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capitalista a regañadientes


[Susan B. Glasser] El vendedor y su país han pagado un alto precio por la estabilidad.
Nizhny Novgorod, Rusia. Alexander Markus sacudió la cabeza cuando miraba dos cajas idénticas con ropa interior masculina.
Este es su negocio ahora, y ha aprendido demasiado bien la diferencia entre los calzoncillos que se venden y esos que, como los dos modelos rusos que ha examinado en su bodega, no se venderán. "Demasiado caro", dijo. "Mal empaquetado". Y se encogió de hombros. Es "trivial", dijo, repitiendo una palabra que usa al menos una docena de veces al día, "pero tengo que comer".
En el pasado, Markus estudió física avanzada y fue reclutado para trabajar en una planta de investigación nuclear soviética ultra secreta. Hoy, es un capitalista a regañadientes en un país todavía incómodo con las fuerzas del mercado que se liberaron con la caída del comunismo. "Renunciaría mañana mismo, con gusto", dijo. "Los negocios para hacer negocios no me han interesado nunca".
En el caníbal mundo de los negocios rusos, la trivialidad de la vida de Markus representa una especie de victoria, un producto de la tentativa estabilidad que reina en Rusia bajo el presidente Vladimir Putin. "Antes, no tenía sentido tener propiedades porque las perdías todas", dijo Markus. "Ahora hay algunas reglas que hasta las autoridades obedecen".
Pero su fe en el sistema -en cualquier sistema- desapareció a lo largo de la estridente, violenta y torcida ruta que precedió su tranquila vida como vendedor de corpiños y bañadores. El negocio de Markus es un reflejo de su país: A cambio de estabilidad, los rusos dieron carta blanca a su presidente y son indiferentes a las intrigas del Kremlin que hacen de esta una época de incertidumbre sobre el futuro del comercio ruso.
La carrera de Markus, contada durante varios días de entrevistas con él, su familia, amigos y colegas, describe el arco del capitalismo ruso. En los años ochenta acogió la empresa libre y flirteó con la idea de ser un disidente. En los noventa aprendió duramente lo que llama irónicamente "los negocios rusos" -mafiosos armados que se apoderaron de su primera tienda, empleados corruptos que hicieron quebrar el banco con el que hacía negocios, compañías occidentales que prometían pero cuyos productos no eran lo que parecían.
Sólo ahora, gracias a los bragas polacas y calcetines turcos y a la relativa prosperidad de Putin, tiene Markus algún grado de seguridad económica. A los 38 ha levantado una cadena de seis tiendas en esta ciudad industrial junto al Río Volga. Da empleo a 50 personas, mantiene a tres hijos y juega juegos de ordenador en la oficina porque su trabajo no presenta ninguna dificultad para alguien que esperaba ser físico nuclear.
"En resumen", dijo, "me aburro".
Hace tiempo que Markus dejó de creer en los demócratas y ahora le "dan ganas de vomitar porque son como todos los demás". Dice que cree que el sistema está dominado por burócratas "parásitos" y oligarcas codiciosos como Mikhail Khodorkovsky, el magnate del petróleo encarcelado cuya compañía, Yukos, está siendo demolida por el estado como parte del intento de Putin de concentrar el poder en el Kremlin.
Markus es uno de los millones que votaron por Putin que están dispuestos a aceptar un sistema más autoritario como el precio de una vida más previsible. Sin embargo, no es un creyente incondicional de las promesas de la Rusia de Putin.
Cuando conducía a través de las averiadas calles de Nizhny Novgorod, Markus indicó con un gesto el nuevo centro comercial en manos de unos grandes almacenes turcos. "Todavía no tenemos que vernóslas con estos gigantes. Es por eso que podemos vivir", dijo. Pronto, explicó, tendrá que ampliar sus negocios para hacer frente a la competencia. Pero Markus tiene miedo de transformarse en lo que desprecia: un capitalista como Khodorkovsky, que hace dinero "parándome la espalda de mis vecinos" y vulnerable a la manipulación del estado, o algo todavía peor.
Así Markus sigue siendo un escéptico, un escepticismo que ganó a punta de pistola. "Una rica experiencia en este país me dice que la verdadera estabilidad sólo se alcanza después de la muerte", dijo. Y no estaba bromeando.

Pocas Reglas, Grandes Riesgos
"No quiero escupir en el espejo por las mañanas", dijo Markus, discutiendo de buen humor con su mejor amigo, Valera Nakaryakov, de vuelta para visitarlo después de haber emigrado hace más de diez años.
Nakaryakov estaba ansioso de culpar el "salvaje capitalismo" de Rusia por los muchos reveses que ha sufrido Markus. Él había considerado tomar el mismo camino. "Tuve que tomar una decisión muy pensada: o meterme en negocios aquí, o emigrar", dijo. "Me marché". Hoy, Nakaryakov es un ciudadano británico, un prominente y joven físico espacial en la Universidad de Warwick, que tiene más de 58 publicaciones académicas en su currículum. Es consultor de la NASA y la Agencia Especial Europea, y sus últimos descubrimientos son tema de entusiastas notas de la prensa.
Bebiendo una cerveza cerca de las aulas donde en el pasado eran inseparables, Nakaryakov le dijo a su amigo que siempre lo vería como un capitalista involuntario.
"Te obligaron a meterte en los negocios", dijo. "Lo hiciste contra tu voluntad".
En realidad, fue la política -la única cosa con la que coqueteó Markus- la que lo puso en el camino de transformarse en un vendedor de ropa interior.
Fue en 1989, y al joven físico conocido como Sasha por sus amigos le faltaba un mes para terminar sus estudios. A él y Nakaryakov -ambos casados y con hijas- les esperaban prestigiosos trabajos en Arzamas-16, la cercana planta nuclear secreta. Pero Nizhny Novgorod, en esa época todavía una ciudad industrial militar llamada Gorky, hervía de activistas que esperaban emular al científico nuclear disidente Andrei Sakharov, que pasó la mayor parte de los años ochenta en el exilio aquí. "Entonces éramos todos demócratas", recordó Markus.
"Todo se estaba derrumbando", dijo Markus. "Me quería sentir como un disidente y ayudé a echarlo abajo completamente". Ese Primero de Mayo se unió a los manifestantes en el desfile anual de los trabajadores gritando lemas en pro de la democracia. La policía los detuvo. "La gente estaba contenta, estábamos todos cantando canciones revolucionarias. Incluso en la cárcel estábamos contentos", dijo.
Los profesores partidarios de la causa no pudieron silenciar el escándalo de la detención. A Markus no le permitieron terminar los estudios, y Nakaryakov y otros amigos perdieron los trabajos prometidos en Arzamas-16. "Encontraron una oveja negra en el grupo, así que decidieron que nadie saldría libre", dijo Markus.
No sabía qué hacer hasta que un amigo "me dio un dato de que había una palabra llamado ‘negocio'" y lo conectó con un grupo que compraba ordenadores a bajo precio en Moscú y los vendía a precios más altos en Nizhny. Markus se transformó en el director técnico porque él "al menos había visto un ordenador antes". Se ganaba mucho dinero. "Todos los negocios tenían éxito en esa época", recordó. "No había reglas del juego en el nuevo mercado -ni en el país- y la actitud era ‘lo que se gana fácil, se gasta fácil'".
Nunca fue una persona que gustara de los grupos, así que Markus decidió iniciar sus propios negocios. "Estaba aprendiendo", dijo. "Más tarde me di cuenta de que no importa lo que vendas, provisto que no se trate de personas, drogas o armas".
Pero era confuso. Estaba excitado con el dinero que nunca tuvo antes y rodeado de nuevos y dudosos amigos del mundo del comercio gris. Su matrimonio se derrumbó en 1991, cuando se disolvió la Unión Soviética. "Se metió en negocios y así es como comenzó a hundirse", dijo su primera esposa, Anna Mariniechenko. "La gente empezó a tener un dinero que no habían tenido nunca antes; era la época de las fiestas. Muchos rusos quedaron en la bancarrota en esa época".
Para entonces, el nombre de Nizhny Novgorod había sido recuperado y las autoridades imaginaron un futuro comercial para la ciudad basándose en su propia historia como un cruce comercial entre los ríos Volga y Oka.
Markus abrió una modesta pulpería en la calle de Gorky. Pero pronto los bandidos comenzaron a cebarse en propietarios como él, exigiendo dinero de protección. Markus dormía en casa con una nueva esposa y un rifle de caza. Una noche de 1993 los pistoleros entraron a su apartamento y exigieron que les entregara la tienda. "Pusieron una pistola contra mi esposa, y por supuesto les di la tienda", dijo.
Cuando fue a su tienda a suplicar que se la devolvieran, un gángster le hizo una proposición diferente, pidiéndole a Markus que trabajara en su banco. Aceptó y aprendió desde dentro el funcionamiento de los llamados bancos que proliferaron en los años noventa, haciendo las veces de escondites y operaciones de lavado de dinero para unos pocos colegas bien conectados.
En apariencia él estaba ahí para controlar las garantías de pago de los que obtenían préstamos. "Pero resultó que nadie lo necesitaba. Todos los bancos daban crédito exclusivamente sobre la base de la amistad o por órdenes directas de los dueños", recordó Markus. En 1995 el banco explotó en lo que era una "quiebra fraudulenta".
Encontró trabajo en una importante firma agrícola que vendía frutas, y la odió de inmediato. Su segunda esposa lo dejó. Después del desastre del banco, "tanto los maleantes como la policía empezaron a perseguirme", recordó. Los policías le encontraron primero, y pasó un mes en la cárcel convenciéndoles de que él era simplemente un testigo, no un implicado, de los delitos del banco.
Fue entonces que Markus prestó por primera vez atención al mundo de los calcetines, medias y ropa interior, iniciando varias pequeñas tiendas. Encontró un proveedor en Moscú e importó mercaderías turcas baratas. Pero los negocios no marchaban bien. En 1997 los socios de Markus lo dejaron y se encontró a sí mismo con una deuda de 10.000 dólares.
Llegaron mensajeros amenazándolo, exigiendo dinero. Markus no tenía modo de pagar y, como dijo irónicamente, "ellos no podían hacer nada, excepto matarme, y si me mataban, se quedarían sin nada".
Luego la firma de Moscú envió a un imponente atleta llamado Oleg Gavryuchenkov a "impresionarme". Gavryuchenkov, que dijo que debía su formidable físico a años de water polo, se negó a comentar su primer encuentro con Markus. Interrogado sobre los negocios en los que estaba involucrado entonces, replicó con una modesta sonrisa: "Gente que tenía problemas en los negocios -nosotros resolvíamos esos problemas".
Al principio Markus trató de reunir dinero trabajando para una firma francesa que vendía suplementos alimentarios. Pero incluso esta compañía, descubrió, hacía trucos. A pesar de la larga lista de ingredientes mencionados en los suplementos, "la mayoría de ellos no se hallaban en los productos", dijo.
Después de tres meses se rindió y se dirigió a Moscú a pagar su deuda trabajando directamente para la empresa turca importadora. Era la primavera de 1998.
"Me transformé en un esclavo", dijo.
La economía rusa se fundió ese agosto. El negocio, junto a decenas de miles de otros más, se fue a la ruina cuando la devaluación del rublo hizo que el coste de las cosas importadas se hiciera prohibitivo. En la crisis, sin embargo, Markus vio una oportunidad. Había decidido que Gavryuchenkov, el corpulento cobrador, era un tipo decente, y los dos hicieron una propuesta a la gerencia de la firma. Venderían las existencias de la compañía a precios de mercado al por mayor en el terreno del estadio Luzhniki de Moscú.
Y así, ese otoño, Markus aprendió lo que era levantarse a las cuatro de la mañana para un duro día de trabajo y descargar los restos de la compañía. Incluso después de todo lo que había pasado, las brutales leyes del mercado fueron una revelación. "Luzhniki es un lugar donde puedes ganar 2.000 o 3.000 dólares al día, y perder 5.000 o 10.000", dijo. "No es un modo de vida muy humano".
A fines de 1998, Markus tenía suficiente dinero y calcetines turcos como para volver a casa y empezar un nuevo negocio. El primer eslabón de lo que sería su modesta cadena fue una esquina alquilada en una tienda de alimentación. Había espacio para sólo un soporte de calcetines. Pero Markus le dio a la empresa un nombre grandioso: ‘European Tricotage'.
Después de todo lo que le había pasado antes, vender ropa interior era difícilmente lo peor que pudo pasar a Markus. "Fue un placer", dijo, "traer a la gente un poco de belleza".

Cauto Optimismo
Markus estaba examinando ‘Número Uno', su primera tienda en la Plaza de la Libertad. Era el clímax de la temporada de bañadores, dos asistentes de ventas estaban ocupados con clientes y él miró las ordenadas perchas de camisetas rebajadas impresas llamativamente con nombres de marcas como Nike, Polo, Donna Karan y Dolce & Gabbana.
"Todos saben qué son y no tratamos de ocultarlo", dijo. "Las marcas verdaderas son completamente inaccesibles para la gente que compra en nuestras tiendas".
Cada año durante los últimos cinco, los negocios de Markus han crecido. ‘Número Uno' ha sido siempre su tienda que mejor funciona; el volumen ahora es de más de 20.000 dólares al mes. Los gángsteres ya no se aparecen exigiendo dinero. "El último ofrecimiento de protección me lo hicieron hace cuatro años. Y rechazamos con gran placer", dijo Markus. European Tricotages es ahora un nombre conocido, y vende también al por mayor. Hace poco hizo su primer viaje de negocios a Turquía.
Presionado por sus clientes ansiosos de ‘normalizar' los negocios, Markus decidió hace un año incluso abrir una cuenta bancaria de la compañía, un gran paso después de años de operar sólo con dinero contante.
Pero Markus hoy es todavía solamente un miembro de lo que el director de la asociación de pequeños empresarios rusos llama el "proletariado comercial". Está visiblemente estresado, un fantasma barbudo cuyas ropas se le caen del cuerpo. Come rara vez durante el día, manteniéndose con café y cigarrillos. No tiene coche ni teléfono móvil. Su modesto apartamento, donde vive con su tercera esposa, su hija de 10 años y su hijo de 12, le cuesta 300 dólares al mes.
El sueño de la ciudad capitalista modelo en el Volga se ha esfumado hace mucho; Nizhny Novgorod hoy no está ni siquiera entre las diez primeras regiones de la inversión extranjera. Las compras promedio en las tiendas de Markus son de 7 dólares. Los dependientes de Markus trabajan a comisión, y se llevan a casa unos 100 dólares al mes durante los períodos flojos.
La agobiante mano de los burócratas, o ‘chinovniki' en ruso, es un problema constante. "El señor Chinovnik es un parásito para gente como yo", dijo. Normalmente, deja en manos de su hermano Maksim, ingeniero civil de profesión, la tarea de solucionar dolores de cabeza como la multa de 85 dólares que están tratando de anular por tener mala la hora en la caja. "Nos pusieron la multa y les dijimos: ‘No vamos a pagar, llévennos a juicio'", recordó Maksim. "Pero los inspectores de impuestos dijeron: ‘No, tú nos llevas a juicio'. Llevar a un inspector de impuestos a juicio es mala para el futuro. Eso entendimos".
"Durante 1.500 años", dijo, "el gobierno nos acusa de vivir en Rusia".
Y, sin embargo, a veces, Markus es cautelosamente optimista, y tiene planes de abrir unos almacenes en Moscú y ampliar sus negocios al por mayor. "Estamos empezando el proceso en el que la gente piensa en el mañana", dijo. "Durante diez años para nosotros fue muy difícil hacer planes. Teníamos tantos problemas. Pero ahora me gustaría hacer algunos planes".
Ve su pequeño imperio de ropa interior como un refugio en el que protegerse de Rusia, donde trabaja rodeado de un pequeño círculo de amigos en los que confía, como su hermano Maksim, su compañero de infancia Dima y su primo Sergei. No tiene planes de meterse en política, no en grupos comerciales ni en proyectos de acción cívica de ningún tipo.
"Como muchos de mi generación hace mucho tiempo me aparté del estado y estoy viviendo en el mundo que más me gusta", dijo. "Toda persona que se mete en negocios, construye su propio estado".

21 de diciembre de 2004
15 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh

áfrica y sus niños 2


[John Donnelly] Bidemi perdió a su madre y huyó de su padre. Hoy dirige una pandilla de niñas, huérfanas y escapadas, sableándose la vida en una villa miseria de Nigeria.

Playa de Kuramo, Nigeria. No era más que una casucha de cartón y bambú.
Pero para Bidemi Ademibo, 12, era todo. Durante más de dos meses, la casucha había sido un hogar para ella y otras ocho niñas. Algunas de ellas, como Bidemi, se habían escapado de casa. Otras eran huérfanas. Otras habían escapado de la esclavitud. Todas vivían por su cuenta.
Una mañana hace un año en esta villa miseria en la playa en los lindes sureños de Lagos, las nueve niñas miraban apáticas los restos de la casucha, palos carbonizados y los humeantes montones de cenizas. La noche anterior, una pandilla de hombres jóvenes habían echado gasolina sobre la casucha y encendido fuego. Las niñas despertaron con el calor y el humo, y se hicieron camino hacia la puerta, trepando unas sobre otras. Gritaron de miedo, sólo para ser silenciadas por los golpes de los hombres que esperaban fuera. Más tarde, las niñas se enteraron de que la pandilla estaba peleando con el dueño de la casucha por el control de la playa de Kuramo, y ellas eran simplemente un estorbo.
"Así piensa la gente aquí", dijo Bidemi, cuando sacaba espuma de un cojín quemado. "Todos sólo piensan en sí mismos, y en nadie más".
Bajo un cielo de un azul profundo, con el oleaje rugiendo en sus oídos, Bidemi y sus amigas entierran los dedos de los pies en la arena tibia. No saben dónde ir.
El motivo de la pelea no les interesa. Su casa ya no existe, y ellas están a la deriva. Otra vez.
Niñas como Bidemi son una vista inevitable en África, desde Senegal a Somalia, desde Egipto a Sudáfrica.
Una pobreza cada vez más aguda está llevando a muchas familias a echar a sus hijos a la calle a ganarse unos centavos por día. Las guerras y las enfermedades -el sida, en particular- han casi duplicado el número de huérfanos en el continente, de 3.5 millones en 1990 a casi 6 millones en 2001, y más millones hoy. Mientras que en el pasado estos huérfanos, abandonados y escapados habrían sido recogidos por familias extendidas, tribus y aldeas, la enorme cantidad de ellos ha barrido con esta tradición compasiva.
Y deben sobrevivir por sí mismos.
El año pasado, un reportero y un fotógrafo de Globe viajaron entre estos niños sobrevivientes y apuntaron sus historias: Niñas que no piensan dos veces en los peligros de vender sus cuerpos para pagarse una comida, y niñas que lo arriesgan todo por negarse a hacerlo. Un amable niño que confesó haber matado a otros niños para salvar su propia vida, y ahora se pregunta si acaso Dios le perdonará. Y una niña que perdió a sus dos padres, sólo para transformarse en la madre de sus hermanos menores y tener a cargo a su abuela -una matriarca, a los doce años.
Algunos de estos niños ruegan que algún adulto les ayude. Otros se aferran a su libertad.
Una niña menuda con sólo un ojo bueno, su izquierdo, está siempre al quite, mirando a su alrededor, atenta a la próxima oportunidad, y al próximo peligro.
Con el pelo corto, la pinta favorita de Bidemi es la camiseta sin mangas y pantalones bombachos o faldas sueltas; y a diferencia de muchas de sus amiguitas, rara vez se coloca pendientes. Muestra los primeros signos de que se está transformando en una mujer, y parece sentirse cómoda en la brecha entre la niñez y la adultez. Es tan popular con niñas de 10 como con jóvenes de 18.
Tiene algo especial, algo joven y frágil, y extrañamente indestructible. Su madurez, confianza en sí misma y conocimiento de la calle le ha ganado un séquito de seguidoras. Capta a la gente con sólo mirarla.
Pero aunque no le guste admitirlo, Bidemi es vulnerable. Se le nota a veces, cuando pone mala cara, o cuando alguien se burla de ella y la llama "tuerta", y ella se echa a llorar.
La playa de Kuramo, su mundo, es un estrecho tramo de arena, de sólo 120 metros de largo, atiborrada de gente que busca cualquier ventaja, por pequeña que sea. Aquí, Bidemi, con su magnética sonrisa, llama la atención. Las otras niñas, especialmente las de su edad, la ven como su confidente, su prestamista. La han visto librarse de casi todo. Y cuando fracasa, tiene el inexplicable don de escabullirse de las garras de los adultos que la han sorprendido en una mentira, o en algo peor.
Esta villa miseria es menos una comunidad que una colección de gente que tuvo problemas en otra parte y anda a la búsqueda de una nueva oportunidad en Lagos, una ciudad turbia y caótica de millones de habitantes que es el motor económico de Nigeria. La villa miseria de la playa en la de otro modo exclusiva Isla Victoria, a ocho kilómetros del centro de la ciudad, son realmente cinco aldeas conectadas con una población total de unas 15.000 personas. Ha sido un asentamiento ilegal por más de una generación, pero las autoridades no lo han demolido, en parte por temor a provocar disturbios.
No hay agua potable; los vendedores ambulantes la acarrean desde tierra firme y la venden a altos precios. No hay instalaciones sanitarias; una bahía que separa la faja de playa de la Isla Victoria es el retrete del pueblo. Y tampoco hay electricidad, aunque algunos se han colgado ilegalmente al tendido de la ciudad, conectando cables hacia sus casas.
Algunos en Kuramo sobreviven vendiendo pescado, que pescan en un canal contaminado en las cercanías o en el mar. Otros tienen pequeños negocios en sus casuchas. Pero la mayoría de las mujeres aquí venden su cuerpo para sobrevivir.
La buena vida está exasperantemente cerca, tan cerca que la pueden ver y oír -pero sin vivir en ella. Al otro lado de la bahía se ubican los hoteles más caros de África, donde una habitación corriente cuesta 320 dólares la noche, más que el salario anual de casi todos los que viven en Kuramo.

Un Niña Escapa de su Casa
Bidemi, ahora de 13, nació en un hospital justo al lado de la playa el 17 de enero de 1991. Su padre dijo que pesaba unos saludables 3 kilos y medio.
Su madre los abandonó cuando Bidemi tenía apenas 4 años; nunca le dijeron por qué ni adónde se había marchado, sólo que estaba en algún lugar de Lagos. Su padre, Ademibo Ogunyamoju, 46, no habla de su esposa, excepto para decir que es el demonio.
Ogunyamoju se volvió a casar poco después, y su segunda esposa y sus tres hijos viven en una desvencijada casucha sobre pilotes en la playa de Kuramo. Es una de las edificaciones más grandes de la aldea. Cuando Bidemi cumplió seis años, su padre la ponía a trabajar cuando no estaba en la escuela. Se dio cuenta de que era rápida con las matemáticas y la preparó para manejar sus múltiples negocios. Manejaba expertamente las cuentas de la venta de pescado, agua y licores, y de la recarga de baterías para motores. Durante sus ausencias, no era raro que ella manejara sumas de más de 50 dólares.
"Hice lo que pude por criarla", dijo su padre una tarde cuando reparaba una red de pesca. "Manejaba todo mi dinero, desde que era chica. Nunca sufrió conmigo. Le di un cuarto, la alimentaba, la envié a la escuela".
El padre, dijeron varios habitantes de la aldea, a menudo la castigaba duramente, a Bidemi y a su hermano mayor, Sunday, ahora de 21. La gente aquí tiene una alta resistencia a la violencia; no es raro en la aldea de la playa que las peleas terminen en los senderos de arena. Pero las golpizas de Ogunyamouju, cuando eran observadas por los vecinos, eran especialmente crueles.
"Tiene muy mal carácter", dijo Ade Alongo, 50, uno de los líderes del barrio. "Les pegaba con cualquier cosa que encontraba a la mano".
A veces, dijo Bidemi, su padre la golpeaba por las faltas más insignificantes. En otras ocasiones, admite, le robó dinero para comprar ropa o comida. Durante una paliza en 2001, dijo, la hebilla de su cinturón le dió en su ojo derecho, causándole una grotesca inflamación. Cuando finalmente logró abrirlo, ya no podía ver con él, dijo.
"Yo tenía diez años y mi padre y mi madrasta estaban buscando algo que era de uno de sus hijos y no lo podían encontrar", dijo, hablando en yoruba, la lengua dominante en esta parte de Nigeria. "Me acusaron de haberlo robado, y mi padre empezó a pegarme con el cinturón. Después de unos días mi ojo se había hinchado mucho, y me llevaron a un hospital. Querían operarme, pero mi padre se opuso".
En septiembre de 2003, después de terminar el quinto en la escuela primaria cerca de la playa, Bidemi se escapó de casa después de haber gastado unas 1.000 naira, el equivalente des 7 dólares con 25 centavos, del dinero de su padre, para comprarse dos blusas. Tenía miedo de que la golpeara.
Pero no llegó demasiado lejos. Terminó apenas a 150 metros de la casa de su padre, viviendo en un escondite con una pandilla de niñas. El padre dijo que durante las primeras semanas salió a buscarla todos los días, pero luego lo abandonó.
Niega haber golpeado a sus hijos y dijo que Bidemi había perdido la vista cuando fue atropellada por una motocicleta.
"¡Es una mentirosa!", gritó. "Nunca la he golpeado, nunca la he amenazado de ninguna manera".
Ogunyamoju se puso de mal humor. "Creo que la libertad que le di es lo que hizo que se descarriara. Se puso mala. Si la dejara vivir conmigo, me mataría. Fue mala desde el día mismo que nació. La traidora ataca a su propio padre".
No deja que ella se acerque a su casa, aunque dijo que le pagaría la matrícula escolar, que cuesta el equivalente de 120 dólares al año. Bidemi tampoco se acercaría a casa, ni aunque pudiera; le gusta demasiado su nueva independencia.
"A su edad, una niña que no pasa hambre, que no le falta nada, ¿qué hace para ganarse la vida? ¿A su edad? Pregúntele".
Se volvió hacia su red.

Con una Banda de Escapadas
En Kuramo, la pandilla de Bidemi cambia constantemente.
Seis meses después de que la casucha desapareciera entre las llamas, una niña volvió con su familia y otras tres se marcharon sin decir dónde. Pero varias otras niñas nuevas se han acercado.
Todavía andan juntas por la playa, a menudo haciendo el recorrido de varios restaurantes marítimos al aire libre con nombres como ‘De Genius' y ‘Black Ebony Spot'. Pero Bidemi extraña a sus viejas amigas.
"Éramos tan felices cuando jugábamos juntas", dijo. "La gente no nos molestaba. Nadie nos pegaba".
Bidemo y Sarah Olatunde, 12, estaban ahora durmiendo en lo que parece una videoteca. Tiene un piso de arena, un televisor en mal estado, y 60 videos, muchos de ellos hechos de películas de ‘Nollywood', hechas en Nigeria. El dueño, Lati Ganiu, 25, uno de los matones de Kuramo, permite que varias de las niñas vagabundas alojen en su tienda por la noche. A veces duermen ahí más de una docena de niñas.
Ganiu, cuya esposa y dos hijos viven en otro lugar de Lagos, tenía una novia de 18 años de la playa llamada Amuda Idris. La ronca joven dijo que había escapado hace ocho meses de una familia que la había comprado a su padre y luego obligado a vender cosas en la calle. Idris dijo que soñaba con que Ganiu se casara algún día con ella. Por sugerencia de Ganiu, había tomado a Bidemi bajo su custodia.
Ganiu dijo que Bidemi lo impresionó desde el principio. "Es muy, muy obediente y trabajadora", y podía hacer cálculos matemáticos sin usar los dedos, dijo. "Es muy inteligente, de verdad".
Dijo también que era humilde, sin las bravatas de muchas niñas de la playa.
Bidemi se quedaba a menudo en la choza de Ganiu porque se preocupaba de que la tienda no estaba segura. En varias ocasiones habían entrado chicos en la noche, dijo, y habían tratado de quitarle la ropa.
A veces Ganiu le da de comer, pero Bidemi dijo que la mayoría de las veces mendiga dinero a los extranjeros y nigerianos ricos en un centro comercial en las cercanías y en torno a los restaurantes en la playa. A diferencia de otras muchas niñas, dijo, no hace ‘contactos', o sexo, a cambio de dinero. "Nunca", dijo.
Dijo que todavía quiere ir a la escuela, y quedarse ahí varios años. "Quiero ser médico", dijo.
Durante un tiempo, la pandilla de Bidemi, cuyos miembros tienen entre 11 y 16 años, asistieron a una escuela en la playa gestionado por una iglesia local. Pero la iglesia había cerrado la escuela, y nadie sabía cuándo volverían a abrir.
Sin escuela, las niñas quedaron a la deriva. No había trabajo para ellas, en o fuera de la playa. Así que gorroneaban pequeñas sumas de dinero, la mayor parte de las veces a hombres o niños que conocían, y en raras ocasiones a parientes que vivían en las cercanías. Todo el dinero que obtenían lo gastaban de inmediato en galletas o en refrescos en alguna de las numerosas tiendas de Kuramo. Comida para una significaba comida para todas. Entre las niñas una norma ética no formulada es que el alimento se comparte.
Cuando satisfacían su hambre, y cuando no, el océano les hacía volver a ser niñas.
Tarde una noche, Bidemi e Idris llevaron a un grupo de 14 niñas y niños cerca de rompen las olas. La playa estaba llena de basura y magníficas cáscaras de naranja. Jugaron a la rayuela, bailaron, cantaron, y a una señal de Bidemi, corrieron a toda velocidad hacia el mar. Al principio se volvían cuando el agua les llegaba a las rodillas, pero una de ellas se agachó y una enorme ola le rompió encima. Chillaron de risa y pronto estaban todos en el oleaje, con el cuerpo batido por el agua espumosa.
"Es delicioso", dijo Bidemi al salir, una hora más tarde, empapada.
Pero, en el corto tiempo que toma a las niñas secarse, el ánimo puede pasar de la alegría al peligro en los calientes y arenosos pasillos de Kuramo, a 30 metros de ahí. Las mujeres, dijeron las niñas, a menudo las acosan y amenazan con pegarles a menos que les laven la ropa y les den dinero. Las peleas son habituales. Y los hombres les exigían sexo. Y los ladrones.
Un día Kuramo estalló de rabia. En un callejón, en un lapso de apenas 15 minutos, una vendedora de tomates de 8 años atacó a un niño dos veces mayor después de que él le birlara un tomate de su bandeja, y no dejó de arañarlo sino hasta que le arrancó su camiseta blanca. A unos pocos metros dos hombres se daban empujones y patadas y se arañaban, y terminaron cayendo contra una casucha, que casi echaron abajo. En una puerta, la sangre corría de un enorme tajo en la mano derecha de una de las amigas de Bidemi, una niña de 16 llamada Tawa Zubair, que dijo que un barbero la había cortado accidentalmente.
Pero lo que llamó la atención de los vecinos curtidos por la violencia, fue la vista de Ganiu, desnudo hasta la cintura, preparándose para dar de latigazos a dos niñas con un largo cable eléctrico blanco.
"¡Párenlo, párenlo!", gritó Sarah Olatunde, una de las mejores amigas de Bidemi, encogida de miedo y arrodillada debajo del cable levantado.
Bidemi se asomó a mirar la escena desde la videoteca.
La gente formó un círculo en torno a Ganiu y Sarah como espectadores en una pelea de gladiadores.
"¡Whack!", sonó el cable sobre la espalda de Sarah. Ganiu volvió a levantar el látigo. "¡Whack!" El sudor le corría por el torso.
"Nunca", gritó por sobre la multitud que murmuraba, golpeándola de nuevo. "¡Nunca vuelvas a hacer eso!"
Sarah se arrastró entre la multitud y se refugió detrás de unas piernas, como lo haría un perro. Ganiu cogió a la segunda niña, otra amiga de Bidemi, y la golpeó con igual ferocidad. La niña escapó, llorando.
Ganiu dijo que las dos habían llevado a otras niñas a la casucha la noche anterior, y ellas habían recibido a unos hombres para tener sexo a cambio de dinero.
"Yo los vi, y no voy a permitir que vuelva a ocurrir", dijo, jadeando pesadamente. "Lo que necesitan estas niñas es ir a la escuela, o trabajar. O simplemente marcharse de aquí".
Entonces arrojó el cable eléctrico a su tienda de videos.

Un Doctor Trata de Ayudar
La indignación de Ganiu no se extendió a Bidemi. Y él no era el único en ver en ella una promesa.
El doctor Job Ailuogwemhe, 35, médico e investigador afiliado a la Facultad de Salud Pública de Harvard, también se quedó intrigado. La conoció un día cuando controlaba la construcción de una clínica sanitaria en Kuramo, donde Harvard quiere trabajar para impedir la propagación del sida.
Ailuogwmhe, nigeriano, examinó detenidamente su ojo y dijo que conocía a un doctor en el Hospital Central de Lagos que podría tratarla. Le fijó una cita para el día siguiente. Bidemi, acompañada por su amiga Idris, estaba tranquila cuando el coche entró al hospital, a unos 10 minutos de la playa. Sólo una vez antes se había aventurado tan lejos de Kuramo, y fue sólo para vender ropa usada en un mercado de Lagos, a 25 minutos de autobús.
"El doctor Job", como es conocido entre sus amigos, la llevó a través de una sala atiborrada de archivos desde el suelo hasta el techo y la presentó a Anthony O. Anyameluna, optometrista. El doctor se volvió hacia Bidemi y abrió su ojo derecho, para examinarla. La lente de su ojo derecho estaba seriamente dañado. "Si sacamos las lentes, y la remplazamos, hay una posibilidad de que pueda volver a ver", dijo. "Pero tenemos que mirarla más de cerca".
La llevó a su despacho. Se transformó en el caso número 11421.
"¿Dónde están tus padres?", le preguntó. Ella no dijo nada. El doctor Job lo hizo por ella. "Fue su papá el que le hizo eso".
"¿La golpearon? Sabes que toda historia tiene dos lados", dijo el optometrista, enfocando la luz en su ojo derecho y cubriendo el izquierdo con un pedazo de papel. "Yo creo que eres una niña terca. Sabes, esto no es Estados Unidos. Aquí a los niños les pegamos. Es disciplina".
Apagó la luz del despacho.
"¿Puedes ver ahora?", preguntó, enfocando la linterna en su ojo derecho. "Toca la linterna".
Bidemi buscó con su brazo derecho. Pero no estuvo ni cerca. Él volvió a encender la luz, y suspiró.
"Los pronósticos son malos, muy malos", dijo el doctor. "Tiene dañada la retina. No puede ver la luz en absoluto. Hay una ligera desviación del ojo hacia la derecha. Un ojo está haciendo el trabajo de dos".
Pero dijo que una operación tendría propósitos cosméticos; si le sacaba las descoloridas lentes azul y blanco, los otros no se darían cuenta de que era ciega del ojo derecho. La operación costaría unos 360 dólares.
Bidemi lloró al salir.
"Yo quiero ver", susurró.

Estoy Dispuesta a Ser Obediente
Un día después de su paliza pública, Sarah Olatunde estaba en un cuarto de la clínica todavía en obras, un popular lugar de reunión de las niñas debido a que les daba privacidad y era fresco. Sarah estaba inquieta.
La niña de 12 años llevaba a menudo el ceño fruncido, como para alejar los problemas. Sentía a menudo que la vida era injusta con ella, y la paliza de Ganiu era la demostración más reciente. Dijo que ninguna de las niñas había tenido sexo esa noche.
Y sin embargo admitió espontáneamente que no era raro que ella, o las otras chicas, se prostituyeran. Dijo que hacía la calle en otras aldeas pobres cercanas, y ganaba 200 nairas por tener sexo con condón, y 400 sin condón -el equivalente de 1 dólar con 44 centavos, y 2 dólares con 88 centavos respectivamente. Prefería sin condón "porque necesito el dinero".
"Todas somos trabajadoras sexuales", dijo, encogiéndose de hombros. También Bidemi era una de ellas, dijo.
Sarah, con un vestido negro ajustado y pendientes en forma de cruces, describió una noche reciente en que Bidemi, ella misma y una tercera niña habían estado con un hombre cerca de la playa. Bidemi había accedido a tener sexo con él, pero cuando el hombre vio a Sarah y a la amiga mirando desde una ventana, la despachó con sólo 60 naira, unos 40 centavos de dólar.
Cuando terminó de contar la historia, Bidemi entró en el cuarto. Sonrió hacia Sarah, pero esta frunció el entrecejo.
Cuando se le dijo lo que había contado Sarah, Bidemi dijo simplemente: "Yo no hago trabajos sexuales".
Sarah rió y empezó a simular burlonamente incredulidad, hasta caerse contra un tabique de madera terciada.
"Bueno", dijo Bidemi, mirándola enfadada, "no quiero hacerlo más. Por eso dije que no lo hacía. Quiero volver a la escuela. Eso es lo que quiero hacer. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo hacerlo?"
Salió corriendo de la clínica y entró a un sendero de arena. Sarah y otras dos la siguieron gritando hasta que otros ruidos las silenciaron. Decenas de personas se acercaban a la aldea, pasando frente a la clínica. No estaba claro dónde iban ni por qué. Bidemi cogió a un amigo de la multitud.
"Se llevan a Ibrahim", gritó el amigo.
"¡No!", gritó Bidemi metiéndose en la turba.
Minutos después la multitud volvió a pasar, dirigida por un grupo de jóvenes que llevaban agarrado a un adolescente. El niño sollozaba.
Ganiu se apareció entonces y les obstruyó el paso. Bidemi le suplicó que interviniera y liberara al niño, Ibrahim, que vivía en la playa. Bidemi y sus amigas se reunían a menudo con los niños; Bidemi se sentía muy cerca de él.
Ganiu indicó al grupo de hombres que lo siguieran para hablar. Le contaron que Ibrahim, 14, era su pariente, que se había escapado y habían venido a recogerlo para llevarlo a casa. La familia estaba reclamando a su hijo.
Limpiándose las lágrimas, Bidemi dijo: "Es tan simpático, no quiero que se marche".
"Tiene que marcharse", dijo Nekan Bolade, 20, uno de los hermanos de Ibrahim, el sudor corriéndole por la cara y la espalda.
Ganiu se hizo a un lado. Bidemi no dijo nada cuando Ibrahim pasó de su familia a la de él. Esto no es nuevo en Kuramo. Es una aldea donde hay drama todos los días, y cambios constantes.
Ganiu también quiere marcharse. Dijo que espera marcharse pronto con un amigo a la Costa de Marfil, donde espera encontrar trabajo reparando equipos electrónicos.
Pero ha estado pensando en qué pasaría con Bidemi y las otras niñas si él se marchara. "Para ellas es terrible estar solas", dijo. "Pero tengo que empezar a pensar en mí mismo".
El doctor Job pasó por la villa miseria de la playa un día y se encontró con Bidemi. Ella llevaba una camiseta con las palabras ‘Love Cat' y pantalones acampanados que se arrastraban por la arena.
"No te quiero obligar a nada", le dijo con su profunda voz de barítono. "Pero ¿vas a ir a la escuela? ¿Lo dices en serio?"
Ella miró hacia arriba la imponente figura del doctor, su ojo derecho cerrado. "Estoy lista para ponerme seria con los estudios", dijo. "Estoy dispuesta a ser obediente. Prefiero irme de aquí. Creo que tengo que marcharme".
Parecía triste, y sola. Le temblaba el cuerpo.
"¿Qué te pasa?", preguntó el doctor.
"Tengo hambre", dijo ella. "Tenía algo de comida, pero la compartí con mis amigas. Todas comieron, menos yo".
Job sacudió la cabeza. Y empezó a decir algo.
Pero entonces desde un callejón, una amiga de Bidemi la llamó, en yoruba. Bidemi desapareció con la velocidad de un rayo, corriendo por un sendero de arena.

Se puede escribir al autor: donnelly@globe.com

23 de noviembre de 2004
15 de enero de 2005
©boston globe
©traducción mQh

palestinos votan por la esperanza


La elección de Mahmud Abbas abre las puertas para un acuerdo con Israel.
El hombre elegido presidente de la Autoridad Palestina el domingo, Mahmud Abbas, no es Yasser Arafat. Esa es la buena noticia -y la mala.
El triunfo de Abbas fue un anti-clímax; su único rival verdadero, Mustafa Barghuti, se quedó terriblemente a la zaga. Pero los dos candidatos hicieron campaña extensamente en los territorios palestinos, y las elecciones deberían servir de modelo para los países árabes: Las elecciones fueron libres y correctas, hubo observadores internacionales, se permitió que las mujeres votaran (a diferencia de Arabia Saudí) y no había un vencedor designado de antemano (a diferencia de Egipto).
Abbas apoyó los acuerdos de Oslo de 1993 que llevaron la esperanza de paz a Oriente Medio. Ha denunciado la continuada insurrección palestina que enterró esa esperanza. Funcionarios israelíes y estadounidenses, que se negaron a reunirse con Arafat en los años previos a su muerte hace dos meses, dicen que ellos sí pueden trabajar con Abbas. El presidente Bush se mostró efusivo el lunes en su elogio de las elecciones y dijo que le gustaría que Abbas visitara Washington, en contraste con su rechazo de Arafat.
Pero Abbas no tiene el carisma de Arafat para atraer a los palestinos. Si Arafat tenía miedo de que hacer demasiadas concesiones a Israel podría provocar a los palestinos intransigentes a rebelarse, ¿cuánta cautela mostará Abbas?
Israel y Estados Unidos pueden ayudar a Abbas a mostrar a los palestinos que la paz trae recompensas. Israel alivió, pero no anuló, sus duras medidas restrictivas de la libertad de movimiento de los palestinos durante la campaña electoral. Si los palestinos se abstienen de actos de violencia, impedimentos como los puestos de control y portales bajo cerrojo que impiden que la gente vaya de la casa a la escuela o al trabajo, deberían ser eliminados.
Estados Unidos puede ayudar insistiendo en reformar las finanzas y los servicios de seguridad palestinos y proporcionando el conocimiento para alcanzar esas metas. El ministro de Finanzas, Salam Fayyad, ha hecho progresos al abrir los libros de una administración famosa por su corrupción durante Arafat. Las fuerzas de seguridad, que Arafat se negó a fusionar por temor a una entidad modernizada que amenazara su control, deberían ser reformadas. No hay necesidad de tener nueve organizaciones separadas que son conocidas tanto por sus disputas y trabajos para los políticos como por sus actividades policiales profesionales. Abbas también necesitará asegurar que una fuerzas de seguridad consolidadas y mejor adiestradas actúen contra los terroristas en Cisjordania y Gaza.
La elección de un nuevo presidente y las elecciones municipales en los territorios ocupados antes este mes harán de esta temporada una estación de esperanzas renovadas para la resolución de un conflicto que dura décadas. Pero la ausencia de Arafat y la elección de un hombre dispuesto a trabajar con Israel pueden dar inicio al proceso de recuperación de más de cuatro años de violencia. Ese es un preludio necesario en ruta a un país independiente y pacífico.

11 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh

la campaña de abbas


Preocupa al Washington Post que Abbas haya llamado a Israel "enemigo sionista".
El candidato presidencial Mahmoud Abbas ha sido un decidido y resuelto opositor de la violencia contra Israel y partidario de compromisos palestinos para avanzar hacia una solución de dos estados. Fue el primer líder político que se pronunció públicamente contra los atentados suicidas y el uso de las armas contra los israelíes. A diferencia del primer ministro Ariel Sharon, apoyó sin reservas la ‘hoja de ruta' del presidente Bush para un acuerdo de paz palestino-israelí. Es por eso que algunas de las palabras y acciones de Abbas durante la campaña para ganar los votos palestinos el domingo han provocado tanta inquietud. Antes que rechazar a los militantes armados, se ha subido a sus espaldas, llamándoles "héroes" y jurando protegerlos. Antes que preparar a los palestinos para hacer compromisos, ha reiterado el inalcanzable objetivo de Yasser Arafat del "derecho a retornar" de los refugiados. Indignado por un enfrentamiento entre militantes y el ejército israelí que terminó con la vida de jóvenes palestinos aparentemente inocentes, se refirió a Israel como "el enemigo sionista".
Muchos palestinos y algunos israelíes desdeñan las declaraciones de Abbas como retórica electoral. Algunos dicen que puede incluso ser efectiva para crear una base política popular para el político de 69 años -una base de la que carece hasta ahora. Pero no era necesario que Abbas apelara a la línea dura de la opinión pública palestina. Marwan Barghouti, que representa esa opinión y es el único rival de la carrera presidencial, retiró su candidatura hace algunas semanas. El jueves, el candidato volvió a posiciones centristas, prometiendo negociar con Sharon después de las elecciones y reiterando su disposición a "implementar íntegramente" la hoja de ruta. Sin embargo, para hacer eso Abbas deberá convencer a los palestinos de que abandonen los lemas vetustos y las peticiones maximalistas que él mismo ha estado expresando, y desarmar a los militantes que dispararon salvas en su honor.
El nuevo líder palestino, a diferencia de Arafat, parece tener una estrategia positiva. Es co-optar a los militantes seculares e islamistas convenciéndoles de que declaren una tregua unilateralmente y participen en el sistema político palestino. Abbas buscará, a cambio, protegerles de la que ha sido una mortífera campaña israelí de asesinatos selectivos y liberando a los que se encuentran ahora en cárceles israelíes. La virtud del plan es podría, en teoría, lograr una separación de los movimientos políticos radicales palestinos de las redes terroristas y formar un gobierno verdaderamente democrático. Pero los militantes -y en especial el movimiento islámico de Hamas- pueden no acceder; Hamas tiene la intención de lograr su propio objetivo, que es obligar a Israel a realizar "bajo fuego" la retirada anunciada de la Franja de Gaza. Incluso si algunos grupos renuncian a la violencia, Abbas deberá inevitablemente hacer frente a un núcleo irreducible de combatientes. Si no los neutraliza, la hoja de ruta no llegará más allá de sus pasos iniciales.
Abbas necesitará un montón de ayuda para terminar con este problema. Para comenzar, Israel debe dar tiempo al nuevo presidente para que continúe la prosecución de su estrategia política y debe estar dispuesto a responder al cese el fuego palestino con al menos una tregua tácita de su parte. Sharon necesitará ser pinchado sobre ese punto por el gobierno de Bush. Entretanto, será esencial que los gobiernos árabes, como el de Egipto y Jordania, hagan claro que tratarán a los grupos que continúen actuando con violencia como enemigos del estado palestino. Nada de esto resultará a menos que Abbas fije un nuevo tono como el presidente palestino elegido. El domingo heredará la presidencia de una causa importante pero perpetuamente contraproducente. Debe mostrar desde el principio que quiere llevarla por derroteros diferentes.

9 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh

fatah exige cese de ataques contra israel


El Consejo Central de Al-Fatah exigió hoy, miércoles, al Movimiento de la Resistencia Islámica (Hamás) que cese de inmediato los ataques con cohetes Al-Kasam y proyectiles de mortero contra objetivos israelíes y la instigación contra su candidato a las elecciones presidenciales del próximo domingo, Mahmud Abbas (Abu Mazen).
En un comunicado difundido esta noche, Al-Fatah lanza una severa crítica contra los islamistas a los que acusa "de instigar contra A-Fatah y contra su candidato Abu Mazen de forma personal", con el objetivo de torpedear las elecciones.
El comunicado fue difundido después de una reunión de emergencia celebrada en Gaza en la que se decidieron una serie de medidas contra el movimiento islámico, según fuentes palestinas.
La nota de prensa manifiesta la oposición de Al-Fatah a los ataques con cohetes contra Israel porque dan la excusa a este país para llevar a cabo operaciones de represalia en los territorios palestinos.
"Israel comete masacres horribles con distintas excusas, entre ellas, nuestra lucha armada durante la Intifada de Al-Aksa", refiere el comunicado.
Durante su campaña en la franja de Gaza que concluyó ayer, martes, Abu Mazen criticó esos ataques porque en su opinión sólo incrementan la escalada militar israelí contra los palestinos.
Sus llamamientos en ese sentido le valieron airadas críticas por parte de siete grupos armados que se niegan a abandonar la lucha armada contra Israel.
Según el documento difundido esta noche por el Consejo Central de Al-Fatah, el llamamiento de Abu Mazen tiene por objeto negar a Israel las excusas para atacar los territorios palestinos.
"Abu Mazen no busca ganar votos en estas elecciones mediante declaraciones, sino servir al interés palestino y conseguir que el mundo presione a Israel para poner fin a la ocupación".
Por ello, el Consejo Central de Al-Fatah expresó "su sorpresa por los actos de incitación de Hamás contra Al-Fatah y contra la persona de Abu Mazen para torpedear las elecciones".
"Exigimos a los hermanos de Hamás cesar toda incitación para evitar una guerra civil, y mantener la unidad de tal forma que sirva al interés de nuestro pueblo".
El movimiento Hamás acusó el martes a Abu Mazen por sus declaraciones acerca de que los ataques con cohetes no retribuían ningún beneficio a los palestinos y fueron las causantes de la muerte de ocho civiles en Beit Lahíe, en el norte de Gaza.
Representantes del grupo islámico subrayaron que las afirmaciones de Abu Mazen "incentivan a Israel a cometer más crímenes contra nuestro pueblo"

5 de enero de 2005
©crónica