión! ¡Hay demasiada gente que dice que son mariachis!", se quejó Alfredo Ledesma Hernández, un violinista que ha trabajado en Garibaldi durante 20 años. Dijo que el creciente desempleo ha llevado a albañiles, campesinos y otros sin formación musical ni talento a vestirse de mariachis y hacerse pasar por músicos.
"Estos falsos mariachis están dañando nuestra reputación", dijo Ledesma, que llevaba su genuino traje de mariachi -un apretado traje con franjas plateadas, un sombrero de ala ancha y brillantes botas. "Tiene hoyos en sus trajes. Llevan los zapatos sucios. No conocen la letra de las canciones".
Los mariachis se han reunido aquí en Garibaldi desde los años de 1920, en uno de los lugares más coloridos y animados de la ciudad, donde la policía hace la vista gorda cuando se bebe tequila en público. Los visitantes vienen de todo México, y cada vez más del extranjero, para comer y beber en algunas de las numerosas cantinas de la plaza mientras escuchan los sentimentales clásicos que la mayoría de los mexicanos se conocen de memoria.
Otros se acercan a contratar a los mariachis para celebrar sucesos alegres o tristes de sus vidas, desde bautismos hasta funerales, mientras los amantes, jóvenes y viejos se acercan y ofrecen a los mariachis un puñado de billetes de peso para que canten a sus amadas.
Pero los puristas están preocupados de que las apreciadas tradiciones de los mariachis de Garibaldi no signifiquen nada para los impostores, que sólo tratan de hacer dinero explotando la creciente popularidad de un género musical que cada vez más se enseña y es tocado en Estados Unidos y en otras partes del mundo.
Pedro Espinoza Hernández, secretario general del sindicato mariachi de 2.000 miembros, dijo que unos 4.000 músicos, algunos de los cuales no eran más que obreros de la construcción en ropas elegantes, trabajaban ahora en la plaza del tamaño de una cuadra -una plaza que está en medio destartalados vecindarios y gemas históricas del centro histórico de México. En una animada noche de fin de semana recorren la plaza cientos de músicos, incluyendo imitadores sordos al tono, dijo. "Nunca hubo tantos como ahora", dijo. "Es demasiado".
De acuerdo al sindicato, una verdadera banda de mariachis debe comprender al menos seis músicos y un mínimo de dos violines, una trompeta, una guitarra, un guitarrón y una vihuela, que se parece a una guitarra. Las bandas más refinadas tiene 15 o más miembros. A la plaza llegan músicos de países tan remotos como Japón a copiar los únicos diseños de las apretadas chaquetas y pantalones con lentejuelas cosidas en las costuras exteriores de las piernas.
Espinoza dijo que los impostores atraen a los clientes cobrando casi la mitad de la tarifa normal, tan poco como 100 dólares por hora para un grupo de ocho para tocar en una fiesta, o seis dólares por una canción en la plaza misma. "Cobran muy poco y tocan horrible", dijo, agregando que los desafinados fingidores le están quitando el trabajo a los profesionales y perjudicando su reputación.
Tanto el sindicato como funcionarios del ayuntamiento están tratando de controlar lo que llaman "el problema del mercado negro mariachi". La ciudad comenzó hace poco un proyecto de Músicos Seguros' en el que se entregan tarjetas de identidad a los músicos certificados por el sindicato. Los funcionarios aconsejan a los clientes exigir esas tarjetas antes de terminar contratando a un plomero sin trabajo para que estropee las bodas de alguien.
Muchos clientes llevan la precaución un paso más allá exigiendo que los mariachis demuestren sus artes improvisando. Si no pueden producir de inmediato una versión lacrimosa de un canción como El rey' -tan conocida como el Cumpleaños feliz' en los Estados Unidos-, no hay negocio.
Octavio Ruelos Bañales, un oficinista, hizo una pequeña comparación cuando corrió a la plaza a contratar una banda de mariachis para la fiesta de cumpleaños de su patrón esa misma tarde. Se acercó a los miembros de un grupo, pidió una veloz audición y concluyó rápidamente que el único lugar donde podían cantar era en la ducha. "Un poco decepcionante", dijo, diplomático.
Luego se acercó a un octeto vestido en elegantes trajes de color crema con corbatas rojas como el tomate y botas de cowboy blancas.
"¿Pueden tocar Sabes una cosa'?", les preguntó. "Por supuesto", dijo uno de los músicos, y la banda tocó en la acera de inmediato una hermosa serenata de trompetas, violines y guitarras. El cantante canturreó: "Tengo algo que decirte algo, y no sé cómo explicarlo..." Ruelos miró complacido. Se pusieron rápidamente de acuerdo en un precio, la banda se montó apilándose en una camioneta y se marcharon todos al despacho de Ruelos.
José Luis Tamayo, funcionario del ayuntamiento, dijo que el gobierno está tratando de volver las agujas del reloj al año 2000, cuando el número de músicos en Garibaldi era más controlable. Para hacerlo, dijo, la ciudad planeaba ayudar a algunos de los recién llegados a encontrar trabajo. Aquellos con talento, dijo, podrían encontrar trabajo tocando en restaurantes. Los que no podían mantener el tono, agregó, serían "invitados" por los funcionarios a volver a sus trabajos originales.
"Es muy importante controlar a los mariachis", dijo Tamayo. "Si no, las calles de la ciudad se llenarán de músicos". También observó que unos pocos de esos falsos músicos eran ladrones, que asaltaban a sus clientes cuando se encontraban a solas.
Una noche hace poco Alfredo Ortiz González se unió a un gentío de mariachis al lado de la plaza, llamando a los coches para agarrar algún cliente. Dijo que había tocado durante algunos años en Chicago, y luego se vino a Garibaldi en 2001. Cerca de ahí había otro músico con esperanzas, sin su corbata y la camisa colgándole desordenada por encima de los pantalones.
"Hay buenos y malos, pero todos están tratando de ganarse la vida", dijo Ortiz. "Todos tenemos el derecho a tratar de hacer música".
16 de enero de 2005
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh